Idolatría en la Sagrada Escritura
Este elemento es una expansión del contenido de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs]
Qué es la Idolatría?
Nota: Para un más amplio concepto de idolatría, véase en el diccionario de conceptos o definiciones.
La idolatría, en el judaísmo y el cristianismo, es la adoración de alguien o algo que no es Dios como si fuera Dios. El primero de los Diez Mandamientos bíblicos prohíbe la idolatría: “No tendrás otros dioses delante de mí”.
Se han distinguido varias formas de idolatría. La idolatría burda, o manifiesta, consiste en actos explícitos de reverencia dirigidos a una persona o a un objeto: el sol, el rey, un animal, una estatua. Esto puede coexistir con el reconocimiento de un ser supremo; por ejemplo, Israel adoró el becerro de oro al pie del monte Sinaí, donde había acampado para recibir la Ley y la alianza del único Dios verdadero.
Sin embargo, una persona se hace culpable de una idolatría más sutil cuando, aunque se eviten los actos manifiestos de adoración, atribuye a una criatura la confianza, la lealtad y la devoción que pertenecen propiamente sólo al Creador. Así, la nación es una buena criatura de Dios, pero debe ser amada y servida con un afecto apropiado para ella, no con la devoción máxima que debe reservarse para el Señor de todas las naciones. Incluso la verdadera doctrina (por ejemplo, la verdadera doctrina sobre la idolatría) puede convertirse en un ídolo si no apunta más allá de sí misma, sólo a Dios.
Al mismo tiempo, el pensamiento cristiano ha insistido en el principio de la mediación y ha rechazado la acusación de que la adhesión a una agencia mediadora es automáticamente idolátrica. Las escrituras cristianas se llaman “la Santa Biblia” no porque tengan una santidad intrínseca o sean en sí mismas la fuente de dicha santidad, sino porque el Dios que es el único santo es mediado y revelado a los humanos a través de las palabras de la Biblia. Los cristianos no están de acuerdo sobre los agentes de la mediación, por ejemplo, sobre el papel de la Virgen María y de los demás santos. Pero cuando se reconoce la presencia de dicha mediación, también se reconoce que la reverencia mostrada hacia ella se aplica no al agente de la mediación en sí mismo, sino a aquel por el que el agente se mantiene. Un ejemplo especial es la naturaleza humana de Jesucristo (que es digna de la adoración divina por su unión inseparable con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad) y la Hostia consagrada en la Eucaristía (que puede ser adorada propiamente porque ha sido transformada en el cuerpo mismo de Cristo). Aunque la acusación de idolatría forma parte de la polémica de cristianos contra cristianos, de modo que los protestantes son acusados de bibliolatría y los católicos romanos de mariolatría, el significado fundamental del término es el corolario moral directo de la declaración judeo-cristiana de la unicidad de Dios: “Escucha, oh Israel: El Señor nuestro Dios es un solo Señor”.
Puede contrastarse con aniconismo, que en la religión, es la oposición al uso de iconos o imágenes visuales para representar seres vivos o figuras religiosas. Esta oposición es especialmente relevante en las tradiciones artísticas judía, islámica y bizantina.
El segundo mandamiento bíblico (parte del primer mandamiento para los católicos romanos y los luteranos), “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de nada”, que había sido concebido como una protección contra el culto a los ídolos, llegó a tener un efecto restrictivo en la producción del arte judío, aunque este efecto varió en fuerza en diferentes períodos y fue más fuerte en la escultura. Las representaciones figuradas estaban absolutamente prohibidas en el período inicial del Islām y bajo las dinastías bereberes de África y los mamelucos de Egipto y Siria, aunque bajo los ʿAbbāsids y la mayoría de las dinastías shīʿitas y turcas, sólo se excluía de los edificios públicos. En el Imperio Bizantino, durante la Controversia Iconoclasta (725-843), se impuso la prohibición de las representaciones de personajes santos o divinos.
