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Mesoamérica

Este elemento es una ampliación de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre Mesoamérica. [aioseo_breadcrumbs]

Mesoamerica (Historia)

Las civilizaciones se desarrollaron en México y en la parte superior de Centroamérica a partir del 1400 a.C. Estas civilizaciones surgieron de un estilo de vida arcaico cazador-recolector que hacia el 7000 a.C. incluía el cultivo de pequeñas cantidades de frijol, calabaza y maíz. Hacia el 2000 a.C. los antiguos mexicanos dependían totalmente de las plantaciones de estos cultivos, además de amaranto, aguacate y otras frutas, así como del chile (ají). Las ciudades fueron creciendo y hacia el 1400 a.C. la civilización olmeca poseía una capital con palacios, templos y monumentos construidos sobre una enorme plataforma de unos 50 m de altura y cerca de 1,6 km de longitud.

Más Información

Los olmecas vivían en la selva de la costa del golfo de México; sus rutas comerciales se extendieron hasta Monte Albán en el oeste de la República Mexicana (en el actual estado de Oaxaca) y el valle de México. A medida que fue disminuyendo el poder de los olmecas (hacia el 400 a.C.), fueron en aumento los asentamientos en las montañas del interior y, poco antes del comienzo de la era cristiana, la primera ciudad del México precolombino había alcanzado dimensiones urbanas en Teotihuacán en el valle de México (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Desde el 450 hasta el 600 Teotihuacán dominó el Altiplano, comerciando con Monte Albán y con los reinos mayas que habían surgido en el suroeste de México, y conquistando a pueblos rivales por el sur incluso en el valle de Guatemala. Teotihuacán ocupaba unos 21 km2 con bloques de viviendas de varios pisos, mercados, multitud de pequeños talleres, templos sobre plataformas y palacios cubiertos de murales.

La cultura maya también se distinguió por desarrollar, caso único entre los pueblos indígenas americanos, una lengua escrita basada en glifos.

Hacia el 700 d.C. Teotihuacán sufrió una serie de ataques que le arrebataron su supremacía. Más adelante, en ese mismo siglo, muchas ciudades mayas quedaron abandonadas, tal vez arruinadas al tocar a su fin el comercio con Teotihuacán. Otras ciudades mayas, sobre todo en el norte de Yucatán, no corrieron la misma suerte. Hacia el año 1000, una nueva potencia del México central -los toltecas- comenzaron a formar un imperio alrededor del ya existente en el valle de México y penetraron en el territorio maya de Chichén Itzá. Este imperio se derrumbó en 1168. Hacia el 1433, el valle de México había recuperado el dominio sobre la mayor parte de México como resultado de una alianza de tres reinos vecinos. Esta alianza garantizaba una patria a partir de la cual el rey Moctezuma I de los aztecas inició sus conquistas territoriales durante el siglo XV. El imperio floreció hasta 1519, año en el que el conquistador español Hernán Cortés arribó a la costa oriental de México y avanzó junto a sus aliados mexicanos, los tlaxcaltecas, enemigos de los aztecas, en dirección a la capital azteca, Tenochtitlan. Las luchas internas y las epidemias vinieron a debilitar a los mexicanos, circunstancias que hicieron posible que Cortés triunfara en su conquista.

En el momento de las primeras conquistas españolas, los pueblos indígenas de México formaban parte de los dominios del Imperio azteca, de los reinos y señoríos mixtecos en el actual estado de Puebla y de los tarascanos en el estado de Michoacán, así como de los zapotecas en Oaxaca, los tlaxcaltecas de Tlaxcala, los otomíes en Hidalgo, los totonacas en Veracruz, los supervivientes del estado maya de Mayapán en Yucatán y grupos menores de filiación mayense en el sur, además de otros grupos independientes en las regiones fronterizas, como los yaquis, huicholes y tarahumaras en el norte de México. Tras la conquista española -que tardó más de dos siglos en abarcar a todo México- la mayoría de los grupos indígenas se vio obligada a sobrevivir como campesinos gobernados por la clase alta hispano-mexicana.

