▷ Sabiduría semanal que puedes leer en pocos minutos. Añade nuestra revista gratuita a tu bandeja de entrada. Lee gratis nuestras revistas de Derecho empresarial, Emprender, Carreras, Liderazgo, Dinero, Startups, Políticas, Ecología, Ciencias sociales, Humanidades, Marketing digital, Ensayos, y Sectores e industrias.

Formas de Delincuencia

▷ Lee Gratis Nuestras Revistas

Formas de delincuencia

Este elemento es un complemento de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs]

Delincuencia: Formas de delincuencia

Las formas de la delincuencia son variadas y han ido cambiando en gran medida según los periodos de la historia y los tipos de sociedad. Actualmente se observa un desarrollo general de formas de delincuencia organizada basadas en el modelo de la mafia siciliana o de la camorra napolitana, dedicadas principalmente al tráfico de drogas y de materias nucleares (especialmente en Rusia) facilitado por la evolución de los medios de comunicación.

Los países occidentales tienen actualmente formas comunes de delincuencia, tanto en su frecuencia como en el tipo de infracciones. El término genérico de delincuencia abarca varios tipos básicos de comportamiento delictivo con criterios combinables: sin pretender ser exhaustivos, puede citarse la delincuencia cotidiana o delincuencia menor, la delincuencia juvenil, la delincuencia por imprudencia, el crimen organizado, la delincuencia económica y financiera, los atentados a personas, que comprenden básicamente los abusos sexuales, los atentados a las normas y al orden público y, finalmente, el terrorismo. Cada una de estas categorías presenta características propias, aunque a largo plazo (véase más en esta plataforma general) se observa un crecimiento de la delincuencia económica y financiera y de la delincuencia cotidiana con atentados a bienes y a personas, generalmente de gravedad limitada.

Ejemplo: la Camorra

Nota: sobre los orígenes de la Camorra, véase aquí.

Nápoles era un hervidero humano.Entre las Líneas En la década de 1850, en sus calles había una cifra algo inferior a quinientos mil habitantes, lo que convertía la capital del Reino de las Dos Sicilias en la mayor ciudad de Italia. Siendo la ciudad con la mayor densidad de población de Europa, albergaba mayor miseria por cada metro cuadrado que cualquier otro núcleo urbano del continente. Cada gruta y cada sótano, cada escondrijo y cada portal tenían su cuota de ciudadanos demacrados y harapientos.

Los barrios de Porto, Pendino, Mercato y Vicaria detentaban la mayor concentración de indigentes, conformando lo que se denominaba la «ciudad baja». Algunos de sus callejones eran tan angostos que resultaba imposible abrir en ellos un paraguas. Muchos de los más pobres vivían en casas de varias viviendas conocidas como fondaci («pozos»), en las que se hacinaban familias enteras y sus animales en una única habitación sin ventanas. Los parásitos eran endémicos y el hedor infernal: las cloacas desbordaban los antiguos pozos y derramaban su contenido en los callejones.Entre las Líneas En la década de 1840, cerca de un treinta por ciento de los infantes de la ciudad baja morían antes de cumplir el primer año. Ninguno de esos cuatro barrios tenía una expectativa de vida superior a los veinticinco años.

Pero, a diferencia de Londres, Nápoles no ocultaba a sus pobres (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Bajo el sol meridional, en cada calle y piazza, los comerciantes y vendedores ambulantes de cualquier quincalla imaginable hacían su representación diaria.

Pormenores

Los habitantes de los barrios más pobres se ganaban la vida como podían juntando harapos, trenzando la paja o cantando en las calles, vendiendo caracoles y porciones de pizza, recogiendo colillas de cigarrillos o cargando alguna caja.
En ningún otro punto de la ciudad era más evidente que en la via Toledo, que era la avenida principal y «la calle más ruidosa de Europa», la enorme variedad de esta economía de subsistencia. Allí, la vida urbana rezumaba a diario de los tugurios y palazzi, se volcaba en las calles laterales y convergía en la avenida para constituir un agitado aluvión (véase qué es, su definición, o concepto jurídico) de gente. Pobres y ricos, el pilluelo huidizo y el paseante burgués, todos sin excepción debían esquivar los carruajes en la via Toledo. El estrépito del regateo era inmenso. Y, por si fuera poco, todos ellos, desde los vendedores de embutidos con sus braseros hasta los que ofrecían agua helada en sus pagodas grandiosamente decoradas, tenían un grito distintivo y muy sonoro.

Había, con todo, un lado menos pintoresco en la industria de la pobreza napolitana. Los turistas solían sufrir los incordios de multitudes de mendigos que enarbolaban sus miembros mutilados ante cualquiera que pareciese dispuesto a otorgarles una moneda. Los viajeros avezados consideraban que los chiquillos carteristas de Nápoles habían establecido un estándar internacional en cuanto a destreza. El hurto, la estafa y la prostitución eran estrategias de supervivencia decisivas para muchos de los sectores más desposeídos. La ciudad baja en particular vivía casi enteramente fuera de la ley.

Ni la policía más severa y honesta del mundo hubiera podido imponer orden en este enjambre. De manera que, en la ciudad de Nápoles, la nueva ciencia de los servicios policiales, que era el orgullo del siglo XIX, se convirtió rápidamente en una modesta rutina que consistía en minimizar las molestias ocasionadas por la plebe. Visto que la propia Nápoles era tan extensa y pobre, la policía aprendió que la mejor forma de contener esas molestias era colaborando con los matones más rudos dentro de esa misma plebe.

