Las Revoluciones de los Países de Europa del Este
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Las Revoluciones Europeas de 1989
En un sentido, las revoluciones del Este europeo simplificaron inmensamente las cosas. No puede haber dudas ahora de que vivimos en un único sistema mundial (o global) unificado. La ilusión de que había un “tercio socialista del mundo”, de que un sistema socioeconómico pos-capitalista estaba en proceso de construcción, fue destruida, junto con la mayoría de los regímenes que supuestamente lo materializaban. El impacto de esta colosal obra de reacomodamiento extendió su influencia mucho más allá de Europa: partes substanciales de África y del Medio Oriente, donde el Estado estalinista de partido único proporcionaba un modelo político a regímenes que, frecuentemente, solo eran una mueca hipócrita de los ideales socialistas, fueron escenario de grandes protestas populares al final de la década de 1980.
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Las implicaciones del colapso del estalinismo, fueron mucho más allá. Las revoluciones del Este europeo aceleraron un proceso que ya se hallaba en desarrollo –la unificación de la política mundial. Numerosos factores promovían esa tendencia: la globalización del capital, la industrialización de partes del Tercer Mundo, grandes migraciones de los países pobres hacia los ricos y el desarrollo de redes de telecomunicaciones intercontinentales, que hicieron posible que millones pudieran mirar la serie “Dallas”, la caída del Muro de Berlín y la liberación de Nelson Mandela. Todo esto estimula a muchas personas a trazar analogías entre su situación y la de otros, y a encontrar inspiración en luchas aparentemente remotas.
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Los azeríes, en la URSS, reaccionaron a la caída del Muro de Berlín derribando las alambradas de frontera que los separaban de sus hermanos de Irán. Manifestantes contra el incremento de los impuestos en Inglaterra, recortan el escudo de su bandera nacional, siguiendo el ejemplo de los rumanos en la Revolución de Navidad.
Claro que existen poderosas contratendencias –por encima de todo la renovada fuerza de las identidades nacionales y religiosas, en parte como reacción al dinamismo confuso y amenazador de un sistema mundial (o global) que no respeta fronteras estatales.
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No obstante, existe indudablemente una tendencia pronunciada para formar juicios de valor que den luz al sentimiento de que los fenómenos globales, indudablemente existen.
En San Pablo y en Varsovia, en Johannesburgo y en Londres, en Seúl y en Moscú, en el Cairo y en Nueva York, las opciones básicas son las mismas. ¿Dejamos vencer al mercado, con todas las desastrosas consecuencias que esto tendrá para el bienestar de la humanidad, y quizás para la sobrevivencia de la tierra? ¿Vamos a buscar humanizarlo, como la socialdemocracia viene intentando hacerlo sin éxito, desde principios del siglo XX? ¿O vamos a luchar para sustituir la anarquía y la injusticia del capitalismo por un sistema social basado en el control colectivo y democrático de los recursos del mundo por los trabajadores? Debe quedar bien claro que prefiero la tercera de es tas alternativas y que creo que el marxismo clásico representa el mejor camino para concretarla.
“Mejor” no significa perfecto: hay sin duda, muchas preguntas que los socialistas revolucionarios tienen todavía que responder y responder satisfactoriamente.
Aviso
No obstante, el marxismo clásico es la única tradición que posee los recursos teóricos y políticos necesarios para enfrentar las cuestiones con las que ahora nos enfrentamos.
Como intenté demostrarlo, ella es radicalmente contraria a su monstruosa distorsión por parte del estalinismo.Entre las Líneas En segundo lugar, ella puede proveer un análisis materialista histórico del ascenso y el desplome de dicha distorsión.Entre las Líneas En tercer lugar, Marx y sus sucesores elaboraron una estrategia perfectamente realizable para derribar al capitalismo y, en su lugar, construir una sociedad mejor.
