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Concilio de Trento

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Concilio de Trento

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Concilio de Trento (Historia)

Concilio de Trento, decimonoveno concilio ecuménico de la Iglesia católica apostólica romana, que tuvo lugar, a lo largo de tres etapas, entre 1545 y 1563. Convocado con la intención de responder a la Reforma protestante, supuso una reorientación general de la Iglesia y definió con precisión sus dogmas esenciales.

Informaciones

Los decretos del Concilio, confirmados por el papa Pío IV el 26 de enero de 1564, fijaron los modelos de fe y las prácticas de la Iglesia hasta mediados del siglo XX.

Todo el mundo consideraba necesario, a finales del siglo XV y principios del XVI, la convocatoria de un concilio que reformara la disciplina de la Iglesia. El V Concilio de Letrán (1512-1517) fracasó en este sentido y concluyó sus deliberaciones antes de que se plantearan las nuevas cuestiones suscitadas por Martín Lutero. Ya en 1518, el teólogo alemán subrayó la necesidad de celebrar un concilio que afrontara las polémicas surgidas (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Aunque numerosos dirigentes respaldaron su petición, el papa Clemente VII temía que una reunión de este tipo pudiera favorecer la teoría que afirmaba que la autoridad suprema de la Iglesia recaía en los concilios y no en el pontífice.

Otros Elementos

Además, las dificultades políticas que el luteranismo planteó al emperador Carlos V hicieron que otros gobernantes, y de forma significativa el rey de Francia, Francisco I, se mostraran reacios a apoyar cualquier acción que pudiera fortalecer el poder del emperador, liberándole de estos conflictos.

Pablo III fue elegido papa en 1534 debido, en parte, a su promesa de convocar un concilio. Tras los fallidos intentos para que éste tuviera lugar en Mantua (1537) y en Vicenza (1538), el Concilio inauguró sus sesiones en Trento el 13 de diciembre de 1545. Con escasa participación al principio, y nunca libre de obstáculos políticos, aumentó de forma progresiva el número de asistentes y su prestigio a lo largo de las tres fases en que se desarrolló. [1]

Concilio de Trento: Primera fase (1545- 1547) (Historia)

En muchos aspectos, esta primera fase fue la que tuvo mayor alcance. Una vez fijadas las numerosas cuestiones de procedimiento, fueron abordados los principales temas doctrinales planteados por los protestantes. Uno de los primeros decretos afirmaba que las Escrituras tenían que ser entendidas dentro de la tradición de la Iglesia, lo que representaba un rechazo implícito del principio protestante de ‘sólo Escrituras’. El largo y elaborado decreto sobre la justificación condenaba el pelagianismo, doctrina herética a la que también era contrario Lutero, aunque intentaba al mismo tiempo definir un papel para la libertad humana en el proceso de la salvación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Esta sesión también se ocupó de ciertas cuestiones disciplinarias, como la obligación de los obispos de residir en las diócesis de las que fueran titulares. [2]

Concilio de Trento: Segunda fase (1551-1552) (Historia)

Después de una interrupción, provocada por una profunda desavenencia política entre Pablo III y Carlos V, la segunda fase del Concilio, convocada por el nuevo papa Julio III, centró su atención en el tema de los sacramentos. Esta sesión, boicoteada por la legación francesa, fue continuada por algunos representantes protestantes.[3]

Concilio de Trento Tercera fase (1561-1563) (Historia)

Debido a una declaración de guerra, el Concilio permaneció suspendido durante la parte final del pontificado de Julio III, así como en los años que Marcelo II y Pablo IV ocuparon el solio pontificio. Fue Pío IV quien renovó su convocatoria en 1561, cuando en España reinaba ya Felipe II, para afrontar la que sería su fase final.Entre las Líneas En las deliberaciones de esta su última etapa se impusieron las cuestiones disciplinarias, para hacer hincapié en el problema pendiente de la residencia episcopal, considerado por todas las partes clave para la auténtica aplicación de una reforma eclesiástica. El hábil legado pontificio Giovanni Morone armonizó posturas opuestas y logró clausurar el Concilio.Entre las Líneas En 1564 Pío IV publicó la Profesión de la fe tridentina (por Tridentum, el antiguo nombre romano de Trento), resumiendo los decretos doctrinales del Concilio.

Puntualización

Sin embargo, a pesar de su duración, el Concilio nunca se ocupó del papel del pontificado en la Iglesia, un tema planteado repetidas veces por los protestantes. Entre los muchos teólogos que participaron en sus sesiones, Reginald Pole, Diego Laínez, Melchor Cano, Domingo de Soto y Girolamo Seripando, fueron los que desarrollaron una actividad más intensa en los debates. También fue muy importante la actuación desarrollada por los miembros de la Compañía de Jesús. [4]

Significado del concilio de trento (Historia)

El Concilio de Trento definió algunos dogmas incontestables: el hombre tiene libre albedrío e inclinación natural al bien; la fe se obtiene a través de las Sagradas Escrituras y se complementa con la tradición de la Iglesia, establecida por textos de padres y doctores de la Iglesia y concilios; la misa (véase su definición, y la descripción de eucaristía y Santa Misa) es un sacrificio y una acción de gracias; la eucaristía supone una transubstanciación real; la Iglesia es el instrumento querido por Dios, guiada por el Espíritu Santo es santa, católica, romana y apostólica. También fueron acordados principios de procedimiento y disciplina: residencia episcopal; obediencia del obispo al papa (pero reconociéndose las excepciones de los estados con regio patronato, como España y Francia); condiciones del reclutamiento sacerdotal (edad, ciencia adquirida, independencia material, además de establecerse la creación de seminarios episcopales para la formación sacerdotal); invitación a las órdenes religiosas para observar sus reglas fundacionales.

