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Comunismo Latinoamericano

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El Comunismo en Latinoamérica

Este elemento es una profundización de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs] Nota: puede ser de interés la información sobre el populismo latinoamericano, acerca de la historia del Comunismo Americano y sobre el socialismo cristiano.
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Comunismo en América Latina

El marxismo no tuvo mucho impacto en América Latina hasta la primera década del siglo XX. El Partido Obrero de Chile, creado en 1912 por Luis Emilio Recabarren y otros, se convirtió en el Partido Comunista de Chile (PCCh) en 1920 y, con el Partido Comunista de Argentina, fue miembro fundador de la Tercera Internacional (Comintern). En 1928 también existían partidos en Brasil, Guatemala y Uruguay, así como en México, donde una revuelta infructuosa en 1929 tuvo poco impacto. Sin embargo, una gran insurrección en El Salvador en 1932 fue sofocada con grandes pérdidas de vidas (“La Matanza”) y la revuelta de Luis Carlos Prestes en Brasil en 1935 no hizo sino reforzar el creciente autoritarismo en ese país.

Bajo la nueva estrategia del ‘Frente Popular’, el partido colombiano apoyó al gobierno liberal reformista de Alfonso López Pumarejo y el PCCh se unió a los radicales y a otros para elegir a Pedro Aguirre Cerda como presidente en 1938. Los comunistas también formaron parte de la coalición que eligió a Fulgencio Batista en Cuba en 1940. Durante la Segunda Guerra Mundial los partidos se legalizaron y ganaron apoyo en todo el continente, y brevemente, en 1945-47, el Partido Comunista do Brasil fue el más grande de la región. Sin embargo, con el inicio de la Guerra Fría, fue prohibido en 1947 y el “Bogotazo” de 1948 dio una excusa a otros gobiernos, especialmente al de Chile, para seguir su ejemplo. Sin embargo, bajo el nombre de Partido Guatemalteco del Trabajo, el partido guatemalteco se mantuvo legal hasta la caída de Jacobo Arbenz en 1954 y los diputados cubanos permanecieron en el Congreso de Batista hasta 1959.

Con la Revolución Cubana, la vía de la lucha armada volvió a ganar adeptos. Aunque los comunistas no habían hecho nada para ayudar a la victoria de Castro, ahora obtuvieron el poder. Los partidos comunistas de Colombia y Venezuela también apoyaron durante un tiempo a los movimientos insurgentes, pero en 1965 la mayoría habían sido suprimidos y el Partido Comunista de Bolivia no apoyó al Che Guevara. Divididos en facciones pro-soviéticas, pro-chinas y pro-cubanas, los comunistas dejaron de tener mucha importancia a partir de entonces, salvo como útiles cacos para los nuevos gobiernos militares de línea dura. Una excepción fue el PCCh, que se mantuvo comprometido con los medios pacíficos y participó en el Gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende. Por ello pagó un alto precio después de 1973, aunque su sucesor sigue activo en la política democrática hoy en día.

Revisor de hechos: Lessi

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Comunismo Latinoamericano en las Ciencias Sociales Latinoamericanas

El comunismo aparece en América Latina poco después del congreso de fundación de la III Internacional (Moscú, 1919); los primeros partidos comunistas se constituyen a partir de escisiones de izquierda dé partidos socialistas o de la evolución de corrientes sindicalistas y anarquistas.

En enero de 1918 un grupo disidente del Partido Socialista Argentino funda el Partido Internacional Socialista que se transforma en 1920 en Partido Comunista; en 1919, el Partido Comunista Mexicano es fundado por Manabendra Nath Roy, comunista hindú enviado por el Comintern.Entre las Líneas En 1921 el Partido Socialista de los Trabajadores Chilenos se constituye en Partido Comunista; en el mismo año es fundado por obreros de origen anarquista el Partido Comunista de Brasil, y el Partido Socialista Uruguayo acepta las 21 condiciones de adhesión a la Internacional Comunista. Otros partidos serán fundados más tarde: el cubano en 1925, el peruano en 1928, etc.

