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Masas

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Partidos Electorales de Masas: Introducción al Concepto Jurídico

De acuerdo con Eduardo Jorge Arnoletto:

La aparición de los partidos de aparato obligó a los partidos de notables a cambiar su organización y su estrategia, surgiendo así los partidos electorales de masas, tipo hacia el cual también convergieron luego los partidos de aparato. Los partidos de notables comenzaron su evolución dándose una organización estable, buscando acrecentar su masa de afiliados y vinculándose con asociaciones civiles que les dieran una base estable de consenso. La acción de estos partidos electorales de masas se dirige a lograr la movilización general de los electores, más que la de sus propios afiliados. Para lograrlo, no se dirige a una clase o estrato social en particular sino a la sociedad en general. Usa plataformas y enunciados amplios, flexibles, poco definidos. Su actividad más importante es la elección de candidatos para las elecciones. Siguen siendo importantes en ellos los “notables”, que proveen clientela electoral y fondos. Hay escasa disciplina partidaria; presentan muchas corrientes internas y notables variaciones tácticas en la forma de obrar y hablar según los lugares y las circunstancias. Son partidos “atrapa-todo”.

La democracia como manipulación de las masas

Sostenía Henry Sumner Maine, en “Popular Government” (1885) lo siguiente:

Al amparo de un gobierno como del otro, se crían y se multiplican todo tipo de intereses egoístas, especulando sobre sus debilidades y haciéndose pasar por sus servidores, agentes y delegados.

Puntualización

Sin embargo, después de hacer todas las debidas calificaciones, no niego en absoluto a las Democracias una parte de la ventaja que un pensador tan masculino como Bentham reclamó para ellas. Pero, al poner esta ventaja al máximo, está más que compensada por una gran desventaja. De todas las formas de gobierno, la democracia es, con mucho, la más difícil. Poco como la multitud gobernante es consciente de esta dificultad, propensa a que las masas lo agraven por su avidez por tomar cada vez más poderes en su gestión directa, es un hecho que la experiencia ha puesto más allá de toda disputa. Es la dificultad del gobierno democrático que explica principalmente su duración efímera.

La mayor, la más permanente y la más fundamental de todas las dificultades de la democracia reside en la constitución de la naturaleza humana. La democracia es una forma de gobierno, y en todos los gobiernos los actos de Estado están determinados por un esfuerzo de voluntad. ¿Pero en qué sentido puede una multitud ejercer la volición? El estudiante de política no puede plantearse una pregunta más pertinente que esta. No hay duda de que la opinión vulgar es que la multitud se decide cuando el individuo se decide; Las Demos se determinan como el Monarca. Una gran cantidad de frases populares dan testimonio de esta creencia. La “voluntad del pueblo”, la “opinión pública”, el “placer soberano de la nación”, “Vox Populi, Vox Dei” pertenecen a esta clase, que de hecho constituye una gran parte de las acciones comunes de la plataforma y la prensa. Pero, ¿qué significan tales expresiones? Deben significar que una gran cantidad de personas, en un gran número de preguntas, pueden llegar a una conclusión idéntica y hallar una determinación idéntica sobre ella.Si, Pero: Pero esto es manifiestamente cierto solo de las preguntas más simples. Una adición muy leve de dificultad a la vez disminuye sensiblemente la posibilidad de un acuerdo y, si la dificultad es considerable, solo las mentes entrenadas pueden llegar a una opinión idéntica que se ayuda a sí misma mediante una demostración más o menos rigurosa. Sobre las complejas cuestiones de la política, que se calculan en sí mismas para abarcar al máximo todos los poderes de las mentes más fuertes, pero en realidad están vagamente concebidas, vagamente expresadas, tratadas en su mayor parte de la manera más descuidada por los más experimentados. estadistas, la determinación común de una multitud es una suposición quimérica; y, de hecho, si fuera realmente posible extraer una opinión sobre ellos de una gran masa de hombres, y dar forma a los actos administrativos y legislativos de un Estado sobre esta opinión como un mandato soberano, es probable que los errores más ruinosos sean comprometidos, y todo el progreso social sería detenido. La verdad es que los entusiastas modernos de la democracia crean una confusión fundamental. Mezclan la teoría de que las Demos son capaces de volverse, con el hecho de que son capaces de adoptar las opiniones de un hombre o de un número limitado de hombres, y de fundamentar direcciones sobre sus instrumentos.

Autor: Williams

Las Masas a Fines del Siglo XIX

Nota: véase la movilización de las Masas y los Trabajadores a Principios del Siglo XX, y el intento, en Europa occidental, de controlar (las) movilizaciones de masas, potencial o realmente subversivas.

El período histórico (…) comenzó con una crisis de histeria internacional entre los gobernantes europeos y entre las aterrorizadas clases medias, provocada por el efímero episodio de la Comuna de París en 1871, cuya supresión fue seguida de masacres de parisinos que habrían parecido inconcebibles en los estados civilizados decimonónicos y que resultan impresionantes incluso según los parámetros actuales cuando nuestras costumbres son mucho más salvajes (…). Este episodio breve y brutal -y poco habitual para la época- que desencadenó un terror ciego en el sector respetable de la sociedad, reflejaba un problema fundamental de la política de la sociedad burguesa: el de su democratización.

