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Disolución de la Unión Soviética

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La Disolución de la Unión Soviética

Este elemento es una expansión del contenido de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre la disolución de la Unión Soviética.

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La Disolución de la Unión Soviética

Las contradicciones de la reforma autoritaria

El momento de la muerte puede ser también el momento de la verdad para un sistema social. Cuando un sistema se encuentra a punto de su desintegración, sus aspectos fundamentales aparecen en forma nítida. Tal fue el destino de los regímenes estalinistas. El colapso progresivo en que cayeron a fines de la década de 1980 desmintió la mayoría de los análisis sobre el “socialismo realmente existente”. Esto es innegable en lo tocan te a las dos principales teorías preferidas por la izquierda occidental. La primera es la interpretación de Trotsky, quien veía en el régimen estalinista un “Estado obrero degenerado”; este punto de vista original de Trotsky fue progresivamente oscurecido por los esfuerzos dogmáticos de sus sucesores ortodoxos para extenderlo a los Estados “socialistas” de Europa oriental y del Tercer Mundo. El más conocido representante contemporáneo del trotskismo ortodoxo, Ernest Mandel, afirmó en fecha tan reciente como 1980, respecto al desempeño de los Estados estalinistas durante la recesión mundial (o global) de 1974-75, lo siguiente:

“Otra vez, la historia demostró que una economía basa da en la propiedad colectiva de los grandes medios de producción, en la planificación central y en el monopolio estatal del comercio exterior, es cualitativamente superior a la economía de mercado capitalista, en su capacidad de evitar grandes fluctuaciones cíclicas, crisis de superproducción y desempleo, a pesar de los monstruosos desperdicios y desequilibrios causados por el monopolio burocrático de la administración económica y política, y a pesar de la distancia que la separa de una economía socialista auténtica.”

El cuadro de la economía soviética pintado por el asesor de Gorbachov, Abel Aganbegyan, refiriéndose al momento sobre el cual Mandel escribió, difícilmente nos estimula a considerarlo un sistema más avanzado que el capitalismo occidental:

“En el período 198185, prácticamente no hubo creci miento económico. Un estancamiento y una crisis sin precedentes tuvo lugar en el período 197982, cuando la producción en todas las industrias de bienes de capital cayó en un 40%”.

Lo cierto, es que a medida que se acumulaban más y más pruebas del desperdicio y la ineficiencia de la URSS en las últimas décadas, la izquierda, tanto del Oeste como del Este, se mostró cada vez más inclinada a considerar al estalinismo como una forma de sociedad cualitativamente inferior al capitalismo. La versión original de esta idea, fue la teoría formulada durante la Segunda Guerra Mundial por Max Shachtman y otros disidentes partidarios de Trotsky, de que una nueva sociedad de clases, el “colectivismo burocrático”, era lo que prevalecía en la URSS.

En las décadas de 1970 y 1980, entre tanto, variaciones de este tema se volvieron cada vez más comunes en la izquierda occidental (en el mundo de habla inglesa, un análisis de este tipo fue promovido especialmente por Hillel Ticktin y la revista Critique), y al mismo tiempo entre los socialistas disidentes del Este (como Rudolph Bahro, Janos Kis y Boris Kagarlitsky, por ejemplo). La idea de una sociedad de clases poscapitalista siempre fue ambigua, en el sentido en que dejaba abierto el tema de si tal sociedad sería más o menos progresista que el capitalismo, aunque la experiencia de los últimos veinte años había llevado a sus defensores a argumentar que los regímenes estalinistas eran inferiores a los de Occidente.

