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Guerra de Crimea

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Guerra de Crimea

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Guerra de Crimea (Historia)

Guerra de Crimea, conflicto bélico que enfrentó en la península de Crimea a Rusia y a una coalición formada por Gran Bretaña, Francia, el reino de Cerdeña y el Imperio otomano desde 1853 hasta 1856. Esta contienda tuvo una importancia decisiva en la historia política de la Europa posterior a las Guerras Napoleónicas.[1]

Guerra de Crimea: Causas y Combatientes

Los regímenes que accedieron al poder tras el fracaso de las revoluciones de 1848 buscaron nuevos métodos de cimentar la autoridad que tanto trabajo les había costado recuperar. Todos ellos reconocieron que la penuria económica había estado en la raíz de las revoluciones de 1848, de modo que todos fijaron su atención con renovado esfuerzo en el desarrollo económico.Entre las Líneas En Portugal, de hecho, el régimen del duque de Saldanha, veterano de las guerras miguelistas que alcanzó el poder en 1851 como consecuencia de un golpe de Estado (uno de los más de siete que encabezó a lo largo de su vida), llegó a decir que el suyo era un gobierno de «regeneración», introdujo una nueva Constitución con elecciones directas, abolió la pena de muerte, y dedicó fondos gubernamentales a mejorar las infraestructuras construyendo una red de carreteras, de ferrocarriles (existen varios acuerdos multilaterales internacionales bajo el auspicio de las Naciones Unidos en este ámbito: Convenio internacional para facilitar el paso de fronteras (véase qué es, su definición, o concepto jurídico, y su significado como “boundaries” en derecho anglosajón, en inglés) a pasajeros y equipajes transportados por ferrocarril, Ginebra, 10 de enero de 1952; Convenio internacional para facilitar el paso de fronteras (véase qué es, su definición, o concepto jurídico, y su significado como “boundaries” en derecho anglosajón, en inglés) a mercaderías transportadas por ferrocarril, Ginebra, 10 de enero de 1952; Acuerdo europeo sobre los principales ferrocarriles internacionales (AGC), Ginebra, 31 de mayo de 1985; Acuerdo sobre una red ferroviaria internacional en el Machrek árabe, Beirut, 14 de abril de 2003; Convenio sobre la facilitación de los procedimientos de cruce de fronteras (véase qué es, su definición, o concepto jurídico, y su significado como “boundaries” en derecho anglosajón, en inglés) para los pasajeros, el equipaje y el equipaje de carga transportados en el tráfico internacional por ferrocarril, Ginebra, 22 de febrero de 2019) y de telégrafos que recorría todo el país.Entre las Líneas En España se creó un nuevo Ministerio de Fomento, con las correspondientes direcciones generales de comercio, instrucción pública y obras públicas. Lo mismo hizo en el Piamonte el gobierno de Cavour. Los regímenes principescos restaurados de los distintos estados alemanes contrajeron cuantiosas deudas con el fin de construir ferrocarriles, puentes, canales (véase qué es, su definición, o concepto, y su significado como “canals” en el contexto anglosajón, en inglés) y escuelas.Entre las Líneas En todo el continente el Estado asumió la dirección central de la construcción de vías férreas, la principal fuente del boom económico de la década de 1850. Los gobiernos crearon oficinas de estadística encargadas de evaluar el estado de la sociedad y de la economía, no solo como complemento de la represión policial, sino también como base para la reforma económica, social y administrativa. «La gente —susurraba Saldanha en 1854— renuncia a la política para ocuparse de sus propios asuntos».Entre las Líneas En todas partes se llevaron a cabo mejoras urbanas. La censura de prensa pasó de los inútiles intentos prerrevolucionarios de impedir la publicación de los artículos de carácter crítico a la vigilancia de sus autores, y a ello habría que añadir el afán cada vez más fuerte de los gobiernos por utilizar la prensa al servicio de su propia propaganda.

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Lo que desde luego no se restauró en 1850 fue la Europa de los acuerdos de Viena. Simbolizada por la salida de escena de Metternich (en 1848), la nueva Europa era muy distinta de la Europa de la Restauración. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Tras un largo período en el que las grandes potencias habían cooperado unas con otras para mantener el statu quo, 1850 inauguró dos décadas de cambios rápidos y de convulsiones violentas en la escena internacional, protagonizadas por una nueva generación de políticos conservadores inteligentes y flexibles que hicieron su aparición en el paisaje posrevolucionario. Hombres como Cavour, Bismarck, Napoleón III o Disraeli reconocieron que el mantenimiento del orden y de la estabilidad requería medidas radicales que permitieran a las masas participar en el apoyo al Estado. Se dieron cuenta también de que el nacionalismo era cada vez más poderoso, y de hecho imparable, y, cada uno a su manera, se mostraron firmemente decididos a aprovecharse de él para sus propios fines. Y todos ellos se mostraron más que dispuestos a utilizar la política exterior para conseguir esos objetivos. Semejante actitud introdujo un poderoso nuevo factor de inestabilidad en la política europea. El hombre que más hizo por dar cabida a ese nuevo elemento fue el emperador Napoleón III de Francia.

