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Contornos de la Penuria Económica

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Los Contornos de la Penuria Económica

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Las Penurias de la Economía del Desarrollo

Nota: véase la inaplicabilidad de la monoeconomía ortodoxa a las áreas subdesarrolladas. Véase también el Supuesto de Beneficio Mutuo en la Economía del Desarrollo y las críticas del neomarxismo al enfoque de la Economía del Desarrollo

Sería tonto -tan tonto como el proverbio alemán Viel Feind, viel Ehr (muchos enemigos, mucho honor)- sostener que toda doctrina o política atacada simultáneamente desde la izquierda y la derecha está investida, por esa sola razón, de verdad y sabiduría. Ya he señalado que los críticos neoclásicos formularon algunas críticas válidas, así como los neomarxistas plantearon varios problemas serios, sobre todo en las áreas del control extranjero excesivo y de la distribución desigual del ingreso.Si, Pero: Pero tales críticas debieran conducir normalmente a algunas reformulaciones, y finalmente, a un fortalecimiento de la estructura de la economía del desarrollo, y no ocurrió así. No apareció ninguna síntesis nueva. Pueden ofrecerse varias explicaciones. Por una parte, la economía del desarrollo se había erigido sobre la base de una concepción, el “país subdesarrollado típico”, que se volvía cada vez más irreal a medida que el desarrollo proseguía a tasas muy diferentes asumía formas muy distintas en los diversos países de América Latina, Asia y África.

La ley del desarrollo desigual de Lenin, formulada originalmente para las principales potencias imperialistas, se aplicaba en el Tercer Mundo. Se puso en claro, por ejemplo, que, para los fines de las proposiciones más elementales de la estrategia del desarrollo, los países de poblaciones grandes difieren sustancialmente de los Estados pequeños, cada vez más numerosos, del Tercer Mundo, así como surgieron pocos problemas comunes entre los países exportadores de petróleo y los países en desarrollo e importadores del mismo. El concepto de un cuerpo unificado de análisis y recomendaciones de política económica para todos los países subdesarrollados, que contribuyó en gran medida al ascenso de la subdisciplina, se convirtió en cierto sentido en una víctima del éxito mismo del desarrollo y de su falta de uniformidad. 

Pero había una razón más poderosa para el fracaso de la economía del desarrollo que no pudo recuperarse decisivamente de los ataques lanzados por sus críticos. Se encuentra tal razón en la serie de desastres políticos que afectaron a varios países del Tercer Mundo a partir de los años sesenta, los cuales estaban conectados de algún modo con las tensiones que acompañan al desarrollo y la “modernización”. Estos desastres del desarrollo, que van desde las guerras civiles hasta el establecimiento de regímenes autoritarios y criminales, no podían dejar de preocupar a un grupo de científicos sociales que no se habían dedicado al cultivo de la economía del desarrollo después de la segunda Guerra Mundial como especialistas estrechos, sino impulsados por la visión de un mundo mejor. Como liberales, la mayoría de ellos presumían que “todas las cosas buenas van juntas”, y daban por sentado que si pudiera elevarse el ingreso nacional de los países en cuestión surgirían varios efectos benéficos en el campo social, político y cultural.

Cuando resultó que la promoción del crecimiento económico implicaba con frecuencia una secuencia de acontecimientos que significaban un grave retroceso en las otras áreas, incluida la pérdida masiva de los derechos civiles y humanos, se vio afectada la tranquila confianza que brotaba de nuestra subdisciplina en sus primeras etapas. Lo que parecía una incapacidad para montar un vigoroso contraataque contra la alianza sacrílega de neomarxistas y neoclásicos puede haberse arraigado en una duda creciente, derivada de desgracias mucho más graves que la “mala asignación de los recursos” de los neoclásicos o la “nueva dependencia” de los neomarxistas.

No es que enmudecieran de pronto todos los talentosos economistas del desarrollo que en el ínterin habían llegado a la nueva rama del conocimiento. Algunos de ellos retrocedieron de la posición de que “todas las cosas buenas van juntas” a la de “la buena economía es para la gente buena” .Entre las Líneas En otras palabras, en lugar de suponer que el desarrollo económico generaría progreso en otros campos, estos economistas consideraron legítimo operar sobre un supuesto implícito de óptimo de Pareto: como ocurre con las reparaciones de las tuberías o con las mejoras del control del tráfico, los esfuerzos técnicos de los economistas mejorarían las cosas en un área mientras dejaban las demás inmutables en el peor de los casos, de modo que mejoraría la posición de la sociedad en conjunto. La política de desarrollo económico quedaba así degradada, en efecto, a una tarea técnica que solo se ocupaba de los mejoramientos de la eficiencia. Se creó y se buscó la ilusión de que, limitándose a problemas muy técnicos, de menor escala, la economía del desarrollo podría seguir adelante a pesar de los cataclismos políticos.
Pero hubo también otra reacción que habría de tener un gran efecto. Por experimentar una frustración doble, una por los eventos políticos desdichados en sí mismos y la otra por su incapacidad para comprenderlos, varios analistas y practicantes del desarrollo económico se vieron impulsados a observar el desempeño económico con ojos más críticos que antes.Entre las Líneas En un acto de desplazamiento freudiano, “culparon” a los aspectos más débiles del desempeño económico por la intranquilidad que les causaban los eventos políticos.Entre las Líneas En los países de regímenes autoritarios, el desplazamiento se vio reforzado a menudo, sin intención por supuesto, por la censura oficial que era mucho más rigurosa con el disentimiento político que con el desempeño económico.

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En cierto sentido, se trató de una aplicación de la máxima de que “todas las cosas buenas van juntas”, al revés. Ahora que los acontecimientos políticos habían tomado una dirección obviamente errada, debía probarse que la historia económica resultaba también poco atractiva. Algunos economistas se sintieron satisfechos en cuanto se restableció en esta forma el equilibrio entre el desempeño político y el desempeño económico, así fuese a un nivel miserablemente bajo.Si, Pero: Pero otros se sentían más activistas. Impotentes frente a la injusticia y la tiranía políticas, pero experimentando una vaga sensación de responsabilidad, trataban de lograr algunas enmiendas mediante la revelación de la injusticia económica. Al obrar así, prestaban escasa atención a John Rawls, quien sostenía por la misma época, en “A Theory of justice” (Teoría de la justicia), que “un alejamiento de las instituciones de la libertad para todos […] no puede justificarse o compensarse con una mayor ventaja social o económica”.Si, Pero: Pero quizá haya resultado afortunado -y una medida de la vitalidad del movimiento de desarrollo que el desencanto por la política generara un intento por corregir, por lo menos, los errores que los economistas podían denunciar en su capacidad profesional.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Aquí tenemos, entonces, un origen importante de la preocupación por la distribución del ingreso que se convirtió en un tema dominante de la literatura del desarrollo a principios de los años setenta. Resultó particularmente influyente el hallazgo de Albert Fishlow, basado en el censo de 1970, de que la distribución del ingreso se había vuelto más desigual en Brasil y que algunos grupos de ingresos bajos tenían quizá una situación peor en términos absolutos, a pesar de un crecimiento económico impresionante (o quizá a causa de tal crecimiento). Robert McNamara, el presidente del Banco Mundial, hizo sonar la alarma basado en esto y en otros datos similares de diversos países, en su discurso anual ante la reunión de la Junta de Gobernadores de 1972. Vino luego un gran número de estudios y un intento por entender la configuración del desarrollo de acuerdo con las metas de la distribución, o por formular políticas que combinaran los objetivos del crecimiento y la distribución.

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Fuente: Hirschman, “De la Economía a la Política y Más Allá”

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