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Filosofía Ilustrada

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Filosofía Ilustrada

Este elemento es una profundización de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs]

Métodos filosóficos de investigación y problemas

Incluso en ausencia de puntos de vista ampliamente compartidos, a lo largo del siglo XVIII hubo una conciencia considerable de los desafíos heredados de la retórica clásica.43 Los ideales de Cicerón, defendidos por muchos de la élite, exigían que los oradores y, por extensión, los escritores tuvieran en cuenta las oportunidades y limitaciones de los recursos conceptuales y tecnológicos de que disponían, así como las expectativas y capacidades de sus públicos. Toda propuesta de revisión conceptual de las opiniones teológicas o políticas prevalecientes o de cuestionamiento de las mismas requiere el mayor cuidado.

Puntualización

Sin embargo, bajo la rúbrica general de la retórica, otros asuntos son importantes.

Lo que se considera una pregunta inteligible y una respuesta aceptable varía considerablemente con el tiempo y, en un momento dado, dentro de diferentes regiones, tradiciones culturales y disciplinas.44 El geólogo James Hutton (1726-1797), por ejemplo, se dio cuenta de que casi nadie podía imaginar que cambios pequeños pero continuos pudieran producir grandes cambios en las formas de la tierra, o que objetos “obviamente” estables como las rocas estaban sujetos a cambios constantes, aunque “demasiado lentos para ser discernibles”.45 La capacidad de realizar mediciones cada vez más precisas era de importancia central para las ciencias, pero también servía para alarmar a los legos de que no se sabía casi nada de nada, ya fuera de gran tamaño o muy pequeño, ni de forma rápida ni muy lenta. También generó la crítica de que tanto el valor como los recursos parecían asignarse solo a lo que se podía medir.

Otros Elementos

Además, ya en 1728, Chambers lamentaba el hecho de que incluso las personas “de la misma profesión ya no se entiendan entre sí”.46 La queja de Hume de que la mayoría de los hombres “confinan demasiado sus principios”,47 un lugar común durante cincuenta años ya, registraba lagunas intelectuales en la investigación y la comprensión en toda la sociedad que nunca se cerraron.

Mientras que la naturaleza precisa de la “teoría”, el “principio” o el “sistema” casi nunca fue aclarada por los escritores de la época, los términos se repiten a lo largo del período 1690-1790. Muchos estuvieron de acuerdo con Claude Perrault en que pocos practicantes pensaban que actuaban bajo la influencia de una teoría o motivados por ella, aunque a menudo era útil generalizar casos particulares después del suceso en forma de una teoría. Las reglas de un arte son posteriores al arte mismo, y fueron tomadas de él o ajustadas a él, ex post facto… dogmatización y método… son cosas posteriores, y solo entran en juego después de que el juego ha comenzado.

También surgió la opinión de que, si las investigaciones empíricas eran literalmente interminables, cualquier término aparente, a veces anunciado erróneamente como axioma, eran simplemente “lugares de descanso” antes de emprender nuevas investigaciones.50 El resumen magistral de Jean Le Rond d’Alembert (1717-1783) sobre estos métodos en la década de 1750 subrayaba la opinión de que solo mediante la observación y el experimento se podían formular, mantener, revisar o abandonar las teorías de manera justificada.

Puntualización

Sin embargo, d’Alembert afirmó que los desafíos siempre apremiantes de la nueva información y de los contextos en constante cambio eran tales que muchos problemas fueron simplemente abandonados como no resueltos porque habían sido reemplazados por otros nuevos51.

Cada vez más, a partir de mediados del siglo XVII, los propagandistas y popularizadores trataron de hacer frente a la antigua dicotomía entre pensamiento y acción -o, más precisamente, entre sus textos y los acontecimientos que éstos registraban en las historias o defendían en los manifiestos. Los científicos en ejercicio sabían bien que la ordenada Historia de Thomas Sprat (1635-1713) de la Royal Society of London (1667)52 no reflejaba las suposiciones, inexactitudes e incertidumbres de ningún laboratorio. Dentro de un siglo, sin embargo, Diderot y d’Alembert afirmaron que los textos de la Enciclopedia describirían más eficazmente los innumerables procesos apropiados para mejorar la humanidad si se complementaran con múltiples ilustraciones de técnicas y tecnologías disponibles.

Sin embargo, estos también tenían que ser leídos y no eran más evidentes que cualquier otro texto. D’Alembert insistió, sin embargo, en que había innumerables actividades humanas para las que es esencial “mostrar” y que nunca coinciden plenamente con “decir “53 – cuando, por ejemplo, somos testigos de las habilidades de un cirujano, una costurera o un arador, o las de un escultor o un clavecinista.

Más Información

Las habilidades artesanales, en este sentido, solo pueden aprenderse en el trabajo, y el conocimiento tácito del “saber hacer” entre los profesionales no puede adquirirse solo a partir de los textos. Este hecho se convirtió en una fuente de irritación y luego de resignación entre artistas y músicos hacia finales del siglo XVII, cuando la clase en rápida expansión de consumidores burgueses despreocupados buscaron urgentemente consejo sobre qué adquirir como emblemas de su riqueza y gusto.

