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Individualismo Pluralista

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Individualismo Pluralista

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Individualismo Pluralista: Introducción al Concepto Jurídico

De acuerdo con Eduardo Jorge Arnoletto:

Este concepto proviene de la fusión de dos nociones de mucha importancia en la historia del pensamiento político: la de individuo y la de comunidad. La primera fue muy bien tratada por Locke; la segunda por Rousseau. Locke afirmaba que los hombres piensan y actúan ante todo como individuos, y que los derechos pertenecen a los individuos y no a los grupos. Todo individuo tiene un derecho “natural” a reclamar como suya la parte de naturaleza que haya “acumulado con su propio trabajo”. Otros títulos de propiedad (herencia, compra) derivan de ese título originario. También es derecho natural de los individuos la libertad.

Senssación de Comunidad

Por otra parte, muchos hombres buscan experimentar una sensación de comunidad, de pertenecer en cierto sentido a algo más grande que ellos mismos, a un grupo con el que vivir y del que sustentarse, una comunidad, que es a fin de cuentas condición necesaria de la supervivencia del individuo, según ese gran teórico de la comunidad que fue J.J. Rousseau. Dada la diversidad de las personas, en su identidad, aptitud y misión, la unión de las nociones de individuo y comunidad originó el concepto de individualismo pluralista.

Neoconservadurismo

El monetarismo está estrechamente asociado con el neoconservadurismo, una versión del liberalismo que enfatiza los mercados libres y el individualismo en lugar de la visión del estado del bienestar que se ha convertido en dominante en la mayoría de las sociedades occidentales.

Individualismo en la Literatura Económica

[rtbs name=”derecho-y-economia”] La revista “Libros de Empresa y Economía” publicó una reseña sobre el libro “Free to Choose: A personal Statement”, de Milton y Rose Friedman (1980), que es una traducción de la reseña escrita por el profesor Heilbroner sobre el libro. El título de la reseña en inglés es “The Road to Serfdom”, y se publicó en The New York Review of Books, vol. 27, nº 6, 17 de abril de 1980:3 a 8.

La reseña dice lo siguiente:

“La televisión es dramática. Despierta las emociones y cautiva la atención. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Nosotros, pese a ello, estamos convencidos de que la página impresa es un medio de educación y de persuasión más efectivo.

Detalles

Los autores de un libro pueden examinar los problemas profundamente, sin sentirse limitados por el tictac del reloj. El lector puede detenerse y pensar y volver unas páginas atrás sin que le distraiga el atractivo de las escenas que aparecen incesantemente en su pantalla de televisión.

Quienquiera que sea persuadido por el programa vespertino de televisión, o incluso por diez programas vespertinos de una hora cada uno, no está realmente persuadido y puede ser convertido por la primera persona de opinión contraria con la que pase una tarde. La única persona que puede verdaderamente persuadirle a usted es usted mismo. Usted tiene que poderles dar vueltas a los problemas en su cabeza con calma, sopesar los varios argumentos y dejarlos madurar para, después de mucho tiempo, convertir así sus preferencias en convicciones.

MILTON FRIEDMAN, Premio Nobel de Economía, y tal vez el economista conservador más famoso del mundo, y su esposa y colaboradora Rose Friedman, introducen al lector con este llamamiento a la razón a su diagnóstico de nuestros males presentes y a su prescripción para remediarlos. A juzgar por la rápida llegada del libro Free to Choose a la lista de best sellers y por la atención concedida al programa de televisión en el que Milton Friedman repitió su mensaje y se defendió denodadamente de sus críticos, parece seguro que su exposición tendrá un gran éxito. Queda por ver si su llamamiento a la razón será eficaz: si los cientos de miles de lectores de su libro –los millones quizás de lectores que eventualmente (finalmente) comprarán la edición en rústica, que es de pensar se venderá más adelante en los aeropuertos, en las tiendas de revistas y en los drugstores– se afirmarán en sus convicciones y adoptarán el punto de vista de los esposos Friedman.

Esto, por supuesto, va a depender mucho de la fuerza de las convicciones engendradas por los argumentos de los dos autores. Veamos pues con qué se encuentra el lector cuando abre el libro. El primer mensaje es claro y vigoroso. Es un respaldo sonoro de la libertad económica y política, y una advertencia acerca de los peligros de continuar en nuestra trayectoria presente.

