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Diccionarios Sistemáticos

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Diccionarios Sistemáticos

Este elemento es una ampliación de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs] Véase más información, incluida su historia, en Diccionarios Ideológicos. Véase también el Diccionario Ideológico de Casares, como uno de los mejores ejemplos. Y el Diccionario de uso del español (actual y de María Moliner). Ver también el Diccionario Ideológico de Vox.

Principios para Diccionarios Conceptuales y Sistemáticos de la Lengua Española

La segunda o tercera lengua de la humanidad, la nuestra, es también en estos últimos años, y según se oye decir, la que más crece como lengua secundaria o lengua adquirida después del inglés. Su avance a modo de red ya ha desplazado probablemente al francés y al alemán. Y se extiende, a veces de manera insospechada o incluso, a juicio de muchos, injustificada, por el mundo entero.Entre las Líneas En Internet es, según algunas estadísticas, la cuarta lengua más utilizada después del inglés, del chino y del japonés. Y, por añadir un ejemplo más, es estudiada, con mayor o menor éxito, en enseñanza secundaria francesa por más del 35 por ciento de los alumnos. Muchísimo más limitada es la atención que los hablantes de español prestan, pongamos por caso, al francés. Pues bien, el español, sin duda una de las lenguas más importantes de la humanidad, no dispone aún de un diccionario que pueda contestar a las siguientes preguntas:

¿Cuántas palabras están dedicadas a nombrar a una persona en general? ¿Cuáles son? ¿De qué manera y en qué orden rozan sus significados? ¿Con qué palabras aludimos a las acciones realizadas con los brazos, colocadas también de manera que los significados se sobrepongan, se froten o se acaricien? ¿Con qué palabras, todas agrupadas, designamos a la persona que se dedica o interesa por la música en alguna de sus dimensiones? Es verdad que este cometido lo han realizado algunos diccionarios ideológicos, de uso, de sinónimos o de ideas afines, pero siempre de manera sesgada, incompleta o arbitraria. El usuario puede, tal vez, descubrir algunas palabras, pero sin tener un concepto amplio y abierto del campo semántico. Necesitamos saber las palabras que son; las que siendo no utilizamos porque pertenecen al ámbito local o regional; las que fueron y ya no se usan; e incluso las recientemente incorporadas. (…)

1. EL DICCIONARIO IDEOLÓGICO DE JULIO CASARES

Nadie se interesó, sin embargo, por llevar a cabo una versión española. Las más prestigiosas editoriales dedicadas a la publicación y estudios de la lengua se muestran poco interesadas por la publicación de este tipo de trabajos. Parecen conscientes del escaso atractivo de una clasificación tan viva entre los usuarios. Y estas opiniones, tan irrefutables desde la apariencia, solo las podemos entender con una lectura condicionada. No parece adecuado pensar que se trate de menosprecio a tan interesante modo del conocimiento del léxico. Más vale explicarlo diciendo que, cuando pudo interesar, cuando pudo interesarnos, apareció un lexicógrafo excepcional, antecesor de una lexicógrafa incomparable: era Julio Casares Sánchez, seguido de María Moliner Ruiz.