Revisor de hechos: Brite y Mix
Escritura, Tradición, Ortodoxia y Herejía
Las palabras “ortodoxia” (véase más detalles) y “herejía” (véase más información) son ambas de origen griego. Véase también la información acerca de la ortodoxia y herejía en las escrituras cristianas.
La Escritura y la Tradición
La cuestión de la “ortodoxia” y la “herejía” en la teología cristiana está estrechamente relacionada con la cuestión de la relación entre la Escritura y la tradición como fuentes y autoridades para la creencia y la práctica cristianas. En la actualidad existen considerables diferencias sobre estas cuestiones entre los protestantes, los católicos romanos y los ortodoxos orientales. El propósito de la presente sección es examinar brevemente algunas de las opiniones más comunes ofrecidas por los pensadores de estas diversas comunidades.
Por un lado, la tendencia del lado de los teólogos protestantes es subrayar la prioridad de las Escrituras como únicas canónicas e infalibles en relación con todas las tradiciones eclesiales. La tendencia del lado de los pensadores católicos romanos y ortodoxos orientales, por otro lado, es llamar la atención sobre el hecho de que la Escritura surgió dentro del contexto previo de la tradición de la comunidad del pueblo de Dios, con referencia a la cual debe ser interpretada si se quiere entender correctamente. Ambas perspectivas tienen algo de verdad, pero también son incompletas. Por ello, esta sección termina con una síntesis de estas dos ideas, según la cual la Escritura y la tradición existen en una relación de prioridad mutua o recíproca entre sí: la tradición es formal y fenomenológicamente anterior a la Escritura, mientras que la Escritura es material y teológicamente anterior a toda tradición eclesial particular.
La Escritura primero
La posición típica de los protestantes es que la Escritura tiene prioridad sobre toda tradición. En palabras de Oliver Crisp, es el principium theologiae o “principio de la teología” y norma normans non normata: la norma absoluta que mide todo lo demás. Al mismo tiempo, es evidente que la interpretación de las Escrituras es a menudo controvertida. Esto plantea la cuestión de la tradición eclesial y su papel en la interpretación de la Biblia.
Sobre esta cuestión los protestantes no están de acuerdo. Todos están de acuerdo en que la tradición eclesial es penúltima, pero puede haber diferencias de énfasis entre ellos. Crisp acepta la primacía y la ultimidad de las Escrituras, pero al mismo tiempo subraya que un teólogo ignora o desprecia los concilios ecuménicos y los teólogos autorizados del pasado por su cuenta y riesgo. Estas fuentes tienen suficiente peso como para no ser ignoradas o dejadas de lado a la ligera. Por otro lado, las escrituras se relacionan con la iglesia del modo en que un guión teatral se relaciona con un grupo de actores. Las tradiciones de la iglesia son simplemente “interpretaciones” falibles del guión de las escrituras. Éstas pueden ser más o menos fieles a la intención del dramaturgo divino, por la que se juzga en última instancia la calidad de cada representación. De hecho, forma parte de la tradición de la iglesia precisamente que la Escritura goce de este estatus de primacía y ultimidad. Así, Cirilo de Jerusalén “No me creáis por el mero hecho de que os diga estas cosas, a menos que recibáis de las Escrituras inspiradas la prueba de las afirmaciones” (Conferencias catequéticas 4.17).
Más o menos con el mismo espíritu, John Peckham sostiene en su trabajo de 2016 que sólo las Escrituras son intrínsecamente canónicas como guía para la comunidad de la alianza de Dios. Los textos no son canónicos porque la comunidad los utilice como tales, sino que son canónicos porque Dios los destina a este fin. Este pensador es escéptico sobre el valor de plantear otros cánones para la teología más allá de los propios textos inspirados, como la comunidad creyente o la “regla de fe” o la tradición de la iglesia. En primer lugar, hay muchas comunidades o “reglas” o tradiciones eclesiales de este tipo entre las que elegir. En segundo lugar, estos cánones extrabíblicos son en sí mismos también objeto de disputas hermenéuticas e interpretativas (caps. 5-6). Por lo tanto, sostiene que la tarea de interpretar las Escrituras no se ve facilitada por el hecho de plantear otras guías interpretativas ambiguas.