La experiencia de los años recientes –crecimiento menguante y productividad decreciente– suscita la duda de si la inventiva privada podrá continuar superando los efectos debilitadores del control gubernamental (o, en ocasiones, de la Administración Pública, si tiene competencia) caso de que sigamos concediendo cada vez más poder al gobierno y autorizando a una “nueva clase” de funcionarios públicos a gastar fracciones cada vez mayores de nuestros ingresos en nombre nuestro presuntamente. Más pronto o más tarde –y quizás antes de lo que muchos de nosotros esperamos– un sector gubernamental (o, en ocasiones, de la Administración Pública, si tiene competencia) cada vez mayor destruirá tanto la prosperidad que debemos al mercado libre como la libertad humana tan elocuentemente proclamada en la Declaración de Independencia.

Este mensaje, repetido frecuentemente a lo largo del libro, explica, estoy seguro de ello, su éxito popular. Los esposos Friedman expresan lo que un gran número de personas ansían escuchar. No es nada nuevo decir que se nota por todas partes entre los lectores democráticos una gran frustración e irritación, y que el resentimiento popular dirigido antes contra los excesos de las grandes empresas y de los grandes sindicatos apunta hoy principalmente hacia un gobierno desmesurado. Por ello se comprará el libro de los Friedman y se leerán con avidez y se citarán frecuentemente sus llamamientos a la acción, porque es un libro en armonía con los tiempos que corren, independientemente de que sus argumentos y diagnóstico sean convincentes o no.

Pero hay, sin embargo, mucho más en el libro Free to Choose que estas afirmaciones y acusaciones. La mayor parte del libro consiste en argumentos económicos dirigidos a demostrar su diagnóstico y a dar fuerza a sus aseveraciones. Ésta es la parte que da autoridad al libro, pero sospecho que en gran medida, esta parte se quedará sin leer. Los esposos Friedman pueden tener de su lado la seriedad, la virtud, quizás incluso la verdad, pero su relato carece de la vitalidad y de la sencillez de la obra de un periodista económico tal como Martin Mayer o del ingenio y atrevimiento de J. K. Galbraith.Entre las Líneas En consecuencia, me temo que pocos de quienes compren el libro, porque saben que habla de sus frustraciones, “darán vuelta a sus páginas” para meditar sobre argumentos.

Detalles

Los aceptarán con fe, pero sin leerlos.

Aquellos lectores que se abran camino a través de la prosa clara y sencilla de los autores se encontrarán con los temas de la eficacia del mercado libre y de los efectos funestos del gobierno, ilustrados o explicados con respecto a una serie de temas, relacionados entre sí. Comenzarán con la Gran Depresión, cuya causa se despacha como “dificultades económicas crecientes junto con la perforación de una burbuja especulativa insostenible”, pero cuya persistencia demoledora se atribuye detenidamente a las acciones mal consideradas de la agencia monetaria del gobierno, el Sistema de la Reserva Federal.

Los lectores considerarán después el crecimiento del Estado del bienestar, producto de la Depresión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Descubrirán de nuevo que las características contraproducentes del gobierno han desbaratado programas cuyos objetivos eran nobles. “El fracaso repetido de programas bien intencionados no es un accidente”, afirman los Friedman. “No es simplemente el resultado de errores de ejecución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El fracaso estriba profundamente en el uso de medios malos para conseguir objetivos buenos”. Los medios malos son fundamentalmente programas de gasto del gobierno orientados hacia resultados que se oponen al mercado o que se convierten en despilfarro rápidamente porque carecen de reguladores automáticos semejantes a los del mercado. Así suben los gastos del Departamento de Salud, Educación y Bienestar (HEW), pero (nos dicen ellos) no hay mejoría alguna en la atención médica verdadera recibida por la gente. El programa de seguridad social es amplio, pero sus finanzas se encuentran en serio desorden. El despilfarro domina el sistema de asistencia social, pero todavía más inquietante que el despilfarro es el daño a nuestro sistema moral: se debilita la familia, se menoscaban los incentivos al trabajo, al ahorro y a introducir innovaciones, y se coarta nuestra libertad.

De la consideración de estas deficiencias o peligros manifiestos los esposos Friedman pasan a examinar el problema de la igualdad, a saber, la aparición de la nueva y perniciosa creencia de que “cada uno debería tener el mismo nivel de vida o ingresos y debería terminar la competición en el mismo puesto”. Esta concepción de la igualdad, con su énfasis en los resultados y no en las oportunidades, produce un daño social serio porque conduce a una legislación igualitaria que no se puede hacer cumplir. Todavía peor:

“Cuando la gente comienza a violar un grupo de leyes, la falta de respeto por la ley se extiende de forma inevitable a todas las leyes, incluso a aquellas que todo el mundo considera morales y correctas –tales como las leyes contra la violencia, el robo y el vandalismo. Aunque parezca difícil de creer, el crecimiento de la criminalidad baja en Gran Bretaña durante las últimas décadas puede bien ser consecuencia de la campaña en pro de la igualdad.”

