Imperio Ruso
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Antes de la Revolución de 1905
Nota: la Revolución Rusa de 1905, en opinión de numerosos autores, fue facilitada por el desastre de Tsushima (ante los japoneses), tras los sucesos del domingo sangriento y antes de la las huelgas (generales a veces) en la Revolución Rusa de 1905. Sobre el Congreso de los Zemstvos en la Revolución de 1905, véase aquí.
Los acontecimientos descritos ocurrieron en un país que en muchos aspectos era único. Gobernado (hasta 1905) por una monarquía absoluta, administrado por una burocracia todopoderosa y compuesto de castas sociales, Rusia se asemejaba a un despotismo oriental. Sus ambiciones internacionales, empero, y las políticas económicas y culturales necesarias para promoverlas, le inyectaban un dinamismo cuyo origen era occidental. La contradicción entre el carácter estático del orden político y social y el dinamismo de la economía y la vida cultural producía una situación de tensión endémica. Confería al país un halo de impermanencia, de expectativa; como dijo por entonces un visitante francés, Rusia parecía en cierto modo «inconclusa».
Hasta el Manifiesto de Octubre, Rusia fue una autocracia (samoderzhaviye). Las viejas Leyes Fundamentales definían a su soberano, formalmente designado emperador (Gosudar Imperator), como «ilimitado» (neogranichennyi) y «autocrático» (samoderzhavnyi). El primer adjetivo significaba que no estaba sujeto a ninguna restricción constitucional y el segundo, que no estaba limitado institucionalmente. La autoridad del emperador tuvo su definición original en el Reglamento Militar de 1716 dictado por Pedro el Grande (capítulo 3, artículo 20), que aún estaba en vigor en 1900: «Su Majestad es un monarca absoluto [samovlastnyi] que no está obligado a responder de sus actos ante nadie en el mundo, pero que tiene el poder y la autoridad para gobernar sus estados y sus tierras como un soberano cristiano, de acuerdo con su deseo y su voluntad [blagomneniye]».
El emperador era la fuente exclusiva de las leyes y ordenanzas. Según el artículo 51 de las viejas Leyes Fundamentales, «ningún cargo [mesto] o función [pravitelstvo] del reino puede, por propia iniciativa, sancionar una nueva ley, y ninguna ley puede entrar en vigor sin la sanción de la autoridad autocrática».Entre las Líneas En la práctica se reveló la imposibilidad de imponer un absolutismo (siglos XVII y XVIII en Europa; véase también la información respecto a la historia del derecho natural) tan rígido en un país con ciento veinticinco millones de habitantes y que era la quinta economía del mundo, y con el paso del tiempo se invistió al funcionariado de una creciente autoridad discrecional.
Aviso
No obstante, se hacía repetidamente hincapié en el principio autocrático, y cualquier cuestionamiento que se hiciera sobre este, de hecho o de palabra, propiciaba una persecución salvaje.
A primera vista, la autocracia no difería de las monarquías de la Europa del Ancien Régime y por ello era vista mayoritariamente, dentro y fuera de Rusia, como un anacronismo.Si, Pero: Pero examinado más de cerca, en el contexto de su propio pasado, el absolutismo (siglos XVII y XVIII en Europa; véase también la información respecto a la historia del derecho natural) ruso poseía características singulares que lo distinguían del de los Borbones, los Estuardo o los Hohenzollern. Los viajeros europeos que visitaban Moscovia en los siglos XVI y XVII, cuando el absolutismo (siglos XVII y XVIII en Europa; véase también la información respecto a la historia del derecho natural) del Ancien Régime estaba en su apogeo, quedaban impresionados ante las diferencias entre lo que estaban acostumbrados a vivir en sus países y lo que veían en Rusia.
Los rasgos peculiares del absolutismo (siglos XVII y XVIII en Europa; véase también la información respecto a la historia del derecho natural) ruso en su forma inicial, que se extendió desde el siglo XIV hasta finales del XVIII, estaban marcados por la ausencia prácticamente de la institución de la propiedad privada, que en Occidente ponía límites concretos a la autoridad del poder real.Entre las Líneas En Rusia, el concepto mismo de propiedad (en el sentido romano de dominio absoluto sobre los objetos) fue desconocido hasta que Catalina II, de origen alemán, lo introdujo en la segunda mitad del siglo XVIII. La Rusia moscovita había sido administrada como una hacienda privada, y sus habitantes y territorios, con todo lo que contenían, eran tratados como una propiedad de la Corona.
