Esfera Pública
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Esfera Pública
La esfera pública según Habermas
Cada vez más, los debates sobre la democracia y los medios de comunicación están enmarcados en el concepto de esfera pública.Entre las Líneas En términos esquemáticos, una esfera pública en funcionamiento se entiende como una constelación de espacios comunicativos en la sociedad que permiten la circulación de información, ideas, debates — idealmente de una manera sin restricciones — y también la formación de voluntad política, es decir, opinión pública.Entre las Líneas En la visión de la esfera pública, estos espacios, en los que los medios de comunicación y ahora, más recientemente, los nuevos medios interactivos figuran de forma prominente, sirven para permitir el desarrollo y la expresión de puntos de vista políticos entre los ciudadanos. Estos espacios también facilitan los vínculos comunicativos entre los ciudadanos y los apoderados de la sociedad. Mientras que en el mundo moderno las instituciones de los medios de comunicación son el núcleo institucional de la esfera pública, debemos recordar que es la interacción cara a cara, la charla en curso entre los ciudadanos, donde la esfera pública cobra vida, por así decirlo, y donde encontramos el cimiento real de la democracia.
Mientras que las versiones del concepto de la esfera pública aparecen en los escritos de varios autores durante el siglo XX, como Walter Lippmann, Hannah Arendt y John Dewey, la mayoría de la gente hoy asocia el concepto con la versión de Jürgen Habermas que fue la primera Publicado en 1962. Aunque el texto completo no fue traducido al inglés hasta el 1989, su concepto había llegado para los años setenta a desempeñar un papel importante en el análisis crítico de los medios de comunicación y la democracia en el mundo habla. Desde la traducción, tanto el uso del concepto como las intervenciones críticas en relación con la misma han crecido considerablemente. Si bien Habermas no ha intentado una reformulación a gran escala de la esfera pública, está claro que su visión del concepto está evolucionando a medida que se desarrolla su trabajo en otras áreas.
Después de un extenso panorama histórico, Habermas conjetura que una esfera pública comenzó a emerger dentro de las clases burguesas de Europa occidental a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. La base institucional para esta esfera pública consistió en una gama de medios y de soportes, tales como clubs, salones, cafés, periódicos, libros, y panfletos, que en vario (aunque incompleto) maneras manifestó los ideales de la iluminación de la búsqueda humana de conocimiento y libertad. Para Habermas, la clave aquí no solo fue la base institucional, sino también la manera en que la comunicación tuvo lugar en esta floreciente esfera pública. Él vio que la interacción en este ámbito social, sin embargo imperfectamente, encarnaba los ideales de la razón, esto es, los objetivos de la ilustración del pensamiento racional, el argumento y la discusión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En su noción de público como un proceso racional y dialogante, el relato de Habermas sobre comunicación y democracia tiene similitudes con el de John Dewey. Podemos constatar que la obra de Habermas de la década de 1980 sobre la racionalidad comunicativa desarrolla aún más las perspectivas normativas sobre cómo debe llevarse a cabo la comunicación política para potenciar la intersubjetividad y el carácter democrático de la sociedad.
Habermas ve la esfera pública creciendo y profundizando en las primeras décadas del siglo XIX con la propagación de la alfabetización en masa y la prensa, pero luego, gradualmente, la decadencia se establece. El periodismo pierde cada vez más su pretensión de razonar; el discurso público degenera en relaciones públicas. Como la lógica del comercialismo forma cada vez más las operaciones de los medios de comunicación, el dominio de la racionalidad disminuye. Entrando en el siglo XX, Habermas observa con pesimismo la banalización de la política, no menos importante en los medios electrónicos, la industrialización de la opinión pública, y la transformación de los públicos de las colectividades discursivas a las que consumen. Estos y otros males sirven para restringir el potencial de la sociedad para la comunicación política democrática.
Tres dimensiones de la esfera pública
La perspectiva de la esfera pública sobre la comunicación política, con sus fuertes compromisos normativos y amplios Horizontes, puede parecer apartada de las realidades empíricas de la comunicación política. Si bien la fortaleza de la perspectiva radica en sus dimensiones conceptuales y teóricas, también ofrece muchos puntos de entrada para el análisis empírico y crítico. Para que la noción de la esfera pública sea más accesible como herramienta analítica para la investigación de la comunicación política, puede ser útil conceptualizarla como que comprende tres dimensiones constitutivas: la estructural, la representativa y la interaccional.