En 1857, Antonio Scialoja escribió un panfleto que proseguía la ofensiva propagandística patriota contra el Reino de las Dos Sicilias. Scialoja era un brillante economista napolitano que vivía en el exilio político en Turín. Dado que era él mismo un veterano de las cárceles borbónicas, la Camorra de prisiones era una pieza crucial de su polémica. Alegaba que «la “sociedad” de los camorristi» era tan poderosa que podía ejecutar sentencias de muerte en cualquier prisión del reino. La «sociedad» hacía a otros convictos pagar por todo, informaba Scialoja, incluso para rehuir lo que delicadamente designaba como «vilezas» por parte de sus compañeros detenidos, se refería a las violaciones.

Pero el diagnóstico de Scialoja en torno al malestar dominante en Nápoles llegaba mucho más allá de los muros de las cárceles. Valiéndose de sus aptitudes para el cálculo, identificó un fondo secreto que no aparecía en el presupuesto oficial de la policía. Enseguida demostró cómo algo de ese dinero contante y sonante se gastaba en contratar a rufianes y espías. La corrupción no terminaba ahí. Durante décadas, los borbones habían reclutado a su policía de entre los criminales más temidos de la ciudad. La gente corriente de Nápoles se refería a ellos como los feroci, los «feroces». Había ciento ochenta y un feroci en total por la época en que escribía Scialoja. Y aun cuando se les pagaba su escaso salario con el presupuesto oficial de la policía, normalmente complementaban sus ingresos con los sobornos que cobraban.

Los italianos tienen una expresión muy útil en su léxico para describir esta clase de acuerdos: hablan de «gestión conjunta» del delito. Y si los feroci que gestionaban el delito conjuntamente con la policía comenzaban a parecerse a los camorristi que gestionaban el sistema penitenciario conjuntamente con los guardias, eso era porque no pocas veces eran una misma cosa.Si, Pero: Pero patrullar las calles con la cooperación de los más duros delincuentes era siempre un asunto espinoso. Algunos camorristi resultaban más leales a sus camaradas dentro del crimen que a sus patrones de la policía, mientras que otros suscitaban intensas suspicacias y odios en el inframundo. Así y todo, gracias a la gestión conjunta, los líderes que habían estado al mando de las mazmorras durante siglos gozaban ahora del permiso gubernamental (o, en ocasiones, de la Administración Pública, si tiene competencia) para convertirse en un poder en las calles. A comienzos de la década de 1850, los camorristi, engalanados con el último y más reciente uniforme de gángster, con el pelo engominado, la chaqueta de terciopelo y pantalones bombachos, eran una porción tan conspicua de la vida de Nápoles como podían serlo los vendedores ambulantes de pizza y los comediantes.

Una vez que se le concedió a la Camorra de prisiones la opción de poner los pies en el mundo exterior, comenzó a hacer aquello que se le daba mejor: extraer oro de las pulgas. Igual que en las cárceles, la extorsión era la base de su poder.

Pormenores

Las actividades ilegales o semilegales eran singularmente vulnerables. Los camorristi exigían una tajada de cualquier botín (véase qué es, su concepto; y también su definición como “booty” en el derecho anglosajón, en inglés) y alcanzaron una posición destacada en el mundo de la prostitución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El juego de apuestas fue otro de sus trapicheos lucrativos.

Amplias ramas de la economía «legal» se convirtieron también en objeto de extorsión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Los visitantes de la ciudad se topaban a menudo con los camorristi en acción, sin entender verdaderamente lo que estaban viendo. Cuando alguno de esos turistas descendía de un bote alquilado, un individuo vestido con colores llamativos, a menudo sobrecargado de joyas varias, se aproximaba al remero y esperaba en silencio a recibir una oferta. Cuando el visitante llegaba a su hotel, el portero deslizaba con discreción una moneda en manos de un extraño rechoncho. Y cuando el visitante subía a un coche de alquiler, el conductor debía pagarle algo a otro gorila que rondaba por allí.

Los camorristi exigían sus impuestos en los puntos sensibles de la economía urbana: en los muelles, donde desembarcaban la carga, el pescado y los pasajeros; en las puertas de la ciudad, donde llegaban los productos del campo; en los mercados, donde se los distribuía. Los remeros y estibadores, funcionarios de aduana (ver su definición; pero esencialmente es una oficina pública encargada del registro de los bienes importados o exportados y del cobro de los tributos correspondientes; ver despacho de aduana y Organización Mundial de Aduanas) y cocheros, vendedores al por mayor y ambulantes, todos estaban obligados a pagar de la misma forma que, desde hacía mucho tiempo, era tan familiar a los presos.

El corazón de la Camorra de Nápoles era el barrio de La Vicaria, situado en lo que era por entonces el límite oriental de la ciudad. Los suburbios miserables de La Vicaria eran el espacio en que se superponía la esfera de influencia de cada delincuente, como la zona de intersección marcada en un diagrama de Venn. El barrio recibía su nombre del Pallazzo della Vicaria, una manzana originaria de la Edad Media donde se hallaban los tribunales y, en el sótano, una afamada mazmorra. Los muros de la cárcel de La Vicaria parecían sólidos a la vista pero eran, en realidad, una membrana a través de la cual se filtraban constantemente mensajes, alimentos y armas desde los barrios adyacentes a la prisión.