Además de la resolución de cuestiones doctrinales, teológicas y disciplinarias fundamentales para los católicos romanos, el Concilio también impartió entre sus dirigentes un sentido de cohesión y dirección que se convirtió en un elemento esencial para la revitalización de la Iglesia durante la Contrarreforma.

Pormenores

Los historiadores actuales opinan que las decisiones conciliares fueron interpretadas y aplicadas en un sentido más estricto del que pretendieron sus participantes, y algunos creen que tuvo menos importancia en el resurgimiento del catolicismo romano que otros factores.

Aviso

No obstante, la designación de ‘era tridentina’ para los siglos comprendidos entre Trento y el Concilio Vaticano II, refleja la decisiva trascendencia que tuvo el Concilio en la Iglesia católica moderna. [5]

Concilio de Trento y Contrarreforma

Durante los cien años anteriores a la Reforma protestante, en el seno de la Iglesia católica se produjeron intentos de renovación en respuesta a los peligros que amenazaban su unidad y su doctrina.

Puntualización

Sin embargo, no pudieron impedir su posterior fragmentación, aunque sirvieron de punto de partida para la posterior Contrarreforma.

A principios del siglo XVI, en la península Ibérica, la Iglesia llevó a cabo una serie de cambios impulsados por los Reyes Católicos, quienes, influidos por las corrientes humanistas, favorecieron un proceso de transformación en las instituciones eclesiásticas.

En Italia, al contrario que en España, los antecedentes de los cambios se hallan en iniciativas individuales alejadas de la cúspide de la Iglesia.Entre las Líneas En pequeñas cofradías, que destacaron por el fervor en su práctica religiosa y por la caridad, surgieron las personalidades que más tarde dirigirían el proceso de Contrarreforma católica. Con anterioridad al Concilio de Trento, se introdujeron cambios en las antiguas órdenes religiosas y se fundaron otras más adecuadas a las nuevas necesidades. De entre todas las creadas destaca en particular la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola.

Durante la primera mitad del siglo XVI, el Papado no supo hacer frente a los problemas derivados de la expansión de la Reforma. La lucha por defender su poder temporal frente a la ambición del emperador Carlos V y de Francisco I de Francia, absorbieron todas sus energías. No fue hasta el pontificado de Paulo III (1534-1549) que se empezaron a tomar medidas ante la implantación y el avance de las iglesias reformadas.

Finalmente, Paulo III convocó el Concilio de Trento, que inició sus sesiones en 1545. Los trabajos se prolongaron durante siete años, pero se vieron interrumpidos en tres ocasiones, ya que se hallaban supeditados a los vaivenes de la política de las potencias europeas. Durante la primera fase del Concilio se abordaron los temas doctrinales puestos en cuestión por los protestantes.Entre las Líneas En la segunda, hubo un intento de acercamiento entre las iglesias: a las sesiones acudieron representantes de los sectores reformados, pero fue imposible llegar a un acuerdo. Durante el último período de sesiones, iniciado en 1562, los trabajos se centraron en la reforma interna de la Iglesia romana.

En Trento, la Iglesia reafirmó sus principales dogmas: los que hacían referencia a las fuentes de la fe, a la obtención de la salvación por la fe y por las obras, a los sacramentos y a la reafirmación de la Iglesia católica como “cuerpo místico de Cristo”.

Se introdujeron cambios muy importantes en la organización, encaminados a facilitar la labor pastoral del sacerdocio (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). A partir de entonces, todos sus miembros debían poseer una exigente formación moral e intelectual, para transmitir los nuevos valores a la comunidad católica. Se acentuaron el clericalismo, la uniformidad y la magnificencia del ritual, frente a la sobriedad dominante en las iglesias reformadas.

Los jesuitas

La Compañía de Jesús fue fundada por Ignacio de Loyola con el objetivo de militar para mayor gloria de Dios bajo las órdenes del Papa. Su creación fue aprobada por el papa Paulo III en 1540. Se distinguía de las demás órdenes por su estructura jerárquica, su estricta obediencia al superior de la congregación, y por la esmerada selección y formación intelectual y espiritual de sus miembros (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). A los votos tradicionales de pobreza y castidad, se añadió el de obediencia al Papa. Este nuevo voto, junto a su cariz elitista, fue lo que caracterizó a los jesuitas. La Compañía de Jesús se expandió rápidamente en el desarrollo de sus funciones prioritarias: la evangelización de creyentes y no creyentes, la formación en sus colegios de las clases dirigentes y la defensa de la ortodoxia emanada de Trento.

