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Reconocimiento de Identidades

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Reconocimiento de Identidades

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Reconocimiento Público de Identidades Particulares

En “The Politics of Recognition” (1992), una obra muy citada, Charles Taylor trató de ofrecer una explicación filosófica profunda de por qué los grupos de las sociedades occidentales reclamaban cada vez más el reconocimiento público de sus identidades particulares, ya fuera por motivos de género, raza o etnia.

Así lo expresaba al principio de ese libro:

“Cierto número de corrientes de la política contemporánea gira sobre la necesidad, y a veces la exigencia, de reconocimiento. Puede argüirse que dicha necesidad es una de las fuerzas que impelen a los movimientos nacionalistas en política. Y la exigencia aparece en primer plano, de muchas maneras, en la política actual, formulada en nombre de los grupos minoritarios o “subalternos”, en algunas formas de feminismo (compromiso con una mejora del papel social de la mujer, que suele reflejarse en el sentido de promover la igualdad sexual) y en lo que hoy se denomina la política del “multiculturalismo”.

En estos últimos casos, la exigencia de reconocimiento se vuelve apremiante debido a los supuestos nexos entre el reconocimiento y la identidad, donde este último término designa algo equivalente a la interpretación que hace una persona de quién es y de sus características definitorias fundamentales como ser humano. La tesis es que nuestra identidad se moldea en parte por el reconocimiento o por la falta de éste; a menudo, también, por el falso reconocimiento de otros, y así, un individuo o un grupo de personas puede sufrir un verdadero daño, una auténtica deformación si la gente o la sociedad que, lo rodean le muestran, como reflejo, un cuadro limitativo, o degradante o despreciable de sí mismo. El falso reconocimiento o la falta de reconocimiento puede causar daño, puede ser una forma de opresión que aprisione a alguien en un modo de ser falso, deformado y reducido.

Por ello, algunas feministas han sostenido que las mujeres en las sociedades patriarcales fueron inducidas a adoptar una imagen despectiva de sí mismas. Internalizaron una imagen de su propia inferioridad, de modo que aun cuando se supriman los obstáculos objetivos a su avance, pueden ser incapaces de aprovechar las nuevas oportunidades. Y, por si fuera poco, ellas están condenadas a sufrir el dolor de una pobre autoestima. Se estableció ya un punto análogo en relación con los negros: que la sociedad blanca les proyectó durante generaciones una imagen deprimente de sí mismos, imagen que algunos de ellos no pudieron dejar de adoptar. Según esta idea, su propia autodepreciación se transforma en uno de los instrumentos más poderosos de su propia opresión. Su primera tarea deberá consistir en liberarse de esta identidad impuesta y destructiva. Hace poco tiempo se elaboró un argumento similar en relación con los indios y con los pueblos colonizados en general. Se sostiene que a partir de 1492 los europeos proyectaron una imagen de tales pueblos como inferiores, “incivilizados” y mediante la fuerza de la conquista lograron imponer esta imagen a los conquistados. La figura de Calibán fue evocada para ejemplificar este aplastante retrato del desprecio a los aborígenes del Nuevo Mundo.

Dentro de esta perspectiva, el falso reconocimiento no sólo muestra una falta del respeto debido. Puede infligir una herida dolorosa, que causa a sus víctimas un mutilador odio a sí mismas. El reconocimiento debido no sólo es una cortesía que debemos a los demás: es una necesidad humana vital.

Para el examen de algunas de las cuestiones que aquí han surgido me gustaría retroceder un poco, tomar cierta perspectiva y empezar por ver cómo este discurso del reconocimiento y de la identidad llegó a parecernos familiar o por lo menos fácil de comprender. Pues no siempre fue así, y nuestros antepasados de hace más de dos siglos nos habrían mirado sin comprender si hubiésemos empleado estos términos en su sentido actual. ¿Cómo empezamos con todo esto?

A la mente nos viene el nombre de Hegel, con su célebre dialéctica del amo y del esclavo. Esta es una etapa importante, pero tendremos que remontarnos un poco más allá para ver cómo este pasaje llegó a adquirir su sentido actual. ¿Qué fue lo que cambió para que este modo de hablar tenga sentido para nosotros?

