Escatología
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Escatología en Relación a Teología Islámica
Nota: Consulte además detalles sobre el monoteísmo islámico (incluyendo la vida contemplativa y también la teología islámica en relación al monoteísmo).
Responsabilidad y castigo divino
En el pensamiento islámico, las creencias erróneas y las deficiencias morales de las personas tienen consecuencias; las creencias y las acciones serán juzgadas según la justicia de Dios. El Corán asegura repetidamente a su audiencia que Dios rinde cuentas de manera impecable: “En verdad, Dios no equivoca a los seres humanos en lo más mínimo, sino que los seres humanos se equivocan a sí mismos” (Q Yūnus 10:44). Según el Corán y las enseñanzas proféticas, algunas acciones y disposiciones son recompensadas durante la vida de una persona; sin embargo, las almas individuales se enfrentan a un ajuste de cuentas definitivo al final de los tiempos, en un momento en el que se sopesa la moralidad y se promulga la justicia divina. Este momento se evoca en cientos de versos del Corán: “Dios, no hay más dios que Él. Seguramente os reunirá a todos en el día de la resurrección, de la que no hay duda. Y ¿quién es más veraz que Dios en la palabra?”. (Q al-Nisāʾ 4:87). El retorno de todas las cosas creadas a Dios es un tema recurrente del Corán: “Ciertamente, Nosotros [Dios] heredaremos la tierra y todo lo que hay en ella, y a Nosotros serán devueltos” (Q Maryam 19:40). Los que tienen una fe sincera en Dios son guiados por la luz de Dios y protegidos de los daños en un sentido escatológico: “Dios es el Protector de los que tienen fe. Los saca de las tinieblas a la luz. En cuanto a los que niegan [a Dios], sus protectores son los ídolos, que los sacan de la luz a las tinieblas. Son los habitantes del fuego, que permanecen en él (Q al-Baqara 2:257).
Desde el punto de vista islámico, el juicio final de Dios determina hasta qué punto las personas cumplieron el propósito de su vida, es decir, si adoraron a Dios para asegurar su éxito en un reino eterno más allá del reino actual y manifiesto de la existencia humana. Mientras que el mal carácter y las acciones reprobables de una persona en el reino terrenal pueden no ser evidentes para otras personas, todo se hace evidente en el reino del más allá:
Allí y entonces, cada alma experimentará lo que hizo en el pasado, y serán devueltos a Dios, su verdadero Maestro, y lo que solían fabricar les abandonará.
Di: “¿Quién te provee del cielo y de la tierra? ¿Quién tiene poder sobre el oído y la vista? ¿Quién saca a los vivos de entre los muertos, y saca a los muertos de entre los vivos, y quién dirige el asunto?” Dirán: “Dios”. Entonces dirán: “¿No seréis entonces reverentes?”.
(Q Yūnus 10:30-31)
Dios es Juez y Testigo. Es posible que los individuos no se enfrenten a todas las consecuencias morales de sus actos en su existencia terrenal; más bien, Dios aplaza la justicia hasta la “Hora” del ajuste de cuentas: “Perdidos están los que niegan el encuentro con Dios hasta que, cuando la Hora les llegue de repente, digan: “¡Ay de nosotros, que la hemos descuidado! Llevarán sus cargas a cuestas. ¡Mirad! El mal es lo que llevan”. (Q al-Anʿām 6:31).
La justicia que no se cumple en esta vida no se pierde: “A Él se vuelve todo junto; la promesa de Dios es verdadera. En verdad, Él origina la creación y luego la devuelve, para recompensar con justicia a los que son fieles y realizan acciones justas. En cuanto a los negadores, lo suyo será un trago de líquido hirviendo y un castigo doloroso por haber negado” (Q Yūnus 10:4). La bondad conduce al placer duradero y a la abundancia, la desdicha a la miseria duradera y a la privación.
Las consecuencias de la negación arrogante o la distracción gratuita se extienden más allá de esta vida mundana. El Corán proporciona muchas similitudes para transmitir la naturaleza y las consecuencias de la negación de la verdad, entre ellas la siguiente:
En cuanto a los que niegan, sus actos son como un espejismo en una llanura desértica que un sediento supone que es agua, hasta que cuando llega a él, no encuentra que sea nada, sino que encuentra a Dios allí. Entonces [Dios] le pagará íntegramente su cuenta, y Dios es rápido en el ajuste de cuentas.
O como la oscuridad de un mar insondable, cubierto de olas, con olas por encima y nubes alrededor: oscuridad, una sobre otra. Cuando alguien extiende su mano, apenas puede verla. Aquel para quien Dios no ha designado ninguna luz no tiene luz.
(Q al-Nūr 24:40-41)
En última instancia, Dios asigna el destino de cada persona de acuerdo con las creencias y acciones elegidas por ésta. El Corán sugiere incluso que muchos seres humanos fueron creados para la condenación:
A quien Dios guíe, será guiado correctamente; y a quien extravíe, será un perdedor.
Nosotros [Dios] hemos creado para el infierno a muchos entre los genios y los seres humanos: tienen corazones con los que no entienden; tienen ojos con los que no ven; y tienen oídos con los que no oyen. Estos son como el ganado. Es más, están aún más extraviados. Son ellos los que son desatentos.
(Q al-Aʿrāf 7:178-79)
Los siguientes versos describen explícitamente el propósito de la vida humana y las consecuencias de las acciones mundanas:
Di: “Adoro a Dios, dedicando mi religión enteramente a Él.
Adorad, pues, lo que queráis aparte de Él”. Di: “En verdad, los perdedores son los que pierden sus almas y sus familias el día de la resurrección”. ¡Sí! Ésa es la pérdida manifiesta”.
Por encima de ellos tendrán doseles de fuego y por debajo de ellos doseles; con ello Dios infunde temor a Sus siervos. ¡Oh, mis siervos! ¡Reverenciadme!
Y en cuanto a los que huyen de las falsas deidades y de su adoración y se vuelven a Dios, dadles buenas noticias. Dad, pues, buenas noticias a Mis siervos
que escuchan la Palabra y siguen lo más bello de ella. Son ellos a quienes Dios ha guiado; son ellos los poseedores del intelecto.
(Q al-Zumar 39:14-18)
En contraste con los seres humanos delincuentes que tienen motivos razonables para temer la muerte, aquellos que contemplan a Dios con sinceridad y que complementan esa contemplación con acciones rectas tienen pocos motivos para temer la muerte, a diferencia de aquellos que no “respondieron” a la llamada de su Señor: “Los que responden a su Señor tendrán lo más hermoso. Pero los que no responden a Él, si poseyeran todo lo que hay en la tierra y lo que hay además, buscarían rescatarse con ello. Para ellos habrá un mal ajuste de cuentas. Su refugio es el infierno. Qué mal lugar de descanso!” (Q al-Raʿd 13:18).
A través de la contemplación de la muerte -y de las experiencias más allá de ella- los individuos piadosos aumentan su fe y anhelan un momento en el que se diga: “¡Oh, alma en paz! Vuelve a tu Señor, contenta, satisfecha” (Q al-Fayr 89:27-28). Estos versos sobre el destino humano dan lugar a cuestiones sobre la predeterminación, el libre albedrío y la naturaleza del castigo y la misericordia de Dios, todos ellos temas de discusión teológica entre los eruditos musulmanes. En una explicación concisa, Dios ha dado a cada ser humano una voluntad contingente, pero a Dios le corresponde el mando, la sabiduría suprema y el conocimiento de todas las cosas. Dios ha dado a los seres humanos la opción de expresar la fe o negar el monoteísmo; pueden actuar de acuerdo con la moral o desviarse. Aun así, el libre albedrío humano (y toda acción humana) está supeditado al decreto divino: “No queréis sino lo que Dios quiere. En verdad, Dios es conocedor, sabio” (Q al-Muzzammil 73:30). El Estudio del Corán ofrece este conciso resumen de la perspectiva coránica sobre la cuestión del libre albedrío frente al determinismo: “Dios ha querido que los seres humanos tengan la capacidad de querer, pero podría eliminarla en cualquier momento. Dios quiere que los seres humanos quieran, pero no determina necesariamente el contenido de lo que quieren, lo que significa que los seres humanos tienen un rango limitado de libertad querido por Dios y que son responsables en última instancia de sus propios actos”.
La convicción de la justicia última y de la responsabilidad moral individual y el ejercicio contingente de la voluntad humana constituyen el núcleo de la cosmovisión islámica. El historiador y especialista en ética Raymond Harvey lo resume así “Si los seres humanos, en virtud de su inteligencia y su libre albedrío, son capaces de despojar al mundo, también están llamados a actuar como sus administradores”.26 A la luz de este ejercicio humano del libre albedrío, Dios instruye a los profetas para que transmitan un mensaje sencillo sobre la responsabilidad última: “Decid a Mis siervos que, en efecto, Yo soy el Perdonador, el Misericordioso, y que Mi Castigo es el castigo doloroso” (Q al-Ḥijr 15:49-50).
Muchos de estos versos resumen sucintamente la naturaleza de la responsabilidad humana y la recompensa divina: “Los rostros se humillarán ante el Viviente, el que subsiste por sí mismo. Y quien soporte la maldad habrá fracasado” (Q Ṭā Hā 20:111). Dios proporciona la recompensa a cada alma según las acciones y estados mundanos de esa alma:
El Elevador de grados, el Poseedor del Trono, arroja el Espíritu de Su Mandato sobre quien Él quiera de entre Sus siervos para advertir del día de la reunión,
el día en el que salen sin que nada de lo que les concierne esté oculto a Dios. ¿De quién es la soberanía en este día? Es de Dios, el Único, el Supremo.
Ese día cada alma será recompensada por lo que ha ganado. Ese día no se hará ningún mal. Verdaderamente Dios es rápido en el ajuste de cuentas, así que adviérteles del día del evento inminente, cuando los corazones estarán en las gargantas, ahogándose en la agonía. Los malhechores no tendrán ningún amigo leal, ni ningún intercesor al que obedecer.
Él conoce la traición de los ojos y lo que los pechos ocultan.
Dios decreta con la verdad, y aquellos a quienes invocan aparte de Él no decretan con nada. En verdad, Dios es el Oyente, el Vidente.
(Q Ghāfir 40:15-20)
Queda la esperanza para los seres humanos que veneran a Dios:
En verdad, los que tienen temor por el miedo a su Señor
y los que tienen fe en los signos de su Señor,
y los que no atribuyen socios a su Señor,
y los que dan lo que dan mientras sus corazones tiemblan por el temor de que vuelvan a su Señor –
son los que se apresuran hacia las buenas acciones y son los primeros en ellas.
Nosotros [Dios] no encomendamos a ningún alma más allá de su capacidad [del alma], y con Nosotros hay una escritura que habla con la verdad. Y no serán perjudicados.
(Q al-Muʾminūn 23:57-62)
Dios es el Reconocedor, pero Dios es bondadoso con los que se esfuerzan con su fe y sus acciones.
El Corán subraya la perfecta justicia de Dios y muchos versículos destacan la generosa contabilidad de Dios: “¿Quién es el que prestará a Dios un buen préstamo? Él [Dios] se lo multiplicará, y su recompensa será generosa” (Q al-Ḥadīd 57:13). Por generosidad, Dios escala exponencialmente la bondad humana: “En verdad, Dios no comete ni el peso de una mota de mal: si hay una buena acción, Él la multiplicará y concederá desde Su presencia una gran recompensa” (Q al-Nisāʾ 4:40). Por el contrario, los seres humanos ignoran los signos de Dios por su cuenta y riesgo, y las falsas creencias pueden hacer que incluso las buenas acciones carezcan de valor en el cómputo final. El Corán subraya esta dinámica:
Di: “¿Debo informarte de quiénes son los mayores perdedores con respecto a sus obras?
Aquellos cuyos esfuerzos se extravían en la vida de este mundo, mientras consideran que son virtuosos en sus obras”.
Son aquellos que no creen en los signos de su Señor, ni en el encuentro con Él. Así, sus obras han quedado en nada, y el día de la resurrección no les asignaremos ningún peso.
Ésa es su recompensa -el infierno- por haber descreído y por burlarse de Mis signos y de Mis mensajeros.
(Q al-Kahf 18:103-106)
Los relatos coránicos hablan con frecuencia de los destinos colectivos de los pueblos anteriores que fueron destruidos y castigados por su arrogancia, sus faltas morales y su burla a los profetas. El faraón que ignoró las enseñanzas del profeta Moisés es el ejemplo coránico más frecuente de un tirano que crea estragos en la tierra y que sobrepasa todos los límites con sus aspiraciones de estatura divina. El Corán relata el destino del faraón y sus compañeros como una lección para los que hacen caso:
En efecto, las advertencias llegaron a la casa del faraón.
