Camorra
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[aioseo_breadcrumbs]Historia de la Camorra
La Camorra nació en las prisiones. Por la época en que el duque de Castromediano entró al Castello del Carmine, el reinado de las pandillas entre rejas era un hecho conocido desde hacía siglos en la Italia meridional (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Bajo el ancien régime era más fácil y barato delegar el control diario de las prisiones a los internos más rudos. Fue entonces, a mediados del siglo XIX, cuando los chantajistas de las prisiones se constituyeron en una sociedad secreta y bajo juramento, y pusieron un pie en el universo exterior a las mazmorras. La historia de cómo sucedió está llena de intrigas, pero básicamente consiste en recuperar cada matiz e ironía apreciables en el encuentro inicial del duque de Castromediano con el camorrista. Por ahora, esa historia puede resumirse en una sola palabra: Italia.
En 1851, lo que ahora denominamos Italia era solo un «concepto geográfico» más que un Estado, dividido entre una potencia extranjera (Austria), dos ducados, un gran ducado, dos reinos y un Estado papal. El mayor de esos territorios era a la vez el más meridional: el Reino de Nápoles, o Reino de las Dos Sicilias, para emplear su denominación oficial.
Desde la capital del reino, en Nápoles, un rey de la dinastía borbónica regía sobre todo el territorio de la Italia meridional y la isla de Sicilia. Igual que la mayoría de los príncipes de Italia, los borbones de Nápoles vivían obsesionados con el recuerdo de lo que les había ocurrido en los años que siguieron a la Revolución francesa de 1789.Entre las Líneas En 1805, Napoleón depuso a los borbones y colocó a sus propios candidatos en el trono. El dominio galo trajo consigo una serie completa de innovaciones en la forma de conducir el reino. Fuera quedó el feudalismo y en su lugar llegó la propiedad privada. Fuera quedó una confusa asamblea en que se mezclaban las tradiciones locales, las jurisdicciones eclesiásticas y de los grandes barones y las ordenanzas públicas; en sustitución de ella se creo un nuevo código de derecho civil y los rudimentos de una fuerza policial. La región meridional de la península Itálica comenzó a parecerse por primera vez a un Estado moderno y centralizado.
En 1815, Napoleón fue finalmente derrotado. Cuando los borbones retornaron al poder, se adhirieron a las grandes ventajas que las reformas al estilo francés podían tener para garantizar su propia autoridad.Si, Pero: Pero era difícil conciliar la teoría y la práctica de la administración moderna. El trono del Reino de las Dos Sicilias era aún muy inestable y había una oposición generalizada al nuevo sistema, con un mayor grado de centralización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).
Otros Elementos
Además, la Revolución francesa no solo había introducido nuevas formas de administrar un Estado en la Europa continental, sino que también había difundido ideas muy volátiles acerca del gobierno constitucional, la nación y hasta la democracia.
El duque de Castromediano pertenecía a una generación de hombres jóvenes que dedicaron sus empeños a edificar una patria italiana, una madre patria que encarnara los valores del gobierno constitucional, la libertad y el imperio de la ley. Después de intentar convertir esos valores en una realidad política durante las revueltas de 1848-1849 y fallar en el intento, muchos patriotas como Castromediano pagaron por sus creencias siendo arrojados al reino de los camorristi en las mazmorras.
Ese trato de prisioneros políticos, de «caballeros» hechos prisioneros, se convirtió muy pronto en un escándalo.Entre las Líneas En 1850, un miembro muy exaltado del Parlamento británico, William Ewart Gladstone —el futuro «gran anciano» de la institución—, inició una prolongada estancia en Nápoles para contribuir a la salud de su hija. Gladstone se involucró en los asuntos locales por las súplicas de hombres como Castromediano. A comienzos de 1851, las autoridades napolitanas permitieron, de manera poco astuta, que Gladstone visitara algunas de las cárceles de la ciudad. El visitante quedó horrorizado por la «inmundicia bestial» que presenció, donde detenidos políticos y delincuentes comunes de la peor ralea se mezclaban de forma indiscriminada y sin ninguna clase de vigilancia. Los mismos prisioneros administraban el lugar: «Son una comunidad autogobernada, siendo la principal autoridad la de los gamorristi [sic] los hombres más célebres entre ellos por sus audaces fechorías».