Tradición, Escritura y Tradición
Ambas perspectivas tienen algo de verdad, pero también son incompletas. Es necesario distinguir dos sentidos de la prioridad. La tradición eclesial es anterior a la escritura en un sentido formal y fenomenológico, mientras que la escritura es anterior a toda tradición de la iglesia en un sentido material y teológico.
La posición católica romana y ortodoxa oriental es correcta al decir que las escrituras surgieron en el contexto de una comunidad particular y, por tanto, deben interpretarse a la luz de esa comunidad. En otras palabras, la tradición es formalmente anterior a la escritura. La escritura es un intento de comunicación de la iglesia primitiva. Y para entender lo que alguien intenta comunicar, hay que entender sus palabras como él o ella. La Escritura sólo puede ser totalmente ininteligible para la persona que no entiende lo que la comunidad quiere decir con “Dios”, “Jesús”, “salvación”, “justicia”, “Israel”, “juicio” y cosas similares. A esto equivale la prioridad formal de la tradición.
También es cierto que la tradición es fenomenológicamente anterior a las escrituras en el sentido de que toda persona que lee las escrituras lo hace a la luz de la educación religiosa que ha recibido de manos de otros. Del mismo modo que nadie puede ver sin la vista, y cada persona ve sólo lo que su vista le permite, nadie puede leer las Escrituras sin o aparte de la iniciación habilitante en una tradición que suministra los preconceptos y presupuestos necesarios para dar sentido al texto bíblico. Esto es lo que significa decir que la tradición es fenomenológicamente anterior a la escritura.
Al mismo tiempo, estos son sólo sentidos formales y fenomenológicos en los que la tradición es anterior a la escritura. No dicen nada concreto sobre el contenido real de la escritura. La Escritura debe interpretarse a la luz de la comunidad primitiva, pero de ello no se deduce que la Escritura deba leerse a través de la enseñanza de tal o cual comunidad contemporánea. Del mismo modo, la Escritura no puede leerse sino a través de la lente de una u otra tradición, pero de ello no se deduce que una tradición concreta sea la que debe leerse. Cada comunidad debe establecer la identidad teológica y la continuidad de su propia tradición con la tradición del grupo primordial que produjo las escrituras. ¿Pero cómo puede hacerlo? Sólo mediante una hermenéutica competitiva: interpretando el texto de una manera que parezca más natural que las interpretaciones de otras comunidades o tradiciones, como si su lectura hubiera surgido de los propios autores. Estas consideraciones revelan, pues, el sentido en que la Escritura es material o teológicamente anterior a toda tradición eclesial.
Por lo general, el objetivo del lector de las Escrituras no es simplemente adoptar una tradición particular y ver qué sentido puede darle al texto. Se trata más bien de comprender lo que la Escritura tiene que decir sobre Dios, el mundo, el ser humano, etc. El texto es magister y el lector discipulus. Es cierto que nadie puede leer las escrituras en absoluto sin la mediación facilitadora de alguna tradición. Pero uno puede encontrarse a menudo con que el texto le “tira de los pelos”. Uno se da cuenta de que sus presuposiciones y preconceptos son inadecuados para dar sentido al texto. En ese caso, uno es libre de abandonar esos presupuestos y buscar otros que resulten más esclarecedores. Esto es lo que significa la prioridad material y teológica de las escrituras.
Considere cómo un objeto físico sólo es perceptible desde un punto de vista u otro. No existe una “vista desde ninguna parte”. Y cada punto de vista hace visible e invisible, revelando algunos aspectos del objeto y posiblemente ocultando otros. Supongamos que uno está interesado en algún aspecto concreto de un objeto. Si no es visible desde el lugar en el que uno se encuentra ahora, puede cambiar su perspectiva desplazándose a otro lugar. Al hacerlo, uno busca ese punto de vista preciso desde el que el aspecto en cuestión puede salir a la luz con claridad. Lo mismo ocurre con la Escritura y la tradición, que se relacionan entre sí como el objeto y la perspectiva. Toda tradición proporciona un conjunto de definiciones y concepciones previas que permiten asignar un significado al texto. Pero éstas sólo son valiosas en la medida en que consiguen arrojar luz sobre lo que la Escritura quiere decir. Si una tradición se muestra inadecuada para esta tarea, puede ajustarse o cambiarse por otra.
