Cosmopolitismo
Este elemento es una profundización de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs] El cosmopolitismo significa literalmente la creencia en una cosmópolis o ‘estado mundial’. El cosmopolitismo moral es la creencia de que el mundo constituye una única comunidad moral, en la que las personas tienen obligaciones (potencialmente) hacia todas las demás personas del mundo, independientemente de su nacionalidad, religión, etnia, etc. Todas las formas de cosmopolitismo moral se basan en la creencia de que todos los individuos tienen el mismo valor moral, lo que suele estar relacionado con la doctrina de los derechos humanos.
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Perspectivas Actuales sobre el Cosmopolitismo
Es un momento oscuro para los cosmopolitas. El descontento con la globalización y el resentimiento hacia las minorías, los inmigrantes y los intelectuales han promovido el repunte del nacionalismo en Europa y Estados Unidos. Disfrazados con neologismos aparentemente neutros como “posverdad” y “derecha alternativa” (para la estadounidense alt-right), la propaganda, el racismo y la xenofobia se han vuelto a hacer un hueco en la sociedad.Entre las Líneas En este maremágnum, a los cosmopolitas se les describe cada vez más como una élite distanciada e indulgente.
El cosmopolitismo –la aspiración de convertirse en ciudadano del mundo– se ha convertido en un producto de lujo contaminado.
Podría parecer prudente, dado el clima imperante, distanciarse del cosmopolitismo. Esa elección, sin embargo, deja sin refutar una imagen distorsionada del cosmopolitismo y permite que se convierta en una víctima del choque entre el nacionalismo y la globalización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Hemos de resistirnos a esa tentación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Si queremos combatir la globalización del ultranacionalismo, ahora es el momento de tomar posición y defender el cosmopolitismo. Es el momento de separar su actitud de mente abierta de su parodia elitista; es el momento de poner el cosmopolitismo a trabajar para templar el nacionalismo y humanizar la globalización.
Adoptar una actitud firme empieza por recordar el origen del cosmopolitismo contemporáneo, por reconocer cómo se ha desviado de su camino y objetivo original.
Cómo nos convertimos en cosmopolitas
Yo me convertí en cosmopolita el 5 de agosto de 1943, tres décadas antes de nacer. Esa tarde, los Aliados entraron en mi pueblo de origen al sur de Italia. La ciudad estaba destrozada, pero los niños saltaban de júbilo. La guerra llegaba a su fin, y la libertad sabía a tabletas de chocolate estadounidenses. Los soldados las arrojaban desde la carretera mientras atravesaban el pueblo en Jeep. Mi madre nunca olvidó la que atrapó.
Las historias de los años de la Segunda Guerra Mundial como esa eran frecuentes mientras crecía, pero parecían distantes de mi mundo y mi vida. Tardé décadas en darme cuenta de lo mucho que dieron forma a ambos. Al igual que muchos europeos de clase media de su generación, mis padres –los primeros de sus familias en ir al instituto y que pasaron toda su vida adulta en el mismo lugar y nunca hablaron un segundo idioma– insistieron en que aprendiera inglés y viajara.
Mis padres encarnaron una distinción que el sociólogo Robert Merton hizo durante la década de 1950 al estudiar un pequeño pueblo de Estados Unidos. Los miembros influyentes del pueblo, descubrió, eran o “locales” o “cosmopolitas”. La influencia de los locales se fundamentaba en sus fuertes vínculos con el pueblo y las relaciones dentro de él. La de los cosmopolitas en su conocimiento y experiencia. Si los locales no se podían imaginar una vida en otra parte, los cosmopolitas parecían estar siempre preparándose para ella. Ninguno, sin embargo, salía demasiado y el pueblo se beneficiaba de las contribuciones de ambos grupos. Eso fue entonces. A los cosmopolitas de mi generación se les instaba a ser más móviles.
Así que, cuando tuve 14 años de edad, me encontré a mí mismo viviendo y estudiando durante un mes con un reducido grupo de españoles, franceses y alemanes en un pequeño pueblo del norte de Inglaterra (Reino Unido). Fue la primera vez que me sentí en casa en un lugar que no me pertenecía. O, de manera más precisa, la primera vez que sentí pertenecer a un lugar del que no procedía. Así empecé a convertirme en europeo. Un par de años después, cuando cayó el muro de Berlín (Alemania), fue glorioso llegar a la adultez como europeo. Puede que la promesa del cosmopolitismo como una manera de mejorar la vida se encontrara en su cénit, pero parecía ser tan solo el alba. Por un momento, realmente parecía como si estuviéramos poniendo fin a la historia, en las famosas palabras de Francis Fukuyama, anunciando el triunfo de la democracia liberal a nivel mundial.
El cosmopolitismo era sobre todo un proyecto humanístico, no uno económico
Por aquel entonces, las grandes ciudades de todo el mundo se estaban llenando de cosmopolitas de primera generación como yo. Huíamos de las visiones provincianas del mundo. Íbamos en tropel a lugares que prometían no colocarnos en nuestro sitio. Éramos curiosos invasores de los países de los demás, un ejército pacífico enviado a desmantelar el nacionalismo por personas mayores a las que había hecho daño.
La generación de mis padres bendijo, aunque de forma ambivalente, nuestro cosmopolitismo porque suponía tano una póliza de seguros como una aspiración. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Nacido de los escombros del nacionalismo, era sobre todo un proyecto humanístico, no uno económico. Hacía hincapié en formar parte de una misma comunidad que tolerase las diferencias. El cosmopolitismo, se supone, debía permitir que nos diéramos cuenta de que la gente diferente a nosotros era humana, igual que nosotros, y reemplazar la superstición y la sospecha –los pilares del tribalismo– por la curiosidad y la compasión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Si estudiábamos, cenábamos y nos liábamos con personas de otros países, tendríamos menos probabilidades de bombardearnos mutuamente en el futuro. Cuando la Unión Europea recibió el Premio Nobel en 2012, sentí que mi madre y mi padre deberían recibir también un trozo de él y guardarlo junto al pedacito del muro de Berlín que yo había llevado a casa dos décadas antes.