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Napoleón III tiene hasta cierto punto derecho a ser calificado como el primer dictador moderno. Se dio cuenta de que su legitimidad dependía del apoyo del pueblo, y no de ciertas tradiciones o principios religiosos o seculares establecidos desde tiempo inmemorial. Por eso su golpe de Estado y la posterior resolución del Senado que lo nombraba emperador fueron sometidos al voto de la nación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Y luego se convocaron nuevas votaciones sobre otros asuntos.Entre las Líneas En otras palabras, la suya fue una dictadura plebiscitaria. Entre bastidores, el emperador se las arregló para manipular las elecciones y los referéndums mediante una mezcla de soborno (véase qué es, su definición, o concepto jurídico, y su significado como “bribery” en derecho anglosajón, en inglés) e intimidación con el fin de obtener el resultado deseado, ya fuera la consecución de un voto afirmativo para sus políticas, o de una mayoría progubernamental dócil en las cámaras legislativas. Al mismo tiempo, invirtió también muchísimo esfuerzo y dinero en el desarrollo económico de su país con el ñn de mantener contenta a la población. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Fomentó la creación de nuevos bancos, que contribuyeron a financiar un enorme boom de la construcción de vías férreas durante la década de 1850, al final de la cual la longitud total de las líneas ferroviarias de Francia era tres veces superior a la que había habido al principio. Ello estimuló el desarrollo de la industria siderúrgica, del acero y del motor, pero además el emperador se cuidó muy mucho de asegurar el pleno empleo emprendiendo un gran programa de obras públicas, en gran medida con financiación (o financiamiento) privada.Si, Pero: Pero no todo era nuevo. Las similitudes entre bonapartismo y orleanismo se pusieron de manifiesto en el nombramiento de antiguos bastiones de la Monarquía de Julio para cargos gubernamentales de la mayor importancia. Algunos de ellos eran miembros de su propia familia, en la que se apoyó en gran medida. Cabría citar entre ellos al ministro del Interior, el duque de Morny (1811-1865), hijo de la hijastra de Napoleón I (casada además con uno de sus hermanos, del que acabó separándose), y al ministro de Asuntos Exteriores, e
l conde Alexandre Walewski (1810-1868), hijo ilegítimo del propio Napoleón I. El papel del Cuerpo Legislativo quedó gravemente reducido, constando solo de 260 miembros electos, frente a los 750 que tenía la Asamblea Nacional en la Segunda República, pero además pronto se le quitó la posibilidad de presentar proyectos de ley (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). De hecho, solo se reunía tres meses al año.

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Nunca hubo un partido bonapartista organizado como tal: el tercer Napoleón gobernó sobre todo por medio de la burocracia. El verdadero poder lo ostentaban el Consejo de Estado, presidido por el propio emperador, y un órgano superior, el Senado, repleto de paniaguados gubernamentales. Napoleón III se encargó de que los prefectos de los departamentos, los alcaldes y otros funcionarios provinciales hicieran lo que les mandaba el Consejo de Estado, recortando la influencia de las oligarquías locales e incrementando extraordinariamente el poder del gobierno central. El régimen se vio reforzado por un incremento enorme de las fuerzas policiales, que se multiplicaron por diez en París a raíz de las reformas de 1854. El número de comisarios de policía se duplicó, y la gendarmería rural, integrada por 14.000 efectivos en tiempos de Luis Felipe, se reforzó hasta contar con 25.000 agentes en total. La policía acosaba a los opositores al régimen y encarcelaba a aquellos que se atrevían a publicar ataques contra él, unas veces después de juicios gracias a los cuales los críticos conseguían una publicidad muy valiosa, y otras sin juicio de ningún tipo.Si, Pero: Pero sobre todo el Ejército, que había puesto de manifiesto su importancia como fuerza defensora del orden tras el fracaso de la Guardia Nacional durante los meses de convulsión de 1848, se convirtió en el principal baluarte del régimen: su prestigio, su paga y sus condiciones en general mejoraron, y su nueva importancia quedaría simbolizada por los vistosos uniformes de la nueva Guardia Imperial. El colérico rechazo del régimen expresado por De Tocqueville, que lo calificó de «despotismo burocrático y militar», no iba demasiado desencaminado.Si, Pero: Pero se necesitaba algo más que prosperidad y orden, supresión de la oposición y fabricación de un consentimiento aparente. Era precisa también una popularidad real. Napoleón III pensó que debía llevar una vida que estuviera a la altura de un importante mito: el mito de su tío, el gran Napoleón I. No había dudado en utilizar generosamente la leyenda napoleónica para ganar apoyos: de hecho, proclamó pomposamente que la restauración de la gloria y del prestigio de Francia constituía una parte importante de su misión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Y ahora tenía que estar a la altura de aquella propaganda en la esfera internacional. Aquello convirtió de repente a Francia en un factor imprevisible y desestabilizador de la política europea (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). De hecho, los franceses intentarían por última vez recuperar la posición de hegemonía europea de la que habían gozado en los siglos xvn y xviii. Había además otros motivos por los que Napoleón III estaba decidido a representar un papel fulgurante en Europa. Las conspiraciones políticas no habían desaparecido por completo de la arena política. «Se urden graves complots en el ejército —decía en una carta privada hacia finales de 1852—. Permanezco atento a todo ello, y calculo que por uno u otro medio puedo evitar que estallen: quizá por medio de la guerra».