La dimensión estructural tiene que ver con las características institucionales formales de la esfera pública.Entre las Líneas En el fondo, la esfera pública descansa sobre la idea de universalidad, la norma que debe ser accesible a todos los ciudadanos de la sociedad. Si los medios de comunicación son una característica dominante de la esfera pública, deben, pues, estar técnicamente, económicamente, cultural y lingüísticamente al alcance de los miembros de la sociedad; cualquier exclusión a priori de cualquier segmento de la población choca con la afirmación de la democracia al universalismo. Visto desde este punto de vista, la visión de una esfera pública plantea cuestiones sobre la política y la economía de los medios de comunicación, la propiedad y el control, el papel de las fuerzas del mercado y la reglamentación, las cuestiones de la privatización de la información, los procedimientos de concesión de licencias, las normas de acceso, y así Adelante.
La dimensión de representación se refiere a las formas y contenidos de la producción de medios masivos, así como a los atributos de la comunicación “uno a muchos” a través de los nuevos medios interactivos. Así, la dimensión representativa incluye todas las preguntas y criterios tradicionales dentro de la comunicación política sobre la producción mediática — por ejemplo, equidad, precisión, pluralismo de puntos de vista, sensacionalismo, información y entretenimiento, diversidad cultural Expresión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).
Puntualización
Sin embargo, si bien los medios de comunicación son fundamentales para la esfera pública, también generan un medio semiótico que excede con creces sus límites. La mayoría de los medios de comunicación no se retratan; se trata en lugar de entretenimiento, cultura popular, deportes, publicidad, etc. Así, la esfera pública mediada de la comunicación política está compitiendo por la atención en un ambiente semiótico orientado abrumadoramente hacia asuntos (ostensiblemente) no políticos.
La dimensión de la interacción nos recuerda que la democracia reside, en última instancia, con los ciudadanos que dialogan entre sí, ya sea cara a cara o a través de tecnologías interactivas como Internet y teléfonos. La esfera pública como proceso no “termina” con la publicación de un periódico o la transmisión de un programa de la radio o de la TV; estos fenómenos mediáticos no son más que un paso en cadenas de comunicación más grandes que incluyen cómo se recibe la producción de medios, se hace sentido y se utiliza por los ciudadanos en su interacción con los demás.
Otros Elementos
Además, la interacción cívica en la esfera pública no tiene por qué ser directamente movilizada por los medios de comunicación; también puede elevarse a través de discusiones que relacionan la experiencia personal con los horizontes sociales. Aquí es útil recordar que Habermas, así como otros escritores como Dewey, argumentan que un “público” debe ser conceptualizado como algo que no sea solo una audiencia mediática. Un público, según Habermas y Dewey, existe como procesos interaccionales discursivos; los individuos atomizados, consumiendo medios en sus hogares, no forman un público. Apuntar a la interacción entre los ciudadanos es dar un paso en los contextos socioculturales de la vida cotidiana. La interacción tiene sus sitios y espacios, sus prácticas discursivas, sus aspectos contextuales; la política, en cierto sentido, emerge a través de la conversación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Así, desde una perspectiva de esfera pública, se puede argumentar que la comunicación política se extiende profundamente en los micromundos de las personas.
Cuestiones conceptuales y debates
La labor de Habermas en la esfera pública tuvo un gran impacto en la reflexión sobre los medios, los públicos, la democracia y la naturaleza de la comunicación política.
Más Información
Los observadores han observado que la cuenta histórica de Habermas tiene muchas de las marcas de la escuela original de la teoría crítica de Frankfurt. También hay una calidad decididamente nostálgica al análisis, el sentido de que hubo una vez una apertura histórica que luego se cerró. Habermas ciertamente ve las limitaciones de esta esfera pública burguesa original, no menos en términos de clase; un contrapunto al modelo de Habermas incluso argumentó para una esfera pública proletaria. Las feministas han sido rápidas para señalar las limitaciones de género de la esfera pública burguesa, así como en el propio pensamiento de Habermas. Ha respondido generosamente a sus críticos y ha hecho uso constructivo de sus intervenciones.
Hay ambigüedad con el concepto: no está completamente claro si lo que Habermas describe es la realidad empírica de una situación histórica o si está presentando fundamentalmente una visión normativa. La mayoría de los lectores concluyen que es ambas cosas. Describe los mecanismos estructurales que erosionan la esfera pública, pero al mismo tiempo él — y muchos de sus lectores — continúan inspirándose en la visión de una esfera pública robusta que sirve a una democracia que funciona bien. De hecho, a medida que el uso del concepto se propaga, la idea de la esfera pública ha tendido a gravitar lejos de sus orígenes escolares de Frankfurt y a unirse a las principales discusiones sobre el rendimiento (véase una definición en el diccionario y más detalles, en la plataforma general, sobre rendimientos) de los medios de comunicación, la calidad periodística, la comunicación política, y las condiciones de Democracia.Entre las Líneas En términos prácticos, los horizontes normativos de las tradiciones liberales o progresistas que promueven el “buen periodismo” o la “información en el interés público” no son tan diferentes de los ideales de los medios de comunicación inspirados en el marco de la esfera pública.