Podemos distinguir dos cambios que, en conjunto, hicieron inevitable la moderna preocupación por la identidad y el reconocimiento. El primero fue el desplome de las jerarquías sociales, que solían ser la base del honor. Empleo el término honor en el sentido del antiguo régimen, en que estaba intrínsecamente relacionado con la desigualdad. Para que algunos tuvieran honor en este sentido, era esencial que no todos lo tuvieran. Éste es el sentido en que Montesquieu lo utiliza en su descripción de la monarquía. El honor es, intrínsecamente, cuestión de préférences.5 También es ése el sentido en que empleamos el término cuando hablamos de honrar a alguien otorgándole algún reconocimiento público, por ejemplo, la Orden de Canadá. Sin duda, este premio no valdría nada si mañana decidiéramos dárselo a todo canadiense adulto.

Contra este concepto del honor tenemos el moderno concepto de dignidad, que hoy se emplea en un sentido universalista e igualitario cuando hablamos de la inherente “dignidad de los seres humanos” o de la dignidad del ciudadano. La premisa subyacente es que todos la comparten. (Peter Bérger analiza en forma interesante la significación del paso del “honor” a la “dignidad” en su “On the Obsolescence of the Cóncept of Honour”, en Revisions: Changing Perspectives in Moral Philosophy, Stanley Hauerwas y Alasdair MacIntyre, eds. (Notre Dame, Ind.: University of Notre Dame Press, 1983), pp. 172-181)

Es obvio que este concepto de la dignidad es el único compatible con una sociedad democrática, y que era inevitable que el antiguo concepto del honor “cayera en desuso.Si, Pero: Pero esto también significa que las formas del reconocimiento igualitario han sido esenciales para la cultura democrática. Por ejemplo, que a todos se les llame “señor”, “señora” o “señorita” y no que a algunas personas se les llame Lord o Lady y a los demás simplemente por sus apellidos -o, lo que aún es más humillante, por sus nombres de pila- se ha considerado como algo esencial en algunas sociedades democráticas, como Estados Unidos. Más recientemente y por razones similares, Mrs. y Miss se han reducido a Ms. La democracia desembocó en una política de reconocimiento igualitario, que adoptó varias formas con el paso de los años, y que ahora retorna en la forma de exigencia de igualdad de status para las culturas y para los sexos.

Pero la importancia del reconocimiento se modificó e intensificó a partir de la nueva interpretación de la identidad individual que surgió a finales del siglo XVIII. Podemos hablar de una identidad individualizada, que es particularmente mía, y que yo descubro en mí mismo. Este concepto surge junto con el ideal de ser fiel a mí mismo ya mi particular modo de ser. Dado que sigo a LioneI Trilling en el empleo que hace de este concepto en su brillante estudio, hablaré de la identidad como el ideal de la “autenticidad”7. Ello ayudará a describir en que consiste y como surgió.

Una manera de caracterizar su desarrollo consiste en localizar su punto de partida en el concepto -del siglo XVIII- de que los seres humanos fueron dotados de un sentido moral, un sentido intuitivo de lo que es bueno y lo que es malo. El punto original de esta doctrina era combatir una opinión rival, a saber: que el conocimiento del bien y del mal era cuestión de calcular las consecuencias, en particular las tocantes al castigo y la recompensa divinos. La idea era que interpretar el bien y el mal no era cuestión de frío cálculo sino que estaba arraigado en nuestro sentimiento. (Taylor ha analizado más extensamente, el desarrollo de esta doctrina, primero en la obra de Francis Hutcheson; basándome en los escritos del conde de Shaftesbury, y su relación opuesta a la teoría de Locke en sources of the self (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1989), cap.5) En cierto modo, la moral tiene una voz interior.

El concepto de autenticidad (véase qué es, su concepto; y también su definición como “authentication” en el contexto anglosajón, en inglés) se desarrolla a partir de un desplazamiento del acento moral según esta idea.