Los Friedman dirigen después su atención a los problemas de la educación, la protección del consumidor y del trabajador, y finalmente a la inflación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Aquí nos encontramos con más variaciones acerca del mismo tema. La educación pública sufre del mal de su envergadura excesiva y de un monopolio gubernamental (o, en ocasiones, de la Administración Pública, si tiene competencia) con el que es imposible rivalizar. El bienestar de los consumidores puede ser salvaguardado ocasionalmente por las agencias del gobierno, pero más frecuentemente se pone en peligro por la inercia o el egoísmo de la burocracia gubernamental. Problemas nacionales tales como la energía no se alivian, sino que únicamente se agravan, cuando se descarta el mercado flexible a favor de la intervención del gobierno. Las restricciones al acceso a ciertas ocupaciones, tales como las impuestas por la Asociación Médica Americana (AMA) o por cualquier sindicato, protegen pequeñas clientelas de individuos a expensas de grandes grupos de ciudadanos. Por lo que se refiere a la inflación, ella también se debe a la imposición del poder gubernamental (o, en ocasiones, de la Administración Pública, si tiene competencia) más allá de sus propios límites. “Desde tiempo inmemorial”, nos advierten los Friedman, “los soberanos –sean reyes, emperadores o parlamentos– han sentido la tentación de recurrir a aumentar la cantidad de dinero con el fin de adquirir recursos para emprender guerras, construir monumentos o para otros fines. Han caído frecuentemente en esta tentación y, siempre que lo han hecho, la inflación ha aparecido a continuación poco después”.

Entretejido con este diagnóstico, capítulo por capítulo, de nuestros males más importantes el lector encontrará numerosas prescripciones. Como es fácil de predecir, los esposos Friedman abogan por que se fomente la actividad del mercado y por que se desaliente la del gobierno. A tenor con esto, debería acabarse con el monopolio de la educación pública mediante su conocido plan de los comprobantes, el cual permitiría a los padres escoger la escuela a la que irían sus hijos, con lo cual se pondría a las escuelas privadas en igualdad con las públicas. Deberían eliminarse los planes de “protección” del consumidor y corregirse las distorsiones introducidas por el monopolio, en parte mediante el desmantelamiento de todas las tarifas y cuotas comerciales, y en parte mediante la anulación del poder de conceder licencia a los grupos profesionales tales como la Asociación Médica Americana. Y debería, por supuesto, imponerse un control a la emisión de cada vez más dinero. Idealmente, debería completarse este programa con una serie de enmiendas constitucionales a favor de la libertad económica. Estas enmiendas limitarían el poder gubernamental (o, en ocasiones, de la Administración Pública, si tiene competencia) de imponer contribuciones y de incurrir en gastos, abolirían las tarifas, prohibirían los controles de precios y salarios, impedirían que se exigiese licencia para el ejercicio de las profesiones y ocupaciones, simplificarían los impuestos, prohibirían que se impusiesen contribuciones a las empresas, limitarían el crecimiento anual de la oferta monetaria e indexarían los bonos del gobierno para proteger contra la inflación a los tenedores de esos bonos.

Esto, a grandes rasgos, constituye la esencia del libro de los esposos Friedman. Tiene visos de verdad patente y aires de seguridad en lo que se dice, y un tono de convicción que se comunica rápidamente al lector. De hecho, lo que primeramente impresiona a uno en este libro es el carácter aparentemente abrumador de su lógica y el aspecto irrefutable de las pruebas aducidas a favor de la tesis de los autores. Tómese, como un primer ejemplo, el contraste entre el Japón de 1867 y la India de 1947, que ellos presentan al comienzo de su libro. ¿No existía acaso una semejanza llamativa en los puntos de partida iniciales de ambas naciones? “Ambos eran países con una antigua civilización y una cultura refinada. Cada uno tenía una población marcadamente estamental. El Japón tenía una estructura feudal… La India tenía un sistema de castas rígido… Ambos países experimentaron un cambio político importante, que permitió una alteración drástica del orden político, económico y social.Entre las Líneas En ambos países tomó el poder un grupo de líderes capaces y dedicados…, decididos a convertir el estancamiento económico en un crecimiento rápido…”

En verdad, retrospectivamente, todas las diferencias parecían estar a favor de la India.Entre las Líneas En 1867 Japón estaba totalmente aislado del mundo occidental. No tenía la estructura de capital físico, los ferrocarriles, las factorías o el cuerpo de funcionarios públicos de que disfrutaría la India en 1947.Entre las Líneas En términos de recursos Japón era el más pobre de los dos países. No tenía ninguna entrada fortuita de capital semejante al “volumen enorme de recursos” recibidos por la India como ayuda extranjera.

