Apostolicidad
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Teología Fundamental de la Apostolicidad en Relación a Teología
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] (Nota: esto es una continuación del texto sobre teología fundamental de la apostolicidad que se haya en otra parte de esta plataforma online). 4) Exposición teológica. Si queremos someter a análisis el concepto de apostolicidad como propiedad de la Iglesia, nos encontramos con estos factores: a) la ley de mediación que preside el orden salvífico (supuesto general); b) el hecho único de la mediación de Cristo, que establece de forma definitiva la nueva economía salvífica; c) el hecho de la misión de los Apóstoles, constituidos por Cristo fundamento de la I.; d) la continuidad perenne de’ esa misión: continuidad que afecta a los elementos objetivos de la Iglesia (dogmas, jerarquía, sacramentos) y a las personas sobre las que recae la misión (obispos o pastores).
a) La ley de la mediación en el plan salvífico. La gracia de la inocencia (la justicia original) que hizo a nuestros primeros padres amigos e hijos de Dios, era una gracia que santificaba plenamente al alma y que, acompañada por dones preternaturales, otorgaba al hombre una especial armonía: desde el alma rebosada sobre el cuerpo y sobre la sensibilidad eliminando toda resistencia y desorden; por eso -afirma Santo Tomás- era innecesaria la institución de sacramentos (cfr. S. Tomás, Sum. Th. 3 q61 a2).
Pero una vez que el pecado deshizo aquella armonía primera y debilitó nuestra naturaleza, Dios, con sabia y benigna pedagogía, estableció para la humanidad caída un plan de salvación centrado en la mediación del Verbo hecho carne, cuya acción se prolonga por la Iglesia y por los sacramentos, que incluye elementos sensibles (cfr. Sum. Th. 3 q l a3 ad l ; q61 al). Y «para dejar presentir, desde un principio, aunque de manera aún oscura, que la gracia es concedida a los hombres por una anticipación de los efectos de la Encarnación redentora., la gracia es otorgada en adelante dependiendo siempre de señales visibles. Lo mismo sucede con la predicación de la verdad divina: Dios suscita los profetas que anuncien públicamente su mensaje, con lo que asegura la trasmisión fiel del mismo» (Ch. Journet, o. c. en bibl. 30-31).
Siendo toda mediación visible en la economía salvífica un reflejo anticipado o una prolongación del misterio de la Encarnación, no hay que ver en ella un obstáculo, sino un camino que acerca a Dios, un avance hacia su intimidad: «Así, a medida que se prosigue la obra de nuestra salvación, aparece cada vez más netamente la impPrtancia de la mediación visible. Es una señal de perfeccion y de progreso. El que Dios use de intermediarios visibles no quiere en manera alguna decir que abandone el cuidado del gobierno de los hombres; significa por el contrario que su condescendencia comienza a hacerse más apremiante, más íntima, para con nuestra naturaleza herida por el pecado.Entre las Líneas En el momento en que se ejerce esta mediación, las solicitaciones inmediatas y directas del amor, en lugar de hacerse más raras, se hacen más abundantes que nunca» (Ch. Journet, o. c. 32).
En el Antiguo Testamento, era de preparación y de preanuncios, hallamos mediaciones múltiples, pero imperfectas.Entre las Líneas En primer lugar, la mediación misma de Israel, elegido y santificado como pueblo peculiar de Dios, «reino de sacerdotes» (Ex 19,6), que carga con las promesas del mundo, depositario y misionero de la Revelación. El propio Israel, con ser el rebaño apacentado y guiado por Yahwéh (cfr. Ps 95,7), vive bajo la guarda y dirección de unos pastores visibles: es gobernado por patriarcas, caudillos y reyes; presenta a Dios sus ofrendas y recibe de Él las bendiciones a través de la mediación de los sacerdotes que dirigen el culto; es orientado en su fe por los profetas que le hablan en nombre del Señor. Todo este sistema de mediaciones tenía una eficacia salvífica sólo relativa e incipiente, recibida del gran Mediador de la alianza nueva, por quien y de quien adquiere su pleno sentido cualquiera intervención salvadora. La historia del pueblo de Dios manifiesta constantemente el designio divino de salvar a los hombres mediante la acción de otros hombres y realidades sensibles.