Como había afirmado inteligentemente Aristóteles, la democracia es el gobierno de la masa del pueblo que, en conjunto, era pobre. Evidentemente, los intereses de los pobres y de los ricos, de los privilegiados y de los desheredados no son los mismos.Si, Pero: Pero aun en el caso de que supongamos que lo son o puedan serlo, es muy improbable que las masas consideren los asuntos públicos desde el mismo prisma y en los mismos términos que lo que los autores ingleses de la época victoriana llamaban «las clases», felizmente capaces todavía de identificar la acción política de clase con la aristocracia y la burguesía. Este era el dilema fundamental del liberalismo del siglo XIX (…), que propugnaba la existencia de constituciones y de asambleas soberanas elegidas, que, sin embargo, luego trataba por todos los medios de esquivar actuando de forma antidemocrática, es decir, excluyendo del derecho de votar y de ser elegido a la mayor parte de los ciudadanos varones y a la totalidad de las mujeres. [rtbs name=”historia-de-las-mujeres”] Hasta el período objeto de estudio en esta obra, su fundamento inquebrantable era la distinción entre lo que la mente lógica de los franceses había calificado en la época de Luis Felipe como «el país legal» y «el país real» (le pays légal, le pays réel). El orden social comenzó a verse amenazado desde el momento en que el «país real» comenzó a penetrar en el reducto político del país «legal» o «político», defendido por fortificaciones consistentes en exigencias de propiedad y educación para ejercer el derecho de voto y, en la mayor parte de los países, por el privilegio aristocrático generalizado, como las cámaras hereditarias de notables.

¿Qué ocurriría en la vida política cuando las masas ignorantes y embrutecidas, incapaces de comprender la lógica elegante y saludable de las teorías del mercado libre de Adam Smith (1723-1790, importante filósofo social y economista), controlaran el destino político de los estados? Tal vez tomarían el camino que conducía a la revolución social, cuya efímera reaparición en 1871 tanto había atemorizado a las mentes respetables. Tal vez la revolución no parecía inminente en su antigua forma insurreccional, pero ¿no se ocultaba acaso, tras la ampliación significativa del sufragio (el derecho al voto) más allá del ámbito de los poseedores de propiedades y de los elementos educados de la sociedad?

¿No conduciría eso inevitablemente al comunismo, temor que ya había expresado en 1866 el futuro lord Salisbury?
Pese a todo, lo cierto es que a partir de 1870 se hizo cada vez más evidente que la democratización de la vida política de los estados era absolutamente inevitable. Las masas acabarían haciendo su aparición en el escenario político, les gustara o no a las clases gobernantes. Eso fue realmente lo que ocurrió. Ya en el decenio de 1870 existían sistemas electorales basados en un desarrollo amplio del derecho de voto, a veces incluso, en teoría, en el sufragio (el derecho al voto) universal de los varones, en Francia, en Alemania (en el Parlamento general alemán), en Suiza y en Dinamarca.Entre las Líneas En el Reino Unido, las Reform Acts de 1867 y 1883 supusieron que se cuadruplicara prácticamente el número de electores, que ascendió del 8 al 29 por 100 de los varones de más de 20 años. Por su parte, Bélgica democratizó el sistema de voto en 1894, a raíz de una huelga general realizada para conseguir esa reforma (el incremento supuso pasar del 3,9 al 37,3 por 100 de la población masculina adulta), Noruega duplicó el número de votantes en 1898 (del 16,6 al 34,8 por 100).Entre las Líneas En Finlandia, la revolución de 1905 conllevó la instauración de una democracia singularmente amplia (el 76 por 100 de los adultos con derecho a voto); en Suecia, el electorado se duplicó en 1908, igualándose su número con el de Noruega; la porción austríaca del imperio de los Habsburgo consiguió el sufragio (el derecho al voto) universal en 1907 e Italia en 1913. Fuera de Europa, los Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda tenían ya regímenes democráticos y Argentina lo consiguió en 1912. De acuerdo con los criterios prevalecientes en épocas posteriores, esta democratización era todavía incompleta -el electorado que gozaba del sufragio (el derecho al voto) universal constituía entre el 30 y el 40 por 100 de la población adulta-, pero hay que resaltar que incluso el voto de la mujer era algo más que un simple eslogan utópico. Había sido introducido en los márgenes del territorio de colonización blanca en el decenio de 1890 -en Wyoming (Estados Unidos), Nueva Zelanda y el sur de Australia- y en los regímenes democráticos de Finlandia y Noruega entre 1905 y 1913.