Julio Casares Sánchez nació en Granada veintitrés años antes que María Moliner, en 1877, y murió en 1964, diecisiete años antes que ella. La historia lo conocerá y recordará por su original legado, recogido en un manual lexicográfico, ya clásico, su Diccionario ideológico de la lengua española. El trabajo aúna rigor y amenidad dentro de un nuevo concepto de abordar el estudio de los significados de las palabras y las relaciones de afinidad establecidas entre ellas. Julio Casares estudió derecho, que no lingüística, en la universidad de Madrid, pero también… música. Con veintinueve años accedió a su primer trabajo: formar parte como violinista en la orquesta del Teatro Real de Madrid.Si, Pero: Pero aquello no le proporcionó estabilidad económica alguna. Necesitado de actividad laboral menos sujeta a los vaivenes de la fortuna tuvo que buscar… otra cosa. Y no se protegió en la jurisprudencia, que era su formación, ni en la enseñanza, amparo de tantos lingüistas, ni siquiera en la vida bohemia y variada de los músicos, no, en nada de eso: hubo de trabajar durante algún tiempo en… un taller de ebanistería. Y como aquello tampoco podía ser la solución para un joven como él, abandonó toda actividad remunerada y se concentró en la preparación de unas oposiciones para funcionario en el ministerio de Estado, es decir, el camino que tanto ha asegurado la estabilidad de los españoles durante el siglo XX. Lo demás, como tantas veces ocurre, fue una carrera guiada por el trabajo y las favorables influencias del azar. Interesado por las lenguas orientales, y estudioso por libre de aquellas, fue nombrado agregado cultural en la embajada de España en Tokio. Le interesaba el japonés, pero también el fenómeno lingüístico. De regreso a Madrid cultivó los círculos intelectuales, escribió ensayos y artículos relacionados con la lengua y la literatura, ganó prestigio intelectual y, en su progresivo ascenso en puestos de la Administración, fue nombrado delegado de España en la Sociedad de Naciones, con sede en Ginebra, y más tarde miembro de la Real Academia Española, y luego, en 1936, secretario perpetuo de la misma. Desde cargo tan privilegiado, presentó en numerosas ocasiones el proyecto de elaborar, en equipo, su diccionario ideológico. No creyeron en él. Los vetustos académicos se mostraron tan reacios a acometerlo como a incorporar algunas de las propuestas metodológicas del intelectual granadino a las técnicas lexicográficas tradicionales que regulaban la revisión periódica del diccionario académico oficial.

Ante la falta de entusiasmo de sus compañeros, Casares emprendió por cuenta propia la redacción de esa magna obra. Trabajó muchos años en ella, tal vez unos quince, y la publicó en 1942 con el ya clásico título de “Diccionario ideológico de la lengua española”. Aquella primera edición, revisada en la posterior, encontró su definitiva redacción en 1959. Desde entonces y hasta hoy sus listados permanecen anclados. Casares había tenido la ocasión de conocer los grandes diccionarios ideológicos que enriquecían la lexicografía inglesa, francesa y alemana sembrada por Roget. La parte alfabética no ofrece novedad: es un mero listado de palabras con su significado. La primera parte, que él llama parte sinóptica, es una atractiva y graciosa clasificación de ideas en cuarenta páginas. La central, la llamada parte analógica, recoge en unas 500 páginas su verdadera aportación al estudio del léxico.Si, Pero: Pero a diferencia de las obras europeas, Casares no se atrevió a abordar el revolucionario orden semántico o lógico, o de significados, y, más conservador que sus colegas ingleses, se refugió en el alfabético. A pesar de todo, el lector puede partir de su propia competencia lingüística, es decir, de las ideas que ya se ha forjado acerca de un concepto, para llegar a todas las palabras que la designan o que tienen alguna relación de significado con ella. Este procedimiento permite, entre otras innovaciones, localizar una palabra desconocida a partir de una idea aproximada del concepto general que se busca; seguir la pista de palabras emparentadas con la que se posee, pero más precisas y exactas que la originariamente concebida; manejar (gestionar) toda la serie léxico-semántica de una idea o concepto y, en general, tener acceso al vocabulario que integra el campo semántico de una voz.

