Sagrada Escritura
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Unción (Sagrada Escritura) en Relación a Religión Cristiana
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] La unción o unciones con aceites, bálsamos o aromas diversos es un uso humano desde la más remota Antigüedad, y en general envuelve ideas al parecer de gusto particularmente oriental.Si, Pero: Pero conviene distinguir, especialmente en la Biblia, un doble uso de la u.: profano y religioso.
1. La unción como rito religioso. Para designar la unción como rito religioso el hebreo emplea la palabra mašah, de donde viene mašiah=«mesías, ungido» (griego christós). La unción se aplicaba en el Antiguo Testamento a objetos y personas. Varios y diversos objetos eran santificados con una u.; p. ej.: las piedras votivas de Jacob después de su visión nocturna en Bethel (Gen 28,18; 35,14); el tabernáculo del Santuario (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y del Templo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y sus accesorios (Ex 30,26; Lev 8,10-11), en particular el altar (Ex 29,36), y también determinadas víctimas (Lev 2,1 s.).Si, Pero: Pero las unción de que habla en especial el Antiguo Testamento son principalmente ritos de consagración (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) de personas: el rey y los sacerdotes.
a) La unción real. Ocupa un lugar aparte y muy principal. El rey en virtud de la unción de aceite, que simboliza su penetración por el Espíritu de Dios (1 Sam 9,16; 10,1-10; 16,13), es consagrado para una función que le convierte en lugarteniente de Yahwéh en Israel. Esta unción es un rito importante de la coronación del rey (Idc 9,8). Así se menciona el caso de Saúl (1 Sam 9,1-10 y 10, 1 ss.), de David (2 Sam 2,4), de Salomón (1 Reg 1,39) y también de otros reyes descendientes (2 Reg 11,12; 23,30). La unción real era aplicada por un hombre dé Dios, profeta o sacerdote. Saúl y David fueron ungidos por Samuel (1 Sam 10,1; 16,13), y Jehú fue ungido por un profeta que había enviado Eliseo (véase en esta plataforma: ; 2 Reg 11,12).
El sentido de esta unción real, como rito religioso, consistía en marcar con un signo exterior que estos hombres habían sido elegidos por Dios para gobernar al pueblo en su nombre, El rey era el «ungido de Yahwéh» (2 Sam 19, 22). Con la unción venía a ser partícipe del Espíritu de Dios, como se dice en el caso de David: «Samuel tomó el cuerno del aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. El Espíritu de Yahwéh se posesionó de David a partir de aquel día» (1 Sam 16,13). El rey, pues, como «ungido de Yahwéh», era constituido en personaje sagrado, al que todo fiel debía manifestar un respeto religioso (1 Sam 24,7.11; 26,9.11.16.23; 2 Sam 1,14-16).
b) La unción sacerdotal. Los sacerdotes recibían también una u.; particularmente el Sumo Sacerdote.
Por orden de Yahwéh (Ex 29,7) confiere Moisés la unción a Aarón (Lev 8,12), al que en los libros del Antiguo Testamento se llama varias veces «el sacerdote consagrado por la unción» (Ley 4,5; 16,32). Y en otros pasajes se habla de la unción conferida también a simples sacerdotes, llamándolos «hijos de Aarón» (como en Ex 28,41; 40,15; Num 3,3); aunque hemos de observar que todos estos pasajes pertenecen al texto llamado Código sacerdotal, cuya última redacción parece situarse después del destierro babilónico. Es, pues, posible que durante la monarquía solamente fuera ungido el rey.Si, Pero: Pero alrededor del s. I la comunidad de Qumrán (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) aguardaba no sólo un mesías de Judá, un rey, sino también un «ungido» oriundo de Leví, mesías-sacerdote.
Los profetas (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) no eran ungidos con aceite. La aplicación del término «ungido» a algunos profetas (1 Reg 19,16.19) era más bien una metáfora. La unción de los profetas designa metafóricamente su investidura o elección divina para su misión (Is 61,1 s.).
c) La unción de Cristo. Señalemos en primer lugar la redundancia del título. Son tres palabras con la misma idea: Mesías en hebreo; Cristo en griego; Ungido en castellano. Este nombre vino a ser en la época apostólica el nombre o título más aplicado a Jesús, apropiándose el contenido de los otros títulos.
Informaciones
Los diversos usos de la palabra «ungido» en el Antiguo Testamento y luego en el judaísmo no comportaban todavía la riqueza de sentido que le dio el Nuevo Testamento Con Jesucristo se juntan cabalmente en este título las tres «unciones» de que hemos hecho mención: real, sacerdotal y profética.