En su forma más extrema, estos análisis se asemejaban a la que, probablemente, era la interpretación hegemónica del estalinismo en las democracias liberales, como una forma de totalitarismo. Según ella, la URSS y sus congéneres eran sociedades cerradas, controladas desde arriba en forma tan completa y rígidamente que se volvían impermeables a cualquier tipo de cambio surgido desde su interior. Por esto mismo, en un ensayo publicado originalmente en 1985, Ferene Fehér y Agnes Heller afirmaron, respecto a Europa oriental, que “la esperanza de un cambio radical despareció en la región por lo menos en el futuro cercano”. La razón última por la que “una destotalitarización de los Estados del Este europeo resultaba una posibilidad excluida” era la aparente pasividad política de los pueblos de la propia URSS:

“El largo y eficiente trabajo de Stalin eliminó el espíritu de rebeldía de una población que valora sus condiciones sociales de manera más realista que los observado res occidentales”.

Estas y otras afirmaciones dogmáticas de Fehér y Heller fueron luego, felizmente refutadas, cuando la agitación y la efervescencia de los movimientos sociales, políticos y culturales apareció en la URSS bajo la glasnost, seguida por los grandes levantamientos populares de Europa oriental. El absurdo de toda la línea de pensamiento llevada a tales extremos por Fehér y Heller, está indicado por los ataques de ambos contra el movimiento occidental por la paz, el cual podía haber sido escrito por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, al decir que “no hay manera de convencer a la población de ningún área subindustrializada de la Unión Soviética, que carezca de bienes industriales elementales y otras comodidades sociales, o de la propia electricidad, de que una usina nuclear podría producir efectos colaterales dañinos”.

Estas líneas fueron nuevamente publicadas un año después del desastre de Chernobyl. Aunque la afirmación hecha por el Financial Times, de que “la revolución en Alemania oriental fue tal vez la primera en la historia en que el rechazo de la contaminación ambiental jugó un papel importante”, puede encerrar alguna exageración, se verificó que las cuestiones ecológicas constituían una de las bases más eficaces que los movimientos democráticos en la URSS y en Europa oriental, utilizaron para promover la movilización de masas”.

No obstante, más importante que cualquier error específico de pronóstico, lo es el fracaso de las teorías que daban cuenta de los regímenes estalinistas como un sistema social diferente e inferior al capitalismo occidental, al momento de explicar las crisis que tuvieron lugar en esos países en la década de 1980. Esto ocurrió porque, en gran medida, las crisis tenían sus raí ces en el éxito histórico del estalinismo.

Recordemos, en primer lugar, la meta establecida por Stalin para la URSS en 1931, o sea, la de “superar el atraso” de la URSS respecto a los “países avanzados […] en diez años”. Aunque ese objetivo no hubiese sido alcanzado en 1941, la industria pesada construida durante los dos primeros Planes Quinquenales (1928-37) proporcionó la base económica para el esfuerzo de guerra del país en contra de la Alemania nazi.Entre las Líneas En la década de 1950, la Unión Soviética se volvió la segunda mayor economía industrial del mundo. El producto industrial per capita era en 1929 el 25% del promedio de Europa occidental, y llegó al 84% en 1963. Los métodos utilizados para promover esta transformación –distribución centralizada de los recursos en una economía sumamente cerrada y controlada por el Estado– no diferían cualitativamente de la reacción de las potencias occidentales al derrumbe económico de la década de 1930 y fueron, en verdad, adoptados principalmente como res puesta a la competencia militar de las economías más avanza das.

Los Estados del Este europeo, sujetos a la hegemonía política y militar de la Unión Soviética y estructurados de acuerdo con los principios estalinistas a finales de la década de 1940, disfrutaron inicialmente de un período de euforia económica. Sobre este punto, escribe M.C. Kaser:

“La tasa media de crecimiento obtenida en la región durante las dos primeras décadas de planificación central (195070) fue más alta que las tasas más altas conseguidas en los mejores años de entre guerras (1925-29).

Los dos países menos desarrollados crecieron tan rápidamente como los dos que crecieron más rápido en el mejor período de cinco años, entre las guerras, Checoslovaquia y Hungría.”

El dinamismo del Bloque oriental hacia fines de la década de 1950 llevó a altos funcionarios norteamericanos, como el director de la CIA, Allen Dulles, a comparecer ante el Congreso y advertir sobre “el desafío económico y tecnológico soviético”.