Durante esta primera etapa histórica los Partidos Comunistas en América Latina son grupos minoritarios que van empezando a implantarse en los sindicatos y asociaciones obreras, campesinas o estudiantiles.Entre las Líneas En 1928 el PC argentino tenía 2. 000 militantes, el brasileño 1. 200 y el mexicano 1. 000. (Cf. The Communist International Between the Fifth and the Sixth World Congress 1924-1928, London, 1928, p. 368, 397,400).

Pero, al mismo tiempo tienen dirigentes y teóricos de gran importancia y prestigio: Julio Mella en Cuba, Recabarren en Chile, Ambal Ponce en Argentina y, sobre todo, José Carlos Mariátegui en Perú, el más original pensador marxista de América Latina (La Escena Co11 temporánea, 1925, Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, 1928, En defensa del marxismo, 1934).

En 1929 se reúne en Buenos Aires una Conferencia de los Partidos Comunistas de América Latina en la cual se proclama como objetivo de la lucha popular en América Latina “la creación de un gobierno obrero campesino en la base de los soviets de obreros, campesinos y soldados”. Esa resolución está relacionada con el vuelco izquierdista del Comintern, que constituye el llamado un Tercer Período” (1929-1933). Ese período se caracteriza en América Latina por iniciativas audaces pero no victoriosas de los comunistas: la tentativa de constituir soviets en Cuba en 1933; la gran insurrección campesina de San Salvador dirigida por el comunista (ex compañero de armas de Sandino) Farabundo Martí; la sublevación militar de la Alian a de Libertado Nacional de Brasil, dirigida por el Partido Comunista de Luis Carlos Preste en 1935, en Río de Janeiro y en el norte del país.

Con el cambio de orientación de la III Internacional a partir de 1935, y la adopción de la táctica de los frentes populares el movimiento comunista latinoamericano va a procurar constituir alianzas con los partidos socialdemócratas o con las fuerzas llamadas udemocráticoburguesas’1. El ejemplo más significativo es sin duda el de Chile, donde comunistas, socialistas y radicales constituyen un Frente Popular que gana las elecciones de 1938 (Aguirre Cerda). La coalición entre comunistas y radicales es renovada en 1946 con la elección de González Videla a la presidencia; Perón, en 1948, empieza la guerra fría a escala internacional y Videla excluye el Partido Comunista de la legalidad. Algo semejante pasa en Cuba: en 1940 los comunistas hacen un frente electoral con Batista y llegan incluso en 1943 a participar en su gobierno; con la elección de Gran San Martín en 1944, le plantean su apoyo, pero en 1947 el presidente Grau inicia una ola represiva contra los comunistas que culmina, en 1948, con el asesinato del dirigente sindical Jesús Menéndez. Finalmente, en México, el Partido Comunista intenta formar un frente con el Partido Nacional Revolucionario del presidente Cárdenas durante los años 1935-1940.

Durante los años ’30 empieza a manifestarse en América Latina la oposición de izquierda del movimiento comunista internacional, dirigida por Trotsky. El primer grupo trotskista en América Latina es el Partido Obrero Revolucionario Boliviano, fundado por José Aguirre Gainsborg y Tristán Maroff en 1934. El POR será el inspirador de las “Tesis de Pulacayo” aprobadas por la Federación Sindical de los Trabajadores Mineros bolivianos en 1946 que proclaman una estrategia de “revolución penamente”, i. e. de transformación de la revolución democrático nacional en una revolución socialista dirigida por el proletariado. Otros grupos trotskistas se constituyen en ese período en Chile, Brasil, Argentina y México, pero sin lograr la importancia política del partido boliviano.

En los años ’50 el principal suceso para el comunismo latinoamericano fue el gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala, en el cual tenía considerable influencia el Partido Guatemalteco del Trabajo (comunista). A pesar de su diminuto tamaño (4. 000 miembros aproximadamente) el PGT tenía la dirección de las principales organizaciones sindicales (obreras y campesinas) de Guatemala. Con el triunfo de la invasión anticomunista del coronel Castillo Armas (apoyada por el gobierno de Estados Unidos) el PGT es ilegalizado.