Los críticos y comentaristas que se promocionaron como guías pronto se dieron cuenta de que su público no estaba interesado en las técnicas y procesos de la pintura o la composición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Aprender qué decir y qué propiedad comprar era suficiente.54 Más críticos pretenciosos ofrecían discusiones teóricas sobre la estética (lo artístico, o lo relacionado con el arte o la belleza) de las que los propios artistas en activo, con algunas notables excepciones como William Hogarth (1697-1764) y Sir Joshua Reynolds (1723-1792) en Inglaterra, se ausentaban. Con frecuencia, estos críticos desvían la atención de su supuesta temática, las obras mismas, en favor de las experiencias autoconscientes del espectador, contribuyendo así a lo que muchos ya consideraban la tiranía del texto.55 Además, cuanto más pregonadas eran las obras de científicos, arquitectos o músicos por el público ignorante, incluso si ni siquiera eran comprendidas ni defendidas por las pruebas del tiempo, más se retiraban los propios intérpretes a profesiones autónomas, a menudo resentidos con los críticos supuestamente parásitos que afirmaban que tenían una visión especial de las cosas. Precisamente quiénes eran los “públicos” (y qué derechos, deberes o competencias podían asociarse a ellos) se debatió cada vez más a lo largo del siglo XVIII.

Desde principios de siglo, impulsados por la rápida expansión de los experimentos en el seno de las ciencias y la irresistible popularidad de los relatos de viajeros sobre pueblos exóticos, era cada vez más frecuente que pensadores como Hume advirtieran contra la invención de explicaciones en términos de “causas que nunca existieron” o contra la proyección en el pasado (o incluso en otras culturas del presente) de interpretaciones anacrónicas extraídas únicamente del contexto del comentarista: “Parece poco razonable juzgar las medidas, adoptadas durante un período, por las máximas que prevalecen en otro”.57 Tales puntos de vista, propuestos por ejemplo por Adam Ferguson (1723-1816) y William Robertson (1721-1793) en Escocia, llamaron la atención sobre el problema de que, puesto que la búsqueda de causas caracterizaba a muchas investigaciones, era necesario llegar a un acuerdo sobre la manera de identificar los acontecimientos, procesos o acciones que debían explicarse. ¿Cuáles fueron los límites de un evento dado, de manera que sus causas y consecuencias puedan ser identificadas por separado? Además, si en última instancia cada acontecimiento se consideraba único, al menos en lo que respecta a su contexto espacio-temporal, ¿cómo pueden clasificarse legítimamente los acontecimientos juntos o incluso debatirse de forma fructífera? A lo largo del siglo XVII, se había argumentado cada vez más que la identidad y la diferencia solo pueden determinarse por medio de la analogía y la comparación, cada una de las cuales se calificaba por su grado. La comparación requiere un contexto y la consideración de las diversas relaciones en las que se han de vincular los elementos.

Así como la antigua búsqueda de un criterio de conocimiento continuó en el siglo XVIII, también lo hizo el debate sobre la validez universal o contingente de las afirmaciones de conocimiento. Muchas de las ciencias físicas en rápido desarrollo trataban de presentar sus conclusiones de forma matemática, con la esperanza de transmitir así una certeza y universalidad a priori.58 Sin embargo, cuando tal formulación parecía no estar disponible y los experimentos variables eran innegables, el carácter provisional y revisable de las conclusiones no podía disimularse. Desde principios del siglo XVIII, inicialmente en Leiden y asociado (véase qué es, su concepto jurídico; y también su definición como “associate” en derecho anglo-sajón, en inglés) con el trabajo de Herman Boerhaave (1668-1738), se encontró que muchas de las suposiciones y teorías sobre la materia inerte que prevalecían en la física y la química eran inaplicables en las ciencias biológicas y de la vida.59 En general, la causalidad múltiple y la interacción recíproca parecían funcionar en los sistemas vivos y en los cuerpos complejos: el modelo químico de análisis de la materia en elementos constitutivos antes de sintetizar los hallazgos no capturaba la naturaleza de los procesos dinámicos y las relaciones observables.60 Y mientras que muchos médicos reflexivos se concentraban en el “cómo” de los procesos más que en el “por qué”, la imprevisibilidad de la mayoría de las enfermedades y dolencias, junto con los continuos cambios tanto en los seres vivos como en la comprensión de los mismos por parte del observador, les obligó a admitir la provisionalidad de todas las afirmaciones de conocimiento.

Tales puntos de vista alentaron a varios experimentadores y profesionales de las ciencias de la vida a cuestionar el sistema binario de pensamiento heredado.61 Los hallazgos de aparente complejidad, ambigüedad y paradoja les sugirieron que los intentos de reducir todas las afirmaciones a una de una pareja binaria pasaban por alto asuntos que revelaban una vaguedad o indeterminación irreductibles. Muchos filósofos como Descartes, Fontenelle, George Berkeley (1685-1753), Hume y Diderot experimentaron con la forma de diálogo. Así, se hicieron eco de los antiguos intentos de capturar en los textos la dinámica y las dimensiones improvisatorias de la conversación, en las que los participantes pueden explorar, modificar y jugar con ideas sin objetivos de conclusión final, que no sean los de la necesidad pragmática. Los primeros escritos científicos de mediados del siglo XVII adoptaron un estilo de conversación, en parte para transmitir los procesos de experimentación y en parte para desactivar la hostilidad de teólogos estridentes, aunque la mayoría de los científicos europeos se asociaron con los puntos de vista teológicos actuales.