Fuente. Historia Universal. Los inicios de la Edad Moderna, Editorial Sol 90, Barcelona

Concilio de Trento en Relación a Historia de la Iglesia

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] El más largo y uno de los más importantes Concilios de la historia de la Iglesia. Como tuvo dos largas interrupciones, puede dividirse en tres periodos: Bajo Pablo III (13 dic. 1545-3 feb. 1548; suspensión oficial, 14 sept. 1549); bajo Julio III (1 mayo 1551-28 abr. 1552); bajo Pío IV (18 en. 1562-4 dic. 1563).Entre las Líneas En total, unos cinco años de actuación, esparcidos en un espacio de 18 años (1545-63).
1 (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Antecedentes. Desde el Gran Cisma de Occidente (véase en esta plataforma: CISMA III) toda la cristiandad suspiraba por un concilio: primero para acabar con el cisma y lograr la unidad de la Iglesia, después para realizar la reforma eclesiástica in capite et in membris.Entre las Líneas En el Concilio de Constanza (1414-18; v.) se logró la unidad de la Iglesia, mas no la reforma, sino muy parcialmente. Por eso los deseos de concilio, lejos de calmarse, se hicieron más vivos, atizados por la falsa doctrina del conciliarismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), muy difundida en el siglo XV. Las medidas radicales del Concilio de Basilea (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) no tuvieron eficacia por su carácter antipapal. Las reformas planeadas por algunos Papas del Renacimiento no se llevaron a la práctica y las que decretó el Concilio V de Letrán (1512-17; v.) fueron insuficientes.
El 28 nov. 1518 Martín Lutero (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), temiendo una condenación de Roma, apela a un concilio. Repite varias veces la apelación, pero exigiendo «un concilio universal, libre (independiente del Papa), cristiano (con participación también de los cristianos laicos) y en territorio alemán». Este grito se hizo muy común en el Imperio germánico, tanto que en marzo de 1521 escribía el nuncio Aleandro desde Worms: «Todos piden y gritan ¡concilio!, y lo quieren en Alemania». Fórmula tan peligrosa era acogida en la curia romana con graves recelos, pero los príncipes alemanes insistentemente la repetían en la Dieta de Nüremberg (1522-23). Con mayor modestia y devoción a la Santa Sede, Luis Vives (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) suplicaba a Adriano VI la convocación de un concilio universal, «para que cese la guerra entre los príncipes y reine pacíficamente la caridad entre los cristianos» (12 oct. 1522). El que con más ardor deseaba un concilio era el joven emperador Carlos V (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), pues le parecía el único medio de evitar la escisión religiosa -y, consiguientemente, política- de Alemania.Entre las Líneas En cambio Clemente VII (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), de carácter vacilante y amigo de Francia, no se atrevía a tomar una decisión tan trascendental, que disgustaría al rey francés tanto como agradaría al Emperador; temía, además, que en el concilio reverdeciese el conciliarismo de Constanza y Basilea y se criticase ásperamente al Papa y a la curia. Con todo, no pudo menos de prometer la convocación a Carlos, cuando éste vino a recibir la corona imperial en Bolonia en 1530. Vanas palabras. Sólo cuando Paulo III (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) ciñó la tiara en 1534 la idea del concilio empezó a triunfar en Roma.Entre las Líneas En abr. 1536 el Papa se lo prometió seriamente a Carlos V, cuando éste, después de la campaña de Túnez, entró en la Ciudad Eterna victorioso. Grandes dificultades había que superar: la guerra de Francisco I (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) contra el Emperador, las hostilidades de los luteranos a un concilio que no fuese como ellos querían, la falta de cardenales aptos para representar al Papa en el concilio y dirigir competentemente el trabajo de las sesiones (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). A todo atendió el inteligente y habilísimo Paulo III. Elevó a la dignidad cardenalicia a personajes tan ilustres por su ciencia como por su virtud y celo de la reforma eclesiástica: Gaspar Contarini, Juan María del Monte (futuro julio III), Juan Pedro Carafa (futuro Paulo IV), Jacobo Sadoleto, Rodolfo Pío de Carpi, Reginald Pole (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Juan Álvarez de Toledo, Marcelo Cervini (futuro Marcelo II) y otros no menos insignes. Y con varios de ellos formó una comisión reformatoria que trazase un programa (Consilitim delectorum. de emendanda EccIesia: 9 mar. 1537) para la reforma de la misma Santa Sede, de su curia, de la ciudad de Roma y de todo el pueblo cristiano; documento enérgico, escrito con gran libertad de espíritu, que honra tanto a los que lo redactaron como al Papa que lo recibió humildemente. La primera convocación del Concilio se hizo por la bula Ad dominici gregis curam (2 jun. 1536) para la ciudad de Mantua, donde debería inaugurarse el 29 mayo 1537. No pudo ser por las condiciones que puso el duque Federico Gonzaga y por la guerra entre Francisco I y Carlos V. Nueva convocación para el 1 mayo 1538 en Vicenza. Como casi nadie se presentó, fuera de los legados pontificios y algún que otro obispo italiano, la apertura se difirió, pues, para más tarde. Esto permitió a Carlos V un cambio de política: inició con los protestantes la vía del diálogo pacífico, interviniendo de una parte Melanchton (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Bucero (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y Pistorius, de otra Eek, Gropper, 1. von Pflug, Contarini y Morone (Coloquios de Ratisbona: abril-mayo 1541). Fracasados los coloquios, tomó el Papa la iniciativa, y tras una reunión con Carlos V en Lucca, señaló la ciudad de Trento como sede del próximo Concilio (Initio nostri pontificatus, 22 mayo 1542), que debía abrirse el 1 de noviembre de aquel mismo año, lo cual no fue posible por la nueva guerra del rey francés con el Emperador. La paz de Crépy (16 sept. 1544) allanó todas las dificultades. Por fin, con la bula Laetare Jerusalem (19 nov. 1544) Paulo II convocó el Concilio ecuménico para el 15 mar. 1545 en la ciudad, medio italiana medio germánica, de Trento, que apenas contaba 6.000 habitantes, pero tenía buenos palacios e iglesias. Por escasez de concurrencia, la apertura no pudo celebrarse hasta el 13 de diciembre (dominica Gaudete, tercera de Adviento).