b) La mediación única y definitiva de Cristo. Cuando la humanidad, progresivamente preparada por la divina pedagogía, se halló madura, «al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4, 4). Este envío es el gran acontecimiento sobre el que gira toda la historia de la humanidad. Es el hecho único que lo ilumina todo, lo explica todo, lo alcanza todo y lo renueva todo. La salvación de Dios se hace presente entre los hombres en el Dios-Hombre, único Mediador plenamente eficaz y solvente entre el Cielo y la tierra: «Dios -dice el Concilio Vaticano II- para establecer la paz o comunión con Él y una fraterna sociedad entre los hombres pecadores, dispuso entrar en la historia humana de modo nuevo y definitivo, enviando a su Hijo en carne nuestra, a fin de arrancar por Él a los hombres del poder de las tinieblas y de Satanás (cfr. Col 1,13; Act 10,38) y en £1 reconciliar consigo al mundo (cfr. 2 Cor 5,19)» (Vaticano 11, Ad gentes 3).
Mediador por su propio ser, ya que en Él se juntan misteriosamente la naturaleza divina y la humana (y así es a la vez Hijo de Dios y hermano nuestro, verdadero «Dios-con-nosotros»), Cristo llevó a cabo su misión medianera y salvífica de una vez para siempre en el misterio de su Muerte y Resurrección, «pacificando por la sangre de su cruz todas las cosas» (Col 1,20). La Encarnación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), intrínsecamente orientada hacia la consumación de la Pascua (cfr. Heb 10,5-7), es así la epifanía y la realización del Designio salvífico del Padre. A través de la humanidad de Cristo, Dios se ha acercado a nosotros, nos ha mostrado su bondad, nos ha reconciliado consigo, comunicándonos su gracia salvadora, su vida divina: ¡nos ha salvado! (cfr. lo 3,16-17; Tit 2,11; 3,4-7).
Siguiendo a S. Juan Damasceno (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), la teología escolástica habla de la humanidad de Cristo como de un «órgano» o «instrumento conjunto» de la divinidad (cfr. S. Tomás, Sum. Th. 3 q62 a5), a través del cual ésta ejercerá en el mundo toda su acción salvífica, toda comunicación de gracia. Los teólogos recientes -empleando la palabra sacramento en un sentido lato- ven en la humanidad del Verbo el «sacramento frontal» de la salvación: signo, sensible, en el que se manifiesta el eterno designio salvífico de Dios, y causa (instrumental) por la que ese designio se lleva a cabo efice-mente. Cristo es «el Sacramento del encuentro. con Dios» (O. Semmelroth).Entre las Líneas En Él está toda la plenitud de gracia y de verdad (cfr. lo 1,14), toda la salvación del mundo.Entre las Líneas En Él Dios se ha acercado y se ha dado definitivamente a los hombres. Tras Él no cabe ya ninguna nueva economía, ninguna nueva mediación que pueda añadir algo a la suya.
Sin embargo, Cristo dispuso benignamente asociar a los hombres a su obra, haciéndoles partícipes de su propia función medianera en la distribución de los bienes salvíficos por Él obtenidos. Por eso, una vez operada la Redención, Cristo asume otro Cuerpo misterioso, socialmente articulado, del que se va a servir para extender y continuar su acción salvífica hasta su segunda venida. Este cuerpo es la Iglesia, en la que se prolonga la sacramentalidad frontal y arquetípica de Cristo. El Salvador resucitado «envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por Él hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación» (Vaticano 11, Lum. gent. 48). Y así desde el Cielo continúa «comunicando mediante ella la verdad y la gracia a todos» (Lum. gent. 8).
c) La Iglesia, cimentada sobre los Apóstoles. Continuación del misterio de la Encarnación, la 1. es a un tiempo espiritual y visible, «comunidad de fe, esperanza y caridad» y «sociedad provista de sus órganos jerárquicos» (Lum. gent. 8). Cristo le comunica su Espíritu vivificante que la impulse, por un lado, y, por otro, su «representación» jurídica, la investidura de su misión y de sus poderes de Mediador. Misión y poderes que no se reparten por igual entre los miembros de la comunidad, sino según una estructura jerárquica. La Iglesia es un organismo vivo, en el que hay diversidad de dones y carismas, de funciones y ministerios «ordenados al bien de todo el Cuerpo» (Lum. gent. 18; cfr. 1 Cor 12,4-7; Eph 4,7-16; V. JERARQUÍA ECLESIÁSTICA).