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Además, para generar y mantener el apoyo político interno que necesitaba Napoleón recurrió en gran medida a la Iglesia católica francesa, que quizá más que cualquier otra institución se había sentido amenazada por el estallido revolucionario de 1848. No tardó en presentarse la oportunidad (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Durante buena parte del siglo xix había habido un conflicto latente entre Rusia y el imperio otomano. Rusia deseaba extender su influencia por la región de los Balcanes, la mayor parte de la cual seguía gobernada por los otomanos, y conseguir un puerto en las cálidas aguas del Mediterráneo. El imperio otomano, cada vez más achacoso, apodado por Nicolás I «el enfermo de Europa», seguía controlando buena parte de la región, así como el Oriente Medio. Por supuesto, Nicolás era perfectamente consciente de los peligros que entrañaba llegar demasiado lejos o actuar con demasiada precipitación; la última cosa que deseaba era que el imperio otomano desapareciera por completo; paradójicamente quizá, a la vista de su actuación, es posible que lo viera como un baluarte de estabilidad en la región y que incluso, llegado el caso, estuviera dispuesto a apuntalarlo. Su solución al dilema consistió en intentar reafirmar la influencia rusa sobre el poder de los turcos. Por otra parte, intentó impedir que otras potencias hicieran lo mismo. La rivalidad por conseguir una mayor influencia no tardó en agravarse.Entre las Líneas En 1852, Napoleón III intentó hacerse con el apoyo de la Iglesia respaldando las pretensiones de los monjes católicos sobre una pequeña zona del pavimento de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, por entonces un rincón medio olvidado de los territorios del imperio otomano en Oriente Medio. Los monjes ortodoxos habían ampliado la parte de la iglesia que les correspondía durante los últimos años, aprovechando que nadie prestaba atención. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Nicolás les concedió su apoyo, y la cuestión se convirtió enseguida en un pretexto indicador de las ambiciones contrapuestas de ambas potencias en Oriente Medio, donde Napoleón III deseaba allanar el camino para la construcción de un canal que cruzara el istmo de Suez, nominalmente todavía bajo control de los otomanos.

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El sultán otomano, obligado a hacer frente a aquellas pretensiones contrapuestas, no supo qué resolución tomar; y en el verano de 1853 el zar perdió la paciencia con él e invadió los principados danubianos de Moldavia y Valaquia, nominalmente bajo soberanía otomana. La armada rusa destruyó la flota turca en la batalla de Sinope en noviembre de 1853. Los ingleses se preocuparon entonces seriamente por el aumento del poderío naval ruso en el Mediterráneo y la potencial amenaza que significaba para la ruta de la India y, de hecho, a largo plazo (véase más en esta plataforma general) para la propia India. Se sintieron asimismo alarmados por lo que consideraban el vuelco en el equilibrio de poderes de Europa que había supuesto la intervención de Rusia en Austria-Hungría en 1848-1849 (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). De modo que británicos y franceses enviaron una expedición naval conjunta al mar Negro. Nicolás no se dejó intimidar y el 30 de marzo de 1854, Gran Bretaña y Francia se unieron a los otomanos y declararon la guerra a Rusia. Temeroso de una invasión por tierra y desconfiando de los austríacos, Nicolás retiró sus tropas de los principados danubianos con la intención de desplegarlas en posiciones defensivas en otros frentes.

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Los austríacos entraron entonces en los principados junto con las fuerzas otomanas, enfureciendo con ello al zar por lo que este consideró un acto de ingratitud después de haber salvado unos años antes al imperio de los Habsburgo de la desintegración invadiendo Hungría y luego, en 1850, ayudándolos a frustrar los planes de los prusianos de forjar una unión de estados alemanes en el tratado llamado Preacuerdo de Olomouc.