Por lo tanto, parece más adecuado decir que la Escritura y la tradición existen en una relación de prioridad mutua o recíproca. La tradición es anterior a la escritura en un sentido formal y fenomenológico. La propia Escritura es el producto de la tradición de la Iglesia más antigua y debe leerse a la luz de ella. De hecho, no se puede leer la escritura en absoluto si no es desde el punto de vista de una u otra tradición. Al mismo tiempo, el objetivo del lector de las escrituras es comprender lo que las propias escrituras dicen. Conceder estos sentidos formal y fenomenológico de la prioridad sigue sin demostrar nada respecto a la enseñanza real de las escrituras. Cada iglesia o tradición contemporánea debe demostrar su identidad teológica y su continuidad con esa tradición primordial de la iglesia demostrando que es la que mejor permite comprender la escritura. Y si una tradición se muestra inadecuada para la tarea en este sentido, siempre puede ser ajustada o sustituida por otra.
Revisor de hechos: Suaian
Idolatría en la Sagrada Escritura en Relación a Teología
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1]
Introducción
Idolo (en griego eídólon) es la traducción más común de unos nombres hebreos, diversos entre sí. La palabra eídólon significa propiamente la imagen, el fantasma forjado por la fantasía.Entre las Líneas En la traducción del Antiguo Testamento al griego por los Setenta se emplea para designar unas realidades más concretas, expresadas en el original hebreo por voces diversas: Selem: que significa «talla», «escultura» (Num 33,52); ‘Asabbim: usado siempre en plural, significa «imagen tallada» (1 Sam 31,9); Semel: nombre de origen fenicio; significa «estatua de piedra» o «de madera» (Ez 8,3.5); Massékáh: «imagen fundida», en molde de arcilla (Ex 32,4.8); ‘Eben maskith: «piedra con alguna imagen tallada» (Lev 26,1). La palabra maskith no significa necesariamente una imagen idolátrica; puede designar las imaginaciones de la fantasía. etc.
Otra palabra hebrea para designar la «imagen de seres vivientes» es tabnit (Dt 4,16-18).Si, Pero: Pero los Setenta no la traducen por eídólon. Como el maskith no significa propiamente imagen idolátrica, a no ser que el mismo contexto lo suponga. Además en los Setenta se emplean otras voces para significar a veces estas realidades idolátricas; las voces más frecuentes son: eikon (Sap 13,6) y `ágalma (Is 21,9) (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Finalmente, la Biblia trae los nombres de falsas divinidades, mencionadas por diversos motivos, todos ellos relacionados con la historia de Israel. Todos estos nombres de falsos dioses pueden ser encuadrados bajo el título general de ídolos (cfr (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). F. Prat, o. c. en bibl., 822-825).
Descripción bíblica de los ídolos
La Biblia mantiene una lucha constante contra la idolatría.Entre las Líneas En primer lugar la legislación y la predicación profética insisten frecuentemente en la prohibición de fabricar imágenes de Yahwéh (Ex 20,4-5; Os 2,10; Is 2,8; Ez 8; etc.).
Otros Elementos
Además, y ya refiriéndose a los falsos dioses, describe a los ídolos con tonos despectivos: son imágenes sin contenido, vanidades, naderías, imágenes impotentes, ciegas, que no hablan ni caminan, etc. (Ps 155,5-7; Is 45,20; etc.); no son dioses, sino imágenes engañosas (Hab 2,18); son, a lo más, representaciones de los demonios (Dt 32,17; 1 Cor 10,20). Los ídolos son hechura de los hombres. Las primeras imágenes de ídolos que se mencionan en la Biblia son los térafim de Gen 31,34, que, por el contexto, parecen ser estatuillas de los dioses domésticos.