2. Primer periodo: 1545-48.Entre las Líneas En la iglesia catedral de siglo Vigilio se cantó la Misa solemne del Espíritu Santo ‘ con sermón, se recitaron algunas oraciones y con un placet unánime se dio por inaugurado el Concilio. La asistencia era escasa: cuatro cardenales, cuatro arzobispos, 21 obispos y cinco generales de órdenes religiosas, – añádanse 42 teólogos, ocho juristas y dos embajadores Los legados pontificios que presidían y proponían las cuestiones eran J. M. del Monte, M. Cervini y el inglés Reginald Pole. La gran mayoría de los Padres fue siempre italiana.Entre las Líneas En este primer periodo el 60% eran italianos, el 10% españoles y los demás se repartían entre franceses, alemanes, griegos, ingleses, de la lliria, Escocia, Flandes, Suecia y Portugal. Desde el principio se determinó que el modo de votar no sería por naciones, como en Constanza y Basilea, sino por cabezas, y tendrían voto todos los obispos, no sus procuradores (aunque luego se dispensó a los de Alemania), y los generales de órdenes religiosas; a los abades se les concedió un voto colectivo. Quería el Emperador que se empezase a tratar de la reforma eclesiástica, y que sólo después de terminada ésta se propusiesen las cuestiones dogmáticas. Paulo III, inversamente, decía: primero los dogmas y más tarde la reforma. Por fin, se adoptó el sistema de alternar una cosa, con otra, de modo que ambas procediesen casi paralelamente (pari passu). Con todo, se puede advertir que el primer periodo y también el segundo tienen un colorido predominantemente dogmático, mientras que en el tercero prevalece el aspecto reformatorio. Si el Concilio se hubiera concluido bajo Paulo III o bajo Julio III, la reforma hubiera sido insignificante.
El régimen o modo de proceder fue el siguiente: a) Congregaciones particulares de teólogos y doctores bajo la presidencia de un legado; se preparaban los ternas con su competencia de profesores universitarios, leían sus notas o discurrían libremente, disputaban exponiendo la Sagrada Escritura y las opiniones de los doctores, hasta que, después de muchos días y meses de disputas, se veía claramente cuál era la verdadera doctrina católica. b) Congregaciones generales de obispos, ya informados por las conclusiones de los teólogos; discutían los esquemas, los reformaban y seguían deliberando en varias congregaciones, hasta que por unanimidad o por inmensa mayoría se inclinaban hacia una determinada formulación del canon o decreto; e) entonces se venía a la Sesión solemne, que se celebraba siempre en la catedral, con misa solemne, sermón, letanías y otras preces litúrgicas; se ponía a votación cada canon o decreto y se promulgaban.Entre las Líneas En la titulación de los decretos pedían algunos que se pusiese: Sacrosaneta Trid. synodus universalem Ecclesiam repraesentans, usada en Constanza y Basilea, pero por temor una interpretación conciliarística se adoptó esta otra: Sacrosancta oecumenica et generalis Tridentina synodus.Entre las Líneas En la sesión 11 (7 en. 1546) se dio un decreto sobre el modo de vivir, moral y religioso, de los Padres en Trento.Entre las Líneas En la IV (8 abril) se afirmó que las tradiciones apostólicas se han de recibir con la misma reverencia que la Sagrada Escritura, ambas fuentes de revelación divina (véase en esta plataforma: TRADICIÓN; REVELACIÓN). Se recibió la traducción latina apellidada Vulgata como auténtica, en el sentido de que puede hacer fe en las cátedras, en los sermones, en las discusiones; se dieron normas para la interpretación de la Biblia conforme al sentido de la Iglesia y para las futuras ediciones (véase en esta plataforma: BIBLIA VI, 3; INTERPRETACIÓN II).Entre las Líneas En la sesión V (17 junio) se aprobó el decreto sobre el pecado original (véase en esta plataforma: PECADO III), afirmando su naturaleza y universalidad y señalando que se borra por el bautismo; se añadió una cláusula que advertía que, al decir que el pecado de Adán se transmitió a todo el género humano, no se pretendía incluir a la inmaculada Virgen María (véase en esta plataforma: MARÍA II, 2). Decretos de reforma se dieron acerca de la enseñanza de la S.E. en las catedrales y conventos, sobre la predicación y la catequesis (véase en esta plataforma: CATEQUESIS IV, 3).
Mientras, acabados los trabajos anteriores, los teólogos y los Padres discutían sobre el problema de la justificación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), clave de todo el sistema luterano, una amenazadora tempestad político-eclesiástica se cernía sobre Trento. No pudiendo Carlos V atraer a los protestantes a participar en el Concilio, les declaró la guerra, esperando vencerlos. Entre tanto rogó a sus obispos que retrasasen toda definición sobre el dogma de la justificación, porque eso exacerbaría el ánimo de los protestantes y haría más difícil su venida. Tal proceder disgustó profundamente al legado y primer presidente I. del Monte, que en la congregación general del 30 de julio tuvo un violentísimo altercado con los dos cardenales imperiales, Cristóbal Madruzzo, obispo de Trento, y Pedro Pacheco, obispo de Jaén. El legado papal llegó a amenazar con trasladar el Concilio a otra ciudad menos dependiente del Imperio.
La labor de los teólogos en la confección del decreto sobre la justificación fue lenta, profunda y magnífica. Tres esquemas sucesivos fueron presentados al examen de los Padres, y, por fin, tras largas discusiones sobre la teoría de la doble justificación (que fue rechazada, en parte por obra del español Laínez contra Seripando), sobre la certeza del estado de gracia -certeza moral, no de fe- y sobre la libre cooperación del hombre, se promulgó en la sesión VI (13 en. 1547) el decreto de iustificatione en 16 capítulos, obra maestra de la doctrina católica. Era un lanzazo directo al corazón del sistema luterano, tres meses antes de que Carlos V derrotara en Mühlberg a los príncipes defensores del luteranismo.Entre las Líneas En el decreto II sobre la reforma se inculcó la obligación de residencia que tienen todos los pastores de almas; tema del que se volvió a tratar, más profundamente, en el tercer periodo.
En la sesión VII (3 marzo) se expuso la doctrina sobre los Sacramentos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en general y sobre el Bautismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y la Confirmación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general).