La historia del comunismo latinoamericano va naturalmente a sufrir un cambio radical después del triunfo de la Revolución Cubana y su transformación en socialista (1961) Bajo la influencia de la experiencia cubana, y de los escritos de Fidel y el Ché Guevara, se constituye una nueva corriente, “castrista”, en el movimiento comunista del continente, frecuentemente en conflicto o rivalidad con los partidos comunistas tradicionales. Ese conflicto asume la forma de una ruptura directa en Guatemala (Fuerzas armadas Revolucionarias de César Montes) y en Venezuela (Fuerzas armadas de Liberación Nacional de Douglas Bravo), en los años 19661967. El congreso de la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad) reúne en La Habana, en agosto de 1967, al nuevo comunismo castrista y algunos sectores comunistas tradicionales que quieren colaborar con el castrismo (Rodney Arismendi, del PC uruguayo, etc.). Los temas desarrollados en ese congreso, que constituyen la especificidad ideológica del castrismo, son: la estrategia de lucha armada, sobre todo guerrillera; la continentalidad de la lucha revolucionaria y su carácter socialista.

Otra corriente nueva que surge en los años ’60 es el maoísmo, producto de escisiones de los partidos comunistas resultantes del impacto de la polémica sino soviética o de la revolución política de corrientes estudiantiles (Alivio Popular en Brasil).Entre las Líneas En el mismo período se asiste a un resurgimiento de la tendencia trotskista en Perú, con Hugo Blanco, que dirige un: gran movimiento campesino en el valle de la Convención (1962-1963), en Bolivia, donde colaboran con el ELN de Inti Peredo, y en Argentina (constitución del Ejército Revolucionario del Pueblo).
A pesar de las diversas escisiones o disidencias (castristas, maoístas y trotskistas), sobre todo en Brasil, Venezuela y Bolivia, los partidos comunistas tradicionales (llamados por sus adversarias “prosoviéticos”) siguen siendo la fracción más numerosa del movimiento comunista latinoamericano.[rtbs name=”historia-latinoamericana”] [rtbs name=”latinoamerica”] El más importante partido de esta corriente es el chileno (que es, con el PC francés y el italiano, uno de los tres mayores partidos comunistas del “mundo occidental”) que es uno de los principales inspiradores del gobierno de Unidad Popular de Chile, en el cual participa con varios ministros. [1]

Recursos

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Historia del Comunismo en Latinoamérica

La izquierda siempre fue el bando equivocado.Entre las Líneas En la dialéctica de aprobación y rechazo, privilegio y marginalidad, armonía y desorden, la izquierda es el segundo término; es Eva, feminista ancestral, que necesita probar el fruto prohibido y desobedecer la orden patriarcal al costo (o coste, como se emplea mayoritariamente en España) de sufrir las consecuencias de su transgresión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La suya fue una afirmación de independencia y eso es la izquierda, la encarnación de la virtud del no, el rechazo de lo que existe, la afirmación del derecho a contradecir, a construir la verdad propia, a experimentar y equivocarse. Y así es, pasando de los orígenes bíblicos a los históricos, desde la Asamblea Nacional Constituyente que, en septiembre de 1789, se declara contraria al poder de veto del rey. Pero, si eso fue o intentó ser la izquierda, bastaría mencionar la proscripción del “no” para exhibir la razón mayor del naufragio del socialismo real; la homologación virtuosa que destruye la capacidad de inventar e inventarse. Aquello que había nacido reivindicando el derecho a cuestionar —el privilegio aristocrático, el absolutismo, el capitalismo—, apenas conquistado el poder lo proscribe y, desde ahí, el futuro imaginado comenzó a cerrarse, a perder su empuje, a convertirse, según Saul Bellow, con el “entumecimiento de la conciencia”, en una “comunidad penitenciaria” y, para Octavio Paz, en un “helado paraíso policiaco”.

Puntualización

Sin embargo, sin la negación la historia moderna no habría visto la luz como crítica del tiempo circular de la Iglesia eternamente igual a sí mismo; el sufragio (el derecho al voto) universal estaría por venir como el Welfare State o el derecho al aborto.