El error ortográfico no alteraba la verdad de lo que Gladstone escribió. O, al menos, la fuerza polémica de su argumentación: tan pronto como emergió de las prisiones napolitanas despachó dos cartas abiertas condenando al gobierno del rey borbón como «la negación de Dios, erigida en sistema de gobierno». Los camorristi eran ahora un garrote diplomático con el cual asestarle a los borbones. Cualquier gobierno que confiase la gestión de sus prisiones a unos matones violentos no merecía seguir en pie. Por cortesía de Gladstone, las bandas del crimen organizado de Italia se convirtieron en lo que nunca más han dejado de ser a contar desde entonces: un detonante de la controversia política.
La solidaridad internacional con los mártires patriotas encarcelados pasó a jugar un papel relevante en la secuencia casi milagrosa de acontecimientos que convirtieron finalmente a Italia en una patria, o algo parecido.Entre las Líneas En 1858, el primer ministro del reino itálico de Piamonte-Cerdeña, al norte del país, firmó un pacto secreto con Francia para expulsar a Austria por la fuerza del norte de Italia. Al año siguiente, tras una horrenda orgía de sangre en las batallas de Magenta y Solferino, Piamonte-Cerdeña absorbió el antiguo dominio austríaco de Lombardía. El éxito militar del Piamonte desencadenó levantamientos más al sur, en los distintos ducados centrales, así como algunos de los territorios papales (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Buena parte del norte de la península se había convertido ahora en Italia. Europa contenía el aliento y esperaba el siguiente movimiento.
Entonces, en mayo de 1860, Giuseppe Garibaldi realizó una de las mayores hazañas nunca vistas del idealismo humano cuando desembarcó en Marsala, la costa al extremo oeste de Sicilia, con poco más de mil voluntarios patriotas con sus camisas rojas. Después de sus primeras y dudosas victorias, la revolución comenzó a cobrar fuerza a la zaga de la expedición liderada por Garibaldi. Pronto había conquistado la capital siciliana de Palermo, tras lo cual dirigió su ejército, cada vez más numeroso, hacia el este para invadir la Italia continental. A principios de septiembre entró en Nápoles. Italia sería en lo sucesivo, por primera vez en su historia, un solo país.
Con Italia unificada, los patriotas encarcelados del Reino de las Dos Sicilias pudieron transformar sus prolongados padecimientos en credibilidad política. Y viajaron al norte, a la capital piamontesa de Turín, al pie de los Alpes, para sumarse a la primera élite nacional del nuevo país.
Hemos escuchado infinidad de veces la historia del Risorgimento, de cómo se unificó Italia. Mucho menos conocida es la subtrama siniestra que rodea dicha unificación: la irrupción de la Camorra. La mayor parte de los múltiples hilos de esa subtrama fueron activados en las mazmorras donde los patriotas se toparon con los camorristi. De manera que los prisioneros patriotas son nuestros principales testigos de la historia temprana de la Camorra. No solo eso: algunos de ellos se involucraron personalmente en la histórica refriega, como héroes y a la vez como villanos.
Una Italia unificada era aún un sueño vago cuando el duque Sigismondo Castromediano fue encarcelado en 1851. Pero, cuando esas primeras horas traumáticas en prisión se convirtieron en días, meses y años, encontró fuentes adicionales para resistir, sumándolas a sus sueños políticos: la camaradería de sus compañeros de degradación, pero también una voluntad de comprender a su adversario. Para el duque de Castromediano, darle un sentido a la Camorra era un asunto de vida o muerte.
Podemos hacer nuestros sus hallazgos, ya que siguen siendo válidos hasta hoy.Entre las Líneas En prisión, Castromediano pudo observar a la Camorra temprana en condiciones de laboratorio, cuando esta perfeccionaba una metodología criminal destinada a infiltrarse y subvertir la misma nación que el duque se había esforzado por crear.
Castromediano inició su estudio de la Camorra de la manera más concreta imaginable: siguiendo la huella del dinero. Y lo que más le impresionó de lo que él mismo denominaba los «impuestos» de la Camorra fue que estos se recaudaban en todas y cada una de las facetas de la vida del encarcelado, incluidos el último mendrugo de pan y el jirón más miserable de su vestimenta.
