Harold Laski
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Harold Laski es de los pocos teóricos del Estado en el mundo anglo-sajón que, desde John Stuart Mill, merece ser recordado. Sus teorías se desenvuelven en el tránsito del pensamiento liberal a la acción de tipo socialista. Fue miembro de la renombrada Fabian Society aunque renunció a su puesto en el Comité Ejecutivo Fabiano aduciendo incompatibilidad de
opiniones, pues no aceptaba la posición «gradualista» y evolucionista de la socialdemocracia.
Además formó parte del comité ejecutivo del partido laboralista –aunque con serias disensiones con el premier Mac Donald–, que debería estudiar los cambios originados
en la acción socialista tras la primera Guerra Mundial.
A su renombre puede haber ayudado el hecho de haber enseñado en las prestigiosas universidades de Mac-Gill de Montreal y en Harvard. De todas formas, a pesar de ser un pensador que extrajo sus teorías de la práctica y dar a sus aportaciones un contenido pragmático, como Hobbes o Locke, no se puede parangonar en ningún caso con ellos. Se trata –a pesar de sus bandazos– de un intelectual independiente de izquierda, postura que afirmó en su pertenencia al partido laborista. De esta suerte su teoría política pudo fundarse en la ética, que como se verá no se deja entremezclar con el materialismo histórico marxista.
Su obra “El Estado en la teoría y en la práctica” corresponde al período en el que busca un acomodamiento de la teoría del Estado a las nuevas circunstancias, una fase que el autor inicia en la década de los treinta del siglo XX. Es un libro que desarrolla y amplía, como él deja claro, su libro anterior, La Democracia en crisis (1933), que también fuera traducido para Revista de Derecho Privado, y supone un perfeccionamiento de sus principios filosóficos.
Laski se ocupa de diagnosticar las causas del fracaso y avanza un proyecto de teoría social que se propone desenvolver en el marco de ocho años. Este plan sería corregido después de colaboraciones en simposios y de publicaciones en diversas revistas junto a un grupo de
adalides del socialismo, entre los que cabe destacar a Bernard Shaw, J.A. Hobson o Lowes Dickinson entre otros. Este libro, que se vertió al castellano en 1936, fue traducido por Vicente Herrero Ayllón.
El ideario de Laski era pragmático y simple. Suponía Laski que un partido que hubiera alcanzado el respaldo de una mayoría electoral no debería dejarse influir decisivamente por los sectores financieros para intentar aplicar su programa electoral. Pues a su juicio –fundado en la historia y en la práctica– el capitalismo no permitirá que se adopten decisiones que puedan ir
en perjuicio de sus intereses. La conclusión es clara, a su entender, no cabe que se implanten las medidas socialistas mediante procedimientos constitucionales; por lo tanto, si los socialistas quieren construir un Estado de acuerdo con sus principios, lo que deben de hacer es utilizar medios revolucionarios (Kingsley Martin, Harold Laski, Madrid, Tecnos, 1966, págs. 93-94).
A su modo de ver, desde 1931 se rompió en Gran Bretaña con la tradición proveniente de fines del siglo XVIII, del compromiso político. Así en un folleto de 1931, “The Crisis and the Constitution”, resalta cómo la Constitución otorga en los asuntos políticos un poder omnímodo al rey y ataca al premier laborista Mac Donald, a quien tacha de «salva patrias». Laski fue
requerido por el secretario privado del rey para que expusiese su postura sobre el papel constitucional del rey. Vista su reunión él estaba convencido de que el rey desempeñaría, en efecto, un papel decisivo en detrimento de la parte socialista.
Su libro Democracia en Crisis (1933) arranca de la antinomia capitalismo – democracia con un enfoque histórico-filosófico.Entre las Líneas En su análisis, en la democracia capitalista se han producido contradicciones irreductibles que conducen inexorablemente a la revolución.
Apunta Laski –no sin algo de razón, pues se trataba de un escrito provocador al máximo– que por ese libro le llevarían al paredón, si bien, por otra parte, debía reconocer que se trataba de lo más original que había escrito hasta entonces. Lo más reseñable en ese escrito de tono panfletario era que se aplicaban tesis marxistas a las circunstancias concretas de Gran Bretaña.