Las revoluciones del Este europeo, por tanto, representan al mismo tiempo, un momento de mucho peligro y esperanza para los socialistas: peligro porque el colapso del estalinismo es interpretado, con enorme facilidad, no solo por los defensores, sino también por los adversarios del capitalismo, como la muerte de cualquier alternativa socialista al status quo; de esperanza porque la tradición marxista puede, finalmente, librarse de la basura del (no más) “socialismo realmente existente”.
Hay buenas razones para creer que, una vez extinguido el clamor inmediato que celebra “el triunfo de Occidente”, volverá a surgir la necesidad de una sociedad alternativa al capitalismo y de estrategias para realizarla.Entre las Líneas En un fragmento famoso y con justicia del Manifiesto, Marx elogia al capitalismo por su dinamismo:
“Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una incertidumbre y agitación constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Quedan rotas todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos; hácense añejas las nuevas antes de llegar a osificarse. Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar fríamente sus condiciones reales de vida y sus relaciones recíprocas.”
Las revoluciones en el Este europeo barrieron un conjunto de “relaciones estancadas y enmohecidas”, para beneficio del capitalismo multinacional. La experiencia de la integración al mercado mundial, pone en cuestionamiento las ilusiones sobre el capitalismo liberal, que constituyeron un factor en estos levantamientos, y que luego lo hicieron en la crisis que se desarrolló en la URSS. Muchos de los que viven en lo que ya no podemos llamar el “Bloque oriental” se ven “forzados a considerar fría mente sus condiciones reales de vida”. Las conclusiones que saquen dependerán de las alternativas políticas que tengan disponibles: el crecimiento del nacionalismo xenófobo y del racismo en gran parte de Europa, brinda alguna señal del tipo de política que alguna gente pueden llevar adelante, al despertar de sus sueños con el mercado. Es esencial que la tradición marxista se haga presente entre dichas alternativas políticas, a fin de fortalecer un internacionalismo que no es el de las em presas multinacionales y el de las bolsas de valores, sino que refleja las líneas globales de conflicto entre el capital y el trabajo, […] y la capacidad de la humanidad de dirigir colectivamente su propia vida y regular sus relaciones con la naturaleza.
Desde la década de 1920, esa tradición ha estado condenada a los márgenes de la vida política, perseguida, ridiculizada, y (quizás lo peor de todo) reducida a la condición de especialidad académica. El marxismo clásico puede ahora, finalmente, liberarse de la carga estalinista y aprovechar las oportunidades ofrecidas por un mundo que experimenta la mayor “incertidumbre y agitación” de muchas décadas. (…)
Si seguimos las palabras de Perry Anderson, quien define a una revolución como “un episodio de transformación política convulsiva, comprimido en el tiempo y concentrada en un objetivo, que tiene un comienzo determinado –cuando el viejo apa rato estatal continúa intacto todavía– y un final definido, cuando ese aparato es decisivamente liquidado y otro construido en su lugar”, podemos, por lo menos provisoriamente, describir los levantamientos ocurridos en Europa oriental como revoluciones. 28 Una forma de régimen político –el gobierno estalinista de partido único– resultó suplantado, bajo la presión popular, por otro –la democracia liberal. ¿Pero cuál fue el significado social de esta transformación política? La interpretación más común, tanto en la izquierda como en la derecha, fue la de que el derrumbe del estalinismo en Europa oriental llevaría a la restauración del capitalismo. La “New Left Review”, por ejemplo, al mismo tiempo que saludaba “la transición hacia la democracia”, temía una “restauración capitalista en el Este europeo” y preveía el surgimiento de “presiones restauracionistas”. 29
Indudablemente, uno de los aspectos más notables de los nuevos gobiernos pos-estalinistas de Europa oriental fue el compromiso que asumieron con lo que podríamos describir como políticas económicas thatcherianas –integración al mercado mundial, privatización de las empresas estatales, cierre de fábricas ineficientes, abolición de los subsidios al consumo– justificadas en la ideología de la nueva derecha occidental.