Indicaciones
En cambio, en 1 Sam 19,13-16 el térdfim con que Mikal engaña a Saúl tiene unas proporciones humanas.
Como datos informativos se nos cuenta que para fabricar los ídolos se empleaban metales preciosos, plata y oro (Ps 115,4; Os 8,4); bronce chapeado de oro y plata (ler 10,4); la madera es mencionada con frecuencia como materia prima de los ídolos; la piedra no era tan frecuente. Los ídolos aparecen a veces vestidos con ricas telas (Is 30,22), adornados con piedras preciosas, coronados con tiaras (Ez 23,15), colocados en algún pedestal u hornacina (Is 44,13; Sap 13,15). Jeremías, en el cap. 10, intenta describir la fabricación de los ídolos a grandes rasgos (Ier 10;1-16), contraponiéndolos al mismo Yahwéh (véase también una completa descripción de la materialidad de los ídolos en Sap 13,10-19).
Culto idolátrico
La Biblia prohíbe terminantemente el culto a los ídolos.Si, Pero: Pero no sólo prohíbe el culto a las imágenes de dioses falsos, sino incluso manda que no se hagan imágenes de Yahwéh. Por eso podemos distinguir, situándonos en el Antiguo Testamento, dos formas de quebrantar la Ley que de algún modo se pueden incluir dentro de la idolatría: el uso de imágenes de Yahwéh y el culto a los ídolos propiamente dicho.
Culto a imágenes de Yahwéh
Que a pesar de la prohibición de la Ley se dieran algunos casos de ese culto ha sido sugerido por algunos desde dos puntos de vista. Uno desde la hipótesis de la contaminación que Israel pudo tener con los cultos de los pueblos vecinos, particularmente de los cananeos (véase en esta plataforma: CANAÁN II). Y otro desde la interpretación de una serie de hechos narrados en la misma Escritura que parecen confirmar la existencia de este culto idolátrico de Yahwéh.
En principio hay datos que llevan a admitir una infiltración de los cultos idolátricos, en particular de los cultos de Baal (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), en el pueblo de Israel. Oseas lo afirma, aunque dice que fue algo transitorio (Os 13,1-3); Jeremías testifica este culto de Baal en las calles dé Jerusalén (ler 2,23; 11,13). Ezequiel parece que. también lo describe en su cap. 6,4-6.Entre las Líneas En los nombres teóforos encontramos a Baal en sustitución de los nombres de Dios, Yahwéh o Él: Beelyada, por Elyada; Yerub-baal, Isbaal, etc. La contaminación parece cierta; pero es difícil precisar en qué momento empezó esta «baalización» en Israel, y qué alcance tuvo. La instalación de los israelitas en Canaán y su vida pacífica, con intercambio comercial con los cananeos, marcan los momentos, principales de esta «baalización». ¿Llevó en algún momento o en algún lugar ese influjo cananeo a hacer imágenes de Yahwéh? Un ejemplo extremo que podría citarse es el de 1 Reg 12,26-33 donde se narra que Jeroboam hizo construir dos becerros de oro; pero ahí parece más bien que se trata de un sincretismo entre el yahwismo y otras religiones, con introducción de un nuevo sacerdocio, etc.
Otros hechos que algunos autores citan en favor de la hipótesis mencionada son:
El ídolo de Miká (Idc 17,1-13; 18,30-31)
Todo este primer apéndice del libro de los jueces (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) quiere demostrar la anarquía imperante en Israel antes de que viniera la Monarquía. La anarquía se manifiesta, de forma especial, en el culto, cuyo centro lo ocupa una imagen que recibe unas veces el nombre de «imagen tallada», y otras el de «ídolo de fundición». Era una imagen de Yahwéh. Miká y los danitas parecen de otra parte ser adoradores sinceros; por eso buscan para sacerdote de su santuario a un levita; y cuando ya lo tiene, concluye Miká: «Ahora sé que Yahwéh me favorecerá, porque tengo a este levita como sacerdote» (Idc 17,13).