Pero, en la década de 1960 la situación comenzó a cambiar. A mediados de la misma, las tasas de crecimiento soviéticas comenzaron a caer. La tasa de crecimiento medio durante la década de 1970, de 2,6%, era comprable a la de las economías de Europa occidental, afectadas en esos años por dos grandes recesiones mundiales, y estaban muy por debajo de las metas planeadas.9 En 1980, la economía soviética, según Aganbegyan, se encontraba en un proceso de estancamiento. Algunos países de Europa oriental, particularmente Polonia, experimentaban crisis ahora más agudas. ¿Cuál era la razón de estas dificultades? Hasta cierto punto, ellas reflejaban la maduración de las economías estalinistas.

Pormenores

Las altas tasas de crecimiento obtenidas antes de las décadas de 1960 y 1970 habían sido logros de la “industrialización extensiva”, en la cual fueron construidas y puestas en operación nuevas fábricas, utilizando las reservas abundantes de mano de obra barata y materias primas existentes en la propia URSS. Se volvió un lugar común de los analistas del Oeste y del Este decir, a partir de la década de 1960, que a medida que esas reservas disminuyeran el crecimiento posterior pasaría a depender de un modelo “intensivo”, en el cual el aumento de la producción sería logrado a través de aumentos en la productividad y de una innovación tecnológica más veloz. Y se volvió igualmente banal argumentar que la economía de mando y control burocrático erigida en la década de 1930, constituía un gran obstáculo en dicha transformación.

La atención se concentró cada vez más en las patologías de este tipo de economía –en las carencias aparentemente endémicas de los bienes de consumo y de capital, en el desperdicio ocasionado por ciclos de inversión que en general culminaban en numerosos proyectos incompletos, en la ineficiencia debida a una coordinación mediocre entre sectores y en la incapacidad de los planificadores para procesar el enorme volumen de informaciones que se acumulaban en el centro. El economista húngaro Janós Kornai hizo una de las tentativas más rigurosas para teorizar tales fenómenos.

Argumenta que dichos fenómenos implican una reproducción constante de la escasez, ocasionada por el hecho de que “no hay un límite autoimpuesto a la demanda de recursos de inversión”, de modo que las empresas tienden a acumular insumos y, de esta forma, crean escasez. Esto se vuelve un círculo vicioso, en el cual la escasez de bienes lleva a una “campaña por la cantidad” más intensa por parte de la industria, lo que a su vez intensifica la escasez. 10

Kornai, no obstante, no explica satisfactoriamente las razones de lo que el llama “hambre de inversión casi insaciable”. A este respecto, Martín Wolf hace una comparación sugestiva:

“Una de las maneras de concebir la anormalidad de la economía soviética consiste en considerarla como un caso extremo de economía de guerra. Hay implicado bastante más que proveer a la defensa. Es igualmente importante el énfasis en la industria pesada y la indiferencia respecto al consumo; el aislamiento de la economía y la centralización extrema, la inflación reprimida, los llamados al sacrificio colectivo; y la paranoia. “

En realidad, los fenómenos de escasez y desperdicio analizados por Kornai fueron aspectos generales de las economías de guerra organizadas por todas las potencias en 191418 (cuan do quebraron la espina dorsal del régimen zarista) y en 1939-45. La larga era de rivalidad militar entre la URSS y las economías avanzadas, que comenzó hacia fines de la década de 1920 y tuvo continuidad con la Guerra fría, aprisionó a la economía soviética en una estructura organizacional que generó las ineficiencias diagnosticadas por Kornai y otros. La prioridad económica del sector militar explica por si mismo la reducción del crecimiento iniciada en la década de 1960. De acuerdo con una estimación soviética reciente, el PBI (producto bruto inter no) total de la URSS era en 1987 cercano a la mitad del norteamericano; y el PBI per capita era apenas el 42% del norteamericano (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Fue enorme la carga impuesta a la Unión Soviética, para igualar los gastos militares de una economía mucho más grande y avanzada. Cerca del 13% del PBI soviético fueron gastos de la defensa en 1987, o sea, dos veces la cifra norteamericana. 12 Recursos de inversión que podrían haber sido usados para aumentar la productividad de las industrias civiles, en vez de destinarlos a esta finalidad, fueron derivados para el desarrollo de sistemas de armas cada vez más costosos y sofisticados.