Estos procesos eran contemplados sin entusiasmo por los gobiernos que los introducían, incluso cuando la convicción ideológica les impulsaba a ampliar la representación popular. Sin duda, el lector ya habrá observado que incluso países que ahora consideramos profunda e históricamente democráticos como los escandinavos, tardaron mucho tiempo en ampliar el derecho de voto. Y ello sin mencionar a los Países Bajos, que, a diferencia de Bélgica, se resistieron a implantar una democratización sistemática antes de 1918 (aunque su electorado creció en un índice comparable). Los políticos tendían a resignarse a una ampliación profiláctica del sufragio (el derecho al voto) cuando eran ellos, y no la extrema izquierda, quienes lo controlaban todavía. Probablemente, ese fue el caso de Francia y el Reino Unido. Entre los conservadores había cínicos como Bismarck, que tenían fe en la lealtad tradicional -o, como habrían dicho los liberales, en la ignorancia y estupidez- de un electorado de masas, considerando que el sufragio (el derecho al voto) universal fortalecería a la derecha más que a la izquierda.Si, Pero: Pero incluso Bismarck prefirió no correr riesgos en Prusia (que dominaba el imperio alemán), donde mantuvo un sistema de voto en tres clases, fuertemente sesgado en favor de la derecha. Esta precaución se demostró prudente, pues el electorado resultó incontrolable desde arriba.Entre las Líneas En los demás países, los políticos cedieron a la agitación y a la presión popular o a los avatares de los conflictos políticos domésticos.Entre las Líneas En ambos casos temían que las consecuencias de lo que Disraeli había llamado «salto hacia la oscuridad» serían impredecibles. Ciertamente, las agitaciones socialistas de la década de 1890 y las repercusiones directas e indirectas de la primera Revolución rusa aceleraron la democratización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Ahora bien, fuera cual fuere la forma en que avanzó la democratización, lo cierto es que entre 1880 y 1914 la mayor parte de los Estados occidentales tuvieron que resignarse a lo inevitable. La política democrática no podía posponerse por más tiempo.Entre las Líneas En consecuencia, el problema era como conseguir manipularla.

La manipulación más descarada era todavía posible. Por ejemplo, se podían poner límites estrictos al papel político de las asambleas elegidas por sufragio (el derecho al voto) universal. Este era el modelo bismarckiano, en el que los derechos constitucionales del Parlamento alemán (Reichstag) quedaban minimizados.Entre las Líneas En otros lugares, la existencia de una segunda cámara, formada a veces por miembros hereditarios, como en el Reino Unido, y el sistema de votos mediante colegios electorales especiales (y de peso) y otras instituciones análogas fueron un freno para las asambleas representativas democratizadas. Se conservaron elementos del sufragio (el derecho al voto) censitario, reforzados por la exigencia de una cualificación educativa, por ejemplo la concesión de votos adicionales a los ciudadanos con una educación superior en Bélgica, Italia y los Países Bajos, y la concesión de escaños especiales para las universidades en el Reino Unido.Entre las Líneas En Japón, el parlamentarismo fue introducido en 1890 con ese tipo de limitaciones. Esos fancy franchises, como los llamaban los británicos, fueron reforzados por el útil sistema de la gerrymandering o lo que los austríacos llamaban «geometría electoral», es decir, la manipulación de los límites de los distritos electorales para conseguir incrementar o minimizar el apoyo de determinados partidos. Las votaciones públicas podían suponer una presión para los votantes tímidos o simplemente prudentes, especialmente cuando había señores poderosos u otros jefes que vigilaban el proceso: en Dinamarca se mantuvo el sistema de votación pública hasta 1901; en Prusia, hasta 1918, y en Hungría, hasta el decenio de 1930.

Por otra parte, el patrocinio, como bien sabían muchos caciques en las ciudades americanas, podía proporcionar gran número de votos.Entre las Líneas En Europa, el liberal italiano Giovanni Giolitti resultó ser un maestro en el clientelismo político. La edad mínima para votar era elástica: variaba desde los veinte años en Suiza hasta los treinta en Dinamarca y con frecuencia se elevaba cuando se ampliaba el derecho de voto.

Detalles

Por último, siempre existía la posibilidad del sabotaje puro y simple, dificultando el proceso de acceso a los censos electorales. Así, se ha calculado que en el Reino Unido, en 1914, la mitad de la clase obrera se veía privada de facto del derecho de voto mediante tales procedimientos.