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Las ideas que las acompañan se revelarán, en su aplicación al Mesías, en toda su importancia (véase en esta plataforma: MESÍAS).Entre las Líneas En el Nuevo Testamento el título de «Cristo-Ungido» evoca directamente la obra de la salvación llevada a cabo por Jesús y su unción regia en la Ascensión (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general).
Recordemos a este respecto cómo los oyentes de Jesús impresionados por su santidad, autoridad y poder (Io 7,31) se preguntaban: «¿No es éste el Mesías?» (Io 4,29; 7,40), o lo que es lo mismo: «¿No es éste el Hijo de David?» (Mt 12,23). Los Evangelios sinópticos dan una solemnidad particular al acto de fe de S. Pedro: «¿Quién decís que soy yo? Tú eres el Mesías» (Mc 8,29).Si, Pero: Pero el título de Mesías podía ser entendido por muchos judíos en una perspectiva de realeza temporal. Por eso Jesús, a causa de las resonancias demasiado terrenales de este nombre, no solía aceptarlo en público sino con reserva (Lc 4,41; Mt 16,20), pues debía realizar su obra mesiánica por su pasión, su resurrección y su entrada en el reino celestial, en la gloria (Mt 16,13-21 ss.; 26,64 ss.). Jesús resucitado se manifiesta claramente como el Cristo. A la luz de la Pascua de la Resurrección la Iglesia naciente comprende con mayor profundidad el título de Mesías-Cristo, ya despojado de todo equívoco. Después de su Resurrección, Jesús se dio explícitamente este título (Lc 24,26). Por esto la Iglesia naciente, que debe demostrar a los judíos que Cristo ha venido en la persona de Jesús, lo hace sobre todo subrayando la continuidad de las dos «alianzas», siendo la segunda la realización de la primera (véase en esta plataforma: ALIANZA [Religión] II). Jesús es el verdadero hijo de David (Mt 1,1; Le 1,27; 2,4; Rom 1,3; Act 2, 29 s.; 13,23), destinado desde su concepción a recibir el trono de David su padre (Lc 1,32) para llevar a término la realeza divina, depurada de interpretaciones nacionalistas y terrenales, estableciendo en la tierra el Reino de Dios (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). La Resurrección es la que ha entronizado a Jesús también en cuanto a su humanidad en su gloria regia: «Dios ha hecho Señor y Cristo a este Jesús que vosotros crucificasteis» (Act 2,36). Así la gloria temporal de los «ungidos de Yahwéh» era una lejana figura de la gloria divina de Jesús.
El título de «Cristo» o «Ungido», unido indisolublemente al nombre personal de Jesús, conoce así una prodigiosa ampliación, pues todos los otros títulos salvadores y divinos que definen a Jesús se condensan y concentran en torno a este nombre: Jesucristo. Jesucristo es el Hijo de Dios en el sentido fuerte de la palabra (Rom 1,4), es Dios mismo (Rom 9,5; 1 lo 5,20). Cristo no es ya para Jesús un título de tantos; es su nombre propio, que recapitula todos los demás. Y los que son salvados por Él llevan también el nombre de cristianos (véase en esta plataforma: ; Act 11,26), que equivaldría a «ungidos»; podemos decir que también los cristianos reciben una «unción» (2 Cor 1,21; 1 Io 2,20-27). Se trata, no de un rito sacramental concreto, sino de una participación en la triple unción de Jesús, una unción espiritual por la fe en Cristo-Jesús y por todo el conjunto de los sacramentos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) (véase en esta plataforma: t. IGLESIA III, 4, 5 y 6).
2. La unción en el uso profano.
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Las unciones con aceites, bálsamos y aromas eran y siguen siendo uno de tantos cuidados relativos al aseo corporal; a veces también remedio curativo y medicinal. El oriental, como otros muchos, gustaba ungirse después del baño, para mantener la piel flexible en un clima cálido y seco; generalmente se usaba aceite de oliva (Ps 133,2; Lc 16,6) al que se añadían a veces sustancias aromáticas (Am 6,6). Se considera que el aceite penetra profundamente en el cuerpo (Ps 109,18), y le da fuerza, salud, alegría, belleza.