Negaron Nuestros signos [de Dios], todos ellos; entonces, los agarramos con el agarre de un Poderoso, Omnipotente.
¿Son vuestros negadores mejores que aquellos? ¿O tenéis alguna exención en los pergaminos antiguos?
(Q al-Qamar 54:41-43)
La pregunta retórica planteada en este último verso invita a reflexionar sobre las dos opciones esenciales que plantea el paradigma monoteísta del Islam: someterse a Dios de buen grado o de mala gana.
En resumen, dentro del paradigma monoteísta, Dios ha dotado a la vida humana (y al universo en general) de un propósito, y las personas deben esforzarse por realizarlo en medio de las distracciones y los desafíos que plantean algunas de sus tendencias básicas:
Sabed que la vida de este mundo no es más que un juego, una diversión, un ornamento, una jactancia mutua entre vosotros y una competencia por el aumento de los bienes y de los hijos, semejante a una lluvia cuya vegetación impresiona a los agricultores; luego se marchita de tal manera que la veis volverse amarilla; luego se convierte en paja. Y en el más allá, habrá un castigo severo, el perdón de Dios y la satisfacción. Y la vida de este mundo no es más que el disfrute del engaño.
(Q al-Ḥadīd 57:22)
La llegada del juicio final, tal y como se describe en cientos de versos del Corán, separa a los que han disfrutado del engaño de los que han seguido un camino recto y se les ha concedido un respiro. Una de esas descripciones de la recompensa de los piadosos y el arrepentimiento de los que se desvían del monoteísmo y la moral es la siguiente
Ese día los habitantes del jardín [el paraíso] tendrán la mejor morada y el más bello descanso.
Y el día en que los cielos se abran con nubes y los ángeles sean enviados en descenso,
Ese día la verdadera soberanía pertenecerá al Compasivo [Dios], y ese será un día difícil para los fieles.
Y ese día el malhechor se morderá las manos, diciendo “¡Ojalá hubiera tomado un camino con el mensajero!
Oh, ¡ay de mí! ¡Ojalá no hubiera tomado a fulano como amigo!
Él [el amigo] me hizo desviarme del recordatorio después de haber venido a mí, y Satanás es un forjador de la humanidad”.
Y el mensajero dirá: “¡Oh, mi Señor! En verdad, mi gente ha tomado este Corán por una tontería”.
Así hicimos [Dios] para cada profeta un enemigo de entre los culpables, y tu Señor te basta como Guía y Ayudante.
(Q al-Furqān 25:24-31)
Una y otra vez el Corán insta a la gente a reflexionar y tener paciencia: “Nosotros [Dios] no creamos los cielos y la tierra y lo que hay entre ellos, sino en la verdad. Y, ciertamente, la hora se acerca. Por tanto, aguantad con hermosa paciencia” (Q al-Ḥijr 15:85). A los que son diligentes en su devoción y soportan se les promete la complacencia de Dios: “Ciertamente, a los que son fieles y realizan acciones rectas, para ellos el Compasivo les concederá afecto” (Q Maryam 19:96). Otro versículo menciona el temor y la virtud firme como criterios para alcanzar una recompensa divina: “En cuanto a quien teme estar ante su Señor y prohíbe al alma el capricho, verdaderamente el jardín es el refugio” (Q al-Nāziʿāt 79:40-41).
Como detallan estos y cientos de versos del Corán, la conciencia de Dios está inextricablemente ligada a la virtud moral. La comprensión teológica correcta y la acción recta son esenciales para cultivar estados progresivamente más profundos de conciencia de la naturaleza de Dios, del ser humano y del propósito del universo.
Revisor de hechos: Jaalem
Mundo y Escatología en Relación a Religión Cristiana
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] (Nota: esto es una continuación del texto sobre mundo y escatología que se haya en otra parte de esta plataforma online). 6 (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Fecha del fin del mundo. El Nuevo Testamento recalca insistentemente que no se pueda datar el fin del mundo «Cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre» (Mc 13,32; Mt 24,37-44; 25,1-40; cfr. Act 1,7; Mt 24,36; 1 Thes 5,1; 2 Pet 3,10). Nadie podrá saber con seguridad la fecha del fin del mundo hasta que llegue; cogerá a los hombres por sorpresa; vendrá de improviso, como ladrón nocturno. «En cuanto al tiempo y al momento no tenéis, hermanos, necesidad de que os escriba. Pues sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como ladrón nocturno. Cuando digan: Paz y seguridad, entonces, de repente les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que se halla encinta, y no escaparán» (1 Thes 5,3; cfr. Mt 24,43; Mc 13,35; Lc 17,29-30; Apc 3,1-3; Apc 16,15 etc.). Ni Cristo ni sus Apóstoles determinaron jamás el tiempo de la Parusía, pues siempre y con plena claridad dijeron que había de venir cuando menos se pensase. Lo mismo puede venir hoy que mañana. Recalcan, en cambio, la necesidad de estar preparados. Las circunstancias que reclaman nuestra curiosidad no entran en el objeto de la catequesis apostólica.
Con este tema de la fecha del fin del mundo se relaciona una de las interpretaciones erróneas que se han dado sobre el papel que juega la doctrina del fin del mundo en la predicación de Jesús y en la fe de la Iglesia: la del llamado escatologismo consecuente (véase en esta plataforma: ESCATOLÓGICA, ESCUELA PROTESTANTE).
Detalles
Los autores de esta escuela, frente a la reducción del cristianismo a una filosofía intemporal que había operado la teología liberal (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), quieren subrayar el lugar central que el tema del fin del mundo tenía en el mensaje de Cristo, pero caen en graves errores exegéticos y dogmáticos. Sus tesis pueden resumirse en las siguientes proposiciones:
- Jesús primero, y después los Apóstoles habrían concebido el fin del mundo como muy próximo, inminente, sufriendo, por tanto, un error;
- Jesús habría concebido su misión y su obra y formulado su moral en vistas exclusivamente a la proximidad de este fin;
- debido a esto, el Reino que raal ha predicado pertenecería totalmente a la época subsiguiente al fin del mundo, es decir, sería pura y exclusivamente escatológico;
- en consecuencia, Cristo no habría pensado en la fundación de una Iglesia y la constitución de ésta se debería a la caída de tensión en la espera escatológica por parte de la comunidad posapostólica, que se habría organizado al advertir que el fin de la historia se retrasaba.
Esta posición, al suponer un error en Cristo, debe negar previamente que Jesucristo sea Dios, o al menos sostener una doctrina de la Encarnación incompatible con el dogma definido (cfr. Denz.Sch. 419,474-476). Es en realidad un fruto de la corriente racionalista ya que sus autores, aun reaccionando frente al protestantismo liberal, llevan en realidad hasta sus últimas consecuencias los postulados de éste presentando así a Jesús como un soñador apocalíptico. Por otra parte el escatologismo consecuente, al postular que el reino de Cristo no habría de comenzar más que tras la catástrofe final, se ve abocado a negar la autenticidad (véase qué es, su concepto; y también su definición como “authentication” en el contexto anglosajón, en inglés) o a desfigurar el sentido de aquellos textos en que Jesús habla del reino de Dios como ya presente o creciendo poco a poco.
Se considera iniciador de este movimiento a J. Weiss en su libro Die Predigt Jesu vom Reiche Gottes (1892), a quien sigue A. Schweitzer en la obra Vom Reimarus zu Wrede (1906). El modernista A. Loisy (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) utilizó las conclusiones de esos autores protestantes como punto de partida para la interpretación de los sinópticos en su obra Evangiles synoptiques (París 1907-08). A partir de esos años el escatologismo consecuente, a pesar de que aún sigue influyendo en algunos autores, no se mantiene en la pureza de sus afirmaciones que han parecido insostenibles a los estudiosos. El Magisterio se hizo eco de esta teoría condenando la siguiente proposición: «Es evidente para cualquiera que no se deje llevar de opiniones preconcebidas, que Jesús padeció un error acerca de su próxima venida mesiánica» (Decr. Lamentabili: Denz.Sch. 3433).
Basta leer las parábolas, para comprobar que el Reino de Dios, está ya presente, y crece lentamente; la cizaña crece junto al trigo hasta el día de la siega (Mt 13,24-30); el Reino de los cielos es como un grano de mostaza que va desarrollándose (Mt 13,31; Me 4,30-32; Le 13-18), o como la levadura que hace fermentar toda la masa (Mt 13,33; Le 13,20). Antes del fin del mundo ha de ser predicado el Evangelio a todas las naciones (Mt 24-14; Mc 13,10). Se elogiará hasta el fin del mundo a la mujer que ungió a Cristo en casa de Simón (Mt 26,13). A igual conclusión llevan estas palabras del Señor resucitado: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, a enseñar a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28,18-20; cfr. Mc 16,15-18); o las de la promesa del Primado (Mt 16,18). Por otra parte, presentar el mensaje de Cristo como pura o exclusivamente escatológico, no sólo va contra el contenido global de. los Evangelios, sino que resulta incoherente con la figura de Jesús, que, aparece siempre sereno, equilibrado, atento a los pequeños detalles de la vida diaria y lejos de todo fanatismo apocalíptico.
La interpretación escatológica consecuente no sólo choca, pues, contra textos concretos sino que desfigura el mensaje cristiano en su conjunto. Cristo aparece ciertamente en los Evangelios consciente de que la hora suprema ha llegado y con ella la plenitud de los tiempos; pero esta plenitud no se hace consistir en un acontecimiento apocalíptico futuro, sino en la propia persona de Cristo en la que llega a su punto culminante la historia de la salvación, la historia de las intervenciones de Dios en la vida de la humanidad. Con Jesús está ya dada la salvación, como Él mismo lo expresa a los enviados del Bautista aplicándose una profecía de Isaías: «Los personas con discapacidad visual ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados» (Mt 11,5). A esta luz se entiende el que con frecuencia se encuentren en los escritos de los Apóstoles los tiempos que están viviendo designados como la «hora postrera» (1 lo 2,18), o el «último tiempo» (1 Pet 4,7; 1,20; 2 Pet 3,20; Jud 18). Tales expresiones aluden a que con Cristo ha irrumpido la última época de la salvación y la gracia. Tanto en estos escritos apostólicos, como en los pertenecientes a los primeros siglos de la Iglesia, lo que ocupa el centro de la atención de los cristianos es la muerte y resurreccióndel Señor, ya acaecida, y en la que se cumplen todas las promesas divinas; no una nueva época mesiánica futura. La Resurrección (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) de Cristo aparece como la victoria decisiva sobre la muerte, el pecado y el infierno, aunque no se ha terminado todavía la lucha, ya que la consumación de esta victoria sólo es posible en el más allá. Como ha dicho con metáfora feliz O. Cullmann, la situación es semejante a una guerra en la que se ha dado relativamente pronto la batalla decisiva, de forma que el enemigo vencido no tiene ya ninguna esperanza de victoria, pero puede continuar todavía la guerra. Por eso, la mirada del cristiano se dirige a la Resurrección del Señor -ya pasada-, y luego, y basándose en ella, hacia el futuro en espera de su segunda venida.
Hagamos una última pregunta, concedido que Cristo no cayó en un error sobre la fecha del fin del mundo ¿puede decirse lo mismo de los Apóstoles y los primeros cristianos, o cabe afirmar que éstos creyeron y enseñaron la vuelta del Señor como inminente? Como ya hemos dicho, las expresiones según las cuales tienen conciencia de estar viviendo la «hora postrera» o los «últimos tiempos» no significan la espera de un fin inminente, sino la de haber entrado en la etapa definitiva de la historia de la salvación, en la era mesiánica. No con-llevan, pues necesariamente la creencia de que esa etapa vaya a ser llevada inmediatamente a su consumación. Por otra parte, es lógico que quienes convivieron con el Señor sintiesen una profunda nostalgia del calor de su presencia visible, y, en consecuencia alentasen el deseo y la esperanza de estar de nuevo con Cristo, de verle volver triunfante. Se puede así explicar que algunos cristianos primitivos pensaran en un inminente retorno. Sería, sin embargo, un error presentar a la primitiva comunidad cristiana como dominada sobre esa idea: la imagen que de ellas nos dan los textos no es en modo alguno la de una comunidad exaltada ante la idea de una inminente conflagración apocalíptica, sino al contrario la de una familia que vive serena, sabiendo que su Señor, que ha triunfado y la vivifica desde los cielos, volverá para consumar la historia y manifestar acabadamente su poder el día y la hora que sea oportuna.
Es, además, necesario distinguir entre la esperanza que algunos pudieran tener en un retorno inmediato de Cristo y la afirmación de esa esperanza como una verdad revelada. Es evidente que cualquier hombre de cualquier época puede alimentar la esperanza de presenciar la vuelta de Cristo; pero en el momento en que esa esperanza se presente como una doctrina, irrumpe la herejía. Algunos de los primeros cristianos desearon en alguna ocasión la vuelta inminente de Cristo, pero jamás presentaron esa esperanza como doctrina revelada. Sobre este tema con relación a las cartas de S. Pablo, deben recordarse las declaraciones hechas por la Pontificia Comisión bíblica (Denz.Sch. 3628-3630).