Cerca de la cárcel se alzaba la Porta Capuana, un arco de piedra ornamentado con frisos y relieves, a través del cual muchos de los productos provenientes del interior del país llegaban para someterse a los «impuestos» respectivos.Si, Pero: Pero el epicentro de la actividad criminal en La Vicaria era lo que es ahora un tramo de la via Martiri d’Otranto, el cual, unido a los callejones aledaños, era conocido como la Imbrecciata. La Imbrecciata era una kasbah donde proliferaban los placeres carnales baratos y la práctica totalidad de sus habitantes estaban involucrados en la prostitución y los espectáculos de sexo en vivo. La notoriedad del sector era tal, que las autoridades intentaron varias veces cercarlo construyendo muros en sus vías de salida.

Con todas estas oportunidades al alcance de la mano de conseguir ingresos ilegales en La Vicaria, no debe sorprendernos que los primeros cabecillas supremos de la honorable sociedad el mundo exterior provinieran de allí.

La «gestión conjunta» del delito en Nápoles era ciertamente escandalosa, pero lo que enfurecía particularmente a Antonio Scialoja, el economista exiliado, era que las autoridades borbónicas dieran rienda suelta a sus espías, feroci y camorristi, para que acosaran y chantajearan a los patriotas liberales.Entre las Líneas En rigor, esos policías tan rudos y prestos no respetaban las filiaciones políticas: hasta los monárquicos afines a los borbones debían desembolsar cada tanto sumas para rehuir lo que los feroci denominaban con una sonrisa las «complicaciones judiciales». De este modo fue que, en la incertidumbre reinante en la década de 1850, con la monarquía borbónica vulnerable y recelosa, la Camorra tuvo por primera vez la posibilidad de entrometerse en la vida política del país.

Scialoja concluía su panfleto con una historia muy ilustrativa, tomada de sus recuerdos como prisionero político a comienzos de la década de 1850. Recordaba que los delincuentes comunes en prisión aludían a los patriotas cautivos como «los caballeros», considerando que sus líderes eran hombres educados y de buena posición como lo era él mismo. Solo que todo el que se involucraba en política no era un caballero en ningún caso. Algunos eran artesanos poco refinados. Un caso en particular fue el de Giuseppe D’Alessandro, conocido como Peppe l’aversano, «Pepe de Aversa», una localidad agrícola no muy alejada al norte de Nápoles. Pepe de Aversa fue encarcelado por su participación en los acontecimientos revolucionarios de 1848. Al toparse en prisión con la Camorra, decidió rápidamente que unirse a las filas de los extorsionadores era preferible a sufrir con los caballeros mártires. Así, fue iniciado en la honorable sociedad y muy pronto anduvo pavoneándose en los pasillos de prisión con sus baratijas.

En primavera de 1851, por la época en que Gladstone tronaba contra los gamorristi ante sus lectores británicos, una rama singularmente fanática de la policía napolitana concibió un plan para asesinar a algunos de los patriotas encarcelados.Si, Pero: Pero ni siquiera la policía podía llevar a cabo un proyecto semejante sin la ayuda de la administración de prisiones: la Camorra. Y encontró en Pepe de Aversa al hombre perfecto para el trabajo; en rigor, ni siquiera hubieron de pagarle, puesto que estaba aún condenado a muerte por traición y se mostró contento por el mero hecho de verse liberado de su cita con el verdugo.

En dos ocasiones intentó cumplir su misión, con una pandilla de camorristi siempre listos para responder a su orden de atacar, pero en ambas oportunidades los caballeros se las arreglaron para mantenerse juntos y enfrentar a sus futuros asesinos.

Entonces los prisioneros políticos escribieron a las autoridades policiales para recordarles el escándalo diplomático que sería si cualquiera de ellos era despedazado por una multitud. El recordatorio funcionó. Pepe de Aversa fue trasladado a otro sitio, luego lo liberaron y finalmente le concedieron la oportunidad de intercambiar su chaqueta de terciopelo por un uniforme de policía; así concluía su metamorfosis, en el breve espacio de un par de años, de patriota traidor, pasando por camorrista, a agente de policía.

Para Scialoja, la historia de Pepe de Aversa ilustraba todo lo que andaba mal en el gobierno borbónico, en su hábito de gestionar el delito de manera conjunta con los pandilleros. La patria italiana se erguía en un brillante contraste contra esa sordidez. La nueva nación de Italia, cuando fuera que ella sobreviniese, al fin traería consigo el buen gobierno a esa metrópolis sumida en la ignorancia, a la sombra del volcán Vesubio.
Solo que, siendo Nápoles la que era, la formación de la patria resultó un asunto mucho más extraño y oscuro de lo que nadie hubiera imaginado.

La redención de la Camorra

La expedición de Garibaldi tuvo lugar en verano de 1860, cuando los prodigios del heroísmo patriótico hicieron al fin del Reino de las Dos Sicilias parte del Reino de Italia.Entre las Líneas En Nápoles, la historia se estaba haciendo a tal velocidad que los periodistas tenían escaso tiempo para explayarse en torno a lo que veían y escuchaban. Fue un momento en que lo inconcebible parecía posible y, por lo mismo, un tiempo propicio a una narrativa acorde.

Detalles

Las explicaciones en sí deberían aún esperar su turno.