En la opinión original, la voz interior era importante porque nos decía qué era lo correcto que debíamos hacer. Estar en contacto, aquí, con nuestros sentimientos morales importa como medio para alcanzar el fin de actuar con rectitud. Lo que he llamado el desplazamiento del acento moral surge cuando estar en contacto con nuestros sentimientos adopta una significación moral independiente y decisiva. Llega a ser algo que tenemos que alcanzar si queremos ser fiel y plenamente seres humanos.

Para ver lo que hay de nuevo en esto, tenemos que establecer la analogía con las anteriores opiniones morales, para las que estar en contacto con alguna fuente – por ejemplo, Dios o la Idea de Dios- era considerado esencial para ser con plenitud.Si, Pero: Pero ahora la fuente con la que debemos entrar en contacto se encuentra en lo más profundo de nosotros. Este hecho forma parte del enorme giro subjetivo característico de la cultura moderna, es una nueva forma de interioridad en que llegamos a pensar en nosotros como seres con profundidad interna. Por principio, esta idea de que la fuente es interna no excluye nuestra relación con Dios o con las Ideas; puede inclusive considerarse como nuestra propia manera de relacionarnos con ellos.Entre las Líneas En cierto sentido, puede considerarse como una continuación e intensificación del desarrollo que inició san Agustín, para quien el camino hacia Dios pasaba por nuestra autoconciencia. Las primeras variantes de esta nueva idea fueron teístas, o al menos panteístas.

El escritor de ideas filosóficas más importante que ayudó a producir este cambio fue Jean-Jacques Rousseau. Creo que Rousseau es importante no porque iniciara el cambio; antes bien, yo diría que su gran popularidad se debe en parte a que articuló algo que en cierto sentido ya estaba ocurriendo en la cultura. Rousseau presenta, frecuentemente, la cuestión de la moral como la atención que le prestamos a una voz de la naturaleza que hay dentro de nosotros. A menudo, esta voz es ahogada por las pasiones que induce nuestra dependencia de los demás, siendo la principal el amour propre u orgullo.

Nuestra salvación moral dependerá de la recuperación de un auténtico contacto moral con nosotros mismos. Rousseau hasta llega a dar un nombre a este contacto íntimo consigo mismo, más fundamental que ninguna opinión moral, y que es fuente de tanta alegría y contento: el sentimiento de la existencia. (“El sentimiento de la existencia, despojado de todos los demás afectos, es en sí mismo un precioso sentimiento de contento y de paz, que sólo bastaría para hacer querida y dulce esta existencia a los que saben apartar de sí todas las impresiones sensuales y terrenales que vienen constantemente a distraernos de ella y a perturbar su dulzura aquí abajo.Si, Pero: Pero la mayoría de los hombres, agitados por continuas pasiones, conocen poco este estado y, habiéndolo saboreado sólo imperfectamente durante algunos momentos, no conservan más que una idea oscura y confusa de él, que no les hace sentir su encanto; traducción mejorable. Jean-Jacques Rousseau, Les Reveries du promeneur solitaire, “Cinquieme Promenade”, en Oeuvres completes (París: Gallimard, 1959), 1:1047).

El ideal de autenticidad (véase qué es, su concepto; y también su definición como “authentication” en el contexto anglosajón, en inglés) adquiere una importancia crucial debido a un avance que tuvo lugar después de Rousseau, y que yo relaciono con el nombre de Herder: una vez más, se trata de su principal articulador, y no de su autor original. (Johann Gottlob) Herder planteó la idea de que cada uno de nosotros tiene un modo original de ser humano: cada persona tiene su propia “medida” (“Cada hombre tiene su propia medida, su propio estado de ánimo, por así decirlo, de todos sus sentimientos sensuales hacia los demás”; traducción mejorable). Esta idea penetró muy profundamente en la conciencia moderna. Es una idea nueva. Antes de finales del siglo XVIII, nadie pensaba que las diferencias entre los seres humanos tuviesen este tipo de significación moral. Hay cierto modo de ser humano que es mi modo. He sido llamado a vivir, mi vida de esta manera, y no para imitar la vida de ningún otro.Si, Pero: Pero esta idea atribuye una importancia nueva a la fidelidad que me debo a mí mismo. Si no me soy fiel, estoy desviándome de mi vida, estoy perdiendo de vista lo que es para mí el ser humano.