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Mientras tanto se produjero
n enfrentamientos militares entre los aliados británicos y franceses, por un lado, y los rusos, por otro, en el Báltico y en Kamchatka, en la costa del Pacífico, al tiempo que los rusos penetraban en territorio otomano por el Cáucaso. Ninguno de estos choques fue particularmente importante, y menos aún decisivo, pero todos ellos inmovilizaron a un elevado número de tropas rusas —solo en el Báltico, por ejemplo, a 200.000— y por lo tanto impidieron al zar Nicolás I concentrar sus fuerzas en el principal punto de ataque. Napoleón, por su parte, era consciente de las consecuencias fatales que podía tener una invasión de Rusia a gran escala por vía terrestre, habida cuenta de la desastrosa experiencia de su tío en 1812 (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). De modo que, conjuntamente con los británicos, decidió llevar a cabo una invasión de Crimea, donde las tropas podían ser abastecidas fácilmente por mar, en vez de tener que cubrir para ello grandes distancias por tierra. Una fuerza expedicionaria conjunta estableció su cuartel general en Varna, en la costa de Bulgaria, y desembarcó después en Crimea, donde 35.000 soldados aliados derrotaron a una fuerza rusa de 57.000 hombres en la batalla del río Almá en septiembre de 1854, amenazando de paso la ciudad de Sebastopol. Los rusos reforzaron las fortificaciones de la plaza y en octubre lanzaron un contraataque en Balaklava, provocando la famosa carga de la Brigada Ligera, en la que la caballería inglesa, engañada por una orden mal transmitida o mal entendida, arremetió equivocadamente contra los feroces cañonazos de los rusos. Como señalaría un general francés presente en la acción: “C’est magnifique, mais ce n’estpas la guerre. “

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Para entonces los rusos habían llamado a filas a más de cien mil soldados de reserva, pero en el curso de la confusa batalla de Inkermán, en noviembre de 1854, no supieron utilizarlos frente a una fuerza aliada inferior, que pudo así repeler el ataque enemigo. A continuación, la guerra se estancó durante el prolongado asedio de Sebastopol. No tardó en ponerse de manifiesto la incompetencia del mando británico. El comandante en jefe de las tropas inglesas, lord Raglan (1788-1855), que había pasado largos años combatiendo contra Napoleón y había perdido un brazo en la batalla de Waterloo, seguía hablando de «los franceses» cuando quería referirse al enemigo, para disgusto de los oficiales franceses que asistían a su lado a las operaciones montados a caballo. La mayoría de los oficiales, pertenecientes a la aristocracia, prestaban más atención a la disciplina que al combate propiamente dicho. Un ejemplo extremo, pero no desde luego atípico, fue el de lord Gardigan (1797-1868), que dirigió la funesta carga de la Brigada Ligera. Hombre acaudalado, había comprado el mando del 11.° Regimiento de Húsares en 1835 por la escandalosa suma de 40.000 libras —la compra de grados militares era la forma habitual de llenar los puestos de mando en el ejército británico—, y al poco tiempo convirtió al regimiento en los famosos cherry-pickers cuando decidió cambiar su uniforme por otro más elegante, caracterizado por unos pantalones ceñidos de color carmesí. Gardigan se casó con la hermana de su oficial en jefe, lord Lucan, pero el matrimonio acabó en divorcio en 1844, circunstancia que convirtió la antigua amistad de ambos señores en aversión feroz. Más tarde, como correspondería a un buen oficial de caballería, lord Gardigan se casó en segundas nupcias con lady Adeline de Horsay (1824-1915), que acostumbraba a fumar en público y que a la muerte de Gardigan contrajo matrimonio con un noble portugués, escribiendo posteriormente un escandaloso libro de memorias. «No podrían encontrarse dos tontos más grandes en todo el ejército británico», señalaría un capitán inglés en su diario. Ni Gardigan ni Lucan tenían experiencia alguna de lo que era el mando en el campo de batalla. Su incompetencia y el odio que se profesaban desempeñaron un papel funesto en los malentendidos que dieron lugar a la desastrosa carga de la Brigada Ligera.

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La situación de las tropas no tardó en deteriorarse gravemente, y la falta de higiene y de instalaciones sanitarias en los campamentos causó la propagación de las enfermedades y el incremento del número de muertes. El hospital militar británico de Scutari, en la costa del Bosforo, enfrente de Estambul, no tardó en llenarse de enfermos, heridos y moribundos, todos ellos hacinados en condiciones lamentables. El Times de Londres emprendió una campaña para mejorar la situación del establecimiento, fomentada por su corresponsal en la zona, Thomas Chenery (1826- 1884), que escribió: «Los jubilados decrépitos que han sido contratados como personal de ambulancias son totalmente inútiles, y no solo no hay cirujanos a mano, sino que tampoco hay sanitarios ni enfermeras que cumplan las órdenes de los cirujanos». Las cosas no hicieron más que empeorar con el estallido de una epidemia de cólera, llegada con las tropas francesas. Gomo en todas las guerras de la época, y de otras anteriores, murieron más soldados de enfermedad que, como consecuencia del fuego enemigo, detalle señalado por la enfermera inglesa Florence Nightingale (1820-1910), cuya labor en la mejora de los cuidados médicos y el tratamiento de los enfermos la hizo célebre.Entre las Líneas En general, en ambos bandos una elevada proporción de los hombres que perdieron la vida en la contienda murieron de enfermedad: 16.000 de los 21.000 caídos británicos, 60.000 de los 95.000 franceses, y 72.000 de los 143.000 rusos.