En la torsión de una empresa de libertad que se convierte en su contrario —y repitiendo en otro molde la historia de la independencia de Haití con Henry Cristophe o la revuelta de los esclavos en la Sicilia en tiempos de la república romana— es inevitable comenzar, en un libro que trata de América Latina, apuntando el perjuicio que Cuba ha hecho a la izquierda regional a lo largo de más de medio siglo con su partido único, su líder máximo y su opresiva doctrina de Estado. Para no hablar del costo (o coste, como se emplea mayoritariamente en España) pagado por los cubanos a una conformidad compulsiva en el cruce de autocracia puritana y sumisión revolucionaria. La crítica quedó desterrada como muestra de individualismo burgués o, peor, de un subrepticio boicot de la revolución por cuenta del imperialismo. El pluralismo (por el cual se combatió en la Sierra Maestra y en las mayores ciudades de la isla) se volvió un valor del enemigo y el líder máximo sustituyó a la democracia que debía venir. Dado el prestigio de una gesta revolucionaria exitosa bajo las narices de Estados Unidos, Cuba se volvió un modelo latinoamericano en que el caudillo —vetusta reliquia de la historia política regional— configuraba el único horizonte democrático visible, a medio camino entre Platón y Stalin. Si antes de Fidel Castro, bajo el peso del Comintern, de la urss y de inagotables tacticismos, la izquierda latinoamericana daba escasa muestra de originalidad en la búsqueda de algún camino para emancipar el subcontinente de las miserias, iniquidades y retardos civiles acumulados, desde Cuba la ausencia de debate, la estricta sumisión al líder y la mediocridad intelectual se reforzaron clausurando toda posibilidad de reflexión crítica y de experimentación democrática. Súbitamente el futuro quedó atrás. Las consignas altisonantes obstruyeron toda posibilidad de discusión abierta y de conclusiones no predeterminadas. El lugar del debate fue tomado por los ritos de confirmación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El tránsito de un cacicazgo carismático a un totalitarismo caribeño fue casi imperceptible; doctrina y poder soviéticos lo legitimaban y, supuestamente, la cercanía de Miami lo imponía. El “no”, impronunciable y súbitamente contrarrevolucionario, fue desterrado (Huber Matos fue el primer elocuente aviso a los navegantes) junto con la capacidad de aprender en el camino bajo un sí automático, virtuoso y confortado por oceánicos entusiasmos populares meticulosamente organizados. Y desde ahí comenzó a ser evidente que la ética —el estar cerca de los otros a diferencia de la reflexión económica que racionaliza las virtudes del estar cerca de sí mismo— no conjuraba el frío fanatismo de una nueva razón de Estado, ni inmunizaba de un burocrático despotismo virtuoso.

Pero la izquierda latinoamericana es muchas izquierdas que vienen de diferentes matrices culturales entrelazadas en el tiempo. Una mezcla de influencias recíprocas en que, en gran parte del siglo XX, los principales protagonistas fueron el populismo (cuando fue de izquierda) y el comunismo. El primero con su fervoroso nacionalismo anti-oligárquico, sus líderes mesiánicos y su mística del “pueblo”, y el segundo con su utopía (idealista, irreal: derivado del griego “u-topos”, significa “ningún lugar así”) de una sociedad sin clases inscrita en el ADN de una historia que se anticipaba con la URSS. Pero, si bien populismo y comunismo fueron los sujetos políticos mayores, no fueron los únicos. Al referirse a la política italiana de la segunda mitad del siglo pasado, Norberto Bobbio apuntaba:

“Todos los partidos actuales tienen algo de liberal, de socialista, de socialdemócrata y de cristiano. Y tal vez incluso algo de comunista. Cuarenta años de convivencia […] han terminado por multiplicar los empréstitos, los intercambios y los transformismos.”