Su aportación más original se debía al fino ingenio que suponía su análisis del desarrollo legal en Gran Bretaña. Como señala, en Gran Bretaña las leyes no eran clasistas, sino que los jueces tendían en exceso a mantener las instituciones vigentes. Por ello todos los esfuerzos dirigidos a conseguir más cotas de libertad e igualdad ante la ley encontraban limitaciones en cuanto al logro de cambios en la estructura social existente. Por tal motivo alaba el compromiso político,
pues con él evitó conatos de experiencias revolucionarias e hizo que se ampliaran y conquistaran derechos individuales como el de asociación o voto.
En la argumentación laskiana se apreciarán ciertas incongruencias que se deben subsanar; así, la relativa a la no participación de los trabajadores en la elección de sus representantes; si estos se integraran y se dejaran sentir sus ideas, y su sentimiento de clase, sostiene, llegaría un momento en que los laboristas en el gobierno se verían obligados a realizar una serie de reformas económicas que paliarían los efectos nocivos del capitalismo. Laski recuerda cómo el fraude electoral de 1931 supuso un arma de las muchas que posee el capitalismo. De ahí que en su análisis solicite que se limiten los derechos de la Cámara de los Lores, que opera como elemento destructivo (Kingsley Martin, Harold Laski, Madrid, Tecnos, 1966, pág. 94).
Laski observa la irrupción del fascismo que –según su concepción– vino a rescatar al capitalismo de una nueva fase social. Se deroga la democracia y se otorga a sus dueños el control de los medios de producción, un poder político ilimitado. Se suprimen los partidos
políticos –en especial los adversos–. Desaparecen las libertades, como el derecho sindical y el derecho de huelga. Se reducen los salarios, unilateralmente o aprobado por el Estado. Se suprime la libertad de expresión (véase; y también libertad de creación de medios de comunicación, libertad de comunicación, libertad de información, libertad de cátedra y la Convención sobre el Derecho Internacional de Rectificación, adoptada en Nueva York el 31 de marzo de 1953) y se anula al Parlamento en beneficio del Ejecutivo. La autoridad la conquistaron estos estados fascistas apoyándose en el ejército y armando a sus
partidarios.
Todos los centros de información son intervenidos por el control del Gobierno; incluso en Alemania se intentó subordinar a este fin a las iglesias. El que se opone a tal sistema –que se alardea de nuevo– irá sin tardanza o a la prisión o al cadalso. Se abandona la mentalidad de la Administración, el funcionario pasa a ser un soldado de probada lealtad, digno de confianza,
del frente nacional. Y una pieza fundamental es el poder judicial, que depende del líder. Dirá Laski cómo el eminente jurista –no lo cita– Carl Schmitt, llegó incluso a defender la terrible matanza del 30 de junio de 1934 como encarnación de la justicia.
Laski seguiría la interpretación marxista de la historia, pero con una peculiaridad: no creyó en que se debiera crear un núcleo revolucionario con el nombre del partido que instaurase una continua guerra civil y que propendiera a la dictadura del proletariado (la clase obrera industrial; el término pasó a ser de uso general después de que se popularizara en los escritos de Karl Marx) en el inevitable paso de una democracia burguesa al socialismo real tal y como indicase Lenin dentro de los
requisitos prerrevolucionarios.
Por el contrario, Laski se fija en Inglaterra, con una clase dirigente que se cree en el compromiso político y con una clase obrera que tiene mentalidad burguesa.Entre las Líneas En estas circunstancias llevar el marxismo a la Gran Bretaña sería un «aventurismo político», aquel que repugnaba al mismísimo Marx. Laski, por lo tanto, no acude al recurso de la dictadura del proletariado, aunque demandó de la oposición –quizá utópicamente y con poco realismo– que no derogase las leyes emanadas del gabinete socialista, y ello mediante un pacto de garantías formalmente expresadas; a su entender los propietarios de los medios de producción son los amos del Estado, y propugna adoptar la plena planificación (véase más en esta plataforma general) para paliar los abusos de los hombres de negocios. Véase George Gordon Catlin, Historia de los Filósofos Políticos, Ed. Peuser, Argentina, s.f., págs. 690 y ss. La enorme difusión de esta concepción en la época queda confirmada, a modo de ejemplo, porque también el pensador húngaro Karl Mannheim, desde otro planteamiento adoptaría un concepto de planificación (véase más en esta plataforma general) para evitar las disfunciones del
capitalismo.