El área cultural de Mesoamérica -México, Guatemala, El Salvador, la parte occidental de Honduras y de Nicaragua- destacaba por su carácter agrícola, abasteciendo a los mercados de las grandes ciudades en las que los comerciantes traficaban con utensilios, vestidos y artículos de lujo importados a través de las lejanas rutas terrestres y marítimas.Entre las Líneas En las ciudades vivían los artesanos y los trabajadores, los mercaderes, la clase opulenta, así como los sacerdotes y investigadores académicos que registraban las obras literarias, históricas y científicas en textos jeroglíficos (la astronomía estaba especialmente desarrollada, véase Astronomía maya). Las ciudades se decoraban con esculturas y vistosas pinturas, que representaban los símbolos mesoamericanos del poder y el saber: el águila, el jaguar y la serpiente.[1]

Culturas de Mesoamérica

Mesoamérica era una región que abarcaba el centro y el sur de la actual República mexicana, así como una parte de Centroamérica.Entre las Líneas En esta región se desarrolló un vigoroso complejo cultural con múltiples características comunes, entre las que se encuentran el cultivo del maíz, la construcción de chinampas, las pirámides escalonadas, el juego de pelota, la escritura (su redacción) jeroglífica, los signos para designar números, el ciclo de 18 meses de 20 días cada uno, concepciones religiosas y determinados tipos de sacrificios humanos, así como guerras para conseguir víctimas que ofrendar.

Este complejo cultural empezó a definirse lentamente hacia el año 2500 a.C., para adquirir características precisas un milenio después y terminar con la conquista española, a principios del siglo XVI (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Durante su larga evolución se produjeron importantes cambios y se desarrollaron modalidades específicas.

Detalles

Las experiencias acumuladas, así como las formas de vida y la mentalidad que se crearon, constituyen una importante raíz de la idiosincrasia del pueblo mexicano de hoy.

Los investigadores han elaborado diferentes periodizaciones de las culturas mesoamericanas. Una de ellas, fundada en la organización de las sociedades, considera tres etapas: 1) de cazadores-recolectores (que abarca de la llegada del hombre a América a la formación de las sociedades agrícolas); 2) de sociedades agrícolas igualitarias, y 3) de sociedades agrícola-militaristas estatales.

(Aquí) se utiliza la forma más común, estructurada en tres periodos: preclásico, clásico y posclásico. Se presentan las características generales a través de su evolución y, en otro capítulo, se señalan rasgos importantes de varias culturas y pueblos de la región.

Periodo preclásico

Antes de que se practicara la agricultura, apenas existía la propiedad individual; los grupos humanos consideraban propio el terreno en que recolectaban, cazaban y pescaban, y sus integrantes solo eran dueños personales de sus armas y otros utensilios. El trabajo se dividía básicamente entre hombres cazadores y mujeres recolectoras; probablemente había personas especializadas en las relaciones con los dioses o en actividades artísticas, pero las condiciones difícilmente permitían la existencia de núcleos dominantes estables.

Cuando la agricultura llegó a ser importante cambió la situación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Ya se producía lo suficiente para sostener a grupos humanos que no participaban en la obtención de los alimentos y de otros productos básicos. Pudieron aparecer, y aparecieron, quienes se dedicaban básicamente al arte, a las actividades religiosas, al gobierno y a la ciencia. Con frecuencia estas funciones eran ejercidas por las mismas personas.

La nueva forma social se dio en la cultura olmeca, desarrollada principalmente en la costa del Golfo de México a partir del año 1200 a.C., cuando aparecieron centros ceremoniales sostenidos por los campesinos que vivían dispersos alrededor de éstos.

Llaman especialmente la atención las cabezas colosales, de aproximadamente 18 toneladas, esculpidas en piedras llevadas a la región, que probablemente representaban a personajes destacados. La elaboración de estas esculturas, su complejo traslado, así como la realización de otros trabajos, demuestran la existencia de una sociedad organizada, capaz de coordinar la labor de centenares o miles de personas, y la fuerza de un grupo gobernante estable.

Periodo clásico

En este periodo (siglos I a X d.C.) se consolidaron las diferencias entre las distintas culturas y las estructuras formadas durante el periodo anterior.

Teotihuacan, fundada en el periodo preclásico, ya tenía una sociedad altamente organizada, con barrios especializados por profesiones. La ciudad, también centro de peregrinaciones, realizaba un extenso comercio que se extendía hasta América Central. Sin duda existía un grupo gobernante definido, probablemente integrado por sacerdotes, funcionarios de distintos sectores sociales y militares. El apogeo de este centro, que fue la gran metrópoli del Altiplano central, abarcó del siglo IV al VII d.C. Su importancia se ve reflejada en la fuerte influencia que ejerció en sitios como Tula, Cholula, Cacaxtla, Xochicalco y Monte Albán, entre otros.
Cerca de la actual ciudad de Oaxaca se desarrolló Monte Albán, centro zapoteco que sucedió a Teotihuacan como eje cultural.