Pero observen lo que ocurrió. Japón se convirtió en una potencia económica formidable, con un nivel de vida elevado y una amplia libertad política. La India siguió económicamente estancada, e incluso cayó por breve tiempo en la dictadura, cosa que, nos advierten los esposos Friedman, podría ocurrir de nuevo. ¿Cómo se explican pues estas diferencias? “Creemos que la explicación es la misma que la correspondiente a la diferencia entre Alemania Occidental y Alemania Oriental, Israel y Egipto, Taiwan y la China comunista. Japón, dependió primeramente de la cooperación voluntaria y de los mercados libres… La India dependió de la planificación (véase más en esta plataforma general) económica central.”

El argumento parece convincente hasta que uno comienza a pensar en lo que se ha excluido en estas comparaciones: la larga y traumática experiencia de la India con el imperialismo británico, para la cual no existe correspondencia en el caso de Japón; la fragmentación lingüística de la India comparada con la homogeneidad de la cultura japonesa; la caída de Japón en la dictadura durante la década de los años treinta.

Detalles

Los autores pasan por alto la enorme inyección de capital americano en Japón después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Japón se convirtió en la avanzada militar de los Estados Unidos en el Extremo Oriente. Independientemente de lo que se diga acerca de la libre empresa en Tokio, existe también en Japón una planificación (véase más en esta plataforma general) informal del gobierno, los bancos y las sociedades anónimas (“Japón, S.A.”), la cual contrasta con el caos contagioso de la vida en las aldeas de la India, no importa cuál sea la retórica socialista que se use en Delhi.

Los esposos Friedman, en una palabra, pasan por alto una vasta serie de elementos que enturbiarían la claridad de su exposición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Lo que parece ser una demostración bien delineada, y apropiadamente simplificada para presentar un argumento bien pronunciado, se convierte en realidad en un argumento montado sobre hechos escogidos y factores omitidos que, de ser usados por un ideólogo izquierdista, serían descritos sin vacilación por los autores como vergonzosos. Y no es solo en el contraste entre India y Japón donde encontramos este tipo de argumento. El contraste entre las dos Alemanias no menciona la extracción de recursos de Alemania Oriental por Rusia. Al discutir las diferencias entre Israel y Egipto, no consideran la preparación y las destrezas respectivas de las dos poblaciones o la crítica infusión de capital filantrópico en Israel. La yuxtaposición de Taiwán y la China continental omite el hecho de que el sistema de mercado de la China precomunista se desplomó.

Esta misma argumentación unilateral caracteriza una gran parte de sus diagnósticos y prescripciones de política. Su adopción del sistema de los comprobantes, por ejemplo, no presta atención a los temores de los críticos de que tal sistema convertiría nuestras escuelas públicas en el vertedero de todos los estudiantes que, por cualquier razón, no resultasen aceptables para las instituciones educativas privadas. Su ataque de las industrias reguladas nos pone de nuevo, en efecto, bajo la égida de las fuerzas del mercado libre, que es precisamente el medio del cual nos escapamos hacia la regulación gubernamental (o, en ocasiones, de la Administración Pública, si tiene competencia) en primer lugar. Su llamamiento confiado en pro de un control de la oferta monetaria para detener la inflación ignora el creciente escepticismo profesional con la posición monetarista. Su ataque de las consecuencias antisociales de la campaña a favor de la igualdad se apoya en su insinuación de que ella ha sido un factor tras el crecimiento de “la criminalidad baja experimentada en Gran Bretaña durante las últimas décadas”, pero pasa por alto el brote de los conflictos raciales en Inglaterra originados por la inmigración de Asia y África y la aparición por todo el mundo de una cultura violenta de la juventud.