En un rincón de la mayoría de las mazmorras del reino había un pequeño altar dedicado a la Virgen. El primer impuesto que se cobraba a los recién llegados era a menudo justificado como un pago por «el petróleo para la lámpara de la Virgen», una lámpara que rara vez estaba encendida, por no decir nunca. Los convictos debían incluso alquilar el trozo de suelo en el que dormían.Entre las Líneas En el argot de la prisión, ese lugar para dormir se denominaba un pizzo. No por coincidencia, quizá, la misma palabra equivale hoy a un soborno (véase qué es, su definición, o concepto jurídico, y su significado como “bribery” en derecho anglosajón, en inglés) o un pago por protección. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Cualquiera que se mostrara renuente a pagar el pizzo era sometido a castigos que iban desde insultos, pasando por palizas y cortes con navaja, hasta el asesinato.
Castromediano fue testigo de un episodio que ilustra cómo el sistema de financiación (o financiamiento) de la Camorra en las cárceles implicaba algo bastante más profundo que el robo a secas, y algo mucho más siniestro que la mera exacción de impuestos.Entre las Líneas En cierta ocasión, un camorrista que acababa de ingerir «una sopa suculenta y un buen trozo de asado», arrojó un nabo a la cara de un hombre cuya magra ración de pan y caldo había confiscado en lugar del soborno. Con el vegetal arrojado venían incluidos los insultos: «Aquí tienes, ¡un nabo! Eso debiera bastar para mantenerte con vida… Al menos por hoy. Mañana será cosa del diablo lo que haga contigo».
La Camorra convertía las necesidades y derechos de sus compañeros de prisión (como su pan o su pizzo) en favores. Favores por los que tenían que pagar de una u otra forma. El sistema de la Camorra se basaba en su poder de conceder o retirar tales favores. O incluso de arrojárselos a la cara a los demás. La auténtica crueldad del episodio del nabo arrojado es que el camorrista estaba concediendo un favor, el cual podría haber negado con la misma facilidad.
El duque de Castromediano tenía un sentido muy agudo para percibir episodios que hacían más dramáticas las estructuras subyacentes al poder de la Camorra en las prisiones. Una vez escuchó a dos presos discutiendo acerca de una deuda. Solo había unos cuantos centavos en juego, pero no pasó mucho tiempo hasta que un camorrista intervino: «¿Qué derecho tenéis a discutir, a menos que la Camorra lo haya autorizado?». Dicho esto, se apropió de las monedas en disputa.
Todo recluso que hiciera valer un derecho básico —como librar una discusión o respirar tranquilo su propio aire— estaba ofendiendo la autoridad de la Camorra. Y todo recluso que intentara siquiera reclamar justicia a una autoridad externa a la prisión estaba cometiendo traición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El duque conoció a un hombre a quien le habían introducido las manos en agua hirviendo por osar escribir al gobierno y mencionar las condiciones en prisión.
Mucho de lo que Castromediano aprendió acerca de la Camorra fue durante su estancia en una prisión de Procida, una de las islas que, como Capri e Ischia, sus bellas hermanas, está situada en la boca de la bahía de Nápoles. Cuando rememoraba tiempo después su época en Procida, afloró en su discurso una ira no digerida: «La mayor cárcel en las provincias meridionales. La reina de las cárceles, la dulce colmena de la Camorra y el comedero para cebar a los guardias a cargo y a cualquiera que contribuya a apoyar a la Camorra; la gran letrina donde, por la fuerza de la naturaleza, se filtra la escoria más abominable de la sociedad».
Fue en la letrina de la cárcel de Procida, que desembocaba directamente al mar, donde el duque tuvo contacto con otra faceta crucial del sistema de la Camorra. Cierto día reparó en dos figuras humanas bosquejadas con un trozo de carbón en un muro. Una de ellas tenía los ojos desorbitados y de su boca torcida emanaba un aullido silencioso. Con su diestra hundía una daga en el vientre de la otra, que se retorcía de dolor y estaba a punto de desplomarse. Sobre cada una de las figuras estaban sus iniciales. Al pie de la escena estaba escrito: «Juzgado por la “sociedad”», expresión seguida de la misma fecha en la que el duque se topó con ella.