En las tierras bajas del sureste mexicano y de América Central, en los altos del actual estado de Chiapas y de Guatemala, así como en la península de Yucatán se desarrolló la cultura maya. Numerosos vestigios de los mayas antiguos hablan de una sociedad que practicó una agricultura intensiva, desarrolló conocimientos matemáticos que aplicaron a la medición del tiempo y al movimiento de distintos cuerpos celestes, alcanzó avances importantes en arquitectura y elaboró esculturas y pinturas de gran valor estético.

Otros Elementos

Además, crearon una escritura (su redacción) jeroglífica que nos permite acercarnos a su organización política y social.

Periodo posclásico

Este periodo (siglo X hasta principios del XVI) es más conocido que los anteriores debido a la mayor abundancia y mejor conservación de sus construcciones, su cerámica y otros objetos, y gracias a los relatos recopilados por los conquistadores o elaborados por autores indígenas bajo el dominio español.
Había importantes diferencias entre los múltiples pueblos de ese periodo, pero lo que conocemos de varios de ellos, sobre todo de los mexicas, presenta una imagen de las características más generales.

La forma básica de organización era el calpulli (la “ll” en palabras nahuas se pronuncia “l-l”), existente desde tiempo atrás. Consistía en un clan o grupo de familias, las cuales consideraban tener un ancestro común. Los campesinos, además de cultivar la tierra, también realizaban otras labores para satisfacer sus necesidades básicas, entre ellas el hilado, el tejido simple y la elaboración de prendas de vestir. Asimismo había calpullis de personas dedicadas a oficios de alta especialización, como orfebrería, tallado de piedras finas, medicina o comercio, junto a la agricultura.

El hueytlatoani y el tlatocan

Los gobernantes nahuas ostentaban el título de tlatoani (“señor”); el jefe de Tenochtitlan tomó la designación de hueytlatoani (“gran señor”) para señalar su supremacía sobre los jefes de los Estados vecinos. Junto a él existía el tlatocan, un consejo integrado por cuatro señores, que escogía al sucesor del hueytlatoani, a su fallecimiento, entre los miembros de la familia de éste (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Durante mucho tiempo dicho consejo tuvo gran importancia, pero en la época de Moctezuma II, en cuyo periodo se produjo la llegada de los españoles, ya no podía decidir sino solo asesorar al “gran señor”.

Era escasa la diferencia en el nivel de vida entre los miembros del calpulli; sus integrantes colaboraban estrechamente entre sí y se protegían mutuamente. El gobierno de la comunidad estaba en manos de un señor, elegido entre familias determinadas, las que constituían así una aristocracia local. Muchas características de sus formas de vida y de organización sobrevivieron en el periodo colonial y perduran en la actualidad.

La tierra era, en su mayor parte, propiedad del calpulli, entregada en parcelas a los jefes de las familias, las que la trabajaban y vivían de su producto, pero no la podían vender ni dejar de cultivarla. Lo cosechado en algunos terrenos, cultivados por los integrantes del calpulli, estaba destinado a sostener servicios públicos, religiosos o administrativos.

Cambio político-religioso

Fray Bernardino de Sahagún recibió de sus informantes indígenas el relato de que “inventaron [los sabios] la cuenta de los destinos, el libro de los años, la cuenta de los años, el libro de los sueños. Concertaron la forma en que se conservarían. Y así fue mantenido durante todo el tiempo que permanecieron el gobierno tolteca, el gobierno tepaneca, el gobierno mexica, y durante todo el gobierno chichimeca […] Porque se guardaba la historia; pero ardió cuando gobernaba Itzcóatl en México. Se hizo concierto entre los señores mexicas (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Dijeron: ‘No es conveniente que todo mundo conozca la tinta negra, los colores [la sabiduría]. El portable, el cargable [el plebeyo, que según esta concepción debe ser conducido como bulto por el grupo en el poder] se pervertirá, y con esto se colocará lo oculto [el arte mágico] sobre la tierra; porque se inventaron muchas mentiras’ ”. También se decía que “muchos fueron tenidos por dioses”. (Alfredo López Austin, “El texto sahaguntino sobre los mexicas”, Anales de Antropología, México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, vol. XXII, 1985, pp. 287-335; p. 310.)