Ahora bien, esos subterfugios podían retardar el ritmo del proceso político hacia la democracia, pero no detener su avance. El mundo occidental, incluyendo en él a la Rusia zarista a partir de 1905, avanzaba claramente hacia un sistema político basado en un electorado cada vez más amplio dominado por el pueblo común.
La consecuencia lógica de ese sistema era la movilización política de las masas para y por las elecciones, es decir, con el objetivo de presionar a los gobiernos nacionales. Ello implicaba la organización de movimientos y partidos de masas, la política de propaganda de masas y el desarrollo de los medios de comunicación de masas -en ese momento fundamentalmente la nueva prensa popular o «amarilla»- y otros aspectos que plantearon problemas nuevos y de gran envergadura a los gobiernos y las clases dirigentes. Por desgracia para el historiador, estos problemas desaparecen del escenario de la discusión política abierta en Europa conforme la democratización creciente hizo imposible debatirlos públicamente con cierto grado de franqueza. ¿Qué candidato estaría dispuesto a decir a sus votantes que los consideraba demasiado estúpidos e ignorantes para saber qué era lo mejor en política y que sus peticiones eran tan absurdas como peligrosas para el futuro del país? ¿Qué estadista, rodeado de periodistas que llevaban sus palabras hasta el rincón más remoto de las tabernas, diría realmente lo que pensaba? Cada vez más, los políticos se veían obligados a apelar a un electorado masivo; incluso a hablar directamente a las masas o de forma indirecta a través del megáfono de la prensa popular (incluyendo los periódicos de sus oponentes). Probablemente, la audiencia a la que se dirigía Bismarck estuvo siempre formada por la elite. Gladstone introdujo en el Reino Unido (y tal vez en Europa) las elecciones de masas en la campaña de 1879. Nunca volverían a discutirse las posibles implicaciones de la democracia, a no ser por parte de los individuos ajenos a la política, con la franqueza y el realismo de los debates que rodearon a la Reform Act inglesa de 1867.Si, Pero: Pero como los gobernantes se envolvían en un manto de retórica, el análisis serio de la política quedó circunscrito al mundo de los intelectuales y de la minoría educada que leía sus escritos. La era de la democratización fue también la época dorada de una nueva sociología política: la de Durkheim y Sorel, de Ostrogorski y los Webbs, Mosca, Pareto, Robert Michels y Max Weber (Entre las obras que aparecieron entonces hay que citar las de Gaetano Mosca (18581941): Elementi di scienza politica; Sidney y Beatrice Webb, Industrial Democracy (1897); M. Ostrogorski (1854-1919), Democracy and the Organization of Political Parties (1902); Robert Michels (1876-1936), Zur Sociologie des Parteiwesens in der modernen Demokratie: (Political Parties), 1911, y Georges Sorel (1847-1922), Reflexions on Violence, 1908).

En lo sucesivo, cuando los hombres que gobernaban querían decir lo que realmente pensaban tenían que hacerlo en la oscuridad de los pasillos del poder, en los clubes, en las reuniones sociales privadas, durante las partidas de caza o durante los fines de semana de las casas de campo donde los miembros de la elite se encontraban o se reunían en una atmósfera muy diferente de la de los falsos enfrentamientos de los debates parlamentarios o los mítines públicos. Así, la era de la democratización se convirtió en la era de la hipocresía política pública, o más bien de la duplicidad y, por tanto, de la sátira política: la del señor Dooley, la de revistas de caricaturas amargas, divertidas y de enorme talento como el Simplicissimus alemán y el Assiette au beurre francés o Fackel, de Karl Kraus, en Viena.Entre las Líneas En efecto, un observador inteligente no podía pasar por alto el enorme abismo existente entre el discurso público y la realidad política, que supo captar Hilaire Belloc en su epigrama del gran triunfo electoral liberal del año 1906:

“El malhadado poder que descansa en el privilegio y se asocia a las mujeres, el champaña y el bridge se eclipsó: y la Democracia reanudó su reinado, que se asocia al bridge, las mujeres y el champaña.” (Hilaire Belloc, Sonnets and Verse, Londres, 1954, p. 151: «Sobre unas elecciones generales» epigrama XX).

¿Quiénes formaban las masas que se movilizaban ahora en la acción política? En primer lugar, existían clases formadas por estratos sociales situados hasta entonces por debajo y al margen del sistema político, algunas de las cuales podían formar alianzas más heterogéneas, coaliciones o «frentes populares». La más destacada era la clase obrera, que se movilizaba en partidos y movimientos con una clara base clasista. (…)

Hay que mencionar a continuación la coalición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). amplia y mal definida, de estratos intermedios de descontentos, a los que les era difícil decir a quién temían más, si a los ricos o al proletariado. Era esta la pequeña burguesía tradicional, de maestros artesanos y pequeños tenderos, cuya posición se había visto socavada por el avance de la economía capitalista, por la cada vez más numerosa clase media baja formada por los trabajadores no manuales y por los administrativos: éstos constituían la Handwerkerfrage y la Mittelstandsfrage de la política alemana durante la gran depresión y después de ella. Era el suyo un mundo definido por el tamaño, un mundo de «gente pequeña» contra los «grandes» intereses y en el que la misma palabra pequeño, como en the little man, le petit commerçant, der Kleine Mann, se convirtió en un lema de convocatoria. ¿Cuántos periódicos radical socialistas franceses no llevaban con orgullo ese título: Le Petit Niçois, Le Petit Provençal, La Petite Charente, Le Petit Troyen? Pequeño, pero no demasiado, pues la pequeña propiedad necesitaba idéntica defensa que la gran propiedad frente al colectivismo y había que defender la superioridad del empleado administrativo de cualquier tipo de confusión frente al trabajador manual especializado, que podía conseguir unos ingresos similares, en especial, porque las clases medias establecidas no eran proclives a admitir como iguales a los miembros de las clases medias bajas.