El efod de Gedeón
Gedeón (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) fabrica con los anillos y collares recogidos a los madianitas un efod, que tiene todas las trazas de ser una imagen de Yahwéh.Entre las Líneas En otros pasajes bíblicos el efod es o un vestido sacerdotal (1 Sam 2,18) o un recipiente que contiene las suertes sagradas (1 Sam 2,28; 14,3).Si, Pero: Pero en 1 Sam 21,10 se habla de un efod, detrás del cual está la espada de Goliat, y que más parece ser una estatua que la bolsa de las suertes o el vestido sacerdotal.Entre las Líneas En cualquier caso el efod que fabrica Gedeón es un símbolo divino, al que se rinde culto idolátrico: «Gedeón hizo con todo ello un efod, que colocó en su ciudad, en Ofrá.Si, Pero: Pero todo Israel se prostituyó allí tras él y vino a ser una trampa para Gedeón y su familia» (Idc 8,27).
Sin embargo, la interpretación de este texto de Idc no es clara. Lagrange piensa que la palabra efod no es auténtica; quizá se introdujo para sustituir otra que designaba a un ídolo. Por lo demás los versículos siguientes (Idc 8,33-35) describen a Gedeón como alguien que, aun con límites, mantuvo el culto a Yahwéh, que fue en cambio abandonado a su muerte.
Imagen de Yahwéh sobre el arca
Mowinckel se empeña en deducir de algunos textos bíblicos que Yahwéh tenía una representación sensible colocada sobre el arca. Las suposiciones en que se basa esta interpretación son bastante vagas; debe ser rechazada.
El Horror de Maaká
Es un objeto, al parecer idolátrico, que Maaká, abuela del rey Asá, había levantado.Si, Pero: Pero tanto se puede tratar de una imagen idolátrica como de un baldaquino que albergaba la imagen de algún dios o diosa; dice el texto que «Maaká. había hecho un Horror para Aserá» (1 Reg 15,12-13). También se dice de Manasés (2 Reg 21,7; 23,6) que había colocado el ídolo de Aserá en la Casa de Yahwéh. Estos dos últimos casos, si son veneraciones idolátricas de Yahwéh, son episodios aislados y que terminan al poco tiempo de su aparición.
En resumen se puede decir que, aparte esos episodios más bien restringidos, el culto a Yahwéh se mantuvo, en general, en un culto sin imágenes (véase en esta plataforma: Dios iii); de una forma total, en tiempos de los Patriarcas y durante la peregrinación por el desierto (el libro de la Sabiduría recuerda esta pureza del culto en los orígenes del pueblo: Sap 14,13), con alguna infiltración en la época de los jueces, etc.Si, Pero: Pero los casos de representaciones de Yahwéh por imágenes existen por contaminación con los cultos cananeos; pero son pocos, aislados, en oposición a la legislación vigente y criticados por los profetas, particularmente por Oseas (véase en esta plataforma: IMAGEN DE DIOS).
Además, según afirma Durig, «los resultados negativos de las excavaciones parecen confirmar lo que por todos los estratos de la legislación (Ex 20,4 s.; 20,23; 34,17; Lev 19,4; Dt 4,15-25; 5,8 y pass.) y por la lucha de los profetas contra el culto de las imágenes (Os 2,10; 8,4-14; 10,5; 11,2; Is 2,8; 10,10-12; 17,7; 40,12-26; 44,9-20; Ier 2,26-28; 10,1-16; Ez 8; 14; 16; 20; 23) sabíamos sobre la ausencia de imágenes en el culto oficial del Dios de Israel».