En un contexto diverso, algo similar puede decirse de los partidos y organizaciones progresistas en América Latina, por más distintas que hayan sido sus matrices ideológicas. ¿Cuáles “empréstitos” se han cruzado en el espacio y en el tiempo latinoamericano en el curso del siglo XX hasta formar hábitos culturales y lenguajes vagamente comunes? Hagamos un rápido inventario. Del anarquismo de nuestros bisabuelos (a menudo llegados de la Europa mediterránea) vino la cultura de la solidaridad artesano-obrera en las sociedades mutualistas y, en contraste, el anarcosindicalismo y su inspiración revolucionaria; del comunismo vino la idea de la (inminente) crisis final del capitalismo y de la sociedad futura que espera, ya platónicamente definida, a la vuelta de la revolución; del populismo, la retórica nacionalista y justiciera junto con la confianza en el líder encarnación ética del pueblo; de la guerrilla, un renacimiento pospartidario del comunismo, la idea de que una pequeña vanguardia armada puede cambiar el mundo sin requerir condiciones previas y de la socialdemocracia —una corriente de izquierda relativamente reciente, a contrapelo de la historia europea—, el asistencialismo hacia los más pobres y un pragmatismo (definido en términos generales, se refiere a las disputas metafísicas que buscan aclarar el significado de los conceptos e hipótesis identificando sus consecuencias prácticas; las ventajas del pragmatismo en la política son que permite un comportamiento de las políticas y las afirmaciones políticas que se configura de acuerdo con las circunstancias y los objetivos prácticos, más que con los principios u objetivos ideológicos) reformador a menudo temeroso de su propia audacia y dolorosamente consciente de los vínculos de un tiempo actual de imperiosas interdependencias globales.

En estas partes del mundo, la izquierda combina en su metabolismo cultural todos o partes de estos componentes (y reflejos) culturales en equilibrios diversos e inestables en tiempos y países. Pero, respecto a Europa, una diferencia salta a la vista: mientras allá, en la segunda mitad del siglo XX, los partidos (de izquierda o no) compartieron un marco institucional democrático y un ambiente pluralista al mismo tiempo tolerante y conflictivo, en América Latina el marco democrático común fue más frágil y frecuentemente cuarteado bajo dictaduras o protagonismos personales exuberantes.

Una Conclusión

Por consiguiente, la destilación de valores comunes resultó más incierta. Lo que no impidió a la izquierda en sus distintos avatares intercambiar un material genético en el que terminaron por sobresalir dos elementos centrales: la idea de la revolución como nuevo inicio (una especie de finalismo redentor) y la confianza en el líder como guía supremo. Sintetizados y filtrados los aportes de más de un siglo de historia con sus luchas, aspiraciones y delirios, con sus avances e inercias, quedaban estas ideas (o imágenes) primarias en el cruce de anarquismo, comunismo, populismo y experiencia guerrillera. Y como es obvio, estamos frente a ideas de escaso, si es que algún, valor democrático. Gran parte del recorrido histórico de la izquierda de estas partes del mundo se ha jugado alrededor de un anhelo de justicia en que no siempre el complemento de la libertad estaba presente, salvo durante las experiencias dictatoriales del subcontinente, cuando la pérdida de la democracia “burguesa” obligaba a revalorar aquello que se quería superar.

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Puntualización

Sin embargo, independientemente de la capacidad de expresarlo con alguna concreción política, aquí y en otras partes, el reto subyacente ha sido siempre el mismo: justicia con libertad, sabiendo que la primera sin la segunda termina por imposibilitar a las dos y que la segunda sin la primera convierte esta última en algo similar a un privilegio de casta.