Para entonces, estaba casado con una mujer que nació a unos 24 kilómetros de aquel primer pueblo inglés en el que viví. Nuestros padres no compartían el mismo idioma, pero sí tenían valores similares. Enseñábamos en una institución educativa que ayuda a la gente a desarrollar una vida profesional en el extranjero. Nuestros hijos daban respuestas complicadas a la sencilla pregunta “¿De dónde sois?”; se sentían en casa en un país en el que ninguno de los dos habíamos crecido. También éramos conscientes ya del escepticismo y la hostilidad que despertaba nuestro estilo de vida. Algo que, durante los últimos años, no ha hecho más que aumentar.
Tras haber dedicado mi vida a intentar convertirme en un educado cosmopolita, ahora temo que mi generación ha fracasado en el cosmopolitismo, o, peor aún, que nosotros hemos fallado al cosmopolitismo.
La infantería de la globalización
La enemistad entre locales y cosmopolitas no es ninguna novedad. Ha dado forma a la civilización occidental desde la antigua Grecia. Hasta la época de Merton, sin embargo, los locales y los cosmopolitas seguían formando una extraña pareja. Ahora, por el contrario, parece que se han divorciado, exacerbado sus diferencias y convertidos en locales en tribus distintas, una nacionalista y otra global. Sí, los cosmopolitas también han formado su propia tribu. Una tribu de gente no apta para el tribalismo, escribí una vez. Una tribu inclusiva y dispersa –si es que existe tal cosa– conectada por planes de datos móviles internacionales ilimitados y vuelos baratos.Si, Pero: Pero una tribu, al fin y al cabo. Nos apropiamos de grandes ciudades y colonizamos enclaves tolerantes como cafeterías, universidades y, sobre todo, empresas multinacionales que nos permiten ganarnos la vida mientras nos desplazamos de un lado a otro.
Dejamos de recibir órdenes de John Lennon y empezamos a seguirlas de Jack Welch
Aunque su origen fue político, el cosmopolitismo nos volvió no aptos para un gobierno nacional. Nuestras vidas eran demasiado móviles, nuestras alianzas demasiado confusas, nuestra relación con el Estado demasiado ambivalente como para ser unos abanderados fidedignos. Una actitud cosmopolita implica sospechar de personas y políticos demasiado vinculados con estados nacionales, y nos hace parecerles sospechosos a su vez.Si, Pero: Pero si la política no podía apresarnos, el mundo empresarial nos tendió la trampa.
Cuando despegó la globalización, estábamos preparados. Disponíamos de la mentalidad y las habilidades necesarias para lidiar con y, seamos sinceros, lucrarnos de la apertura de nuevos mercados globales. El entusiasmo cosmopolita se redirigió desde un proyecto humanístico a uno económico. Dejamos de recibir órdenes de John Lennon y empezamos a seguirlas de Jack Welch, quien dirigió General Electric desde 1981 hasta 2001. Si a la mayoría de los líderes políticos les resultaba difícil imaginarse la ausencia de países, para los líderes empresariales parecía resultarles casi demasiado fácil. Por tanto, nos convertimos en la infantería de la globalización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Nos dispusimos a convertir el mundo en una de nuestras ciudades. Visto en retrospectiva, no solo nos excedimos. Fue una traición a la propia esencia del cosmopolitismo: ser ciudadano de un mundo diverso.
La ola de nacionalismo que recorre el planeta se ha presentado como un rechazo y una reacción frente a la globalización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Algunos analistas se centran en la devastación económica que ha supuesto la globalización para las clases medias occidentales. Otros se centran en la amenaza que representa para las jerarquías locales y sus formas de ver la vida. Visto de esa manera, el nacionalismo es una herramienta sin filo para los afectados por los golpes culturales y económicos de la globalización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Un cuchillo romo que, hay que señalarlo, resulta familiar para el tipo de masculinidad provinciana que ha ostentado el poder durante siglos; la misma que se siente molesta y amenazada por cómo un mundo cambiante amenaza su estatus local.
¿Qué se puede hacer?
¿Dónde deja eso a los cosmopolitas? Atrapados entre la exhortación a empatizar con nacionalistas, el sentimiento de culpabilidad por haberlos dejado atrás y la tentación de doblar la apuesta por la globalización y construir ciudades-estados de facto por comodidad y miedo.
Personalmente, no me falta empatía para los nacionalistas enfadados. Cuento muchos entre mi familia y amigos. Lo que me falta es simpatía para sus prejuicios y su fe en los beneficios económicos del aislacionismo. De forma similar, tengo poca simpatía para el evangelio y aislacionismo de preocupados globalistas, muchos de los cuales también cuento entre mi familia y amigos.
Pero debido a de donde vengo y a donde he llegado, me resulta difícil escoger un bando. Elegir uno, si es que se puede llegar a hacer, no hará ningún bien a nadie. Las tribus rara vez coexisten pacíficamente y nunca durante mucho tiempo.
Otros Elementos
Además, elegir una tribu sería descartar el cosmopolitismo justo cuando más lo necesitamos.
A pesar de que pueden parecer similares, el cosmopolitismo no es lo mismo que la globalización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Uno es una frágil actitud personal, y la otra una implacable fuerza socioeconómica. Uno busca humanizar lo diferente, la otra homogeneizarlo. Uno celebra la curiosidad, la otra la conveniencia. (La curiosidad a menudo es inconveniente). Uno se adapta, la otra se expande sin contemplación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Uno es fácil de perder, la otra difícil de parar. El nacionalismo y la globalización son más similares entre sí que el cosmopolitismo en ese sentido. El cosmopolitismo es lo que nos podría ayudar a contrarrestar el nacionalismo y humanizar la globalización para que sea un vehículo de libertad y oportunidad para la mayoría, no solo para unos pocos privilegiados.
Sin embargo, una tribu cosmopolita, preocupada por proteger avances culturales y ventajas económicas ganados con mucho esfuerzo, solo empeoraría las cosas. No existe ningún botón de deshacer para la globalización ni un muro lo suficientemente alto para mantenerla alejada.Si, Pero: Pero el reto de humanizar la globalización es más urgente que nunca; y es un reto tanto cultural como económico. Hacerlo requiere doblar la apuesta por el cosmopolitismo, recobrar sus raíces humanísticas y reconocer que su promesa aún dista mucho de cumplirse. Queda trabajo por hacer.