Castromediano ya sabía que la «sociedad» u «honorable sociedad» era el nombre que la Camorra se daba a sí misma.Si, Pero: Pero el garabato en la pared era opaco en su significado. «¿Qué significa esto?», preguntó, con su candor habitual, al primero que pasó. «Significa que hoy es el día para hacer justicia con un traidor. O bien la víctima dibujada aquí está ya en la capilla exhalando su último aliento, o dentro de unas pocas horas la colonia penal de Procida tendrá un interno menos, y el infierno uno más».
El prisionero le explicó cómo era que la «sociedad» había llegado a una decisión, cómo sus líderes habían dado una orden y cómo todos los miembros excepto la víctima habían sido informados de lo que estaba por ocurrir. Nadie, por supuesto, había divulgado este secreto a voces.
Entonces, justo cuando el hombre advertía al duque que guardara silencio, del pasillo vecino les llegó una maldición en voz alta, seguida de un alarido prolongado y angustioso que fue gradualmente sofocado, seguido a su vez de un resonar de cadenas y el rumor de unos pasos que corrían.
«El asesinato se ha consumado», fue todo cuanto dijo el otro prisionero.
Invadido por el pánico, el duque huyó precipitadamente a su propia celda, pero nada más doblar la primera esquina del corredor se tropezó con la víctima, herida con tres puñaladas en el corazón. El único allí presente era el hombre al que la víctima estaba encadenado. La actitud de ese hombre quedaría grabada a fuego en la memoria de Castromediano. Quizá fuera él mismo el asesino. Cuando menos, era un testigo presencial. Así y todo, contemplaba el cadáver a sus pies con «una combinación indescriptible de estulticia y ferocidad», mientras esperaba en calma a que los guardias trajeran el martillo y el yunque para separarlo de su compañero muerto.
Castromediano llamaba a lo que había presenciado un «simulacro» de justicia; esto es, un asesinato con la fachada de una pena capital. La Camorra no solo asesinaba al traidor. Lo más relevante era que se empeñaba en que el asesinato pareciera algo legítimo, «legal». Había un juicio y un juez de por medio, testigos de cargo y abogados de la fiscalía y la defensa. El veredicto y la sentencia emanados del tribunal se hacían públicos, aunque en los muros de una letrina en lugar de un edicto judicial. La Camorra también se empeñaba en una torcida forma de aprobación democrática para sus fallos judiciales, asegurándose de que todos evitaran que la víctima supiera lo que iba a ocurrir.
Los tribunales de la Camorra no llegaban a un fallo en nombre de la justicia. Más bien, el valor que los regía era el «honor». El honor, en el sentido que la «sociedad» lo entendía (un sentido que Castromediano designa como una «aberración de la mente humana»), implicaba que un afiliado debía resguardar a sus camaradas a cualquier costo (o coste, como se emplea mayoritariamente en España) y compartir sus infortunios con ellos. Las disputas debían resolverse de la manera aprobada, habitualmente en un duelo (véase más información, y sobre sus dos significados) a cuchillos; los juramentos y pactos tenían que respetarse, las órdenes obedecerse y el castigo aceptarse cuando fuera debido.
Pese a toda esa jerga relativa al honor, la realidad de la existencia de la Camorra distaba con mucho de ser armoniosa, como bien lo recuerda Castromediano: «Las relaciones entre esos individuos maldecidos hervían en discusiones, odios y envidias.
Detalles
Los asesinatos repentinos y horribles actos de venganza eran perpetrados a diario». Un asesinato cometido por venganza apuntaba a defender el honor personal y, como tal, podía quedar fácilmente sancionado por el sombrío sistema judicial de la Camorra. Si una venganza era legítima o no dependía en parte de las reglas y precedentes legales de la «sociedad», que eran transmitidos oralmente de una generación de criminales a otra. Y lo que es más importante: su legitimidad dependía de si la venganza era cometida por un camorrista suficientemente temible como para imponer su voluntad.Entre las Líneas En la Camorra de prisiones, más que en ningún otro sitio, las reglas eran el instrumento de los ricos y poderosos. El honor era ley de todos aquellos que estaban por encima de la ley.