Más importante todavía, para explicar la crisis del estalinismo, es la transformación que atravesó la economía mundial (o global) en la última generación. Particularmente después del extenso boom de las décadas de 1960 y 1970, la tendencia más importante ha sido la de la globalización de la economía. El comercio y las inversiones se internacionalizaron crecientemente con el desarrollo de lo que Nigel Harris llamó el “sistema manufacturero global”, en el cual grandes aumentos en la productividad pudieron ser logrados organizándose la producción trascendiendo las fronteras nacionales. La creciente importancia de la empresa multinacional como forma de organización productiva, fue acompañada por el desarrollo de enormes flujos de inversiones financieras internacionales, a medida que los bancos y las bolsas de valores trascendían también las fronteras nacionales. Esta integración global del capital implicó una gran reducción del poder económico del estado-nación. La intervención del Estado en la economía no cesó –como lo testimonia el empleo de políticas keynesianas de estímulo de la demanda y de expansión del crédito, adoptadas por los gobiernos de la Nueva Derecha en Estados Unidos y Gran Bretaña en la década de 1980– pero no implicó ya el habitual tipo de distribución centralizada de recursos característico no solo de la URSS, sino también de los países avanzados entre las décadas de 1930 y 1950.

La globalización del capital dejó a los Estados estalinistas es tancados. Las formas de organización que habían transformado a la Unión Soviética en una superpotencia e industrializado a los países del Este europeo no se correspondían más con los modelos mundiales de desarrollo. El milagro económico de las décadas de 1970 y 1980 fue la industrialización de sectores del Tercer Mundo. Los países de reciente industrialización (NICs) consiguieron escapar del viejo ciclo del subdesarrollo gracias al papel desempeñado por un Estado altamente intervencionista. El Estado surcoreano, por ejemplo, controlaba dos tercios de las inversiones nacionales y dirigía las decisiones de inversión del chaebol, las 50 empresas privadas más grandes. A este respecto, comenta M.K. Datta Chaudhuri: “Ningún Estado, fuera del Bloque socialista, jamás llegó cerca de este grado de control de los recursos de inversión en la economía”.

La acumulación dirigida por el Estado, no obstante, no se orientaba hacia la construcción de una economía nacional independiente del resto del mundo. Al contrario, tenía por objetivo irrumpir en los mercados mundiales, con textiles y vestimenta en la década de 1960, con acero y construcciones navales en la década de 1970, con vehículos y bienes de consumo electrónicos en la década de 1980. Los NICs más exitosos, los situados en la costa del Pacífico, triunfaron como exportadores de bienes manufacturados.

El arcaísmo del modelo de capitalismo de estado erigido en la URSS en la década de 1930 y trasplantado a Europa oriental luego de la guerra se volvió cada vez más evidente. La crisis en Polonia asumió proporciones de seria gravedad, una vez que sus dirigentes intentaron, en la década de 1970, aliviar las tensiones sociales internas con una política de crecimiento, finan ciado por inversiones a gran escala logradas mediante préstamos obtenidos de los bancos occidentales, en la esperanza de que estos préstamos pudiesen ser pagados con divisas extranjeras obtenidas con la exportación de gran parte de la producción de las nuevas fábricas. El inicio de la segunda gran recesión mundial, a fines de la década de 1970, destruyó estos planes y dejó a Polonia envuelta en una crisis profunda de endeudamiento, muy semejante a la que sufrían algunos NICs latinoamericanos, como Brasil, México y Argentina. La situación de la propia URSS fue disfrazada por el hecho de que el gran aumento de los precios del petróleo en la década de 1970 permitió al régimen de Brezhnev importar tecnología y bienes de consumo de Occidente y, de esa manera, alejar el día del ajuste de cuentas económico.