Este es el poderoso ideal moral que ha negado hasta nosotros.Entre las Líneas En él se atribuye importancia moral a un tipo de contacto conmigo mismo, con mi propia naturaleza interna, a la que ve en peligro de perderse debido en parte a las presiones en favor de la conformidad externa, pero también porque al adoptar una actitud instrumental hacia mí mismo es posible que haya perdido la capacidad de escuchar esta voz interna. La importancia de este contacto propio aumenta considerablemente cuando se introduce el principio de originalidad: cada una de nuestras voces tiene algo único que decir.

No sólo no debo moldear mi vida según los requerimientos de la conformidad externa; ni siquiera puedo encontrar el modelo de acuerdo al cual vivir fuera de mí mismo. Sólo puedo encontrarlo adentro. (John-Stuart Mill sufrió la influencia de esta fuente del pensamiento romántico cuando hizo que algo como el ideal de autenticidad (véase qué es, su concepto; y también su definición como “authentication” en el contexto anglosajón, en inglés) fuera la base de uno de sus más poderosos argumentos en On Liberty. Véase especialmente el capitulo 3, donde arguye que necesitamos algo más que una capacidad de “imitación simiesca”: Decimos que tiene carácter una persona cuyos deseos e impulsos son los suyos propios, son la expresi6n de su propia naturaleza como ha sido desarrollada y modificada por su propia cultura.” “Si una persona posee una cantidad tolerable de sentido común y de experiencia, su propio modo de llevar su existencia es el mejor, no porque sea el mejor en sí mismo, sino porque es el suyo propio.”)

Ser fiel a mí mismo significa ser fiel a mi propia originalidad, que es algo. que sólo yo puedo articular y descubrir. Y al articularla, también estoy definiéndome a mí mismo. Estoy realizando una potencialidad que es mi propiedad. Esta. es la interpretación de fondo del moderno ideal de autenticidad, y de los objetivos de autorrealización y autoplenitud en que este ideal suele presentarse. Debo hacer aquí la observación de que Herder aplicó su concepción de la originalidad en dos niveles, no sólo a la persona individual entre otras personas, sino también a los pueblos que transmiten su cultura entre otros pueblos. Y lo mismo que las personas, un Volk debe ser fiel a sí mismo, es decir a su propia cultura.

Detalles

Los alemanes no deben tratar de ser franceses derivativos e (inevitablemente) de segunda clase, tal como el patrocinio de Federico el Grande parecía alentarlos a ser. Los pueblos eslavos deben encontrar su propio camino. Y el colonialismo europeo debe anularse para dar a los pueblos de lo que hoy llamamos el Tercer Mundo su oportunidad de ser ellos mismos, sin obstáculos. Podemos reconocer aquí la idea seminal del nacionalismo moderno, tanto en su forma benigna como en su forma maligna.

Este nuevo ideal de autenticidad, como la idea de dignidad, también era en parte un derivado de la decadencia de la sociedad jerárquica.Entre las Líneas En aquellas sociedades que nos precedieron, lo que hoy llamamos identidad dependía en gran parte de la propia posición social.

Es decir, el trasfondo que explicaba lo que las personas reconocían como importante para ellas estaba determinado en gran parte por el lugar que ocupaban en la sociedad y por cualesquiera papeles o actividades que fuesen inseparables de esa posición. El nacimiento de una sociedad democrática no anula por sí mismo este fenómeno, pues las personas aún pueden definirse por el papel social que desempeñan.

Indicaciones

En cambio, lo que sí socava decisivamente esta identificación derivada de la sociedad es el propio ideal de autenticidad. Al surgir éste, por ejemplo, con Herder, me pide que descubra mi propio y original modo de ser. Por definición, este modo de ser no puede derivarse de la sociedad, sino que debe generarse internamente.

