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Energía postulada por Freud como substrato de las transformaciones de la pulsión sexual en cuanto al objeto (desplazamiento de las catexis), en cuanto al fin (por ejemplo, sublimación) y en cuanto a la fuente de la excitación sexual (diversidad de las zonas erógenas).Entre las Líneas En Jung, el concepto «libido» se amplía hasta designar «la energía psíquica» en general, presente en todo lo que es «tendencia a», appetitus. El término «libido» significa en latín deseo, ganas. Freud declara haberlo tomado de A. Moll (Untersuchungen über die Libido sexualis, volumen I, 1898). De hecho, se encuentra repetidas veces en las cartas y manuscritos dirigidos a Fliess, y por vez primera en el Manuscrito E (fecha probable: junio de 1894). Resulta difícil dar una definición satisfactoria de la libido. Por una parte, la teoría de la libido ha evolucionado con las diferentes etapas de la teoría de las pulsiones; por otra, el concepto mismo dista de haber recibido una definición unívoca.

Con todo, Freud le atribuyó siempre dos características originales: 1º Desde un punto de vista cualitativo, la libido no es reductible, como quería Jung, a una energía mental inespecífica. Si bien puede ser «desexualizada», especialmente en las catexis narcisistas, ello ocurre siempre secundariamente y por una renunciación a la meta específicamente sexual. Por otra parte, la libido no incluye nunca todo el campo pulsional.Entre las Líneas En una primera concepción, se opone a las pulsiones de autoconservación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Cuando éstas, en la última concepción de Freud, aparecen como de naturaleza libidinal, la oposición se desplaza para convertirse en la existente entre la libido y las pulsiones de muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] Así, pues, se mantiene siempre el carácter sexual de la libido y no se acepta jamás el monismo junguiano. 2.ª La libido se considera siempre, sobre todo, como un concepto cuantitativo: «[…] permite medir los procesos y transformaciones en el ámbito de la excitación sexual» . «Su producción, su aumento y su disminución, su distribución y su desplazamiento deberían proporcionarnos los medios para explicar los fenómenos psicosexuales» . Estas dos características quedan subrayadas en la siguiente definición de Freud: «Libido es una expresión tomada de la teoría de la afectividad. Llamamos así la energía, considerada como una magnitud cuantitativa (aunque actualmente no pueda medirse), de las pulsiones que tienen relación con todo aquello que puede designarse con la palabra amor». Así como la pulsión sexual se sitúa en el límite somato-psíquico, la libido designa su aspecto psíquico; es «la manifestación dinámica, en la vida psíquica, de la pulsión sexual». Como energía claramente diferenciada de la excitación sexual somática, es introducido el concepto de libido por Freud en sus primeros escritos sobre la neurosis de angustia (1896): una insuficiencia de «libido psíquica» hace que la tensión se mantenga en el plano somático, donde se traduce sin elaboración psíquica en síntomas. Si «[…] faltan parcialmente ciertas condiciones psíquicas», la excitación sexual endógena no es controlada, la tensión no puede ser utilizada psíquicamente, hay una escisión entre lo somático y lo psíquico y aparece la angustia.

En la primera edición de los Tres ensayos sobre la teoría sexual (Drei AbhandIungen zur Sexualtheorie, 1905), la libido (homóloga, respecto al amor, del hambre respecto al instinto de nutrición) permanece próxima al deseo sexual que busca la satisfacción y permite reconocer sus transformaciones: solo se habla entonces de libido objetal; vemos cómo ésta se concentra sobre objetos, se fija en ellos o los abandona, substituyendo un objeto por otro. Dado que la pulsión sexual representa una fuerza que ejerce un «empuje», Freud define la libido como la energía de esta pulsión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Este aspecto cuantitativo es el que prevalecerá en lo que será, a partir de la concepción del narcisismo y de una libido del yo, la «teoría de la libido».Entre las Líneas En efecto, el concepto «libido del yo» implica una generalización de la economía libidinal, que engloba todo el movimiento de catexis y contracatexis y atenúa el aspecto de significaciones subjetivas que podía evocar la palabra libido; como dice el propio Freud, la teoría se vuelve aquí francamente especulativa. Cabe preguntarse si, al introducir, en Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920), el concepto de Eros como principio fundamental de las pulsiones de vida, tendencia de los organismos a mantener la cohesión de la substancia viva y a crear nuevas unidades, Freud no intentó encontrar también a nivel de un mito biológico la dimensión subjetiva y cualitativa inherente desde un principio a la noción de libido.

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De uso corriente en la literatura latina de inspiración erótica (en particular en Ovidio), el término Y la noción de libido pasaron de esa fuente profana a la teología moral de la Edad Media antes de ser reconocidos por el vocabulario médico del siglo XIX, tal como lo atestigua, aun en 1844, el Léxico médico etimológico y critico de Ludwig August Kraus: «Libido (griego, epitumia). Das Verlangen nach Etwas (el anhelo de algo). Die Begierde (el deseo); die Wollust (la lujuria). Geilheit (celo). Cf. latín, libet, lubet: es gefüllt (complace), Behagt (gusta). Sedes libidinis = clítoris». De manera general, sea que designe el celo de los animales o su equivalente humano en forma de apetito sexual, la «libido» se aplicará sin discriminación al ardor sexual del varón o la mujer.Entre las Líneas En la conceptualización freudiana de la noción intervendrán conjuntamente la investigación empírica y un haz de hipótesis teóricas ajustadas a los diversos dominios explorados por la clínica: para empezar, el reconocimiento de las razones para «separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de neurosis de angustia». Así se titulará el artículo publicado por Freud en 1895, después de haber desarrollado la descripción de la neurosis de angustia y su análisis en varios intercambios epistolares con Fliess. Modelo de la intoxicación Freud le escribe a Fliess el 2 de abril de 1896: «Siempre consideré la neurosis de angustia y las neurosis en general como resultado de una intoxicación, y a menudo he pensado en la similitud de los síntomas de la neurosis y el bocio exoftálmico (la enfermedad de Basedow)». El modelo introduce entonces la hipótesis de una excitación endógena. Tratándose de la neurosis de angustia, el problema consistirá en caracterizarla en su especificidad y seguir su transformación en el registro del psiquismo. La progresión es descrita en términos parecidos en el manuscrito de junio de 1897 y, el año siguiente, en el artículo «Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de “neurosis de angustia”», de conformidad con las reglas mejor establecidas del método experimental. Aquí y allá, el concepto de libido es llamado a determinar el cambio de estado de la excitación, de orgánico a psíquico. Así, en el manuscrito enviado a Fliess, Freud parte de observaciones demostrativas de que la angustia de las neurosis es imputable a la sexualidad: después de eliminar la influencia psíquica (mujeres frígidas), recoge «los hechos que sugieren una causa sexual de orden físico» (sujetos vírgenes, continentes intencionales o por necesidad, coito interrumpido, etcétera). La continencia constituye un elemento común.