Hayek y Friedman, los apóstoles de la vuelta al laissez faire, se destacaron como los principales inspiradores de los economistas que infestaron los nuevos gobiernos. Las panaceas neoliberales, en especial la idea de que el mercado es una condición necesaria tanto para la libertad política como para la eficiencia económica, fueron tragadas con cáscara y todo por los intelectuales de oposición llevados al poder por estas revoluciones. […] El programa económico thatcheriano, que representó la tentativa de los nuevos gobiernos para someter sus economías [a la disciplina del mercado], implicó sobre todo reducciones en el empleo y en los niveles de vida […]. Mientras en Checoslovaquia proseguía la “revolución de terciopelo”, el Financial Times, en Noviembre de 1989, informaba que “los checos se volcaron hacia los economistas en busca de salvación”, destacando la popularidad de economistas neoliberales como Valtr Komarek, Václav Klaus y Milos Zeman. Había algo de vampiresco en el buen humor con que estos “expertos”, en vísperas de su subida al poder (Komarek fue Primer Ministro, y Klaus, Ministro de Finanzas del nuevo gobierno), prometían austeridad económica como premio de la revolución política. El Financial Times destacó “un tema común, es el logro de la democracia a cambio de un período de caída en los niveles de vida, que el Sr. Zeman, cree que tal vez será del orden del 30% y 50%. Ellos cuentan no solo con un desbordamiento del entusiasmo democrático, sino también con un fuerte sentimiento de orgullo nacional”.
Tampoco fueron mera retórica las proyecciones de un ajuste económico. El sometimiento de la economía polaca en Diciembre de 1989 a una “terapia de shock”, aplicada por el Mi nistro de Finanzas, Leszek Balcerowicz, que implicaba un presupuesto equilibrado y la abolición de los controles de precios y los subsidios, provocó una reducción de 36% en el ingreso real para Enero de 1990”.
¿Las políticas promercado de los gobiernos pos-estalinistas habían sido un aspecto de la restauración del capitalismo en Europa oriental? Responder en forma afirmativa implicaría decir que algún tipo de sistema social poscapitalista existía allí antes de las revoluciones de 1989. Esta valoración, no obstante, fue desmentida por la extraordinaria facilidad con que el estalinismo fue eliminado de Europa oriental. Trotsky, por ejemplo, argumentaba que la restauración del capitalismo en la URSS exigiría “una intervención de cirugía militar”:
“La tesis marxista relativa al carácter catastrófico de la transferencia del poder de una clase a otra se aplica no solo a los períodos revolucionarios, cuando la historia arremete locamente hacia delante, sino también a los períodos de contrarrevolución, cuando la sociedad va hacia atrás. Quien afirma que el gobierno soviético cambió gradualmente de proletario a burgués está solo, por así decirlo, pasando para atrás el film del reformismo. 32”
Naturalmente, los millones que salieron a las calles en toda Europa oriental en el otoño e invierno de 1989 no lo hicieron queriendo “moverse hacia el costado”, o sea, pasar de una va riante de capitalismo a otro. Asumieron los grandes riesgos implicados, especialmente en la primera fase de movilizaciones populares, porque sus gobernantes habían quedado visible mente debilitados ante los cambios que ocurrían en la URSS. Inspirados por el ejemplo y por sus propios éxitos, desarrollaron un creciente sentido de autonomía (véase qué es, su concepto; y también su definición como “autonomy” en el contexto anglosajón, en inglés), de capacidad para rehacer sus propias vidas. El triunfo que obtuvieron fue un gran acto de auto-liberación que, tanto en si mismo como por las mayores libertades que perseguía, no podía dejar de ser aclamado y celebrado. Inevitablemente, no obstante, los movimientos populares en Europa oriental habían sido profundamente influencia dos por lo que se volvería consensual entre los intelectuales del régimen y de la oposición, como resultado de la decadencia progresiva de la ideología “marxista-leninista”: la idea de que las economías de mercado que predominaban en Occidente proporcionaban el único marco para la libertad política y el progreso material.