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A la vista de tales argumentos, lo único que puede hacer un crítico es llevarse las manos a la cabeza. Algunas de las propuestas específicas de los autores me parecen a mi ingeniosas y dignas de consideración, pero no debido a las pruebas seleccionadas o a los argumentos sobados que ellos presentan en su apoyo. El libro Free to Choose se encuentra en la misma relación con el debate político y económico serio que en la que se hallan los sermones fundamentalistas con la investigación bíblica.

Puesto que yo no puedo, sin escribir un libro tan largo como el de ellos, defender los méritos o demostrar los deméritos de sus argumentos, lo que haré en lugar de eso es examinar unas pocas ideas fundamentales que parecen servir de base a su pensamiento. La primera de esas ideas es su concepción del papel histórico del propio capitalismo con respecto a “la naturaleza humana”. Para los esposos Friedman el capitalismo representa un estadio de la historia en el que por fin se concede a una propensión de fuerza profunda y casi primordial el lugar y la esfera de acción que legítimamente le corresponden. Se trata de la propensión al mejoramiento material, la cual le proporciona al capitalismo su fuerza motriz y –como resultado de la competencia– su inherente mecanismo regulador. Adam Smith (1723-1790, importante filósofo social y economista), ciertamente, sustentó tal concepción de la historia y calificó a la economía del mercado como el estadio de “la libertad perfecta”. Los Friedman continúan apoyando su filosofía social sobre tal creencia.

Existe, sin embargo, una concepción contrapuesta de la historia, a saber, que el sistema de mercado, lejos de representar la realización de una propensión durante mucho tiempo reprimida, es el producto de un violento proceso de desplazamiento social durante los siglos XVII y XVIII que culminó en una estructura inestable y mal recibida de relaciones sociales y económicas. Esta es la concepción de observadores tales como Burke, Coleridge y Ruskin, por no decir nada de Polanyi, Veblen y Marx. Desde este punto de vista, el sistema de mercado es únicamente un episodio pasajero en el drama humano, una era tumultuosa y creadora en la cual la esfera económica fue elevada temporalmente por encima de la matriz de fuerzas políticas y sociales que normalmente la contienen y la controlan.

Desde esta perspectiva, obtenemos, creo yo, una imagen más clara del contraste entre las sociedades de mercado y las otras sociedades, que aparece tan conspicuo en el libro de los Friedman. Nadie niega que las fuerzas del capitalismo puedan ser origen de un crecimiento económico espectacular.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Detalles

Los autores tienen toda la razón para señalar a Hong-Kong –o a Japón o a Alemania Occidental o a Israel– como monumentos a la capacidad de acumular capital de tales sistemas y quizás a su idoneidad para crear y nutrir los procesos políticos democráticos. Esto, sin embargo, no constituye el cuadro completo. El capitalismo construye, pero también socava. Satisface los deseos, pero crea otros nuevos todavía más de prisa, de manera que las sociedades capitalistas se distinguen por su ansia o apetencia perpetuas y no por su sentido de satisfacción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Las sociedades capitalistas crean libertades políticas, pero simultáneamente temen las consecuencias de aplicar el credo democrático a la esfera económica.

Resulta pues que el capitalismo es mucho más dinámico, más inquieto, más contradictorio en sí mismo de lo que a los esposos Friedman les gustaría que nosotros creyésemos. Su idea del sistema de mercado es ingenua. Captan una parte de su naturaleza, pero son personas con discapacidad visual para las demás.

Su concepción de la libertad económica se encuentra estrechamente asociada con esta idea simplista del sistema del mercado. La palabra “voluntario”, usada frecuentemente por los autores, es una palabra clave. El distintivo de un sistema de mercado, según lo describen ellos, es que sus miembros cooperan voluntariamente y, por lo tanto, con entusiasmo y eficiencia. “La intuición principal de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith (1723-1790, importante filósofo social y economista)”, escriben los esposos Friedman, “es engañosamente sencilla. Si un intercambio entre dos partes es voluntario no tendrá lugar a menos que ambas partes crean que se van a beneficiar con él”.Si, Pero: Pero incluso Adam Smith (1723-1790, importante filósofo social y economista) reconoció que el intercambio voluntario de los servicios del trabajo y del capital no era exactamente de la misma naturaleza para ambas partes. “El trabajador puede ser tan necesario para el amo como el amo para él”, escribió Adam Smith (1723-1790, importante filósofo social y economista), “pero la necesidad no es tan inmediata”. Así que el intercambio de trabajo en el mercado –la actividad nuclear del sistema del mercado– no es tan completamente natural o tan inequívocamente voluntario como pretenden los autores.