Pero, para la naturaleza del caso, no existe nada que pueda llamarse generación interna, interpretada monológicamente. Si queremos comprender la íntima conexión que existe entre la identidad y el reconocimiento tendremos que tomar en cuenta un rasgo decisivo de la condición humana que se ha vuelto casi invisible por la tendencia abrumadoramente monológica de la corriente principal de la filosofía moderna.

Este rasgo decisivo de la vida humana es su carácter fundamentalmente dialógico. Nos transformarnos en agentes humanos plenos, capaces de comprendernos a nosotros mismos y por tanto de definir nuestra identidad por medio de nuestra adquisición de enriquecedores lenguajes humanos para expresarnos. Para mis propósitos sobre este punto, deseo valerme del término lenguaje en su sentido más flexible, que no sólo abarca las palabras que pronunciamos sino también otros modos de expresión con los cuales nos definimos, y entre los que se incluyen los “lenguajes” del arte, del gesto, del amor y similares.Si, Pero: Pero aprendemos estos modos de expresión mediante nuestro intercambio con los demás. Las personas, por sí mismas, no adquieren los lenguajes necesarios para su autodefinición. Antes bien, entramos en contacto con ellos por la interacción con otros que son importantes para nosotros: lo que George Herbert Mead llamó (en 1934) los “otros significantes”. La génesis de la mente humana no es, en este sentido, monológica (no es algo que cada quien logra por sí mismo), sino dialógica.

Además, éste no sólo es un hecho acerca de la génesis que después podamos olvidar. No aprendemos simplemente los lenguajes en diálogo y luego seguimos usándolos para nuestros propios fines. Desde luego, se espera de nosotros que desarrollemos nuestra propia opinión, perspectiva y actitud hacia las cosas, en grado considerable, por medio de la reflexión solitaria.Si, Pero: Pero no es así como ocurren las cosas en las cuestiones importantes, como es la definición de nuestra identidad. Siempre definimos nuestra identidad en diálogo con las cosas que nuestros otros significantes desean ver en nosotros, y a veces en lucha con ellas. Y aún después de que hemos dejado atrás a algunos de estos otros -por ejemplo, nuestros padres- y desaparecen de nuestras vidas, la conversación con ellos continuará en nuestro interior mientras nosotros vivamos. (Esta dialogicidad interna ha sido explorada por M. M. Bajtin y por quienes se basan en su obra. Véase, de Bajtin, especialmente Problems of Dostoyevsky ‘s Poetics, trad. Caryl Emerson (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1984). [Hay traducción al español del FCE: Los problemas de la :poética de Dostoievsky.] Véase también Michael Holquist y Katerlna CIark, Mikhail Bakhtin (Cambridge, Mass.; Harvard University Press, 1984); y James Wertsch, Voices of the Mind (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1991)).

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De esta manera, la contribución de los otros significantes, aun cuando aparece al principio de nuestras vidas, continúa indefinidamente. Algunas personas aún querrán aferrarse a alguna modalidad del ideal monológico. Es verdad que nunca podemos liberarnos por completo de aquellos cuyo amor y cuidado nos dieron forma al principio de nuestra vida; pero debemos esforzarnos por definirnos a nosotros mismos por nosotros mismos en la mayor medida posible, para llegar a comprender lo mejor que podamos y, así, a dominar la influencia de nuestros padres con objeto de evitar caer en otra de esas relaciones de dependencia. Necesitamos las relaciones para, realizarnos, no así para definimos.

El ideal monológico subestima gravemente el lugar que ocupa lo dialógico en la vida humana. Quiere confinarlo todo lo que sea posible a la génesis. Olvida cómo nuestra concepción de las cosas buenas de la vida puede transformarse por gozarlas en común con las personas que amamos; cómo algunos bienes sólo quedaron a nuestro alcance por medio de ese goce en común. Y por esto, se necesitaría un enorme esfuerzo y probablemente muchas rupturas desgarradoras para impedir que nuestra identidad estuviese formada por las personas que amarnos. Considérese lo que entendemos por identidad: es quiénes somos, “de dónde venimos”. Como tal, es el trasfondo contra el cual nuestros gustos y deseos, opiniones y aspiraciones adquieren sentido. Si algunas de las cosas que yo aprecio más me son accesibles sólo en relación con la persona que amo, entonces ella se vuelve parte de mi identidad.