Se ungían la cabeza (Ps 23,5; Eccl 9,8), especialmente la barba (Ps 133,2), y también los pies (Lc 7,38.46). Después de la unción se rociaban con sustancias aromáticas (Cant 3,6; Est 2,12; Idt 10,3). La unción además de aseo era un signo de alegría, sobre todo con aceite perfumado (Prov 27,9); y así se usaba especialmente en las festividades (Am 6,6; Is 61,3; Ps 45,8; Heb 1,9); por eso se suprimía en tiempo de luto y ayuno (2 Sam 12,20; Dan 10,3). También era muestra de honor derramar aceite sobre un huésped.Entre las Líneas En los Salmos se indica con ello la abundancia de favores divinos (Ps 23,5; 92,11). Y los Evangelios refieren en dos ocasiones distintas que una mujer tributó a Jesús este homenaje (Lc 7,38.46 y Mt 26,6-13; Io 12,1-8).
Finalmente, se usaba además la unción con aceites y bálsamos como medicina para curar o aliviar a enfermos o heridos.Entre las Líneas En todo el mundo antiguo era usada la virtud curativa o suavizante del aceite para las heridas (Is 1,6), como lo hizo el buen samaritano (Lc 10,34), las unción purificativas a los leprosos (Lev 14,10-32); etc. Cuando Cristo envió a los discípulos a predicar el Reino de Dios les confirió el poder de expulsar los demonios y curar a los enfermos como leemos en Mt 10,1 y Lc 9,1 ss. Y cuando iban en misión hacían unción con aceite a muchos enfermos y los curaban milagrosamente (Mc 6,13).
3. La unción en la Liturgia cristiana. El uso profano, natural u ordinario, de las u., que de algún modo ya sugería la eficacia y significado religioso de la unción real y sacerdotal del Antiguo Testamento, es tomado por Jesucristo como signo y símbolo de uno de los siete sacramentos de la Nueva Alianza, el sacramento de la Extremaunción o Unción de los enfermos en la Iglesia; unción que obra mediante la invocación al Señor, petición de la oportuna salud y del perdón de los pecados (Iac 5,14-15). Siendo, en general, la aparición de la enfermedad en el mundo consecuencia de la aparición del pecado, la unción hecha «en nombre del Señor» con oración hace participar al enfermo de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, ya por la curación, ya por el acrecentamiento de fuerza espiritual para afrontar el dolor y la muerte (véase en esta plataforma: UNCIÓN DE LOS ENFERMOS, SACRAMENTO DE LA). Y, en general, la liturgia cristiana ha recogido el gesto de la u.
como signo o símbolo expresivo de determinadas realidades espirituales o sobrenaturales, en algunos sacramentos y en otros ritos litúrgicos: v. ÓLEOS, SANTOS; GESTOS Y ACTITUDES LITÚRGICOS, 2a. [rbts name=”religion-cristiana”]
Sagrada Escritura en Relación a Historia de la Iglesia
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] Sagrada Escritura. Antiguo Testamento. 1) Planteamiento de la cuestión y doctrina en las fuentes cristianas. 2) Israel, pueblo de Dios e «iglesia del Señor» del Antiguo Testamento 3) Terminología acerca de la noción de «iglesia» en el Antiguo Testamento 4) Origen de la terminología acerca de la noción de «iglesia» en el Nuevo Testamento
1) Planteamiento de la cuestión y doctrina en las fuentes cristianas. Jesucristo había afirmado, dirigiéndose a los judíos: «si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió acerca de mí» (lo 5,46; cfr. 5,39 y 5,47; Lc 24,18-27; Act 2,1-36; 3,11-26). Apoyados sin duda en estas palabras y en otras tradiciones de la enseñanza de Jesús, los Santos Padres afirmaron que los Patriarcas y justos del Antiguo Testamento conocieron a Cristo y creyeron en él y, por tanto, pertenecieron de algún modo a la I., aunque no pudieron participar de la plenitud de la salvación en Cristo. Los maestros escolásticos medievales siguieron profundizando en esta línea de las relaciones y diferencias entre la economía del Antiguo Testamento y la del Nuevo, y llegaron a hablar, siguiendo a los Padres, de la 1. antes de Cristo, de la Iglesia del principio, de la Iglesia anterior a la Iglesia. S. Tomás recoge esta doctrina y la formula con precisión y concisamente: «los antiguos padres (=los Patriarcas del Antiguo Testamento) al observar los ritos de la Ley eran conducidos a Cristo por la fe y el mismo amor por el que nosotros somos conducidos a Él. Y así, los antiguos Padres pertenecían al mismo cuerpo de la Iglesia al que nosotros pertenecemos» (Sum. Th. 3 q8 a3 ad3; cfr. ib. al).