En ese conjunto de dones y ministerios sobresale la gracia de los Apóstoles, especialmente elegidos y formados por Cristo, y por Él dotados de una misión peculiar, prolongación auténtica de la que el mismo Jesús, «Apóstol y Pontífice de nuestra confesión» (Heb 3,1) recibió del Padre (lo 20,21; cfr. 13,20). Según la certera expresión de S. Clemente Romano, «Cristo (fue enviado) de parte de Dios, y los Apóstoles, de parte de Cristo», conforme al designio divino. «Los Apóstoles fueron así -afirma el Vaticano II- la semilla del nuevo Israel, a la vez que el origen de la jerarquía sagrada» (Ad gentes, 3).
La triple función medianera de Cristo -Profeta, Sacerdote y Rey- se traspasó a los Apóstoles: a ellos «les confirió Cristo el encargo de enseñar, de santificar y de regir en su propio nombre y autoridad» (Vatic. II, Apost. actuositatem, 2). Estas funciones y los poderes correspondiente habrán de permanecer siempre en la I.; pero en los Apóstoles se dieron con un acompañamiento excepcional de privilegios y carismas. No se les confirieron como a meros pastores, ni tampoco sólo como a primeros pastores, sino como a pastores de excepción asociados a Cristo en la misma fundación de la Iglesia. Como tales, estuvieron dotados de un poder de jurisdicción y magisterio extraordinario: a ellos les dejó Cristo el encargo de administrar y -en su caso- promulgar los sacramentos por Él instituidos y el de trasmitir con garantías de infalibilidad -ya oralmente, ya por escrito bajo el carisma de la inspiración- todo el contenido de la Revelación confiada a la Iglesia Así con los Apóstoles la Iglesia recibió su cuerpo de doctrina, que habrá de conservarse y trasmitirse en toda su integridad, y recibió también su estructura esencial definitiva e intangible. Ellos han marcado en su mismo origen el ser y el dinamismo de la Iglesia, que llevará siempre en su entraña la condición de apostólica, que nunca podrá ser otra que la que Cristo fundó sobre los Doce (V. APÓSTOLES).
Para que los Apóstoles pudieran llevar a cabo su alta misión de vicarios y continuadores de Cristo en la fundación de la Iglesia, Él les envió de parte del Padre al Espíritu Santo, quien anima, inspira y fecundiza interiormente toda la labor extensa de aquéllos: la Iglesia será obra del Espíritu Santo y del cuerpo apostólico, que, enviados por Cristo Señor, consuman su tarea salvífica. «Fue en Pentecostés cuando empezaron los “hechos de los Apóstoles”. El mismo Señor Jesús, antes de dar voluntariamente su vida para salvar al mundo, de tal manera organizó el ministerio apostólico y prometió enviar al Espíritu Santo, que ambos están asociados en la realización de la obra de la salvación en todas partes y para siempre» (Ad gentes, 4).
Gracias a esa infusión del Espíritu, los Apóstoles son en realidad «la semilla del nuevo Israel» (Ad gentes, 5): Así como la 1. es, «por el interior y por la gracia, el desenvolvimiento, en el tiempo y en el espacio, del don de Pentecostés. (así también es) en el exterior y como cuerpo visible, el desenvolvimiento de los “doce”. Como Israel, pueblo de Dios, no es más que el despliegue de los doce hijos de Jacob., la Iglesia, nuevo Israel, verdadero y definitivo pueblo de Dios, no es sino el despliegue de los doce Apóstoles» (Congar, Apostolicidad. o. c. en bibl. 163)..