Esta concepción restringida de la libertad económica afecta, por supuesto, a la argumentación de los esposos Friedman. Según usan ellos la expresión, la libertad económica significa el derecho de ganarse la vida en el mercado y el derecho, conexo con él, de disfrutar de una interferencia pública con esa actividad lo más pequeña posible.Si, Pero: Pero existe, una vez más, otra idea de la libertad económica. La libertad económica puede tomar la forma de leyes que liberen a los hombres de las presiones del mercado, permitiéndoles, por ejemplo, exigir un salario mínimo legal o acogerse a la asistencia pública antes de hacer un trabajo desagradable. Puede que no nos gusten los efectos de los salarios mínimos o las disposiciones legales relativas a la asistencia pública, pero es incorrecto negar que esas medidas proveen también un tipo de libertad a quienes se benefician de ellas. Así, pues, la libertad económica puede mostrarse también como la capacidad de los individuos de alcanzar colectivamente objetivos que no pueden lograr por separado: los sindicatos hacen libres a los hombres de imponer sus deseos, algo que ellos no serían libres de hacer sin dichos sindicatos. De nuevo, podemos denostar contra el abuso del poder por los sindicatos, pero eso no niega su efecto de liberar a sus beneficiarios de su impotencia no sindical.

Los autores reconocen, por supuesto, que los sindicatos pueden conseguir beneficios especiales para sus propios miembros, pero nos llaman la atención acerca de las limitaciones que imponen a otros. Parece ser que nunca se les ocurre pensar que los derechos de la propiedad y de las prerrogativas gerenciales también realzan la libertad de algunos y limitan la de otros. Al igual que con su concepción del capitalismo, la manera en que los autores usan la palabra libertad es supersimplificada y abstracta. (Hace muchos años, en una reseña de un libro del economista polaco Oskar Lange, Milton Friedman escribió: “Tenemos aquí un despliegue brillante de lógica formal, pensamiento abstracto y complicadas cadenas de deducción; el análisis con todo parece ser una racionalización de las conclusiones de política alcanzadas previamente más que una base para ellas. ¿Qué es lo que hace estéril el tipo de teorización empleado incluso en las manos de un profesional tan competente como Lange?” (Essays in Positive Economics, Chicago, The University of Chicago Press, 1953:277). Friedman responde que Lange cede a la tentación de “la supersimplicación” y del “uso de clasificaciones que carecen de una contrapartida empírica directa”. Parece ser que con estas palabras él encontró la horma exacta para su propio zapato.)

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Hay una tercera idea que manifiesta también una concepción curiosamente angosta. Es el enfoque de la igualdad por los esposos Friedman:

“Una gran parte del fervor moral detrás de la campaña en pro de la igualdad de resultados surge de la extendida creencia de que no es justo que algunos niños lleven una gran ventaja sobre otros, sencillamente porque se da el caso de que sus padres son ricos. Por supuesto que no es justo. La injusticia, sin embargo, puede tener muchas formas. Puede tener la forma de herencia de propiedad –bonos y acciones, casas, fábricas–; puede tener también la forma de herencia de talento –talento musical, vigor, genio matemático. Se puede interferir más fácilmente con la herencia de propiedad que con la herencia de talento. ¿Pero existe acaso alguna diferencia desde un punto de vista ético entra ambas?”

La respuesta a esta pregunta es que claro que existe una diferencia y además una diferencia, que tiene que ser conocida por los autores. La diferencia consiste en que no atribuimos significado moral alguno a las injusticias determinadas por la naturaleza, y en cambio sí atribuimos tal significado a las determinadas por la sociedad. Nadie considera moralmente malo que una persona sea hermosa y otra fea, pero todo el mundo cree que es moralmente malo el que dos personas tengan ingresos que, al compararse entre sí, hieran la sensibilidad o violen las convenciones sociales. Esto es verdad independientemente de que esos ingresos sean iguales o no. Nos sentimos moralmente indignados cuando un bandido gana tanto como un ciudadano respetuoso de la ley y cuando un individuo inepto tiene más que una persona útil. La cuestión moral no consiste en absoluto en la igualdad de resultados, sino en el carácter de los argumentos aducidos a favor o en contra de cualquier clase de determinación social, trátese del acceso a la justicia, del trabajo, del ingreso o de otra cosa cualquiera. Los esposos Friedman han omitido advertir a sus lectores acerca de esta obvia distinción moral. No deben por lo tanto sentirse confundidos si sus lectores concluyen, al oír esta distinción, que sus mentores no son unos guías morales totalmente dignos de confianza.”

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