El modo adversarial del argumento legal y la rigurosa tradición jesuita de la discusión combativa buscaban la victoria por medios justos o sucios, en lugar de aproximaciones a la verdad o moderación del juicio. A pesar de estos inconvenientes, y con diferentes grados de reticencia, escritores escoceses como Hume, Adam Ferguson y William Robertson reconocieron que había un profundo problema social y psicológico: pocas personas se inspiraban en la moderación, y casi nadie se dejaba llevar por ella a la acción tenaz. Todos los que buscaban el poder comprendieron fácilmente que la presentación contundente de puntos de vista simplificados, por muy engañosos que fueran, aseguraba más atención y podía ser utilizada para motivar a más personas que cualquier advertencia cautelosa de complejidad o ignorancia. Como muchos comentaristas antiguos señalaron, los oradores hábiles podían fácilmente despertar multitudes utilizando eslóganes y otros dispositivos teatrales, pero rara vez podían hacerlo mediante un análisis cauteloso de las ideas o posibilidades.

Sociedad Civil

A partir de la década de 1680 hubo un amplio consenso, tanto en Francia como en Gran Bretaña, en que el hombre era un ser fundamentalmente social, aunque lo que eso significaba variaba mucho. El interés por las estructuras y los arreglos sociales parecía presuponer un estudio del hombre mismo – “la science de l’homme” (la ciencia del hombre) – que fue valientemente promovido por David Hume, quien basó su relato en las distinciones tradicionales entre la experiencia sensorial, la imaginación y el intelecto racional. Esto requería un análisis de la composición mental y física del hombre, que solo reconocía nerviosamente cualquier idea pertinente de la medicina y las ciencias de la vida, y de las instituciones creadas por el hombre, como la ley y el gobierno. La insistencia de Aristóteles en que el estudio de una cosa en forma aislada era inadecuado para la comprensión, pero debía complementarse con el examen de sus múltiples relaciones con otras cosas y procesos, se tenía cada vez más en cuenta fuera de los contextos religiosos. Se ha observado que los escritores escoceses en particular adaptaron el vocabulario establecido de teólogos, juristas y filósofos a sus necesidades percibidas, basándose en teóricos del derecho continentales anteriores como Hugo Grotius (1583-1645) y Pufendorf.

Si la sociedad fuera un conjunto de animales humanos, quizás las instituciones y prácticas sociales, como la política, la ley y la religión, podrían explicarse analógicamente en términos médicos, en lugar de en un vocabulario apropiado para la materia inerte. Principalmente un concepto médico en ese momento, la “simpatía” se convirtió en un concepto prominente para Hume y Adam Smith (1723-1790, importante filósofo social y economista), y los múltiples factores que se sugirió que influían en la salud de un individuo63 se extendieron fácilmente a la sociedad en general. Esto implicaba que las explicaciones o agendas políticas y sociales se volvían ineradicablemente contextuales e históricamente ancladas a la evolución de las prácticas y conceptos que cada uno había heredado.Entre las Líneas En el campo de la medicina, las opiniones de Julien Offray de La Mettrie (1709-1751) o Claude-Adrien Helvetius (1715-1771) sobre cuestiones biológicas fueron ganando poco a poco apoyo profesional, aunque para la mayoría de los legos eran tan inaccesibles como las tesis de Newton que se basaban en las matemáticas. Los principales ciudadanos se preocupaban principalmente por la aplicación efectiva de las ideas científicas a la vida práctica.

El rápido crecimiento de la economía de mercado británica a partir de la década de 1690 y su consiguiente consumismo fueron acompañados por un amplio interés en los argumentos de Locke sobre los derechos personales y de propiedad. Las cuestiones sociales y políticas centrales se referían a las relaciones entre libertad y autoridad, egoísmo y orden social. Se consideró que la ley era el factor estabilizador y el garante de la tolerancia limitada. La “sociabilidad”, nunca definida inequívocamente, era un objetivo de educación y realización individual para todos los escritores, desde Anthony Ashley Cooper, conde de Shaftesbury (1671-1713) hasta Adam Smith (1723-1790, importante filósofo social y economista), y el énfasis en la “cortesía” atraía fácilmente a la élite francesa que había estado anunciando la “cortesía” como un cemento social durante un siglo.64 El concepto francés en sí mismo, sin embargo, se basaba en un concepto de “confianza” que, como las élites europeas descubrieron dolorosamente, no se comprendía ni se aplicaba ampliamente en las sociedades en general.65 Y si esas mismas élites compartían la opinión de Voltaire de que “La Parte pensante de la Humanidad está confinada a un número muy reducido de personas”, tenía implicaciones políticas obvias la opinión de que la tarea de la mayor parte de la humanidad no es pensar, sino actuar, cada uno en su propia pequeña esfera, y para sus propios propósitos; y, esto lo puede hacer, muy completamente, sin mucha reflexión.

Tales reflexiones parecían implicar que si los aspectos prácticos del gobierno se ven obstaculizados inconmensurablemente cuando se permite que más ciudadanos piensen, las cargas morales aumentan inconmensurablemente cuando no lo hacen.

Un factor adicional, que había sido heredado de nuevo de la retórica clásica, fue anunciado prominentemente por Hume y otros: para muchas personas, la preferencia final por una idea, argumento o doctrina no se basaba en el contenido intelectual, el rigor, las implicaciones o el alcance de su presentación, sino en juicios estéticos sobre el estilo – el gusto es a menudo el árbitro final.68 Esto explicaba en parte que “el público” estuviera dispuesto a tolerar, aunque fuera de forma fugaz, los eslóganes o pancartas simplistas de los oradores teatrales, cuyo significado se consideraba engañosamente evidente por sí mismo, incluso para las mentes más limitadas.