Los Apóstoles son, pues, verdaderos fundamentos (y fundadores) de la Iglesia, a la que comunican cohesión y firmeza; pero fundamentos secundarios, que reciben su solidez de Cristo, única piedra angular, (Eph 2,20; Mt 21,42; 1 Cor 3,11), que por sí mismo sustenta toda la construcción: «La Iglesia es firme -dice S. Tomásporque su fundamento principal es Cristo, y su fundamento secundario los Apóstoles y su doctrina. por eso se la llama apostólica» (In Symbol. a9).
Pero la Iglesia no es sólo apostólica por haber nacido de los Apóstoles, «de quienes recibió las primicias de su fe» (oración de la fiesta de S. Pedro), y por tener la estructura y la doctrina que ellos en nombre de Cristo le confirieron, sino también por estar sustentada perennemente sobre la autoridad de los Apóstoles, trasmitida a sus representantes y legítimos sucesores, los Obispos. Éstos, bajo el poder supremo del sucesor de Pedro, enseñan, gobiernan y santifican al Pueblo de Dios con la misión y los poderes apostólicos.
d) La sucesión apostólica. La triple misión jerárquica que los Apóstoles recibieron de Cristo -Rey, Sacerdote y Profeta- ha de seguir ejerciéndose siempre. La permanencia y continuidad queda asegurada por la sucesión apostólica (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). El Concilio Vaticano II expone así el sentir de la I.: «Esta divina misión, confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar hasta el fin del mundo (cfr. Mt 28,20), puesto que el Evangelio que ellos deben propagar es en todo tiempo el principio de toda la vida para la Iglesia. Por esto los Apóstoles se cuidaron de establecer sucesores en esta sociedad jerárquicamente organizada. A fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, dejaron a modo de testamento a sus colaboradores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra comenzada por ellos, encomendándoles que atendieran a toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo los había puesto para apacentar la Iglesia de Dios (cfr. Act 20,28). Y así establecieron tales colaboradores y les dieron además la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo de su ministerio. Así, como atestigua S. Ireneo, por medio de aquellos que fueron instituidos por los Apóstoles Obispos y sucecores suyos hasta nosotros, se manifiesta y se conserva la tradición apostólica en todo el mundo. Por ello, este sagrado Sínodo enseña que los Obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envió» (Lum. gent. 20).Entre las Líneas En este texto se recoge la enseñanza del Evangelio, de los Hechos, y de S. Pablo, y la de S. Clemente, S. Ireneo, Tertuliano, etc., que mencionamos más arriba. El Concilio enseña seguidamente que la trasmisión de funciones se realiza por el sacramento del Orden: «La consagración episcopal, junto con el oficio de santificar, confiere también los oficios de enseñar y de regir, los cuales, sin embargo, por su misma naturaleza, no pueden ejercerse sino en comunión jerárquica con la Cabeza y los miembros del Colegio» (Lum. gent. 21). Según esto, no hay verdadera apostolicidad, donde no se da la continuidad nacida del sacramento del episcopado válidamente recibido. Y no hay apostolicidad plena, donde no se da sucesión formal, es decir, donde falta la misión legítima, donde no hay comunión con la 1. universal o -lo que es lo mismo, pero concretamente más fácil de comprobar- con la 1. primacial de Roma. Así la «romanidad» viene a ser la garantía normal y absoluta de la plena apostolicidad de sucesión; de igual modo que ésta es la sola garantía perfecta de la apostolicidad de doctrina.
Más Información
Los obispos son, en expresión feliz de Tertuliano, los «trasmisores de la semilla apostólica» (De praescr. haer. 32). Y, según S. Ireneo, la señal indubitable de la sucesión apostólica en toda la 1. es la continuidad que se da en la sede de Roma, con la cual todas -las 1. deben estar en comunión, y «en la cual por todos en todas partes se ha conservado la tradición proveniente de los Apóstoles» (Adv. Haer. 3,3,2; J. Madoz, El primado Romano, Madrid 1936, 44).