La 1. Católica, a lo largo de los siglos, se ha considerado a sí misma, entre otras cosas, como la institución salvífica universal en la tierra, a la que había precedido una comunidad existente desde los tiempos remotos, es decir, el pueblo de Dios del Antiguo Testamento Esta doctrina ha sido expuesta por el Magisterio eclesiástico, entre otros documentos, en la Const. dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano 11, con estas palabras: «En todo tiempo y lugar son aceptos a Dios los que le temen y practican la justicia (cfr. Act 10,35). Plugo, sin embargo, a Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituyendo un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente. Eligió como pueblo suyo al pueblo de Israel, con quien estableció una alianza y a quien instruyó gradualmente, manifestándosele a sí mismo y sus divinos designios, a través de su historia, y santificándolo para sí.Si, Pero: Pero todo esto lo realizó como preparación y figura de la nueva alianza perfecta que había de efectuarse en Cristo, y de la plena revelación que había de hacer por el mismo Verbo de Dios hecho carne. `He aquí que llega el tiempo, dice el Señor, en que haré una nueva alianza con la casa de Israel y con la casa de Judá. Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos, y ellos serán mi pueblo.’ (Ier 31,31-33). Alianza nueva que estableció Cristo, es decir, el Nuevo Testamento, en su sangre (cfr. 1 Cor 11,25), convocando a un pueblo de entre los judíos y los gentiles, que se juntara en unidad no según la carne, sino en el Espíritu y constituyera un nuevo Pueblo de Dios. Ese pueblo mesiánico tiene por Cabeza a Cristo.» (Lum. gent., 9).
La cuestión que espoleó a los Santos Padres a profundizar en tan amplio concepto de Iglesia era explicarse por qué Jesucristo y su salvación aparecen en la historia de la humanidad tan tardíamente. A este propósito escriben páginas admirables, de las que vamos a transcribir sólo algunos párrafos de Orígenes y de S. Agustín, como representantes de la patrística griega y latina respectivamente. Dice así Orígenes: «No debes creer que se le llama Esposa o Iglesia sólo desde la venida del Señor, sino que existe desde el principio del género humano y desde la creación del mundo. `Acuérdate de tu comunidad, aquella que desde el principio hiciste tuya’ (Ps 74,2). Los primeros fundamentos de la reunión de la Iglesia fueron echados desde el principio. Por eso dice el Apóstol que la Iglesia está edificada no sólo sobre el fundamento de los apóstoles, sino también sobre el de los profetas» (Orígenes, o. c. en bibl.). S. Agustín, por su parte, es de una profundidad y riqueza impresionantes al meditar en la Escritura. He aquí cómo se explica en De peccato originali (rap. 24, n. 28: PL 44,389): «Existe un Dios y un Meuiador entre Dios y los hombres, el mediador Jesucristo. Pues bajo el cielo no ha habido ningún otro nombre en el que pudiéramos ser bienaventurados y en Él tiene Dios a todos los que obran por la fe, ya que los resucitó de entre los muertos.
Una Conclusión
Por consiguiente, nadie que afirme la verdad cristiana puede dudar de que sin aquella fe, es decir, sin fe en el único mediador entre Dios y los hombres, en el hombre Jesucristo, en la Encarnación, en la muerte y resurrección de Cristo no hubieran podido ser liberados del pecado y justificados por la gracia de Dios los justos del Antiguo Testamento y los paganos que viven justamente, los cuales pertenecen al cuerpo de la Iglesia. a ellos pertenecieron. los patriarcas y profetas, cuya vida y obra fue una profecía de Cristo, y los demás justos del pueblo judío. Sería absurdo decir que Abraham -cuyos hijos en la fe somos nosotros- no perteneció a la Iglesia» (cfr. también S. Agustín, De bautismo, lib. 1, cap. 15, sect. 24: PL 43,121-123).
Indudablemente, junto a las relaciones, entre la «iglesia del Antiguo Testamento» y la «Iglesia de Jesucristo» existen radicales diferencias, que, por supuesto, no pasaron por alto a los Santos Padres. La teología postridentina precisó algunos puntos a este respecto. Así, p. ej., Domingo Báñez (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) distingue dos conceptos o aspectos de la Iglesia: uno en cuanto comunidad de los que profesan la fe en Dios y en este sentido hay que afirmar que existe la 1. desde el principio hasta el final de los tiempos; otro según el que la Iglesia es considerada como la comunidad de los unidos no sólo por la fe, sino también por el bautismo. A su vez, en este segundo sentido, la 1. puede ser entendida en general o en particular. Así, según esto, la 1. es la unidad visible de los fieles bautizados, unidos en Cristo, su única cabeza y bajo el representante de Cristo en la tierra.