Los «impuestos» de la Camorra. La «justicia» de la Camorra. Castromediano habla a su vez de la «jurisdicción» de la Camorra, de sus «emblemas de los cargos» y de su «administración». La terminología que emplea es impactante, consistente y adecuada: es el léxico asociado (véase qué es, su concepto jurídico; y también su definición como “associate” en derecho anglo-sajón, en inglés) al poder estatal. Lo que describe es un sistema de autoridad criminal que imita las labores de un Estado moderno, aunque sea en las tinieblas sepulcrales de una mazmorra.
Ahora bien, si es efectivo que la Camorra de las prisiones era una suerte de Estado en las sombras, su idea de cómo tenía que ser el Estado era ciertamente intervencionista. El duque de Castromediano vio a los camorristi promover el juego de apuestas y el alcohol por su plena conciencia de que tales actividades podían quedar sujetas a impuestos. (De hecho, la práctica de aceptar sobornos de los apostadores estaba tan asociada a los gángsteres, que dio pie a una teoría muy popular acerca de cómo la Camorra obtuvo su denominación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Morra era uno de los juegos que se practicaban, y el capo della morra era un hombre que supervisaba a los jugadores. Se sostenía que este título quedó abreviado en cierto momento a ca-morra. La teoría es, con toda probabilidad, apócrifa: en Nápoles, camorra significaba «soborno» o «extorsión» mucho antes de que nadie pensara en aplicar el término a una sociedad secreta.)
Los juegos de cartas y las botellas de vino generaban otras oportunidades de ganar dinero: la Camorra proveía de la única fuente de crédito a los apostadores desafortunados, y controlaba la taberna fétida e infestada de ratas que había en prisión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).
Otros Elementos
Además, cada objeto que la Camorra confiscaba a un prisionero incapaz de afrontar el pago de sus intereses, su botella o sus sobornos, podía ser subastado a un alto precio fijado a discreción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En los calabozos resonaban los gritos con que los vendedores ambulantes anunciaban prendas de ropa grasientas y trozos de pan rancio. La explotación de los encarcelados en todo momento daba origen a una economía escuálida. Como establecía precisamente un viejo dicho de la Camorra, facimmo caccia’ l’oro de’ piducchie: «Extraemos oro de las pulgas».
El sistema de la Camorra incluía también a los altos cargos de la prisión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Obviamente, muchos de los guardias estaban en nómina. Esta forma de corrupción no solo brindaba a la Camorra la libertad que requería para operar, sino que además ponía en circulación algunos favores adicionales. Por un precio determinado, los prisioneros podían usar sus propias vestimentas, dormir en celdas separadas, gozar de mejores alimentos y tener acceso a medicamentos, cartas, libros y velas. Al gestionar el tráfico de mercancías que entraban y salían de la prisión, la Camorra inventó, a la vez que monopolizaba, un mercado completo de productos de contrabando.
De modo que la Camorra de las prisiones contaba con un negocio dual, pensado para extraer oro de las pulgas: por una parte, los «impuestos», fruto de la extorsión, y por otra, el negocio de contrabando. La Camorra actual opera exactamente sobre los mismos principios. Lo único que ha cambiado es que las «pulgas» se han vuelto más grandes. Los sobornos antes cobrados por un espacio para tender el jergón son ahora tajadas de grandes contratos de obras públicas. Las velas y alimentos de contrabando que se introducían en prisión son ahora remesas de narcóticos que se introducen en el país.
El duque de Castromediano pasó sus años de preso político en varias cárceles, pero dondequiera que estuvo comprobó que la Camorra estaba al mando. De modo que su historia personal no está solo asociada a los orígenes de lo que hoy se conoce como la Camorra napolitana. Prisioneros de distintas regiones se mezclaban en cárceles por todo lo largo y ancho de la región meridional de la península Itálica, en Sicilia y en muchas islas menores. Todos ellos se referían a sí mismos como camorristi.
