Veracidad de la Biblia
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Veracidad y Santidad de la Biblia en Relación a Teología
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] 1. Introducción. 2. Dificultades y ataques contra la veracidad bíblica. 3. Doctrina católica sobre la veracidad de la Biblia. 4. Santidad de la Biblia.
1. Introducción. La consecuencia formal más importante de la inspiración divina de la Biblia (véase en esta plataforma: in) es la veracidad y santidad de la Sagrada Escritura. Estas prerrogativas de la B. proceden de la naturaleza misma de la inspiración divina; en otras palabras, proceden de que la B. tiene a Dios por autor principal, verdad, sabiduría y santidad sumas, que no puede ni engañarse, ni engañarnos, ni inducirnos al pecado (véase en esta plataforma: DIOS IV, 56).
La veracidad y santidad de la B. son, en parte, algo empíricamente perceptible: la simple lectura humana de los libros que componen la B. lleva a percibir el hondo espíritu religioso que los anima, así como a advertir que sus autores actúan con honradez y autenticidad. Ahora bien, entendidas no meramente así sino con toda la radicalidad con las que las profesa .la doctrina católica, presuponen la aceptación del dogma de la inspiración (véase en esta plataforma: III), y, por tanto, la aceptación de la intervención especial de Dios en la historia de la Revelación que va. desde Abraham hasta Cristo.Entre las Líneas En otras palabras, la aceptación de la veracidad bíblica en toda su extensión, tal como la Iglesia la ha confesado a lo largo de su historia, implica la aceptación de la fe cristiana en Jesús; aquí radica la importancia y gravedad del tema. La doctrina, pues, de la veracidad de la Sagrada Escritura pertenece al dogma católico, como consecuencia necesaria del dogma de la inspiración divina de la B.; es doctrina mantenida siempre, a través de los siglos, por el Magisterio de la Iglesia y por la fe de los cristianos. A modo de ejemplo, he aquí las recientes palabras del Concilio Vaticano II: «Como, pues, todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación» (Dei Verbum n° 11; cfr. también: Concilio de Trento, ses. 4, De Canonicis Scripturis, Denz.Sch. 1501; León XIII, Providentissimus Deus, EB 121, 124, 126, 127 = S. Muñoz Iglesias, Documentos Bíblicos, 117, 120, 122, 123; Pío XII, Divino af flante, EB 539 = Muñoz Iglesias, Doc. Bib., 624).
En cuanto a la terminología usada para significar esta propiedad de la Sagrada Escritura se advierte una cierta evolución entre el siglo XIX y el XX.Entre las Líneas En el XIX, en el que como veremos luego más despacio: veracidad 2 diversas corrientes racionalistas pretendieron imputar a la B. numerosos errores, sosteniendo que estaba en contradicción con los descubrimientos de las ciencias naturales e históricas, el tema fue enfocado por los teólogos desde una perspectiva apologética. De ahí que hablaran sobre todo de inerrancia o ausencia de error y se ocuparan muy ampliamente de mostrar la no contradicción entre la B. y las ciencias. La expresión o voz inerrancia es usada repetidas veces también por el Magisterio que va’ desde el Concilio Vaticano 1 (1870) hasta la ene. Divino Af f larte Spiritu (1943). El Concilio Vaticano II, que en su Const. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, adopta en cambio una perspectiva expositivodogmática, reitera que en la B. se contiene la verdad sin error, pone el acento sobre todo en la transmisión veraz del mensaje de salvación, y se inclina, como forma de designar esta propiedad de la B., hacia el vocablo veracidad. Es, como se ve, una diferencia de acento, no carente de interés, pero que no afecta a la sustancia.
La tradición, al glosar los fundamentos de la veracidad bíblica, ha puesto de manifiesto dos fundamentales.Entre las Líneas En primer lugar, que la veracidad está en íntima relación con el fin mismo de la inspiración, de manera que son inseparables: Dios actúa sobrenaturalmente en los hagi6grafos, los inspira, precisamente para que en sus obras se refleje sin error la verdad que quiere transmitirnos; es porque Dios quiere entregarnos unos libros dotados de la cualidad de la veracidad por lo que se da la inspiración.Entre las Líneas En segundo lugar, que la veracidad está en íntima conexión con la perfección de Dios, suprema Verdad.Entre las Líneas En efecto Dios, en toda la economía de la redención, y también en la inspiración de las Sagrada Escritura, se ha abajado hacia nosotros, ha condescendido con la limitación de nuestra naturaleza, se ha humillado. Concretamente, por lo que se refiere a la inspiración bíblica, nos habla a través de un lenguaje humano, valiéndose, como de un instrumento, de personas humanas (los hagiógrafos) que tienen limitaciones, carecen, en ocasiones, de especialidades literarias, pueden a veces ser oscuros expresándose y, en cualquier caso, hablan un idioma concreto que no todos entienden y que hace falta traducir. Dios condesciende con todo eso, es decir, con la limitación, pero no puede condescender con lo que tiene razón de mal, como es el error. El ser Dios autor principal de las Sagrada Escritura implica en éstas la propiedad de la veracidad.