Desde fines del siglo XIX, cuando una izquierda de matriz europea (¿un pleonasmo?) comienza a asomarse en estas partes del mundo, América Latina se encamina a una nueva fase de su historia entre urbanización acelerada e industrias incipientes. De ahí vienen los iniciales núcleos de proletariado (la clase obrera industrial; el término pasó a ser de uso general después de que se popularizara en los escritos de Karl Marx) en la industria textil, en puertos, ferrocarriles, servicios urbanos y talleres artesanales y una tímida clase media que va perfilándose en una administración pública que crece y requiere nuevas funciones y profesiones. Se forma la base social destinada a recibir los primeros mensajes de anarquismo y socialismo europeos. Y desde entonces, la izquierda asume dos caras: por un lado, la búsqueda de colaboración con el poder establecido para favorecer el desarrollo de cooperativas y sociedades mutualistas (antigua aspiración lassalliana duramente criticada, en su tiempo, por Marx) y, por el otro, un anarcosindicalismo para el cual la lucha sindical es una gimnasia revolucionaria que, sin mediaciones políticas, prepara a los trabajadores para la huelga insurreccional que conducirá al derrumbe del Estado y a una sociedad finalmente libre de propiedad privada, autoridad política e Iglesia, como sería en los anhelos del mexicano Ricardo Flores Magón y del chileno Luis Emilio Recabarren. Pero, con el fin de la ola expansiva de la economía regional, que abarca las cuatro décadas entre 1870 y 1913, tanto las aspiraciones mutualistas como las anarcosindicalistas se apagan, en parte por cambios sociales que estrechan el espacio de las profesiones artesanales y en parte por repetidos y feroces episodios de represión contra protestas sociales o cándidos, desesperados, intentos de huelgas insurreccionales.

Mientras la parábola anarquista se encamina a su descenso,comienza el ciclo ascendente del comunismo. La Revolución rusa proyecta a distintas partes del mundo (excluyendo África, el mundo anglosajón, Medio Oriente, Escandinavia y la India) una efervescencia voluntariosamente proyectada a repetir en otras latitudes la experiencia soviética. Si la Revolución francesa enarboló una bandera universal contra reyes y aristócratas, la rusa, en el mismo surco, repite un universalismo (la creencia de que es posible descubrir ciertos valores y principios que son aplicables a todas las personas y a todas las sociedades, independientemente de las diferencias históricas, culturales y otras) mesiánico, pero esta vez no es el pueblo contra los tiranos, sino el proletariado (la clase obrera industrial; el término pasó a ser de uso general después de que se popularizara en los escritos de Karl Marx) contra la burguesía. Pasamos, por un lado, de una masa de campesinos pobres, artesanos, abogados ilustrados y radicales a la clase obrera y, por el otro, de una aristocracia rentista y patriarcal a la burguesía. Aunque en América Latina ese tránsito haya ocurrido más en el terreno ideológico que en las estructuras de clases de la sociedad. Frente al ocaso de la influencia anarquista, el marxismo toca su ápice con la Revolución rusa. Los bolcheviques son revolucionarios marxistas legitimados por continuar, con otra idiosincrasia intelectual, el camino de sus ancestros franceses: Rousseau y Robespierre son desplazados por Marx y Lenin.Si, Pero: Pero la idea es la misma, la revolución, como diría Pascal del universo, tiene muchos centros y ninguna circunferencia; es el acto prístino que crea un mundo nuevo sin límites geográficos. La historia se vuelve presagio de lo inevitable y desde inicios de los años veinte, casi siempre por iniciativa del Comintern (la Tercera Internacional Comunista fundada en Moscú en 1919), nacen en América Latina partidos comunistas que consideran a la URSS el cuartel general de la futura revolución mundial. A su pretendido antiguo papel de tercera Roma, la capital rusa añade el de ser una segunda París. Y Lenin es, naturalmente, un Robespierre redivivo. La cabeza política destinada a cambiar su país y el mundo.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Sin embargo, la historia subsiguiente del comunismo latinoamericano será menos brillante de lo imaginado en sus exordios y estará condicionada por una relativamente débil consolidación de la clase obrera (frecuentemente penetrada por un sindicalismo más gremialista que político, como en Argentina, o más corporativo que revolucionario, como en México) y por los vaivenes estratégicos de Moscú que a veces promueve descabelladas insurrecciones como en El Salvador en 1932 o en Brasil en 1935; otras veces impulsa colaboraciones instrumentales con los partidos “burgueses” y, después de la guerra, afirma la posibilidad de una transición pacífica al socialismo con la revolución como mito fundacional no removido.Entre las Líneas En este traqueteo (donde las decisiones del momento son siempre definitivas, correspondientes al pensamiento de Marx y destinadas al triunfo), las burocracias comunistas de estas partes del mundo reflejan mucho más los mandatos moscovitas que una lectura original de las condiciones de posibilidad en sus países. Y tanto la débil implantación social de la clase obrera como la dependencia de un centro de poder lejano que observa al mundo en la óptica de sus intereses y ofuscaciones nacionales, harán de la presencia comunista latinoamericana una aventura de cuadros de clases medias intelectualmente timoratos, disciplinados, a menudo abnegados y portadores de una causa que se vuelve cada vez más una rutina cansada sin arrastre popular pero con la certeza libresca de la victoria final en un futuro indefinido.