Convertir el cosmopolitismo en algo bueno de nuevo
Una mañana de noviembre del año pasado, acabé preguntando a mi madre sobre su infancia durante la guerra. La noche anterior, un ataque terrorista había devastado un barrio comercial de París (Francia), no muy lejos de donde vivo. Viendo las noticias, supe que el equipo de fútbol nacional de Alemania no había podido abandonar el estadio donde jugaba en París cuando atacaron los terroristas. El equipo francés, en un gesto de solidaridad, también pasó la noche en los vestuarios.
No existe ningún botón de deshacer para la globalización
Por algún motivo, esa imagen se me quedó grabada. Cuando mi madre llamó para preguntar si estábamos bien, le pregunté si podría haberse imaginado tal camaradería entre deportistas franceses y alemanes cuando era niña. “Claro que no”, contestó. “Ni podría haberme imaginado las libertades de las que has disfrutado tú durante décadas, ni tu estilo de vida”.
Rara vez me había parecido atrevida mi madre, pero sí en aquel momento. Su generación se atrevió a soñar lo inimaginable para la mía y nos colocó en el camino para convertirlo en una realidad.
También se me ocurrió que, en muchos sentidos, nuestros enclaves cosmopolitas se parecen a aquellos vestuarios de París. Les llevó a buenas personas la mayor parte de un siglo construirlas. Las perderemos si nos limitamos a protegerlas. Si las consideramos como unas burbujas seguras y no tenemos el valor de aventurarnos a salir de ellas y construir muchos más, pero también más fáciles de entrar, justos y espaciosos.
En resumen, en lugar de ser simplemente acogedores, las personas cosmopolitas tienen que seguir intentando acercarse a los demás. Ser acogedor sin aproximarse, o esperar ser bienvenido siempre, es lo que hace un cosmopolita cuando se vuelve vago o siente con derecho a todo. Ha llegado la hora de cambiarlo.
El cosmopolitismo florece fuera de las burbujas. Cuando se confina en una, muere. Y si permitimos que el cosmopolitismo se convierta en una víctima del conflicto entre el nacionalismo y la globalización, habremos traicionado los sueños y desperdiciado el trabajo de dos generaciones. Nuestra humanidad, si no la humanidad –nuestros mundos, si no el mundo– están en juego.
Fuente: HBR
Cosmopolitismo y Monismo en el Derecho Internacional
La pureza metodológica y la civitas maxima
Aunque el monismo bajo la primacía del derecho internacional no implica necesariamente el desarrollo de un Estado mundial, sus ideas subyacentes y sus estrechas interdependencias con una postura crítica hacia la ideología y una visión comprensiva de la democracia son muy beneficiosas para este proceso.Entre las Líneas En este sentido, el último aspecto de una posible consecuencia moral de esta versión del monismo son los conceptos de pacifismo y cosmopolitismo. Kelsen estaba profundamente convencido del pacifismo y esencialmente consideraba que la ley era el orden social para la promoción de la paz.
Puntualización
Sin embargo, el mayor obstáculo para el desarrollo de un orden jurídico internacional de este tipo sigue siendo el dogma de la soberanía, ya que afirma erróneamente que la independencia de los Estados es necesariamente incompatible con la existencia de normas jurídicas internacionales que vinculan a los Estados incluso contra su voluntad. El punto crucial es que para eliminar este obstáculo, no tenemos que comprometernos con la opinión de que el desarrollo de tal civitas maxima es moralmente deseable; por el contrario, los argumentos jurídico-científicos sin valor bastan por sí solos para argumentar que un ordenamiento jurídico mundial (o global) vinculante es compatible con la independencia del Estado.
Una Conclusión
Por lo tanto, cualquier objeción a la realización de la civitas maxima y a la falta de voluntad para aceptar la sujeción del propio Estado al derecho internacional tiene una motivación meramente política.
Como ya se ha mencionado varias veces a lo largo de este libro, (los jóvenes) Kelsen, así como sus estudiantes Verdross y Kunz, abogan por el monismo bajo la primacía del derecho internacional, ya que corresponde a una visión objetiva y pacifista, y va más allá del ego del Estado, reconociéndonos en el otro. Mientras que el monismo bajo la primacía de la ley nacional implica el subjetivismo y el imperialismo, el monismo centrado en el derecho internacional limita la soberanía y la realización de la guerra a través del instrumento de la ley, asegurando así la paz mundial. Discutamos y defendamos ahora estas implicaciones moralmente deseables del monismo bajo la primacía del derecho internacional, en particular con una visión innovadora del constructivismo en la teoría de las relaciones internacionales (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolítica en nuestra plataforma).
El cosmopolitismo y el derecho como base de la paz
Aunque parezca asombroso, el mundo ha sido testigo de una disminución considerable de la violencia y un aumento de la paz en los últimos siglos.
Puntualización
Sin embargo, la paz debe garantizarse constantemente y los recientes acontecimientos en todo el mundo, que amenazan con desbaratar el orden mundial (o global) establecido después de la Segunda Guerra Mundial, deben tomarse en serio. Es evidente que ‘pronto todo el mundo quiere la paz, pero prácticamente nadie piensa en los arreglos necesarios’.
Una Conclusión
Por lo tanto, ha llegado el momento de hacer un fuerte llamamiento a favor de tales arreglos en forma de cosmopolitismo, entendido como una pertenencia de todos los seres humanos a una sola comunidad, y de pacifismo, como una crítica general de la guerra, para abordar y superar estos preocupantes acontecimientos sobre la base del monismo bajo la primacía del derecho internacional.