Como decíamos, la veracidad bíblica es un dato de fe. Una explicación teológica de la misma implica poner de manifiesto de qué manera se extiende no sólo al mensaje salvífico, que es su objeto directo, sino también a las otras afirmaciones que sobre la naturaleza y la historia humana se hacen en los libros sagrados al presentarnos el contexto en el que acontece la Revelación. Ése es precisamente el objeto del tratado teológicoexegético De veracitate Sacrae Scripturae.
Finalmente, los documentos del Magisterio y de la literatura teológica suelen mencionar, al lado de la veracidad o inerrancia de la Sagrada Escritura, la santidad de la misma. La santidad de la B. se entiende desde diversos aspectos: por su origen principal divino, por su finalidad religiosa, etc.Si, Pero: Pero debido a la problemática surgida, paralela en cierto modo a la mencionada sobre la inerrancia, la literatura moderna cristiana habla de la santidad bíblica principalmente en el aspecto moral: conformidad de los actos humanos, que en la Sagrada Escritura se relatan, con la ley moral.
2. Dificultades y ataques contra la veracidad bíblica. Aunque se han dado en la Historia cuantas veces se ha atacado los fundamentos o las mismas verdades de la fe cristiana, podemos decir, para ser breves, que las coyunturas culturales del mundo occidental han producido tres momentos especialmente críticos contra la veracidad de la B.: los ataques al cristianismo por parte de la filosofía y la sociedad paganas de los primeros siglos de los que constituye un ejemplo singular el Logos Alethes (Discurso verdadero) de Celso, y que motivaron numerosas apologías (véase en esta plataforma: PADRES DE LA IGLESIA III; APOLOGÉTICA II); el racionalismo de los siglo XVII y XVIII que culmina con las polémicas del siglo Xix y su influjo en el protestantismo liberal y el modernismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general); la época actual, con la tendencia secularizarte y el movimiento generalizador agnóstico eincluso el planteamiento filosófico del ateísmo, en sus diversas formas.
Con respecto a la época presente no tenemos todavía la suficiente perspectiva para poder sintetizarla; de otra parte, el tema se complica con cuestiones referentes a la filosofía de la religión y del lenguaje que se remiten a cuestiones previas a la de la veracidad bíblica, ya que afectan a la naturaleza misma del conocimiento, etc., de modo que, por lo que se refiere al tema concreto de la veracidad, supuestas ya todas las afirmaciones que implica en el dogma católico, no implican cuestiones nuevas. Por eso nos limitaremos a exponer los otros dos momentos históricos.
a. El paganismo grecoromano. Ataques y calumnias contra el cristianismo se dan desde el principio. Un intento de crítica a nivel científico se da, sin embargo, por primera vez, en torno al año 150, con Celso (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y su Logos Alethes, que quiere someter a una crítica sistemática, con una posición de principio paladina y acremente adversa, el origen divino de la B. y la veracidad de la misma. Celso ve en la pujanza del cristianismo, introducido ya por amplios sectores de la sociedad del Imperio, el mayor peligro para la sincretista religión romana y el mantenimiento de sus instituciones y hasta para su supervivencia; el férreo monoteísmo cristiano y, en su conjunto, la fe cristiana, son para Celso un peligro terrible al que hay que destruir con toda energía. Su escrito no se sabe si produjo algún efecto práctico; de hecho no se conserva documentación que lo confirme; incluso se ha perdido totalmente, conservándose sólo a través de la refutación de Orígenes (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en su Contra Celso.