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Gomo indican estas cifras, si la forma de gestionar la guerra de ingleses y franceses estuvo marcada por la incompetencia, la de los rusos lo estuvo todavía más. El cólera y otras enfermedades hicieron estragos en Sebastopol y en los campamentos rusos, y finalmente también en este caso hubo un verdadero esfuerzo, encabezado por la gran duquesa Elena Pávlovna (1807-1873), una princesa alemana que encontró en las buenas obras la escapatoria de un matrimonio desgraciado, por establecer un servicio moderno de enfermería y por mejorar la higiene y los cuidados sanitarios. Los mandos militares rusos no fueron mejores que los británicos o los franceses. Temeroso de que pudiera producirse una invasión del noroeste de Crimea a manos de los austríacos, que firmaron una alianza con Francia e Inglaterra en diciembre de 1854, el comandante en jefe de las fuerzas armadas rusas, el anciano e indeciso general Iván Fiódorovich Paskévich (1782-1856), que había estado al frente de los ejércitos rusos en Polonia en 1831, impidió una y otra vez el envío de más refuerzos a Crimea. Fue, por consiguiente, incapaz de socorrer a Sebastopol, donde los aliados habían lanzado un ataque mal coordinado contra el reducto de Malakoff en junio de 1855. Se había abierto un considerable abismo tecnológico entre las fuerzas rusas y las de los aliados. La flota rusa del mar Negro, por ejemplo, había derrotado fácilmente a la armada otomana, pero sus embarcaciones estaban construidas en su mayoría de madera blanda de los vastos bosques de coníferas de Rusia y eran poco marineras, iban escasamente armadas, pocas de ellas eran de vapor, y sus tripulaciones estaban mal adiestradas.Entre las Líneas En cuanto llegaron a escena la marina francesa y la inglesa, los rusos se vieron claramente superados en el número de barcos y de cañones. Las tropas rusas seguían usando mosquetes de chispa con un alcance de unos 200 metros, frente a los 1.000 metros que alcanzaban los fusiles aliados. Los soldados de la caballería rusa montaban en su mayoría en caballos de paseo, a los que costaba trabajo aguantar los rigores de la campaña y que eran lamentablemente lentos cuando tenían que efectuar una carga. Los sables rusos eran poco afilados y se rompían con facilidad, y no tenían comparación con el acero de producción industrial de Sheffield que utilizaban los soldados brit
nicos, capaces de rajar fácilmente los gabanes del enemigo, mientras que los rusos rebotaban en ellos.

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Las tropas rusas eran reclutadas entre la población servil del imperio y estaban obligadas a prestar servicio durante veinticinco años, de modo que muchos de sus integrantes frisaban o pasaban los cuarenta, y tampoco existía un ejército de reserva propiamente dicho; 400.000 nuevos reclutas alistados durante la guerra no habían recibido adiestramiento alguno, pues no se habían encontrado oficiales disponibles a cuyas órdenes pudieran hacer la instrucción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Análogamente, muchos oficiales eran hombres de mediana edad o mayores, excesivamente prudentes y carentes de inspiración. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El general Eduard Ivánovic Totleben (1818-1884), el ingeniero que organizó la construcción de las formidables defensas de Sebastopol, fue la gran excepción a esta regla. Gomo no existían vías férreas al sur de Moscú, las tropas tardaban hasta tres meses en llegar a Crimea desde el norte o el centro de Rusia. Y cuando llegaban a su destino, se encontraban con una desastrosa escasez de pertrechos, en parte debido a la dificultad de conseguirlos allí, y en parte también porque la falta de instalaciones industriales en Rusia implicaba que la manufactura fuera tan lenta que a finales de 1855 había solo 90.000 cañones y poco más de 250 piezas de artillería de campaña en los arsenales.

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En cambio, los británicos y los franceses reponían constantemente sus pertrechos por vía marítima.Si, Pero: Pero sobre todo quizá, el estado ruso era incapaz de financiar el esfuerzo de guerra, de modo que a comienzos de 1856 el Consejo de Estado publicó una advertencia para el nuevo zar, Alejandro II, avisándole de que el Estado probablemente entrara en bancarrota, o insolvencia, en derecho (véase qué es, su concepto jurídico; y también su definición como “insolvency” o su significado como “bankruptcy”, en inglés) si no ponía fin al conflicto lo antes posible.

