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Pulsión

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Pulsión

Este elemento es una ampliación de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs] Alemán: Trieb, Instinkt.
Francés: Pulsion.
Inglés: Drive, instinct.
Italiano: istinto o puIsione.
Portugués: impulso o pulsão.

Pulsión o Impulso

Proceso dinámico consistente en un empuje (carga energética, factor de motilidad) que hace
tender al organismo hacia un fin. Según Freud, una pulsión tiene su fuente en una excitación
corporal (estado de tensión); su fin es suprimir el estado de tensión que reina en la fuente
pulsional; gracias al objeto, la pulsión puede alcanzar su fin.
I. Desde el punto de vista terminológico, el término «pulsión» fue introducido en las traducciones
de Freud como equivalente al alemán Trieb. Las traducciones francesas utilizan la palabra
pulsión, para evitar las implicaciones de términos de uso más antiguo, como «instinto» y
«tendencia». Este convenio no ha sido siempre respetado, a pesar de estar justificado.
1.° En lengua alemana existen las dos palabras Instinkt y Trieb. El término Trieb es de raíz
germánica, se utiliza desde muy antiguo y sigue conservando el matiz de empuje (treiben =
empujar); el acento recae menos en una finalidad precisa que en una orientación general, y
subraya el carácter irrepresible del empuje más que la fijeza del fin y del objeto.
Algunos autores emplean, al parecer, indistintamente los términos Instinkt y Trieb (Véase, por ejemplo, El concepto de instinto antes y ahora (Der Begriff des Instinktes einst und jetz, Jena), obra en la que Ziegler habla unas veces de Geschlechtstrieb, otras de Geschlechtsinstinkt); otros
parecen efectuar una distinción implícita, reservando Instinkt para designar, por ejemplo en
zoología, un comportamiento hereditariamente fijado y que aparece en una forma casi idéntica en
todos los individuos de una misma especie.
2.° En Freud, se encuentran ambos términos con acepciones claramente distintas. Cuando Freud
habla de Instinkt, es para calificar un comportamiento animal fijado por la herencia, característico
de la especie, preformado en su desenvolvimiento y adaptado a su objeto (véase: Instinto).
En francés, el término instinct posee las mismas implicaciones que Instinkt en Freud y, por lo
tanto, en nuestra opinión, debe reservarse para traducir este último; sí se le utiliza para traducir
Trieb, falsea el sentido del concepto en Freud.
El término «pulsión», aunque no forma parte del lenguaje corriente como Trieb en alemán, tiene,
no obstante, el mérito de que pone en evidencia el sentido de empuje.
Observemos que la Standard Edition inglesa ha preferido traducir Trieb por instinct, presciendo
de otras posibilidades tales como drive y urge (Algunos autores anglosajones prefieren traducir Trieb por drive). Este problema se discute en la Introducción
general del primer volumen de la Standard Edition.
II. Si bien la palabra Trieb no aparece en los textos freudianos hasta 1905, tiene su origen, como
noción energética, en la distinción que Freud establece muy pronto entre dos tipos de excitación
(Reiz) a los que se halla sometido el organismo y que debe descargar según el principio de
constancia. Junto a las excitaciones externas, de las que el sujeto puede huir o protegerse,
existen fuentes internas que aportan constantemente un aflujo de excitación al cual el organismo
no puede escapar y que constituye el resorte del funcionamiento del aparato psíquico.
En los Tres ensayos sobre la teoría sexual (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905) se
introduce la palabra Trieb, así como las distinciones entre fuente, objeto, fin, que en lo sucesivo
Freud seguirá siempre utilizando.
Así, pues, el concepto freudiano de la pulsión se establece en la descripción de la sexualidad
humana (pondere más sobre todos estos aspectos en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Freud, basándose especialmente en el estudio de las perversiones y de las
modalidades de la sexualidad infantil, refuta la concepción popular que atribuye a la pulsión