Señales del fin del mundo
Si bien es verdad que según el testimonio explícito de la S. E. (cfr., p. ej., Mt 24-14) nadie sabe, ni sabrá, cuándo tendrá lugar el fin del mundo, en los mismos textos sagrados se encuentran enumeradas unas señales o presagios que acompañan el anuncio del fin. He aquí cómo los resume el Catecismo Romano: «Tres son las señales principales que según la Sagrada Escritura precederán al juicio divino: la predicación del Evangelio a todo el mundo, la apostasía, y el anticristo» (Catecismo Romano L8,7). A estos signos se añade tradicionalmente, basándose en S. Pablo, un cuarto: la conversión del pueblo judío.
Cristo no vendrá hasta que-la Buena Nueva haya sido predicada en todo el m.: «Y esta buena nueva del reino se predicará en el mundo entero y se promulgará a todos los pueblos, y entonces vendrá el fin» (Mt 24, 14). A la hora de interpretar esta señal, es necesario tener presente que: a) no está profetizado que cada hombre vaya a oír la predicación de Cristo antes del fin del mundo, sino todos los grupos de hombres o pueblos; b) no existe respuesta segura sobre la extensión o. amplitud en que deba tomarse el término pueblo, ni sobre la intensidad o profundidad con que deba realizarse esta predicación del Evangelio; c) por otra parte, es evidente que se trata del anuncio del Evangelio, y no de su acogida, por tanto, resulta difícil decidir cuándo esta señal pueda estar ya cumplida; finalmente, tampoco se encuentra expresado en la Revelación el tiempo que transcurrirá entre el cumplimiento de esta señal y el fin del mundo.
El tema de la gran apostasía aparece unido al del anticristo en 2 Thes 2,1-3: «Y os rogamos hermanos, que, por lo que toca a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, no os dejéis fácilmente conmover en vuestra alma o perturbar ni por el espíritu ni por palabras, ni por carta atribuida a nosotros, como si el día del Señor estuviera ya inmediato. Que ninguno os engañe de ninguna manera, porque antes tiene que venir la apostasía y rebelarse el hombre impío, el hijo de perdición, el que se opone y rebela contra todo lo que lleva nombre de Dios o es objeto de culto, llegando hasta sentarse él en el templo de Dios, exhibiéndose a sí mismo como Dios». El pasaje paulino no es de unánime interpretación, sobre todo en lo que se refiere a la figura del hombre impío, que puede identificarse con la figura del «contradictor» o «anticristo» que encontramos en S. Juan (cfr. 1 lo 2,18 y 22; 2 lo 4,3). Puede decirse que el pensamiento paulino es que no ha llegado todavía el tiempo de la parusía, porque no se ha manifestado todavía el «hombre impío» ni ha tenido lugar la «gran apostasía». Puede tratarse o de un personaje individual y concreto que aparecerá antes de la parusía y provocará la gran apostasía (así piensan Rigaux, Tillmann, Cerfaux), o puede entenderse de un conjunto o colectividad de fuerzas anticristianas, que al final de los tiempos puede encarnar en un jefe determinado (opinión Bonsirven, Prado-Dorado). Igualmente imposible es determinar la extensión de la apostasía. No es posible que se extienda universal y absolutamente a todo el género humano, ya que la Iglesia no puede perecer (Mt 16,18). Tampoco está profetizado el tiempo que mediará entre la gran apostasía y el final de los tiempos.
En cuanto a la conversión del pueblo judío, cuya predicción parece deducirse con claridad de Rom 11,25-26, baste decir que no puede precisarse la extensión de dicha conversión, ni mucho menos el tiempo que mediará entre ella y el fin del mundo Como juicio final sobre el sentido de estos signos podemos reproducir unas palabras de S. Tomás: «No es fácil saber qué señales serán éstas, pues las consignadas en los evangelios no sólo corresponden, como dice S. Agustín (Epístola 199: PL 33,914), a la venida de Cristo para el juicio, sino también se refieren al tiempo de la destrucción de Jerusalén y a las continuas visitas que Él hace a su Iglesia. De manera que, bien consideradas, no hay ninguna de ellas que se refiera sólo a su última venida, como dice el mismo S. Agustín, pues las señales de los evangelios, como guerras, terrores, etc., han existido desde el principio de la humanidad; a no ser que se diga que entonces se agravarán. Ahora, qué grado de intensidad han de alcanzar para que podamos colegir la proximidad del juicio, eso es cosa incierta» (Sum. Th. Supal. q73 al).
En suma, es imposible precisar que una determinada situación histórica cumpla las profecías de Cristo; es imposible además saber el tiempo que media entre su cumplimiento y el fin, así como es imposible decir si estas señales se han cumplido ya o no. Las señales sobre el fin del mundo tienen como objeto no satisfacer nuestra curiosidad sino «impulsar el corazón de los hombres a someterse al juez venidero» (S. Tomás, ib.); su anuncio constituye una exhortación a la vigilancia.
Conflagración final y renovación del mundo
En las descripciones bíblicas del final del mundo se utilizan con frecuencia imágenes de catástrofes sociales y cósmicas (cfr., p. ej., Is 66,15-16; Mt 24,29; Lc 21-25-26). ¿Cómo han de entenderse estas imágenes? Es evidente que no deben interpretarse al pie de la letra: nada se sabe con certeza ni de su extensión ni de su intensidad. El tema de la conflagración final aparece, por otra parte, en estrecha relación con el del fuego purificador. Así se expresa la 2 Pet 3,7-13: «A su vez, los cielos y la tierra de ahora están guardados por las mismas palabras y reservados para el fuego en el día del juicio y de la destrucción de los hombres impíos… El día del Señor llegará como un ladrón.Entre las Líneas En él los cielos, con un ruido estridente, pasarán; los elementos se desintegrarán en llamas, y la tierra y cuantas cosas hay en ella arderán…Si, Pero: Pero esperamos, según su promesa, nuevos cielos y tierra nueva, en los que habita la justicia». No se trata aquí de un aniquilamiento, sino de una purificación, que da lugar, no a un nuevo ciclo, sino a un mundo totalmente renovado y definitivo. Esta purificación no consiste en una «autocátarsis» proveniente de la misma evolución de la historia, sino que es producida por la voluntad salvífica y juzgadora de Dios (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Finalmente, la purificación se extiende también a los elementos materiales.
Esta trasformación del mundo es enseñada comúnmente por los Padres de la Iglesia. «Llegará la consumación de este mundo y será renovado de nuevo… Pasará este mundo, para que sea levantado más bello… El Señor conmoverá los cielos, no para llevarlos a la nada, sino para levantarlos más bellos» (Cirilo de Jerusalén, Catequesis 15,3: PG 33,871 ss.). «No dijo San Pedro que veremos otros cielos y otra tierra, sino que veremos a los cielos antiguos trasformados en algo mejor» (S. Jerónimo, In Isaiam, 18,65: PL 24,644). «Para los nuevos cuerpos será creada una tierra nueva, es decir, el ser de nuestra tierra será trasformado; pasará a un estado espiritual y después no estará sometida a cambio alguno» (S. Isidoro de Sevilla, De Ordine creaturarum, 11,6: PL 83,943).
A este tema está dedicada la cuestión 74 del Suplemento de la Suma Teológica. Citemos algunas de las razones aducidas para mostrar la conveniencia de esta purificación y renovación del mundo «Como el mundo en cierto modo se hizo para el hombre, conviene que cuando el hombre sea glorificado en el cuerpo, los otros cuerpos del mundo sean también elevados a un estado mejor, a fin de que el lugar sea más apto y el aspecto más agradable». «Si bien una cosa corpórea no puede ser propiamente sujeto de la infección de la culpa, no obstante, a causa de ésta, queda en las cosas corporales corrompidas cierta incongruencia para ser ennoblecidas por las espirituales… Y por eso, una parte del mundo carga con cierta falta de idoneidad, por los pecados de los hombres, al ceder en uso nuestro. Y en esto el mundo precisa de purificación» (ib.) S. Tomás se muestra prudentemente muy sobrio al describir el modo y la intensidad de esta renovación: «la cantidad y el modo de este mejoramiento sólo lo conoce quien será su Autor» (ib.).
La doctrina del fin del mundo en el pensamiento cristiano
Habiendo descrito ya los puntos dogmáticos fundamentales sobre el tema del fin del mundo, intentemos trazar ahora una breve panorámica de los comentarios y explicaciones que sobre esta doctrina se han dado a lo largo de la historia de la teología cristiana.
La mayor parte de la escatología contenida en los escritos de los Padres Apostólicos (véase en esta plataforma: PADRES DE LA IGLESIA) versa sobre el juicio universal y la resurrección de los cuerpos, tema puesto en duda por los gnósticos: cfr. S. Ignacio de Antioquía, Epist. ad Trallianos 9,2; S. Policarpo, Carta 7,12; o el Martyrium Polycarpi, 14,2, donde leemos: «Quien niega la resurrección y el juicio es el primogénito de Satán».Entre las Líneas En relación con esos temas tratan del fin del mundo, subrayando que la hora de la venida del Señor es incierta, y que será precedida por la aparición del Anticristo (Didajé, 16,1-5; Herfas, El Pastor, 4,2,5; 3,6). Hermas, tiende a pensar que el fin del mundo está próximo (Visión 3,8,9), y que la renovación de la creación se producirá por sangre y fuego (Visión 4,1,10; Visión 3,2,2).
En esta época la doctrina del fin del mundo se entrelaza a veces con el tema del milenarismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Así parece insinuarse en el Pseudo-Bernabé, (Epist., 15,4-9: PG 2, 773 ss.), para el que los seis días de la creación representaban seis mil años, pues un día del Señor es como mil años (cfr. Ps 90,4; 2 Pet 3,8); el día séptimo, es decir, en el séptimo milenio aparecerá el Hijo de Dios, quien destruirá el anticristo y juzgará a los pecadores; una vez renovado todo, los justos gozarán con Cristo en esta tierra durante mil años, antes de gozar eternamente en el cielo. A esta línea de pensamiento debe adscribirse Papías, según el testimonio de Ireneo (Adverssus haereses 5,33,3: PG 7,1213-1214) y Eusebio (Historia Eclesiastica 3,39-42).
Los Padres Apologistas prosiguen la lucha contra el gnosticismo, recalcando fundamentalmente la resurrección de la carne, tema al que se dedican varios tratados explícitos. S. Justino (I Apología, 20 y 60: PG 46,357, 420) encuentran predicha la destrucción del mundo, tanto por las Sibilas, como por diversos textos veterotestamentarios (Deut 32,22; Mal 4,1; Is 30,28,30) (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Frente a los estoicos que hablaban de una conflagración final proveniente del curso natural de las cosas y que habría de repetirse cíclicamente, purificando así al mundo que tiende a la impureza, Taciano señala que el fin del mundo no tendrá lugar más que una vez (Adversus Graecos 6: PG 6,817) y S. Justino pone de relieve que esa conflagración ha de ser atribuida directamente a Dios (II Apología 7: PG 6,456).Entre las Líneas En cuanto al estado del mundo tras la purificación por el fuego, S. Justino dice que Dios renovará el cielo y la tierra por Cristo (Diálogo con Trifón, 113: PG 6,737); Atenágoras piensa que en el mundo glorificado no habrá ya seres inanimados ni carentes de razón (De resurrectione, 10: PG 6,992); mientras que Teófilo de Antioquía parece decir que todos los animales volverán a su primitivo estado y serán inofensivos para el hombre en clara relación a Is 11,6, ss. (Ad Autolicum, 2,17: PG 6,1080-1081).
S. Ireneo menciona la consumación universal en el Adversus haereses (2,22,2: PG 7,782), y la encuentra prefigurada en la destrucción de Jerusalén (ib. 4,4; 3,1: PG 7,980-982). El mundo -dice- será destruido en razón de haber sido escenario de la trasgresión del hombre, pero ni su sustancia ni su materia serán aniquiladas(ib. 5,36,1: PG 7,1221-1222). Con S. Ireneo se inicia la comparación del fin del mundo con el diluvio; éste fue de agua; aquél será un diluvio de fuego (ib. 5,29,2; 5,30,4: PG 7,1222). Trasformado el mundo, el estado de los nuevos cielos y la tierra nueva serán apropiados a la nueva humanidad y durarán sin fin (ib. 5,36,1).