De allí la hipótesis de una acumulación de tensión física y de su transformación, la necesidad de reacciones específicas que permitan reducir la cantidad de excitación, la existencia de un umbral a partir del cual la tensión endógena, «tomando contacto con cierto grupo de representaciones [ … ] suscita libido psíquica».

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No obstante, si la conexión psíquica no puede producirse, la tensión que no ha sido ligada psíquicamente «se transformará en angustia». Tal es el caso de la neurosis de angustia, en la que se pone de manifiesto una insuficiencia de «afecto sexual», de «libido psíquica». La observación lo confirma. Volviendo sobre los ejemplos de angustia antes citados, Freud se pregunta si el mecanismo teóricamente construido bajo la égida de la libido se encuentra allí efectivamente. De hecho, «la tensión sexual se transforma en angustia en el caso de que, mientras se produce con fuerza, no sufre la elaboración psíquica que la transformaría en afecto».Entre las Líneas En ese primer momento de la investigación, la libido se presenta entonces con un doble aspecto. Por una parte, es el resultado del proceso de elaboración (Verarbeitung) de la excitación orgánica como excitación psíquica; por otro lado, se define como «afecto sexual». La segunda versión debe entenderse «en su sentido más amplio, como una excitación en cantidad bien determinada» (carta de 21 de mayo de 1894) o como la cualidad de la experiencia que la manifiesta. La primera de estas versiones presenta el gran interés de requerir precisiones sobre las condiciones en las que precisamente se realiza, o se encuentra excluida, la transformación de la incitación orgánica en libido psíquica: así se distinguirá entre la pérdida de la libido y los diversos modos de exclusión de la transformación libidinal; la primera caracteriza la melancolía, y estos últimos la neurosis de angustia en la diversidad de sus circunstancias, sobre todo en el caso de la represión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

Además, los desarrollos esenciales de la noción se producirán precisamente con referencia a la función de esta línea demarcatoria. Para resumir su principio, la oposición de lo orgánico a lo psíquico se duplicará con la oposición de lo inconsciente a lo consciente; el proceso orgánico no queda en consecuencia excluido, pero la «transformación» de la tensión sexual deja de involucrarlo, para comprometer al psiquismo inconsciente y al psiquismo consciente según las condiciones que permiten o impiden su comunicación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El momento fecundo del trabajo analítico, en esta perspectiva, es el del descubrimiento de las «zonas erógenas» y del enunciado del principio de su estratificación genética. Además se observa que varias líneas de investigación encuentran allí su punto de convergencia.Entre las Líneas En primer lugar, el trabajo efectuado sobre la melancolía, paralelamente al análisis de la histeria: ya en el manuscrito del 1 de enero de 1895 Freud dice que la mujer melancólica tiene «un tipo de libido no llegado a la madurez, juvenil». Más precisamente, dejándose guiar por la especificidad de la experiencia melancólica, asocia al rasgo característico de la «nostalgia» la hipótesis de una pérdida: «el afecto que corresponde a la melancolía es el de la tristeza, es decir, la nostalgia (Sehnsucht) de algo perdido (Verloren). De modo que en la melancolía debe tratarse de una pérdida (Verlust), y esto precisamente en la vida pulsional.» En segundo lugar, se toma en cuenta la relación de la excitación sexual somática con el «grupo sexual psíquico», cuyo equivalente ya había sido evocado en el caso de la histeria. La noción de zonas erógenas y su contribución a la teoría de la libido se verán afectadas cuando, la «pérdida» que ha sobrevenido en el dominio de las pulsiones aparezca determinada por la puesta fuera de circuito de organizaciones arcaicas, Estratificación del psiquismo Freud da testimonio de que se trata en este caso de una mutación profunda de la teoría, por el tono de exaltación teñida de humor con el que le confía su descubrimiento a Fliess, dos días más tarde: «Esto sucedió el 12 de noviembre de 1897, con el Sol en el ángulo oriental, y Mercurio y Venus en conjunción»: el horóscopo de Miguel Angel (según Vasari), al que nos remite una nota de los editores de la correspondencia, da relevancia al momento del encuentro del mensajero de los dioses con la diosa del amor. «Después de las terribles angustias de esas últimas semanas, un nuevo fragmento de conocimiento (ein neues Stück Erkenntn¡s)» era puesto en el mundo.Entre las Líneas En verdad, «no totalmente nuevo», continúa Freud: ese elemento de conocimiento «muchas veces se había ya manifestado y eclipsado, pero esta vez fue conservado y vio la luz».

Al principio se enuncia una hipótesis: «Te envío la explicación siguiente de la etiología de las psiconeurosis», escribe Freud el 20 de mayo de 1896. «Es el fruto de reflexiones laboriosas, pero requiere la confirmación de análisis individuales. Conviene distinguir cuatro períodos de vida: la (hasta los cuatro años) preconsciente: lb (hasta los ocho años), infantil; AH, hasta los catorce años, prepubertad; BIII, hasta x años, madurez. A y B (de los ocho a los diez años y de los trece a los diecisiete, aproximadamente) son épocas de transición, en cuyo transcurso generalmente se produce la represión.» Antes de la crítica de¡ «acontecimiento traumático» (cf. la teoría de la cura catártica) y de la constitución de la noción de fantasma, hay entonces retorno a un anclaje temporal de la etiología.Si, Pero: Pero la perspectiva adoptada sobre el pasado es totalmente distinta. Ya no se trata de encarar la tensión, proveniente de una energía no liquidada, sino de las vicisitudes de organizaciones estratificadas. «Tú sabes -escribe Freud a fines de 1896- que [.—] parto de la hipótesis de que nuestro aparato psíquico se establece por un proceso de estratificación (Schichtung): los materiales presentes en forma de huellas mnémicas se encuentran de tiempo en tiempo reorganizados según las nuevas circunstancias. Lo que hay de esencialmente nuevo en mi teoría es la idea de que la memoria está presente no en una única versión sino en varias, y que está compuesta de diversos tipos de “signos” (Zeichen).Entre las Líneas En mi estudio sobre la afasia (1892), ya sostuve la idea de un ordenamiento semejante de las vías procedentes de la periferia.» De modo que se distinguirán cinco registros, correspondientes, por una parte, a una capa de percepción no inscrita y, por la otra, a cuatro tipos de inscripciones, relativas a: un registro incapaz de hacerse consciente; el inconsciente, el preconsciente y por último la conciencia. Así se encuentra profundizada la noción de esos «grupos de representaciones» evocados en 1894 con respecto a la neurosis de angustia, y con los cuales toma contacto la tensión endógena (somática), de modo que «suscita libido psíquica».Entre las Líneas En la perspectiva de una estratificación, los «grupos», noción todavía vaga, se determinan como tipos de registro de signos. Pero, correlativamente, en la concepción de la libido se produce un vuelco decisivo. Por un lado, según la vertiente orgánica, las fuentes de excitación se estratifican genéticamente en su inherencia a «zonas» corporales; por el otro, del «contacto» de estas fuentes diversificadas con la diversidad genéticamente ordenada de las capas de signos surgen tipos específicos de organizaciones psíquicas libidinales. De la síntesis teórica de estas dos hipótesis de reconstrucción deriva una nueva concepción de represión basada en dos hipótesis auxiliares: el abandono de las «zonas» antiguas, y la acción diferida. «A menudo he sospechado -escribe Freud en el relato de su “descubrimiento”- que en la represión entra en juego un elemento orgánico, y ya te he referido alguna vez que se trata del abandono de antiguas zonas sexuales [ … ]. Ahora, las zonas que en el hombre normal adulto han dejado de ser la sede de descargas sexuales son las regiones anal, bucal y bucofaríngea, y esto de dos maneras: 1) su contemplación y su representación ya no provocan excitación; 2) las sensaciones internas que emanan de ellas no aportan nada a la libido, como lo hacen las de los órganos sexuales en sí [ … ]. La extinción de estas zonas sexuales iniciales tendría su correspondencia en la atrofia de ciertos órganos internos en el curso del desarrollo. El desprendimiento sexual (sabes que yo llamo así a un tipo de secreción que se debe experimentar exactamente como un estado interior de la libido) no se produce solo 1) por estímulos periféricos sobre los órganos sexuales, y 2) por una excitación interna procedente de esos órganos, sino también 3) a partir de representaciones (de huellas mnémicas), es decir, gracias a una acción diferida.» De esta acción diferida derivará la represión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En efecto, continúa Freud, «normalmente puede haber una acción diferida no neurótica, y de ella puede emanar la compulsión (además, nuestros otros recuerdos solo producen efectos porque ya los produjeron como incidentes vividos).