Otro tema clave del debate se ha centrado en la tensión entre una esfera pública nacional unificada versus una pluralidad o una fragmentación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El argumento de que cada Estado nación debe esforzarse por una esfera pública grande y abarcadora se basa en parte en los criterios de gobernabilidad — con demasiados foros y demasiadas voces, la democracia termina en una ineficaz algarabía. Esta posición también deriva de la preocupación de que las islas aisladas del discurso público se vuelvan políticamente ineficaces. Esta visión de la esfera pública — como una cultura política unificada — fue utilizada (aunque indirectamente) en, por ejemplo, la definición de la misión de la radiodifusión Europea del servicio público. Hoy se está reiterando la importancia del concepto de esfera pública en el contexto de la Unión Europea; es necesario alcanzar una apariencia de una esfera pública transnacional, así como la profunda dificultad para lograr cualquier otra cosa que no sea una colección de esferas nacionales mediadas en las que se emiten y discuten las cuestiones de la Unión Europea.
Los argumentos que ven la esfera pública en términos esencialmente plurales basan sus reivindicaciones en parte en las complejas y heterogéneas realidades socioculturales de la sociEdad Moderna tardía, incluyendo su carácter cada vez más globalizado. Incluso pensar en un espacio comunicativo unificado para todos los ciudadanos parece simplemente sociológicamente fuera de contacto con el mundo real. Habermas se ha movido en esta dirección en una reformulación más reciente del concepto.
Otros Elementos
Además, también se ha argumentado que en una democracia, varios grupos, movimientos, intereses y otras colectividades necesitan un espacio semiprotegido para desarrollar sus propias posiciones, promover la identidad colectiva y fomentar el empoderamiento. Algunos abogan por esferas de oposición o contra-públicas. Evidentemente, la calidad heterogénea de la vida moderna tardía y sus culturas públicas plantea problemas problemáticos para la democracia, y éstos se vuelven particularmente apremiantes cuando se refractan a través del prisma de la esfera pública.
Una forma de conceptualizar la esfera pública en el contexto de la heterogeneidad social es verla como consistente en muchos espacios comunicativos estructurados de manera escalonada. Los principales medios de comunicación de una sociedad pueden ser considerados como la creación de la esfera pública dominante, mientras que los medios de comunicación más pequeños, no menos los que existen en Internet, pueden generar clusters de esferas más pequeñas definidas por intereses, género, etnia, etc.
Detalles
Las esferas más pequeñas “se alimentan” de las más grandes, lo que resulta idealmente en interfaces que permiten que las vistas colectivas “viajen” desde los alcances exteriores hacia el centro dominante.
Otro punto de contestación ha sido la visión normativa del tipo de comunicación que debería tener lugar en la esfera pública. Hay en la tradición de habermasiano una inclinación fuerte hacia el racional; la comunicación es teorizada de una manera rigurosa que enfatiza la deliberación formalizada. Entre las críticas comunes niveladas contra su acercamiento está que él se esfuerza al parecer para reducir la comunicación política de una manera que excluya las dimensiones afectivas, retóricas, simbólicas, míticas, corporales, humorísticas, y otras.
Otros Elementos
Además, podría argumentarse que los criterios de las nociones tradicionales de expresión racional pueden excluir otros registros comunicativos específicos que prevalecen entre determinados grupos, reduciendo así su legitimidad comunicativa en la esfera pública, una línea de argumento que enlaza fácilmente con el tema de una esfera pública unificada versus pluralista.
La política, el público y el privado
Sin duda, uno de los dilemas centrales de la teoría de la esfera pública es que la evolución social y cultural sigue descifrando la distinción entre lo público y lo privado. Este es un desarrollo que es abundantemente visible en el medio moderno de los medios de comunicación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La postura tradicionalista es definir la política de una manera estrecha, centrándose en la arena política formal en los medios de comunicación convencionales.Entre las Líneas En el proceso que, por lo tanto, cierra los ojos, por así decirlo, a una gran parte de la realidad.
Autor: Williams
Resumen de la Lucha por el Derecho en la Esfera Social
Sobre la Lucha por el Derecho en la Esfera Social, véase aquí.