Por este camino, la teología católica ha precisado que se debe hablar de una preparación de la 1. más que de una iglesia anterior a Cristo. Tal preparación implica la prefiguración o anteproyecto de la Iglesia de Cristo, y tiene la ventaja de apuntar con más claridad la relación y la diferencia entre la economía salvífica del Antiguo Testamento y la del Nuevo. Aquélla es -según también fórmulas de los Santos Padres- una sombra que anuncia la futura realidad: existe relación entre la realidad y su sombra, incluso semejanzas, pero, a su vez, hay una diferencia esencial. De todos modo, aquí tampoco la comparación debe ser extremada.Entre las Líneas En esta línea es como se ha expresado el Magisterio de la Iglesia, de lo cual tenemos una muestra egregia en el Concilio Vaticano II: «El Padre Eterno. por un libérrimo y misterioso designio de su sabiduría y de su bondad, decretó elevar a los hombres a la participación de su vida divina y, caídos por el pecado de Adán no los abandonó, dispensándoles siempre su ayuda en atención a Cristo Redentor. Determinó convocar a los creyentes en Cristo en la Santa Iglesia, que fue ya prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el Antiguo Testamento, constituida en los últimos tiempos, manifestada por la efusión del Espíritu Santo y se perfeccionará gloriosamente al fin de los tiempos. Entonces, como se lee en los Santos Padres, todos los justos descendientes de Adán, desde Abel el justo hasta el último elegido’, se congregarán delante del Padre en una Iglesia universal» (Lum. gent., 2).
2) Israel, pueblo de Dios e «iglesia del Señor» del Antiguo Testamento. El pueblo de Israel en el Antiguo Testamento no constituye solamente una realidad étnica, como lo eran los demás pueblos de la tierra. Sino que tiene, desde la promesa hecha a Abraham y reiterada a los patriarcas Isaac y Jacob, un carácter sagrado. Sobre todo, a partir de la Alianza hecha por Dios con el pueblo de Israel por medio de Moisés, aparece el carácter sagrado y único de este pueblo: «Moisés subió hacia Dios. Yahwéh le llamó desde el monte y le dijo: Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel. Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad peculiar entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra, pero vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,3-6). Israel tiene como subestructura nacional las doce tribus, que llevan respectivamente el nombre de los doce hijos de Jacob-Israel, pero, más profundamente, Israel es constituido, a partir de la Alianza del Sinaí, no sólo en el «pueblo de Dios», sino en la «comunidad de Yahwéh», qehal Yahwéh en el texto hebreo, ekklisía toú Kyríov en la antigua versión griega de los Setenta.
Por la Alianza del Sinaí, ratificada varias veces después en momentos solemnes de la historia del pueblo hebreo, Dios, por propia iniciativa, establece una serie de relaciones religiosas entre El y el pueblo o «comunidad» de Israel, que serán otras tantas prefiguraciones y preparaciones de la 1. de Jesucristo. Entre tales relaciones pueden señalarse, a modo de ejemplos: Yahwéh es el Dios de Israel (Is 17,6; Ier 7,3; Ez 8,4, etc.); el «Santo de Israel (Is 1,4; 44,4; Ps 89,19); el «fuerte» (Is 1,25); la «roca» (Is 30,29); el «rey» (Is 43,15); el «redentor» (Is 44,6), etc.Entre las Líneas En correspondencia, el pueblo de Israel es respecto a Dios: el pueblo de Yahwéh (Is 1,3; Am 7,8; Jer 12,14; Ez 14,9; Ps 50,7); su «servidor» (Is 44,21); su «elegido» (Is 45,4); su «hijo primogénito» (Ex 4,22; Os 11,1); su «heredad» (Is 19,25); su «rebaño» (Ps 95,7); su «viña» (Is 5,7); su «posesión» (Ps 114,2); su «esposa» (Os 2,4), etc. El pueblo de Israel, pues, trasciende completamente a la historia profana o política de la humanidad, para entrar de lleno en la historia sagrada o historia de la salvación, como la etapa previa, preparatoria y prefigurativa de la historia de la Iglesia.