La ciudad quedó consternada cuando irrumpió la noticia de que Garibaldi y sus mil patriotas italianos de camisa roja habían invadido Sicilia. El 11 de mayo de 1860, el diario oficial anunciaba que los «filibusteros» de Garibaldi, como los denominaba el mismo periódico, habían desembarcado en Marsala. A finales de mes se confirmó que las fuerzas insurgentes habían tomado el control de Palermo, la capital siciliana.

El muy inoperante y joven monarca Francesco II alcanzó a reinar escasamente un año. Al tiempo que los garibaldini consolidaban su tenaza sobre Sicilia y se preparaban para invadir la Italia continental marchando hacia el norte, Francesco vacilaba en Nápoles y sus ministros discutían entre sí y conspiraban.

Solo el 26 de junio supieron al fin los napolitanos cómo planeaba responder a la crisis la monarquía borbónica. A temprana hora de esa mañana, se fijaron carteles en las principales arterias de la ciudad que proclamaban el «Acta Soberana».Entre las Líneas En ella, el rey Francesco decretaba que el Reino de las Dos Sicilias dejaba de ser una monarquía absoluta y abrazaba a partir de entonces la política del constitucionalismo. Acababa de formarse ya un gobierno que incluía a los patriotas liberales. Habría, además, una amnistía para todos los prisioneros políticos. Y la bandera nacional habría de incluir a partir de entonces el emblema tricolor italiano del blanco, rojo y verde, coronado por el escudo de armas de la dinastía borbónica.

Los madrugadores que llegaron a leer el Acta Soberana el 26 de junio temían que los vieran leyéndola: siempre había la posibilidad de que fuera solo una provocación para forzar a los liberales a asomar la cabeza y convertirlos de ese modo en blancos fáciles para los feroci.Si, Pero: Pero al cabo de unas pocas horas los napolitanos habían terminado de comprender lo que esos carteles significaban verdaderamente: el Acta Soberana era un débil y desesperado intento de la monarquía de aferrarse al poder. El ímpetu creciente de la expedición de Garibaldi había dejado a Francesco en una posición desesperada y el Estado borbónico se tambaleaba.

El día que fue publicada el Acta Soberana resultó un mal día para ser agente de policía en Nápoles. Durante años, la policía había sido temida y despreciada como un instrumento corrupto de represión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Ahora se la acababa de dejar políticamente expuesta, cuando se sabía casi con certeza que se iba a desatar una batalla por el control de las calles.

Al atardecer de ese día, grupos de gentes de los callejones más pobres de la ciudad acudieron a la via Toledo para abuchear y silbar a la policía. Los tenderos bajaron las persianas y esperaron lo peor. Tenían buenas razones para estar temerosos.

Informaciones

Los desórdenes masivos invadían Nápoles con lo que parecía una regularidad estacional, y venían inevitablemente acompañados del pillaje.

Los problemas más serios comenzaron al día siguiente por la tarde. Dos facciones proletarias rivales se preparaban para una confrontación: los monárquicos gritando «¡Que viva el rey!» y los patriotas marchando a la consigna de «¡Viva Garibaldi!». Un personaje llamativo que difícilmente pasaba inadvertido en la refriega era Marianna De Crescenzo, conocida por su apodo de la Sangiovannara. Un testimonio la describió «yendo decorada como un bandolero», engalanada de cintas y banderas. Atentas a sus órdenes a gritos había una pandilla de mujeres ataviadas de igual modo, blandiendo pistolas y cuchillos. Los leales a la causa borbónica sospechaban que la Sangiovannara había contribuido a exacerbar los ánimos distribuyendo la bebida de bajo precio de su taberna, junto con propaganda subversiva italiana.

En la via Toledo, dos escuadrones de la policía se vieron atrapados entre dos facciones y, cuando un inspector dio la orden imposible de desarmar a la multitud, estalló la refriega. Algunos de los que miraban desde arriba oyeron disparos. Después de una reñida batalla, la policía se vio obligada a retirarse. Tan solo la llegada de una unidad de caballería impidió que la situación degenerara a mayores.

Hubo, eso sí, dos bajas notables a causa de la confrontación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La primera fue el embajador francés, que pasaba por la via Toledo en su carruaje cuando fue asaltado y aporreado. A pesar de que sobrevivió a la paliza, nadie pudo nunca descubrir quién había sido el responsable del ataque.

La segunda víctima fue Pepe de Aversa, el patriota que se había vuelto camorrista, sicario borbónico y agente de policía, que fue apuñalado en la manifestación y luego rematado a hachazos cuando lo trasladaban al hospital en camilla. El asesinato fue claramente planificado de antemano, aunque una vez más los responsables quedaron en las sombras.

Todo el mundo pensó que estos acontecimientos eran solo el comienzo del terror que se avecinaba. Temiendo lo peor, muchos policías escaparon para salvar su vida y no quedó nadie para resistir al empuje de la muchedumbre. Las pandillas armadas con mosquetones, garrotes, dagas y pistolas visitaron cada uno de los doce cuarteles de policía por turnos, irrumpieron en el interior, arrojaron los archivos y los muebles por las ventanas y encendieron con ellos grandes hogueras en las calles.

Sencillamente, la fuerza de policía napolitana había dejado de existir.