Reproducción parcial del Capítulo Capítulo IV: La lucha por el derecho en la esfera social del libro “La lucha por el derecho”, de Rudolf Von Ihering, por su interés jurídico-histórico:
Bien sabemos que ese sentimiento ideal del derecho que posee el hombre, por el que un ataque o una lesión de la idea legal, le es más sensible que un atentado contra su persona, y por el que se sacrifica sin interés ninguno a la defensa del derecho oprimido, como si se tratase del suyo propio, es el privilegio de naturalezas escogidas. El hombre positivo, realista, despojado de toda aspiración ideal, que no ve en la injusticia más que el daño hecho a su propio interés, comprende, no obstante, perfectamente esa relación que he establecido entre el derecho concreto y la ley, y que puede resumirse diciendo: Mi derecho es todo el derecho; defendiéndolo, defiendo todo el derecho que ha sido lesionado al ser lesionado el mío. Puede parecer esto paradójico, y es por lo tanto muy justo afirmar esta manera de ver opuesta a las creencias de los legistas. La ley, según la idea que nos hacemos de ella, no es nada absolutamente en la lucha por el derecho, y no se trata en esta lucha de la ley abstracta, sino de su forma material, de un daguerreotipo cualquiera, al cual aquélla no hace más que ajustarse, sin que sea posible herirla inmediatamente en sí misma. No desconocemos la necesidad técnica de esta manera de ver; pero eso no debe impedirnos reconocer la justicia de la opinión opuesta, que colocando la ley y el derecho en una misma línea, ve como consecuencia de una lesión del segundo un ataque hecho a la primera. Esta opinión, quizá para algún espíritu desprevenido, será mucho más exacta que nuestra teoría jurídica. La mejor prueba de lo que afirmamos es la expresión misma de que se sirve en alemán y que se empleaba en latín; el demandante “ apela entre nosotros a la ley”, y los romanos llamaban a la acusación legis a etio. Es, pues, en los dos casos la ley la que está en cuestión, la que va a ser discutida en un caso particular, y este punto de vista es de la más alta importancia, especialmente para la inteligencia de los procesos en el derecho antiguo de los romanos. La lucha por el derecho es, pues, a un mismo tiempo una lucha por la ley; no se trata solamente de un interés personal, de un hecho aislado, en que la ley toma cuerpo de daguerreotipo, como antes decimos, en el que se fije al paso de uno de sus rayos luminosos, que se puede dividir y partir sin herirla a ella misma, sino que se trata de la ley que se ha menospreciado y hollado, y que debe ser defendida so pena de cambiarla en una frase vacía de sentido. El derecho personal no puede ser sacrificado sin que la ley lo sea igualmente.
Esta manera de ver, que llamaremos en dos palabras la solidaridad de la ley y el derecho concreto, es, como hemos sentado anteriormente, la expresión real de su relación en lo más íntimo de su naturaleza, y que no está tan profundamente escondida, pues hasta el egoísta incapaz de toda idea superior quizá la comprenda como nadie en algún caso, porque su interés es asociar el Estado a la lucha; he ahí un medio por el que, sin saberlo ni quererlo, contra su derecho y contra él mismo, se eleva hasta la altura ideal donde se siente representando la ley. La verdad es siempre verdad, aún contra el individuo que no la reconoce y que no la defiende más que en el estrecho punto de vista de su interés personal. […]
Cualquiera que sea la injusticia que nosotros hayamos de sufrir, por violenta que sea, no hay para el hombre alguna que pueda ser comparada a la que comete la autoridad por Dios establecida cuando viola la ley. El asesinato judicial, como lo llama perfectamente nuestra lengua alemana, es el verdadero pecado mortal del derecho. El que estando encargado de la administración de justicia se hace asesino, es como el médico que envenena al enfermo, como el tutor que hace perecer a su pupilo. El juez que se dejaba corromper era en los primeros tiempos de Roma castigado con la pena de muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] No hay para la autoridad judicial que ha violado el derecho acusador más terrible que la figura sombría y continuamente amenazadora del hombre al que una lesión del sentimiento legal ha hecho criminal; es su propia sombra bajo rasgos bien sangrientos. El que ha sido víctima de una injusticia corrompida y parcial, se encuentra violentamente lanzado fuera de la vía legal, se hace vengador y ejecutor de su derecho, y no es raro que, lanzado por la pendiente, fuera de su fin directo, se declare enemigo de la sociedad, bandolero y homicida. […]