Economía Política

Las reflexiones sobre la sociedad civil a partir de la década de 1680, particularmente en Gran Bretaña y Francia, generaron interés en la “economía política”, que se entendía como la interacción y el vínculo indisoluble entre las cuestiones económicas y políticas en sociedades cuyos conceptos estaban evolucionando tan rápidamente como las estructuras de las propias sociedades. El objetivo de la economía política era la “mejora” de la suerte del hombre, que a menudo se entendía mal como una mejora material, pero más bien como la “salud y la riqueza de la nación”. A mediados del siglo XVIII, las interpretaciones rivales de David Hume, Adam Smith (1723-1790, importante filósofo social y economista) y Sir James Steuart (1712-1780) en Escocia, o de escritores franceses como François Quesnay (1694-1774) y Anne-Robert-Jacques Turgot (1727-1781), sin embargo, anclaron sus puntos de vista en principios epistemológicos sobre la probabilidad y la ausencia de certezas, junto con análisis de la naturaleza social del hombre, la comprensión moral y las estructuras políticas. Esta conexión con los puntos de vista sobre la naturaleza del conocimiento y su adquisición fue abandonada gradualmente por escritores posteriores sobre cuestiones políticas y económicas.

El poder siempre ha dependido de la riqueza, que a su vez dependía de todos los recursos que pudieran mejorarse o explotarse para asegurarla, incluidos los impuestos, la confiscación, la exploración, el comercio, la tierra y la población. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Los ministros de Luis XIV (1638-1715) habían estado analizando en la década de 1660 cómo y por qué las ciudades-estado florentinas habían florecido en los siglos XV y XVI, lo que dio lugar a un importante apoyo gubernamental (o, en ocasiones, de la Administración Pública, si tiene competencia) a lo que era esencialmente el presupuesto de defensa: las necesidades físicas de los ejércitos e instituciones comprometidas con las ambiciones imperiales de sus líderes, como instrumentos de medición, proyectos de ingeniería o transporte.69 Se sugirió que si Francia podía superar intelectualmente a su principal rival, Gran Bretaña, su propia riqueza y su salud, así como a la dominación europea, si no fuera así también a la mundial, se aseguraría. Si bien tanto los avances tecnológicos como los secretos comerciales estaban protegidos en todas partes, la expansión de la actividad comercial competitiva a lo largo del siglo XVIII aceleró la conciencia de que las ideas, como tales, no podían ser poseídas y eran siempre susceptibles de cambio y mejora.

Revisor: Lawrence

Capítulo Primero de “La Reforma de la Filosofía Ilustrada de la Historia en el Ensayo del Siglo XVIII”

NECESIDAD GENERAL DE LA HUMANIDAD DE DAR CUENTAS A SÍ MISMA CADA CIERTO TIEMPO DE LAS TRANSFORMACIONES DE SU CARÁCTER

El género humano puede ser considerado como un gran todo cuyos miembros individuales se aproximan a un fin común por medio de una formación de sus diversas fuerzas conforme a un plan.

— El ser humano recibe de su razón la tarea de actuar en consonancia con esta idea, para con ello dar a sus acciones la mayor concordancia y desterrar por doquier la contingencia.

— Para cumplir esta exigencia de la razón, cada cierto tiempo hemos de orientarnos en nuestro camino.

— De aquí surge la necesidad de llevar a cabo una caracterización de la época en que se vive.

— El objetivo de este tratado es examinar los requisitos y dificultades de semejante caracterización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

1. El empeño más general de la razón humana se dirige a la aniquilación de la contingencia, que nunca debe dominar en el ámbito de la voluntad, ni debe parecer que domine en ningún lugar del reino
de la naturaleza. Lo que sucede en aquél debe brotar de firmes principios; lo que se observa en éste debe ser derivado a partir de causas conocidas claramente y de acuerdo con leyes necesarias.

Cuanto más alta sea la formación moral del ser humano, tanta menos
contingencia habrá en sus acciones; cuanto más extenso sea su
conocimiento histórico y profundo su saber filosófico, tanta más
regularidad y necesidad le aparecerá en el curso de la naturaleza. De
ahí que el progreso ininterrumpido de la perfección del ser humano
por medio de la actividad de su razón repose en la aceptación de dos
frases que no es posible demostrar, ni lícito negar. El conjunto de
todas nuestras acciones, sin excluir ni la más pequeña, puede ser
hecho dependiente exclusivamente de los principios de nuestra razón
por medio de la fuerza de nuestra voluntad; y todo fenómeno en la
naturaleza, sin excepciones, puede ser explicado de acuerdo con
leyes necesarias a partir de las circunstancias que acompañan o
preceden. Quien intentara negar una de estas dos frases privaría al
ser humano de una de sus dos propiedades esenciales y pondría
límites arbitrados o a la severidad de su moralidad o a la infinitud de
su conocimiento. Así pues, donde parezca que domina la contingencia
la razón ha de intentar examinar si esta posesión es legítima, y solo
corre el peligro de equivocarse si, en vez de detenerse en el caso
particular, se permite juicios generales y, en vez de (como decían
aquellas dos frases) no presuponer la contingencia, se atreve a negar
la contingencia en la naturaleza.