La reconstrucción de la obra de Celso, a través de la de Orígenes, da abundante material, sin embargo, para poder establecer con precisión la argumentación de aquél. Sus ataques se dirigen primero contra el A. T.: éste dice es un rimero de falsedades, supercherías e imposibles metafísicos; las profecías y los milagros, según Celso, entran todo lo más en la línea de los mitos y oráculos de las otras religiones; Celso se esfuerza por desprestigiar todo el elemento sobrenatural del A. T. y su fundamentación histórica. Después pasa al ataque de la figura de Cristo, tal como la presenta la fe cristiana; niega que, en todo caso se hayan cumplido en él verdaderos vaticinios, que hubiera hecho verdaderos milagros.; los libros de los cristianos, en los que éstos apoyan su fe, es decir, el N. T., son, en fin, para Celso unos escritos sin valor histórico, escritos sin espíritu crítico.
Pormenores
Las actitudes concretas de Celso y buena parte de sus reproches y de su argumentación, es curioso, se repetirán en adelante, en cierta manera conservándose sustancialmente, hasta nuestros días, sobre todo, la literatura racionalista del siglo Xlx, adversa a la sobrenaturalidad e inerrancia de la B., coincidirá, aunque orquestándolos con apreciaciones de alta crítica, con los argumentos antiguos de Celso.
Otros dos Nombres importantes pueden ser añadidos a Celso en la antigüedad: Porfirio, un siglo después de Celso, con su obra Kata Cristianon (Contra los cristianos), y Marción (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), contemporáneo de Celso, hereje cristiano, influido profundamente por el dualismo gnóstico. Marción no negaba el carácter divino y la veracidad de la B. indiscriminadamente, sino todo el A. T. y algunos libros canónicos del Nuevo; puede decirse que Marción es el primero en la lista de los mutiladores del Canon de la Sagrada Escritura Para la historia de la Teología sobre nuestro tema, lo importante es la reacción que en los pensadores y escritores cristianos antiguos suscitaron escritos como los mencionados. Los Padres y escritores eclesiásticos reaccionaron, en efecto, desde una perspectiva teorética poniendo de relieve la realidad de Dios y su capacidad, como creador y Señor del mundo, para intervenir en la historia (es decir, criticando el panteísmo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), el deísmo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y el dualismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), más o menos larvado, que subyacía a esos ataques); y, desde una perspectiva históricocrítica, afirmando la veracidad de la Sagrada Escritura y esforzándose con los recursos que les ofrecía la historiografía de la época por responder a las críticas señaladas. Como expresión característica de la actitud de espíritu con que los Padres se situaron frente a esa cuestión, podemos citar unas palabras de S. Agustín: «Si hallas algo en las Escrituras que no entiendes o te parece absurdo, no te está permitido afirmar: el autor de este libro se equivocó. Sino que debes pensar, o que el códice no concuerda con el original (es decir, que se equivocó el copista), o que erró el traductor al traducir, o que tú no entiendes bien».
b. El racionalismo y la «question biblique». La compleja actitud racionalista, que cristaliza en el siglo Xix y empapa buena parte de la cultura europea, es resultado de la confluencia de una serie de elementos, que no es aquí el lugar de estudiar (véase en esta plataforma: RACIONALISMO; ILUSTRACIÓN; LIBERAL, TEOLOGÍA PROTESTANTE).
Puntualización
Sin embargo, ciñéndonos a nuestro tema, habremos de decir que el criticismo filosófico kantiano en la esfera del conocimiento, y el semirracionalismo en la línea de Schleiermacher, actuando sobre la base subjetivista que habían llevado adelante los reformadores, principalmente Lutero y Calvino, produjeron en el siglo XIX, con inercias hasta nuestros días, toda una gama compleja de actitudes adversas a la veracidad de la B., con gran variedad de matices. Tal situación provocó una amplísima literatura apologética cristiana y una serie de intervenciones del Magisterio de la Iglesia, desde el Concilio Vaticano I (1870), la ene. Providentissimus de León XIII (1893), hasta los documentos contra el modernismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) de la época de S. Pío X (Decr. Lamentabili de 1903, Ene. Pascendi de 1907, Motu proprio Praestantia Scripturae Sacrae de 1907, Illibatae de 1910 sobre el juramento para los doctorandos en Sagrada Escritura, Sacrorum antistitum de 1910, etc.).