Mark Peter Roget clasificó de manera lógica 990 conceptos, es decir, listados, que él inicia con una palabra clave y luego desarrolla.Entre las Líneas En su orden evoca, voz a voz, un abanico de ideas, de sugerencias, de valoraciones. La palabra boda, por ejemplo, elevada a la categoría de hiperónimo, es la número 894 de sus entradas, pero en su contenido aparecen, en grupitos, todas aquellas relacionadas: las que denominan a los enamorados, las que aluden a los tipos de bodas, las que designan los grados de parentesco, las que se refieren a las situaciones de la ceremonia, las expresiones… Y así hasta un total de unas trescientas. El siguiente grupo, el 895, se denomina “celibato”, y el 896, “divorcio”. Casares nos da algo parecido, pero en orden alfabético, y no cuenta con 980 conceptos en orden lógico, sino con unos dos mil. El inconveniente del irracional orden es que necesariamente los significados están aislados.Si, Pero: Pero al conjuro de la idea, a la llamada del concepto, Casares ofrece en tropel las voces, seguidas de las sinonimias, analogías, antítesis y referencias. Nos regala un metódico inventario del inmenso caudal de palabras castizas que por desconocidas u olvidadas no nos prestan servicio alguno, otras cuya existencia se sabe o se presume, pero que, dispersas y agazapadas en las columnas, nos resultan inaccesibles mientras no conozcamos de antemano su representación en la frase.Si, Pero: Pero lo que destaca, lo que dignifica al diccionario de Casares es que ha reunido las palabras del español en torno a uno de los hiperónimos que él concibe. Como tantos intelectuales del siglo XX que han dedicado su vida a la investigación, que han alejado su pensamiento del mundo para concentrarlo en la lingüística, Casares murió con casi noventa años de edad, probablemente pensando más en la vida de sus revoltosas palabras que en cualquier otra peregrina y triste imagen de la senectud.

2. EL DICCIONARIO DE USO DEL ESPAÑOL DE MARÍA MOLINER

María Moliner Ruiz no pertenece exactamente a la generación de Casares, ni siquiera a la de los atildados lingüistas del siglo XX, ni a las clases académicas, ni y al encumbrado, y tal vez soberbio, cuerpo docente, pero sí a ese reducido grupo de personas decididas, tenaces, capaces de cultivar con mimo y esmero ese mágico y seductor mundo de la lexicografía. Mujer sencillamente interesada y, para muchos, marcadamente natural y franca, al igual que Mark Peter Roget y Julio Casares dedicó buena parte de su vida a la redacción de su Diccionario de uso del español que publicó a los 66 años de edad. Casares lo había hecho a los 64 y Roget a los 73, es decir, todas son obras de madurez, que es cuando se han agitado, ajustado y acomodado las palabras multitud de veces en la vida, en lecturas y conversaciones; que es cuando la mente alcanza la cuajada y henchida riqueza léxica. Pues bien, la obra de María Moliner es, una vez más, el resultado de una serie de circunstancias a veces favorables, a veces adversas, pero en una detenida lectura biográfica de la autora parece como si la adversidad hubiera contribuido a un mejor logro de sus objetivos. Las grandes obras individuales no son el resultado de una minuciosa programación, sino el alumbramiento, la conjunción de un abanico de eventos entre los que el trabajo, la inteligencia y la paciencia ocupan un lugar de privilegio. Y… ¿quién es María Moliner Ruiz? Si por cualquier circunstancia hubiera dejado su obra a medias o casi acabada, no la llamaríamos lexicóloga, sino bibliotecaria. Una olvidada bibliotecaria.Entre las Líneas En ella coinciden las tres características necesarias para la elaboración de un trabajo como el suyo: el acoplamiento familiar y formativo, es decir, la magia; la capacidad para captar las necesidades y ajustarlas con tanta inteligencia como humildad, es decir, la mente privilegiada; y las circunstancias propicias, es decir, el ambiente necesario para la creación del mito.