Preguntémonos ahora por las razones de esta legislación sobre el culto divino sin imágenes. Se entiende en seguida el precepto del decálogo (Dt 27,15; Ex 20,4; Dt 4,9-28; v.) cuando se trata de dioses falsos; en cambio, ¿por qué cuando se trata de Yahwéh? Para comprenderlo bien hay que situarse en la mentalidad de aquella época. La imagen, en el mundo semita, no era sólo un signo sensible de una realidad superior, sino que tenía un valor casi mágico y se pensaba que quien tenía una imagen obtenía en algún sentido como un poder sobre la misma divinidad. La legislación prohibitiva de las imágenes y la predicación de los profetas contra las representaciones de Yahwéh no buscan, pues, sólo defender la espiritualidad de Dios, sino afianzar la trascendencia de Dios, que no puede ser «apresado» por el hombre ni puede limitarse a unos moldes de materia. Por eso cuando llega la época cristiana, en la que la Revelación se ha consumado y tanto la espiritualidad como la trascendencia y la omnipresencia de Dios están clarísimamente asentadas, esa prohibición ha sido superada y el uso de imágenes es legítimo (véase en esta plataforma: IMÁGENES).
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Culto idolátrico de los falsos dioses
Los israelitas admitieron, en algunos casos, la existencia de otros dioses. A veces recuerdan que sus antepasados les habían rendido culto (los 24,2; Idc 11,24; 1 Sam 26,19). Instalados en Canaán, no sólo «baalizaron» el culto de Yahwéh, sino que cayeron en el error de adorar también a los dioses cananeos: Baal Peor (Num 25,1-3; v. BEELFEGOR), Baal (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y Astarté (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), figuras que sintetizan en el Antiguo Testamento las divinidades cananeos (Idc 2,11-13), a los que levantaron altares y estelas sagradas (1 Reg 14,22-24 y 2 Reg 21,2-6), como después adorarán a los dioses asirios y babilonios, cuyo panteón les fascinaba (cfr. Is 17,8).
Los reyes de Israel y Judá tuvieron una parte en la contaminación idolátrica del pueblo, tanto por su negligencia cuanto, sobre todo, por las alianzas políticas y comerciales con los otros pueblos que les llevaron a admitir el culto de sus dioses. Recordemos, p. ej., la época última del reinado de Salomón (1 Reg 11,1-12). Particularmente grave fue la época de Manasés y de su hijo Amón (687-640 a. C.), en la que el mismo rey favoreció un sincretismo religioso que conmovió la auténtica religiosidad de Israel. Yahwéh sigue siendo el Dios supremo de Judá y ocupa el centro del culto en el templo de Jerusalén; pero alrededor de Yahwéh se asocian otros dioses: «alzó altares a Baal e hizo un cipo como lo había hecho Ajab, rey de Israel; se postró ante todo el ejército de los cielos y le sirvió. Construyó altares (a los dioses paganos) en la Casa de la que Yahwéh había dicho: En Jerusalén pondré mi morada. Edificó altares a todo el ejército de los cielos en los patios de la Casa de Yahwéh. Hizo pasar a su hijo por el fuego; practicó los presagios y los augurios, hizo traer adivinos y nigromantes. Colocó el ídolo de Aserá, que había fabricado, en la Casa (de Yahwéh)» (2 Reg 21,3-7).
Israel había caído antes que Judá en la idolatría, por obra de los reyes. El santuario de Betel parece ser el centro de toda esta religión sincretista tanto para Judá como para Israel: «abandonaron todos los mandamientos de Yahwéh, su Dios, y se hicieron ídolos fundidos, los dos becerros; se hicieron cipos y se postraron ante todo el ejército de los cielos y dieron culto a Baal.» (2 Reg 17,16-17). «Cada nación se hizo sus dioses y los pusieron en los templos de los altos que habían hecho los samaritanos. Veneraban también a Yahwéh y se hicieron sacerdotes en los altos. Reverenciaban a Yahwéh y servían a sus dioses según el rito de las naciones de donde habían sido deportados» (2 Reg 17,29-33). El grado que alcanzó este sincretismo religioso se puede adivinar leyendo el episodio último del ministerio profético de Jeremías (Ier 44).