En este clima intelectual, el principio general de la veracidad absoluta de la B., mantenido en cierto modo pacíficamente a lo largo de siglos de cultura en Europa, y aplicado sin especiales complicaciones, fue puesto en revisión por un sector cultural europeo que, tomando pie en los descubrimientos e hipótesis que iban formulando las ciencias naturales e históricas, afirmaban que había contradicción entre esas ciencias y los textos bíblicos, concluyendo de ahí que éstos caían en errores. Desde una perspectiva racionalista todo ello usado como un argumento que pretendía negar el origen divino de la B. reduciéndola a mero libro humano, exponente de una determinada situación cultural. Autores católicos y protestantes intervienen en el debate defendiendo la inspiración (véase en esta plataforma: III) u origen divino de la Sagrada Escritura, y replicando a las argumentaciones racionalistas (entre las mejores obras de la época se encuentra el estudio en dos tomos del card. Ceferino González (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), La Ciencia y la Biblia; Madrid 1881, cuyo prólogo, extenso y programático, anticipa algunos de los aspectos tocados por León XIII en la ene. Providentissimus Deus). Resultado de toda esa polémica y estudios (a los que a veces se designa, a raíz de un artículo de Mgr. D’Hulst, como «question biblique») fue un desarrollo del tratado sobre la veracidad de la Sagrada Escritura, precisando cómo se extiende a las cuestiones físicas e históricas. Tratemos esos dos puntos.
a) La Biblia y las ciencias físicas. El tema es antiguo conocido en la época patrística, es muy tratado, no siempre con acierto, en la época del Renacimiento, pero reverdece en el siglo Xix. Traído a la palestra por críticos racionalistas, algunos exegetas y teólogos replican situándose no pocas veces en el mismo terreno y en las mismas perspectivas interpretativas de los adversarios: de este modo surgió la actitud o método del concordismo, que se caracterizó por el intento de hacer concordar los datos de la B. con los de las ciencias. Hubo verdaderos prodigios de ingenio para acoplar, p. ej., el esquema de los seis días de la creación de Gen 1 con las edades geológicas, buscar la localización del paraíso terrenal o el monte donde se habría posado el arca de Noé.
Pero proceder así era seguir un camino equivocado, como advirtieron los mejores teólogos y sancionó el Magisterio. Suponía, en efecto, no tener presente que Dios no ha inspirado las sagradas páginas para explicar a los hombres la íntima naturaleza de las cosas (cuestiones que deja a la investigación de los hombres, a los que ha dotado de las facultades para irlo logrando), sino las verdades religiosas en orden a la salvación; y que si los autores sagrados, al hablar de esas verdades, aluden a las cuestiones naturales, como no puede ser menos, lo hacen con arreglo a los usos del lenguaje común en el tiempo en que respectivamente han vivido. Con ese lenguaje nos hablaron infaliblemente de las verdades religiosas, de parte de Dios y bajo el influjo de la divina inspiración; de otro modo, ni ellos hubieran podido expresarse ni sus lectores entenderlos; aún hoy día en el lenguaje común se dice que el Sol «sale» o «se pone».
La actitud del lector de la B. y la labor del intérprete es, en primer lugar, encontrar el sentido que los autores sagrados quisieron dar y dieron a sus palabras: cuando éstas pertenecen a estadios tanto más antiguos de la humanidad puede que a veces nos parezca que presuponen un ambiente cultural en el que había unas ciencias naturales poco evolucionadas.Si, Pero: Pero sería absurdo tomar pie de ello para acusar de error a la B.: ¿de qué otro modo podrían haberse expresado los hagiógrafos sin constituir un enigma incomprensible, indescifrable durante siglos y siglos? Ni era cometido de la inspiración bíblica enseñar a los hagiógrafos hasta convertirlos, muy anticipadamente, en los mejores científicos de la humanidad postrera, lo que repetimos los hubiera convertido en ininteligibles para sus contemporáneos.
Estas ideas que exponen varios teólogos y exegetas de principios de siglo no eran cosa nueva en la doctrina tradicional de la Iglesia ni en la enseñanza de sus teólogos: ya S. Agustín decía que «no se lee en el Evangelio que el Señor haya dicho: os envío el Paráclito, que os enseñará acerca del curso del Sol y de la Luna; sino que quería hacerlos cristianos, no matemáticos» (De Actis cum Felice Man. 1,10: PL 42,525). S. Juan Crisóstomo, por su parte, en varios lugares de sus libros, habla de la synkatábasis o condescendencia divina, por la cual Dios condesciende a hablar con los hombres al modo humano, para que éstos lo entiendan; y de la misma manera que el Verbo de Dios se hizo semejante a los hombres en todo, excepto en el pecado, así la palabra de Dios en la Escritura se ha hecho semejante a la de los hombres en todo, excepto en el error (cfr. In Genes. 1,4: PG 53,3435; In Genes. 2,21: PG 53,121; In Genes. 3,8: PG 53,135; Hom. 15 in Ioh. ad 1,18: PG 59,97 s.). S. Tomás conoció muy bien esta doctrina, llegando a afirmar que «en la Escritura, las cosas divinas se nos dan al modo que suelen usar los hombres» (Comment. ad Hebr., cap. I, lect. 4) y «Moisés hablaba a un pueblo rudo, y condescendiendo con su simpleza sólo les propuso aquellas cosas que aparecen obviamente a los sentidos.» (Sum. Th. I q68 a3 in c.).