Todo indicaba que esas esperanzas se verían frustradas. Dos informes fechados en Abril de 1990 enfatizaban las dificultades por las que pasaba la reestructuración de las economías de Europa oriental. El Instituto Financiero Internacional observó que Europa oriental, con el 2,5% de la población del mundo, el 2% de la producción mundial, exportaciones equivalentes al 75% de las de Hong Kong, y un endeudamiento en monedas fuertes que equivalía al 25% de la deuda de América Latina, difícilmente constituía una zona muy atrayente para las inversiones occidentales. Era probable que los nuevos préstamos privados solo alcanzarían volúmenes muy pequeños, y que las inversiones directas de las multinacionales occidentales serían muy selectivas y concentradas en las economías más avanzadas –Alemania oriental, Hungría y Checoslovaquia.
La comisión de la ONU para Europa planteó dudas sobre la capacidad de las economías del Este europeo para canalizar el tipo de ayuda estatal prometida por la Comunidad Europea. Manifestó además preocupaciones sobre las consecuencias sociales de la reestructuración, advirtiendo, de acuerdo con el Financial Times, que el “consenso social en favor de las reformas podría ser amenazado si los beneficios iniciales de las duras medidas de reestructuración fuesen usados para pagar los servicios de la deuda externa, y no para inversiones internas y el consumo privado. La privatización podría “simplemente transformar los monopolios públicos en privados” y “llevar a grandes transferencias de riqueza, para los viejos gerentes y exmiembros de la nomenklatura o para los recién llegados de Occidente”.
Es poco probable que el futuro inmediato de Europa oriental coincidiera con alguna versión idealizada de las democracias liberales más prósperas de Occidente (Alemania occidental o Suiza); lo más probable es que la realidad se aproxime a la de aquellas economías latinoamericanas más desarrolladas. Países como Brasil y Argentina experimentaron, a mediados de la década de 1980, la substitución de las dictaduras militares por regímenes parlamentarios. Esta liberalización política ocurrió sobre el trasfondo de la crisis de la deuda, que llevó a medidas de austeridad, reduciéndose la producción, los ingresos y el empleo. Los nuevos regímenes parlamentarios, por consiguiente, nacieron débiles, intentando sobrellevar la profunda crisis social creada por el empobrecimiento a gran escala y enfrenta dos a grandes desafíos políticos, tanto de derecha (los militares argentinos) como de izquierda (el poderoso movimiento obrero brasileño). Los nuevos regímenes de Europa oriental, con toda probabilidad, asumirán también la forma de democracias débiles, amenazadas por la inestabilidad social y política a gran escala –un futuro que recordará al pasado de la región en los años de entre guerras, cuando los nuevos Estados creados por el colapso de los imperios centroeuropeos oscilaron, en su mayor parte, entre débiles regímenes parlamentarios y dictaduras militares.
Los gobiernos pos-estalinistas, no obstante, gozan de una ven taja importante, esto es, fueron reclutados entre los viejos movimientos de oposición.
Respecto a Polonia, Tim Garton Ash observó:
“El primer ministro, el ministro de trabajo, el editor en jefe de la Gazeta Wyborcza, para no hablar de Lech Walesa, fueron incuestionablemente hombres de Solidaridad. Si hoy ellos les dicen a los trabajadores –“¡No se declaren en huelga! ¡Acepten el cierre de las fábricas! ¡Confórmense con la baja de los salarios reales!”– tienen mejo res chances de ser escuchados que cualquier otra persona, porque los trabajadores saben que esos hombres, por encima de cualquiera, lucharon por sus derechos durante los últimos diez años.”
La situación resultante estuvo llena de ironías. Exmarxistas como el ministro de trabajo, Jacek Koron, y el editor de la Ga zeta Wyborcza, Adam Michnik, se opusieron a las huelgas en contra de las medidas de austeridad, que a su vez eran apoya das por los OPZZ, los viejos sindicatos estalinistas. El enorme capital político del gobierno de Mazowiecki le permitía llevar adelante las medidas de reestructuración que su predecesor estalinista bajo Mieczyslav Rakowski no consiguió implementar, pero el gran entusiasmo de 198081 ya era cosa del pasado. Solidaridad, una vez legalizado solo consiguió atraer a dos millones de miembros, una pequeña parte de los diez millones que congregara en su momento de auge. Integrar las economías del Este europeo al mercado mundial (o global) implicaría evidente mente grandes reducciones en los empleos y los niveles de vida –se esperaba que la incorporación de Alemania oriental a la República Federal causase un aumento del desempleo de dos millones, o 2025% de la fuerza de trabajo, en el Este.