Conclusión. La apostolicidad, cuyo contenido complejo acabamos de describir, es una propiedad que refleja, acaso como ninguna otra, el doble aspecto esencial al misterio de la I.: el institucional y el místico. Por un lado, la apostolicidad es como la espina dorsal de la constitución visible y orgánica del pueblo de Dios, la garantía de su estabilidad, y el documento acreditativo de su identidad. Por otro, es una conexión vital con el misterio mismo de Cristo, quien a través de ella prolonga y hace llegar a los hombres su actividad mesiánica de Rey, Profeta y Sacerdote; es la proyección permanente de la sacramentalidad de Cristo en el mundo. Como Dios está en Cristo reconciliando al mundo consigo, así -proporcionalmente- Cristo está siempre en sus Apóstoles a quienes confió el ministerio de reconciliación (cfr. 2 Cor 5,18-20). La apostolicidad es como la permanencia viva de la acción mediadora de Cristo Cabeza en su 1.
Por ser apostólica, la Iglesia tiene el doble deber de ser fiel a sus orígenes, conservando íntegra la doctrina y las estructuras esenciales recibidas de los Apóstoles (y en este sentido será siempre tradicional, siempre idéntica a sí misma), y de ser evolutiva, exponiendo la doctrina de su depósito y perfeccionando las estructuras según las exigencias de los hombres de cada tiempo y lugar, con los que ejerce la función de Mediadora. Encarnando la mediación de Cristo en cuanto a su virtud salvífica, debe encarnar asimismo el celo ardiente del Salvador y el modo benigno y humano de su actuación. La apostolicidad entraña el apostolado (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), pues continúa la misión de Cristo y de los Apóstoles.
En cada uno de los fieles la apostolicidad exige amor, respeto y obediencia a los Pastores que en nombre de Cristo enseñan, rigen, y santifican: quien los escucha, a Cristo escucha, y quien los desecha, desecha a Cristo (cfr. Le 10,16). Exige también participación leal y generosa en el apostolado, del que ningún miembro de la Iglesia puede eximirse, siendo todos -aunque no en la misma forma- «partícipes del oficio de Cristo, sacerdote, profeta y rey» (Apost. actuos. 5).
5) La apostolicidad, «nota» distintiva de la Iglesia. La apostolicidad no sólo pertenece al misterio de la 1. y fluye necesariamente del mismo, sino que lo patentiza: es una señal inequívoca de su presencia, un carácter que distingue la verdadera 1. de las otras comunidades cristianas.
Para que tenga el valor de nota, la apostolicidad ha de ser tomada en su sentido íntegro. No es nota la mera apostolicidad de origen ni la de doctrina, pues ni una ni otra es claramente discernible sin acudir a la sucesión de pastores. La apostolicidad de sucesión, que implica las otras dos, tiene realmente valor de nota: allí donde hay un cuerpo de pastores que, a través de una cadena ininterrumpida de sucesiones legítimas, muestra haber recibido de los Apóstoles su misión y sus poderes, allí y sólo allí está la verdadera 1. fundada por Cristo.
Pero la dificultad para el uso de esta nota está en la demostración de la continuidad ininterrumpida y de la legitimidad de la misión. Estas realidades no son en sí siempre fácilmente comprobables. Lo son, en cambio, si recurrimos a la vinculación con la Sede Romana, centro de la unidad social de la I.; o, en general, a la comunión dentro de la unidad católica. Por tanto, la apostolicidad para tener plena y positivamente la función de nota ha de ser tomada en su conexión vital con la unidad y la catolicidad visibles, o en su referencia al Papado.
Sin tener en cuenta estas conexiones, la apostolicidad ofrece una valiosa prueba negativa o por exclusión: allí donde conste que se ha roto la continuidad de la línea apostólica, ya sea en la doctrina o en las estructuras esenciales, ya sea en la sucesión de pastores -lo que es más probable-, allí ciertamente no está la Iglesia de Cristo fundada sobre los Apóstoles. Donde aparece la disidencia o la innovación, desaparece la apostolicidad. Éste es el argumento al que recurrían con frecuencia los Padres para rebatir a los herejes: les mostraban que eran innovadores, que rompían con la tradición apostólica, y que, por tanto, las comunidades por ellos fundadas eran sectas humanas. Lo mismo han objetado los apologistas modernos a las comunidades nacidas del protestantismo. Como, en cambio, no se puede demostrar en la Iglesia Romana ninguna escisión o innovación sustancial o interrupción de régimen, cabe afirmar que ella es la auténtica heredera de los Apóstoles. Es el argumento de prescripción vigorosamente propuesto ya por Tertuliano.