En la década de 1980, en tanto, se volvieron cada vez más evidentes las dificultades enfrentadas por la Unión Soviética. La falta de integración al mercado mundial (o global) impedía a la URSS el acceso al tipo de aumento de la productividad del trabajo dependiente de la participación en la división internacional del trabajo. La dependencia de tecnología importada la colocaba bajo creciente presión, a medida que la carrera armamentista se aceleraba con el recrudecimiento de la Guerra Fría a fines de la década de 1970, estimulada por el desarrollo de sistemas de armas cada vez más sofisticados. Y la caída en los precios del petróleo evidenciaba su dependencia de las exportaciones de materias primas muy vulnerables a las oscilaciones de los mercados mundiales. Lo que Chris Harman llama “el cambio del capitalismo nacional al capitalismo multinacional” a nivel global, generó de esta manera poderosas fuerzas externas, que amenazaban a la URSS al estancamiento, e incluso al colapso, a menos que de alguna forma se abriera su cerrada economía.

Simultáneamente, se acumularon presiones internas en favor de que hubiera cambios, principalmente durante el período en que Brezhnev ejerció el cargo de secretario general (1964-82). A este respecto, argumenta Boris Kagarlitsky:

“La era Brezhnev fue en general considerada por los observadores europeos como un período de paralización política y de estancamiento económico […] Al afirmar esto, no obstante, se está diciendo apenas media verdad.

La década de 1970 constituyó un período de grandes cambios sociales y psicosociales, que tendrían consecuencias de gran alcance para la historia soviética. Los procesos que ocurrieron solo pueden ser comparados, en su importancia, con los cambios sociales que tuvieron lugar en Rusia durante el reinado “tranquilo” de Alejandro III (1881-94) que prefiguraron la Revolución de 1905 […] En la década de 1970, se completó la sociedad industrial en nuestro país, llegó al final el proceso de urbanización y surgió una nueva generación, modelada por las condiciones de una vida de ciudad europeizada.”

La urbanización de la URSS durante la última generación fue espectacular.Entre las Líneas En 1960, la población urbana era apenas el 49% del total; en 1985, ella había crecido al 65% (y en la Federación Rusa al 70%). Tan importante como esta tendencia general fue lo que Moshe Lewin llamó el “reagrupamiento interno de los habitantes, en favor de las aglomeraciones mayores”. Las 272 ciudades soviéticas con más de 100.000 habitantes albergaban en 1980 a un tercio de la población total. El número de ciudades con más de un millón de habitantes subió de 3 en 1959 a 23 en 1980.

Estos cambios fueron acompañados de una significativa eleva ción de los niveles de vida. A este propósito, Jerry Hough observa:

“En la era Brezhnev, en particular, el país se volvió una sociedad de electrodomésticos, en la cual las personas se mudaban de un apartamento de un ambiente a uno con dormitorio, en la cual el consumo de carne (a pesar de una estabilización temporaria a finales de la década de 1970) se aproximó a los niveles británicos.

Entre 1960 y 1985, la carne consumida per capita subiría de 39,5 Kg. a 62,4 Kg., los metros cuadrados de espacio residencial urbano per capita se elevarían de 8,9 a 14,3, y las familias que poseían refrigeradores pasaron del 4% al 92%. El número de familias con lavarropas pasó de 4% a 70% y que con televisores de 8% a 99%.

Finalmente, la estructura social de la población urbana se volvió más diferenciada y compleja. La clase trabajadora dedicada a labores manuales fue cada vez más estable, transformándose en un grupo que se autoreproducía, no siendo más reclutada principalmente entre inmigrantes campesinos, y siendo poseedora de crecientes niveles de calificación y educación. Tal como acontecía en Occidente, su expansión fue superada por la extensa y ambigua categoría de los “empleados”, comprendiendo aquí tanto los trabajadores de cuello blanco como a una intelligentsia compuesta por profesionales altamente calificados, gerentes de empresas y administradores.”