Para Tertuliano, el mundo viejo perecerá por el fuego (De spectaculis, 30: PL 1,660); fuego de juicio y castigo, que alcanzará a todos los que han servido al pecado (De Baptismo, 8; Adversus Martionem, 3,24: PL 1,1209; 2,313), pero que renovará también todas las cosas (De anima 55: PL 2,744), siendo el mundo renovado descrito con los mismos rasgos que los tiempos mesiánicos en Is 11,6 (Adversus Hermogenem, 11: PL 2,207). También para Clemente de Alejandría (Stromata 5,1: PG 9,21) y Orígenes (Selecta in Genesim: PG 12,105) el mundo ha de ser renovado mediante el fuego. El fin del mundo y su carácter de conflagración mundial (o global) no son atribuidos como última causa al curso de las estrellas, sino al pecado: «Nosotros no atribuimos el diluvio ni la conflagración a ciclos y periodos de estrellas; para nosotros la causa de estas catástrofes es el torrente de la maldad que lo invade todo y se limpia por un diluvio o una conflagración» (Orígenes, Contra Celsum, 4, 12: PG 12, 1044). El fuego purificará, pero no aniquilará la creación (ib. 3,14-17: PG 12,1201-1205).Entre las Líneas En igual sentido se expresa Metodio de Olimpo: el mundo será purificado por el fuego, pero no será aniquilado (Convivium, 10,4: PG 18,200; De resurrectione, ib., 273).
Durante el s. in, y siguiendo un antiguo alegorismo, los seis días de la creación son interpretados como anuncio de que la historia durará seis mil años, tras los cuales vendría el fin del mundo. De ahí, el empeño por determinar la fecha del origen de la creación (Hipólito, In Danielem, 22-23: PG 10,656-657; Lactancio, Institutiones, 7,14: PL 6,779-784;. Tertuliano, Apologeticum, 32: PL 1,508-509; cfr. J. Luneau, 1’Histoire du salutchez les Péres de l’Eglise. La doctrine des áges du monde, París, 1964).
También para los Padres Capadocios, el fin del mundo consistirá en una renovación de toda la materia (S. Basilio, In Hexaérneron, 1,3: PG 29,9; S. Gregorio de Nacianzo, Oratio XXI: PG, 35,1109; S. Gregorio de Nisa, De hominis oppificio, 23: PG 44,209-212). Para S. Cirilo de Jerusalén, el nuevo mundo será más bello y sin degradación (Catequesis, 5: PG 33,873). Según el Crisóstomo, el mundo renovado estará de acuerdo con las bellezas de los cuerpos resucitados (In Epist. ad Romanos, 5: PG 60,530).Entre las Líneas En igual sentido hablan S. Ambrosio (In Hexa~ron, 1: PL 14,135) y S. Jerónimo (In Mattheum 4,24: PL 26,180-181). El fin del mundo consistirá en una purificación por el fuego, en paralelismo con el diluvio, y será irrepetible (S. Agustín, De Civitate Dei: PL 41, 359).
Puede decirse, pues, que todos los Padres se hacen eco, con mayor o menor extensión, del tema del fin del mundo, y comentan la renovación de la creación como algo que dimana de la misma Revelación.Entre las Líneas En los primeros siglos esta doctrina de fe se mezcla a veces con sueños milenaristas, o degenera en la preocupación de determinar la fecha o época en que esto sucederá. Ambas tendencias desenfocadas, sin embargo, ni fueron generales, ni empañan el común acuerdo que tuvieron en lo esencial.
Los teólogos posteriores sistematizan estos datos cayendo a veces en la tentación de explicarlos a través de datos físicos, sobre todo en la Escolástica.
Aviso
No obstante, lo esencial de la enseñanza patrística es trasmitido en forma inalterable. Es elocuente este pensamiento de Pedro Lombardo: «Cuando venga el Señor, le precederá el fuego con el que se quemará la faz de este mundo; perecerán el cielo y la tierra, no según su sustancia, sino según la especie, que será cambiada». (Sentencias, IV, d47, q4). Sus comentadores o continuadores mantienen las líneas esenciales de este pensamiento: cfr. S. Buenaventura, In IV Sent d47 q3; S. Alberto Magno, In IV Sent., d47; S. Tomás, In IV Sent., d47; y Summa contra Gentes, 4,97; Duns Escoto, In IV Sent., d47 q2.
A partir del s. XVIII, los teólogos abandonan las preocupaciones cósmicas sobre la naturaleza del fuego que purificará el mundo, sobre si en el estado futuro habrá movimiento, etc., para ceñirse más inmediatamente a aquilatar los datos revelados. Así expone la cuestión Tanquerey: «Los Padres y los teólogos concluyen de diversos lugares de la Escritura que después de la conflagración del mundo y del juicio final, la tierra ha de ser renovada (2 Pet 3,13). Es incierto en qué consista esta innovación, y de ella pueden disputar libremente los teólogos» (Synopsis de Teología Dogmática, IV, París 1955, 744). Piolanti escribe: «La Revelación nos enseña que existirá una conflagración universal, de la cual surgirá un mundo juzgado, embellecido e innovado. No es lícito decir más cosas, a no ser siguiendo la analogía de los dogmas y en forma hipotética» (De novissimis et sanctorum communione, Roma 1959).
[rbts name=”religion-cristiana”]
Escatología en Relación a Teología Cristiana
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1]
La vida sacramental iluminada por la escatología
La vida sacramental de la Iglesia se entiende en toda su maravillosa fecundidad cuando la contemplamos como algo que ya es, pero que debe plenificarse en el Reino de Dios. Así es posible afirmar «que no hay Cristología inteligible sin novísimos; ni teología sacramentaria sin postrimerías». Los Sacramentos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) contemplados desde el futuro absoluto, son para llevarnos al cielo, por el amor redentor de Dios que nos santifica, utilizando la materia de este mundo, trabajada por el hombre, que así participa del amor creador de Dios. El presente y el futuro de los Sacramentos queda patente en su funcionalidad santificadora; ya que a la pregunta, ¿de cuántas maneras los Sacramentos significan nuestra santidad, que al propio tiempo producen?, S. Tomás afirma que tendrán que significar tres cosas, pues son tres las santificadoras. Una es la Pasión del Señor, que es la causa eficaz de nuestra santificación; otra es la Gracia, que es la causa formal de nuestra santificación, significada y causada por ellos, y, finalmente, en los Sacramentos se significa la Gloria que es la causa final de nuestra santidad (cfr. Sum. Th. 3 q60 a3). O sea que los Sacramentos son signos de las postrimerías. Es la escatología la que dirige la acción sacramental de la Iglesia, ya que por la vida sacramental se incoa la bienaventuranza.
El sacerdocio jerárquico a la luz de la escatología
La luz que la escatología proyecta en el sacerdocio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) ministerial, conferido por el sacramento del Orden (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), aclara su constitución y da mayor fuerza a las exigencias ministeriales que de él se derivan. Al contemplar desde el futuro absoluto la necesidad del Orden sacerdotal y del ejercicio de su ministerio vemos que «el Pueblo que eligió y compró con su sangre debiera tener sus sacerdotes siempre y hasta el fin del mundo para que los cristianos no fueran nunca como ovejas sin pastor» (Decr. Presbyterorum Ordinis, 11), y que, además, – «cuando los presbíteros predican la Palabra, cuando ofrecen el Sacrificio eucarístico y administran los demás Sacramentos o cuando ejercen otros ministerios en bien de los hombres. podemos afirmar que, todas estas cosas que manan de la Pascua de Cristo, se consumarán en la gloriosa venida del Señor, cuando El entregue el Reino a su Dios y Padre» (ib. 2).Entre las Líneas En estos textos, junto a la permanencia del Orden sacerdotal, se insinúa la temporalidad del ejercicio de su ministerio, que no será necesario pues estará, en cuanto tal ejercicio, ya consumado cuando Él entregue su Reino a su Dios y Padre.
También bajo esta perspectiva escatológica, puede contemplarse el celibato sacerdotal y su importancia, ya que «con ello evocan aquel misterioso matrimonio establecido por Dios y que se manifestará plenamente en el futuro, en virtud del cual la Iglesia tiene a Cristo como único Esposo. Se convierten además en signo vivo de aquel mundo futuro, presente ya por la fe y el amor, donde los hijos de la resurrección no tomarán ni maridos ni esposas» (ib. 16). Los sacerdotes testifican así su amor a la Iglesia y la realidad de la trascendencia escatológica de esta Iglesia.
La luz de la escatología aplicada a la Eucaristía permite aclarar algunos matices de su realidad y de su administración. La Eucaristía (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) como realidad presente del Cuerpo y Sangre de Cristo es alimento de la Iglesia peregrina hacia su consumación. «El Señor ha dejado a los suyos la prenda de esta esperanza y el alimento para el camino en ese sacramento de la fe» (Const. Gaudium et spes, 38). Así, pues, cuando «celebramos la Sagrada Eucaristía, el Sacrificio Sacramental del Cuerpo y de la Sangre del Señor. podemos afirmar que: comulgar el Cuerpo y la Sangre del Señor viene a ser, en cierto sentido, como desligarnos de nuestras ataduras de tierra y de tiempo, para estar ya con Dios en el Cielo, donde Cristo mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y donde no habrá muerte, ni llanto, ni gritos de fatiga, porque el mundo viejo ya habrá terminado (Apc 21,4)» (J. Escrivá de Balaguer, Amar al mundo., en Conversaciones, 113).
Pero esta visión escatológica de la Eucaristía nos señala también el límite histórico de su confección y administración. Como advierte el Magisterio de la Iglesia, este «sacrificio que, por las manos de los presbíteros, en nombre de toda la Iglesia es ofrecido incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía hasta que venga el Señor» (Decr. Presbyterorum Ordinis, 2). Consecuencia, además, que es paralela a la no funcionalidad del ministerio jerárquico en la vida eterna.
La escatología en la misión apostólica de la Iglesia
La íntima conexión entre la obra salvadora de Cristo y la misión apostólica de la Iglesia se ve con especial nitidez al contemplarla a la luz de la escatología Ya que en definitiva «la Iglesia. recibió la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios y de establecerlo entre todos los pueblos, constituyendo el germen y el comienzo de ese Reino sobre la tierra. Entretanto, mientras va creciendo poco a poco, ansía llegar al acabamiento del Reino y con todas sus fuerzas espera y aspira a unirse con su Rey en la gloria» (Const. Lumen gentium, 5). Este otro texto del Decr. Ad gentes, 9), es altamente esclarecedor: «La actividad misionera no es, ni más ni menos, que la manifestación, o Epifanía del designio de Dios y su cumplimiento en el mundo y en su historia; en esta historia humana Dios, por la misión, realiza de modo manifiesto la historia de la salvación.
Una Conclusión
Por consiguiente, todo lo bueno que hay sembrado en el corazón y en la mente de los hombres, en los ritos, y en las culturas propias de los pueblos, no sólo no perece, sino que se salva, se eleva y se consuma para gloria de Dios. De este modo, la actividad misionera tiende hacia la plenitud escatológica: por ella, hasta llegar a la medida y tiempo que el Padre fijó en su poder, se extiende al Pueblo de Dios (véase en esta plataforma la información sobre la Iglesia).
La obra redentora de Cristo, que la Iglesia con su actividad misionera manifiesta a los hombres, se verá totalmente realizada en la plenitud de los tiempos. La historia de los hombres la veremos como una auténtica Historia Sagrada. O sea, que la misión apostólica de la Iglesia adquiere todo su valor ante el hecho de la consumación final, que ella por su apostolado va haciendo presente.
El testimonio escatológico de la vida religiosa. Un testimonio del carácter escatológico de la Iglesia es la vida religiosa, que por su apartamiento del mundo, su contemptus mundi, cumple la función de testimoniar la vida nueva y eterna conquistada por la redención de Cristo y prefigurar la futura resurrección y la gloria del reino celestial (cfr. Const. Lumen gentium, 44; v. RELIGIOSOS I).
La Comunión de los Santos es una manifestación de la escatología. La Comunión de los Santos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) es una realidad escatológica, presente en la historia. Por ella se une el tiempo con la eternidad, pues: «mientras que el Señor no venga con su majestad y todos los ángeles con El (cfr. Mt 25,31), y, una vez destruida la muerte, todas las cosas le sean sometidas (cfr. 1 Cor 15,26-27), unos de sus discípulos están peregrinando en la tierra, otros se están ,purificando después de haber acabado esta vida, y otros gozan de la gloria.Si, Pero: Pero todos, aunque en un grado y de una manera diferentes. constituyen una sola Iglesia, y unidos mutuamente forman una sola cosa en El (cfr. Eph 4,16). La unión de los caminantes con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo no se interrumpe en absoluto, es más, según la constante fe de la Iglesia se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales» (Const. Lumen gentium, 49).