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No obstante, una acción diferida semejante obra también en conexión con los recuerdos de excitación procedentes de zonas sexuales abandonadas; ahora bien, de ello no resulta ningún desprendimiento libidinal, sino una descarga de displacer, una sensación interna análoga al asco que se experimenta cuando se trata de un objeto». Con el método que le es familiar, Freud somete entonces a prueba, con las neurosis, hipótesis teóricas ilustradas por la psicología de la normalidad, y reformula desde esta perspectiva las adquisiciones anteriores de la conceptualización de la libido.

Es así como los incidentes de infancia, si solo interesan a los órganos genitales, no producen nunca neurosis en el hombre, sino solamente una masturbación compulsiva y libido, pero pueden desembocar en la represión y la neurosis cuando han afectado también las otras dos zonas sexuales, con lo cual la libido es despertada por una acción diferida.Entre las Líneas En este último caso, si el incidente se relaciona, por ejemplo, con el ano o la boca, provocará más tarde un asco interno. De ello resultará que cierta cantidad de libido, «impedida de transformarse en acto o de traducirse psíquicamente, se verá coaccionada a emprender una vía regresiva (como sucede en los sueños). He decidido entonces -concluye Freud- considerar por separado los factores determinantes de la libido y los que provocan angustia. También he renunciado a ver en la libido el elemento masculino, y en la represión el elemento femenino». Con la función atribuida en una nueva concepción a los «signos de transcripción», la estratificación libidinal abría finalmente el camino a una interpretación particularmente fecunda de las «modificaciones» de las que son susceptibles: el develamiento de una prehistoria de la sublimación, contracara positiva de la noción de «zonas abandonadas». «He adquirido una noción exacta de la estructura de la histeria -escribía Freud el 2 de mayo de 1897- Todo demuestra que se trata de la reproducción de ciertas escenas a las cuales es a veces posible acceder directamente, y otras veces solo pasando por fantasmas interpuestos.

Todos los materiales son naturalmente genuinos. Representan construcciones protectoras, sublimaciones, embellecimientos de hechos que al mismo tiempo sirven como autodescargo. Accesoriamente, pueden provenir de fantasmas masturbatorios. Verifico también otro hecho importante: las formaciones psíquicas sometidas en la histeria a la represión no son en sentido propio los recuerdos, puesto que nadie hace trabajar su memoria sin tener buenos motivos.

Se trata de impulsos (Impulse) que se desprenden de escenas primitivas. Advierto ahora el hecho de que las tres neurosis -la histeria, la neurosis obsesiva y la paranoia- tienen los mismos elementos (y la misma etiología), es decir, fragmentos mnémicos, impulsos (que derivan de recuerdos) y fabulaciones protectoras.Si, Pero: Pero la irrupción en la conciencia, las formaciones de compromiso, es decir, los síntomas, son diferentes en cada caso.» El 27 de octubre del mismo año se anunciaba la fortuna destinada a la hipótesis. «No vivo más que de trabajo “interior” -escribió Freud en la etapa decisiva en su autoanálisis-. Esto me ocupa y me acosa, llevándome, por una rápida asociación de ideas, a recorrer el pasado; mi humor cambia como el paisaje que ve el viajero sentado ante la ventanilla de un tren. Con el gran poeta que usa su privilegio de ennoblecerlo todo (sublimación) exclamo: “Y surgen muchas siluetas amadas, y con ellas, como una antigua leyenda, a medias sepultada, vuelven a mí el primer amor la primera amistad”.» Paralelamente se nos propone la versión teórica de la exaltación poética: «Comienzo a presentir la existencia de factores generales, de factores-marco (Rahmenmotive) -éste es el nombre que me gustaría darles- que determinan el desarrollo, y otros factores secundarios, que completan el cuadro y varían según los incidentes vividos por el sujeto».

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No obstante, doce días antes Freud decía haber comprendido, sobre el fondo de su autoanálisis, «a pesar de todas las objeciones racionales que se oponen a la hipótesis de una fatalidad inexorable, el efecto cautivador de Edipo Rey»; se abría un nuevo ciclo de problemas para la libido, en cuanto la organización edípica le iba a imponer en adelante la referencia al objeto. El plan de conjunto de los Tres ensayos de teoría sexual (1905) muestra en efecto con total claridad la incidencia fundamental que tuvo sobre el desarrollo del concepto de libido y sobre el concepto conexo de zona erógena, la puesta en evidencia de las relaciones edípicas. «Con el comienzo de la pubertad -dice Freud al principio de la tercera sección- aparecen las transformaciones que llevarán la vida sexual infantil a su forma definitiva y normal. La pulsión sexual infantil era hasta entonces esencialmente autoerótica; ahora va a descubrir el objeto sexual. Provenía de pulsiones parciales y de zonas erógenas que, independientes entre sí, buscaban un cierto placer como única meta de la sexualidad. Ahora aparece una nueva meta sexual, para alcanzar la cual cooperan todas las pulsiones parciales, en tanto que las zonas erógenas se subordinan a la primacía de la zona genital.» Mientras que de este modo se retoman y renuevan en un nuevo contexto las concepciones ya adquiridas, emerge al principio de la síntesis teórica la pulsión -y comprendemos la referencia que Freud ha hecho retrospectivamente a Albert Moll y sus Untersuchungen zur libido sexualis (1898), a propósito de su propia elección del término «libido».