El sentimiento del derecho abandonado por el poder que debía protegerlo, libre y dueño de sí mismo, busca los medios para obtener la satisfacción que la imprudencia, la mala voluntad y la impotencia le niegan. No son solamente las naturalezas aisladas, especialmente llenas de vida y llevadas por naturaleza a la violencia, en las que el sentimiento nacional del derecho, si cabe la frase, se eleva y protesta contra semejantes instituciones legales; esas acusaciones y protestas se reproducen a veces por el pueblo entero en ciertos hechos que según su fin o la manera como el pueblo mismo o una clase determinada los considera o aplica, pueden ser tenidos como simplemente accesorios, que la nación aporta a las instituciones del Estado: tales eran en la Edad media, entre otros, los carteles de desafío, que prueban la impotencia o la parcialidad de los tribunales correccionales de entonces y la debilidad de la potencia pública.Entre las Líneas En nuestros días, la existencia del duelo (véase más información, y sobre sus dos significados) nos atestigua bajo una forma sensible, que las penas con que el Estado castiga un ataque al honor, no satisfacen el sentimiento delicado de ciertas clases de la sociedad. Eso significa todavía la venganza del Corso, y esa justicia popular aplicada en la América del Norte que se llama ley de Lynch. Todo anuncia muy claramente que las instituciones legales no están en armonía con el sentimiento legal del pueblo o de una clase; y es esto en todos los casos lo que obliga al Estado a reconocerlas como necesarias, o al menos sufrirlas. Cuando la ley las ha proscrito sin poder llegar a hacerlas desaparecer de hecho, pueden dar origen a un grave conflicto para el individuo. El Corso que prefiere obedecer a la ley antes que recurrir a la venganza, es despreciado por los suyos, y al contrario, accediendo a la influencia nacional, está expuesto a caer bajo el brazo de la justicia. Esto sucede en nuestro duelo; el que lo rehusa cuando el deber se lo impone, es despreciado; el que lo acepta recibe el castigo de la ley, y en este caso la posición es igualmente penosa para el individuo como para el juez. Sería vano empeño el tratar de descubrir hechos análogos en la historia primitiva de Roma; las instituciones del Estado estaban entonces en armonía completa con el sentimiento nacional.
Pormenores
Los hay desde cuando apareció el cristianismo y los cristianos se alejaron de los tribunales seculares para llevar su causa ante el obispo, lo mismo hicieron los judíos de la Edad Media, que huían de los arbitrajes católicos, apelando al arbitraje de sus rabinos.
No hemos de decir más de la lucha del individuo por su derecho; lo hemos estudiado en la graduación de sus motivos, considerándolos primeramente como un puro cálculo de interés; elevándonos luego de ese grado al de esta consideración ideal: la conservación de la personalidad, la defensa de las condiciones de existencia moral, para llegar al fin, a ese punto de vista que es la cima más elevada y de donde una falta puede precipitar el hombre que ha sido lesionado en el abismo de la ilegalidad; tal es la realización de la idea del derecho.
El interés de esta lucha, lejos de reducirse al derecho privado o a la vida privada, se extiende, por el contrario, mucho más allá. Una Nación no es, en ultimo término, más que el conjunto de individuos que la componen; ella siente, piensa y obra como sus miembros aislados sienten, obran y piensan. Si el sentimiento del derecho en los individuos está enervado, es cobarde y apático cuando se trata del derecho privado; si las trabas que oponen las leyes injustas o las malas instituciones, no le permiten moverse y desenvolverse libremente con toda su fuerza; si es perseguido cuando debiera ser protegido y considerado; si en su virtud se acostumbra a sufrir la injusticia, a considerarla como un estado de cosas que no es posible cambiar,¿quién podrá creer que un hombre, en el que tan empequeñecido, menguado y apagado se encuentra el sentimiento legal haya de despertar tan súbito, sentir tan violentamente y obrar con energía cuando ocurra una lesión legal que no hiera al individuo, sino a todo el pueblo; cuando se trate de un atentado a su libertad política, de mancillar o trocar su Constitución o de un ataque extranjero¿ ¿Cómo esperar del hombre que, renunciando a su derecho por sus goces, no ha visto el daño moral hecho en su persona y en su honor, del que no ha conocido hasta entonces en el derecho otra medida que la de su interés material, que tenga otro modo de juzgar cuando se trate del derecho y del honor de la Nación? ¿De dónde ha de emanar espontáneamente ese sentimiento legal hasta entonces desmentido? ¡No, eso no puede ser! Los que defienden el derecho privado son los únicos que pueden luchar por el derecho público y por el derecho de gentes; los que desplegarán en esa lucha las cualidades tan probadas en la otra, y esas cualidades decidirán la cuestión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Puede, pues, afirmarse que en el derecho público y en el de gentes vienen a recogerse los frutos cuya semilla se ha sembrado y cultivado por la Nación en el derecho privado.Entre las Líneas En las profundidades de ese derecho, en los más pequeños detalles de la vida, es donde debe formarse lentamente la fuerza que atesora ese capital moral que el Estado necesita para realizar su fin.