Estos cambios socioeconómicos eran considerados por el liderazgo del gobierno Brezhnev y sus defensores como una señal de que la URSS llegaría al “socialismo maduro” o “desarrollado” (una categoría que encerraba, entre otras cosas, la ventaja de agregar una nueva etapa en la transición al comunismo).Entre las Líneas En realidad, esto incrementaba los problemas del régimen. Los crecientes niveles de educación y consumo creaban expectativas que no se materializaban. La “intelligentsia” se impacientaba con las restricciones impuestas por las estructuras burocráticas, cuyas disfunciones eran evidentes, y se molestaba con las desigualdades de ingresos relativamente limitadas, que le dejaban en una situación financiera inferior a la de su similar de Occidente, la “nueva clase media”. Los trabajadores, se quejaban de los bajos niveles de vida, de las gerencias incompetentes y de las relaciones de trabajo opresivas. Los cambios culturales que fueron posibles gracias a la expansión de la educación secundaria y superior, y por el desarrollo de una sociedad urbana de consumo crearon una población culta y sofisticada, que se impacientaba con las mentiras, con las distorsiones y los lugares comunes de los medios oficiales de comunicación. Kagarlitsky cita a un sociólogo soviético, según el cual “el nivel cultural de las masas se volvió durante la década de 1970, promedialmente, un poco más elevado que el nivel cultural de la élite gobernante”.20 Trabajadores, gerentes y técnicos calificados cultivaban un fuerte sentimiento de injusticia social, basado en el conocimiento general de los inmensos privilegios materiales disfrutados especialmente por aquellos que eran parte de los altos escalones de la nomenklatura”.21 El mayor contacto con Occidente contribuyó a una percepción cada vez mayor de que el “socialismo maduro” se estaba atrasando, en relación con sus competidores supuestamente inferiores, y estimuló además la aparición de una cultura extraoficial, en la cual la música rock desempeñó un importante papel. Cuando Brezhnev murió en noviembre de 1982, la ideología estatal ya no contaba con respaldo, a medida que grandes sectores de la población comenzaron a optar abiertamente por alternativas que variaban de la nueva cultura de la juventud al nacionalismo ruso tradicionalista, este último tácitamente estimulado por uno de los sectores de la burocracia. La URSS ingresó a la década de 1980 en medio de una profunda crisis de hegemonía.

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La modernización autoritaria de la URSS mostraba sus límites. Las formas organizacionales que habían hecho posible la industrialización acelerada después de 1928, impedían en este momento un mayor desarrollo. Simultáneamente, el propio proceso de industrialización creó una población urbanizada y educa da, que no estaba dispuesta a tolerar más las ineficiencias y desigualdades del sistema estalinista.Entre las Líneas En este contexto, se volverían más agudos los conflictos dentro de la burocracia, entre conservadores y reformistas –conflictos intrínsecos a la vida política soviética desde la muerte de Stalin.

Permanecen oscuros todavía los alineamientos de fuerzas y los procesos que llevaron a Gorbachov al cargo de secretario general del partido. Lo que no admite duda, no obstante, es que las políticas que él adoptó representaron un intento de sacar de la crisis al sistema estalinista, a través de la reforma y no del desmantelamiento de ese sistema. Muchos miembros de la izquierda occidental afirman que el programa de Gorbachov era más radical. Para Tariq Ali, “con el fin de preservar a la Unión Soviética, Gorbachov necesita completar una revolución políti ca (que ya está en curso), pero una revolución política basada en la abolición de todo el sistema de la “nomenklatura” y de los privilegios, sobre el cual reposa el poder de la burocracia”.