Esta alteración acordada por los señores mexicas puede interpretarse como una acción para acabar con los liderazgos populares, en los que el dirigente se proclamaba encarnación de un Dios y justificaba así la autoridad central de los gobernantes de Tenochtitlan. Acciones semejantes han sido realizadas por muchos grupos gobernantes para legitimar su dominio.
*
También existían tierras propiedad de nobles, las cuales podían ser vendidas. Las trabajaban campesinos que no tenían derecho a abandonarlas.

Sobre esta base estaba edificada toda una pirámide social, que evolucionó con bastante rapidez. Los relatos mexicas indican que en un primer periodo, durante la larga migración de ese pueblo y en los primeros tiempos de su vida en el Valle de México, los dirigían sacerdotes. Luego fundaron su ciudad, Tenochtitlan, en una isla del lago de Texcoco (se cree que en el año 1325), inicialmente como un pobre asentamiento, tributario de los tepanecas de Azcapotzalco.

Casi un siglo más tarde, los mexicas pidieron, probablemente por acuerdo de una asamblea popular, que los señores de Culhuacán les designaran un tlatoani (“rey” o “señor”). El nombrado, Acamapichtli, era considerado descendiente de los prestigiados gobernantes toltecas, que habían brillado en Tula a principios del periodo posclásico.
Los señores de otros pueblos, como los mixtecos en la actual Oaxaca, también procuraban el enlace con personas provenientes de la misma nobleza tolteca. Este deseo de emparentar con las familias que habían gobernado en Tula indica el gran respeto que se sentía hacia la aristocracia y el deseo de obtener legitimidad a través de su relación con ella.

En 1428 se rebelaron Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan contra Azcapotzalco e iniciaron su carrera de conquistas por la cuenca de México. Con el crecimiento del poderío mexica se fortaleció una aristocracia guerrera y administrativa que vivía del trabajo de campesinos sujetos y de los pagos por su desempeño en el gobierno. Se desarrolló una clase de comerciantes (pochtecas), muchos de los cuales llegaron a acumular grandes riquezas y, además de realizar un activo intercambio de mercancías, servían de espías a Tenochtitlan.

En el reinado de Moctezuma II, Xocoyotzin (“el Joven”) (1502-1520), se acentuó más la división en clases sociales. Ya solo los hijos de nobles (pillis) eran admitidos para ejercer funciones de gobierno, a las que antes se había podido acceder por méritos en la guerra (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). De esta forma se afianzó el predominio de la nobleza.

Existieron esclavos, en su mayoría prisioneros de guerra destinados a ser sacrificados a los dioses. También los había por no solventar sus deudas, que recuperaban su libertad al pagarlas; los que habían cometido algún crimen, y personas que se habían vendido a sí mismas por encontrarse en la miseria. Esta última situación era frecuente en épocas de desastres naturales, como sequías, cuando escaseaban los alimentos.

La esclavitud tenía escasa importancia económica, a diferencia de lo que sucedió en la Antigüedad europea, que estuvo basada en gran parte en el trabajo de los esclavos, totalmente desprovistos de derechos.

El dominio mexica

Un siglo antes de la conquista española los reinos de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan (hoy Tacuba) dejaron de estar bajo la hegemonía de Azcapotzalco y formaron una Triple Alianza cuyas conquistas llegaron hasta los dos litorales del país (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Durante ese proceso, Tenochtitlan también llegó a sujetar a sus aliados, causando un fuerte resentimiento entre éstos. (…)

En la zona central de este dominio, donde muchos pueblos hablaban náhuatl al igual que los aztecas, los sometidos debían realizar trabajos para la clase gobernante de Tenochtitlan, como edificar palacios y templos, además de entregar productos de la tierra. Se llevaron a cabo grandes obras para controlar los lagos, que permitieron ampliar los cultivos, sobre todo los de chinampa, de alto rendimiento.

Las regiones más lejanas no enviaban trabajadores, cuyo sostenimiento hubiera sido demasiado costoso, y en ellas no se realizaron obras públicas de importancia. Las poblaciones alejadas del Valle de México también debían destinar el producto de determinadas parcelas al sostenimiento de los enviados de Tenochtitlan y entregar personas para ser sacrificadas a los dioses.