Informaciones

Los decretos de reforma fueron sobre el cumulativismo de beneficios, la elección de beneficiarios idóneos, la sede vacante, los templos, los hospitales, etc (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Apresuradamente se convocó la sesión VIII (11 marzo), en la que no se hizo otra cosa que declarar, por parte de los legados, que el Concilio se trasladaba de Trento a Bolonia, alegando que una epidemia grave (morbus lentícularis) se difundía por la ciudad. Protestaron los imperiales, diciendo que ni la enfermedad era grave ni la ciudad de Bolonia era apta para atraer a los protestantes, por hallarse en territorio pontificio (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Asistían tres cardenales, ocho arzobispos, 42 obispos, dos abades y tres generales de órdenes religiosas. Por gran mayoría se decidió la traslación.Si, Pero: Pero los imperiales, o sea, nueve prelados españoles, cinco italianos y el cardenal obispo de Trento no quisieron ir a Bolonia mientras no recibiesen nuevas órdenes del Emperador y del Papa.
El Concilio continuó en Bolonia y celebró la sesión IX (21 abril) y la X (2 junio) sin dar ningún decreto. Carlos V protestó contra la traslación, exigiendo que se volviese a Trento. Paulo III defendió la legitimidad del traslado, pero el 13 de septiembre concedió a los Padres conciliares el permiso de volver a sus casas.
Entre los teólogos que brillaron en esta primera etapa del Concilio se pueden nombrar el agustino Jerónimo Seripando, el franciscano Cornelio Musso, el carmelita Nicolás Audet, el dominico Ambrosio Catarino y los conocidos españoles Domingo Soto (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Bartolomé Carranza (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Andrés Vega, Alfonso de Castro, Martín Pérez de Ayala, Diego Laínez (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Alfonso Salmerón (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Francisco de Navarra, con el obispo de Jaén, Pedro Pacheco.
3. Segundo periodo: 1551-52. Muerto Paulo III (14 nov. 1549) fue elegido Papa el card. 1. M. del Monte, que había sido presidente del Concilio. Tomó el nombre de Julio III (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y en seguida volvió a pensar en reanudar el Concilio. Su bula Cum ad tollenda (14 nov. 1550) ordenaba que para el primero de mayo de 1551 se reanudasen las asambleas conciliares en Trento, bajo la presidencia del card. Marcelo Crescenzi, ayudado por Sebastián Pighino, arzobispo de Siponto, y por Luis Lipomano, obispo de Verona. Seis fueron las sesiones solemnes (XIXVI), con buena participación del episcopado alemán y español; en cambio no asistieron los obispos franceses por causa de la guerra entre Enrique II y Carlos V.
Contra la teoría luterana de la impanación, se definió la transubstanciación eucarística, y contra Zwinglio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y Ecolampadio la presencia real de Cristo bajo las especies sacramentales (véase en esta plataforma: EUCARISTÍA ll); también la confesión auricular, contrición y satisfacción y la sacramentalidad de la extremaunción (véase en esta plataforma: PENITENCIA II; UNCIÓN DE LOS ENFERMOS I).