En efecto, a ciertos lexicógrafos les ha sorprendido que Freud declarara, en los artículos «Psicoanálisis» y «Teoría de la libido» (1923), haber «tornado» el vocablo a Albert Moll, siendo que él mismo lo había usado ya en 1894. Pero, para empezar, el texto no se refiere a la apropiación de algo ajeno: «Libido -escribe Freud en 1923- es un vocablo de la doctrina de las pulsiones, ya utilizado con este sentido por Albert Moll para designar la expresión dinámica de la sexualidad, e introducido por el autor de estas líneas en el psicoanálisis». Lo esencial es entonces que el término sea tomado en el contexto de la teoría de las pulsiones. Por otra parte, lo mismo sucede en 1905, en la definición liminar de los Tres ensayos, que presenta la libido como un equivalente del «hambre» en el registro de la sexualidad.

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Además, en la obra citada de Albert Moll, totalmente consagrada al tema de la pulsión sexual, el término «libido» solo aparece en el título. Tampoco aparece en ninguna de las principales obras publicadas posteriormente por Albert Moll: Sexualleben des Kindes [La vida sexual de los niños] (1908), y el monumental Handbuch der Sexualwissenschaften [Compendio de los conocimientos sobre la sexualidad] (1912), escrito en colaboración, sobre todo con Havelock Ellis, y que aborda a la vez la fisiología, la biología y, de manera extensa, los aspectos culturales de la sexualidad. Con la apariencia de una discusión de detalle se vislumbra entonces un problema de fondo. Si Freud se remitió a Albert Moll (una carta del 14 de noviembre de 1897 ya atestiguaba su interés por este autor, y además, en una nota de los Tres ensayos, recordará su idea de la descomposición de la pulsión sexual en «pulsión de detumescencia» y «pulsión de contrectación», o toma de contacto con un objeto), fue porque le pareció esencial basar la teoría de la libido precisamente en la pulsión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Se advertirá por otra parte que, en el momento de su descubrimiento de las «zonas erógenas», habla de «impulsos», y no de «pulsiones», como lo hace en los Tres ensayos. Sin anticipar los desarrollos que el estudio de 1913 titulado «Pulsiones y destinos de pulsión» consagrará a los «conceptos fundamentales» (Grundbegriffe), cuya primera ilustración será precisamente la pulsión, está claro que la cuestión es de tipo epistemológico, y también que el recurso a la pulsión, en tanto que concepto energético, tiene la finalidad de apuntalar la diversidad de los procesos que surgen del concepto dinámico de la libido. Inicialmente, en efecto, y en el ámbito de la cura catártica, se considera que el proceso libidinal se despliega de manera lineal, desde la excitación orgánica hasta su asunción psíquica. a medida que se desarrolla la teoría y, en definitiva, desde el momento en que se toma en cuenta la relación con el objeto, el concepto de pulsión es llamado a designar todo un conjunto de procesos heterogéneos. Habrá entonces que integrar en el común denominador de «pulsión» sexual la fuente de energía de la cual los procesos «libidinales» trazarán las vías de liquidación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Si, Pero: Pero además esta sistematización debía obtener su garantía de la organización de la experiencia. Los Tres ensayos proponen abordar el problema en dos etapas: la primera -centrada en la pulsión- parte de los estadios autoeróticos de la sexualidad infantil; la segunda -que permite seguir las incidencias del advenimiento del objeto- encara la cuestión tanto desde el punto de vista de la pulsión y sus metas, como desde la definición de la libido. Con relación a las posiciones anteriores, el progreso consiste en un desplazamiento de la noción de libido.Entre las Líneas En oportunidad del descubrimiento de la estratificación de las zonas erógenas, la libido aparece como procedente del «contacto» entre la excitación orgánica y los «grupos de representaciones» determinados por las huellas registradas y su modificación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En adelante, a las pulsiones les corresponde asumir de manera general el campo de las excitaciones orgánicas.

En cuanto a la libido, se constituirá en una meta de objeto. ¿La noción queda entonces excluida de la descripción de la sexualidad infantil, si es cierto que ésta tiene que concebirse como autoerótica? En realidad, a riesgo de contradicción, Freud no vacila en evocar, en la sección que trata de las transformaciones de la pubertad con el título de «El descubrimiento del objeto», el apego más arcaico del lactante a su madre como «objeto sexual».

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Además, esboza una crítica del tema del autoerotismo, en cuanto se puede formular la hipótesis de que la pulsión, «que encontraba su objeto afuera, en el seno de la madre», refluye secundariamente a una posición autoerótica. Desde este punto de vista, «sólo después de haber superado el período de latencia se restablece la relación original. No sin razón el niño prendido al pecho de la madre se ha convertido en el prototipo de toda relación amorosa.Entre las Líneas En síntesis, encontrar el objeto sexual no es más que reencontrarlo».Si, Pero: Pero es precisamente en este contexto donde se hace referencia a la libido, en primer lugar con respecto a la angustia infantil: «La conducta de los niños, desde la más tierna edad, indica que su apego a las personas que los cuidan tiene la naturaleza del amor sexual [ … ]. Se angustian en la oscuridad, porque no ven a la persona amada, y esta angustia solo se apacigua cuando pueden tomarle la mano [ … ]. El niño se comporta en este caso como el adulto: su libido se transforma en angustia en cuanto no puede alcanzar una satisfacción; el adulto, por su parte, convertido en neurótico a causa de una libido no satisfecha, se comportará en sus angustias como un niño». Asimismo, tratándose de la «barrera contra el incesto», «el niño tenderá naturalmente a elegir a las personas que ha amado desde su infancia, con una libido de alguna manera atenuada»; además, «ciertas jóvenes, que experimentan una excesiva necesidad de ternura están expuestas a una tentación irresistible que las lleva, por una parte, a buscar en la vida el ideal de un amor asexual y, por la otra, a enmascarar su libido con una ternura que pueden manifestar sin autorreproches».