El Magisterio eclesiástico, antes del pontificado de León XIII es parco en declaraciones sobre el tema de la inerrancia; pero a partir de esa época, los documentos son abundantes y muy precisos. Así, p. ej.., la ene. Providentissimus (1893) de León XIII, aludiendo expresamente a la doctrina de S. Agustín y S. Tomás, afirma que no quiso Dios enseñar a los hombres la íntima constitución y dinamismo del mundo visible, por dos razones: porque el conocimiento de esas cosas no afecta directamente a la doctrina de salvación, y porque precisamente esas cuestiones las ha dejado a la libre investigación de la ciencia humana; por esta causa, los hagiógrafos aluden a los fenómenos naturales usando las expresiones corrientes de su época yr área cultural, que por pertenecer a épocas antiguas •suélán acomodarse a las apariencias externas y no a las teo;Ias y experiméftaciones de la ciencia moderna (cfr. EB 121). Pocos años más tarde, la Pontificia Comisión Bíblica, en su Respuesta de 30 jun. 1909 acerca del carácter histórico de los tres primeros cap. del Génesis, insistía en la misma doctrina: «no habiendo sido la mente del autor sagrado, al escribir el primer capítulo del Génesis, enseñar de manera científica la íntima constitución de las cosas visibles y el orden completo de la creación.» (EB 342). De modo semejante Benedicto XV en la enc. Spiritus Paraclitus (1920) (EB 455); Pío XII en la enc. Divino afflante (1943) repitió sustancialmente la doctrina de León XIII (cfr. EB 539).
La solución es, pues, clara: la Escritura no pretende darnos directamente enseñanzas en materia de ciencias físiconaturales; los hagiógrafos se expresan al respecto en lenguaje sencillo, que refleja las apariencias externas y sensibles, sin pretender entrar en la descripción o análisis profundo de los fenómenos; en ello no hay error, sino simple utilización normal del lenguaje; ciertamente se caería en error si se pretendiera dar a esas afirmaciones un alcance científico, pero entonces el error no está en la B. sino en quien la lee con una perspectiva equivocada. [rbts name=”teologia”]
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre veracidad y santidad de la biblia en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
Bibliografía
1. Documentos pontificios: Concilio VATICANO II, Const. Dei Verbum, 1965; PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, Instrucción Sancta Mater Ecclesia, junio 1964, sobre la veracidad histórica de los Evangelios; Pío XII, Enc. Humani generis, 1950 (EB 611618); PONT. COMISIÓN BÍBLICA, Carta al card. Suhard, de 1948, sobre el carácter histórico y la autenticidad (véase qué es, su concepto; y también su definición como “authentication” en el contexto anglosajón, en inglés) mosaica de los 11 primeros capítulos del Génesis (EB 577581); Pío XII, Enc. Divino afflante Spiritu, 1943, estudio de conjunto sobre la S.E.; BENEDICTO XV, Enc. Spiritus Paraclitus, 1920, orientaciones acerca de la naturaleza y del estudio de la Sagrada Escritura (EB 444495); S. Pío X, Enc. Pascendi, 1907, sobre los errores modernistas (EB 257282); PONT. COMISIÓN BÍBLICA, Respuestas 3a, 4a, 6°, 8a, 9a y Ha, de 1906 a 1913, sobre autenticidad (véase qué es, su concepto; y también su definición como “authentication” en el contexto anglosajón, en inglés) y veracidad de algunos libros sagrados (EB 181184, 187189, 336343, 388394, 395403, 406411); LEóN XIII, Enc. Providentissimus Deus, 1893, sobre los estudios bíblicos y la naturaleza de la Sagrada Escritura (EB 81134); Concilio VATICANO I, Const, Dei Filius, 1870, sobre la fe católica y la divina revelación (EB 7680); Pío IX, Syllabus, 1864, colección de errores modernos, especialmente el na 7 (EB 75); Pío IV, Profesión de fe tridentina de la Bula Iniunctuin nobis, 1564 (EB 73). Pueden verse también estos documentos en
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