Informaciones

Los decretos de reforma versaron sobre las costumbres del clero, la vigilancia de los obispos y la colación de beneficios sometidos al patronato.
En la sesión XIII (11 oct. 1551) se dio a los protestantes un salvoconducto para que pudieran venir seguros al Concilio. Vinieron los teólogos representantes de Joaquín II de Brandeburgo, del duque Cristóbal de Württemberg y de Mauricio de Sajonia y de la ciudad de Estrasburgo. Felipe Melanchton se puso en camino, pero desgraciadamente no llegó, porque los que vinieron se, mostraron tan exigentes, que no fue posible admitirlos a las deliberaciones conciliares. Entre los teólogos católicos había figuras tan insignes como Melchor Cano (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Ruardo Tapper y luan Gropper. La situación político-mifitar del Imperio fue causa de la precipitada suspensión del Concilio. Mauricio de Sajonia, jefe de las tropas imperiales, traicionó a Carlos V, pasándose a la parte de los protestantes y franceses y se lanzó contra Innsbruck, donde residía desarmado el Emperador. Innsbruck no estaba lejos de T., por lo cual el Concilio decidió en la sesión XVI (28 abr. 1552) la suspensión.
4. Tercer periodo: 1562-63. Ni Marcelo II, que sucedió a Julio III, ni Paulo IV (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) convocaron de nuevo el Concilio; el primero, porque su pontificado no duró más que 22 días, y el segundo por su enemistad con los Habsburgos. Elegido Pío IV (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) el 25 dic. 1559, pensó desde los primeros días en el Concilio ecuménico. El ambiente religioso, político y espiritual había cambiado mucho. Las posiciones se habían endurecido; el camino del diálogo se había obstruido en absoluto. Ya no era el Emperador quien pedía concilio; era el Papa quien tomaba la iniciativa, y no lo hacía mirando a la situación religiosa de Alemania, sino a la de Francia, donde el calvinismo acaudillado por el almirante Coligny y aprovechándose de la oscilante política de la reina-madre Catalina de Médicis, había conquistado gran parte de la nación y ahora pedía un concilio nacional francés, que arreglase la situación religiosa (véase en esta plataforma: HUGONOTES). Pío IV creyó que podría si no evitarlo por lo menos contrarrestar su pernicioso influjo, convocando un concilio, universal, de auténtica reforma eclesiástica (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Así lo hizo por la bula Ad EcIesiae regimen (29 nov. 1560), señalando como día de la apertura el 6 abr. 1561, fecha que hubo de retrasarse más de nueve meses por las dificultades que surgieron de parte de los príncipes católicos, ya que el Emperador Fernando I y el monarca francés, por atención a los protestantes, no querían que se dijese .«continuación» del precedente, mientras que Felipe Il (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) no podía tolerar que se hablase de un «nuevo concilio», lo que podría dar la impresión de estar haciendo tabla rasa de los anteriores decretos tridentinos. El Papa logró calmar por el momento las exigencias de unos y otros. Y el Concilio tuvo en T. su sesión primera (XVII) el 18 en. 1562. Presidían cuatro card. legados: Hércules Gonzaga, arzobispo de Mantua; Jerónimo Seripando, Estanislao Hosius (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), obispo de Ermiand, y L. Simonetta, obispo de Pésaro; estaba ausente el joven card. M. S. de Altemps, sobrino del Papa (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Asistían, además, el card. Madruzzo, tres patriarcas, 11 arzobispos, 90 obispos, 4 generales de órdenes religiosas y 4 abades; los teólogos eran 33.Entre las Líneas En la sesión XVIII (26 febr.) se formó una comisión para corregir el Index librorum prohibitorum (Y. LECTURA II y III) y se redactó una invitación y salvoconducto para los protestantes. El 16 de marzo hizo su entrada en T. el marqués de Pescara, embajador de Felipe II, que al año siguiente será sustituido por el conde de Luna. También llegaron otros embajadores, como el de los cantones católicos de Suiza, el de Florencia, el de Venecia, el de Francia, y desde el principio los del Imperio y de Portugal.
Un programa de reforma se propuso en la congregación general del II de marzo. El primero de los 12 capítulos trataba sobre la obligación de residencia de los obispos. Los españoles, acaudillados por Pedro Guerrero, arzobispo de Granada, y seguidos por los del reino de Nápoles y por algunos imperiales, pedían se definiese que tal obligación era de derecho divino; los demás obispos, que formaban la mayoría y eran casi todos italianos, afirmaban que eso iba contra los derechos primaciales del Papa y acusaban a los españoles de querer ser como papas en sus diócesis. Insistían éstos en que si la residencia no era de derecho divino, el Papa seguiría dispensando, como hasta ahora, de la obligación de residir, con lo cual se hacía imposible toda reforma; por lo demás protestaban que ellos estaban dispuestos a morir por la defensa del primado pontificio (véase en esta plataforma: PRIMADO). Los mismos legados o presidentes del Concilio se hallaban divididos, pues mientras Simonetta y Hosius estaban por los italianos o curialistas, Gonzaga y Seripando estaban por los españoles. La controversia, iniciada el 7 de abril, fue llevada a votación el 20, pero el resultado fue: 67 votos por el ius divinum, 35 en contra y 37 que dejaban la decisión al Papa (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Alarmado Pío IV por los siniestros informes de Simonetta, prohibió el 11 de mayo continuar las discusiones (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Aquí empieza una crisis del Concilio, porque Gonzaga y Seripando bajaron en la estima del Sumo Pontífice y los más férvidos promotores de la reforma (españoles e imperiales) perdieron la confianza en Roma, imaginando que Pío IV no deseaba una seria reforma. Entonces ¿para qué se habían reunido en Concilio? Las sesiones XIX y XX (14 mayo y 4 jun.) demostraron que la actividad conciliar se paralizaba.