Amor a las realidades temporales y devenir escatológico
La significación escatológica de la Iglesia puede, sin embargo, ser malentendida: «lo ha sido siempre que se ha querido presentar la existencia cristiana como algo solamente espiritual, o mejor espiritualista, propio de gentes puras, extraordinarias, que no se mezclan con las cosas despreciables de este mundo o, a lo más, que las toleran como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu, mientras vivimos aquí. Cuando se ven las cosas de este modo, el templo se convierte en el lugar por antonomasia de la vida cristiana, y ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado, que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino. La doctrina del cristianismo, la vida de la gracia, parecerían así ir como rozando el ajetreado avanzar de la historia humana, pero sin encontrarse con él».
Por el contrario, una visión correcta de la historia, ha de llevar a poner por obra -a diario, no sólo en situaciones de emergencia- los propios derechos, y a cumplir noblemente las obligaciones ciudadanas -en la vida política, económica, universitaria y profesional-, asumiendo con valentía todas las consecuencias de las decisiones personales y libres. Esta mentalidad permitirá al cristiano huir de toda intolerancia, de todo fanatismo, le hará convivir en paz con sus conciudadanos, y fomentar también la convivencia en los diversos órdenes de la vida social (cfr. J. Escrivá de Balaguer, Conversaciones, 117).
Lo que la visión escatológica trae consigo no es una falta de aprecio al mundo (véase en esta plataforma: MUNDO IV, A), sino el conocimiento de su ordenación a la consumación final, es decir: de una parte, la conciencia de que ninguna realización intrahistórica es la consumación del futuro del hombre; y, de otra, la conciencia de la limitación de las opciones humanas y de la consiguiente necesidad de respetar la pluralidad de pareceres. La Iglesia es depositaria de un mensaje radical que ilumina toda la vida, pero no posee la solución técnica de todos los problemas. Por ello no se debe creer que los «pastores han de estar siempre tan preparados que puedan tener a mano una solución concreta en todas las cuestiones que vayan surgiendo, incluso graves; ni crean que sea ésta su misión. Son más bien los cristianos mismos quienes deben asumirla como tarea propia, iluminados por la sabiduría cristiana y atentos fielmente a la enseñanza del Magisterio.
Una Conclusión
Por todo ello, con frecuencia, la misma visión cristiana de las cosas los inclinará hacia una determinada solución, según las circunstancias. Y habrá otros fieles que guiados por no menor sinceridad, como ocurre con frecuencia y legítimamente, juzgarán de modo diferente acerca de un mismo asunto. Y si las soluciones propuestas por una y otra parte, aunque no sea ésta la intención de sus partidarios, muchos las vinculan fácilmente con el mensaje evangélico, conviene recordar que a nadie le es lícito en tales casos reclamar para sí en exclusiva a favor de su opinión la autoridad de la Iglesia» (Gaudium et spes, 43).
Existencia cristiana y esperanza escatológica
«La esperanza de una tierra nueva no debe atenuar, sino más bien estimular el empeño por cultivar esta tierra donde nace ese cuerpo de la nueva familia humana que ya ofrece un cierto esbozo del mundo nuevo. Y aunque es evidente que hay que distinguir con cuidado el progreso terreno del desarrollo del Reino de Cristo, el progreso terreno, en cuanto que puede ayudar a organizar mejor la sociedad humana, es de gran importancia para el Reino de Dios» (Gaudium et spes, 39). O sea que, «la esperanza escatológica no disminuye la importancia de las tareas terrenas», sino que por el contrario, es la vida ordinaria el verdadero lugar de la existencia cristiana. Los laicos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) no sólo están obligados a empapar el mundo de espíritu cristiano, sino que están llamados a ser testigos de Cristo, en todas partes, en todas las circunstancias en el centro de la sociedad humana.Si, Pero: Pero no es sólo un vago sentimiento del futuro el que fundamenta la acción del cristiano, sino un auténtico esfuerzo por dejar su huella en la realidad social, informando sus obras con la ley de Cristo.
Es evidente que, aunque los cristianos están llamados a la esperanza de la nueva tierra y del nuevo cielo, Dios quiere a la gran mayoría en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: «Allí donde están sus hermanos los hombres, allí es donde están sus aspiraciones, su trabajo, su amor. Allí está el sitio de su encuentro cotidiano con Cristo. Es en medio de las cosas más materiales de la tierra donde deben santificarse sirviendo a Dios y a todos los hombres. Esta realidad cristocéntrica ha de llevarles a realizar el trabajo con perfección y a poner amor en las cosas pequeñas de la jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encuentra. Cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. A Dios hay que servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia, y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios espera cada día. Los cristianos saben que hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes que toca a cada uno de ellos descubrir» (J. Escrivá de Balaguer, o. c., 113-114).
Este vivir en sociedad con los hombres, a través del hecho universal del trabajo, es la materia de la consumación final; ya que el trabajo, por ser común a todos los hombres, lleva a hacer presente, a iniciar en la sociedad histórica, la gozosa realidad de una sociedad que será plena en el más allá.
El carácter inmanente de la Iglesia y de la escatología
La escatología da sentido a la historia. Junto a la libertad personal, en el ámbito multiforme secular, y en muchos aspectos de la vida cristiana, fundamentada en que la Iglesia tiene un fin salvador y escatológico, es la Iglesia la que informa y da sentido a la Historia. Ella ya está presente aquí en la tierra, y compuesta de hombres, es decir, de miembros de la ciudad terrestre, que han sido llamados para que ya desde ahora en la historia del género humano vayan formando la familia de Dios, que ha de ir aumentando cada vez más hasta la venida del Señor. O sea, que la Iglesia está presente al mundo (cosmos) y a la historia de los hombres (véase en esta plataforma: IGLESIA IV, 4), de tal manera que camina al compás de toda la humanidad y se ve afectada por las incidencias de la historia humana. De otra parte, y aunque su fin trasciende a la historia y viene a anunciar al hombre que su destino trasciende este mundo, influye de hecho en él, ya que no sólo comunica al hombre la vida divina, sino que también proyecta, en cierto modo, el reflejo de su luz sobre el mundo entero, principalmente porque sana y eleva la dignidad de la persona humana, porque robustece la trabazón de la sociedad y porque impregna la actividad cotidiana de los hombres con un sentido y un significado más profundos, es como el fermento, como el alma de la sociedad humana que se ha de renovar en Cristo y se ha de transformar en familia de Dios (cfr. Gaudium et spes, 40). Por esta razón «el auténtico sentido cristiano -que profesa la resurrección de toda carne- se ha enfrentado siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu» (J. Escrivá de Balaguer, o. c., 115).
Digamos por eso claramente y con toda fuerza que si al mundo se le busca un sentido en sí mismo, no se lo encontrará, porque no lo tiene; porque no es inteligible un simple proceso evolutivo ciego, fatalmente dirigido a su fin. El evolucionismo en la historia humana, como negador de la libertad, no explica nada y encierra al hombre en los estrechos límites de su ciclo vital (véase en esta plataforma: EVOLUCIÓN IV y V). El abismo entre historia y evolución es insoslayable. Los cálculos estadísticos pueden predecir la futura evolución de la humanidad; pero nunca podrán determinar las variables que dependen de la libertad y decisión humanas, y mucho menos las que dependen de la absolutamente gratuita liberalidad de Dios. Todas ellas son no meros acaeceres naturales, sino acontecimientos propiamente históricos en cuanto que en ellos está en juego la libertad. [rtbs name=”libertad”] Más aún, la escatología no es la simple culminación del progreso: en el hombre y el mundo opera Dios introduciendo una vida que va más allá de toda la historia, y que ya hoy y ahora trasciende toda otra realidad. Y ello trastoca los juicios meramente humanos. Basta con mirar a nuestro alrededor y considerar el transcurso de la historia de la humanidad para observar progresos y avances. La ciencia ha dado al hombre una mayor conciencia de su poder. La técnica domina la naturaleza en mayor grado que en épocas pasadas, y permite que la humanidad sueñe con llegar a un más alto nivel de cultura, de vida material, de unidad, pero se debe matizar ese cuadro, recordando que los hombres padecen ahora injusticias y prisiones, y recordando que, en el orden religioso, el hombre sigue siendo hombre, y Dios sigue siendo Dios.Entre las Líneas En este campo la cumbre de progreso se ha dado ya: en Cristo, alfa y omega, principio y fin (Apc 21,6) (cfr. J. Escrivá de Balaguer).
Los diversos sistemas evolucionistas están relacionados con la fe del cristiano en la existencia del más allá. Hay puntos de contacto; de tal manera que la escatología es considerada por algunos como sinónimo de evolución.Si, Pero: Pero hay diferencias radicales; la escatología cristiana, tomando como punto de partida la realidad histórica en la que viven los cristianos, se dirige hacia un futuro trascendente, que está fuera de este mundo actual. La realidad se entronca directamente con la plenitud que es Cristo. Por eso los cristianos se abren a un futuro lleno de esperanza porque saben que la restauración prometida, que comenzó en Cristo, se continúa en la Iglesia, en la que se les instruye por la fe (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), incluso acerca del sentido de la vida temporal, mientras llevan a cabo la tarea que el Padre les ha confiado en el mundo con la esperanza puesta en los bienes futuros.
En conclusión, podemos decir que el cristiano no espera la plenitud del desarrollo de fuerzas inmanentes a la naturaleza, ni del despliegue de su sola libertad, sino de la gracia y del don divinos.Si, Pero: Pero ello no le aparta del mundo, sino que ve en él el ámbito y la materia de la realización de su destino. Camina esperanzadamente hacia la resurrección y los nuevos cielos y la nueva tierra, seguro de que jamás se perderá una brizna de lo que en lo terreno-histórico es bueno: bueno, justo, verdadero, bello, logrado y saludable (cfr. Pieper, Esperanza., 107; V. HISTORIA IV).
La concepción del hombre a la luz de la escatología
Si es el carácter escatológico de la historia humana lo que le da su verdadera dimensión y su sentido auténtico, lo mismo podemos afirmar en el plano individual, puesto que la vida divina, en cuanto poseÍDa por nosotros aquí en la tierra, es semilla de vida eterna. Es lógico que, como consecuencia ascética, afirmemos que los cristianos son del mundo, pero no mundanos.
Además, será precisamente el hecho ineludible de los novísimos lo que dará profundidad al ser del hombre, ya que es la permanente conciencia de nuestra escatología la que «infunde dirección y vigor a nuestra marcha, peregrina en el tiempo» (Paulo VI, ib.). O sea que, el reconocer a Dios no se opone de ningún modo a la dignidad del hombre, ya que éste se perfecciona, precisamente en Dios, pues el hombre es constituido inteligente y libre en la sociedad de Dios Creador; y, más aún, está llamado como hijo a la comunión con Dios y a participar de su misma felicidad.
Observación
Además de que por la esperanza en el más allá no sólo no se disminuye, como hemos señalado, la importancia de los quehaceres terrestres, sino que más bien se refuerza su cumplimiento con nuevos motivos.
Pormenores
Por el contrario, al faltar el fundamento divino y la esperanza de la vida eterna, la dignidad del hombre se daña seriamente como se ve hoy con frecuencia; puesto que los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, siguen sin solución, de modo que, a menudo, los hombres caen en la desesperación. Tampoco se puede olvidar que, mientras tanto, todo hombre sigue siendo para sí mismo un problema irresuelto, confusamente vislumbrado y que nadie puede dejar de preguntarse sobre el «más allá» en determinados acontecimientos de la vida. Y a esta cuestión sólo Dios, que llama al hombre a más altos pensamientos y a una búsqueda más humilde, puede responder plenamente y con toda certeza (cfr. Gaudium et spes, 21).
El objetivo del cristiano no queda señalado por un deseo puramente humano. Dios ha manifestado por Revelación que Él es nuestro fin. Mediante Cristo, dio de un modo real a los hombres y al mundo el fin, el camino y el medio para su consecución. Y aunque el cristiano puede y debe fomentar todos los esfuerzos naturales en orden a mejorar la naturaleza, pues sabe que Dios dio como talento natural al hombre ese esforzarse, nunca podrá ver en la realización de las aptitudes naturales el fin último del hombre. Reconoce que, mediante Cristo. Dios Uno y Trino se ha hecho presente entre los hombres y los invita a la comunicación con Él.Si, Pero: Pero sabe a la vez e inseparablemente que esa consumación y esa bienaventuranza que anuncia la fe y hacia las que se exalta su esperanza no son el simple desarrolla) de un germen ¡niplícito en la naturaleza, sino el derramamiento de un don de gracia que no nos era debido. Todo lo cual puede expresarse glosando la estrecha relación entre Cristo y sus miembros, entre la Cabeza y el cuerpo, entre el Esposo y la Iglesia, y en ella, con cada uno de sus miembros. Y así, ya que Cristo había de ser revestido, también en su humanidad, con una gloria celestial, divina, tomada del seno de la divinidad, semejante gloria, absolutamente sobrenatural, han de tener también aquellos que en Él y mediante Él son admitidos en el seno de Dios, lo que a su vez implica que como la gloria de la humanidad de Cristo, gloria a la que estaba llamado por virtud de la unión hipostática, no podía ser natural, tampoco puede ser natural la gloria de sus miembros (cfr. M. l. Scheeben, o. c. en bibl. 695-700).