De lo kantiano al cosmopolitismo jurídico
El término “cosmopolitismo” en su significado de “ciudadano del mundo” tiene una larga historia y se remonta a Diógenes de Sinope y del estoicismo en la antigüedad. Por su revitalización moderna, estamos en deuda con Kant, que defiende una política verdaderamente universal basada en la razón y el optimismo, más que en el sentimiento y la melancolía.210 En su libro Hacia la paz perpetua, Kant pide el establecimiento de una liga federal de naciones, que es indispensable para asegurar y promover una paz genuina y perpetua. El establecimiento de una liga de este tipo es un “deber moral directo”, que se deriva del principio de que toda acción es correcta siempre y cuando no restrinja la libertad de los demás. El problema es, sin embargo, que en un estado anárquico de naturaleza y en ausencia de una ley institucionalizada, los individuos probablemente recurrirán a la fuerza en sus relaciones mutuas. De la misma manera, cada estado recurrirá a la violencia y ordenará a los individuos que se sacrifiquen a sí mismos en la guerra, en un estado de naturaleza en el que no esté sujeto a ninguna coerción legal externa. Para evitar este uso de los individuos como meros medios y, por lo tanto, como una violación de la fórmula de la humanidad, se convierte en un deber dejar el estado internacional de la naturaleza y establecer una liga de naciones, que luego actuaría como mecanismo de resolución de disputas y de mantenimiento de la paz.
Detalles
Por último, los individuos deberían gozar del “derecho cosmopolita” de la hospitalidad, lo que significa que ellos tienen el derecho de visitar otros países. El acceso puede ser denegado, pero no con hostilidad, si los visitantes se comportan pacíficamente, y no si conduce a su desaparición.
En estas consideraciones, Kant no rechaza la idea de un Estado mundial (o global) como tal.
Puntualización
Sin embargo, admite que, puesto que este ideal no puede y no debe alcanzarse completamente, debería al menos aproximarse a través de una liga de naciones. La razón de ello es que, por un lado, cree que los Estados nunca estarían dispuestos a renunciar a su soberanía para establecer un verdadero Estado mundial; y, por otro lado, argumenta que los derechos humanos solo pueden ser protegidos eficazmente por Estados individuales y no por naciones que se extienden por vastas regiones.
Una Conclusión
Por consiguiente, el cosmopolitismo kantiano se ve mejor como un cosmopolitismo complementario o subsidiario, en el cual los estados continúan existiendo bajo una liga de naciones e individuos siguen siendo ciudadanos del estado además de su ciudadanía cosmopolita.
El joven Kelsen demostró ser muy susceptible a esta idea del cosmopolitismo kantiano, que, en su opinión, podría “eliminar el empleo más terrible de la fuerza -es decir, la guerra- de las relaciones interestatales” por medio de un Estado mundial. Con este fin, adopta en primer lugar la noción de civitas maxima de Christian Wolff, entendida como la comunidad superior universal de “todas las naciones y de toda la raza humana”, que considera como la personificación del orden jurídico internacional, que abarca todos los ordenamientos jurídicos estatales.Entre las Líneas En este sentido, el ideal de civitas maxima se convierte en el núcleo político de la hipótesis de la primacía del derecho internacional.
La dimensión profundamente ética de este argumento es que el flagelo de la guerra solo puede superarse garantizando la paz, y que la paz global y duradera solo puede lograrse mediante el monismo cosmopolita. La primacía del derecho internacional es, por lo tanto, meramente una consecuencia de una profunda convicción ética sobre la unidad del derecho y de la humanidad en un solo Estado. Pronto, sin embargo, Kelsen está de acuerdo con Kant y abandona la noción de civitas maxima de sus obras posteriores al darse cuenta del carácter utópico (idealista, irreal; el término procede del libro “Utopía” de Sir Thomas More, que imagina una sociedad perfecta pero inalcanzable) de este esfuerzo y de que el establecimiento de un Estado mundial (o global) de este tipo debe fracasar necesariamente debido a dificultades prácticas insuperables. Lo que es aún más problemático con esta deducción de la primacía del derecho internacional de una premisa moral es la propia violación de Kelsen de la ley de Hume y su transgresión del límite metodológico entre la pureza científico-jurídica y la subjetividad cargada de valores éticos.
Pero quizás este ideal moral de civitas maxima, que promete la paz mundial, pueda salvarse por otra vía, es decir, sobre la base del propio derecho y mediante un enfoque puramente epistemológico. Como ya se ha discutido en la introducción de este capítulo, la Crítica de la Razón Pura de Kant puede entenderse como el establecimiento de una comunidad cosmopolita a través del concepto ahistórico y cultural del a priori sintético, que funda, como la política de la razón humana, una “República Mundial epistemológica”. De la misma manera, la teoría pura del derecho representa una teoría general del derecho positivo en sí misma,228 independiente de cualquier precondición histórica o cultural y que solo depende del razonamiento humano epistemológico.Entre las Líneas En este sentido, la culminación y la perfección del derecho en un orden jurídico internacional cosmopolita no es más que un antisolipsismo radical,229 que respeta y coexiste con el otro de manera pacífica.
Una Conclusión
Por lo tanto, el monismo bajo la primacía del derecho internacional no debe deducirse de las presuposiciones morales, sino que viceversa, es la pureza epistemológica de la ley la que no solo permite este monismo en primer lugar, sino también el ideal moral de la paz a través del derecho.Entre las Líneas En su obra homónima Paz a través de la ley, Kelsen pretende probar esta afirmación.
Pacifismo: la paz a través del derecho
La utilización del derecho internacional con el fin de la paz representa un desarrollo más bien reciente del siglo XX. Véase más sobre el pensamiento de Kelsen hacia el rol de la paz en el marco del derecho internacional.
Monismo y constructivismo en la teoría de las relaciones internacionales (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolítica en nuestra plataforma)
A pesar de la existencia del derecho internacional, sin embargo, la anarquía -entendida como la ausencia de un gobierno mundial (o global) centralizado y eficaz- sigue siendo un factor considerable en las relaciones internacionales (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolítica en nuestra plataforma) y, por lo tanto, una amenaza significativa para la paz. ¿Cómo debemos tratar esta anárquica sociedad internacional de Estados, donde la “ley de la selva” y la fuerza bruta pueden fácilmente tomar el relevo y hacer caso omiso de las limitaciones normativas del derecho internacional? Dadas estas cuestiones, esta sección examinará la teoría de las relaciones internacionales (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolítica en nuestra plataforma) y determinará lo que dice sobre el derecho internacional y su poder potencial para asegurar la paz.
