La resiliencia, definida como la capacidad psicológica para adaptarse a las circunstancias estresantes y recuperarse de los acontecimientos adversos, es un rasgo de la personalidad muy demandado en el lugar de trabajo moderno. Podemos pensar en la resiliencia como una especie de músculo que se contrae durante los buenos momentos y se expande durante los malos.
En ese sentido, la mejor manera de desarrollar la resiliencia es a través del sufrimiento, como varios filósofos han señalado a través de los años. Séneca observó que “las dificultades fortalecen la mente, como el trabajo lo hace al cuerpo”, y Nietzsche notoriamente afirmó que “lo que no nos mata nos hace más fuertes”. De la misma manera, el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos usa el mantra “el dolor no es más que la debilidad cuando abandona el cuerpo” como parte de su duro programa de entrenamiento.
Pero, ¿podría llegar a ser mala una excesiva resisliencia, al igual que demasiada masa muscular puede ser perjudicial por forzar el corazón? Estudios científicos a gran escala sugieren que incluso las competencias adaptativas se vuelven desadaptativas si se llevan al extremo.