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Gracias a la muerte del zar Nicolás I el 2 de marzo de 1855 y al nombramiento de Palmerston como primer ministro británico el 6 de febrero de ese mismo año, ya habían dado comienzo las negociaciones que pondrían fin a la guerra. Al ver repelido su intento de socorrer Sebastopol en agosto de 1855, los rusos se pusieron a negociar en serio, y en abril de 1856 se firmó el tratado de París. Según lo estipulado en él, el mar Negro se convertía en territorio neutral, se impedía a Rusia estacionar buques de guerra en él, y se concedía la independencia a los principados danubianos. Estos no tardaron en unirse para formar Rumania junto con el antiguo territorio otomano de la Besarabia meridional, arrebatado a Rusia, a la que venía perteneciendo desde 1812.

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Los acuerdos de paz eran por tanto gravemente lesivos para los intereses de Rusia en la región, pero también afectaban negativamente al imperio otomano. La guerra de Crimea resultó el conflicto europeo más destructivo desde los tiempos de Napoleón, con casi medio millón de muertos en acción o a consecuencia de las heridas o por enfermedad. Y eso que geográficamente su radio de acción fue muy limitado. Se vio envuelta en la contienda una proporción muy reducida de las fuerzas de las que disponían las potencias beligerantes, y los objetivos por los que se luchaba fueron muy limitados. Ningún estado, ni la Rusia zarista ni el imperio otomano, se vio amenazado con su destrucción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). También en otro sentido se trató de una guerra a la antigua usanza. No solo los generales o al menos algunos de ellos eran reliquias de la batalla de Waterloo. Las batallas fueron libradas por multitudes de soldados vestidos con uniformes chillones, que disparaban salvas de fusil, atacaban al enemigo a pie, o lanzaban cargas de caballería no muy distintas de las que solían llevarse a cabo medio siglo antes.

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Aunque los resultados de la guerra de Crimea fueron muy limitados por lo que refiere a sus consecuencias directas, los efectos en sentido lato de la derrota de Rusia en la política internacional de Europa fue más profundos. Rusia fue obligada a retroceder a los márgenes de la política europea desde la posición central que había ocupado en 1815. Francia volvió a entrar en ella, y su poder y su prestigio se incrementaron notablemente. El imperio otomano sobrevivió y quedó más o menos intacto, con la única pérdida de los principados danubianos.

Aviso

No obstante, el sultán se vio obligado a ratificar en un firmán oficial los derechos de los cristianos de sus reinos, y especialmente en Jerusalén. Poco a poco fue quedando claro que las instituciones del imperio necesitaban una reorganización muy seria. Gomo dijo al sultán el embajador británico Stratford Ganning, hombre que no tenía pelos en la lengua y llevaba largo tiempo prestando servicio, «Vuestro actual sistema administrativo… os está llevando a la destrucción». El sultán Abdtilaziz I (1830-1876) y su sucesor, Abdul Hamid II (1842-1918), que subió al trono en 1876 tras el asesinato de Abdtilaziz y la rápida destitución de su sucesor, Murad V (1840-1904), mentalmente inestable, se dieron cuenta de la necesidad de las reformas, pero fueron incapaces de llevarlas a cabo. El imperio otomano no tardaría mucho en convertirse de nuevo en el enfermo de Europa, incapaz de pagar sus deudas y proporcionando botines fáciles a las agresiones de Rusia, cuando esta se recuperara dos décadas más tarde.

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La incompetencia de las respectivas actuaciones de los distintos ejércitos implicados dieron lugar a reformas de gran envergadura en la organización militar y el abastecimiento tanto en Rusia como en el Reino Unido.Entre las Líneas En Gran Bretaña la falta de un sistema de reclutamiento obligatorio suponía que el ejército fuera relativamente pequeño y que hubiera pocas tropas de reserva. La preocupación de la opinión pública por la forma de hacer la guerra se vio avivada por los informes críticos del corresponsal de “The Times” en Crimea, William Howard Russell (1820-1907) (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Dio comienzo así un debate acerca de la mejor forma de financiar, organizar y abastecer a las fuerzas armadas, y se creó una comisión real.Si, Pero: Pero no sería hasta finales de la década de 1860 y comienzos de la siguiente cuando se pusieran en práctica esas reformas, aumentando el gasto destinado al Ejército y aboliendo el sistema en virtud del cual los jóvenes acaudalados y en su mayoría pertenecientes a la aristocracia tenían la facultad de comprar el grado de oficial, en vez de estudiar para ello y ganarse los ascensos por sus propios méritos.Entre las Líneas En Rusia, el zar Alejandro II, nieto de Federico Guillermo III de Prusia y, por ende, como muchos monarcas europeos del siglo xix, si no la gran mayoría de ellos, alemán en parte, reaccionó ante la derrota embarcándose en una serie de reformas fundamentales. La más significativa de ellas fue la emancipación de los siervos, llevada a cabo al término de largos preparativos en 1861. Crear un ejército cuyos soldados estuvieran realmente interesados en el éxito militar de Rusia fue uno de los motivos de la emancipación, medida a la que siguió una reorganización de los gobiernos de las provincias. La abolición (nota: el abolicionismo es una doctrina contra la norma o costumbre que atenta a principios morales o humanos; véase también movimiento abolicionista y la abolición de la esclavitud en el derecho internacional) de la servidumbre tuvo además consecuencias significativas para la administración de la Rusia rural.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