El duque advirtió, eso sí, diferencias en el código de vestuario adoptado por los camorristi de distintas regiones. Los sicilianos tendían a preferir la felpa negra (el camorrista que se presentó al duque en su primer día en el Castello del Carmine era siciliano). No hace mucho, los napolitanos vestían igual, pero de un tiempo a esta parte han comenzado a preferir, como signos de su estatus, la ropa de cualquier color mientras sea de calidad y se le puedan adherir múltiples accesorios dorados: relojes y cadenas de oro, pendientes de oro, macizos anillos de oro, todo ello coronado por un fez ornamentado con infinidad de galones, bordados y una borla dorada.
Había sólidas lealtades y rivalidades entre los camorristi de distintas regiones. Según la experiencia del duque de Castromediano, los napolitanos alimentaban una «antipatía inveterada» hacia los calabreses. Cuando esa antipatía estallaba en abiertas hostilidades, los camorristi de todas partes tendían a alinearse de una manera ya conocida: a los napolitanos se unían los hombres del campo cercano a Nápoles y a los de Puglia; todos los demás optaban por los calabreses. A los sicilianos, por su parte, «les encantaba mantenerse al margen», según decía Castromediano, «pero si se ponían a favor de uno u otro bando, ¡oh!, ¡las vendettas eran brutales!». En los peores casos, «decenas de cadáveres abarrotaban el cementerio de la prisión».
La honorable sociedad
Pese a sus cruentas rivalidades y sus muchas cualidades distintivas, los mafiosi sicilianos, al igual que los camorristi napolitanos y los ‘ndranghetisti, aludían todos a sí mismos como miembros de la honorable sociedad. Su léxico compartido es un indicio de su origen también compartido en el sistema de prisiones del Reino de las Dos Sicilias. De hecho, todo lo que Castromediano descubrió en prisión acerca de la Camorra es no solo válido hasta hoy; sigue siendo válido para la Mafia siciliana y la ‘Ndrangheta calabresa. Las organizaciones criminales de Italia se hallan involucradas en el tráfico ilegal y operan a la vez como un Estado en la sombra, que mezcla los «impuestos» por extorsión y sistemas judiciales y políticos alternativos. Si se las dejara hacer, las honorables sociedades italianas transformarían el mundo entero en una gigantesca prisión, administrada por medio de sus reglas tan simples como brutalmente efectivas.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Siete años y medio después de que Sigismondo Castromediano ingresara en el Castello del Carmine, la presión diplomática en contra del régimen borbónico terminó por dar frutos para los presos políticos; igual que otros, el duque vio conmutada su sentencia por el exilio permanente. Para entonces, su pelo había encanecido completamente. Una de las pocas cosas que hizo antes de que lo liberaran fue sobornar al carcelero para que le dejara quedarse con dos tristes souvenirs: sus grilletes y su túnica roja.
Más Información
Las humillaciones de sus años de prisión lo acompañarían durante el resto de su vida.
El duque pasó poco más de un año en el destierro. Entonces irrumpió Garibaldi, el Estado borbónico se desplomó y su territorio se convirtió en parte de Italia.Entre las Líneas En Turín, el 17 de marzo de 1861, Castromediano estaba en el Parlamento para ver a Víctor Manuel II, el rey de Piamonte-Cerdeña, al ser nombrado monarca heredero del nuevo reino. El ideal por el cual tanto había sufrido era ahora una realidad oficial.
Muy pronto perdió la posición parlamentaria que su martirio en prisión le había granjeado. Retornó a su localidad ancestral en Puglia, la región en el talón de la bota itálica. Mientras estaba en la cárcel, su castillo cercano a la ciudad de Lecce había sufrido un serio deterioro, pero él mismo había sido succionado hasta la miseria por la sanguijuela de la Camorra y nunca más dispondría del dinero para renovarlo. Los visitantes ocasionales del duque en el curso de los años tenían la impresión de que el castillo era un escenario apropiado para un hombre que había soportado tantas penurias por la causa patriótica: se había convertido en una ruina a medias, parecida a esas de las novelas románticas que habían inflamado el patriotismo del propio duque en su juventud.Entre las Líneas En una esquina de la capilla dentro del castillo, en permanente exposición, estaban lo que él llamaba sus «ornamentos»: la cadena y la túnica de prisión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La Camorra se había infiltrado en el alma del duque, infectándolo de una melancolía recurrente: «la prole del infierno», la llamaba él, «una de las sectas más inmorales y devastadoras que la infamia humana ha podido concebir».