La capital mexica recibía cuantiosos tributos de los pueblos que había conquistado, contribuciones enumeradas en la Matrícula de Tributos, documento elaborado entre 1522 y 1530, y en el Códice Mendocino, confeccionado por órdenes del primer virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, que en lo fundamental es una reproducción del primero.
Se ha calculado que los tributos recibidos por Tenochtitlan proporcionaban alimentación suficiente para cientos de miles de personas; también los integraban grandes cantidades de mantas por año, además de muchos otros bienes.
Esta situación provocó sublevaciones en los lugares dominados, las cuales fueron reprimidas cruelmente. Hubo casos en que los aztecas aprovecharon las divisiones existentes entre los nobles e inconformes de esas poblaciones, para someterlos con mayor facilidad.

Los pueblos sujetos al dominio mexica no se fusionaron; conservaron sus idiomas, su organización y sus gobernantes, a menos que éstos se opusieran a los dominadores.

La educación entre los mexicas era diferenciada según la clase social. La mayoría de los niños, al haber cumplido seis años, pasaban a prepararse en el telpochcalli. Ahí empezaban por desempeñar tareas sencillas; ya mayores se les entrenaba para ser guerreros valientes y obedientes. Las niñas aprendían a realizar labores domésticas y a llevar una vida recatada.

Los hijos de los nobles asistían al calmecac, donde recibían una educación más refinada, que los preparaba para desempeñar funciones de gobierno. También había las “casas de canto” (cuicacalli), donde se enseñaba música, canto y danza.

El ideal educativo proclamado por los sabios era: “El hombre maduro: corazón firme como la piedra, corazón resistente como el tronco de un árbol; rostro sabio”.

Autor: Juan /Brom

Lecciones de la Antigua Mesoamérica

El profundo pasado de Mesoamérica proporciona un variado registro de cómo los pueblos sobrevivieron, cambiaron y prosperaron durante milenios en diversos entornos y a través de importantes transformaciones sociales, incluyendo la adopción e intensificación de la agricultura, la creación de redes interregionales de comercio e interacción, la construcción de ciudades que atrajeron la migración multiétnica, la experimentación con una serie de estructuras de gobierno y la perseverancia a través de los crímenes del colonialismo. Los mesoamericanos inventaron sistemas calendáricos más precisos que los empleados entonces en Europa y desarrollaron regímenes de subsistencia e instituciones culturales que sobrevivieron a la invasión española y contribuyeron a la globalización de la era moderna. En general, los mesoamericanos precoloniales se organizaron de forma más equitativa de lo que era típico en la época entre las sociedades euroasiáticas, cuando se medía en términos de variables como las puntuaciones de Gini y los sistemas de gobierno (hay numerosa literatura al respecto). Como resultado, hay lecciones específicas e históricas que podemos extraer de los casos que analizamos, pero también hay lecciones más amplias y comparativas de esta parte del mundo en la que podemos rastrear la historia a largo plazo a través del tiempo, en lugar de imponer modelos generales eurocéntricos y presunciones de la teoría social de los siglos XIX y XX. Por lo tanto, redunda en nuestro propio interés no aislar el pasado del presente ni “Occidente del resto” en el discurso público actual sobre temas como la forma de evitar la sobreexplotación de los recursos y el retroceso democrático y cómo fomentar barrios, ciudades y políticas más equitativos y resistentes. Ampliar nuestra apertura analítica nos brinda la oportunidad de evaluar lo que funcionó y lo que no, lo que fue sostenible o no en un conjunto más amplio de contextos históricos.