Del detenido análisis de su vida y sus actuaciones descubrimos, en primer lugar, el mundo prodigioso de su infancia y juventud. Hija y nieta de médico rural, tiene a su alcance la fina y delicada educación de familias tan privilegiadas. Aunque nació en Paniza, provincia de Zaragoza, a la vez que el siglo veinte, a los dos años ya residía en Madrid. Su familia, según todos los indicios, tenía sólidas raíces asentadas en una tradición liberal y, tanto ella como sus dos hermanos, estudiaron en la Institución Libre de Enseñanza, cuna de tantos ilustres sabios del siglo. Perteneció a una de las primeras generaciones de mujeres universitarias: Filosofía y Letras, por entonces tal vez la única carrera femenina, sección de historia, también única especialidad de la universidad de Zaragoza. Y en cuanto termina la licenciatura, busca, a la temprana edad de veintidós años, el mismo acomodo que Julio Casares: una plaza de funcionaria, ganada por oposición, en el cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Seguimos en la magia. Entre 1922, que empieza a trabajar como funcionaria, y 1970, año en que se jubila (las dos últimas cifras coinciden con su edad), a María Moliner nadie la conoce por otro oficio que el de bibliotecaria. Primero en el archivo de Simancas, después en Murcia, Valencia y, luego, en su traslado a Madrid para acercarse a su marido, en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales. Lo que nadie puede saber muy bien es cuándo, ni cómo, ni por qué, inició la elaboración de su egregia obra. Supongamos que fue hacia los años 1950 y que, en labor parecida a la constancia que exigen otros menesteres, pero con una mente privilegiada, invirtió unos 15 años de trabajo… Conocemos sus instrumentos: una máquina de escribir, un lápiz y una goma… Y sus carencias: nunca dispuso de un privilegio universitario, ni académico, ni de otra institución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Nunca recibió favor alguno que le permitiera desarrollar ese hormigueo en sus búsquedas, esa clasificación tan ajustada, esas palabras y expresiones tan propias. El hecho es que en 1966 la editorial Gredos, que no Espasa, publicó el primer volumen del Diccionario de uso del español y, un año después, el segundo. ¿Qué hace una bibliotecaria ocupando los espacios reservados a los profesores de universidad, a los académicos, a los eruditos? Por entonces, solo por entonces, cuando María Moliner contaba con 67 años, el mundo empieza a conocer su obra.Si, Pero: Pero poca gente se hace eco de aquel excepcional evento.

El diccionario de uso, y esto es lo que aquí interesa, nos informa sobre sinónimos e ideas afines a las palabras, pero también sobre los primos hermanos y primos lejanos, y ofrece todo un campo de parentesco.
A nadie pareció inquietarle la renovación de su obra hasta que, en mitad de la década de 1990, la de las grandes publicaciones de la Academia, y de la lexicografía, la editorial Gredos reúne a un grupo de expertos para su actualización y, en 1998, un año antes de la Ortografía y la Gramática Descriptiva, publica la segunda edición del Diccionario de uso del español. Esta elegante nueva versión, sin desdeñar nada de la primera, claro está, es, probablemente, el intento renovador más ambicioso, que no definitivo, que ha producido el siglo XX en el ámbito del diccionario analógico, ideológico o temático. Me refiero únicamente a este ámbito, y no a los usos semasiológicos.Si, Pero: Pero los listados del María Moliner aún no son, porque tampoco existía una intención para ello, el instrumento práctico que necesita el usuario.

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3. EL DICCIONARIO DE IDEAS AFINES DE FERNANDO CORRIPIO Y EL DICCIONARIO IDEOLÓGICO DIRIGIDO POR MANUEL ALVAR EZQUERRA

En 1985 apareció un compendio léxico de gran utilidad: el “Diccionario de ideas afines” de Fernando Corripio. Aunque no ha sido actualizado desde entonces, que sí reeditado, resulta de una gran utilidad como diccionario conceptual a pesar de su clasificación alfabética. Corripio ofrece torrentes de palabras, agazapadas, seguidas, conectadas, palabras que despiertan un abanico de posibilidades. Como la ordenación es alfabética, necesita incorporar entradas sin más desarrollo que unos cuantos sinónimos, rindiendo así su trabajo al método de búsqueda conocido por el usuario.