A algunos esto puede parecerles una limitación de la que debemos tratar de liberamos. Este es un modo de interpretar el impulso que hay en la vida del ermitaño o, para tomar un caso más familiar de nuestra propia cultura, el del artista solitario.Si, Pero: Pero desde otra perspectiva, también podemos considerar que estas vidas aspiran a un cierto tipo de dialogicidad.Entre las Líneas En el caso del ermitaño, su interlocutor es Dios.Entre las Líneas En el caso del artista solitario, su obra misma está dirigida a un público futuro, que quizá todavía esté por ser creado por la obra. La forma misma de una obra de arte muestra su carácter de algo dirigido. ( Véase Bajtin, “The Problem of the Text in Linguistics, Philology and the Human Sciences”, en Speech Genres and Other Late Essays, de. Caryl Emerson and Michael Holquist (Austin: University of Texas Press, 1986), p. 126, para este concepto de un “superdestinatario” más allá de nuestros interlocutores existentes.)

Pero, sintamos lo que sintamos al respecto, la hechura y el sustento de nuestra identidad, a falta de un esfuerzo heroico para romper con la existencia ordinaria, siguen siendo dialógico a lo largo de nuestra vida.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

De este modo, el que yo descubra mi propia identidad no significa que, yo la haya elaborado en el aislamiento, sino que la he negociado por medio del diálogo, en parte abierto, en parte interno, con los demás. Por ello, el desarrollo de un ideal de identidad que se genera internamente atribuye una nueva importancia al reconocimiento. Mi propia identidad depende, en forma crucial, de mis relaciones dialógicas con los demás.

Desde luego, la idea no es que esta dependencia de los demás surgiera a la par con la época de la autenticidad. Siempre existió alguna forma de dependencia. La identidad socialmente derivada dependía, por su naturaleza misma, de la sociedad.Si, Pero: Pero en épocas anteriores el reconocimiento nunca representó un problema, dado que el reconocimiento general estaba integrado en la identidad socialmente derivada, por virtud del hecho mismo de que se basaba en unas categorías sociales que todos daban por sentadas.Si, Pero: Pero la identidad original, personal, e internamente derivada no goza de este reconocimiento a priori. Deberá ganarse por medio de un intercambio, y el intento puede fracasar. Lo que surgió con la época moderna no es la necesidad de reconocimiento sino la ponderación de las condiciones en que el intento de ser reconocido puede fracasar.

Por ello, hoy se admite por primera vez esa necesidad.Entre las Líneas En los tiempos premodernos la gente no hablaba de “identidad” y de “reconocimiento”: no porque las personas carecieran de identidad (lo que así llamamos), o porque ésta no dependiera del reconocimiento, sino porque estas nociones, entonces, eran demasiado fáciles de comprender para explayarse sobre ellas temáticamente.
No es de sorprender que podamos encontrar algunas de las ideas seminales acerca de la dignidad del ciudadano y del reconocimiento universal, si bien no en estos términos específicos, en Rousseau, al que yo he tratado de identificar como uno de los puntos de origen del moderno discurso sobre la autenticidad. Rousseau critica acremente al honor jerárquico o de “Préférences”.Entre las Líneas En un revelador pasaje del Discurso sobre la desigualdad determina el momento decisivo cuando la sociedad da un giro hacia la corrupción y la injusticia, cuando la gente empieza a desear una estima preferencial. (Rousseau describe las primeras asambleas: “Cada uno empezó a mirar a los demás y a querer ser mirado, y la estima pública tenía un precio. El que mejor cantaba o bailaba, el más bello, el más fuerte, el más hábil o el más elocuente se convertía en el más estimado, y esto era el primer paso hacia la desigualdad, y hacia el vicio al mismo tiempo”. (Traducción mejorable) Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. (París: Garnier-Flammarion, 1971), p. 210).