La verdadera escuela de la educación política no es para un pueblo el derecho público, sino el derecho privado; y si se quiere saber como una Nación defenderá en un caso dado sus derechos políticos y su rango internacional, basta saber cómo el individuo defiende su derecho personal en la vida privada. No podemos olvidar lo que hemos dicho del inglés, siempre decidido a combatir; en el dinero que defiende este hombre con tanta tenacidad está la historia del desenvolvimiento político de Inglaterra. Nadie intentará arrancar a un pueblo, en el que cada uno tiene por costumbre defender valerosamente su derecho hasta en los más pequeños detalles, el bien que le es más precioso; así, no es por azar por lo que el pueblo de la antigüedad, tuvo en el interior el más alto desenvolvimiento político, tuvo también el más grande desenvolvimiento de fuerzas al exterior, pues el pueblo romano poseía a la par el derecho privado más perfecto. El derecho es el ideal (por más que se crea esto una paradoja), no el ideal fantástico, sino el del carácter: es decir, el del hombre que se reconoce como siendo su propio fin y que estima poco todo lo que existe cuando es lesionado en ese dominio íntimo y sagrado.¿ Qué importa, por otra parte, de dónde viene el ataque hecho contra su derecho? Que venga de un individuo, de su Gobierno o de un pueblo extranjero, es lo mismo; no es, en efecto, la personalidad del agresor quien ha de decidir sobre la resistencia que debe hacer, sino la energía de su sentimiento legal y la fuerza moral que despliega por su conservación personal. Será, pues, siempre cierta la afirmación de que la fuerza moral de un pueblo determina el grado de su posición política tanto en el interior como en el exterior. El Imperio chino con su bambú, que sirve de azote para los adultos, y sus cientos de millones de habitantes, no gozará, a los ojos de las Naciones extranjeras, del honor, ni ocupará el lugar que la pequeña República de Suiza en el concierto de los pueblos. El modo de ser de los suizos no es meramente artístico, de poesía e ideal; es positivo y práctico, como el de los romanos, pero en el sentido que yo tomo esta palabra; puede, hablándose de su derecho, decirse lo que hemos dicho de los ingleses.
El hombre que tiene el sano sentimiento del derecho, minará la base sobre la que el sentimiento se apoya si solo se contenta con defenderse y no contribuye a la conservación del derecho y del orden; sabe que, combatiendo por su derecho, defiende el derecho en totalidad; pero sabe, además, que, defendiendo el derecho en general, lucha por su derecho personal. Cuando esta manera de ver; cuando ese sentimiento profundo por la estricta legalidad reina en un punto dado, se tratará en vano de descubrir esos fenómenos aflictivos que se presentan en otros puntos tan a menudo. Así es como el pueblo no se pondrá de parte del criminal o transgresor de la ley a quien la autoridad de perseguir, o, en mejores términos, no se verá en los Poderes públicos el enemigo nato de los pueblos; cada cual se hace cargo de que la causa del derecho es su propia causa, y solo el criminal será quien con el criminal simpatice; el hombre honrado, por el contrario, ayudará con mano fuerte a la policía y a las autoridades en sus pesquisas.
Debemos sacar la consecuencia de todo lo que hemos dicho. Puede resumirse en una sola frase: No existe para un estado que quiere ser considerado como fuerte e inquebrantable en el exterior, bien más digno de conservación y de estima que el sentimiento de derecho en la Nación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Este es uno de los deberes más elevados y más importantes de la Pedagogía política. El buen estado y la energía del sentimiento legal del individuo constituyen la fuente más fecunda del Poder y la garantía más segura de la existencia de un país, tanto en su vida exterior como en la interior. El sentimiento del derecho es lo que la raíz en el árbol: si la raíz se daña, si se alimenta en la árida arena o se extiende por entre rocas, el árbol será raquítico, sus frutos ilusorios, bastará un pequeño huracán para hacerlo rodar por el suelo; más lo que se ve es la copa y el tronco, mientras que la raíz se esconde a las miradas del observador frívolo bajo tierra; y ahí, adonde muchos políticos no creen digno descender: es donde obra la influencia destructora de leyes viciadas e injustas y donde las malas añejas instituciones de derecho ejercen influencias sobre la fuerza moral del pueblo. Los que se contentan con considerar las cosas superficialmente y no quieren ver más que la belleza de la cima, no pueden tener la menor idea del veneno que desde la raíz sube a la copa.