Contra la idolatría y contra este sincretismo religioso luchan sobre todo los profetas. Sus argumentos son: ridiculizar a los ídolos, que no son nada y no pueden nada (1 Reg 18,18-40); pintar la degradación de su culto: cuando Israel los adora, comete un adulterio, una fornicación, pues se aparta del amor de su Dios (Os 2,4-10; Ier 2,33), abandona a su Dios glorioso para irse tras ídolos inútiles (Ier 2,11), dioses de mentira (Am 2,4), pedazos de madera (Os 8,6).
El destierro babilónico despierta la conciencia religiosa de Israel.
Informaciones
Los desterrados, aleccionados por los profetas y sufriendo en sus propias vidas el castigo de la idolatría, se vuelven a Yahwéh con sinceridad total. El destierro marca una vuelta al yahwismo más integral. La predicación insiste en que esos llamados los «otros dioses» no son verdaderos dioses; no pueden anunciar el porvenir; en realidad no existen; adorarlos es engañarse y traicionar a Yahwéh olvidando las obras buenas, salvadoras, que éste ha realizado siempre con su Pueblo.
El libro de las Sabiduría profundiza en la crítica de la idolatría, exponiendo las causas de las que brotó la adoración de los ídolos y las malas consecuencias que produjo y que produce todavía para el Pueblo de Dios (Sap 13,1-14,21).
En tiempo de los Macabeos aparece en Israel un nuevo peligro de idolatría. La fidelidad a la Ley y al yahwismo tradicional se ve amenazada por el helenismo circundante patrocinado por Antíoco Epifanes. A todo lo largo de los libros de los Macabeos corre esta tensión dramática. La reacción de los israelitas es fuerte y valiente.
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De otra parte se señala que la actitud idolátrica puede tener otro tipo de concretizaciones. ídolo es, en la predicación cristiana, el dinero (Mt 6,24; Eph 5,5), el poder político (Apc 13,8), la observancia exagerada de la Ley (Gal 4,8-9), la envidia, el odio, el placer (Rom 6,19; Tit 3,3), etc.; todo lo que hace al hombre esclavo del pecado y le aparta del verdadero servicio de Dios es ídolo.
[rbts name=”teologia”]Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre idolatría en la sagrada escritura en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
Sagrada Escritura
IMAGEN DE DIOS; DEMONIO; BEELFEGOR; ABOMINACIÓN; ANATEMA
Bibliografía
F. ALVAREZ-S. BARTINA, Idolatría, en Enc. Bibl. IV,7379; A. COLUNGA, El culto de las imágenes en la Ley mosaica, «Cultura Bíblica» 10 (1953) 19-20; W. DURIG, Imagen, en Diccionario de Teología bíblica, Barcelona 1967; A (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). FAux, Idolothyte, en DB (Suppl.) IV,187-195; 1. B (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). FREY, La question des images chez les juifs á la lumiére des récents découvertes, «Berytus» 15 (1934) 265 ss.; A. GELIN, Idoles, idolátrie, en DB (Suppl.) IV, 169-186 (con abundante bibl.); V. GRUMEL, Images (culte des), en DTC VII,1-766-768; H. LESETRE, Imagen, en DB III,1,843-844; A. MICHEL, Idolátrie, Idole, en DTC VII,1,602-669; E. MANGENOT, Idolothytes, en DTC V11,1,669-685; F. PRAT, Idolátrie, en DB II1,1,809-816; íD, Idole, ib. 816-830; L. TURRADO, La Sagrada Escritura y las imágenes, «Cultura Bíblica» 4 (1947) 142-146.
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La adoración de ídolos comienza en la mente: empieza con una percepción incorrecta de Dios. Dice que se puede convertir un abstracto (Dios) en un concreto (o madera o plástico), lo cual, por supuesto, es imposible. Los ídolos son tan engañosos que simultáneamente bloquearán el flujo de la gracia de Dios y atraerán a los demonios a las situaciones de nuestra vida.
La razón por la que recurrimos a los ídolos es que nos hacen sentir que tenemos el control de nuestras vidas. A pesar de esa sensación, en realidad es el ídolo el que tiene el control sobre nosotros.