Por contraste, en la sociedad republicana, donde todos pueden compartir la igualdad a la luz de la atención pública, ve la fuente de la salud. ( Véase, por ejemplo, el pasaje de las “Considérations sur le gouvernement de Pologne” en que describe el antiguo festival público, en que tomaba parte todo el pueblo, en Du contrat social (París: Garnier, 1962) p. 345; y también el pasaje paralelo, en lettre a D Alembert sur les spectacles, en Du contrat social, pp. 224-225. El principio decisivo es que no debiera haber división entre actores y espectadores, pero que todo debía ser visto por todos. “Pero, ¿de qué tratarán estos espectáculos? ¿Qué van a mostrar? Nada, si quieres… Haz que los espectadores sean espectáculos; haz que los actores sean ellos mismos; haz que cada uno vea y ame a los demás, para que todos estén mejor unidos.” (Traducción mejorable)

Pero el tema del reconocimiento es tratado por primera vez por Hegel de una manera que ha ejercido gran influencia. (Véase Hegel, The Phenomenology of Spirit, trad. A.V. Miller (Oxford: Oxford Universjty Press, 1977), cap. 4. [Hay traducción al español del FCE: Fenomenología del espíritu.])

La importancia del reconocimiento es hoy universalmente reconocida en una u otra forma.Entre las Líneas En un plano íntimo, todos estamos conscientes de cómo la identidad puede ser bien o mal formada en el curso de nuestras relaciones con los otros significantes.Entre las Líneas En el plano social, contamos con una política ininterrumpida de reconocimiento igualitario. Ambos planos se formaron a partir del creciente ideal de autenticidad, y el reconocimiento desempeña un papel esencial en la cultura que surgió en torno a este ideal.

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En el nivel íntimo, podemos apreciar hasta qué punto una identidad original necesita ser y de hecho es vulnerable al reconocimiento que le otorgan, o no, los otros significantes. No es de sorprender que en la cultura de la autenticidad (véase qué es, su concepto; y también su definición como “authentication” en el contexto anglosajón, en inglés) las relaciones se consideren como los puntos clave del autodescubrimiento y la autoafirmación. Las relaciones amorosas no sólo son importantes debido al acento general que la cultura moderna otorga a la satisfacción de las necesidades ordinarias; también son cruciales porque son los crisoles de una identidad que se genera internamente.
En el plano social, la interpretación de que la identidad se constituye en el diálogo abierto, no que se forma por un “guión” social predefinido, ha hecho que la Política del reconocimiento igualitario ocupe un lugar más importante y de mayor peso.Entre las Líneas En realidad, lo que está en juego, ha aumentado considerablemente. El reconocimiento igualitario no sólo es el modo pertinente a una sociedad democrática sana. Su rechazo puede causar daños a aquellos a quienes se les niega, según una idea moderna muy difundida, como lo indiqué desde el principio. La proyección sobre otro de una imagen inferior o humillante puede en realidad deformar y oprimir hasta el grado en que esa imagen sea internalizada. No sólo el feminismo (compromiso con una mejora del papel social de la mujer, que suele reflejarse en el sentido de promover la igualdad sexual) contemporáneo sino también las, relaciones raciales y las discusiones del multiculturalismo (la creencia de que los diferentes grupos o subgrupos culturales tienen derecho al respeto, y al reconocimiento; un enfoque positivo de la diversidad cultural) se orientan por la premisa de que no dar este reconocimiento puede constituir una forma de opresión. Podemos discutir si este factor ha sido exagerado, pero es claro que la interpretación de la identidad y de la autenticidad (véase qué es, su concepto; y también su definición como “authentication” en el contexto anglosajón, en inglés) introdujo una nueva dimensión en la política del reconocimiento igualitario, que hoy actúa con algo parecido a su propio concepto de autenticidad, al menos en lo tocante a la denuncia de las deformaciones que causan los demás.”

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Recursos

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Véase También

Antropología Aplicada, Asimilación, Desigualdad Social, Discriminación racial, Etnografía,

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