2.Entre las Líneas En ningún lugar parece estar concedida tanta discreción a la
contingencia como en el curso de los destinos y acontecimientos
humanos. Como éstos son resultado al mismo tiempo de
transformaciones naturales ajenas y del arbitrio humano propio, el
observador busca en vano un hilo conductor, y pronto desespera por
completo de traer orden y luz a un tejido tan enredado. Las
transformaciones de la naturaleza, incluidas las más pequeñas y
aparentemente contingentes, permiten albergar alguna esperanza
(precisamente porque pertenecen a la naturaleza) de poder escrutar
las causas y leyes de su aparición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Al menos, aquí la culpa puede ser
sólo de las carencias en el conocimiento del investigador; pero no
dudamos de que en esas transformaciones hay orden y necesidad.
Sucede todo lo contrario con la arbitrariedad del capricho humano.
Este es libre en su esencia, y las circunstancias cuya influencia ayuda
a que se cumpla su destinación son tan diversas y compuestas y
carecen hasta tal punto de igualdad en su actuación que hay que
renunciar por completo (al menos en cada caso individual) a excluir
aquí la contingencia, una exclusión que no es posible ni siquiera por
medio del cálculo más exacto. Se debe ante todo a esta razón que
sea tan difícil descubrir en la historia del género humano una sucesión
determinada, y por ello siempre acaba encontrándose en apuros (por
más éxito que tenga) quien intenta demostrar partiendo de la
experiencia que la humanidad, también en conjunto, se acerca en
progresos uniformes a un fin supremo y último.

No obstante, el mandato de la razón de buscar y establecer leyes
firmes al mismo tiempo que se destierra lo contingente también ha de
tener aplicación aquí. La enredada serie de los acontecimientos
mundiales no se halla simplemente ante nuestros ojos como el más
digno objeto de una consideración ociosa, sino que el ser humano se
encuentra en un contacto tan estrecho con todo lo que lo rodea que
muchas de sus acciones ejercen una influencia grande y visible (y
todas ellas algún tipo de influencia, si bien débil) sobre los puntos más
lejanos de la actividad humana. El ser humano no puede disolver los
vínculos que lo enlazan a todas las demás creaturas de su especie, ni
contener el poderoso impulso que sus acciones comunican a toda la
masa. Su círculo de acción es, por más que él lo rechace, infinito; y
aunque la influencia activa de su existencia hubiera de desaparecer
finalmente de la misma manera que una piedra arrojada al agua forma
en ésta círculos visibles solo en una cierta extensión, el ser humano
no puede calcular esta extensión, y para no equivocarse de una
manera peligrosa es mejor que la suponga demasiado grande antes
que demasiado pequeña.Entre las Líneas En consecuencia, no le queda más remedio
que ensayar la forma de su razón también en este material. Como
observador, ha de o renunciar al objeto de su reflexión más hermoso y
atractivo, o degradarlo a mera satisfacción de una curiosidad
juguetona, o idear leyes cuya mano directriz lo guíe a través de este
laberinto de acontecimientos enredados. Como participante activo, ha
de o abandonar todas sus acciones a la mera contingencia en relación
al punto de vista supremo (que es la influencia de las mismas sobre el
todo de la humanidad), o aceptar que también aquí hay un fin firme y
un camino determinado para perseguirlo, que toda la humanidad tiene
que tomar este único curso y que él mismo ha de acomodar su
actividad a tal curso.

La observación y la reflexión son más un privilegio que una obligación
del ser humano; pero éste no puede omitir la actuación, ni siquiera
aunque se le ocurriera pretenderlo. De ahí que este último aspecto
sea mucho más importante que el primero. Que en la historia conocida
hasta ahora encontremos o no nexo y orden, solo puede interesamos
para nuestro conocimiento. E incluso sería perjudicial para la
investigación atribuir al resultado desde el principio una importancia
mayor y más inmediata.Si, Pero: Pero que no concedamos espacio en
nuestras acciones a la contingencia es la base de nuestra moralidad y
humanidad, por lo que aquí no podemos ser ni ociosos ni indiferentes.
Además, aquí la razón no tiene por qué consultar a la experiencia.
Donde la razón expone principios para nuestras acciones, no depende
de nadie más que de sí misma. Puede que no consigamos encontrar
el más mínimo nexo en los acontecimientos de los seis mil años de los
que tenemos noticia; tal vez fueron en vano solo los esfuerzos de las
generaciones anteriores, tal vez solo nosotros estamos destinados a
producir por medio de una colaboración más regular un orden más
visible (pues es indudable que ya había un orden oculto, dirigido por
intenciones superiores). Ahora bien, la esperanza de unificar en un
todo la multiplicidad de esfuerzos humanos es apoyada incluso por
otros motivos importantes y evidentes, y este punto es demasiado
esencial como para no detenemos en él y tocar aún esos motivos.

4. Es propio de las fuerzas humanas colaborar unas con otras y
apoyarse mutuamente, ganar en unión con otras (iguales o diversas)
más actividad y fuerza, y ejercitar esta actividad no simplemente en un
círculo estrechamente limitado, sino en amplias distancias y hasta
siglos bien posteriores. Diversos por sus disposiciones y capacidades,
todos los seres humanos comparten el mismo interés y persiguen el
mismo fin; en consecuencia, no hay nada tan importante como una
colaboración de todos sus esfuerzos adecuada y dirigida
racionalmente. Sólo así resulta posible a nuestra especie progresar de
un nivel a otro de la cultura; y aunque dirijamos nuestra atención solo
a la formación de los individuos, también ésta depende al mismo
tiempo de ello. Pues el crecimiento de la fuerza propia solo puede
prosperar mediante la colaboración de fuerzas ajenas, y cada cual
sólo puede ser activo con un progreso beneficioso en el lugar que le
señalan sus disposiciones propias. Ciertamente, son pocos los que
están destinados a dar algo a la posteridad y a hacer época en la
historia de la humanidad.Si, Pero: Pero todos podrían ser al menos recibidos
por el mundo pasado y presente, e incluso quien solo consigue ocupar
el lugar en su tiempo, ayudar a satisfacer las necesidades del día y
compartir sus placeres debería considerarse a sí mismo un miembro
activo y pasivo (véase más en esta plataforma) en toda la cadena de la humanidad. Este debería
abarcar un círculo tan amplio como le consienta su situación, así como
intentar conocer a fondo y elegir el lugar de su actividad de acuerdo
con las necesidades del tiempo y la medida de sus fuerzas. Y, aunque
entonces tal vez correría el peligro de verse engañado en su cálculo
por la inmensidad del objeto, al menos tendría la certidumbre de haber
satisfecho las exigencias de su razón y de haber ganado (para su
espíritu) conocimiento humano y (para su carácter) adecuación de su
manera de actuar al plan.