Gonzaga, que ya había ofrecido su dimisión al Papa, enderezó las discusiones hacia el tema interrumpido en 1551, y así pudo llegarse a la sesión XXI (16 jul.), en que se rechazó la doctrina protestante de la necesidad de la comunión bajo las dos especies y se definió que el que comulga bajo una sola recibe a Cristo total e íntegramente. Especial importancia dogmática tuvo la sesión XXII (17 sept.), en que se anatematizó la doctrina protestante sobre la Misa, definiendo en nueve capítulos que la Misa es una memoria y representación del único sacrificio de la cruz, idéntico a él por la víctima y por el sacerdote, que es Cristo, diferenciándose sólo por el modo incruento de la oblación, sacrificio eucarístico y propiciatorio, que puede ser ofrecido a Dios por los vivos y por los difuntos (véase en esta plataforma: EUCARISTÍA II; MISA II; SACRIFICIO III). El 23 sept. comenzaron a tratar del Sacramento del Orden (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), lo cual les llevó a renovar la vieja cuestión del ius divinum de la residencia, pero en forma más radical, pues disputando sobre la institución divina del episcopado, se planteó la cuestión de si los obispos reciben su potestad directamente de Cristo o del Papa. Diego Laínez, el 20 oct., quiso distinguir agudamente entre la potestad de orden, proveniente de Cristo, y la de jurisdicción, concedida por el Papa (véase en esta plataforma: IGLESIA IV; JERARQUÍA ECLESIÁSTICA). Mas los obispos españoles persistieron en que toda la potestad episcopal procede inmediatamente de Cristo, por el Sacramento, aunque con la necesaria subordinación al Romano Pontífice, que tiene poder para limitar y aun quitar la jurisdicción a los obispos por causa justa.
La tensión se agravó cuando el 13 nov. llegó a T. el card. Carlos de Guisa o de Lorena, acompañado de numerosos obispos y teólogos franceses. Desde el principio se aliaron con el grupo español e imperial, contra el curialista; alianza peligrosa, porque los franceses iban mucho más allá que los españoles, contagiados como estaban de galicanismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) conciliarista.
Por otra parte el Emperador proponía un programa de reforma, en que se incluía la concesión del cáliz a los laicos y el matrimonio a los sacerdotes de Alemania, acusando a Pío IV de resistir a la reforma mediante el Concilio. El cardenal francés fue a deliberar con el Emperador en Innsbruck (12 feb. 1563). El Papa pensaba ya en la disolución del Concilio, cuando de pronto la crisis empezó a resolverse dramáticamente. El 2 mar. 1563 murió el card. Gonzaga; el 17 del mismo mes murió Seripando; Felipe II, por sugerencia del Papa, recomendaba a sus obispos moderación y respeto; el 9 mar. llegó noticia de que el duque Francisco de Guisa había sido asesinado en Francia, con lo que su hermano el cardenal empezó a ver las cosas de otro modo y se dejó convencer por la diplomacia pontificia.
Para sustituir al legado Gonzaga, tuvo Pío IV el acierto de elegir al habilísimo card. Juan Morone, que fue el salvador del Concilio (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Apenas llegó a T. el 10 abr., calmó los ímpetus de Simonetta y de los curialistas y se dirigió a Imisbruck a vencer la última resistencia imperial. Le persuadió a Fernando 1 de la seria voluntad de reforma que tenía el Papa y le movió a no mostrarse demasiado exigente. Tras este notable triunfo, Morone regresó a T. y redactó con ayuda de G. Paleotti un programa de reforma, que no satisfizo del todo a los españoles, pero que tocaba los puntos más importantes y que fue aprobado en las sesiones sucesivas (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Así se llegó a la sesión XXIII (15 jul. 1563), una de las más importantes del Concilio y la más concurrida, pues asistían 6 cardenales, 3 patriarcas, 25 arzobispos, 187 obispos, 7 generales de órdenes religiosas y 4 abades. Se definió la sacramentalidad del Orden (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), la institución divina de la jerarquía, mas no se declaró el origen de la potestad episcopal; y en lo tocante a la obligación de residir, se dijo que era de precepto divino, mas evitando adrede la expresión de iure divino. El decreto reformatorio más importante fue el de la institución de Seminarios para la educación del clero; en él se copió el decreto dado por R. Pole en el sínodo de Londres de 1556.Entre las Líneas En la sesión XXIV (11 nov.) se expuso la doctrina católica sobre el Matrimonio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general); se declararon inválidos (antes eran solamente ¡lícitos) los matrimonios clandestinos y se condenó severamente el concubinato.Entre las Líneas En la parte reformatoria se trató de los obispos y cardenales, se impuso el deber de convocar sínodos provinciales y diocesanos, de visitar cada obispo su diócesis, de predicar la palabra de Dios. La sesión XXV (34 dic. 1563) fue la última y duró dos días. Se dieron decretos sobre el culto de los santos (véase en esta plataforma: CULTO III), reforma de frailes y monjas, indulgencias (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), etc., y se dejó al Romano Pontífice el encargo de redactar un índice de libros prohibidos y un Catecismo, y de corregir el Breviario y el Misal (véase en esta plataforma: OFICIO DIVINO; LIBROS LITÚRGICOS). Todos tenían ansia de terminar, excepto el Conde de Luna y los obispos españoles, en cuya opinión la suspirada reforma no estaba hecha todavía. Tuvieron que someterse a la mayoría. Y cuando después de entonar las Aclamaciones o laudes, dijo el card. Morone: Patres ite in pace, todos respondieron Amen.
5. Valoración del Concilio. La importancia dogmática de T. consiste en haber dado una respuesta clara a los errores protestantes; en haber eliminado con su luz aquella semioscuridad e incertidumbre reinante en el siglo XV y causa de muchos errores; en haber abierto una época de gran florecimiento para la Teología y la vida de piedad. La importancia reformatoria está en haber orientado las ansias de reforma dentro de la Iglesia, oponiendo a la mal llamada «reforma protestante» una verdadera reforma católica. El aspecto pastoral no tiene menos trascendencia, pues imprimió carácter a la Iglesia en los siglos sucesivos. No se puede negar que los cien años que siguieron a T. fueron para la Iglesia una edad de oro en el campo de la ascética, de la mística, de la santidad heroica, de la evangelización de pueblos infieles, de la cultura y del arte. Lo que no consiguió el Concilio fue la reconstrucción de la unidad religiosa de Europa.
Pío IV confirmó los decretos conciliares el 26 en. 1564, y los Papas siguientes, especialmente S. Pío V (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Gregorio XIII (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y Sixto V (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), trabajaron por su aplicación, en lo cual fueron ayudados por una constelación de obispos tan insignes como no los había tenido la Iglesia desde los Santos Padres, al estilo de S. Carlos Borromeo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en Milán, S..Juan de Ribera (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en Valencia, Bartolomé de los Mártires (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en Braga, S. Toribio de Mogrovejo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en Lima del Perú, S. Francisco de Sales (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en Annecy de Saboya. [rbts name=”historia-de-la-iglesia”]