Más Información
Las implicaciones morales del monismo bajo la primacía del derecho internacional serán examinadas desde el punto de vista político, lo que nos permitirá comprender el comportamiento del Estado no solo a través de las relaciones de poder (como lo afirma el realismo), sino también a través de la interacción social y la normatividad de la ley. La teoría más adecuada para ello es el constructivismo, que se interesa por las normas jurídicas y su influencia en el sistema internacional. Este interés ha demostrado ser el punto de unión más fuerte entre los abogados internacionales y los constructivistas, lo cual enfatiza aún más que esta teoría específica puede ser interpretada como si tuviera fuertes lazos con una comprensión monista de la ley. Independientemente de su carácter superficial, esta sección intentará, no obstante, mostrar algunas superposiciones entre el constructivismo y el monismo bajo la primacía del derecho internacional, tal como lo prevé la pura teoría del derecho.
Para empezar, se debe explicar brevemente por qué otras teorías deben ser descalificadas como competidores serios del constructivismo en este contexto. Por un lado, el realismo en todas sus diversas manifestaciones se centra en el poder y el materialismo.
Una Conclusión
Por lo tanto, es intrínsecamente hostil al derecho internacional y tiende a devaluar el papel de las normas en el sistema internacional.
Una Conclusión
Por consiguiente, no hay mucho amor perdido entre los realistas, ya que consideran que “el poder es lo correcto” y que “debería” derivar de “es”, y los positivistas jurídicos, que tratan de separar la validez de la ley de la política y la moralidad cotidianas. Más cínicamente hablando, el realismo sostiene que los Estados solo se ayudan entre sí si hay “algo para ellos”, pero nunca por un sentido de obligación legal o legitimidad normativa.
Otros Elementos
Por otro lado, el liberalismo con su enfoque en las instituciones puede -al menos a primera vista- ser adecuado para los propósitos de esta sección. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).
Puntualización
Sin embargo, tampoco es conveniente, ya que no solo cuestiona la tesis de la separabilidad del derecho, la moralidad y los hechos defendida a lo largo de este libro, sino que también persigue un enfoque prescriptivo (en contraste con el enfoque meramente descriptivo de la teoría pura del derecho). Por encima de todo, el neoliberalismo enfatiza que la acción social debe lograrse a través de instituciones cargadas de valores, así como de un derecho blando y no vinculante -dos supuestos que son evidentemente anatemas a los principios básicos de la teoría pura del derecho.
En contraste con estas dos teorías, el constructivismo adopta un enfoque intermedio y argumenta que los intereses del Estado se definen tanto en términos materiales como inmateriales, siendo estas últimas reglas constitutivas de un `sistema social’ complejo con múltiples capas de actores que operan con motivaciones mixtas a través de las instituciones.Entre las Líneas En particular, el colorido ejemplo de que “500 armas nucleares británicas son menos amenazadoras para Estados Unidos que cinco armas nucleares norcoreanas, porque los británicos son amigos… y los norcoreanos no lo son” (Alexander Wendt, ‘Constructing International Politics’ (1995) 20 International Security 71, 73) demuestra que el sistema internacional está construido de alguna manera socialmente, de manera similar a la ley como algo que se postula y no es natural. Alternativamente, el enfoque del constructivismo está en la base material de las relaciones internacionales (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolítica en nuestra plataforma) y su superposición con las ideas, la cultura y las normas. De esta manera, el constructivismo moderado ofrece una línea muy prometedora de compromiso con el positivismo, se centra en las normas como variables explicativas en la política mundial (o global) y busca desarrollar un conocimiento objetivo del mundo social y del funcionamiento del derecho internacional.
El constructivismo radical, por el contrario, que pone más énfasis en la hermenéutica y la lingüística a expensas de los elementos materiales, puede descartarse a los efectos de esta sección, ya que rechaza explícitamente el positivismo jurídico de Kelsen.
Puntualización
Sin embargo, el constructivismo moderado ayuda a explicar cómo el derecho internacional puede influir en el comportamiento del Estado; no a través de las normas jurídicas como causas directas de la acción, sino más bien cómo estas normas limitan, posibilitan y constituyen a los actores y, por lo tanto, contribuyen a dar forma a la política mundial.Entre las Líneas En particular, el concepto de “tirón de cumplimiento” ejercido por las normas legales legítimas juega un papel importante aquí, y este cumplimiento del derecho internacional puede explicarse por la claridad de la ley, la comunicación de la autoridad, la coherencia y la creación a través de una estructura jerárquica. La fuente del efecto vinculante de la ley es, en última instancia, la creencia general de que es realmente vinculante y, por lo tanto, una construcción social.
Aunque los constructivistas sostienen que la política internacional y el derecho internacional son mutuamente constitutivos, el derecho sigue siendo distintivo e institucionalmente autónomo de la política debido a su carácter obligatorio. Este efecto obligatorio tiene sus raíces en la profunda estructura constitucional de la sociedad internacional moderna, lo que explica por qué los Estados se sienten obligados a proporcionar justificaciones legales para sus acciones: todos valoran la cooperación a largo plazo (véase más detalles en esta plataforma general) y la previsibilidad que se promueve al parecer ser respetuosos con la ley.261 Desde el punto de vista de este libro, se podría añadir que este curso de acción solo es posible si los Estados aceptan el monismo en virtud de la primacía del derecho internacional, ya que de lo contrario el derecho nacional siempre podría prevalecer en caso de conflicto y, por lo tanto, interrumpir dicha cooperación.
Ciertas similitudes del constructivismo moderado con las características principales de la teoría pura del derecho ya deberían ser obvias para el lector. Ambos comparten un linaje filosófico que se remonta a Kant, a saber:
- que la política y el derecho internacionales están construidos o posicionados socialmente y no son reducibles a la naturaleza o a hechos materialistas (es decir la dicotomía de `es’ y `debería’);
- por lo tanto una epistemología relativista en la que la política internacional se basa en las relaciones sociales sobreveniendo hechos materiales, y el derecho internacional en una hipotética Grundnorm que permite la validez del derecho positivo; y finalmente
- una ontología orientada al proceso en la que el objeto de la cognición (es decir, las relaciones sociales y el derecho positivo, respectivamente) se crea a través del método de la cognición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Debido a estas similitudes, el constructivismo parece ser extremadamente adecuado para explicar las ramificaciones moralmente deseables del monismo bajo la primacía del derecho internacional.