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Poner fin a los poderes policiales de los terratenientes supuso la introducción de un sistema centralizado de policía, mientras que, por otro lado, se hizo necesario fomentar cierto sentido de lealtad al régimen mediante el establecimiento de asambleas locales de carácter electivo, introducido en 1864. Existían asambleas o zemstva de este tipo a nivel de distrito y de provincia, y eran elegidas por separado por nobles, habitantes de las ciudades y campesinos (estos últimos indirectamente). A nivel provincial, predominaban los nobles, factor que disuadió a los reformadores liberales de su afán de reclamar una Asamblea Nacional; la idea, en cualquier caso, contó con la oposición de los conservadores del entorno del zar.

Una Conclusión

Por consiguiente la autocracia continuó. Alejandro hizo algunos esfuerzos por reformar el sistema judicial, introduciendo tribunales al estilo de la Europa occidental y juicio públicos en 1865, con jueces fijos y juicios con jurados para los delitos mayores. La policía siguió teniendo poder para efectuar «arrestos administrativos» y decretar destierros a Siberia sin juicio previo para los reos de delitos políticos, pero la reforma, en cualquier caso, fue muy significativa: con el tiempo, los tribunales se convirtieron en importantes centros para la libre expresión de las opiniones.Entre las Líneas En 1862 la censura preventiva fue sustituida por los procesos incoados después de la publicación de un escrito. Se concedió mayor autonomía a las universidades, se dio a los profesores libertad para enseñar lo que quisieran, y el sistema educativo fue reestructurado y ampliado. Se llevaron a cabo intentos serios de purgar a los burócratas corruptos y de mejorar la calidad de la administración. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La descentralización de muchas funciones del gobierno a favor de los zemstoa indudablemente contribuyó a este proceso.

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Alejandro II nombró ministro de la Guerra en 1861 al liberal Dmitry Alexéyevich Milyutin (1816-1912), con la tarea de reformar el ejército. Entre 1861 y 1881 Milyutin racionalizó la administración, reduciendo el volumen de la correspondencia en un 45 %, dividió el imperio en quince distritos militares, integró las distintas ramas del ejército, reorganizó y profesionalizó las academias militares y los centros de adiestramiento, e incrementó las reservas disponibles, que pasaron de 210.000 hombres en 1861 a 553.000 en 1870. Tras una serie de luchas tremendas con los conservadores de la corte que deseaban que los nobles siguieran estando exentos del servicio militar, Milyutin finalmente logró persuadir al zar de que debía introducir el servicio militar obligatorio y universal en 1874, con un período de seis años de servicio, seguidos de otros nueve en la reserva. Milyutin se preocupó también por el bajísimo nivel de alfabetización que había entre los reclutas —solo un 7 % de ellos sabía leer y escribir en la década de 1860—, y creó programas educativos dentro del ejército que dieron lugar a un rápido crecimiento de los niveles de alfabetización entre los soldados, la mitad de los cuales sabía leer ya en 1870 y una cuarta parte también escribir (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). De ese modo Rusia entró en la segunda mitad de la década de 1870 mucho mejor preparada para la guerra de lo que lo había estado veinte años antes.

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El golpe infligido a la posición de Rusia en Europa por la derrota de 1856 fue solo temporal, aunque se prolongó durante un período crucial de casi dos décadas. Paradójicamente, para Austria fue mucho más grave, aunque el imperio de los Habsburgo no había llegado a participar en la guerra de Crimea. Los Habsburgo se habían malquistado con Rusia por apoyar al bando aliado, destruyendo así la sociedad que había constituido el núcleo de la Santa Alianza después de 1815.Si, Pero: Pero la contribución de Austria al esfuerzo de guerra aliado había sido breve, había estado llena de vacilaciones y había sido llevada a cabo a regañadientes, de modo que los Habsburgo se quedaron relativamente sin amigos, con las funestas consecuencias que ello tendría para su posición en Europa (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). De todas las potencias beligerantes, Francia fue la que salió mejor librada. La mayoría de las grandes victorias de la guerra se debieron en gran parte a los franceses, y Napoleón III salió del conflicto con su poder y su estatus muy mejorados. El triunfo francés fue sellado por la decisión simbólica de celebrar la conferencia de paz en París. Se permitió al emperador continuar su búsqueda de la gloria sobre todo debido al fin efectivo del concierto europeo en la guerra de Crimea y al abandono definitivo de la idea de solidaridad monárquica.Entre las Líneas En su afán de conseguir otro éxito en el extranjero, la mirada del emperador se fijó a continuación en Italia.