Así y todo, por la tarde, una calma peculiar descendió sobre la ciudad. El corresponsal del Times se sintió lo suficientemente seguro para ir a examinar la derruida estación de policía del barrio de Montecalvario y allí descubrió las palabras ¡MUERTE A LA POLI! y ¡CERRADO POR MUERTE! garabateadas a ambos lados de la entrada. Estos eslóganes espeluznantes no se correspondían, en todo caso, con lo que verdaderamente había ocurrido. Testigo tras testigo le relataron cuán inesperadamente apacibles, ordenadas y hasta lúdicas habían sido las escenas de destrucción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La multitud dio, en efecto, una paliza a los pocos polis que logró atrapar, pero en lugar de lincharlos, los traspasó al ejército. El reportero del London Daily News, presente en la escena, escribió que, aun cuando los rumores sugerían que muchos agentes de policía habían sido asesinados, él mismo no fue capaz de verificar ni un solo caso fatal.Entre las Líneas En torno a las hogueras encendidas con la parafernalia policial hubo algarabía, risas y bailes, y los chicos de la calle recortaban los uniformes de la policía y los hacían circular como souvenirs. Todo fue más una pieza de teatro callejero que un motín.

Lo más inesperado de todo fue que no hubo pillaje.Entre las Líneas En cada ocasión previa en que había habido algún levantamiento político en Nápoles, de los barrios bajos de la ciudad se había alzado una turba predadora. Esta vez, en cambio, de manera extraña, los amotinados de los mismos barrios miserables se encargaron de traspasar el efectivo y los objetos valiosos que encontraron a su paso a los oficiales del ejército o a los curas parroquiales. Desplazándose de un objetivo a otro por las calles, daban a voces garantías a los comerciantes acobardados tras sus persianas: «¿Por qué cerráis vuestros negocios? No os vamos a robar, solo queríamos deshacernos de la policía». Según el corresponsal del Times, un hombre recogió varios relojes de entre las ruinas de un cuartel de policía, pero, en lugar de guardárselos, los arrojó a la hoguera que había en el exterior. «Nadie podrá decir que los he robado», proclamó.

Eran días extraños y estaban a un paso de volverse incluso más extraños. Al atardecer de la jornada anterior a que los cuarteles policiales fueran asaltados en esa vena tan carnavalesca, el rey Francesco II nombró nuevo prefecto de policía a un abogado de nombre Liborio Romano.

Igual que el duque Sigismondo Castromediano y el economista Antonio Scialoja, Liborio Romano había entrado en prisión a comienzos de la década de 1850 por sus creencias liberales y patrióticas, pero como tenía ya cerca de sesenta años y sufría de un doloroso caso de gota, fue liberado a principios de 1852, y en 1854 obtuvo la autorización para volver a Nápoles tras firmar un pacto de lealtad al trono. Romano tenía, pues, una deuda de honor con la monarquía borbónica.Entre las Líneas En junio de 1860, cuando el rey Francesco andaba en busca de patriotas dóciles para que asumieran cargos en el gabinete anunciado por el Acta Soberana, la obligación contraída por Romano parecía hacer de él el candidato ideal. Así que lo pusieron al mando de la policía, el cargo más duro de todos.

A las pocas horas de haberlo asumido, Romano lanzó una de las iniciativas más audaces que se recuerdan dentro de la historia de la policía: ofreció a la Camorra la posibilidad de «rehabilitarse» (eran sus términos) por la vía de sustituir precisamente a la policía. Los cabecillas de la honorable sociedad aceptaron la oferta con presteza y muy pronto los camorristi, engalanados con la escarapela blanca, roja y verde de la bandera italiana, se encargaron de patrullar las calles. Como fruto de ello, Nápoles siguió en calma y Liborio Romano se convirtió en un héroe. El embajador piamontés dijo en un arrebato de emoción que «es profundamente querido por la gente y exhibe sentires muy italianos». El Times calificó a Romano como un estadista «que se ha granjeado la confianza de todos por su habilidad y firmeza», y señalaba que, de no ser por él, la ciudad estaría sumida en el caos. El 23 de julio, día de su santo, fue distinguido con luminarias en la vía pública y un desfile de farolas. De hecho, la política de Romano resultó tan exitosa que muchos camorristi fueron consecuentemente reclutados para la nueva Guardia Nacional. El peligroso verano que se avecinaba, entre el desplome del régimen borbónico y la llegada de Garibaldi, transcurrió más pacíficamente de lo que nadie hubiese esperado.

El papel extraordinario de la Camorra en el drama de Nápoles fue noticia en Turín, la nueva capital de Italia. Un semanario incluso destacó la ocasión publicando fotos muy favorecedoras de tres cabecillas de la Camorra. Uno de ellos, Salvatore De Crescenzo, es digno de un examen más detallado.

En un grabado de 1860, De Crescenzo aparece ostentando una roseta tricolor, con su mano derecha oculta dentro del abrigo, el cabello peinado con pulcritud con la raya en el medio y su rostro serio enmarcado por una barba ensortijada y restringida al mentón. La ficha policial de De Crescenzo nos permite añadir ciertos hechos a esta imagen, que nos indica que fue un industrial zapatero, probablemente nacido en 1822. Era, muy claramente, un hombre violento y fue a la cárcel por primera vez en 1849 por herir de seriedad a un marinero, y ese mismo año fue considerado sospechoso de haber asesinado a un compañero de reclusión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Pasó la década de 1850 entrando y saliendo de la cárcel, y su último arresto antes de que su imagen apareciera en la prensa fue en noviembre de 1859. Pese a este aterrador currículum vítae, aquel semanario de Turín declaraba que De Crescenzo y los otros camorristi eran ahora «hombres honestos y tenidos en alta estima por el partido nacional y la gente».