Esa era también. y por buenas razones, la esfera política de la retórica y la demagogia por excelencia.Entre las Líneas En los países con una fuerte tradición de un jacobinismo radical y democrático, su retórica, enérgica o florida, mantenía a los «hombres pequeños» en la izquierda, aunque en Francia eso implicaba una gran dosis de chovinismo nacional y un potencial importante de xenofobia.Entre las Líneas En la Europa central, su carácter nacionalista y, sobre todo, antisemítico, era ilimitado.Entre las Líneas En efecto, los judíos podían ser identificados no solo con el capitalismo y en especial, con el sector del capitalismo que afectaba a los pequeños artesanos y tenderos -banqueros, comerciantes, fundadores de nuevas cadenas de distribución y de grandes almacenes-, sino también con socialistas ateos y, de forma más general, con intelectuales que minaban las verdades tradicionales y amenazadas de la moralidad y la familia patriarcal.

A partir del decenio de 1880, el antisemitismo se convirtió en un componente básico de los movimientos políticos organizados de los «hombres pequeños» desde las fronteras (véase qué es, su definición, o concepto jurídico, y su significado como “boundaries” en derecho anglosajón, en inglés) occidentales de Alemania hacia el este en el imperio de los Habsburgo, en Rusia y en Rumania. De cualquier forma, tampoco hay que subestimar su importancia en los demás países. ¿Quién habría pensado, sobre la base de las convulsiones antisemíticas que sacudieron a Francia en la década de 1890, del decenio de los escándalos de Panamá y del caso Dreyfus, que en ese período apenas vivían 60.000 judíos en un país de 40 millones de habitantes? (…). (El capitán Dreyfus, del Estado Mayor francés, fue condenado erróneamente por espionaje a favor de Alemania en 1894. Tras una campaña para demostrar su inocencia, que dividió y convulsionó a toda Francia, fue perdonado en 1899 y finalmente rehabilitado en 1906. El caso tuvo un impacto traumático en toda Europa).

Naturalmente, hay que hablar también del campesinado, que en muchos países constituía todavía la gran mayoría de la población, y el grupo económico más amplio en otros. Aunque a partir de 1880 (la época de depresión), los campesinos y granjeros se movilizaron cada vez más como grupos económicos de presión y entraron a formar parte, de forma masiva, en nuevas organizaciones para la compra, comercialización, procesado de los productos y créditos cooperativos en países tan diferentes como los Estados Unidos y Dinamarca, Nueva Zelanda y Francia, Bélgica e Irlanda, lo cierto es que el campesinado raramente se movilizó política y electoralmente como una clase, asumiendo que un cuerpo tan variado pueda ser considerado como una clase. Por supuesto, ningún gobierno podía permitirse desdeñar los intereses económicos de un cuerpo tan importante de votantes como los cultivadores agrícolas en los países agrarios. De cualquier forma, cuando el campesinado se movilizó electoralmente lo hizo bajo estandartes no agrarios, incluso en los casos en que estaba claro que la fuerza de un movimiento o partido político determinado, como los populistas de los Estados Unidos en el decenio de 1890 o los socialrevolucionarios en Rusia (a partir de 1902), descansaba en el apoyo de los granjeros o campesinos.

Si los grupos sociales se movilizaban como tales, también lo hacían los cuerpos de ciudadanos unidos por lealtades sectoriales como la religión o la nacionalidad. Sectoriales porque las movilizaciones políticas de masas sobre una base confesional, incluso en países de una sola religión, eran siempre bloques opuestos a otros bloques, ya fueran confesionales o seculares. Y las movilizaciones electorales nacionalistas (que en ocasiones, como en el caso de los polacos e irlandeses, coincidían con las de carácter religioso) eran casi siempre movimientos autonomistas dentro de estados multinacionales. Poco tenían en común con el patriotismo nacional inculcado por los estados -y que a veces escapaban a su control- o con los movimientos políticos, normalmente de la derecha, que afirmaban representar a «la nación» contra las minorías subversivas (…).

No obstante, la aparición de movimientos de masas político-confesionales como fenómeno general se vio dificultada por el ultraconservadurismo de la institución que poseía, con mucho, la mayor capacidad para movilizar y organizar a sus fieles, la Iglesia católica. La política, los partidos y las elecciones eran aspectos de ese malhadado siglo XIX que Roma intentó proscribir desde el Syllabus de 1864 y el Concilio Vaticano de 1870 (…). Nunca dejó de rechazarlo, como lo atestigua la exclusión de los pensadores católicos que en las décadas de 1890 y 1900 sugirieron prudentemente llegar a algún tipo de entente con las ideas contemporáneas (el «modernismo» fue condenado por el papa Pío X en 1907). ¿Qué cabida podía tener la política católica en ese mundo infernal de la política secular, excepto el de la oposición total y la defensa específica de la práctica religiosa, de la educación católica y de otras instituciones de la Iglesia, vulnerables ante el estado en su conflicto permanente con la Iglesia?