Tales notas prefigurativas de Israel respecto de la Iglesia han sido expuestas por el Magisterio eclesiástico: «Como en el Antiguo Testamento la revelación del Reino se propone muchas veces bajo figuras, así ahora la íntima naturaleza de la Iglesia se nos manifiesta bajo varias imágenes, tomadas de la vida pastoril, de la agricultura, de la construcción, de la familia y de los esponsales, que ya se vislumbraban en los libros de los profetas. La Iglesia, es, pues, un redil, cuya única y obligada puerta es Cristo (lo 10,1-10). Es también un rebaño, cuyo Pastor será el mismo Dios, según las profecías (cfr. Is 44,11; Ez 34,11 ss.) y cuyas ovejas, aunque aparezcan conducidas por pastores humanos, son guiadas y nutridas constantemente por el mismo Cristo, buen Pastor y jefe de los pastores (cfr. lo 10,11; 1 Pet 5,4), que dio su vida por las ovejas (cfr. lo 10,11-15).
La Iglesia es campo o arada de Dios (1 Cor 3,9).Entre las Líneas En este campo crece el vetusto olivo, cuya santa raíz fueron los patriarcas, en el cual se efectuó y concluirá la reconciliación de los judíos y de los gentiles (Rom 11,13-26). El celeste Agricultor la plantó como viña elegida (Mt 21, 33-43 y paralelos; cfr. Is 5,1 ss.). La verdadera vid es Cristo, que comunica la savia y la fecundidad a los sarmientos, es decir, a nosotros, que estamos vinculados a Él por medio de la Iglesia; sin Él nada podemos hacer (lo 15,1-5).
Muchas veces también la Iglesia se llama edificación de Dios (1 Cor 3,9). El mismo Señor se comparó a la piedra rechazada por los edificadores, pero que fue puesta como piedra angular (Mt 21,42 y paralelos; cfr. Act 4,11; 1 Pet 2,7; Ps 117,22). Sobre aquel fundamento levantan los apóstoles la Iglesia (cfr. 1 Cor 3,11) y de él recibe firmeza y cohesión. A esta edificación se le dan diversos nombres: casa de Dios (1 Tim 3,15) en que habita su familia, habitación de Dios en el Espíritu (Eph 2,19-22), tienda de Dios con los hombres (Apc 21,3), y sobre todo Templo santo, que los Santos Padres celebran representado en los santuarios de piedra, y en la liturgia se compara justamente a la ciudad santa, la nueva Jerusalén» (Lum. gent. 6).
Todas estas expresiones y figuras con que el Nuevo Testamento y el Magisterio designa a la 1. demuestran la consciencia que la propia Iglesia de Jesucristo tiene de sí misma: ella es la realidad divino-humana que históricamente ha venido a suceder (=continuar y sustituir) al antiguo pueblo de Dios del Antiguo Testamento Pero lo que en el antiguo pueblo era sólo promesa, preparación, prefiguración, etc., en la 1. de Cristo ha llegado a ser cumplimiento, plenitud, realidad, etc. La conexión entre la 1. de Cristo y el pueblo vete rotestamentario es evidente, pues, en la predicación de Jesús, de sus apóstoles y del Magisterio eclesiástico a lo largo de los siglos.
3) Terminología acerca de la noción de «iglesia» en el Antiguo Testamento.
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Las investigaciones de las últimas décadas han confluido en poner la voz y el concepto de la iglesia neotestamentaria en relación con el término qahal del Antiguo Testamento hebreo, y su normal traducción ekklésia de la versión griega de los Setenta. A partir de esos trabajos, el enfoque de los estudios sobre el concepto de iglesia en el Nuevo Testamento se ha desplazado afortunadamente del original significado griego del término ekklésia y de su uso en el helenismo, hacia el ámbito del concepto veterotestamentario de qahal (=ekklésia) o gehal-Yahwéh (=ekklésia toú Kyríou) para indicar que el pueblo de Israel, o sus representantes legítimos, es convocado y se reúne como tal «pueblo de Dios» para ratificar la Alianza, para el culto, para tomar graves decisiones (cfr., p. ej., Dt 4,10; 9,10; 10,4; 18,16; Num 16,3; 20,4), pero también cuando se piensa en el pueblo de Israel aunque no se encuentre concreta y materialmente reunido en un lugar (cfr. Esd 2, 64; Nsh 7,66; 10,8, etc.). Cuatro textos del Deuteronomio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) pronuncian solemnemente la expresión día de la asamblea: yóm ha- gahal héméra tés ekklésías (Dt 4,10; 9,10; 10,4 y 18,16), para referirse al día en que Yahwéh mandó convocar en asamblea (qahal, ekklésía) al pueblo (`am, laós), le entregó las dos tablas lapídeas de la Ley con los diez mandamientos y se selló ritualmente la Alianza de Yahwéh con el pueblo israelita. Ese día del Sinaí marcó la constitución de las tribus israelitas (los bené-Israel) como «iglesia» (qahal, ekklésía).Entre las Líneas En el libro del Deuteronomio se da ya a qahal (=ekklésía) una significación técnica y religiosa: el pueblo reunido en asamblea para un asunto religioso.Entre las Líneas En principio gahal=ekklésía es una asamblea en acto, pero hay también una transposición inmediata por la que se concibe el gahal=ekklésía como el pueblo de Israel en estado permanente de «pueblo de Dios» o «comunidad religiosa y cúltica» (cfr. Dt 23,1,2.3. 9, etc.). Se ha llegado con ello a la concepción teológica de Israel como «pueblo de Dios»: «Porque tú eres un pueblo consagrado a Yahwéh, tu Dios. Pues Yahwéh, tu Dios, te ha elegido para pueblo suyo de entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra. Yahwéh se fijó en vosotros y os eligió. porque Yahwéh os amó y porque ha querido cumplir el juramento que hizo a vuestros padres.» (Dt 7,6-8). Esta concepción se mantiene idéntica en los libros de los, Idt, y Reg. que la crítica atribuye a la tradición o escuela deuteronómica.