Puntualización
Sin embargo, en este punto, una cuestión central sigue sin ser explicada, a saber, la supuesta legitimidad del derecho internacional como factor para el cumplimiento por parte de los Estados. [rtbs name=”mundo”] ¿Es su legitimidad la única razón para su cumplimiento o existen otros argumentos? Y, si es afirmativo, ¿qué hace que la legitimidad sea superior a estas otras razones?
De hecho, el constructivismo responde a la pregunta de por qué los Estados cumplen con el derecho internacional recurriendo a las tres culturas de la anarquía ejemplificadas por Hobbes, Locke y Kant, y a tres grados de internalización de normas dentro de ellas, a saber:
- en el nivel más bajo, para evitar sanciones o debido a la coerción;
- en un nivel intermedio, para realizar el interés propio; o
- en el nivel más alto, porque las normas legales son aceptadas como legítimas y los Estados quieren por lo tanto cumplir con ellas.
La anarquía sigue planteando un problema distintivo e importante de orden para la política internacional y una amenaza para la paz, y en consecuencia, el constructivismo sugiere algunas nuevas soluciones en la forma de estas tres culturas de la anarquía, adaptadas de la Escuela Inglesa de Relaciones Internacionales.
La primera cultura es la anarquía hobbesiana en la que la representación del otro por el yo se reduce a la enemistad.Entre las Líneas En este violento estado de naturaleza, la política exterior se centra en la destrucción del enemigo, la importancia de las capacidades militares y, en el caso de los conflictos armados, la ausencia de límites a la violencia. Así, todo el sistema internacional es tomado por la representación del enemigo, que genera patrones de comportamiento estatal, a saber, la “guerra de todos contra todos” de Hobbesian y un verdadero sistema de autoayuda. El intercambio de conocimientos en una cultura de anarquía de este tipo comienza en un nivel muy bajo y se reduce al denominador común de que “hay otros Estados y son enemigos”.
Puntualización
Sin embargo, aunque también hay tres grados de internalización de normas en una anarquía hobbesiana, ninguno de ellos es suficiente para garantizar la paz: la coerción puede ser resistida o superada violentamente, y el interés propio puede cambiar frente a las amenazas. Incluso la legitimidad de las normas se vuelve paradójica en un sistema de este tipo, ya que la enemistad entre los propios Estados se legitima en forma de una “simbiosis de adversarios”. Es evidente que un sistema de aislamiento y solipsismo de este tipo, en el que no se comparten normas que no sean la enemistad en sí misma, es intrínsecamente hostil al concepto de derecho internacional y a sus funciones de garantía de la paz.
Una Conclusión
Por lo tanto, desde un punto de vista moral, solo puede rechazarse.
La segunda cultura es la anarquía de Lockean, que refleja, más o menos, el sistema internacional de Westfalia, donde la lógica de “matar o morir” de Hobbes es reemplazada por el lema de “vivir y dejar vivir”. Las representaciones del yo y del otro en esta cultura son menos amenazadoras, porque los estados reconocen el territorio del otro como su “propiedad”.
Una Conclusión
Por lo tanto, la enemistad se convierte en rivalidad, pero la violencia aún puede ocurrir. La diferencia más importante con respecto al sistema hobbesiano es, sin embargo, el derecho a la soberanía y su transformación en una institución formal de derecho internacional que prohíbe a otros Estados tratar de quitarse la vida, la libertad y la propiedad de los demás. A pesar de la ausencia de una aplicación centralizada, el derecho internacional se convierte en una parte clave de la estructura profunda de la política internacional contemporánea, ya que limita la rivalidad entre los Estados. [rtbs name=”mundo”] Sin embargo, el sistema de Lockean no es un sistema completo de’estado de derecho’ (en el sentido del’ordenamiento jurídico primitivo’ de Kelsen’), porque la violencia todavía puede ser ejercida, pero solo dentro de los límites establecidos por el derecho internacional.
En consecuencia, el principio de soberanía se vuelve crucial como fuerza de contención en las relaciones internacionales (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolítica en nuestra plataforma), pero, por supuesto, bajo la importante advertencia de que debe entenderse como un concepto jurídico y no como un concepto político. Cuando examinemos ahora los tres grados de internalización antes mencionados, veremos que la existencia y el respeto del orden jurídico internacional en una cultura de Lockean marca una enorme diferencia: mientras que la coerción por sí sola está mal equipada para dar cuenta de la estabilidad a largo plazo (véase más detalles en esta plataforma general) del sistema de Westfalia, los Estados interesados persiguen las normas legales porque les ayuda a promover sus intereses.
Puntualización
Sin embargo, un sistema relativamente pacífico y estable solo es duradero una vez que el `interés propio’ se convierte en un `interés genuino’ por cumplir con la ley no como un mero objeto, sino porque es aceptado como legítimo. Esta legitimidad proviene de un sentido ampliado de sí mismo que incluye a otros miembros del sistema internacional cuyo derecho a la vida, la libertad y la propiedad es, por lo tanto, respetado. La cultura anárquica de Lockean, que ha dominado los últimos tres siglos, ciertamente representa un primer paso muy bienvenido en la dirección correcta hacia un mundo pacífico bajo el imperio de la ley, pero sigue siendo deficiente de todos modos: aunque dentro de los límites de la ley, los Estados continúan viéndose unos a otros como rivales, y la violencia podría recrudecerse en tiempos de crisis.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Eventualmente, solo una cultura de anarquía kantiana podrá asegurar la paz perpetua.Entre las Líneas En lugar de enemistad o rivalidad, esta cultura política se basa en la amistad, lo que significa que todas las disputas se resuelven sin violencia a través de la negociación, el arbitraje o los tribunales, y que las amenazas a la seguridad contra uno se considerarán amenazas contra todos.
Una Conclusión
Por consiguiente, la lógica de la anarquía kantiana está dominada por la opinión de que la garantía real de la paz proviene del conocimiento compartido de las intenciones pacíficas de cada uno y de la seguridad colectiva.