La escatología de los individuos en el marco de la escatología de la Redención
La Redención hecha
No es, pues, la sabiduría de la criatura investigando el ser y el destino natural de la misma la que puede dar a conocer al hombre el fin a que ha de ser conducido conforme al designio de Dios, sino Dios que con su «Sabiduría», gobierna el mundo y desarrolla en él un plan providencial para la humanidad (véase en esta plataforma: PROVIDENCIA III). Este plan se hace lógico y operante en Cristo y por Él en la Iglesia. De tal manera que Cristo, a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, actúa ya en el corazón de los hombres por la fuerza de su Espíritu, no sólo despertando el deseo de la vida futura, sino también, y por ese mismo deseo, estimulando, purificando y robusteciendo las aspiraciones generosas por las que el hombre se esfuerza por vivir según el espíritu y la voluntad de Cristo. El destino del hombre queda definitivamente marcado cuando el Verbo de Dios se hizo carne y habitó en la tierra de los hombres. Siendo perfecto hombre, entró en la historia del mundo, asumiéndole en sí y en sí resumiéndola. No es, pues, la figura de Cristo algo extrínseco a los hombres, sino que con su Encarnación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) se hace realidad entre ellos a fin de que transformados por su realidad haga posible el hecho de la Redención en el mundo.
La Redención aplicada
Pero no sólo Cristo se hace presente a los individuos sino que enseña el modo de realizar esta presencia, pues es el mismo Cristo quien revela que Dios es Amor (1 lo 4,8), y al mismo tiempo enseña que la ley fundamental de la conducta humana, y, por tanto, de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor (véase en esta plataforma: CARIDAD). A aquellos que aman a Dios, les da la certeza de que ha quedado abierto a la vez el camino del amor a todos los hombres y que no es un vano intento el esfuerzo en pro de la instauración de la fraternidad universal. Al mismo tiempo, les advierte que este amor no hay que hacerlo solamente en las cosas grandes, sino, y principalmente, en las circunstancias ordinarias de la vida (cfr. Gaudium et spes, 38). De tal manera Cristo vive en el cristiano, que la fe dice al hombre en estado de gracia que está endiosado; sigue siendo hombre, ser limitado, radicalmente distinto de Dios, más aún, todavía afectado por el pecado, capaz de deserciones y caídas.Si, Pero: Pero se sabe llamado a la intimidad con Dios y hecho partícipe ya ahora de la gracia que redunda en todo el hombre como un anticipo de la Resurrección gloriosa. Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha venido a ser como las primicias de los difuntos que, así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados (1 Cor 15, 20-21). Este endiosamiento es lo propio de la aplicación de la Redención, ya que el trato de Jesús con los hombres no es un trato que se queda en meras palabras o en actitudes superficiales. Jesús toma en serio al hombre, y quiere darle a conocer el sentido divino de su vida. Jesús sabe exigir, colocar a los hombres frente a sus deberes, sacar, a quienes le escuchan, de la comodidad, del conformismo, para llevarles a conocer al Dios tres veces Santo. El cristiano se advierte llamado a un trato íntimo y personal con Dios en la oración y en la liturgia (y de modo especial en la Eucaristía), y a la vez se reconoce dotado de una misión específica que le incita a dar a conocer a todos los demás hombres, sus hermanos, esa vocación divina, y a realizar todas sus acciones de manera que contribuya a ir realizando el «instaurare omnia in Christo» de que habla San Pablo (Eph 1,10).
La Redención consumada
Pero, además, el carácter de «futuro» que presenta la Iglesia con la historia y el cosmos, lleva al cristiano a tener muy presente el carácter transitorio de estas realidades y lleno de esperanza reconoce como destino el Reino de Dios, que Dios mismo inició en la tierra y que se ha de desarrollar posteriormente, hasta que al final de los tiempos reciba de Él su consumación, cuando Cristo, nuestra vida, aparezca (cfr. Col 3,4; cfr. Lumen gentium, 9). Por ello, el cristiano no pone sus esperanzas en un inmanentismo agobiante, aunque sabe que debe desarrollar una labor intramundana.
Una Conclusión
En definitiva, el cristiano está convencido de que la frontera de la muerte entre el aquí y el allá está atravesada en cierto modo por un acontecimiento que se inicia en el suceso teológico de la Encarnación (cfr. Scheeben, o. c. en bibl., 108); y recuerda que mientras es «peregrino en la tierra sigue las huellas de Cristo en la tribulación y en la persecución, asociándose a sus sufrimientos como el cuerpo se asocia a la cabeza sufriendo con El para ser con É1 glorificado» (Lumen gentium, 7). Y a esta glorificación es a la que llamamos la Redención consumada.
La consumación escatológica de la Gracia es el «lumen gloriae». También el hombre individual como ser elevado al orden sobrenatural tiene su plenitud en el futuro escatológico, pues por medio de la gracia, el Espíritu Santo, realiza en él una primicia de la vida de la gloria que tendrá en el cielo (cfr. Eph 3,5-8). La luz de la gracia, lumen gratiae, que hace a las almas deiformes es el germen de la luz de la gloria, lumen gloriae, por la que contemplárán y participarán de la vida íntima de Dios (cfr. 1 Cor 13,12; v. GRACIA SOBRENATURAL). O sea, que la luz de la gracia, el lumen gratiae es la aurora de la luz de la gloria, del lumen gloriae, en la cual Dios revelará en los hombres su propia gloria (cfr. Scheeben, o. c., 698).
La escatología del hombre como ser de la tierra
No sólo los elementos espirituales y sobrenaturales que el hombre viator posee, llegan a su plenitud en la escatología, sino que también el hombre hecho de barro, el hombre en su corporalidad, es glorificado en el más allá. La razón es porque también el cuerpo es asumido en el Cuerpo místico (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) de Cristo, y, como su propio cuerpo, es consagrado y santificado mediante su persona. Es decir, que las expresiones de fe católica en la resurrección de los muertos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y en que las almas se unirán con sus cuerpos, realzan la dignidad del cuerpo humano y, con él, de toda la creación material. El hombre incluso como ser material se hace apto para la Redención y la Vida sobrenatural, reafirmando así las realidades fundamentales de una verdadera antropología que contempla al hombre entero (véase en esta plataforma: HOMBRE III). Antropología del hombre integral lejana, por una parte, «de la secularización que hace al hombre perder la conciencia del tremendo riesgo sobre su destino futuro, y mientras que, por otra parte, rehúye el recurso fácil de actitudes carismáticas y proféticas que da a muchos el ambicioso vértigo de una propia suficiencia al sentenciar sobre las exigencias rigurosas de la vida cristiana y sobre los destinos humanos» (Paulo VI, ib.).
Resumen final
La escatología nos habla de los misterios finales de la vida del hombre y de la vida del mundo. 1. La doctrina sobre los novísimos es parte importante del depósito revelado y por ello no puede prescindir de ella la teología.
2. Hay una escatología general o colectiva que trata del fin del mundo, del juicio Final y de los nuevos cielos, de la nueva tierra (Apc 21,1), que seguirán al cosmos actual (cfr. 2 Pet 3,12-13).
3. Y otra escatología personal propia de cada uno de los hombres. Ella trata de la muerte, del juicio particular, de la Resurrección, de la gloria y del infierno. Así como del purgatorio y del limbo.
4. Sin la luz que proporciona la escatología, la economía actual no tendría suficiente explicación. La Encarnación, la Redención, la Iglesia, los Sacramentos, la santificación de los redimidos, tienen un final escatológico, pues se consuman definitivamente en el hombre que llega al cielo y participa de la felicidad de Dios.
5. La consideración de la muerte, juicio, infierno, gloria, es un factor importante para llevar una vida cristiana consecuente, que contribuye a la perfección humana de este mundo y es un estímulo individual para hacer el bien y evitar el mal.
V. t.: REINO DE DIOS; SALVACIÓN III; ESPERANZA; MÉRITO; PREMIO Y CASTIGO; HISTORIA VI. Para la escatología individual, v. t.: MUERTE; JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL; CIELO III; PURGATORIO; INFIERNO III; LIMBO. Para la escatología colectiva, v. t.: PARUSÍA; MUNDO III, 2; RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS; JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL. [rbts name=”teologia”]
Escatología en Relación a Teología
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1]
1. Noción de escatología y su lugar teológico. El hombre y el mundo creados por Dios, deben volver a Dios, fin último. Esta consumación del hombre y el mundo se llama escatología, palabra derivada del término griego escaros que quiere decir último. Así, pues, la escatología será la ciencia de las cosas últimas. Al tratado teológico que estudia la consumación se le conoce con el nombre de novissimus (superlativo de novus=lo último y postrero de las cosas).
La escatología se refiere a lo que ocurrirá más allá de este mundo, cuando haya finalizado para siempre todo lo actual.
La escatología y su formulación en la Revelación. Si a todo lo oculto puede llamarse misterio, el destino futuro del hombre y del mundo en el que se desarrolla su actitividad, también puede recibir el nombre de misterioso. Es patente que la visión del más allá reviste una gran importancia para todo orden de cosas. Las respuestas a preguntas tan capitales acerca del futuro del hombre y de la humanidad, como: ¿Existe un más allá? ¿Cómo será? ¿Nuestra vida termina aquí sobre la tierra, o continúa, en cierto modo, y cómo, en Otro mundo?, etc., están unidas a las diversas concepciones teológicas de la realidad, que toda exposición del tema tiene condicionada ya de antemano. Se tratará de saber si hay una información profética fidedigna sobre el futuro del hombre. De no haberla, es imposible dar una explicación de la marcha progresiva de la historia humana ni del fin de la misma (cfr. J. Pieper, Esperanza e historia, o. c. en bibl. 98).
La Revelación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) habla de estos acontecimientos; enseña grandes verdades sobre ellos, utilizando un lenguaje que no siempre es propio, en el que abunda la figura y la metáfora. Así, p. ej., las profecías del Apocalipsis, se expresan en lenguaje figurado de no fácil interpretación. Pero, aunque el lenguaje es misterioso, las verdades son firmes. Los textos de Nuevo Testamento (véase en esta plataforma: II) y, en concreto, los grandes discursos del Señor sobre el Reino de Dios (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), dan testimonio de su consumación, con la segunda venida de Jesús (véase en esta plataforma: PARUSÍA) y de la resurrección y rendición de cuentas, y del valor que para la existencia cristiana tiene el recuerdo de todo esto. Para San Pablo los novísimos no sólo constituyen el remate de la existencia humana, sino más aun toda la vida cristiana, también la presente, se ha de considerar bajo la luz escatológica; es la tensión entre la Redención realizazada y la salvación no consumada.
Formulación del Magisterio. El Magisterio de la Iglesia ha sido especialmente solícito en la exposición de los novísimos; la escatología aparece en muchos pasajes de los diversos Concilios y domina toda la concepción de la vida cristiana, de la historia, del tiempo, de los destinos humanos más allá de la muerte (las que el catecismo y la predicación llaman los novísimos, es decir, muerte, juicio, infierno, paraíso) y, especialmente, domina la concepción del designio divino sobre la humanidad, sobre el mundo, sobre el epílogo final, glorioso, eterno, de la misión de Cristo. Entre estos significativos documentos del Magisterio, señalamos especialmente la Const. «Benedictus Deus» (1336) de Benedicto XII (Denz.Sch. 10001002), y la solemne Profesión de Fe pronunciada por el Papa el día 30 jun. 1968 al clausurarse el año llamado de la Fe y el XIX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo.
Su lugar teológico. La escatología no es un tratado añadido al final de la Teología dogmática (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Ya la obra de la Creación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) se orienta hacia un último fin. Cualquier hecho de la historia humana adquiere significación en el contexto de la escatología. Ella da su sentido profundo, sobrenatural, a la historia de lo creado. Sólo la escatología es capaz de «dar una explicación» válida a la historia de la humanidad. Pero, además, la historia de la creación, se convierte por la elevación del hombre al estado sobrenatural, en historia de la salvación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Y, entonces, todo adquiere su plenitud en cuanto participa de este plan salvífico de Dios, todo es historia de la salvación. Dios, en virtud de su eterno plan salvífico, pretende la consumación absoluta en Jesucristo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) Redentor, meta a la que tiende a realizarse el futuro absoluto de la Creación. Todo está encaminándose hacia esta meta, que se alcanzará en el futuro. Por este motivo, cualquier acontecimiento puede examinarse bajo su aspecto escatológico, y su estudio no es, pues, un simple apéndice de la Teología. La escatología domina con su luz y proyecta hacia adelante toda nuestra ciencia de Dios, toda la Teología.