▷ Lo último (en 2026)
▷ Si te gustó este texto o correo, considera compartirlo con tus amigos. Si te lo reenviaron por correo, considera suscribirte a nuestras publicaciones por email de Derecho empresarialEmprenderDineroMarketing digital y SEO, Ensayos, PolíticasEcologíaCarrerasLiderazgoInversiones y startups, Ciencias socialesDerecho globalHumanidades, Startups, y Sectores económicos, para recibir ediciones futuras.

En el sur, Garibaldi hacía milagros conquistando un reino entero con un puñado de voluntarios.Entre las Líneas En Nápoles, según algunos observadores, parecía estar ocurriendo un milagro antes de que llegara Garibaldi. La Camorra había sido redimida, convertida en el nombre sagrado de la patria.

Solo que, en las sombras, allí donde la política, la violencia de las pandillas y el crimen organizado se superponían, no había ocurrido ningún milagro ni ninguna redención de la Camorra. La verdad —o al menos ciertos fragmentos de ella— solo habría de aflorar tiempo después. Algunos de esos fragmentos están en posesión de uno de los personajes más afables dentro de la historia del crimen organizado en Italia, un hotelero suizo barbudo y miope llamado Marc Monnier.

Monnier nunca estuvo en la cárcel ni ejerció cargo político alguno, pese a lo cual sabía tanto de la Camorra como todo el mundo en Nápoles, gracias a su ocupación: administraba el Hôtel de Genève, que se levantaba en mitad del bullicio de la via Medina. El hotel acogía principalmente a visitantes en viaje de negocios; Herman Melville, el autor de Moby Dick, fue uno de sus pocos huéspedes notables. El negocio familiar ponía a Monnier en contacto diario con el control territorial ejercido por la Camorra: con los porteros, cocheros, verduleros y carniceros que pagaban sobornos a la mafia local. Desde las mismas ventanas del Hôtel de Genève, Monnier podía observar a los matones cuando cobraban su tajada del diez por ciento en los juegos de cartas callejeros.

El negocio hotelero le brindó a Marc Monnier un conocimiento inapreciable de cómo funcionaba la ciudad, al igual que una fuente fiable de ingresos. Fiable pero aburrida. Su verdadera pasión era la escritura, particularmente el drama. A mediados de la década de 1850, se había convertido a la causa patriótica y asumido, por ese motivo, una misión periodística: explicar Italia al resto del mundo. La historia en desarrollo de la unificación italiana era a ratos inspiradora y a ratos confusa para los observadores extranjeros… Por no hablar de los propios italianos. Siendo a la vez un lugareño y un visitante, Monnier tenía una perspectiva en la que italianos y extranjeros (referido a las personas, los migrantes, personas que se desplazan fuera de su lugar de residencia habitual, ya sea dentro de un país o a través de una frontera internacional, de forma temporal o permanente, y por diversas razones) podían confiar por igual.

El libro La Camorra, del propio Monnier, fue publicado en 1862 y nunca ha sido superado como guía de la honorable sociedad napolitana del siglo XIX. Uno de los testimonios claves dentro del libro es el de un patriota, uno de los muchos que habían vuelto a Nápoles para conspirar en secreto a favor de la caída de la monarquía borbónica. Muchos de estos conspiradores se unieron a un grupo clandestino conocido como el «Comité de Orden» (nombre escogido para encubrir las intenciones reales de los revolucionarios). Monnier conocía bien a los conspiradores porque el Comité de Orden solía celebrar algunas de sus reuniones en el Hôtel de Genève. Y lo que Monnier supo por sus contactos fue que existía un pacto secreto entre el movimiento para la unificación de Italia y la Camorra, el cual se remontaba hasta mediados de la década de 1850.

He aquí, pues, nuestra primera lección en política napolitana: mientras que algunos patriotas eran perseguidos por la Camorra en la cárcel y otros la denunciaban desde el exilio como la peor lacra del sórdido despotismo de los borbones, en Nápoles había otros que intentaban hacer un pacto con los cabecillas del hampa.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Pero ¿por qué razón podía querer el Comité de Orden entablar amistad con los gángsteres de la Camorra? Pues porque habían aprendido las lecciones que brinda la historia napolitana.Entre las Líneas En repetidas ocasiones, la monarquía borbónica había reclutado a los sectores urbanos más pobres para que la resguardaran del cambio: a los demagogos los compraban con dinero y los convencían de dirigir a las masas contra sus enemigos políticos. Cualquier revolución política fracasaría una vez más si no era capaz de controlar las calles. La Camorra era organizada, violenta y estaba arraigada en los mismos callejones que generaban esas masas tan afamadas. Con la Camorra de su lado —o, cuando menos, una parte sustancial de la Camorra—, Italia podría conquistar Nápoles y con él, la totalidad del sur del país. El Comité de Orden se creó para competir con la policía borbónica por la amistad de la Camorra.