5. Es innegable que todas las épocas (y en cada una de ellas todas
las clases del género humano) portan un carácter propio. Por más que
muchos de estos caracteres estén repletos de propiedades
insignificantes y contingentes, hay muy pocos cuya pérdida carecería
por completo de importancia para el conocimiento y la formación del
ser humano y que no habrían de añadir al cuadro completo de la
humanidad un rasgo esencial que sin su existencia habría restado
desconocido.

Pormenores

Por el contrario, muchos caracteres se entrelazan con
los demás de una manera tan adecuada que parecen destinados a
formar un todo completo solo con los demás, y en el caso de muchos
otros se podría producir o promover esa concordancia mediante una
formación superior y más correcta. Pues si aquellos que han sido
puestos por el destino en el mismo escenario se esforzaran mediante
el desarrollo severo de sus disposiciones naturales en elevar la
determinidad del carácter, y mediante la formación general del espíritu
en reducir la unilateralidad, una concordancia de las direcciones
mayor y más autónoma aumentaría la actividad común. No hay más
que arrojar una mirada a las cuatro naciones más cultivadas de
Europa, y se notará sin esfuerzo que, por ejemplo, la diversidad de las
literaturas inglesa, francesa, italiana y alemana abarca una
multiplicidad de formas sin la cual no habría sido posible hacer
progresos tan notables ni en el ámbito del gusto ni en el de la filosofía.

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Esto resultará aún más convincente si se tiene en cuenta también la
influencia de los antiguos, que por medio de la estima que se han
ganado entre nosotros operan sobre nosotros como si fueran una
nación viva. Y, sin embargo, no se puede olvidar que estas naciones
se apoyaron recíprocamente en sus esfuerzos de una manera no
intencionada, sino casual, tal como les sugería su naturaleza y su
situación, y que (lo cual es el más dañino de todos los métodos) se
imitaron las unas a las otras, en vez de aspirar todas, pero por
distintos caminos, a un solo fin común, sino al mismo tiempo además
un ciudadano del mundo.

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Ciertamente, se ha dicho no pocas veces que puntos de vista tan
abarcantes y elevados como éste por más que amplían el espíritu y
elevan el ánimo, hacen frío e indiferente al ser humano en relación a
lo verdaderamente necesario y a la tarea más cercana, por lo que la
sabiduría vital más fecunda y sencilla limita el número de nuestros
deberes a un círculo estrecho y fácilmente abarcable.Si, Pero: Pero aquel
mandato supremo de la razón no exige que el ser humano trabaje por
un plan de progreso de toda su especie de una manera inmediata y
con una intención dirigida propiamente a ello. Más bien, una empresa
tan gigantesca (en la que apenas se podría conocer claramente el fin
último y mucho menos calcular con seguridad los medios) tendría
inevitablemente que parecer demasiado estúpida y arrogante como
para encontrar un mínimo de indulgencia ni siquiera en el entusiasmo
más noble y puro por la virtud y el bienestar humano. Nuestro espíritu
sólo debe estar penetrado por la sublime idea de una colaboración
general de todos los seres y fuerzas, solo hemos de probar los
principios directores de nuestra conducta en esta piedra de toque
(para cerciorarnos de la concordancia más general entre ellos), solo
hemos de ocupar y entusiasmar a nuestra imaginación con estas
grandes imágenes; y a continuación ser activos simplemente en el
limitado círculo de acción que está al alcance de nuestras fuerzas.
Nunca se podrá reconducir suficientemente la actividad exterior del
ser humano a los límites de lo necesario, ni se podrá invitar
suficientemente a su espíritu al ámbito de la infinitud. Si la mejora de
nuestra situación exterior nunca ha llevado el mismo paso que las
ampliaciones de nuestro espíritu, hemos de acusar antetodo al doble
error de que se ha intentado ora adaptar la actividad inmediatamente
práctica más allá de los límites de lo ejecutable a modelos ideales, ora
limitar el atrevido vuelo del espíritu al estrecho ámbito de la realidad.
No la mejoría más rápida, pero sí la más segura y duradera comienza
únicamente por la formación del espíritu. La figura que recibe éste (y
por medio de él todo el carácter) se transmite a las acciones y a la
actividad exterior de una manera imperceptible en cada instante, pero
operante decisivamente en el todo; y sin actuar intencionada y
violentamente sobre la naturaleza, ésta toma por sí misma a través de
la influencia suave, pero incesante, que el ser humano ejerce sobre
ella la impronta de la peculiaridad más interior del ser humano. Al
afinarse a sí mismo de una nueva manera, el ser humano domina
también la naturaleza, y el poder que posee sobre ella depende del
carácter y de la consecuencia que sabe llevar a su propia manera de
actuar.