Desde la época de Hobbes, este tipo de régimen ha recibido el nombre de «patriarcal» o «patrimonial».] Su rasgo distintivo es la fusión de la soberanía y la propiedad, de tal manera que el monarca se ve a sí mismo y es visto por sus súbditos como el gobernante del reino y, a la vez, como su propietario.Entre las Líneas En su momento de mayor desarrollo, el régimen patrimonial ruso descansaba sobre cuatro pilares:
1. El monopolio de la autoridad política.
2. El monopolio de los recursos económicos y el comercio mayorista.
3. El derecho del gobernante a exigir servicios ilimitados de sus súbditos; falta de derechos tanto individuales como colectivos (estamentales).
4. El monopolio de la información pública.
Tras afirmar a comienzos del siglo XVIII su pretensión de ser una potencia europea, Rusia había tenido que igualar a sus rivales occidentales en poderío militar, productividad económica y cultura. Esta exigencia forzó a la monarquía a desmantelar en parte las instituciones patrimoniales que tan útiles le habían sido cuando Rusia era en esencia una potencia oriental que competía con otras potencias de la zona. A mediados del siglo XVIII, la monarquía reconoció el derecho a la propiedad de la tierra y bajo sus otras formas; la palabra «propiedad» (sobstvennost, del alemán Eigentum) fue incorporada a la lengua rusa en esa época. Al mismo tiempo, la Corona comenzó a retirarse de las actividades manufactureras y comerciales. Aunque según los criterios occidentales, el Estado ruso de 1900 todavía era un actor importante en la economía nacional, por entonces el país tenía un próspero mercado libre y las instituciones capitalistas correspondientes. Aunque violara los derechos humanos, el zarismo respetaba la propiedad privada. El gobierno también abandonó poco a poco la pretensión de que sus súbditos lo sirvieran ilimitadamente, al liberar del servicio estatal obligatorio primero a la nobleza de servicio (dvorianstvo) (1762) y un siglo después (1861) a los siervos. Siguió insistiendo en su derecho a censurar las publicaciones, pero como su manera de ejercerlo no era estricta ni coherente, la circulación de ideas no se vio seriamente afectada, tanto más cuanto que había pocas restricciones a los viajes al extranjero.
Así, hacia 1900, y con una sola excepción, el régimen patrimonial era cosa del pasado; dicha excepción era el sistema político del país. Si bien había «manumitido» a la sociedad en los planos económico, social y cultural, la Corona persistía en su negativa a darle voz en materia de legislación y administración. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). No dejaba de insistir en que tenía un derecho exclusivo a ejercer el poder legislativo y ejecutivo, que el zar era a la vez «autocrático» e «ilimitado» y que todas las leyes debían emanar de él.Entre las Líneas En esa época, la mayoría de los rusos instruidos veían claramente como una anomalía la incompatibilidad de la Constitución política de Rusia con sus realidades económica, social, cultural y hasta administrativa.Entre las Líneas En efecto, ¿cómo podía conciliarse el avanzado estado de la economía industrial y la cultura de Rusia con un sistema político que trataba a sus habitantes como seres incapaces de gobernarse a sí mismos? ¿Por qué un pueblo que había engendrado a Tolstói y a Chéjov, a Chaicovski y a Mendeléiev, tenía que ser gobernado por una casta de burócratas profesionales, la mayoría de los cuales carecían de educación superior y en la que muchos eran notoriamente corruptos? ¿Por qué podían los serbios, los finlandeses y los turcos tener una Constitución y un Parlamento y los rusos no?
A primera vista, estas preguntas parecen imposibles de contestar, y sin embargo tenían respuestas a las que, habida cuenta de lo sucedido después de 1917, merece prestar atención.
Los elementos educados y económicamente avanzados de la población rusa que reclamaban derechos políticos eran una minoría visible pero pequeña. La principal inquietud de la administración imperial eran los cincuenta millones de campesinos gran-rusos concentrados en las provincias centrales, porque la seguridad interna del imperio dependía en última instancia de su pasividad y lealtad. El campesino tenía sus demandas, pero no de carácter político; era tan incapaz de imaginar otro sistema de gobierno como de imaginar otro clima. Se acomodaba bien al régimen porque podía entenderlo sobre la base de su experiencia personal en la casa campesina, que estaba organizada conforme al mismo modelo:
“La autoridad del soberano es ilimitada, como la del padre. Esta autocracia es solo una prolongación de la autoridad paterna. […] Desde la base hasta la cima, el inmenso Imperio del Norte se muestra, en todas sus partes y todos sus niveles, construido según un solo plan y un solo estilo; todas las piedras parecen provenir de la misma cantera y el edificio entero descansa sobre un solo cimiento, la autoridad patriarcal. Este aspecto que le es propio inclina a Rusia hacia las viejas monarquías de Oriente y la aparta decididamente de los modernos estados de Occidente, todos ellos basados en el feudalismo y el individualismo.”