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Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre concilio de trento en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

Fuentes: Las fuentes principales han sido críticamente publicadas por la GOERRESGESELLSCHAFT, Concilium Tridentinum. Diariorum, Actorum, Epistularum, Tractatuum nova collectio, Friburgo Br. 1901 ss. (hasta ahora, 13 vol.). La sección tercera de Epístolas, se completa con 1. SusTA, Die rómische Kurie und das Konzil van Trient unter Pius IV, 4 vol. Viena 1904-14. De las antiguas colecciones tiene aún valor, especialmente para Francia, 1. LE PLAT, Monumentorum ad hist. concil. Trid. illustrandam spectantium amplissima collectio, 7 vol. Lovaina 178187. Para Espafia, Colección de doc. inéd. para la hist. de España, Madrid 1846, vol. IX y XCVIII; M. FERRANDis, El Concilio de Trento. Documentos del archivo de Simancas, 2 vol. Valladolid 1928-34; C. GUTIÉRREz, Nueva documentación Tridentina (15511552), «Arch. Hist. Pont.» 1 (1963) 179-240; 2 (1964) 211-250; M. CALIM, Lettere conciliar¡ 1561-63, ed (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). A. MARAM, Brescia 1963; Trento SICKEL, Zur Geschichte des K. v. Trient 1559-63, Viena 1872; 1. DOLLINGER, Beitrüge zur polit. kirchI. und Cultur-Geschichie. 1. Dokurn. zur Gesch. KarIs V, Philipps II und seiner Zeit, Ratisbona 1862.

Recursos

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Notas y Referencias

  1. Basado en la información sobre concilio de trento de la Enciclopedia Encarta
  2. Información sobre concilio de trento primera fase (1545- 1547) de la Enciclopedia Encarta
  3. Información sobre segunda fase del concilio de trento de la Enciclopedia Encarta
  4. Información sobre concilio de trento tercera fase (1561-1563) de la Enciclopedia Encarta
  5. Información sobre concilio de trento significado del concilio de trento de la Enciclopedia Encarta

Véase También

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