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La historia no es inevitable y la arqueología proporciona una lente temporalmente profunda y materialmente informada sobre las formaciones sociales del pasado y las interacciones entre el hombre y el medio ambiente que amplía enormemente el conjunto de datos para analizar los éxitos y fracasos relativos en la acción colectiva. Con los casos arqueológicos, “conocemos” los resultados aunque las causas puedan no estar inmediatamente claras. Detectar patrones amplios dentro de los casos comparativos es un enfoque metodológico por el que hemos abogado aquí, así como reunir las instituciones culturales documentadas históricamente entre los grupos indígenas como parámetros razonables para evaluar el patrón y la variabilidad. Proporcionan estudios de casos relevantes para iniciativas como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, que incluyen el fomento de ciudades más inclusivas, participativas y sostenibles (ODS 11), así como de instituciones justas y fuertes (ODS 16) (ONU-Hábitat 2020). Para el primer objetivo en particular, la Nueva Agenda Urbana de las Naciones Unidas recomienda ampliar y proteger los espacios urbanos públicos; mejorar la habitabilidad de los barrios urbanos; fomentar una gobernanza más participativa y policéntrica; y proteger y promover el patrimonio cultural, incluidos los yacimientos arqueológicos e históricos, como medio para reforzar los lazos sociales y los vínculos con el lugar. Los análisis comparativos de casos del pasado que tienen en cuenta las cuestiones del espacio, la gobernanza y la ideología, como se esboza aquí, pueden contribuir a trabajar por todos estos objetivos críticos. Demuestran que los humanos han seguido con éxito múltiples vías hacia la resiliencia social y ecológica basadas en inversiones variadas en infraestructuras de subsistencia y urbanas y siguiendo regímenes económicos y políticos variados, con tendencias generales entre los casos de nuestro estudio que apoyan las proposiciones de que unas infraestructuras más compartidas y equitativamente distribuidas y unas economías y una gobernanza más inclusivas condujeron a una mayor resiliencia.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

En nuestro presente contemporáneo, altamente industrializado, algunas de las relaciones entre recursos, gobernanza y sostenibilidad están destinadas a divergir de las observadas en contextos pasados. A modo de ejemplo, un análisis comparativo de casos que abarcan el espectro desde las sociedades preindustriales hasta las sociedades industriales contemporáneas indica que aquellas con una gobernanza más inclusiva consumen inicialmente menos energía per cápita que las que tienen una gobernanza menos inclusiva, pero también crecen en población y se industrializan más rápidamente, probablemente debido a una mayor confianza que crea los ciclos virtuosos necesarios para unas economías más robustas, y que finalmente se traducen en un mayor consumo de energía per cápita. Por lo tanto, la gobernanza inclusiva estimula el crecimiento demográfico y la afluencia, pero los ciudadanos de las economías capitalistas industrializadas tienen que defender y votar políticas más sostenibles y equitativas o sufrir el resultado de un industrialismo no regulado, un consumo excesivo y un aumento de las disparidades de riqueza.

Abordar los dilemas actuales en materia de recursos y los desafíos climáticos globales no puede lograrse ni mediante una gestión totalmente descentralizada a nivel local ni mediante una gestión totalmente centralizada, sino que requiere una policentricidad que permita escalas anidadas de toma de decisiones con una adaptación a nivel local e instituciones más centrales que operen en tándem. Hemos visto este tipo de sistemas de arriba abajo/abajo arriba en Mesoamérica en ámbitos como la chinampa y otros sistemas de drenaje, el coatequitl y otras estructuras laborales-tributarias para proyectos de infraestructuras públicas, y la incentivación y regulación combinadas de los mercados. A nivel de la mitigación climática global en la actualidad, no existe, por supuesto, un gobierno mundial que imponga políticas de arriba abajo, y los múltiples niveles de faccionalismo entre las principales instituciones que defienden o instituyen políticas -alianzas multinacionales, organizaciones no gubernamentales (ONG), niveles subnacionales de gobierno de las naciones individuales- actúan en un estado de conflicto distribuido en el que los incentivos pueden diferir a diferentes escalas. Operando a una escala geográfica mucho menor, las sociedades del pasado presentan casos análogos de confederaciones y alianzas entre polos, alianzas no políticas (por ejemplo, clanes, redes rituales y de peregrinación), polos individuales diversamente organizados y niveles de facciones con poder de decisión, desde gobernantes supremos hasta consejos de gobierno, casas nobles y barrios no elitistas. Los esfuerzos contemporáneos de sostenibilidad ecológica también se benefician de la incorporación de las lecciones del conocimiento ecológico tradicional de las prácticas agrícolas y los regímenes de tenencia de la tierra, como el sistema mesoamericano sostenible de la milpa y los esfuerzos comunitarios para promover la biodiversidad en la región.