Una Conclusión

En conclusión, en el caso general de los neuróticos «se podrá demostrar con certidumbre que el mecanismo de la enfermedad consiste en un retorno de la libido a las personas amadas durante la infancia». La noción de libido encuentra entonces su lugar en el nivel del autoerotismo infantil, pero como anticipación de la constitución del objeto, que llega en la madurez. De allí en más, el desarrollo de la pulsión, caracterizada por sus fuentes y su meta, dominará el conjunto de la teorización de los Tres ensayos. Las fuentes son orgánicas, sea que se trate de las pulsiones parciales o de la pulsión genital que se les integra; en cuanto a la meta, las pulsiones parciales tenderán a la satisfacción local propia de cada zona erógena, mientras que la pulsión genital se pondrá al servicio de la función de reproducción, asumiendo las excitaciones orgánicas que emanan de la «zona» genital. «Ella, por así decirlo -escribe Freud-, se vuelve altruista.» La libido es la exigencia de darle un objeto a ese altruismo. Pero, ¿cuál es la intensidad de esta exigencia, de este apetito o «hambre» sexual? Un complemento incorporado en 1915 a los Tres ensayos, con el título de «Teoría de la libido», reforzará aún más la dependencia de la libido respecto de la pulsión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

Una vez instaurada la primacía de las zonas genitales, recordemos en primer lugar cuáles son las excitaciones capaces de poner en acción el aparato genital externo; ellas pueden provenir del mundo exterior por la estimulación de las zonas erógenas, del interior del organismo, o bien «tienen por punto de partida la vida psíquica, que se presenta como un depósito de impresiones interiores y un puesto de recepción para las excitaciones exteriores. «Estos tres mecanismos -continúa Freud determinan un estado que llamamos “excitación sexual”.» Sabemos además que la pulsión es el «representante» de esas excitaciones. Ahora bien, según el suplemento de 1915 a los Tres ensayos, «nos hemos detenido -declara Freud- en una noción de la libido que hace de ella una fuerza (Kraft) cuantitativarnente variable que nos permite medir los procesos y las transformaciones en el dominio de la excitación sexual». De modo que esta nueva versión lleva a su culminación, en 1915, la sistematización esbozada diez años antes. El intento encuentra su justificación, decimos nosotros, en la diversificación de los procesos anteriormente concebidos como imputables a la libido, es decir, a la expresión psíquica de tensiones orgánicas. Al definirla ahora cuantitativamente, como medida «de los procesos y las transformaciones», Freud unifica su dominio, pues desde este punto de vista dinámico, es decir, desde el punto de vista de la «fuerza» que los representa, es precisamente el valor respectivo de su representación en el registro psíquico de la libido lo que permite configurar la distribución global que decide su orientación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En otros términos, la fuerza del apetito sexual que apunta a dar un objeto a la «pulsión altruista», al servicio de la función de reproducción, traduce la configuración dinámica de las excitaciones que emanan de las zonas erógenas y, en primer lugar, de la zona genital, que permite la erección y el coito. Pero, ¿cuál es el alcance de esta noción de «pulsión altruista»? A algunos años de distancia, el suplemento a los Tres ensayos que acabamos de mencionar prolongaba la discusión abierta en 1912 por la publicación de la obra de Jung titulada Wandlungen und Symbole der Libido. Recordemos solo que si Jung, rompiendo con Freud, desarrolló la noción de una «libido» desexualizada (asimilada, según sus propios términos, al élan vital de Bergson o a la noción más general de un «interés» existencial), que por otra parte escaparía a toda determinación coactiva del pasado, en tanto que representativa de la exigencia de autonomía de un sujeto vuelto hacia el futuro, Jung, decimos, lo hizo en razón del desplazamiento de centro de la teoría desde la neurosis hasta la psicosis, y de la consiguiente «radicalización» de los planteos y conceptos derivados del análisis de la histeria, según lo atestiguan las Conferencias de introducción al psicoanálisis.

En efecto, en la medida en que la libido freudiana es apetito de objeto, apetito de un objeto cuyo goce satisfaría la meta de la pulsión sexual, en esa medida la ruptura del psicótico con la realidad -sea que ella se manifieste por el delirio, la alucinación o el repliegue del sujeto sobre su experiencia íntima- parece exigir, a la inversa, un nuevo estatuto para la libido que, orientada al mundo y no ya a la búsqueda del objeto, se sustraiga por ese mismo hecho a la esfera de la sexualidad. Con esto Jung parece también abolir la distinción, mantenida por Freud, entre la energía de la pulsión y la dinámica de los procesos libidinales; se atribuye a la libido la energía de una tensión consagrada globalmente al desarrollo pleno del sujeto en un «mundo». Los criterios de verificación característicos de estos trayectos se pueden captar comparando los trabajos que les sirvieron de preludio: el artículo publicado por Jung en 1909, «Die Bedeutung des Vaters für das Schicksal des Einzelnen» [La significación del padre para el destino del individuo] y el análisis presentado por Freud en 1911 sobre la demencia paranoide del presidente Schreber. Un intercambio de cartas entre Abraham y Freud acerca del artículo de Jung demuestra el interés que éste había suscitado en Freud, quien subraya que, mientras que la atención del psicoanálisis (véase sobre el enfoque de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, el psicoanálisis en la filosofía, el modelo de psicoanálisis, la teoría del psicoanálisis, la psicología y la terapia psicoanalítica) se había concentrado particularmente en la investidura libidinal de la madre, Jung era el primero en atribuir un rol esencial a la representación de la paternidad y sus vicisitudes. Habrá que observar además (y esto es lo esencial) que Jung entiende precisamente la paternidad como un modelo, herencia del linaje de los antepasados, según el cual se determina la figura efectiva y crucial del padre.Entre las Líneas En 1912, Freud retendrá en Tótem y tabú esta dimensión del problema, en una perspectiva filogenética.

Aviso

No obstante, desde el punto de vista de la ontogénesis individual en el que nos sitúa el análisis de Schreber, el padre interviene en tanto que objeto de una fijación homosexual. Y si, más profundamente, esta relación se enraíza en una fijación narcisista, lo hace en cuanto ese padre ha sido por sí mismo un objeto de amor, un objeto libidinal. El individuo en desarrollo «reúne, en efecto, en una unidad sus pulsiones sexuales -que hasta allí actuaban de modo autoerótico-, a fin de conquistar un objeto de amor, y al principio se toma a sí mismo, toma su propio cuerpo, como objeto de amor».