El campesino gran-ruso, con siglos de servidumbre a sus espaldas, no solo no anhelaba derechos civiles y políticos, sino que, como se indicará más adelante, despreciaba dichas ideas. El gobierno tenía que ser voluntarioso y fuerte, es decir, capaz de exigir una obediencia indiscutida. Un gobierno limitado, sujeto a restricciones externas y tolerante con la crítica, era para el campesino una contradicción en los términos. Para los funcionarios encargados de administrar el país y familiarizados con estas actitudes campesinas, un orden constitucional de tipo occidental significaba una sola cosa: la anarquía. Los campesinos lo interpretarían como su liberación de todas las obligaciones con el Estado, que solo cumplían porque no tenían otra alternativa: no más impuestos, no más levas y, sobre todo, no más tolerancia con la propiedad privada de la tierra. Incluso los funcionarios relativamente liberales veían a los campesinos rusos como salvajes a quienes solo podía mantenerse a raya en la medida en que creyeran que sus gobernantes estaban hechos de otro «barro».Entre las Líneas En muchos aspectos, la burocracia trataba a su población como las potencias europeas trataban a sus súbditos coloniales; algunos observadores, en efecto, trazaban un paralelismo entre la administración rusa y el servicio civil británico en la India. Hasta los burócratas más conservadores comprendían que la seguridad interna no podría basarse para siempre en la coerción, y que tarde o temprano sería inevitable el establecimiento de un régimen constitucional, pero se conformaban con dejar esta cuestión a las generaciones futuras.
El otro obstáculo a la liberalización era la intelligentsia, definida en líneas generales como una categoría de ciudadanos, en su mayor parte de clase alta y media e instruidos, en permanente oposición al zarismo, que pedían en nombre de la nación que la Corona y la burocracia les entregaran las riendas del poder. Para la monarquía y los funcionarios, esta intelligentsia era inepta para gobernar. A decir verdad, como demostrarían los acontecimientos, la intelligentsia subestimaba en grado sumo las dificultades de administrar Rusia; veía la democracia no como el producto de una lenta evolución de las instituciones y los hábitos, sino como la condición natural del hombre, a la que solo el despotismo existente impedía ejercer su influencia benéfica. Como carecían de experiencia administrativa, tendían a confundir gobernar con legislar. A ojos de los burócratas, estos profesores, abogados y publicistas, en caso de tener acceso a los resortes del poder, no tardarían en dejar que se les fuera de las manos y desencadenarían la anarquía, cuyos únicos beneficiarios serían los extremistas radicales. Tal era la convicción de la corte y sus funcionarios. Entre los miembros de la intelligentsia había personas sensatas y pragmáticas, al corriente de las dificultades de democratizar Rusia y dispuestas a colaborar con el establishment, pero eran pocas y sufrían el embate constante de los liberales y socialistas que dominaban la opinión pública.
El establishment ruso de los primeros años del siglo XX creía que el país no podía, sencillamente, permitirse el lujo de la «política»; era demasiado vasto, demasiado heterogéneo étnicamente y demasiado primitivo en lo cultural para admitir el libre juego de los intereses y las opiniones. La política tenía que reducirse a la administración llevada adelante bajo la égida de un árbitro imparcial personificado en el gobernante absoluto.
Una autocracia exigía un autócrata; un autócrata no solo desde el punto de vista de las prerrogativas formales, sino también en virtud de su personalidad, o, de no haberlo, al menos un monarca ceremonial que estuviera conforme con reinar mientras la burocracia gobernaba.
Puntualización
Sin embargo, quiso la genética que, en vísperas del siglo XX, Rusia no tuviera ni una ni otra cosa y sí un zar que carecía de la inteligencia y el carácter para gobernar a pesar de que insistía en ejercer de autócrata.
En el siglo XIX, los gobernantes fuertes sucedieron a los débiles y los débiles a los fuertes con una regularidad nada excepcional; al vacilante Alejandro I lo siguió el rigorista Nicolás I, cuyo sucesor, Alejandro II, tenía un carácter amable. Su hijo, Alejandro III, fue la personificación de la autocracia; era un gigantón que doblaba con las manos jarras de peltre, divertía a sus acompañantes derribando puertas cerradas con llave, amaba el circo y tocaba la tuba, y no tenía escrúpulos en recurrir a la fuerza. Crecido a la sombra de su padre, el futuro Nicolás II mostró pronto todos los rasgos de un zar «blando». No tenía ansias de poder ni amor por las ceremonias; su mayor fuente de placer eran las horas pasadas en compañía de su esposa y sus hijos y en los ejercicios al aire libre. Aunque puesto en el papel de un autócrata, en realidad habría sido perfecto en el de un monarca ceremonial. Tenía modales exquisitos y un gran encanto; Witte lo consideraba la persona más educada que había conocido.