Desde los años treinta del siglo pasado irrumpe el oleaje populista que, en un abigarrado revoltijo de ira social, espíritu antioligárquico y personalismos más o menos mesiánicos, intenta contrastar (casi siempre con éxito) la influencia del comunismo con organizaciones sociales corporativas dependientes del Estado. Una historia pletórica de ambigüedad entre comunismo negro y fascismo rojo con profusión de retórica nacionalista y risible culto al líder en turno. Como siempre, donde resulta arduo creer en instituciones y reglas, es más sencillo depositar la confianza en el individuo de cascos ligeros y lenguaje florido.

Si la Revolución rusa abre en América Latina una estación comunista que se irá agotando a lo largo del siglo XX, la Revolución cubana, cuatro décadas después, inaugura un nuevo ciclo comunista de pasión revolucionaria a través de una fórmula (relativamente) inédita: la guerrilla. Una historia que se contará aquí a través de algunos episodios ejemplares: Cuba, que conduce a un caudillismo con vestiduras soviéticas, y Nicaragua, que atraca en un caudillismo más genuinamente populista; en ambos casos la novedad se entreteje con tradiciones políticas nacionales que se suponían superadas. Pero, en el fondo, ¿de qué asombrarse si la primera revolución política de la Edad Moderna pasa del ciudadano Saint-Just a Napoleón emperador? La mayor parte de las experiencias guerrilleras latinoamericanas terminará con la derrota y el sacrificio de jóvenes entusiastas, movidos por el rechazo de la injusticia y el deseo de repetir la épica de la Sierra Maestra.Entre las Líneas En algunos casos, estos anhelos alimentarán la locura política (como en Perú y Colombia) entre delirios homicidas e inquietantes simplificaciones dogmáticas. Para no hablar de la complicidad con los cárteles de la droga.

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Sólo recientemente, después de tantas frustraciones, derrotas y consecuencias indeseadas de las propias acciones, da sus primeros pasos un reformismo progresista (¿o liberalismo social?), especialmente en Brasil, Chile y Uruguay. Y con esas experiencias se concluirá, llegando al presente, este bosquejo de las andanzas de la izquierda en la región. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Una historia iniciada con la revolución como revelación de un esplendoroso inicio que desemboca en un reformismo pragmático sin pathos épico. Y mientras algo parecido a una socialdemocracia se asoma al escenario, el populismo vuelve con fuerza desmintiendo las tan razonables como equivocadas profecías sobre su declive histórico. Proyectados imprudentemente al vaticino desde el preludio de este texto, tal vez no sea descabellado suponer que en el futuro próximo socialdemocracia y populismo serán los dos protagonistas mayores de la izquierda latinoamericana.[rtbs name=”historia-latinoamericana”] [rtbs name=”latinoamerica”] Y naturalmente sería aventurado añadir a esta conjetura la premonición de un triunfador, lo que por cierto descontaría la posibilidad de nuevos ciclos, posibles retornos e hibridaciones ocultas más allá del horizonte que se vislumbra en el presente.

Autor: Ugo /Pipitone

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Notas y Referencias

  1. Michael Lowy (autor original), adaptado y corregido (por Lawi) de los términos latinoamericanos que debían formar parte del Diccionario de Ciencias Sociales en español de la UNESCO, publicado en 1975 bajo la dirección de Salustiano del Campo y al amparo del Instituto de Estudios Políticos. Es el resultado de la postura crítica y disidente del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) frente al diccionario de la UNESCO y su respuesta con la obra colectiva “Términos latinoamericanos para el Diccionario de Ciencias Sociales”, publicada en 1976.

Véase También

Desigualdad económica, Desigualdad en Latinoamérica,

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