8.Entre las Líneas En consecuencia, aquí no se exige del ser humano más que
considere en su espíritu a la humanidad como un todo, y a sí mismo
como una parte de ese todo, que rastree con sus pensamientos el
camino de la humanidad, pero a continuación avance por su angosto
sendero con modestia, pero con pasos más firmes y mejor
comprendidos. Así como en el día de una batalla cada individuo
apoyará de una manera más adecuada los proyectos del general si,
además de sobre su propia función, también está instruido sobre el
plan del todo, de la misma manera sucede aquí con la actividad
unificada de todo el género humano. Igual que allí cada cual ejecutará
la severa orden del general, también aquí cada cual ejecutará aquello
a lo que le apremie su impulso interior y la situación exterior, pero la
manera, el espíritu en que ambos cumplen este punto de su actividad
será distinto si al mismo tiempo ven además la esfera del todo.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Ciertamente, el poeta moderno, a quien su carácter peculiar conduce
a un camino extraño a los antiguos (a los cuales estamos
acostumbrados a considerar un modelo), un camino que no consiste
en la mera descripción de los objetos, sino en la valoración y
consideración filosófica de los mismos, seguirá esta inclinación con la
seguridad propia del genio. Ahora bien, en horas de fría reflexión
dudará en relación a una desviación cuyo motivo no conoce
perfectamente; estas dudas afectarán también a los momentos de
entusiasmo, y el poeta correrá el peligro de perder su carácter por
timidez o de exagerarlo por tozuda arrogancia si no dirige su mirada al
mismo tiempo al curso de toda la poesía, compara las diversas
peculiaridades del espíritu poético y de este modo se señala a sí
mismo su lugar y determina el valor y los límites de su carácter. Quien
conozca con sensibilidad la antigüedad y admire de los griegos con
alegre sorpresa la formación armónica de todas las fuerzas, la noble
libertad del ánimo, el alejamiento de todas las ocupaciones inferiores,
el noble ocio y la alta valoración del ser humano interior, notará no sin
vergüenza y aflicción que entre nosotros prácticamente todos
desarrollan unilateralmente disposiciones individuales, que la libertad
del espíritu soporta diversas cadenas, que una fatigosa laboriosidad
nos arrebata buena parte de nuestra vida y que la formación interior
es subordinada con frecuencia a la actividad exterior. Accesos de
noble celo le conducirán a condenar esta dirección de nuestra época y
deseará volver a aquel período feliz.Si, Pero: Pero si investiga el desarrollo
gradual del espíritu humano a partir de sus primeros progresos,
encontrará queel ser humano es capaz de progresar desde la unidad
del carácter que solo pertenece a la imaginación y a la sensación, a
través del desarrollo unilateral de fuerzas individuales hasta la
verdadera consumación por medio de la razón, y ahora comprenderá
el provecho, pero también la medida, de la aparente unilateralidad que
tan a menudo se reprocha a nuestra época.

Del mismo modo que en estos pocos ejemplos, igualmente solo se
puede conocer a fondo y determinar la peculiaridad de cada expresión
comparándola con las demás del mismo género. De ahí que quien
quiera conocer con la mayor corrección y en la mayor extensión la
esfera que le corresponde en el mundo no puede librarse del penoso
trabajo de abordar y examinar el carácter y las necesidades de su
época, y por tanto la historia del género humano.

9. Hemos visto que la razón aspira a desterrar por doquier la
contingencia; con el mayor celo se esfuerza por no consentirle
ninguna influencia en el ámbito de nuestras acciones, y con el objetivo
de producir en nosotros una moralidad severa y completa por medio
del sometimiento completo de las acciones bajo determinados
principios nos da, como examinadora y directriz, la idea de una
colaboración general y ordenada de la humanidad en tanto que un
todo. La esperanza de trabajar con fortuna en la realización de esta
idea se ve elevada al considerar la facilidad con que las fuerzas
humanas son capaces de apoyarse socialmente y la estrechez con
que las disposiciones individualmente defectuosas son capaces de
conectarse en un todo perfecto. La desventaja en que hace temer la
enormidad de este fin desaparece con un método conecto, que, en
vez de exigir una aplicación inmediata, se limita a conducir al espíritu
a este punto de vista, el más elevado de todos. Hasta aquí nos ha
llevado el razonamiento anterior.

10. Si el ser humano, de acuerdo con esta idea que le entrega su
razón, debe aproximarse con toda su especie y por un camino seguro
y bien meditado a un solo fin, y no dejar sin utilizar (ni malgastar para
las necesidades del día) las fuerzas que había antes de él ni las que
hay junto a él, ha de conocer el fin que persigue y el lugar en que se
encuentra. El fin es sencillo y siempre el mismo, y (como es obra de
una idea de la razón) solo puede ser tomado del interior de la
naturaleza humana. El lugar contiene una multitud de objetos que han
de ser investigados individualmente y comparados unos con otros;
cambia con los progresos de la formación y con el curso del tiempo, y
no puede ser conocido a partir de otra fuente que una experiencia
planteada y empleada filosóficamente. La reflexión sobre el fin último y
más lejano nos devuelve cada vez a la investigación de nuestro
estado presente. Pues como ese fin solo puede ser puesto en la
formación más elevada, determinada y concordante de todas las
fuerzas humanas, remite incesantemente de la especie a los
individuos, de lo que debe suceder en el futuro a lo que ya es
necesario ahora. Todo esfuerzo por los progresos del género humano
que no partiera de la formación de los individuos sería completamente
estéril y quimérico; si, por el contrario, se procura esa formación,
aquella influencia sobre el todo sucede por sí misma y sin una
intención dirigida expresamente a ella.Si, Pero: Pero para que el individuo
amplíe generalmente su carácter y lo determine individualmente (pues
las leyes de la formación del carácter se pueden reducir en última
instancia a estas dos exigencias supremas), primero ha de conocerse
a sí mismo en el sentido más pleno de la palabra, y a causa del
contacto interior en que se encuentra con todo lo que le rodea ha de
conocer no solo a sí mismo, sino también a sus conciudadanos, a su
situación, a su época. De este modo, el asunto de la formación del ser
humano, tomado incluso en su más amplia extensión, se simplifica de
una manera maravillosa. Sólo podemos trabajar sobre nosotros
mismos, conocer nuestra situación presente y hacer fértil en nosotros
este conocimiento. Y en este último punto se concentra con tanta más
fuerza toda la importancia y toda la esperanza de éxito de la empresa.
No solo el ser humano individual en su vida privada, también toda la
humanidad en su amplio y enredado curso ha de detenerse cada
cierto tiempo y orientarse.