Hasta un gobierno tan popular como el de Václav Havel vaciló antes de tomar medidas de ese tipo –los dos principales ministros del área económica en el gobierno de Checoslovaquia, Komarek y Klaus, diferían radicalmente sobre la rapidez con que debían implementarse las medidas de austeridad. La polí tica de los nuevos regímenes del Este europeo comenzó a fragmentarse en la primavera de 1990, a pesar de la convicción general de que la transición hacia la economía de mercado era el único camino a seguir: los fanáticos adeptos de Hayek y Friedman debieron enfrentar una gran variedad de fuerzas, que intentaron moderar el impacto de las “terapias de shock” thatcherianas –socialdemócratas como Havel y Michnik, nacionalis tas autoritarios como Walesa y el Foro Democrático húngaro– además de los reconstruidos partidos estalinistas, que en algunos casos (por ejemplo, en Checoslovaquia y en Alemania oriental) conservaban algún respaldo popular, fruto de explotar las justificadas protestas generadas por las nuevas medidas de austeridad del gobierno.
Los conflictos resultantes –que en Polonia comenzaron a dividir de arriba abajo a Solidaridad– se volvieron más y más polarizados. Los choques en Bucarest, ocurridos en Julio de 1990, entre mineros leales al Frente de Salvación Nacional que estaba en el poder y que había casi triplicado sus salarios, y los demócratas radicales contrarios a la consolidación del poder de la nomenklatura bajo un nuevo disfraz, fueron de enormes proporciones. Luego de su liberación, Europa oriental no enfrentó la perspectiva de una democracia capitalista próspera y satisfecha, sino un tiempo de crisis económica, conflicto social e inestabilidad política.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
La misma contradicción entre liberalización económica y política se hizo sentir en la URSS. Las condiciones de una transición política hacia la democracia liberal eran mucho menos favorables allí de lo que eran en Europa oriental. La economía soviética, mucho mayor y mucho más autosuficiente que las del Este europeo, estaba también mucho más aislada de los mercados mundiales.
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Las exportaciones del país, en 1988, fueron de U$S 110,51 billones, al lado de un producto bruto interno de U$S 2.154,80 billones.
Otros Elementos
Además, las exportaciones en divisas convertibles solo totalizaban U$S 39 billones, mucho menos que las de Taiwán (Formosa) o las de Suecia, y apenas un 47% de ellas eran bienes manufacturados.50 (…)
Veinte años antes, Chris Harman había observado que la lucha entre reformistas y conservadores en los regímenes estalinistas de Europa oriental permite, e incluso empuja, a que clases ex tra-burocráticas (sobre todo, los trabajadores), se movilicen, inicialmente detrás de las consignas de la “burocracia reformista”, pero cada vez más por su propia cuenta […] Los “reforma dores”, habiendo asumido el poder, intentan frenar la tempestad.Si, Pero: Pero solo pueden hacerlo reforzando la estructura de clases básica de la sociedad. Esto implica destruir todo los benefi cios que los trabajadores hayan logrado. Inicialmente, se utiliza el método “frío” de la hegemonía ideológica (como, por ejemplo, Gomulka hizo con éxito y Negy sin él, en 1956, y Dubcek en 1968); si esto fracasa, se continúa con la aplicación del método “caliente” de la represión armada, con el respaldo de las tropas rusas.