La guerra simplemente ya no se considera una forma legítima de resolver disputas. Una vez más, la coerción -como el grado más bajo de internalización de las normas- no logra explicar esa estrecha cooperación, mientras que el interés propio degradaría la amistad a una mera estrategia y la convertiría en un concepto vacío. Sólo el grado más alto de internalización de las normas mediante el cual los Estados aceptan la legitimidad del derecho internacional y se identifican entre sí conduce a una situación en la que la seguridad del otro no solo está relacionada con la suya propia, sino que literalmente es la suya propia. Al extender los límites cognitivos del yo para incluir al otro, ambos comienzan a formar una única “región cognitiva” de solidaridad. Los intereses internacionales se convierten en parte del interés nacional, y la amistad es una preferencia sobre un resultado, no solo una preferencia sobre una estrategia.
Detalles
Por último, sin embargo, hay que reconocer que esta cultura kantiana sigue siendo una cultura de anarquía.Si, Pero: Pero el factor crucial es que la anarquía y la jerarquía no deben verse como términos dicotómicos, sino como un continuo. De lo contrario, el sistema internacional sería por definición una anarquía hasta la formación exitosa de un gobierno mundial. Más bien, el sistema kantiano bajo la legitimidad aceptada del derecho internacional constituye un sistema internacional domesticado bajo un estado de derecho de facto y una autoridad descentralizada.
La cuestión sigue siendo cómo se pueden cambiar esas culturas y alcanzar un mayor nivel de estabilidad y paz. Por supuesto, el cambio no es una necesidad histórica, sino simplemente moralmente deseable, y especialmente la “alta tasa de mortalidad” de los estados dentro de la anarquía hobbesiana crea incentivos para crear una cultura lockeana. El constructivismo explica así cómo la anarquía puede transformarse en algo menos anárquico, y dónde la ley ayuda a promover una agenda normativa en la política mundial (o global) y a traducir las disputas políticas. Esto explica particularmente bien la transformación de un sistema lockeano en un sistema kantiano en el que el autocontrol es muy propicio para la paz democrática. Sólo cuando los Estados empiezan a adoptar un comportamiento prosocial mutuo que les permita superar el miedo mutuo, la paz perpetua se hace tangible. La solución tradicional a este problema de confianza es la imposición de restricciones externas por parte de un tercero, por ejemplo, el comportamiento protector de las Grandes Potencias o la tecnología militar.
Puntualización
Sin embargo, lo que es aún más eficaz es la creación de instituciones y de un marco normativo que garantice el respeto mutuo de la soberanía y la resolución no violenta de los conflictos, es decir, el derecho internacional. A través del cumplimiento repetido de las normas internacionales, los Estados comienzan a internalizarla como institución y la restricción externa se convierte repentinamente en restricción interna o autocontrol.Entre las Líneas En términos de la teoría pura del derecho, esta norma-internalización o’aculturación’ legal’ podría ser vista como la aceptación de la norma Grundnorm del derecho internacional por parte de los Estados, lo que necesariamente implicaría una visión monista bajo la primacía del derecho internacional.
Otros Elementos
Además, la confianza mutua también puede crearse externalizando las políticas internas, especialmente la resolución de conflictos y la democracia, a través de un cambio en el comportamiento de la política exterior, lo que corrobora la hipótesis de Kelsen de que una perspectiva democrática del mundo va de la mano con unas relaciones internacionales (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolítica en nuestra plataforma) pacíficas.
Detalles
Por último, la confianza puede garantizarse mediante la auto-obligación unilateral, por ejemplo, subordinando la propia política exterior a un colectivo. La Unión Europea representa un ejemplo excelente para esta línea de acción.
Ahora vemos que el monismo bajo la primacía del derecho internacional corresponde, más o menos, a la cultura kantiana de la anarquía, donde la legitimidad del comportamiento del Estado está arraigada y promovida por la legalidad. Esta legitimidad a través de la legalidad entra en juego cuando las lógicas de las culturas hobbesiana y lockeana, respectivamente, no explican ciertas situaciones, como el hecho de que las grandes potencias respetan las normas del derecho internacional o, al menos, tratan de justificar sus acciones en términos jurídicos en casos dudosos.
Una Conclusión
Por lo tanto, el enfoque basado en la legitimidad de la cultura kantiana ofrece una oportunidad muy necesaria para dejar atrás los confines de la política interestatal y finalmente adoptar las aspiraciones normativas de la política mundial.Entre las Líneas En este sentido, el constructivismo debe ser alabado, ya que puede hablar de razonamiento y justificación legal, así como de legitimidad, de una manera que otros enfoques en las relaciones internacionales (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolítica en nuestra plataforma) no pueden.Si, Pero: Pero lo más importante en el contexto de este libro es que el constructivismo es capaz de explicar un enfoque monista bajo la primacía del derecho internacional desde una perspectiva de política internacional. El derecho nunca es perfecto y, por supuesto, no es el punto final positivo del desarrollo normativo en la política internacional, pero al menos puede ayudar como civilizador gentil entre los Estados. [rtbs name=”mundo”] Bajo una visión dualista o pluralista, esos conflictos siguen siendo políticos y no son susceptibles de una solución jurídica y, por lo tanto, totalmente pacífica.
Revisor: Lawrence
El Derecho Cosmopolita
Nota: véase también la entrada sobre derecho de gentes.
Constituye, para Kant, el derecho cosmopolita un conjunto de leyes de deben regular las relaciones entre los Estados y los ciudadanos de otros Estados, pero como miembros de una comunidad humana mundial. Según este filósofo alemán, el Derecho Cosmopolita debe limitarse a las condiciones de la hospitalidad universal; es decir, toda persona tiene derecho a visitar cualquier lugar del mundo y no ser mal tratado por su condición de “alien”, extranjero.
Cosmopolitismo y Derecho global
Consecuencia directa del nacimiento de una comunidad global, dadas las interacciones humanas a gran escala, es el resurgimiento de un nuevo cosmopolitismo, que hunde sus raíces en la filosofía estoica (e incluso antes; el propio Sócrates pudo haber sido un cosmopolita).Entre las Líneas En efecto, cuenta Diógenes Laertius en sus Vitae Philosophorum que, preguntado el cínico Diógenes de Sinope (ca. 412-323) sobre su procedencia, respondió que él era un ciudadano del mundo (cosmopolites)”.