Así, si bien el potencial político de los partidos cristianos era extraordinario, como lo demostraría la historia europea posterior a 1945 (en Italia, Francia. Alemania occidental y Austria surgieron como grandes partidos gubernamentales, y así se han mantenido con la excepción de Francia).

y pese a que se incrementó, sin duda, con cada nueva ampliación del derecho de voto, la Iglesia se opuso a la formación de partidos políticos católicos apoyados formalmente por ella, aunque desde la década de 1890 reconoció la conveniencia de apartar a las clases trabajadoras de la revolución atea socialista y, por supuesto, la necesidad de velar por su más importante circunscripción, la que formaban los campesinos.Si, Pero: Pero aunque el papa apoyó el nuevo interés de los católicos por la política social (en la encíclica Rerum Novarum, 1891), los antepasados y fundadores de lo que serían los partidos democristianos del segundo período de posguerra eran contemplados con suspicacia y hostilidad por la Iglesia, no solo porque también ellos, como el «modernismo», parecían aceptar una serie de tendencias nada deseables del mundo secular, sino también porque la Iglesia se sentía incómoda con los cuadros de las nuevas capas medias y medias bajas de católicos, tanto urbanas como rurales, de las economías en expansión, que encontraban en ellas una posibilidad de acción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Cuando el gran demagogo Karl Lueger (1844-1910) consiguió fundar en los años 1890 el primer gran partido cristianosocial de masas moderno, un movimiento constituido por elementos de las clases medias y medias bajas fuertemente antisemita que conquistó la ciudad de Viena, lo hizo contra la resistencia de la jerarquía austríaca. (Todavía sobrevive como el Partido Popular, que gobernó la Austria independiente durante la mayor parte de su historia desde 1918.)

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Así pues, la Iglesia apoyó generalmente a partidos conservadores o reaccionarios de diverso tipo y, en las naciones católicas subordinadas en el seno de estados multinacionales, a los movimientos nacionalistas no infectados por el virus secular, con los que mantenía buenas relaciones. Desde luego, apoyaba. a cualquiera frente al socialismo y la revolución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

Una Conclusión

En definitiva, solamente existían auténticos partidos y movimientos católicos de masas en Alemania (donde habían visto la luz para resistir las campañas anticlericales de Bismarck en el decenio de 1870), en los Países Bajos (donde la política se organizaba plenamente en forma de agrupaciones confesionales, incluyendo las protestantes y las no religiosas, organizadas como bloques verticales) y en Bélgica (donde los católicos y los liberales anticlericales habían formado el sistema bipartidista mucho antes de la democratización).

Más raros eran aún los partidos religiosos protestantes y allí donde existían las reivindicaciones confesionales se mezclaban generalmente con otros lemas: nacionalismo y liberalismo (como en el Gales inconformista), antinacionalismo (como entre los protestantes del Ulster que optaron por la unión con Gran Bretaña frente al Irish Home Rule), el liberalismo (como en el Partido Liberal británico, donde el movimiento de los inconformistas se hizo más fuerte cuando los viejos aristócratas whig y los grandes intereses abandonaron las filas conservadoras en el decenio de 1880). (Inconformistas = grupos de protestantes disidentes fuera de la Iglesia de Inglaterra en Inglaterra y Gales.) Ciertamente, en la política la religión era imposible de distinguir políticamente del nacionalismo, incluyendo -en Rusia- el del estado. El zar no era solo la cabeza de la Iglesia ortodoxa, sino que movilizaba a la ortodoxia frente a la revolución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Las otras grandes religiones (el islam, el hinduismo, el budismo el confucianismo), por no mencionar los cultos que solo tenían difusión entre comunidades y pueblos concretos, actuaban todavía en un universo ideológico y político en el que la política democrática occidental era desconocida e irrelevante.

Si la religión tenía un enorme potencia] político, la identificación nacional era un agente movilizador igualmente extraordinario y, en la práctica, más efectivo. Cuando, tras la democratización del sufragio (el derecho al voto) británico en 1884, Irlanda votaba a sus representantes, el Partido Nacionalista Irlandés consiguió todos los escaños de la isla. De los 103 miembros, 85 constituían una falange disciplinada detrás del líder (protestante) del nacionalismo irlandés Charles Stewart Parnell (1846-1891). Allí donde la conciencia nacional optó por la expresión política, se hizo evidente que los polacos votarían como polacos (en Alemania y Austria) y los checos en tanto que checos. La política de la porción austríaca del imperio de los Habsburgo se vio paralizada por esas divisiones nacionales. Ciertamente, tras los enfrentamientos entre checos y alemanes a lo largo de la década de 1890, el parlamentarismo se quebró completamente, pues a partir de ese momento ningún gobierno podía formar una mayoría parlamentaria. La implantación del sufragio (el derecho al voto) universal en 1907 fue no solo una concesión a las presiones, sino también un intento desesperado de movilizar a las masas electorales que pudieran votar a partidos no nacionalistas (católicos e incluso socialistas) contra los bloques nacionales irreconciliables y enfrentados.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

En su forma extrema –el partido de masas disciplinado-, la movilización política de masas no fue muy habitual. Ni siquiera en los nuevos movimientos obreros y socialistas se repitió en todos los casos el modelo monolítico y acaparador de la socialdemocracia alemana (véase el capítulo siguiente).