No puede ser de otra manera esta estrecha relación entre la Teología y la escatología. Aquélla es la ciencia de Dios, cuyo conocimiento nos viene dado por la Revelación.Si, Pero: Pero Dios se reveló para constituirse en vida para nosotros a través de Cristo. «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo» (lo 17,3).Si, Pero: Pero esta vida nos la da Cristo por medio de la Gracia (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), ganada por la muerte redentora en la Cruz y, en este sentido la escatología no es otra cosa que la fase final de plenitud de la obra redentora. O sea, que la Revelación, la Cristología (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), la Soteriología (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), la Gracia, tienen una constante tensión hacia la escatología, todo lo culmina ella.
2. Breve esquema de los novísimos. a. La escatología colectiva. Para la humanidad, para todos los hombres como humanidad, para el mundo creado hay una escatología y una plenitud de vida. Esto sucederá al fin del mundo. También lá humanidad tiene sus postrimerías, su juicio final, su salvación o condena colectivas, sus nuevos cielos y sus nuevas tierras.
Signos de la escatología: Parusía. La Parusía (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) o segunda automanifestación de Jesucristo vendrá precedida por unos signos, de los cuales nos habla la Sagrada Escritura y entre ellos menciona la proclamación del Evangelio en todo el mundo, la conversión del pueblo judío a Cristo, las tribulaciones de la Iglesia, la aparición del anticristo y el caos de la Creación. Estos signos previos del fin de los tiempos se han de interpretar en el amplio contexto de la Historia humana. Para ésta, el fin de los tiempos es algo decisivo. No es pensable que terminará sin más, con el triunfo de lo verdadero y de lo bueno, ni con la victoria de la razón, de la justicia, sino con algo que apenas se diferencie quizá de la catástrofe. Y es muy pensable que no puede tratarse exclusivamente de una catástrofe cósmica, sino que ésta sobrevendrá como si se hubiera agotado el hilo conductor de la historia de los hombres; sobrevendrá como algo parecido a una inmensa potenciación del poder, como un pseudoorden, algo así como una tiranía mundana del mal ya que el anticristo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) es entendible como el poder profano más fuerte de la historia. Pero, a pesar de esta negatividad de la «catástrofe» final, la profecía apocalíptica dice que la escatología colectiva se consumará en un feliz final que suple infinitamente a toda esperanza; el triunfo sobre el mal, la derrota de la muerte, el beber de las fuentes de la vida, el cese de todas las lágrimas, la vida de Dios entre los hombres, un nuevo cielo y una nueva tierra (cfr. Pieper, Esperanza., 98-100; v (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). FIN DEL MUNDO).
La Resurrección de los muertos. Al afirmar que las almas se unirán a sus cuerpos, en el dogma de la Resurrección, se asegura la identidad numérica de los cuerpos. O sea que, en la Resurrección, no se pierde la personalidad, más aún, los cuerpos serán los mismos, pero revestidos de gloria y esplendor (cfr. 1 Cor 5,35-44). Los cuerpos tendrán características diferentes, pero seguirán siendo cuerpos (véase en esta plataforma: RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS).
Juicio Universal.Entre las Líneas En él Cristo se manifestará para siempre como cabeza de la Iglesia, primogénito de toda la creación, y entregará el Reino al Padre (véase en esta plataforma: JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL).
b. La escatología individual. Hay también una escatología individual y una plenitud de vida para cada hombre singular al fin de sus días. Cada uno tiene sus postrimerías, su muerte (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), su juicio y su sanción. La solemne Profesión de Fe de Paulo VI, habla de la Iglesia celeste, constituida por las almas que están con Jesús y María, gozan de la bienaventuranza eterna y ven a Dios como Él es. Esencialmente la bienaventuranza consiste en la visión de Dios intuitiva, inmediata, y de todas las cosas de Dios, y en la alegría, gozo, que sigue a esta visión. El cielo será para nosotros la perfecta vida de unión con Cristo, ya desvelada, sin impedimento alguno para la identificación total (véase en esta plataforma: CIELO).
Para los que no necesitan de la purificación (véase en esta plataforma: PURGATORIO), las almas en seguida que se separan del cuerpo, ven a Dios.
Para gozar de esta visión, la naturaleza humana no tiene título alguno. Dios, en su infinita bondad, ha ordenado al hombre a un fin sobrenatural, para que participe de los bienes divinos que sobrepasan totalmente la mente humana, «pues ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado a los que le aman» (1 Cor 2,9). Esta necesidad absoluta de la elevación. sobrenatural, don gratuito de Dios, lleva a preguntar cuál es el designio de los niños que mueren con la mancha del pecado original (véase en esta plataforma: LIMBO).
Los que han rechazado a Dios y no han querido hacerse partícipes de la Muerte redentora de Jesús, van a un «lugar» (no en sentido local), llamado infierno (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), sobre el que Jesucristo no empleó reticencias (cfr. Mt 22,13: 25,41).
3. Noción católica de la escatología intermedia. La perspectiva del futuro absoluto domina plenamente al hombre, y por ello, toda nuestra fe adquiere un matiz distinto ante los últimos acontecimientos, ante la meta definitiva hacia la cual se dirigen los individuos y la historia humana.
Pero este «futuro absoluto» no es igualmente aceptado y entendido por todos. La Iglesia católica ha de responder a la opinión de aquellos que, interpretando mal los escritos del Nuevo Testamento sobre los acontecimientos escatológicos, sostienen que éstos, llegado el Mesías, han sido ya realizados, y, por tanto, ninguna otra cosa se debe esperar; el cristianismo, dicen, concierne al presente, no al futuro.Si, Pero: Pero la Iglesia se atiene a las palabras del Señor las cuales aseguran que, venido Él al mundo, ya el Reino de Dios está en medio de nosotros (cfr. Le 17,21); se tienen en la Iglesia animada por el Espíritu Santo, inmensas riquezas de vida nueva; pero, después, con espíritu profético que rezuma por todo el Evangelio, Cristo advierte que su venida histórica tal como la conocemos por el Evangelio, no es la última. La última, la escatológica, la Parusía (que quiere decir presencia, llegada, aparición), será en el día del Señor (cfr. Is 2,12; 13,6, etcétera), cuando Cristo volverá para juzgar a los vivos y a los muertos y para inaugurar la teofanía final, la visión beatífica de la eternidad (cfr. Paulo VI, Alocución del 8 sept. 1971).
Pero si bien será en la Parusía cuando la escatología sea llevada a pleno cumplimiento, ya ahora el cristiano participa de la gracia, y, en el momento de la muerte, entra en la situación de eternidad. Hay un «tiempo intermedio» entre la muerte individual y la resurrección de los cuerpos. La expresión «vida eterna» se refiere a una realidad cuya fisonomía será completada, en todos sus rasgos, con la resurrección de los cuerpos, etc., pero que, en sus elementos sustanciales, comienza, para el alma (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), inmediatamente después de la muerte (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) de cada hombre (cfr. C. Pozo, o. c. en bibl. 202). El Magisterio de la Iglesia es unánime en la afirmación de la escatología intermedia. Así, expresiones tan presentes como «todavía deben ser purificadas», «hasta el día de la Resurrección en que estas almas se unirán con sus cuerpos», «esperamos la Resurrección de los muertos y la vida del siglo futuro». indican que hay un espacio entre la muerte individual y la resurrección corporal.Entre las Líneas En el cap. séptimo de la Lumen gentium las expresiones son claras y terminantes: «La restauración que esperamos como prometida»; «esperanza de los bienes futuros»; «mientras no lleguen los nuevos cielos y la nueva tierra»; «mientras esperan la manifestación de los hijos de Dios»; «todavía no hemos sido manifestados con Cristo en aquella gloria»; «lo veremos tal cual es»; «hasta que el Señor venga revestido de majestad y acompañado de todos los ángeles y, destruida la muerte, le sean sometidas todas las cosas», etc. Con estas fórmulas se excluye el colocar la Resurrección inmediatamente después de la muerte de cada uno.
4. Opiniones erróneas acerca de la escatología. La escatología consecuente.Entre las Líneas En torno al problema escatológico han surgido diversas teorías fundamentalmente en el campo protestante, sobre el mesianismo de Jesús, como si fuese puramente escatológico y de inminente actuación (Weiss, Lois), y ha dado pretexto a críticas altamente negativas sobre la interpretación del Evangelio y sobre la mentalidad de los cristianos primitivos. Sobre la escatología consecuente o consiguiente de J. Weiss, A. Schwweitzer, M. Werner y F. Buri v. ESCATOLÓGICA, ESCUELA PROTESTANTE. Esta escuela pretende que la predicación de Jesús fue de pura e inminente actuación, al no suceder así, la segunda venida de Jesús, Parusía, se aplazó, y ello hizo posible la aparición histórica de la Iglesia, que no se hubiera dado de haber llegado el fin del mundo según predicó Jesús.
La escatología cumplida. Desarrolla esta teoría C. H. Dodd en su obra The interpretacion of the fourth gospel, Cambridge 1953. Para Dodd tanto las parábolas del Reino de Dios, como las frases que hacen referencia al mismo tema, ya se han cumplido en Jesús. De tal manera que el Reino de Dios realizado por Cristo fuerza al hombre a tomar una decisión. El hombre ante el hecho de la consumación del Reino de Dios no puede permanecer indiferente, entra en una crisis personal y existencial. La Pasión y Muerte de Jesús también se contemplan bajo este aspecto existencial, lo mismo ocurre después con la Iglesia. Como todo está ya cumplido, no existe una verdadera expectación del futuro y lo único que ocurre es que el hombre ante la marcha de la historia se ve constantemente forzado a tomar nuevas decisiones, teniendo siempre presente el hecho liberador de la Redención ya consumada, del Reino de Dios realizado plenamente en y por Jesucristo. Con esta teoría se pretende despejar el horizonte de las dificultades que, en opinión del autor, tienen los hombres cuando se les presentan las «esperanzas míticas» de un futuro absoluto. La «desescatologización» de Dodd es el primer paso para la «desmitologización» radical, para la cual Bultmann propone una «interpretación existencial» del mensaje del Nuevo Testamento
La teoría de R. Bultmann (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) con su tesis de la «e. presente» viene a decirnos en síntesis que lo escatológico consiste, sobre todo, en la llamada a la decisión que caracteriza la predicación eclesiástica. Por tanto, lo escatológico no es tanto el futuro, sino el presente que debe ser informado, guiado por la fe. Según Bultmann, la predicación eclesiástica llama al hombre a que vuelva a su existencia verdadera y auténtica luchando, una y otra vez, contra su debilidad, desesperación y pecado. Para Bultmann, Jesús es el ejemplo decisivo de este comportamiento; y por ello, y en este sentido, se puede hablar de que Él ha realizado la Redención.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Una Conclusión
En definitiva, para Bultmann, como también para Dodd aunque con posiciones iniciales distintas, no es importante ni posible determinar la realidad histórica de lo que se propone en la predicación. Así, p. ej., interesa muy poco que sea un acontecimiento real el hecho de la Resurrección, y lo mismo podríamos decir de los demás aspectos de la Revelación; incluso no es ni importante que podamos afirmar la existencia de Dios. Lo decisivo es más bien la respuesta que esta predicación encuentra en nosotros. De nada nos aprovecharía que Jesús hubiera resucitado de entre los muertos en un momento determinado de la Historia si a nosotros no nos llevara a tomar decisiones personales y a modificar nuestra vida.
Una Conclusión
En definitiva, los contenidos de la predicación constituyen imágenes míticas, lo único importante es que nuestra existencia sea realmente modificada por las palabras de la predicación y recomencemos siempre una nueva vida; el núcleo fundamental de esta doctrina contradice la Sagrada Escritura, la cual no ofrece una colección de mitos, sino una narración de hechos reales e históricos contados con objetividad por sus protagonistas (véase en esta plataforma: t. MITO, DESMITOLOGIZACIÓN).