El cosmopolitismo del extravagante Diógenes era un sano sentimiento moral e intelectual; el del hombre actual, en cambio, una rendida aceptación de nuestra moderna condición humana. Para su gracia o desgracia, la humanidad es cosmopolita; por eso, el cosmopolitismo ha dejado de ser una ideología, una doctrina o una buena idea, para convertirse, sobre todo ello, en una realidad que afecta a diario a todos los habitantes del planeta. Cuestión distinta es que se quiera o no aceptar esta nueva dimensión cosmopolita configuradora del siglo XXI, o que este hecho sea susceptible de las más diversas interpretaciones, debido a las importantes consecuencias prácticas que lleva consigo.
📬Si este tipo de historias es justo lo que buscas, y quieres recibir actualizaciones y mucho contenido que no creemos encuentres en otro lugar, suscríbete a este substack. Es gratis, y puedes cancelar tu suscripción cuando quieras: Qué piensas de este contenido? Estamos muy interesados en conocer tu opinión sobre este texto, para mejorar nuestras publicaciones. Por favor, comparte tus sugerencias en los comentarios. Revisaremos cada uno, y los tendremos en cuenta para ofrecer una mejor experiencia.El Derecho global pretende ser el ordenador de este hecho cosmopolita, pues lo considera relevante jurídicamente, por cuanto afecta a la consecución de la justicia en el mundo.Si, Pero: Pero el ordenamiento global no ha de pronunciarse acerca de qué tipo de cosmopolitismo, entre sus muchas clases y géneros, ha de prevalecer, con la única excepción de un cosmopolitismo anodino, insustancial e insignificante que, a estas alturas de la historia de la Humanidad, sigue pensando que todo el mundo es bueno y que el Derecho es pura burocracia. El Derecho global también se opone enérgicamente a un narcisismo nacionalista, que pretende dominar una parte de la tierra como totalmente suya, tratando dicho entorno como si fuera un todo. También rechaza la idea de una humanidad nacionalizada, convertida en nación, que busque unificar culturas, como si se tratara el planeta de un todo sin partes, o gobernar la tierra sin pensar en el relevo generacional, dando así al tempus totum, la historia de la humanidad, un tratamiento de parte, propio del tempus praesens, la historia del siglo XXI. Ejemplos tan acuciantes como el del calentamiento de la tierra o la protección del medio ambiente ponen de manifiesto la gravedad del problema.
Naturalmente, no se trata en modo alguno de contraponer lo nacional o lo local a lo cosmopolita, sino más bien de saber conjugar esta estructura tridimensional que permite la existencia de un proyecto común universal (bonum commune universale, lo llamaron los clásicos), superior a la suma de los diferentes bienes de las distintas comunidades. Este proyecto humano común ha cobrado en nuestros días una mayor relevancia a causa de la interdependencia. Cualquier sociedad que no englobe a la humanidad en su conjunto es, actualmente, incompleta por cuanto no puede satisfacer plenamente las necesidades de sus ciudadanos. (John Finnis, en “Natural Law and Natural Rights” (Oxford University Press, Oxford, New York, 1982) afirma en la pg. 150: “Si ahora parece que el bien de los individuos sólo puede garantizarse y realizarse plenamente en el contexto de la comunidad internacional, debemos llegar a la conclusión de que la reivindicación del Estado nacional de ser una comunidad completa no está justificada y el postulado del orden jurídico nacional, que es supremo y completo y una fuente exclusiva de obligación jurídica, es cada vez más lo que los abogados llamarían una “ficción jurídica”. Traducción mejorable).
Así, la vieja teoría aristotélica, expresada al comienzo de su “Política”9 de que la polis era paradigma (un conjunto de principios, doctrinas y teorías relacionadas que ayudan a estructurar el proceso de investigación intelectual) de plenitud y autosuficiencia (autarkeia), no puede aplicarse ya a comunidades intermedias, como la nación o el Estado, y tampoco a entes supranacionales más amplios, como la Comunidad Europea. Tan sólo es válida para la humanidad. De ahí que ésta haya de estar organizada.
Fuente: Rafael Domingo Osl. (¿Qué es el Derecho Global?)
Recursos
[rtbs name=”informes-jurídicos-y-sectoriales”][rtbs name=”quieres-escribir-tu-libro”]Véase También
- Sistema monista
- Dualismo
- Arbitraje Internacional
- No devolución
- Derecho de los refugiados
- Asilo político
- Pluralismo jurídico
- Lista de los sistemas jurídicos nacionales
Bibliografía
Friedrich Meinecke, Weltbürgertum und Nationalstaat. Studien zur Genesis des deutschen Nationalstaates (R. Oldenbourg, Múnich, 1907; 7ª ed. 1928), traducida al inglés por Robert B. Kimber (de la ed. de 1962, essentially a reprint of the seventh edition) bajo el título Cosmopolitanism and the National State (Princeton University Press, Princeton, 1970). De referencia obligada son los libros de Ulrich Beck, Macht und Gegenmacht im globalen Zeitalter: Neue Weltpolitische Ökonomie (Suhrkamp Verlag, Francfort del Meno, 2002), traducido al inglés bajo el título Power in the Global Age (Polity Press, Cambridge, Malden, 2006); Der kosmopolitische Blick, oder, Krieg ist Frieden (Suhrkamp, Francfort del Meno, 2004) traducido al inglés por Ciaran Cronin, bajo el título The Cosmopolitan Vision (Polity Press, Cambridge, Malden, 2006), y Ulrich Beck y Edgar Grande, Das kosmopolitische Europa. Gesselschaft und Politik in der zweiten Moderne (Suhrkamp, Francfort del Meno, 2004), traducido al inglés por Ciaran Cronin, bajo el título Cosmopolitan Europe (Polity Press, Cambridge, Malden, 2006). Más recientemente, Gilliam Brock y Harry Brighouse (eds.), The Political Philosophy of Cosmopolitanism (Cambridge University Press, Cambridge, Nueva York, 2005); Kwame Anthony Appiah, Cosmopolitanism: Ethics in a World of Strangers (W. W. Norton, Nueva York, 2006) y Chris Rumford, Cosmopolitanism and Europe (Liverpool University Press, Liverpool, 2007).
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