Esta corriente libidinal arcaica, en una primera fase de represión, se fija en el inconsciente.Entre las Líneas En una segunda fase interviene la represión, descrita, en el caso de las neurosis, como «emanada de las instancias más altamente desarrolladas, capaces de ser conscientes».Si, Pero: Pero «la tercera fase, la más importante en lo que concierne a los fenómenos patológicos, es la del fracaso de la represión, la del retorno de lo reprimido. Esta irrupción se origina en el punto en que tuvo lugar la fijación, e implica una regresión de la libido hasta ese punto preciso». «Ya hemos aludido -continúa Freud- a la multiplicidad de los puntos posibles de fijación; hay tantos como estadios en la evolución de la organización de la libido.» Esta regresión tiene una sanción, que es la vivencia de la destrucción del mundo. Schreber, en efecto, «adquiere la convicción de que es inminente una gran catástrofe, el fin del mundo».Si, Pero: Pero entonces se desencadena el delirio: el paranoico reconstruye el universo, no en verdad «más espléndido», como dice Fausto, pero al menos «de modo tal que de nuevo pueda vivirse en él». Lo que entonces «atrae poderosamente nuestra atención es el proceso de curación que suprime la represión y reconduce la libido hacia las mismas personas que ella había abandonado».Entre las Líneas En este caso no podemos decir que el sentimiento reprimido adentro sea proyectado afuera: «se debería decir más bien que lo que ha sido abolido (aufgehoben) adentro vuelve desde afuera». Lo que está en juego en la refutación de Freud a Jung es entonces la posición atribuida al objeto en la definición de la libido. La libido freudiana, que es ansia de objeto, recorre todas las posiciones que ese objeto puede ocupar, en una serie cuyo primer momento es dado por «la primera presencia auxiliadora». La libido junguiana es desexualizada por cuanto se asimila a la energía de una existencia singular que se realiza en el mundo, con exclusión de toda aspiración de objeto. Sin duda, en el ciclo recorrido por la libido se pueden distinguir la libido del yo y la libido de objeto. Esta precisión terminológica no compromete la esencia de la noción, tomada en su acepción freudiana si es cierto que, en su posición más arcaica, la libido del yo nos es representada como segunda con relación a la investidura de la «primera presencia» que aseguró la satisfacción nutricia.Entre las Líneas En la línea de las sugerencias de Freud, también es posible remover el equívoco terminológico del «objeto» libidinal con referencia al estado de «prematuración»; ante la carencia orgánica del recién nacido, este objeto se encuentra reducido al polo virtual de un «apetito», cuya cualidad de «sexual» solo sirve para justificar el hecho de que proviene «del exterior», y a la exigencia de repetición que, por este mismo hecho, se liga menos a la satisfacción de la necesidad que al goce de un contacto precario. Así adquirirá todo su alcance la noción de una «pulsión altruista».

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Pero, si la libido del prematuro se inserta en un interés de supervivencia, que le presta un valor prospectivo, la repetición, cuya exigencia ella porta, devuelve la meta hacia el pasado y, si bien en el horizonte de la libido se perfila el objeto, la compulsión repetitiva solo apunta a la extinción de la excitación, puesto que se da por fin el retor no de la satisfacción, en la que esa excitación es abolida. De modo que la pulsión sexual aparecerá como anudada a la pulsión de muerte, y el principio de placer, que rige el curso del proceso libidinal, como subordinado al principio de constancia. Además el superyó, representante de la pulsión de muerte, se hará cargo de la desexualización de la pulsión: la exclusión del objeto libidinal, al servicio de la cual se pondrá la empresa de la sublimación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Se nos propone una traducción matemática de esta formulación teórica, con la distinción de la representación vectorial del principio de placer, que rige la reducción relativa de la tensión, desde un valor superior a uno menor, y el pasaje al límite al que tiende la serie trigonométrica de Fourier, en la presentación, por Gustav Theodor Fechner, del principio de constancia. También se subrayará el alcance didáctico de la anticipación que al respecto ofrece el comentario de «El motivo de la elección del cofre», en 1913, o sea siete años antes de Más allá del principia de placer.Entre las Líneas En el estilo del ensayo, Freud presentaba entonces la imagen de Venus como la envoltura ilusoria bajo la cual se oculta la fatalidad de la muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] [rtbs name=”muerte”] De este modo el objeto libidinal revelaba ya su estatuto de ilusión, la subordinación de la pulsión sexual a la pulsión de muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] También habrá que mantener la especificidad de la pulsión sexual y, en esta medida, la irreductibilidad de la libido: la pulsión sexual no se reduce a la pulsión de muerte, le es subordinada.

Además, en la medida en que el estudio de los procesos que suscita la libido nos ha convencido de su movilidad, de su fijación narcisista en la elección de objeto, en esta misma medida tenemos derecho a extender su dominio desde la sociedad restringida a la sociedad ampliada, en los términos del malestar en la cultura, y al conjunto de la vida colectiva.Entre las Líneas En tal carácter nos será presentada como derivada de la capacidad universal de vinculación, que designa el Eros platónico. Sin duda, al asimilarle la libido, Freud aduce ese precedente como respuesta a la acusación de pansexualismo. Pero, en un nivel más profundo, de este modo se manifiesta la esencia misma de la libido, en esa movilidad de su relación con el objeto. Ahora bien, esta movilidad, ¿no abriría una perspectiva nueva sobre el estatuto de ese objeto? La noción platónica del Eros se basa en el mito de la unidad del andrógino primordial. También Lacan se vale de un mito en el congreso de Bonneval, en 1960, marcando su concepción de la libido con el toque de fantasía que Freud consideraba indispensable para todo progreso de su metapsicología: recurre al mito del huevo, «que quizá se indique como reprimido a continuación de Platón en la preminencia acordada durante siglos a la esfera en una jerarquía de las formas sancionada por la ciencia de la naturaleza. Consideremos, en efecto, a ese huevo en el vientre vivíparo: cada vez que se rompen sus membranas, es herida una parte del huevo». Dicho esto, la imagen de la laminilla y el mito que la introduce «parecen bastante apropiados -dice Lacan- para figurar tanto como emplazar lo que nosotros llamamos la libido». La libido, en efecto, es «esa laminilla que desliza el ser del organismo en su verdadero límite, que va más lejos que el de cuerpo». ¿Se sospechará aquí el eco de una cierta fenomenología del cuerpo que traduce la expresión, en Husserl y sus émulos, de «organismo intencional»? Lo mismo da, si es cierto que en este caso ese órgano se constituye en virtud de una ruptura fácilmente imaginable cuando se admite que «cada vez que se rompen las membranas de las que va a salir el feto en trance de convertirse en recién nacido, algo levanta vuelo». Como Cupido. Más en general, acerca de ese modelo que es el mito se podrá decir que la laminilla «representa esa parte del viviente que se pierde al producirse éste por las vías del sexo». De esto dirá Lacan en 1964 -en el Seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, publicado en 1973, donde retoma en lo esencial su intervención de Bonneval en 1960-, «son los representantes, los equivalentes, todas las formas que se pueden enumerar de¡ objeto a.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