A los pocos días de su liberación, comenzó a redactar unas memorias de su época en cautiverio, que estaban inconclusas, pese a todo, cuando falleció en su castillo treinta y seis años después. Su texto, Political Prisons and Jails («Prisiones y cárceles políticas»), se lee como la obra de un individuo aún sumido en la batalla por reconciliarse con su pasado. Su narración es ocasionalmente embrollada y reiterativa, pero en sus mejores momentos resulta un vívido relato de cómo iniciaron su andadura las mafias italianas.
Lo que el propio Castromediano no podía apreciar estando en la cárcel era que la Camorra había dado ya sus primeros pasos fuera de las mazmorras y había salido a la calle.
Autor: John Dickie
Camorra y la lucha contra la delincuencia organizada transnacional en Italia
Sobre la Camorra napolitana, hay algunos datos de su historia que llaman más la atención que otros. Tras la caída del muro de Berlín, Pietro Licciardi transfirió la mayor parte de sus propias inversiones, legales e ilegales, a Praga y Brno. La actividad criminal en la República Checa estaba totalmente controlada por el clan Secondigliano, que aplicó la lógica de la periferia productiva y se propuso acaparar el mercado alemán. Pietro Licciardi tenía perfil de gerente, y sus socios comerciales le llamaban “el emperador romano” por su actitud autoritaria y su arrogante creencia de que el mundo entero era una extensión de Secondigliano. Había abierto una tienda de ropa en China -un pied-à-terre comercial en Taiwán- para aprovechar la mano de obra barata e introducirse en el mercado interior chino. Fue detenido en Praga en junio de 1999.
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En esta plataforma digital se analiza la lucha de Italia contra la delincuencia organizada y transnacional organizada para ver si se puede extraer alguna lección. En especial, y en relación con la lucha contra la delincuencia organizada transnacional en Italia, algunos aspectos que son estudiados son los siguientes:
- La lucha de Italia contra la delincuencia organizada.
- La cooperación contra la delincuencia organizada transnacional: la experiencia italiana.
- El uso de agentes encubiertos.
- La lucha contra el delincuencia organizada transnacional en la actualidad.
Camorra (Historia)
Camorra, organización terrorista y clandestina formada en Nápoles (Italia) a comienzos del siglo XIX. Sus miembros, llamados camorristi, estaban implicados en actividades de contrabando, chantaje, soborno, robo y asesinato. Saquearon y aterrorizaron al país durante muchos años. Este grupo, formado a raíz de una hermandad creada entre prisioneros, saltó a la luz pública hacia 1830. La Camorra prosperó durante los desórdenes que se produjeron en Italia en la lucha por la unificación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La organización se alió con las fuerzas del nacionalista italiano Giuseppe Garibaldi y contribuyó a expulsar a la casa reinante, los Borbones, del país.Entre las Líneas En el periodo que siguió a la unificación de Italia (1870), se llevó a cabo un breve e infructuoso intento de emplear a los camorristi en el cuerpo de policía. La Camorra continuó sembrando el temor por la nación y prácticamente gobernaban la ciudad de Nápoles a comienzos del siglo XX. Su poder se debilitó enormemente cuando sus miembros fueron acusados de asesinato y llevados a juicio en 1911. Esta asociación fue eliminada en 1922 por el gobierno fascista de Benito Mussolini.
Aviso
No obstante, bandas criminales similares a la Camorra siguieron operando en Nápoles, aunque desde 1984, las confesiones de algunos “arrepentidos” jefes camorristas han llevado a la desarticulación de parte de la infraestructura que habían vuelto a desarrollar desde los años 60.[1] [rtbs name=”home-historia”]
Consideraciones Jurídicas y/o Políticas
[rtbs name=”politicas”]Camorra en la Enciclopedia Jurídica Omeba
Véase:
Recursos
[rtbs name=”informes-jurídicos-y-sectoriales”][rtbs name=”quieres-escribir-tu-libro”]Notas y Referencias
- Información sobre camorra de la Enciclopedia Encarta
Véase También
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