E. Brunner (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), aunque dice que no es capaz de formular una teoría escatológica, no por ello deja de afirmar que la teología se hace teniendo presente el horizonte abierto de la escatología. Brunner dice que es posible afirmar y negar a la vez el mito en la Revelación. Pero, añade, la mitología neotestamentaria es mitología de Dios, y por ello, es algo verdadero, que viniendo de la fe, hay que aceptar. Así, al mismo tiempo que Brunner admite el mito en el Nuevo Testamento, lo niega, porque «El Verbo se hizo carne» y, por ello, deja de ser mito. Si el mito es intemporalidad, la Encarnación es un hecho histórico. O sea que si Brunner se refiere al «mito cristiano» y nos habla de él, es en cuanto que este mito expresa la exclusividad y la singularidad históricas que van unidas a la aparición de Jesús, Dios y Hombre verdadero. Esta exclusividad y singularidad históricas es lo «suprahistórico» y lo «sobrenatural» de la Revelación. Brunner considera que es necesario detener el camino disolvente de la desmitologización (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y volver a afirmar el mito cristiano en la Verdad. A pesar de esta aparente postura decidida de escatología Brunner, inconsecuentemente, cae en la desmitologización de algunos pasajes del Nuevo Testamento Desmitologización que aunque no procede de una crítica histórica, sino de otros presupuestos teológicos, hacen inconsecuente el trabajo de Brunner. Pues a fin de cuentas, también para él, la fe existencial es la única que importa y no tiene en cuenta unos contenidos objetivos. La escatología para Brunner se está ya realizando con nuestra fe en Cristo (E. Brunner, Das Ewige ab zukung und Gegemwart).
O. Cullmann (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) es más consecuente que Brunner en su crítica a la desmitologización, pero tampoco es del todo claro. Así, si bien reconoce que muchas de las afirmaciones de quienes hablan de que en la Biblia hay mito proceden sólo de incomprensiones, de otra sostiene que la historia redentora y su anuncio postulan, por sí mismos, la unión de historia y mito. Da en realidad a la voz mito un significado muy peculiar. Esa unión entre historia y mito consiste, dice, en que la historia redentora es, en su conjunto, profecía. La profecía es el punto situado más allá de la contraposición entre historia y mito; la profecía es, asimismo, la perspectiva desde la que hay que ver todos los contenidos de la Biblia que son tan diversos entre sí.
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Las historias bíblicas sobre el principio y el fin de los tiempos y las historias bíblicas distintas de aquéllas son, unas y otras, profecías: es decir, afirmaciones no documentables empíricamente y. que afectan al sentido de la vida. La originaria intelección cristiana de la historia redentora sólo se comprende rectamente si se ve que en ella van constantemente unidas de un modo esencial la historia del mundo, y que ambos han de reducirse, por una parte, al común denominador de la profecía y, por otra, al común denominador del desarrollo temporal (O. Cullmann, Christ und die Zeit) (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Frente, pues, a la «realized eschatology» de Dodd, se levanta Cullmann con su tesis sobre el distinto valor que tiene el tiempo en la Biblia. Tiempo que ésta presenta como tendencia a un fin absoluto de tipo histórico, y no como un tiempo cerrado en sí mismo a semejanza de los ciclos evolutivos de la naturaleza. La visión de Cullmann acerca de la profecía como común denominador de la historia y del mito opone un fuerte reparo a la teoría desmitologizadora de Bultmann, y tiene el mérito de poner de manifiesto, tanto frente a la «escatología consecuente» de Weiss y Schweitzer como frente al existencialismo puntual de Bultmann, el valor de la historia.Si, Pero: Pero tiene el defecto de falta de radicalidad y confusión en algunos planteamientos.
5. La escatología en la economía de la Redención. La escatología es la fase de plenitud en el desarrollo de la Redención. La economía redentora se desarrolla en tres momentos: 1) La Redención hecha, obra de Cristo por su Encarnación y que realizó plenamente en su Pasión, Muerte y Resurrección. 2) La Redención aplicada; vigente aún, que lleva realizándose desde la Cruz y seguirá realizándose hasta el fin de los tiempos. Es la obra de la Iglesia (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), que continúa en la tierra la misión salvadora iniciada por Jesucristo y cuya Redención aplica a los hombres de todos los tiempos. 3) La Redención consumada que comienza con la muerte y culminará cuando de nuevo vendrá Cristo (véase en esta plataforma: PARUSÍA). Es la Redención en su total plenitud. Jesucristo se manifestará, para siempre, en el futuro absoluto como cabeza de la humanidad. Jesucristo será cabeza de la Iglesia.
La obra redentora de Cristo, en cualquiera de estos tres momentos en que se verifica, se aplica a los hombres en un doble sentido: a la humanidad y a cada hombre singular. Así: 1) Jesús redime a todos y a cada uno de los hombres; 2) la Iglesia tiene la misión de hacer llegar la obra redentora a cada uno de los hombres, y también a la sociedad que construye; nada queda excluido de la misión salvadora de la Iglesia; 3) Cristo beatifica a todos aquéllos y a sus obras que durante su vida no se han querido excluir de los beneficios de la Redención. Por lo cual la escatología no es sólo la consumación individual sino también la consumación del Reino de Dios. O sea, la escatología es también colectiva, y será bajo la perspectiva de la Redención consumada como podrán valorarse la Redención hecha y la Redención aplicada, pues ni la Pasión y Muerte de Cristo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), ni la Resurrección (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), ni la iglesia se explican por sí solas. La explicación está en la salvación y además como la escatología es la plenitud de las dos anteriores la encontramos, como en germen, presente en ella.
6. El carácter escatológico de la Iglesia. La realidad escatológica de la Iglesia se refiere al Reino de Dios. El Reino de Dios (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) está ya incoado, se hace presente entre nosotros (cfr. Lc 17,21) y, al propio tiempo, es un Reino que no es de este mundo (cfr. lo 18,36). Como realidad presente el Reino de Dios es la Iglesia; y como realidad futura es el Reino de los Cielos. Es decir, el Reino de Dios, se desarrolla en dos momentos: uno terrestre, la Iglesia y otro celeste, la bienaventuranza eterna. No como dos realidades diferentes, sin ninguna continuidad entre ellas, sino por el contrario, la Iglesia tendrá su plenitud en la gloria del Cielo, cuando llegue el tiempo de la resurrección de todas las cosas (cfr. Act 3,21).
El carácter inmanente y trascendente de la Iglesia. La Iglesia está presente entre nosotros con caracteres divinos y humanos. Es inmanente a la historia de los hombres y trasciende, superándola, esta misma historia. Es la paradoja de la e.: «Como algo futuro, pero que ya ha comenzado; como algo ya real, pero que todavía no ha llegado a su plenitud» (C. Pozo, o. c. en bibl. 5). Esta verdad se manifiesta al analizar a la Iglesia en sí misma: «Cristo. fundó. a su Iglesia Santa. Sociedad jerárquicamente organizada y Cuerpo místico de Cristo, grupo visible y comunidad espiritual, Iglesia terrestre e Iglesia dotada de bienes celestiales, no se deben considerar como dos realidades, sino que constituyen una sola realidad compleja, formada por un doble elemento: humano y divino. Por eso, en virtud de una fundada analogía, se la compara con el misterio del Verbo encarnado» (Const. Lumen gentium, 8). Es decir, «la Iglesia está In f ieri, en marcha, no está en su estado completo y perfecto; es peregrina sobre la tierra y en el tiempo. Existe una vida futura. Existe un reino futuro, donde la luz, la vida, la felicidad, serán concedidas en grado de plenitud y sin límites de duración. También las cosas creadas superarán el estado presente, sometido a una intrínseca tensión evolutiva, para experimentar una metamorfosis de nueva perfección (cfr. Rom 8,22). Estamos en la fase intermedia de la existencia, es decir, entre una etapa inicial y una etapa superior, escatológica. Estamos en la etapa de la esperanza (ib. 8,23-25) (Paulo VI, ib.). No por ello la presencia de la Iglesia es menos real entre nosotros. Al afirmar que la Iglesia, y con ella sus miembros, aunque viviendo en este mundo tiene una meta que no es intramundana, como recuerda el Magisterio de la Iglesia (cfr. Const. Lumen gentium, 8), estamos diciendo que la Iglesia, que está presente entre nosotros, es escatológica. 7. La trascendencia de la Iglesia desde la escatología. Todo lo anteriormente dicho hace conveniente la contemplación de la realidad de la Iglesia desde la luz que da la escatología, ya que de alguna manera el futuro escatológico está presente en ella, pues «ya llegaron para nosotros los últimos tiempos (cfr. 1 Cor 10,11), y la renovación del mundo se ha conquistado irrevocablemente y en un cierto modo real está anticipada ya ahora: pues la Iglesia se adorna ya aquí en la tierra de una verdadera, aunque imperfecta, santidad. Puesto que, mientras no existan los nuevos cielos y la tierra nueva en donde la justicia habite (cfr. 2 Pet 3,13), la Iglesia peregrinante, en sus sacramentos y en sus instituciones que pertenecen a este tiempo, lleva la imagen de este mundo que pasa, y ella misma vive entre las criaturas que todavía gimen y sufren dolores de parto y esperan la revelación de los hijos de Dios (cfr. Rom 8,19-22)» (Const. Lumen gentium, 48). [rbts name=”teologia”]
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre mundo y escatología en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre escatología en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
ESCATOLOGÍA; PARUSÍA; RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS; JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL; HISTORIA IV; APOCALIPSIS
Bibliografía
Para exégesis de los textos de la Sagrada Escritura e historia de la doctrina antigua: mundo MEINERTZ, Teología del Nuevo Testamento, Madrid 1963, 54-56; F. CEUPPENS, 11 problema escatologico nella exegesi, en Problemi e orientamenti di teología dommatica, 11, Milán 1957, 925-974; 1. TiXERONT, Histoire des Dogmes dans Cantiquité chrétienne, París 1912-14; L. ALTZERBERGER, Die christliche Eschatologie in den Stadien ihrer Offenbarung im Alten und Neuen .Testamente, Friburgo 1890; íD, Geschichte der christlichen Eschatologie innerhalb der vornicánischen Zeit, Friburgo 1896.
Estudios sistemáticos o de conjunta: A. MICHEL, Los misterios del más allá, 2 ed. San Sebastián 1954; M. J. SCHEEBEN, Los misterios del cristianismo, Barcelona 1950; A. PIOLANTI, De novissimis, 3 ed. Turín-Roma 1950; ÍD, El más allá, Barcelona 1959; M. SCHMAUS, Von den letzen Dingen, Münster 1948; ÍD, Teología dogmática, VIII, 2 ed. Madrid 1962; ÍD, El problema escatológico, Barcelona 1964; J (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). F. SAGÜES, De Novissimis, en Sacrae Theologiae Summa, IV, Madrid 1951, 656-840; H. URS VON BALTHASAR, Escatología, Barcelona 1961; A. ROYO MARÍN, Teología de la salvación, Madrid 1965; C. POZO, El credo del pueblo de Dios, Madrid 1968; ÍD, Teología del más allá, Madrid 1968. Otros estudios: P. S. SCAGLIA, I «novissimi» nei monumenti primitivi della Chiesa, 2 ed. Schio 1923; VARIOS, Viens Seigneur, Bruselas-Brujas 1955; J. DANIÉLOU, El misterio de la historia, San Sebastián 1957; J. MOUROUX, El misterio del tiempo, Barcelona 1965; R. GARRIGOU-LAGRANGE, La vida eterna y la profundidad del alma, 4 ed. Madrid 1960; A. GARCÍA SUÁREZ, El carácter histórico-escatológico de la Iglesia en el decreto «Ad gentes», «Scripta Theologiaa» 1 (1969) 57-117; J. PIEPER, Sobre el fin de los tiempos, Madrid 1955; ÍD, Esperanza e historia, Salamanca 1968; ÍD, Muerte e inmortalidad, Barcelona 1970; J. M. CABODEVILLA, 32 de diciembre, Madrid 1969; J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Cristo presente en los cristianos, Madrid 1970; ÍD, Amar al mundo apasionadamente, en Conversaciones con Mons. Madrid 1970; v. t. la bibl. de los artículos que tratan de cada uno de los temas escatológicos en particular; así como la de HISTORIA VI, referente a la teología de la historia. Documentos del Magisterio eclesiástico: CONO. I DE LYON, Epistola Sub catholicae professione (a. 1254): Denz.Sch. 838-839; Concilio II DE LYON, Sesión IV (a. 1274), Professio fidei Michaelis Paleoligi imperatoris: Denz.Sch. 854-860; BENEDICTO XII, Const. Benedictus Deus (29 en. 1336): Denz.Sch. 1000-1002; Concilio FLORENCIA, Decretum pro Graecis (a. 1439): Denz.Sch. 1304-1306; Concilio VATICANO II, Const. Lumen gentium, cap. VII: AAS 57 (1965) 5-75; ÍD, Const. Gaudium et spes: AAS 58 (1966) 1025-1175; otros textos y documentos, sistemáticamente clasificados, pueden verse en el Index systenlaticus rerum (L. Deus retribuens et consummans) de H. DENZINGER, A. SCHÓNMETZER (Denz.Sch.), Enchiridion symbolorum, 34 ed. Barcelona 1967, 922-926 (trad. castellana de la 31 ed., El Magisterio de la Iglesia, Barcelona 1963, 74-75).
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