En realidad, la “perestroika”, como reestructuración económica, o en forma más amplia, como reestructuración de la vida política y social en general, asumió inicialmente la forma de pequeños ajustes, destinados principalmente a fortalecer y modernizar los controles centrales –Zhores Medvedev describe el proyecto de Aganbegyan como “una versión computarizada de la economía de mando y control”– acompañados de una poderosa retórica de cambio y estímulo a la crítica bajo la consigna de glasnost (apertura). Medvedev evaluó los dos primeros años de Gorbachov en el poder, diciendo que el secretario general “no fue ni un liberal ni un reformista osado. El prefirió modificaciones, métodos administrativos y ajustes económicos a reformas estructurales y políticas”.24 La iniciativa más atrevida de Gorbachov ocurrió inicialmente en la política exterior, esfera en que procuró mejorar las relaciones con Occidente teniendo la esperanza de reducir el fardo de los gastos en defensa.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

La radicalización de las políticas internas de Gorbachov, especialmente después de su discurso de Enero de 1987 en el Ple no del Comité Central del PCUS, podría ser interpretada como una refutación de valoraciones como las de Medvedev. El proceso mediante el cual los reformadores situados en la maquinaria de gobierno, evolucionarían hacia medidas políticas y económicas de alcance mucho mayor, no reflejó una estrategia previamente preparada, pero sí la dinámica de las luchas que se trabaron en el seno de la burocracia.

Así mismo las reformas relativamente moderadas del período inicial de Gorbachov fueron, en su mayor parte, saboteadas por los “apparatchiks” en los ministerios vinculados a la economía. Gorbachov y sus aliados se convencieron de que solamente con medidas más radicales podrían salvar al sistema: desmantelamiento parcial de la economía de mando y control, median te su sustitución por controles “verticales” operados desde el centro con mecanismos de mercado “horizontales”, a fin de coordinar las empresas y obligarlas a tornarse más eficientes, junto a la adopción de un alto grado de liberalización política, especialmente bajo la forma de elecciones libremente disputadas para el partido y los órganos del Estado. Estas reformas políticas –sobre todo la creación de un nuevo parlamento, el Congreso de los Diputados del Pueblo, cuya elección en Marzo de 1989 fue la primera realmente libre desde la Revolución de Octubre– involucraron un llamado de los reformistas para que la gente los apoyase en su lucha contra los conserva dores. La decisión de someter a un auditorio más amplio las divergencias dentro del aparato estatal, señaló el momento decisivo en el proceso de glasnost, el momento en que el derrocamiento revolucionario de los regímenes estalinistas se volvió una posibilidad real.

El objetivo de Gorbachov continuó siendo, incluso después de la radicalización de 198687, una reforma autoritaria, una tentativa de preservar el sistema estalinista a través de una modernización desde arriba. Está claro que no hay ninguna novedad en dicha estrategia: ella fue intentada frecuentemente en los dos últimos siglos de historia mundial (o global) y, en realidad, en Rusia se remonta a una época todavía más distante, al tiempo de Pedro el Grande. Los reformadores autoritarios son vulnerables a una contradicción diagnosticada por Tocqueville: “El momento más peligroso para un gobierno nefasto ocurre cuando este intenta rectificarse”.

El dilema enfrentado por el régimen reformista era que los cambios que intentaba realizar eran probablemente demasiado radicales para muchos de sus partidarios, pero demasiado tímidos para la mayoría de la población. La parálisis resultante de una clase gobernante dividida crea condiciones en las cuales puede ocurrir una revolución popular desde abajo. Tocqueville basó su análisis en la experiencia de la Revolución francesa, que comenzó con una tentativa de la monarquía absoluta de Luis XVI de reformarse y fue destronada por la polarización que resultó de la reacción aristocrática y la radicalización popular. Chris Harman identificó una dinámica semejante en varias tentativas hechas para reformar los regímenes estalinistas, en las décadas de 1950 y 1960:

“Con el fin de intentar vencer a los sectores conservado res de la burocracia, que se oponían a las reformas en la década de 1950, el aparato político central (o una parte del mismo) procuró movilizar a otros elementos de la burocracia. Este fue el significado real de las campañas antiestalinistas de 1953, 1956 y 1962, pero eran claros los límites dentro de los cuales esto sería posible. Gran parte de la resistencia conservadora no podría ser vencida sin el peligro de que el aparato represivo dirigido contra el resto de la sociedad quedase paralizado, desencadenando, de esta manera, fuerzas que podían fácilmente volverse en contra de la burocracia como un todo (como en Alemania oriental en 1953; Polonia y Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968-69, y en China en 1966-67).Entre las Líneas En la propia Rusia, la burocracia se detuvo antes de tomar medidas que pudieran tener es tos desastrosos efectos, desde su punto de vista.