Puntualización

Sin embargo, podían verse prácticamente en todas partes los elementos que constituían ese nuevo fenómeno. Eran éstos, en primer lugar, las organizaciones que formaban su base. El partido de masas ideal consistía en un conjunto de organizaciones o ramas locales junto con un complejo de organizaciones, cada una también con ramas locales, para objetivos especiales pero integradas en un partido con objetivos políticos más amplios. Así, en 1914, el movimiento nacional irlandés tenía su expresión en la United Irish League, organizada electoralmente, es decir, en cada circunscripción parlamentaria. Organizaba los congresos electorales, presididos por el presidente de la Liga. y a ellos asistían no solo sus propios delegados, sino también los de los consejos sindicales (consorcios ciudadanos de las ramas de los sindicatos), los de los propios sindicatos, los de la Land and Labour Association, que representaba los intereses de los agricultores, los de la Gaelic Athletic Association, los de asociaciones benéficas como la Ancient Order of Hibernians, que vinculaba la isla con la emigración norteamericana, etc. Ese era el marco de los elementos movilizados que constituía el vínculo esencial entre los líderes nacionalistas dentro y fuera del Parlamento y el electorado de masas, que definía los límites externos de quienes apoyaban la causa de la autonomía irlandesa. Estos activistas así organizados eran un número importante: en 1913, la Liga tenía 130,000 miembros en una población católica irlandesa de tres millones.

En segundo lugar, los nuevos movimientos de masas eran ideológicos. Eran algo más que simples grupos de presión y de acción para conseguir objetivos concretos, como la defensa de la viticultura. Naturalmente, también se multiplicaron esos grupos organizados con intereses específicos, pues la lógica de la política democrática exigía intereses para ejercer presión sobre los gobiernos y los parlamentarios nacionales, sensibles en teoría a esas presiones.Si, Pero: Pero instituciones como la Bund der Landwirte alemana (fundada en 1893 y en la que se integraron, casi de forma inmediata, 200.000 agricultores) no estaban vinculadas a un partido, a pesar de las evidentes simpatías conservadoras de la Bund y de su dominio casi total por los grandes terratenientes.Entre las Líneas En 1898 descansaba en el apoyo de 118 (de un total de 397) diputados del Reichstag, que pertenecían a cinco partidos distintos. A diferencia de esos grupos con intereses específicos, aunque ciertamente poderosos, el nuevo partido representaba una visión global del mundo. Era eso, más que el programa político concreto, específico y tal vez cambiante, lo que, para sus miembros y partidarios, constituía algo similar a la «religión cívica» que para Jean-Jacques Rousseau y para Durkheim, así como para otros teóricos en el nuevo campo de la sociología debía constituir la trabazón interna de las sociedades modernas: solo en ese caso formaba un cemento seccional. La religión, el nacionalismo, la democracia, el socialismo y las ideologías precursoras del fascismo de entreguerras constituían el nexo de unión de las nuevas masas movilizadas, cualesquiera que fueran los intereses materiales que representaban también esos movimientos.

Paradójicamente, en países con una fuerte tradición revolucionaria como Francia, los Estados Unidos y, de forma mucho más remota, el Reino Unido, la ideología de sus propias revoluciones pasadas permitió a las antiguas o a las nuevas elites controlar, al menos en parte, las nuevas movilizaciones de masas con una serie de estrategias, familiares desde hacía largo tiempo a los oradores del 4 de julio en la Norteamérica democrática. El liberalismo inglés, heredero de la gloriosa revolución liberal de 1688 y que no olvidaba el llamamiento ocasional a los regicidas de 1649 en beneficio de los descendientes de las sectas puritanas (el primer ministro liberal lord Rosebery pagó personalmente la estatua de Oliver Cromwell que se erigió delante del Parlamento en 1899), consiguió impedir el desarrollo de un partido laborista de masas hasta 1914.

Otros Elementos

Además, el Partido Laborista, fundado en 1900, siguió la senda de los liberales.Entre las Líneas En Francia, el radicalismo republicano intentó absorber y asimilar las movilizaciones de masas, agitando el estandarte de la república y la revolución contra sus enemigos. Y no dejó de tener éxito en esa empresa. Los eslóganes «No queremos enemigos a la izquierda» y «Unidad de todos los nuevos republicanos» contribuyeron poderosamente a vincular a la nueva izquierda popular con los hombres del centro que dirigían la Tercera República.

En tercer lugar, de cuanto hemos dicho se sigue que las movilizaciones de masas eran, a su manera, globales. Quebrantaron el viejo marco local o regional de la política, minimizaron su importancia o lo integraron en movimientos mucho más amplios.Entre las Líneas En cualquier caso, la política nacional en los países democratizados redujo el espacio de los partidos puramente regionales, incluso en los estados, como Alemania y el Reino Unido, donde las diferencias regionales eran muy marcadas.Entre las Líneas En Alemania, el carácter regional de Hannover (anexionada por Prusia en 1866), donde el sentimiento antiprusiano y la lealtad a la antigua dinastía güelfa eran aún muy intensos, solo se manifestó concediendo un porcentaje más reducido de los votos (el 85 por 100 frente al 94 por- 100 en los demás lugares) a los diferentes partidos de ámbito nacional. (G. Hohorst, J. Kocka y G. A. Ritter, Sozialgeschichtfiches Arbeitsbuch: Materialen zur Statistik des Kaiserreichs 1870-1914, Munich, 1975, p. 177)