Ahora bien, no todos los líderes patriotas estaban de acuerdo con esta táctica maquiavélica. Y de ninguna manera todos los camorristi concordaban con ella.Si, Pero: Pero la posibilidad de un acuerdo entre los patriotas y el hampa hizo surgir un verdadero temor entre las autoridades borbónicas.Entre las Líneas En octubre de 1853, la policía (estando ella misma plagada de camorristi) señaló (informó) que «los liberales están empeñados en reclutar gente de entre una perniciosa clase de individuos surgidos de la plebe, a los que se conoce como camorristi».Entre las Líneas En el listado de camorristi políticamente sospechosos estaba Salvatore De Crescenzo, el cabecilla cuya redención ocuparía los titulares siete años después.

Marc Monnier supo del pacto entre el Comité de Orden y la honorable sociedad por una fuente a la que alude solo como el «caballero napolitano». Este caballero napolitano le contó que, en algún momento a mediados de la década de 1850, él mismo había hecho arreglos para encontrarse con los cabecillas camorristi en las afueras del lado norte de la ciudad. Allí los vio llegar uno por uno, cada cual con un sombrero cuya ala le cubría a medias el rostro, cada uno anunciándose con la misma señal: un ruido hecho con los labios que sonaba parecido a un beso.

El caballero napolitano contó que su primer encuentro con los líderes de la honorable sociedad comenzó mal, y que muy pronto fue a peor. Los camorristi partieron regañándolo: él y sus amigos tan bien vestidos y muy bien educados habían ignorado las necesidades de los pobres. La «sagrada chusma», le advirtieron, no tenía intenciones de permitir que la gente como él, que ya era muy rica, cosechara los frutos de la revolución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Después de este ataque verbal inicial, los camorristi se pusieron a hacer negocios. Se necesitaría dinero para provocar una revuelta patriótica contra la monarquía borbónica. Mucho dinero. Para comenzar, exigían un botín (véase qué es, su concepto; y también su definición como “booty” en el derecho anglosajón, en inglés) de diez mil ducados cada uno. Al cambio del año 2010, en una estimación aproximada, estaban pidiendo la minucia (detalle muy pequeño) de ciento veinticinco mil euros o ciento cinco mil libras esterlinas por cabeza para contribuir al derrocamiento del Estado borbónico.

El caballero napolitano balbuceó un ruego para que los camorristi adoptaran una perspectiva algo menos materialista del asunto, pero su protesta fue en vano. Los patriotas acordaron pagarle a la Camorra. A partir de entonces, cada cabecilla del inframundo recibió sumas regulares de dinero proporcionales al número de hombres bajo su mando.
Tal y como resultaron las cosas, los preparativos de la Camorra para la inminente revolución distaron con mucho de ser incondicionales. Confirieron rangos a sus seguidores, como si hubieran sido parte de un ejército, y los engalanaron con grandes emblemas en que se leía el santo y seña de los patriotas: ORDEN. Aun así, nunca dieron del todo el salto de la fase de preparar una revuelta a la de iniciar una de hecho.Entre las Líneas En rigor, estaban más interesados en chantajear a los conspiradores patriotas amenazándolos con contar todo a la policía borbónica a menos que les dieran más dinero.

Las cosas pintaban bastante mal para los patriotas de Nápoles cuando, de repente, en 1859, la situación cambió, al completarse la primera fase de la unificación italiana en el norte.Entre las Líneas En el sur, el Reino de las Dos Sicilias parecía de pronto muy vulnerable.Entre las Líneas En este nuevo clima de temor, la relación entre la policía borbónica y los matones callejeros se quebró.Entre las Líneas En noviembre de ese año, el gobierno ordenó una gran redada contra los camorristi y el traslado de muchos de ellos, incluido Salvatore De Crescenzo, a prisiones isleñas lejos de la costa italiana.
Los líderes de la Camorra —o al menos algunos de ellos— se dieron cuenta de que una alianza con el Comité de Orden podía resultar, de hecho, muy útil y no puramente lucrativa.

La invasión de Sicilia por Garibaldi en mayo del año siguiente y el giro desesperado del gobierno hacia la opción política constitucionalista llevaron la situación a su clímax. Despidieron al jefe de la policía que había organizado la redada de noviembre contra los gángsteres y liberaron a los prisioneros políticos, al igual que a muchos camorristi, todos ellos echando pestes contra la policía borbónica. Entonces el gobierno emitió el Acta Soberana y comenzó el teatro callejero.

La razón de que la muchedumbre armada que atacó los cuarteles de policía diera muestras de tan notoria autocontención era que muchos de los que la integraban eran camorristi aliados con los patriotas, que deseaban quitar de en medio a la policía borbónica pero no que la ciudad se sumiera en la anarquía. Mariana De Crescenzo, la tabernera conocida como la Sangiovannara que se engalanó con cintas y estandartes para liderar a la multitud patriótica, fue en esto una figura clave. Se rumoreaba que había ayudado a los prisioneros patriotas a pasar de contrabando mensajes desde el interior de las cárceles borbónicas.Si, Pero: Pero lo más relevante es que era la prima de Salvatore De Crescenzo, el jefe de la Camorra. Como dijo de ella Marc Monnier, nuestro hotelero suizo: «Sin estar afiliada a la “sociedad”, conocía a todos sus miembros y los reunía en su casa para que mantuvieran conversaciones secretas de alto riesgo». Las conversaciones entre los patriotas y la Camorra entraron en una nueva fase una vez que la fuerza de policía napolitana se diluyó y Liborio Romano se hizo cargo de imponer el orden en la ciudad. ¿Por qué pidió Romano a la Camorra que hiciera de policía en Nápoles? Varias y muy diversas teorías circularon a raíz de este hecho. Marc Monnier, como el espíritu generoso que era, da una explicación muy caritativa. Romano, como su padre antes que él, era masón, igual que lo eran otros líderes patriotas, e igual que lo era el propio Garibaldi. El cóctel típicamente masón de camaradería, altos ideales y farsa ritualista calzaba estupendamente con el proyecto en apariencia imposible de crear una patria común con los fragmentos dislocados de Italia. La conquista por Garibaldi del Reino de las Dos Sicilias parecía a punto de convertir esos ideales en realidad. Tal vez, sostenía Monnier, Liborio Romano veía a la honorable sociedad como una versión primitiva de su propia secta y tenía la esperanza de que ella pudiera convertirse a los mismos fines humanitarios. Tal vez.