Hacia fines de la década de 1980, confrontado con una crisis económica y social mucho más profunda de las que fueran enfrentadas antes por los gobernantes de la URSS luego de la muerte de Stalin, Gorbachov y sus compañeros reformistas resolvieron arriesgarse a esos “desastrosos efectos”, apelando a las masas. Abrieron una Caja de Pandora, liberando una río hirviente de fuerzas políticas que amenazaron inmediatamente la propia existencia del sistema estalinista –frentes populares exigiendo cambios democráticos radicales; movimientos nacionalistas en varias repúblicas no rusas, particularmente en la región del Báltico y en la Transcaucasia, que presionaron cada vez más exigiendo la independencia de la URSS; y organizaciones de trabajadores formadas fuera de los sindicatos oficiales, especialmente después de las huelgas de mineros del verano y otoño de 1989. Este proceso de radicalización política contribuyó, por su lado, a estimular la movilización popular en Europa oriental, recompensada en el invierno de 1989 con el colapso de los regímenes estalinistas en dicha región. La reforma, se había transformado en revolución.

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Fuente: Alex Callinicos, La Venganza de la Historia

'Rebelión en la granja' - George Orwell, 1945
El libro “Rebelión en la granja” es como una versión anterior de la famosa obra “1984”. Ambas tratan del opresivo sistema soviético de la década de 1930, una como sátira protagonizada por animales de granja y la otra como retrato distópico del futuro que presagia. Ambas contienen lecciones duraderas que se elevan por encima de un sistema en un país.

Rebelión en la granja es la historia de una revolución traicionada. Los animales, reconociendo cómo son explotados por los hombres, se sublevan y los expulsan, instaurando el gobierno de los animales. Pero los nuevos gobernantes que administran la Granja Animal, los cerdos, gobiernan cada vez más en su propio interés, y acaban explotando aún más a los animales mientras viven en el lujo y hacen tratos con sus granjas vecinas administradas por humanos.

Las bellas palabras de la revolución se ven corrompidas por hechos opresivos.. Cuando los cerdos, para subrayar su nueva importancia, empiezan a caminar erguidos, los demás animales ya no pueden distinguirlos de los humanos.

Es una parábola del idealismo traicionado. Su mensaje es que lo que se hace cuenta más que lo que se dice, y que la culpa no es de que la revolución se haya aplicado mal, sino de que el fracaso y la corrupción están incorporados a su tejido, sin mecanismos de reparación.

La película de 1954 fue criticada por terminar con los animales derrocando y pisoteando a los cerdos, en contraste con el final desalentador de Orwell, pero los acontecimientos de 1989 la reivindicaron hasta cierto punto.

Causas de la caída de la URSS

Recursos

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Notas y Referencias

Véase También

Cronología de la disolución de la Unión Soviética
Repúblicas de la Unión Soviética
Historia de la Unión Soviética (1985-1991)
Desintegración de Yugoslavia
Disolución de Checoslovaquia
Reunificación alemana
Reunificación de Yemen
Historia de la Unión Soviética (1982-91)
Historia de Rusia (1991-presente)
Predicciones del colapso soviético
Colapso económico de la Unión Soviética
Desfile de Soberanías
Referéndum de la Unión Soviética de 1991
Tratado de Creación de la URSS
Tratado de Belavezha
Nuevo Tratado de la Unión (Unión de Estados Soberanos)
Comunidad de Estados Independientes

Guía Esencial del Accidente de Chernóbil y la Caída del Comunismo, Popular, Rusia,

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