Por eso el despotismo sabe bien adónde ha de dirigir su mortífera hacha para derribar el árbol; antes de cortar la copa procura destruir la raíz; dirigiendo así sus certeros tiros contra el derecho privado, desconociendo y atropellando el derecho del individuo, es como todo despotismo ha comenzado, y, cuando se ha dado fin a esta obra, el árbol cae seco y sin savia; he ahí por qué debe tratarse siempre en esa esfera de oponer gran resistencia a la injusticia; los romanos obraban sabiamente cuando por una falta contra el honor o el pudor de una mujer acababan de una vez con la monarquía y más tarde con el decenvirato. Destruir en el campesinado la libertad personal acrecentando sus impuestos y gabelas; colocar al habitante de las ciudades bajo la tutela de la policía, no permitiéndole hacer un viaje sino obligándole a presentar a cada paso su pasaporte; encadenar el pensamiento del escritor por medio de leyes injustas; repartir los impuestos según capricho y obedeciendo al favoritismo y a la influencia, son principios tales, que un Maquiavelo no podría inventarlos mejores para matar en un pueblo todo sentimiento civil, toda fuerza, y asegurar al despotismo una tranquila conquista. Es preciso considerar que la puerta por donde entran el despotismo y la arbitrariedad sirve también para favorecer las irrupciones del enemigo exterior; por eso, en último extremo, quizá demasiado tarde, todos los sabios reconocen que el medio más vigoroso para proteger a la Nación contra una invasión extranjera es la fuerza moral unida al sentimiento del derecho despertado en el pueblo.Entre las Líneas En la época feudal, en que el campesino y el habitante de las ciudades estaba sometido a la arbitrariedad y al absolutismo (siglos XVII y XVIII en Europa; consulte también la información respecto a la historia del derecho natural) de los señores, fue cuando el Imperio alemán perdió la Alsacia y la Lorena; ¿cómo esas provincias habían de expresar su sentimiento por el Imperio si no lo tenían por ellas mismas?
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Nosotros solamente somos los culpables; si nos aprovechamos demasiado tarde de las lecciones de la historia, nada tiene que ver ella con que no las comprendamos a tiempo, pues nos las da continuamente para que podamos aprovecharlas. La fuerza de un pueblo, responde a la de su sentimiento del derecho; es, pues, velar por la seguridad y la fuerza del estado el cultivar el sentimiento legal de la Nación, y no solo en lo que se refiere a la escuela y a la enseñanza, sino también en lo que toca a la aplicación práctica de la justicia en todas las situaciones y momentos de la vida. No basta, por lo tanto, ocuparse del mecanismo exterior del derecho, porque puede estar de tal modo organizado y dirigido, que reine el orden más perfecto, y que el principio que nosotros consideramos como el más elevado deber, sea completamente despreciado.
La servidumbre, el derecho de protección que pagaba el judío y tantos otros principios e instituciones de pasadas épocas, eran a veces conformes a la ley y al orden, es verdad; sin embargo, no lo es menos que esas añejas instituciones están en profunda contradicción con las exigencias de un sentimiento legal digno y levantado, y que dañaba acaso más al mismo estado que al campesino, al habitante de las villas y al judío, sobre quien recaía el peso de la injusticia. Determinando de una manera clara y precisa el derecho positivo; descartando de todas las esferas del derecho, no solamente del civil, sino también de las leyes de policía y de la legislación administrativa y financiera, todo lo que puede chocar con el sentimiento del derecho sano y digno del hombre; proclamando la independencia de los tribunales y reformando el procedimiento, se llegará seguramente a acrecentar la fuerza del Estado, mucho mejor que votando el más alto presupuesto militar.
Toda disposición arbitraria o injusta, emanada del poder público, es un atentado contra el sentimiento legal de la Nación, y por consecuencia contra su misma fuerza. Es un pecado contra la idea del derecho que recae sobre el Estado, el cual suele pagarlo con exceso, con usura, y hasta puede haber tal juego de circunstancias que llegue a costarle la pérdida de una provincia; tanto es así, que debe estar obligado el Estado a no colocarse ni por razón de circunstancias, al abrigo de tales errores, pues nosotros creemos, por el contrario, que el más sagrado deber del estado es cuidar y trabajar por la realización de esta idea, por la idea misma. Más puede haber ahí una ilusión de doctrinario y no vituperaríamos al hombre de Estado práctico que responda ante semejante cuestión encogiéndose de hombros. He ahí también, por otra parte, porque hemos exagerado el lado práctico de la cuestión, por qué la idea del derecho y la del interés del Estado se dan aquí la mano. No hay sentimiento legal, por firme y sano que sea, que pueda resistir la prolongada influencia de un derecho malo, porque se embota y debilita debido a que la esencia del derecho, como tantas veces hemos dicho, consiste en la acción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La libertad de acción es para el sentimiento legal lo que el aire para la llama; si la amenguáis o paralizáis, concluiréis con tal sentimiento.