En consecuencia, la tarea primera y más necesaria para todos los que
son capaces de elevarse a posiciones tan elevadas es estudiar su
época de una manera al mismo tiempo completa y exacta, y
especialmente compararla y conectarla con las épocas anteriores; la
segunda tarea es buscar para cada individuo en particular el lugar en
que se encuentra en su época. El único medio para acercarse a este
objetivo final y poner la primera mano para un plan de alcance tan
amplio es un intento de una caracterización de la época en que se
vive; una caracterización que al mismo tiempo describa la condición
general de la época en conexión con las circunstancias precedentes y
señale la diversa participación de las clases humanas individuales en
esa condición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

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11. La necesidad de una caracterización filosófica de nuestra época
ha sido enlazada aquí a la obligación que la razón nos impone de
conectar de una manera ordenada nuestra actividad con la actividad
de nuestros contemporáneos y dirigirnos hacia un fin común. De todos
los puntos de vista que se puede tomar aquí, éste es
indiscutiblemente el más amplio y elevado; pero no siempre es bueno
partir de las posiciones supremas, y este método es el menos
recomendable para la mayor parte de los lectores. Por doquier es más
adecuado elegir la posición más cercana, y tanto en el razonamiento
ocioso como en la vida activa se critica justamente a quien alcanza
más de lo que exige su intención del momento.Si, Pero: Pero aquí de lo que se
trataba era de determinar mediante el fin de esta caracterización
también su constitución, y por ello no era posible tomar un camino
más breve o ligero.Entre las Líneas En sí misma, esta caracterización podría
plantearse de manera muy distinta y con diversos objetivos.Si, Pero: Pero si ha
de servir, como aquí, a dar su dirección a la actividad del ser humano
y a mostrarle qué tiene que cambiar y completar en sí mismo y en su
situación, la caracterización exige un tratamiento completamente
peculiar, y (como veremos con más detalle a continuación) un método
tal que considere el estado presente siempre en vistas a la posibilidad
de un desarrollo ulterior hacia una perfección superior; para exponer
esto de una manera más convincente era necesario introducir también
la simple idea de esta empresa por medio de su provecho práctico.

12. Si abandonamos este severo razonamiento, apenas hace falta
recordar cuántos aspectos atractivos ofrece una caracterización de la
época tanto a la consideración seria como al juego de la curiosidad.
Dominar con la vista una multiplicidad tan grande de objetos desde
pocas y bien elegidas posiciones concede al espíritu el infrecuente
placer de ver satisfechos al mismo tiempo tanto los sentidos y la
imaginación (por medio de la riqueza y diversidad de lo individual)
como las exigencias superiores de la razón (por medio de la unidad de
la ordenación y la adecuación de las conexiones). El ser humano
aparece en este escenario en su figura más hermosa y sublime.
Desaparecen las manchas que desfiguran al individuo, que por el
contrario está pertrechado con la fortaleza de todas las fuerzas
unificadas de su especie; y como su imagen no es expuesta muerta,
arrancada del nexo del todo, sino brotando del pasado y progresando
hacia el futuro, los límites de su esencia se pierden en una lejanía
infinita. Cada cual busca en la imagen general la situación que él
mismo y su ocupación individual tienen con relación al todo, así como
la participación que tiene en los progresos del todo, y cuanto más
divididas individualmente están las ramas del conocimiento y de las
ocupaciones de la vida, tanto más necesario resulta buscar sus
relaciones recíprocas y enlazar conexiones entre ellas. Es seguro que
ahora la masa de objetos es suficientemente diversa como para que
este intento sea estimulante y atractivo, y esperemos que el
conocimiento filosófico también sea suficientemente riguroso y
profundo como para que el intento sea posible. La comparación entre
sí de diversas épocas es un material especialmente atractivo para la
consideración. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Pues ya la experiencia más común enseña que la
conversación social sobre política, literatura y costumbres vuelve
siempre y sin darse cuenta a la contraposición de nuestros tiempos y
los anteriores.

13. Así de importante y atractiva es la tarea de describir
históricamente la propia época y valorarla filosóficamente.Si, Pero: Pero sería
presuntuoso atreverse a solucionar una tarea como ésta sin haber
sometido antes a un examen severo las exigencias que la propia tarea
pone al investigador y los obstáculos que tienen que presentársele en
su camino. Las siguientes investigaciones están destinadas a
acometer ese examen y de este modo abrir provisionalmente algún
camino.

Fuente: Wilhelm von Humboldt (1767-1835)

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