Los desafíos de los reformadores soviéticos, hacia fines de la década de 1980 y principios de la de 1990, estaban dirigidos hacia varios frentes, y no simplemente los trabajadores; la dinámica analizada por Harman puede ser comprobada en el movimiento de Gorbachov hacia el empleo de los “métodos calientes”, con el fin de reestablecer la estabilidad. Entre las primeras señales de esta orientación, figuró su decisión de em pujar a un costado a Yeltsin, en aquel momento el reformador más “radical” dentro del liderazgo del partido, en Octubre de 1987.Entre las Líneas En 1989, Gorbachov toleró el derrocamiento del estalinismo en Europa oriental, pero aplicó una represión cada vez mayor dentro de la propia URSS –por ejemplo, con el ataque brutal de las tropas a una manifestación nacionalista en Tiblisi, en Abril; con la introducción de leyes que perseguían severa mente a los organizadores de “manifestaciones no autorizadas” y limitaban el derecho de huelga. Estas medidas no permitieron al centro reestablecer su control, pero otros pasos fueron dados con el fin de emplear formas más rigurosas de coerción –como, por ejemplo, la transferencia de unidades de élite del ejército, retiradas de Afganistán, para las fuerzas de seguridad interna del KGB y del Ministerio del Interior.
El momento decisivo en este viraje hacia los “métodos calientes” ocurrió definitivamente en Enero de 1990, cuando Moscú remitió una gran fuerza militar con el fin de asumir el control de Baku, la capital de Azerbaiján. El pretexto para la intervención militar fue dado por la lucha entre armenios y azeríes por la disputa de la región de NagornoKarabaj: la ocupación de Baku se volvió necesaria, según esa versión, para impedir que ocurrieses pogromos –tema este escogido con cuidado para que pudiera ser digerido fácilmente en Washington y otras capitales occidentales, obsesionadas con el fundamentalismo islámico, ya que los azeríes son mayoritariamente musulmanes, y los armenios cristianos. El objetivo real de la operación fue aplastar al movimiento de independencia en Azerbaiján, liderado por un Frente Popular, cuyo respaldo creciente quedó demostrado por la reacción de los azeríes a la caída del Muro de Berlín, que consistió en derribar las alambradas que separaban su república de Irán.
El ministro de defensa de la URSS, general Dimitri Yazov, dejó claras las cosas cuando dijo en Izvestia que el Frente Popular asumió el poder en Azerbaiján y “nuestra tarea […] consiste en destruir esa estructura de poder”.
Esta clara indicación de la disposición de Moscú a usar la fuerza para mantener unida a la URSS fue seguida por crecientes presiones contra los movimientos independentistas en las Repúblicas bálticas.
Fuente: Alex Callinicos, La Venganza de la Historia
Recursos
[rtbs name=”informes-jurídicos-y-sectoriales”][rtbs name=”quieres-escribir-tu-libro”]Notas y Referencias
Véase También
Cambio de régimen
Rebeliones de la Guerra Fría, Conflictos de 1989, Descomunicación, Bloque Oriental, Relaciones exteriores de la Unión Soviética, Política mundial, Olas revolucionarias, Cambio de milenio
Cumbre de Malta
Primavera Árabe
Revoluciones atlánticas
Tigre del Báltico
Desintegración de Yugoslavia
Tigre de Carpat
Movimiento democrático chino
Resistencia civil
Revoluciones de colores
Comunidad de Estados Independientes
Ampliación de la OTAN
Ampliación de la Unión Europea
Euromaidán
Historia de la solidaridad
Acontecimientos de enero
Juicio JBTZ
Revolución de los pantalones vaqueros
Revolución Naranja
Derrocamiento de Slobodan Milošević
Revolución del Poder Popular
Marea rosa
Acuerdo de la Mesa Redonda de Polonia
Doctrina Reagan
Revoluciones de 1820
Revoluciones de 1830
Revoluciones de 1848
Revoluciones de 1917-23
Revolución de las Rosas
Guerras de Yugoslavia
Celebraciones del Milenio
Caída del comunismo en Albania
Caída del comunismo en Rumanía
Protestas de la plaza de Tiananmén de 1989
Revolución democrática de Mongolia
Disolución de la Unión Soviética
Era post-Guerra Fría
Europa Oriental, Guerra Fría
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