Por su parte, en los libros atribuidos a la tradición sacerdotal del Pentateuco (Ex, Lev, Num), se extiende de algún modo el concepto de gahal=ekklésia, al vocablo ‘edáh=synagóge e incluso a `am=laós=pueblo. Los tres vocablos vienen a ser utilizados casi idénticamente, e impregnados de una dimensión teocéntrica y cultual: Israel concebido como el pueblo santo de Dios, en medio del cual habita Yahwéh en todo momento. Como consecuencia, el pueblo de Israel de todos los tiempos será una comunidad cúltica; su verdadera esencia radicará no en ser un pueblo determinado étnicamente, sino en ser precisamente el «pueblo santo, separado, de Yahwéh». El antiguo Israel del desierto, del éxodo de Egipto, vendrá a ser el ejemplar ideal al que referirse el Israel posterior. Sólo en los «últimos tiempos», la santidad del pueblo de Dios israelítico se volverá a alcanzar como en los tiempos primitivos, y aun los superará: será el pueblo de Dios de los tiempos mesiánicos, el nuevo pueblo del Mesías (esta idea será desarrollada especialmente por los profetas). Este modo de concebir al pueblo de Dios del Antiguo Testamento es sumamente importante de tener en cuenta al abordar los fundamentos del concepto de Iglesia. Probablemente, la concepción «deuteronómica» y «sacerdotal» del Pentateuco (desarrollada por los profetas de Israel) es un dato de la revelación que subyace siempre, desde entonces, en la conciencia que el pueblo de Dios, la I., tiene de sí misma; es una dimensión que enlaza la 1. de Cristo no sólo con su preparación y prefiguraciones veterotestamen tarias, sino también con la -«Iglesia celeste» o escatológica.
4) Origen de la terminología acerca de la noción de «iglesia» en el Nuevo Testamento. El concepto neotestamentario de ekklésía aparece con claridad sobre todo en S. Pablo, además de las tres menciones de S. Mateo (Mt 16,18; 18,17, dos veces).Entre las Líneas En las epístolas paulinas ekklésía está muy frecuentemente en construcción con un genitivo subsiguiente: once veces es la ekklésía toú Theoú (1. de Dios). Se ha observado que precisamente esta fórmula encierra una relevancia muy notable, porque a excepción de Rom 16,16, San Pablo no usa la fórmula «iglesia de Cristo» (ekklésia Christoú), como sería de esperar, dado que para el Apóstol la 1. es sobre todo el «cuerpo de Cristo» (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). La explicación que se ha encontrado a este hecho -un tanto sorprendente- es que tanto la iglesia cristiana primitiva, cuyas prácticas lingüísticas sigue S. Pablo, como el mismo S. Pablo, no crearon la fórmula iglesia de Dios (ekklésía toú Theoú), sino que la recibieron ya hecha del judaísmo, o más concretamente, del Antiguo Testamento Esta deducción es evidente, según hemos visto poco antes. Mediante la adopción del término ekklésía como calificativo propio de la primitiva comunidad cristiana, ésta expresa su conciencia de ser la única sucesora auténtica y legítima de la ekklésía toú Theoú del Antiguo Testamento, es decir, del gehal-Yahwéh, del pueblo de Dios en su etapa histórica mesiánica, de la que el antiguo pueblo no era sino prefiguración y preparación.Entre las Líneas En tal conciencia y convicción radica la tensión Israel-Iglesia, tanto en lo que tiene de «continuación» entre uno y otra, como de la caducidad del Israel según la carne, el Israel «empírico», que ha llegado a oponerse al nuevo y mejor dicho verdadero «pueblo de Dios» de la nueva Alianza en Cristo. El Israel carnal, al no creer y rechazar a Jesús como Mesías, se había despojado a sí mismo de las notas constitutivas de pueblo elegido. La Iglesia de Cristo, pues, había venido a cumplir lo que el antiguo Israel estaba llamado a ser en los días del Mesías y la universalidad del pueblo mesiánico había tomado otro rasgo del que habían imaginado los judíos.
Respecto a la terminología, los apóstoles y primeros cristianos adoptan como propio el vocablo hebreo qahal en su traducción normal de los Setenta ekklésía, cargándola de todas las nuevas y trascendentes propiedades que le añade la Encarnación del Verbo.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Indicaciones
En cambio, abandonan el uso de synagógé (sinagoga, que había sido el modo más frecuente de traducir los Setenta el término hebreo `edáh, aunque también habían empleado algunas pocas veces synagógé para traducir qahal) para indicar con él precisamente al «Israel carnal incrédulo» (cfr., p. ej., Act 17,1).
La convicción de que la Iglesia constituye el nuevo y único verdadero Israel es proclamada con fuerza e insistencia por San Pablo (cfr. p. ej., Rom 2,28 ss.; Col 2,11 ss.; Philp 3,2 ss.).
En todo caso, puede afirmarse que el hecho histórico de que Jesucristo, Mesías e Hijo de Dios y fundador de la I., fuera hebreo según la carne y proclamara su Evangelio primeramente a los hebreos, y constituyera el primer núcleo de su Iglesia precisamente a partir de los hebreos, tiene su honda explicación en- la historia de la salvación, y muestra la íntima relación entre las dos Alianzas y los dos pueblos de Dios, del A. y Nuevo Testamento
V. t.: ALIANZA (Religión) 11; ISRAEL, RESTO DE; PUEBLO DE DIOS; SALVACIÓN II; ANTIGUO TESTAMENTO I; GENTILES; ELECcIóN DIVINA; BIBLIA I, 5. [rbts name=”historia-de-la-iglesia”]
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre sagrada escritura en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
Bibliografía
Fuentes: Concilio VATICANO II, Const. Lumen gent¡um, especialmente nn. 2-6,9,16; S. AGUSTíN, De peccato original¡, cap. 24: PL 44; íD, De baptismo, lib. 1, cap. 15: PL 43,121-123; ID, De catechizandis rudibus, cap. 27: PL 40,346-348; ORíGENEs, Explicación del Cantar de los Cantares, lib. 2 : PG 13; S. TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, III q8 a3. Literatura científica: J. M. CASCIARO, El concepto de «Ekklésia» en el Antiguo Testamento, «Estudios Bíblicos» XXV (1966) 317-348 y XXVI (1967) 5-38; K. THIEME, El misterio de la Iglesia en la visión cristiana del pueblo de la antigua Alianza, en F. HOLBÓCH-TH. SARTORY, El misterio de la Iglesia, I, Barcelona 196(5, 77-138; M. SCHMAus, Teología Dogmática, IV, La Iglesia, Madrid 1960, 67-85; J. SCHMID, Iglesia, en Conceptos fundamentales de la Teología, Madrid 1966, 288-300; GRELOT, Israel, en Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona 1966, 383-385; P. TERNANT, Iglesia, en ib., 357-358; J. M. CASCIARO, Iglesia y pueblo de Dios en el Evangelio de S. Mateo, en XIX Semana Bíblica Española, Madrid 1962, 19-100; P. UNA, La palabra «Ekklésia». Estudio histórico-teológico, Barcelona 1958.
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre unción (sagrada escritura) en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
Bibliografía
D. Lys, L’onction dans la Bible, <<Étud. Théol. Et Relig.>> (1954-55) 3-54; I. De la POTTERIE, L’onction du Christ, <> 90 (1958) 225-232; A. R. JOHNSON, Sacral Kingship in Ancient Israel, Cardiff 1955; J. DE FRAINE, L’aspect religieux de la royauté israélite, Roma 1954; E. COTHENET, Onction, en DB (Suppl.) VI, 701-732; S (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). FOLGADO, Unción y Ungido, en Enc. Bibl. VI,1131-1135.
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