Por otra parte, la apostolicidad constante de la Iglesia Católica a través de veinte siglos de existencia, superando los ataques de los perseguidores, las argucias del error, las flaquezas de sus propios hijos, es un auténtico milagro moral, un hecho no explicable según las leyes de la historia, un signo cierto de que Dios está con tal Iglesia. El Concilio Vaticano 1 ve en esta «invicta estabilidad» un aspecto del grande y perpetuo milagro que es la 1. por sí misma (Denz.Sch. 3013).
6) La apostolicidad y los hermanos separados. La apostolicidad ha sido un tema central eñ la controversia con los protestantes, y hoy lo es en el diálogo ecuménico. Todas las confesiones cristianas pretenden tener esta propiedad, aunque la interpretan en formas muy distintas.
Los ortodoxos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), los viejo-católicos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y muchos anglicanos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) sostienen que una jerarquía visible vinculada a los Apóstoles por sucesión ininterrumpida, es esencial a la 1. Hay que admitir que de hecho los ortodoxos y viejo-católicos poseen un episcopado válidamente consagrado, que entronca con los Apóstoles por sus poderes sagrados, aunque no por la legítima misión (que sólo se da dentro de la comunión católica). Tienen, pues, la apostolicidad de sucesión material, factor de inapreciables riquezas vitales, y lazo poderoso de unión con los católicos, si bien les falta a los ortodoxos orientales la sucesión formal.
La mayoría de los protestantes hoy (superando las posturas del liberalismo y el escatologismo, que niegan la existencia del mismo oficio confiado a los Doce) admiten como esencial a la Iglesia la apostolicidad de la doctrina (y de los sacramentos), considerando a la predicación del mensaje evangélico como la viva voz apostólica que llega hasta nosotros. Bastantes reformados reconocen, además de esa continuidad del Evangelio predicado, la necesidad de algún ministerio que remonte hasta el mismo Cristo con cierta función doctrinal que garantice la predicación del mensaje apostólico y la recta adiministración de los sacramentos, si bien no han llegado aún a un pleno reconocimiento de las exigencias de la apostolicidad en todas sus dimensiones. Es interesante notar que el clima ecuménico haya puesto en el primer plano de la atención teológica protestante este tema del ministerio, tan enojoso en la trayectoria del protestantismo. El diálogo fraterno y el estudio sereno del tema podrán, tal vez, ir eliminando en las comunidades separadas la prevención contra un ministerio que, lejos de atentar al señorío absoluto del Onico Mediador, es un instrumento por el que su acción llega a nosotros en forma visible, sacramental, según la lógica fundamental de la Encarnación.
V. t.: APÓSTOLES; JERARQUÍA ECLESIÁSTICA; SUCESIÓN APOSTÓLICA; TRADICIÓN. [rbts name=”teología”]
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre teología fundamental de la apostolicidad en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
Bibliografía
J. V. BAINVEL, Apostolicité, en DTC 1,1618-1624; Y. CONGAR, Apostolicidad, en Santa Iglesia, Barcelona 1965, 162-166; fD, Ensayos sobre el misterio de la Iglesia, Barcelona 1961, 121168; L. M. DEWAILLY, Envoyés du Pére. Mission et Apostolicité, París 1960; XVI Semana Española de Teología, Madrid 1957 (en particular, A. M. JAVIERRE, Cuestiones debatidas hoy entre católicos y protestantes en torno a la sucesión de los Apóstoles, 4-96); B. MARINA, La Apostolicidad como propiedad y nota de la Iglesia, 97-120; J. SALAVERRI, El concepto de sucesión apostólica en el pensamiento católico y en las teorías del protestantismo, 121-178); O. KARRER, Sucesión apostólica y primado, Barcelona 1963; M. SCHMAUS, Teología Dogmática, IV, Madrid 1960, 595-602; CH. JOURNET, Teología de la Iglesia, Bilbao 1960, 194-207.
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