¿Cómo acercarse con rapidez y eficacia a sus largos estudios? Ese es precisamente el problema peor resuelto. Roget necesita tantas páginas para el índice como para el cuerpo. Ofrece así un estudio que necesita de la alfabetización para la búsqueda. Solo el diccionario de la lengua china, por la peculiaridad de su escritura, pudo prescindir de tan elemental recurso. La verdadera aportación de Corripio, en definitiva, se concentra en sus 3000 artículos básicos, que vienen a ser, incrustados en el revuelto alfabético, las necesidades de la organización de nuestro mundo de conceptos. Despojado de la broza, ordenado por materias, el Corripio sería un diccionario ideológico con las carencias y deficiencias que señalábamos en los principios enumerados anteriormente. Diez años después del Diccionario de ideas afines vio la luz el “Diccionario ideológico Vox”, en la gran década de la lingüística. [rtbs name=”home-linguistica”](…)

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

4. BREVE CONCLUSIÓN

Pocas son las tan numerosas lenguas del mundo que disponen de un diccionario tradicional, de ese que estamos acostumbrados a ver, del de significados. Muchas menos tienen el privilegio de disponer de un estudio semántico o ideológico, o conceptual o temático de su léxico, apenas una docena. El griego sembró las bases en occidente, eclipsadas después por no sabemos qué principios de distanciamiento. La lengua inglesa recuperó para el mundo moderno aquel tan evidente modo de estudio, seguida del francés, el portugués y el ruso, y solo parcialmente el español, y también, a su manera, el italiano y el alemán. La tradición lingüística oriental había otorgado obras de este tipo a dos de las lenguas que más han marcado aquella dimensión cultural a través de los tiempos, el chino y el sánscrito.

Nuestra lengua, nuestra vibrante y universal lengua, sondeada por los inteligentes listados de Casares, protegida en los excelentes catálogos de Moliner, atizada y sacudida por los empeños de Corripio, no queda tan sutilmente descrita como en los diccionarios temáticos del inglés, del francés o del ruso.

El explosivo interés por la lingüística desarrollado en la última década del siglo pasado, la multiplicación de publicaciones, los eficacísimos ajustes de la informática en los últimos años, la llegada de una generación de usuarios del español en la que el ocio creativo se instala en nuestras vidas y conductas ha de conducirnos en breve a la aparición de ese esperado tesoro de la lengua, de un diccionario capaz de dibujar, como en un mágico espejo, el lugar que le corresponde a cada una de las palabras de nuestra lengua.

Esa soñada compilación ha de confiar en sí misma, en su propia estructura, y presentar a la vez, informar a un mismo tiempo tanto de los significantes o palabras y expresiones como de los significados o conceptos, sin rodeos ni retorcimientos. Con un léxico desmenuzado y limpio, triturado y transparente, debe hacerse innecesario, como en el Roget, el añadido que Casares y Alvar Ezquerra hacen de un repertorio alfabético de entradas con la explicación de sus significados. Y en un decisivo paso más, para rizar el rizo, para alcanzar otra dimensión en el estudio de las lenguas, deberíamos poder prescindir de un índice de palabras para las referencias al cuerpo central, y que éste fuera sustituido, como en la lengua china, por un mágico índice temático. Un sueño, sí, pero desde el convencimiento de la necesidad de una profunda renovación de la lingüística, este nuevo diccionario habría de alumbrar horizontes hacia un acercamiento al léxico tan ameno como útil a través de las generaciones.

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Fuente: Rafael del Moral. Actas del XXXV Simposio Internacional de la Sociedad Española de Lingüística, editadas por Milka Villayandre Llamazares, León, Universidad de León, Dpto. de Filología Hispánica y Clásica, 2006.

Recursos

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Véase También

Bibliografía

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BECERRA HIRALDO, J. M. (1998): “Diccionario temático del español. Método y resultados”, en G. Wotjak (coord.), Teoría del campo y semántica léxica, Frankfurt am Main: Peter Lang, 311-333.
CASARES, J. (1959): Diccionario ideológico de la Lengua Española, Barcelona: Gustavo Gili.
CORRIPIO, F. (1985): Diccionario de ideas afines, Barcelona: Herder. MCARTHUR, T. (1981): Longman Lexicon of Contemporary English, Londres: Longman.
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