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Los objetos a son solo los representantes, las figuras de esto. El pecho -como equívoco, como elemento característico de la organización mamífera-, igual que la placenta, representa esa parte de sí que el individuo pierde al nacer, y que puede servir para sintetizar el más profundo objeto perdido». Se trata ahora de dar una representación teórica de esta laminilla; para empezar, se observará que, como se infiere de esa expresión geométrica de una autosuficiencia que es la esfera, ella tiene la naturaleza de una superficie (el seudópodo retráctil evocado por Freud en «Introducción al narcisismo»); esta superficie estará dotada de un borde, a fin de responder a las exigencias de la teoría psicoanalítica: «La laminilla tiene un borde -indica Lacan, en respuesta a la pregunta de un oyente-; se inserta sobre la zona erógena, es decir, sobre uno de los orificios del cuerpo, en tanto que esos orificios, toda nuestra experiencia lo demuestra, están ligados a la apertura-cierre de la hiancia del inconsciente». Así la figuración de la libido, mítica y después teórica, podrá ordenarse a las categorías elaboradas por Lacan con miras a articular la constitución «en el lugar del Otro» de la cadena significante, y la emergencia de un sujeto en sus lagunas. Pues «lo importante -decía Lacan en Bonneval- es captar de qué modo el organismo se engancha en la dialéctica de sujeto. Este órgano de lo incorporal en el ser sexuado es aquello del organismo que el sujeto emplaza en el momento en que se opera una separación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Es por él que realmente puede hacer de su muerte el objeto del deseo del Otro. Por medio de esto ocuparán ese lugar el objeto que él pierde por naturaleza, el excremento, o incluso los soportes que él encuentra al deseo del Otro: su mirada, su voz. Esa actividad que en él denominamos pulsión se aplica a rodear esos objetos para recuperar en ellos, restaurar su pérdida original. No hay otra vía en la que se manifieste en el sujeto la incidencia de la sexualidad».Entre las Líneas En resumen, la imagen no deja de situarnos al hilo de la problemática freudiana. Al término del capítulo de las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (véase sobre el enfoque de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, el psicoanálisis en la filosofía, el modelo de psicoanálisis, la teoría del psicoanálisis, la psicología y la terapia psicoanalítica) (1932) consagrado a «La femineidad», Freud se interrogó sobre el sexo de la libido, y llegó a la conclusión de que era de naturaleza masculina: «Hemos dado a la fuerza pulsional de la vida sexual el nombre de libido. La vida sexual está dominada por la polaridad masculino-femenino; nada más natural que estudiar la situación de la libido con relación a esta oposición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

No nos sorprendería que a cada sexualidad correspondiera una libido particular».

Aviso

No obstante, en verdad «éste no es el caso. No hay más que una libido, la cual se encuentra al servicio de la función sexual, tanto del varón como de la hembra. Si, fundándonos en las semejanzas convencionales entre la virilidad y la actividad, nosotros la calificamos de masculina, nos cuidaremos de no olvidar que ella representa también mociones de metas pasivas». La originalidad de la concepción de la libido en Lacan tiene que ver con el origen que él le atribuye. Caracterizarla como «un órgano» -es decir, según el criterio de los efectos que emanan de la estructura del organismo- implica la puesta al día de su construcción: en este caso, en el pensamiento de Lacan, un proceso cuyo modelo es la separación de la «laminilla». Cuando con Freud nos representamos la libido como «masculina», conviene aún interrogarse sobre el alcance de este concepto. Es precisamente esencial al pensamiento freudiano integrar en él la castración; no menos esencial, en lo que concierne a la libido femenina, es integrar la envidia del pene. De ello resulta que, por ambas partes, la libido se polariza sobre una falta. Así se comprende la naturaleza del objeto, bajo las especies del objeto a de Lacan, que tiene la naturaleza de una «caída» procedente de la cadena significante, sobre el fundamento de la carencia del Otro. El problema consiste entonces en discernir lo que puede transparentarse de esa falta a través del «objeto» libidinal; en otras palabras, qué parte le corresponde en su constitución a la pulsión de muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] La «primera presencia auxiliar», a la cual nos remite el capítulo VII de La interpretación de los sueños, ¿no se constituía ya en «objeto» de deseo sobre el fondo del desamparo? Con la expansión de la libido bajo la designación de Eros, también convendrá seguir las vicisitudes de la categoría de la falta. Tótem y tabú, El malestar en la cultura, no han agotado al respecto su fecundidad operatoria y, en esta perspectiva, subsiste aún abierto un campo de investigación todavía inexplorado sobre el tema de la sublimación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). A medida que se amplía el dominio de la libido, su contenido parece restringirse. Tomando por tema inicial la experiencia común del hambre sexual, hemos asistido, en efecto, a la construcción de este concepto en olas sucesivas; cada uno de los tiempos de su elaboración traduce un refuerzo de la dependencia de la libido respecto de la pulsión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

En un primer momento, desde la perspectiva genética de los Tres ensayos de teoría sexual, el concepto de pulsión tiene la función de integrar los estadios de desarrollo de la libido.Entre las Líneas En un segundo momento, con el desplazamiento del centro de la teoría desde la neurosis hasta la psicosis -y, correlativamente, con la manifestación de la fijación narcisista-, a la noción de destinos de pulsión le corresponderá sostener la hipótesis de una desexualidad de la energía libidinal.Entre las Líneas En un tercer tiempo, esta hipótesis se precisa a la luz de la oposición pulsión de vida – pulsión de muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] Por fin, en un último movimiento, la generalización de la libido bajo la forma de Eros la ordena de manera asintótica a la energía de la pulsión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Sucede además que, por un efecto de arrastre, la pulsión reacciona sobre el concepto de libido a la manera de un revelador, dando forma, sobre todo, a la noción de «tipo libidinal».Entre las Líneas En efecto, si la pulsión ha emergido en el corazón de la teoría, es porque las polaridades antagonistas que la especifican en su esencia psicológica -inversión en lo contrario, vuelta sobre la propia persona, represión y sublimación en el registro de la pulsión sexual, unión y destrucción en su forma generalizada- asignan sus puntos de anclaje al desarrollo de la existencia. Así, la articulación del concepto de libido con el de pulsión, es decir, con las leyes del destino pulsional, dibujará los cuellos de botella del apetito sexual a través de las vicisitudes de la historia individual. El recurso de los Tres ensayos a la noción de pulsión solo aseguraba entre los estadios del desarrollo una unidad formal; caracterizada más profundamente por sus mutaciones, la pulsión convertirá el desarrollo en un destino. Encarada, por otra parte, desde el punto de vista de la organización del aparato psíquico -en otros términos, según la configuración de las instancias que gobiernan la regulación de la energía-, los diversos regímenes característicos de la pulsión -estado libre, ligadura, modelos de ligadura- se distribuyen entre las regiones de la segunda tópica.Entre las Líneas En el seno de esta estructura -estructura de lo simbólico en la lectura que propone Lacan del pensamiento freudiano-, el apetito sexual o libido es llamado a orientarse a la manera de la aguja imantada en un campo magnético; el espectro de orientaciones así abiertas se especifica en una clasificación de los tipos libidinales. Con respecto a estas tentativas, la originalidad del artículo de 1931 consiste en tomar como criterio para una tipología, la situación de la libido en la estructura de la segunda tópica, es decir, en la configuración de las «provincias» entre las cuales se distribuye la energía pulsional. Por otra parte, desde un punto de vista puramente psicológico, la función atribuida al «tipo» aparece aquí como solidaria de un estilo de’ investigación característica. Las constelaciones de la libido, nos dice Freud, pueden en efecto «servir» para fundar esta clasificación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Si, Pero: Pero ella no puede ser «simplemente deducida de los conocimientos o de las hipótesis elaboradas previamente en este dominio». Es preciso además que podamos legitimar fácilmente su aplicación en el plano experimental, y que ella contribuya, por su lado, «a respaldar nuestras tesis».Entre las Líneas En otros términos, la teoría de la libido no tendrá más que una función heurística, De allí una doble consecuencia: por un lado, los tipos inferidos no son los únicos posibles; por el otro, lejos de coincidir con los tipos patológicos, ayudarán a llenar la brecha entre lo patológico y lo normal. De este modo Freud se aparta deliberadamente de los procedimientos de verificación que le son familiares. El tipo no es un concepto teórico elaborado según las reglas de una metodología experimental. Destinado a orientarnos prácticamente y por aproximaciones sucesivas en la diversidad inagotable de los datos empíricos, será comparable a los conceptos reguladores de Kant en oposición a los conceptos constitutivos, y comparable además a los conceptos cuyo rol nos demuestran los ensayos de Freud sobre el análisis de las obras de arte.