Las lecciones del pasado y las que se extraen de los conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas contemporáneos son fundamentales para ampliar nuestra perspectiva sobre qué normas e instituciones han tenido éxito o han fracasado dentro de diversos entornos en la sostenibilidad de la gestión de la pesca, los bosques y los recursos hídricos y en el gobierno de los bienes comunes que nos quedan. Volviendo al común histórico donde empezamos, el Boston Common, podemos contemplar el significado simbólico de un artefacto de bronce mucho más reciente inaugurado hace poco, en 2023, una obra de arte público aspiracional en una ciudad con una historia racial torturada. La escultura Abrazo, creada por Hank Willis Thomas, se inspira en una fotografía de Martin Luther King Jr. y Coretta Scott King, que se conocieron en Boston, abrazándose tras enterarse de que King Jr. iba a recibir el Premio Nobel por su labor en pro de la justicia social y racial. Está situado cerca del quiosco de música desde el que King se dirigió a una multitud de 22.000 personas reunidas en el Common que habían marchado desde el barrio predominantemente negro de Roxbury el 23 de abril de 1965. Sin dirigirse específicamente a Boston, el discurso de King de ese día aludió a cuestiones de segregación de facto en la vivienda y la escolarización que estallarían en violencia racializada dentro de Boston una década más tarde. Sobre su creación, Willis Thomas escribe: “Al destacar el acto de abrazar, esta escultura desplaza el énfasis de un culto singular al héroe a la acción colectiva, implorando a los curiosos que investiguen más de cerca”. Situado en una encrucijada del Common, el paisaje que rodea el monumento refuerza la necesidad de una acción colectiva inspirada por el amor”.1 Nota a pie de página

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En su encarnación inicial, el uso del Boston Common como recurso común para el pastoreo de animales estaba restringido a los varones blancos adultos, y El Abrazo representa claramente el progreso hacia una inclusión y una emancipación más amplias realizado en los siglos transcurridos desde entonces, aunque también ideales democráticos que aún hoy se realizan sólo parcialmente. El discurso del Dr. King en el Común tuvo lugar entre la promulgación de la Ley del Derecho al Voto y la violencia en Selma, Alabama, a la que él y otros manifestantes por los derechos civiles se enfrentaron en su lucha por la representación democrática. Esta violencia y la supresión del voto se basan en una visión de suma cero de la democracia, que imagina que una mayor emancipación erosiona el poder de quienes ya lo ostentan sin tener en cuenta las ganancias colectivas que se derivan de la solidaridad entre todas las facciones mediante la plena realización de los ideales de la gobernanza democrática.

Los autócratas actuales y las facciones de poder que buscan socavar la gobernanza democrática mediante la exclusión lo hacen fomentando círculos viciosos de desconfianza en las instituciones clave que la sustentan. La erosión de la confianza en nuestras instituciones de gobierno, educación, ciencia y salud crea factores de estrés social que nos hacen vulnerables a factores de estrés ecológico más amplios -medioambientales, enfermedades- de formas que operan a escalas y niveles de interconectividad global diferentes que en contextos pasados pero que comparten algunas analogías con casos históricos de colapso, reconfiguración y resiliencia. Podemos aprender de los primeros mesoamericanos y de otros casos comparativos cómo la participación comunitaria en el trabajo y las infraestructuras compartidas crea ciclos virtuosos de confianza y capital social y cómo unos sistemas más inclusivos pueden reportar dividendos sociales al ampliar el conjunto de participantes dispuestos a participar en la vida cívica. La comprensión de las formas en que las personas han tenido éxito y han fracasado a la hora de trabajar de forma cooperativa y colectiva en pos de objetivos compartidos, informada por una perspectiva comparativa en el tiempo y en profundidad, crea una imagen más completa de la historia humana y amplía el alcance de las posibles soluciones a nuestras acuciantes preocupaciones actuales.

Revisor de hechos: Howert

Teotihuacán y Tenochtitlán

Recursos

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Notas y Referencias

  1. Información sobre mesoamerica de la Enciclopedia Encarta

Véase También

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3 comentarios en «Mesoamérica»

  1. La vida y la historia de los pueblos indígenas de esta zona de América, que ocupa lo que hoy es México y Guatemala, fue descrita en varias obras del siglo XVI, algunas de ellas de autores religiosos. Entre éstas se encuentran la Historia general de las cosas de Nueva España, de fray Bernardino de Sahagún, que puede considerarse el primer estudio etnohistórico de América; la Relación de las cosas de Yucatán, de fray Diego de Landa, y la Relación de Michoacán, compilada por fray Jerónimo de Alcalá. También se conservan trabajos de relatores laicos; entre ellos, la Crónica mexicana, de Hernando Alvarado Tezozómoc, y las Obras históricas, de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, ambos de la nobleza indígena.

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