Fuente: la lucha por el poder, distribuido también en archives.org

Consideraciones Jurídicas y/o Políticas

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La guerra (Historia)

Los rusos destruyeron la flota turca situada en el puerto de Sinope (en la actualidad, Sinop), en el mar Negro, el 30 de noviembre de 1853, lo que provocó una enérgica protesta de Gran Bretaña y Francia. Rusia ignoró la demanda por la que ambos países reclamaban la evacuación de Moldavia y Valaquia, y las dos potencias europeas le declararon la guerra en marzo de 1854, confiando en que su supremacía naval les proporcionaría una victoria rápida. El reino italiano de Cerdeña se unió poco después a esta coalición anglo-francesa con la esperanza de ganar su favor y obtener su ayuda para expulsar a los austriacos del territorio de la península Itálica y así acelerar su deseada unificación italiana. El 3 de junio, Austria amenazó con declarar la guerra a Rusia, que quedó consternada al recibir la noticia, a menos que desocupara Moldavia y Valaquia. Rusia cumplió esta petición el 5 de agosto y las tropas austriacas ocuparon ambos principados.

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Fue en este momento cuando los aliados decidieron emprender una campaña contra Sebastopol (en la actualidad, en el sur de Ucrania), donde se encontraba el cuartel general de la flota rusa emplazada en el mar Negro; sus fuerzas alcanzaron Crimea en septiembre de 1854. La guerra se prolongó, a pesar de las cruentas derrotas que sufrieron los rusos en el río Alma y en las batallas de Balaklava y de Inkerman, debido a la negativa de Rusia a aceptar las condiciones de paz propuestas por los aliados. Finalmente, Sebastopol cayó el 9 de septiembre de 1855, pero Rusia aceptó firmar la paz solo después de que Austria amenazara con intervenir en la guerra.

El Tratado de París, firmado el 30 de marzo de 1856, supuso para Rusia un enorme contratiempo en lo concerniente a su política en Oriente Próximo. Los rusos se vieron obligados a devolver el sur de Besarabia y la zona de la desembocadura del Danubio al Imperio otomano; Moldavia, Valaquia y Serbia quedaron supeditadas a un acuerdo internacional, en lugar de estar sometidas al control de Rusia. El sultán otomano Abdülmecid I se limitó a ofrecer vagas promesas con respecto a los derechos de todos sus súbditos cristianos y, por último, se prohibió a Rusia mantener una fuerza naval en el mar Negro.

Desde el punto de vista militar, esta guerra representó un acontecimiento desafortunado e innecesariamente costoso. Los comandantes de ambos bandos demostraron claramente su ineptitud desperdiciando vidas en combates absurdos, tales como la famosa carga de la Brigada de Caballería Ligera, en la que una unidad británica sufrió graves pérdidas durante la batalla de Balaklava. La ineficacia y la corrupción de las administraciones obstaculizaron el abastecimiento de alimentos, ropa y municiones en ambos ejércitos, y los servicios médicos no recordaban una situación tan atroz. La enfermera británica Florence Nightingale adquirió fama por los esfuerzos que realizó para mejorar el cuidado de los enfermos y heridos, pero fueron las enfermedades y no los combates las que provocaron el mayor número de víctimas. La opinión pública británica también fue adquiriendo una actitud más crítica ante la guerra a medida que leía las crónicas enviadas al periódico The Times por el corresponsal de guerra irlandés W. H. Russell, el primer periodista que relató un conflicto bélico por medio del telégrafo. Asimismo, el británico Roger Fenton tomó en 1855 las primeras imágenes fotográficas que ilustraban de forma impactante una guerra.

La guerra de Crimea fue un acontecimiento de gran repercusión en la historia de Europa. Supuso el fin del acuerdo por el cual los vencedores de las Guerras Napoleónicas (Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia) habían cooperado para mantener la paz en Europa durante cuarenta años. El mito del poder ruso quedó enterrado y la ruptura de la antigua coalición permitió a Alemania e Italia liberarse de la influencia de Austria y emerger como naciones independientes en la siguiente década.

Detalles

Por último, cabe señalar que las consecuencias de la derrota sufrida en Crimea fueron el factor desencadenante de la aplicación de un programa de profundas reformas internas en Rusia, llevado a cabo por el sucesor del zar Nicolás I, Alejandro II.[2]

Consideraciones Jurídicas y/o Políticas

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Recursos

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Notas y Referencias

  1. Información sobre guerra de crimea de la Enciclopedia Encarta
  2. Información sobre guerra de crimea la guerra de la Enciclopedia Encarta
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1 comentario en «Guerra de Crimea»

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