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Otros Elementos

Además, al intentar una clasificación de los tipos cedemos a una «necesidad» y la teoría de la libido solo puede «servirnos» para desarrollarla. Y la razón es clara: estamos abordando la libido desde el ángulo de la tópica, sin asociar las determinaciones energéticas y dinámicas que gobiernan la construcción de toda teoría. Por un instante, en efecto, volvamos a ese segundo punto de vista.Entre las Líneas En la determinación del proceso libidinal interferirán dos series de puntos de referencia: por una parte, el apetito sexual inicialmente connotado por el concepto de libido se determina en su relación con el objeto virtual o actual en el que la pulsión apunta a satisfacerse; por la otra, los avatares de la pulsión -avatares de la simbolización en su relación con el Otro, en el lenguaje de Lacan- sitúan históricamente esta relación en el devenir del sujeto. La primera de estas determinaciones es de orden dinámico, y la segunda de orden energético; una apunta en principio a la orientación del proceso psíquico en el instante, y la otra al curso de la existencia en sus mutaciones esenciales, oposición ésta que subtiende la psicología clásica en la pareja de emoción y pasión, matemáticamente formulada por las ciencias de la naturaleza en la represntación vectorial de las fuerzas como el otro polo de la expresión integral del ciclo energético, y que consagrará, en el registro del psicoanálisis, la polaridad metodológica de la interpretación y la construcción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Si, Pero: Pero ubiquémonos entonces en un punto de vista tópico. Asistiremos al emplazamiento de los «tipos libidinales» según la diversidad de las relaciones de la libido con las instancias de la psique. Así distinguiremos un tipo «erótico», un tipo «narcisista» y un tipo «obsesivo», caracterizados, respectivamente, por la prevalencia de una relación de la libido con el ello, con el yo y con el superyó. La simple comparación de esta clasificación con la primera anticipación por Freud de un «tipo» psicológico permite discernir el beneficio extraído en este sentido del advenimiento de la segunda tópica.

Fuente: Diccionario de la Psicología.

Definición de Líbido en Psicología

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Líbido es una palabra clave en psicología. Se puede señalar lo siguiente sobre su concepto: Concepto freudiano que denota una cantidad fija de energía generada por los impulsos sexuales para las funciones mentales y conductuales. (Véase algunos tecnicismos de psicología en esta plataforma)

Fuente: Autor desconocido

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3 comentarios en «Libido»

  1. Es relativamente arduo extraer una definición de la libido en Freud, especialmente porque recibe distintas aclaraciones según los momentos de conceptualización de la teoría de las pulsiones, los avances concernientes a la vida sexual, normal o patológica, el cuestionamiento reiterado del problema de las neurosis, las perversiones, las psicosis, etc. El término latino libido, que significa «deseo» [violento, inclinación intensal, «garias», «aspiración», tal como Freud lo usa, designa «la manifestación dinámica en la vida psíquica de la pulsión sexual»; es la energía «de esas pulsiones relacionadas con todo lo que se puede comprender bajo el nombre de amor». Al afirmar la referencia a lo sexual de la libido, referencia que hace valer en las diversas definiciones que da, Freud se contrapone al punto de vista de Jung, que extiende, generaliza y desespecifica la libido, viéndola operante en todo tipo de tendencias.

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  2. Creo que es a través de] estudio de la sexualidad infantil y de las perversiones como Freud encuentra sus argumentos para deslindar la sexualidad de la finalidad de la procreación, para refutar la identidad entre sexual y genital, para concebir entonces la existencia de algo sexual que no es genital y que no tiene nada que ver con la reproducción sino con la obtención de una satisfacción. Llega así, produciendo entonces un escándalo, a calificar de sexuales un conjunto de actividades o tendencias que no sólo registra en el adulto sino también en el niño, aun lactante. De este modo, por ejemplo, caracteriza como sexual, y reconoce como actividad sexual, la succión en el niño y la satisfacción que extrae de ella. A través de esta concepción ampliada de la sexualidad despliega la concepción de un desarrollo sexual o, expresión para él equivalente, de un desarrollo de la libido según diferentes estadios. Da así por sentado que la vida sexual, o la vida libidinal, o la función de la sexualidad (para él sinónimos), lejos de estar instalada de entrada, está sometida a un desarrollo y atraviesa una serie de fases o estadios.

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  3. Freud utiliza el término Eros para connotar las pulsiones de vida, que opone a las pulsiones de muerte, trasformando entonces especulativamente, como dice, la oposición entre pulsiones libidinales y pulsiones de destrucción. El Eros, que Freud da como equivalente de las pulsiones de vida (que reúnen ahora a las pulsiones sexuales y a las pulsiones de autoconservación), es la energía misma de estas pulsiones que tienden a la ligazón, a la unión, a la reunión y al mantenimiento de este estado. En Esquema del psicoanálisis (1938), escribe que llamará de ahora en adelante libido a «toda la energía del Eros». Pérdida y sexualidad. Lacan sustituye el mito de Aristófanes recordado por Freud por lo que llama «el mito de la laminilla», producido para «encarnar la parte faltante»; con esto busca retomar la cuestión de la libido y su función, y en tanto la cuestión del amor queda relegada a un fundamento narcisista e imaginario. El mito de la búsqueda de la mitad sexual en el amor queda sustituido por «la búsqueda, por el sujeto, no del complemento sexual, sino de la parte de sí mismo perdida para siempre, constituida por el hecho de que no es más que un ser viviente sexuado y ya no es más inmortal»

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