Historia: la doble definición de lo público
Esta problemática centra toda la historia de la vida privada en un cambio de sociabilidad; digamos, grosso modo, en la sustitución de una sociabilidad anónima, la de la calle, el patio del palacio, la plaza, la comunidad, por una sociabilidad restringida que se confunde con la familia, o también con el propio individuo.
Por tanto, el problema está en saber cómo se pasa de un tipo de sociabilidad en la que lo privado y lo público se confunden, a una sociabilidad en la que lo privado se halla separado de lo público e incluso lo absorbe o reduce su extensión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Tal problemática da a la palabra “público” el sentido de jardín público, de plaza pública, de lugar de encuentro de personas que no se conocen pero que se sienten contentas de estar juntas.
A mí me resultaba obvio que el hombre contemporáneo trataba de huir de esa promiscuidad que el hombre de la Edad Media y de los tiempos modernos (y, todavía, de algunas partes del mundo actual), en cambio, buscaban. Es cierto que la sociabilidad era menos anónima de lo que parecía: en esas comunidades se conocía todo el mundo.Entre las Líneas En consecuencia, el problema esencial era el paso de una sociabilidad anónima de grupos en los que las personas podían reconocerse, a una sociedad anónima sin sociabilidad pública en la que dominaban (si no se tomaban en cuenta los lugares de ocio o de placeres organizados) bien un espacio profesional, bien un espacio privado, dado que lo “privado” prevalecía en unas sociedades anónimas de las que prácticamente había desaparecido la sociabilidad pública.
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Ahora bien, sorprendentemente, en mis discusiones con mis amigos y colegas y en el coloquio, advertí enseguida que ellos, sin oponerse totalmente a mi tesis, no la adoptaban por completo y que se formaban otra idea del problema público/privado. Tardé tiempo en entender dónde se hallaba la divergencia. El seminario y las discusiones que siguieron me permitieron dar en el clavo, y ahora entiendo mejor que el problema no es tan monolítico como yo imaginaba, que se compone, por lo menos, de dos cuestiones esenciales.
Existe, en efecto, un segundo aspecto de la oposición público/privado que yo no había visto, hasta tal punto me he vuelto extraño a las formas políticas de la historia.Entre las Líneas En esta concepción, lo público es el Estado, el servicio al Estado, y, por otra parte, lo privado o, más bien, lo “particular”, correspondía a todo lo que se sustraía al Estado. Perspectiva nueva para mí, y muy ilustrativa.Entre las Líneas En ese caso, las cosas pueden resumirse muy someramente del siguiente modo.
En la Edad Media, como en muchas sociedades en las que el Estado es débil o simbólico, la vida de cada particular depende de solidaridades colectivas o de dominios que desempeñan una función de protección. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). No se tiene nada —ni siquiera el propio cuerpo— que, llegado el caso, no se halle en peligro y cuya supervivencia no esté supeditada a un vínculo de dependencia.Entre las Líneas En tales condiciones, lo privado y lo público se confunden. Nadie tiene vida privada, pero todo el mundo puede tener un papel público, aunque solo sea el de víctima. Obsérvese que existe un paralelismo entre esta problemática del Estado y la de la sociabilidad, pues, en las mismas condiciones, existe la misma confusión en el ámbito de la sociabilidad.
Un primer momento importante es el de la aparición del Estado cortesano —empleando la expresión de Norbert Elias—. Un Estado que atiende jurídicamente a unas cuantas funciones que hasta entonces se habían dejado en una especie de indivisión (paz y orden público, justicia, ejército, etcétera). Queda disponible entonces un espacio-tiempo para actividades que ya no tienen nada que ver con la causa pública: actividades particulares.
Sin embargo, la sustitución no fue tan sencilla. Al principio (siglo XVI-primera mitad del siglo XVII), el Estado no pudo hacerse cargo de hecho de todas las funciones que reivindicaba jurídicamente. Quedó disponible un espacio mixto que fue ocupado por redes de clientela que se hicieron cargo tanto de las funciones públicas (ocupación militar) como de las actividades privadas, con los mismos medios (servicios personales). Éste es, en particular, el caso de Henri de Campion, del que se ocupa Yves Castan, que pasa sin escrúpulos del servicio del rey al de los príncipes rebeldes, pero que, sin embargo, sigue invocando al rey.
Otros Elementos
Además, en todos los casos, las personas que ejercen realmente el poder (militar, de justicia o de policía) en nombre del rey, lo hacen con sus propios fondos, bien contentos si de cuando en cuando el rey les permite recobrar ese dinero y más, gracias a donaciones.
Autor: Philippe /Ariès.
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