El hecho de que las minorías confesionales o étnicas, o los grupos sociales y económicos quedaran reducidos en ocasiones a zonas geográficas limitadas, no debe llevarnos a establecer conclusiones erróneas.Entre las Líneas En contraste con la política electoral de la vieja sociedad burguesa, la nueva política de masas se hizo cada vez más incompatible con el viejo sistema político, basado en una serie de individuos, poderosos e influyentes en la vida local, conocidos (en el vocabulario político francés) como notables. Todavía en muchas partes de Europa y América -especialmente en zonas tales como la península ibérica y la península balcánica, en el sur de Italia y en América Latina-, los caciques o patrones, individuos de poder e influencia local, podían «entregar» bloques de votos de sus clientes al mejor postor o incluso a otro cacique más importante. Si bien el «jefe» no desapareció en la política democrática, ahora era el partido el que hacía al notable ‘ o al menos, el que le salvaba del aislamiento y de la impotencia política, y no al contrario.

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Pormenores

Las antiguas elites se transformaron para encajar en la democracia, conjugando el sistema de la influencia y el patrocinio locales con el de la democracia.[rtbs name=”democracia”] Ciertamente, en los últimos decenios del siglo XIX y los primeros del siglo XX se produjeron conflictos complejos entre los notables a la vieja usanza y los nuevos agentes políticos, jefes locales u otros elementos clave que controlaban los destinos de los partidos en el plano local.

La democracia que ocupó el lugar de la política dominada por los notables -en la medida en que consiguió alcanzar ese objetivo- no sustituyó el patrocinio y la influencia por el «pueblo». sino por una organización, es decir, por los comités, los notables del partido y las minorías activistas. Esta paradoja no tardó en ser advertida por una serie de observadores realistas, que señalaron el papel fundamental de esos comités (o caucuses, en la terminología anglonorteamericana) e incluso la «ley de hierro de la oligarquía» que Robert Michels creyó poder establecer a partir de su estudio del Partido Socialdemócrata alemán. Michels apuntó también la tendencia del nuevo movimiento de masas a venerar las figuras de los líderes, aunque concedió una importancia desmedida a este aspecto.

En efecto, la admiración que, sin duda, rodeaba a algunos líderes de los movimientos nacionales de masas y que se expresaba en la reproducción, en las paredes de muchas casas modestas, de retratos de Gladstone, el gran anciano del liberalismo, o de Bebel, el líder de la socialdemocracia alemana, representaba más que al hombre en sí mismo la causa que unía a sus seguidores en el período que es objeto de nuestro estudio.

Otros Elementos

Además, muchos movimientos de masas no tenían jefes carismáticos. Cuando Charles Stewart Parnell cayó, en 1891, víctima de las complicaciones de su vida privada y de la hostilidad conjunta de la moralidad católica y la inconformista, los irlandeses le abandonaron sin sombra de duda, y ello pese a que ningún otro líder despertó lealtades personales más apasionadas que él y a que el mito de Parnell sobrevivió con mucho al hombre.

En definitiva, para quienes lo apoyaban, el partido o el movimiento les representaba y actuaba en su nombre. De esta forma, era fácil para la organización ocupar el lugar de sus miembros y seguidores, y a sus líderes dominar la organización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En resumen, los movimientos estructurados de masas no eran, de ningún modo, repúblicas de iguales.Si, Pero: Pero el binomio organización y apoyo de masas les otorgaba una gran capacidad: eran estados potenciales. De hecho, las grandes revoluciones de nuestro siglo sustituirían a los viejos regímenes, estados y clases gobernantes por partidos y movimientos institucionalizados como sistemas de poder estatal. Este potencial resulta tanto más impresionante por cuanto las antiguas organizaciones ideológicas no lo tenían. Por ejemplo, en Occidente la religión parecía haber perdido, durante este período, la capacidad para transformarse en una teocracia, y ciertamente no aspiraba a ello (Probablemente, el último ejemplo de ese tipo de transformaciones es el establecimiento de la comunidad mormona en Utah después de 1848.). Lo que establecieron las Iglesias victoriosas, al menos en el mundo cristiano, fueron regímenes clericales administrados por instituciones seculares.

Fuente: Eric /Hobsbawm

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1 comentario en «Masas»

  1. Partidos De Aparato (13.2)
    Patrimonio de los Partidos Políticos (12.7)
    Partidos Políticos en Europa (12.2)
    Partidos Políticos Europeos (12.2)
    Partidos De Notables (12.1)
    Partidos Conservadores en América Latina (11.2)
    Estructura de los Partidos (10.9)
    Registro de Partidos (10.9)
    Inscripción de Partidos Políticos (10.9)
    Autodeterminación de los Partidos Políticos (10.8)
    Coalición de Partidos (10.8)
    Miembros de los Partidos Políticos (10.8)
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    Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina (9.1)
    Partidos Verdes (9)
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    Programas Electorales (8.8)
    Procesos Electorales (8.8)
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