La teoría de la soberanía laskiana es deudora de la que elaborase tiempo atrás Figgis, pero mientras éste se fija en los grupos para criticar la soberanía, Laski se muestra como un guardián de los derechos individuales. Laski pretende configurar una teoría política que constituya una filosofía acabada del Estado y su posición podría resumirse como una negación de la teoría de la soberanía. A su juicio sería necio observar al Estado como todopoderoso y que quepa su intervención en aspectos como la literatura religiosa, la intimidad de la vida privada, entre otros temas.Entre las Líneas En su opinión la soberanía confundía la legalidad con la moralidad y, a fin de cuentas, la suprema soberanía reside en el individuo, que es quien debe decidir en última instancia en caso de conflicto. Se le acusa de elaborar una teoría anárquica del Estado, pero él se defendía diciendo que la injusticia era aun peor que la anarquía; además la democracia descansa en el ideal de la participación voluntaria de los individuos en los fines colectivos de la sociedad (Lewis Rockow, El pensamiento político contemporáneo en Inglaterra, trad.
por Teodoro González García, Barcelona, Bosch, 1932, págs. 177-79).
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Laski elabora una teoría del Estado opuesta a la de los idealistas; él se fija en la realidad, en la práctica y, observada ésta, amolda las instituciones que deben contribuir al bienestar individual. La libertad es esencial del individuo y se deben transformar las instituciones para que participen en ellas un núcleo cada vez más amplio de ciudadanos, y, de esta suerte,
fomentar la libertad(Lewis Rockow, El pensamiento político contemporáneo en Inglaterra, trad.
por Teodoro González García, Barcelona, Bosch, 1932, págs. 180-81).
Hay que considerar cómo la posición de Laski sobre la actitud que debía adoptar la clase trabajadora ante la guerra civil española fue cuestión muy delicada y controvertida entre los intelectuales liberales y socialistas españoles.
La obra de Laski es un producto del período de entreguerras en una crisis que desasosiega a todo el mundo. La formula liberal –capitalista, o liberal– burguesa presentaba sus últimos coletazos y por mudar, cambiaba de piel en forma de fascismo. El propio Laski se contradice con su pluralismo y con su concepto de soberanía y alcanza un marxismo dulcificado, o dicho con otras palabras, adaptado a Gran Bretaña. Sus teorías son envueltas en el ropaje del retórico y deja de ser un científico. Su método consiste en ser directo, espontáneo, con un uso
torrencial de vocabulario, y ello otorga a sus escritos un toque de inigualable vitalidad.
Laski agrupa todo tipo de argumentos y ejemplos que conducen como por ensalmo a una apariencia de verdad. [rtbs name=”verdad”] Pero resulta que se trata tan solo de su verdad, que hace pasar por
universal. Un defecto en él fue su falta de acribia, al ser un torrente de ideas e imágenes, no revisaba ni corregía sus escritos ni sus argumentos, lo que le condujo al proceso que inició en 1946 por difamación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Y es que cabe interpretarle tanto como favorable a la revolución –cosa ajena a su pensamiento auténtico– como contrario a la misma, pues aquella podría cernirse sobre el territorio de un país si no se considerara el ansiado cambio social (Vid. Kingsley Martin, Harold Laski, cit., págs. 95-96).
Fuente: El Estado en la teoría y en la práctica, Harold J. Laski (2008)
Bibliografía
- Catlin (G.G.) Historia de los filósofos políticos, Ed. Peuser, Argentina, s.f. traducida por Luis Fabricant. Ebenstein (W) Los grandes pensadores políticos, Madrid, Revista de Occidente, 1965. Trad. al español dirigida por Enrique Tierno Galván.
- Laski (H J.) El estado moderno. Sus instituciones políticas y económicas.Traducción, prólogo y notas por Teodoro González García. Tomo I, Barcelona, Bosch, 1932, existe una reciente redición en Ed. Comares, Granada con estudio preliminar de J.L. Monereo.
- El Estado en la teoría y en la práctica, Madrid, Ed (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Revista de Derecho Privado, 1936. Trad. Vicente Herrero Ayllón, que se presenta ahora.
- Martin (K.) Harold Laski, Madrid, Editorial Tecnos, 1966.
- Rockow (L.) El pensamiento político contemporáneo en Inglaterra, trad. Por teodoro González García, Barcelona, Bosch, 1932, en especial Capítulo VI “Los pluralistas 1 – Laski y Russell”.
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