📬Si este tipo de historias es justo lo que buscas, y quieres recibir actualizaciones y mucho contenido que no creemos encuentres en otro lugar, suscríbete a este substack. Es gratis, y puedes cancelar tu suscripción cuando quieras:

Qué piensas de este contenido? Estamos muy interesados en conocer tu opinión sobre este texto, para mejorar nuestras publicaciones. Por favor, comparte tus sugerencias en los comentarios. Revisaremos cada uno, y los tendremos en cuenta para ofrecer una mejor experiencia.

Cronistas menos generosos y más realistas afirmaban sencillamente que la Camorra amenazó a Romano con desencadenar la anarquía en las calles a menos que sus miembros fueran reclutados para integrar la policía. También se rumoreó que la Camorra amenazó con matar al propio Romano. Otras voces, todas partidarias resentidas de los borbones, hay que decirlo, postulaban que Romano no había sido en absoluto amenazado y que él y otros patriotas eran voluntariosos compañeros de ruta de la Camorra.

Durante muchos años, Romano se revolvió en su propio mutismo mientras otros intentaban darle un sentido a lo que había hecho. Con el tiempo, su imagen pública de salvador de Nápoles fue revertida y la mayoría de quienes conformaban la opinión pública llegaron a considerarlo un individuo cínico, corrupto y engreído; había consenso en que Romano había estado en todo momento confabulado con la Camorra. Finalmente, varios años después, el mismo Romano hizo el intento de contar su parte del asunto y magnificar su papel como constructor de la historia con mayúsculas en aquel verano turbulento de 1860.Si, Pero: Pero su relato, con una mezcla de dramatismo autorreferente y evasiva jactancia, sirvió únicamente para alimentar las peores sospechas, ya que daba a entender, como mínimo, que tenía mucho que esconder.

La explicación de Romano acerca de cómo persuadió a la Camorra para que sustituyera a la policía borbónica es tan sinuosa y falaz que llega a ser cómica. Dice que él en persona solicitó al capo más famoso de la honorable sociedad que se reuniera con él en su despacho de la prefectura. Cara a cara con el infame maleante, Romano abrió la conversación con un discurso emocionante, explicando que el régimen anterior había denegado todas las vías para mejorar su situación a gente que trabajaba duramente pero no tenía un patrimonio (aquí deberá perdonarse al camorrista que se sonrojara de solo imaginar que esta frase aludía a él). Romano siguió adelante: se daría a los hombres de la honorable sociedad la opción de correr un tupido velo sobre su pasado vergonzante y de «rehabilitarse ellos mismos». Los mejores de entre ellos serían reclutados para integrar una fuerza de policía renovada, que no estaría ya más maniatada por «perversos matones y viles chivatos, sino por gente honesta».

Romano nos cuenta que el cabecilla mafioso se conmovió hasta las lágrimas con la visión de este nuevo amanecer. Una leyenda de la Camorra sostiene que ese líder no era otro que Salvatore De Crescenzo.

Autor: John Dickie

Recursos

[rtbs name=”informes-jurídicos-y-sectoriales”][rtbs name=”quieres-escribir-tu-libro”]

Notas y Referencias

  1. Información sobre Formas de delincuencia en la Enciclopedia Online Encarta

Véase También

Guía sobre Formas de delincuencia

▷ Esperamos que haya sido de utilidad. Si conoces a alguien que pueda estar interesado en este tema, por favor comparte con él/ella este contenido. Es la mejor forma de ayudar al Proyecto Lawi.
▷ Lee Gratis Nuestras Publicaciones
,Si este contenido te interesa, considera recibir gratis nuestras publicaciones por email de Derecho empresarial, Emprender, Dinero, Políticas, Ecología, Carreras, Liderazgo, Ciencias sociales, Derecho global, Marketing digital y SEO, Inversiones y startups, Ensayos, Humanidades, y Sectores económicos, en Substack.

Contenidos Relacionados:

Los de arriba son los elementos relacionados con este contenido de la presente plataforma digital de ciencias sociales.

Foro de la Comunidad: ¿Estás satisfecho con tu experiencia? Por favor, sugiere ideas para ampliar o mejorar el contenido, o cómo ha sido tu experiencia:

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

▷ Recibe gratis nuestras revistas de Derecho empresarial, Emprender, Carreras, Dinero, Políticas, Ecología, Liderazgo, Marketing digital, Startups, Ensayos, Ciencias sociales, Derecho global, Humanidades, y Sectores económicos, en Substack. Cancela cuando quieras.
Index

Descubre más desde Plataforma de Derecho y Ciencias Sociales

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo