Como ocurre con muchos términos teológicos la palabra fe se usa tanto en sentido religioso como profano. En el primer caso, la fe es cualquier estado interno que se requiera para una religiosidad genuina. Una vida religiosa consiste en algunas acciones externas e internas, emprendidas por motivos específicamente religiosos, es decir, en busca de algún tipo de ‘salvación’ o ‘bienaventuranza’ para uno mismo y para los demás. Este fin ‘sobrenatural’ debe consistir en algún bien que no esté constituido de manera normal por condiciones mundanas, como el placer, la supervivencia o la realización con éxito de otras actividades limitadas por el espacio-tiempo. Cada tradición religiosa corresponde a un cierto cuerpo de proposiciones, cuya verdad es en cierto sentido asumida o presupuesta por aquellos que actúan de acuerdo con los preceptos y recomendaciones de la religión. Se necesita una condición interna de fe para distinguir la religiosidad genuina de la fingida o hipócrita. La presencia de esa fe genuina no depende del grado de creencia en las proposiciones que conforman la tradición religiosa, sino de los motivos o razones que uno tenga para actuar.