Intelectualmente, empero, era más bien un simplón. Veía la autocracia como un deber sagrado y se consideraba el administrador del patrimonio que había heredado de su padre y que estaba obligado a legar a su sucesor. No disfrutaba con ninguno de los beneficios del cargo y una vez le confesó a un ministro que, de no creer que podía perjudicar a Rusia, se habría deshecho con mucho gusto de sus poderes autocráticos.Entre las Líneas En efecto, nunca pareció tan feliz como después de haberse visto obligado a abdicar en marzo de 1917. Aprendió pronto a ocultar sus sentimientos detrás de una máscara helada. Si bien receloso y hasta vengativo, era en lo fundamental un hombre decente, sencillo en sus gustos, callado y tímido, al que le asqueaban las ambiciones de los políticos, las intrigas de los funcionarios y la moral general de la época. Le disgustaban las personalidades poderosas y mantenía a distancia a sus ministros más capaces, a quienes tarde o temprano destituía para reemplazarlos por nulidades amigables y deferentes.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Criado en un clima cortesano muy circunscrito, no tuvo oportunidades de madurar ni emocional ni intelectualmente. A los veintidós años impresionó a un alto funcionario como un oficial [ofitserik] bastante atractivo. Luce bien en su uniforme blanco y forrado de piel de un húsar de la Guardia, pero en general su aspecto es tan corriente que cuesta distinguirlo en un grupo numeroso de gente. Su rostro carece de expresión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Sus modales son sencillos, pero no tiene ni elegancia ni refinamiento.
Según el mismo funcionario, todavía a los veintitrés años, Alejandro III amedrentaba y trataba a Nicolás como si fuese un niño.Entre las Líneas En una ocasión en la que el zarévich se atrevió a desafiar a su padre poniéndose del lado de la oposición burocrática, Alejandro expresó su enojo arrojándole bolas de pan durante la cena. Hablaba de su hijo con desdén y decía que era una «nena», con una personalidad y unas ideas pueriles, completamente inepto para los deberes que lo aguardaban.
Como consecuencia de su educación, el futuro Nicolás II no estaba preparado para subir al trono. Tras el fallecimiento de su padre, le contó a un ministro que no tenía idea de lo que se esperaba de él: «No sé nada. El difunto soberano no previó su muerte y no me inició en nada». Su instinto le decía que debía seguir fielmente a su padre en todos los asuntos, sobre todo en el mantenimiento de la ideología y las instituciones del absolutismo (siglos XVII y XVIII en Europa; véase también la información respecto a la historia del derecho natural) patrimonial, y así lo hizo mientras las circunstancias se lo permitieron.
Para empeorar aún más las cosas, a Nicolás lo perseguía la mala suerte desde el día de su nacimiento, que vino a coincidir con la onomástica de Job. Todo lo que intentaba se convertía en polvo, y pronto se granjeó la reputación de zar «desafortunado». Él mismo llegó a compartir esta creencia popular, que afectó mucho a su autoconfianza y fomentó en él un espíritu de resignación, interrumpido por arranques periódicos de obstinación.
Para reafirmar su independencia, Nicolás viajó entre 1890 y 1891 a Oriente Próximo y el Lejano Oriente. Algunos diplomáticos consideraban que esta última zona entraba dentro de la esfera de influencia de Rusia, una opinión compartida por él. El viaje casi terminó en tragedia cuando el futuro zar sufrió el ataque de un terrorista japonés trastornado.
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Tal vez porque se sabía lo mal que el despótico Alejandro III había tratado a su hijo, al subir al trono en 1894 Nicolás II disfrutó de la reputación de liberal. Rápidamente defraudó dichas expectativas.Entre las Líneas En un discurso frente a una delegación de zemstvos en enero de 1895, desestimó las menciones sobre la liberalización como «sueños insensatos» y se comprometió a «salvaguardar el principio de la autocracia tan firme y resueltamente» como había hecho su padre. Esto puso fin a su breve luna de miel política. Aunque rara vez se pronunciaba sobre asuntos políticos, no ocultaba que Rusia era para él el «patrimonio» de la dinastía. Un ejemplo de esta actitud fue su decisión de entregar al príncipe de Montenegro tres millones de rublos pagados por Turquía a Rusia como parte de un acuerdo de paz, a solicitud de dos grandes duques rusos casados con las hijas del príncipe. Con grandes dificultades se logró disuadirlo de disponer de manera tan desenfadada del dinero perteneciente al Tesoro ruso. Y no fue ese el único caso de patrimonialismo anacrónico en su reinado.
Dada su personalidad apocada y su falta de apetito de poder, Nicolás tal vez se habría mostrado dispuesto a mantener buenas relaciones con la oposición de no haber sido por su esposa, que estaba destinada a desempeñar un papel importante y muy negativo en los años finales del antiguo régimen.
Fuente: libro de Richard Pipes.
Imperio Ruso
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Traducción al inglés de Imperio Ruso: Russian Empire
Véase También
Bibliografía
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