sexual un fin y un objeto específico y lo localiza en las excitaciones y el funcionamiento del
aparato genital. Por el contrarío, muestra que el objeto es variable y contingente y sólo es elegido
en su forma definitiva en función de las vicisitudes de la historia del sujeto. Muestra además
cómo los fines son múltiples, parciales (véase: Pulsión parcial) e íntimamente dependientes de
fuentes somáticas; éstas también son múltiples y susceptibles de adquirir y mantener para el
sujeto una función prevalente (zonas erógenas), de tal forma que las pulsiones parciales no se
subordinan a la zona genital y no se integran a la realización del coito más que al final de una
evolución completa que no viene garantizada por la simple maduración biológica.
El último elemento que introduce Freud a propósito de la noción de pulsión es el de empuje,
concebido como un factor cuantitativo económico, una «exigencia de trabajo impuesta al aparato
psíquico». En Las pulsiones y sus destinos (Trieb und Triebschicksale, 1915), Freud agrupa
estos cuatro elementos (empuje, fuente, objeto, fin) y da una definición de conjunto de la pulsión.
III. ¿Cómo situar esta fuerza que ataca al organismo desde el interior y lo empuja a realizar
ciertos actos susceptibles de provocar una descarga de excitación? ¿Se trata de una fuerza
somática o de una energía psíquica? Esta pregunta, efectuada por Freud, recibe respuestas
distintas en la medida en que la pulsión se define como «un concepto límite entre lo psíquico y lo
somático». Va ligado, según Freud, a la noción de « representante », entendiendo por tal una
especie de delegación enviada por lo somático al psiquismo. El lector hallará un examen más
completo de este problema en nuestro comentario del artículo Representante psíquico.
IV. Como ya hemos indicado, el concepto de pulsión fue analizado sobre el modelo de la
sexualidad, pero desde un principio en la teoría freudiana la pulsión sexual se diferenció de otras
pulsiones. Como es sabido, la teoría de las pulsiones en Freud fue siempre dualista; el primer
dualismo invocado fue el de las pulsiones sexuales y pulsiones del yo o de autoconservación;
por estos últimos Freud entiende las grandes necesidades o las grandes funciones
indispensables para la conservación del individuo, siendo su modelo el hambre y la función de la
alimentación.
Este dualismo se halla presente, según Freud, desde los orígenes de la sexualidad, superándose
la pulsión sexual de las funciones de autoconservación, en las cuales al principio se apoyaba
(véase: Apoyo); intenta explicar el conflicto psíquico afirmando que el yo encuentra en la pulsión
de autoconservación la mayor parte de la energía necesaria para la defensa contra la
sexualidad.
El dualismo pulsional introducido en Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips,
1920) opone pulsiones de vida y pulsiones de muerte y modifica la función y la situación de las
pulsiones en el conflicto.
1.° El conflicto tópico (entre la instancia defensiva y la instancia reprimida) prescinde ya del
conflicto pulsional, concibiéndose el ello como el reservorio pulsional que incluye los dos tipos de
pulsiones. La energía utilizada por el yo la toma éste de aquel fondo común, especialmente en
forma de energía «desexualizada y sublimada».
2.° En esta última teoría, los dos grandes tipos de pulsiones se conciben, más que como
motivaciones concretas del funcionamiento del organismo, como principios fundamentales que
presiden, en último análisis, la actividad de aquél: «Llamamos pulsiones a las fuerzas cuya
existencia postulamos en el trasfondo de las tensiones generadoras de las necesidades del
ello». Este cambio del acento es singularmente apreciable en el famoso texto: «La teoría de las
pulsiones es, por así decirlo, nuestra mitología. Las pulsiones son seres míticos, grandiosos en
su indeterminación».
La concepción freudiana de la pulsión conduce (como puede apreciarse en esta breve revisión)
al desmantelamiento de la noción clásica de instinto, y ello en dos direcciones opuestas. Por una
parte, el concepto «pulsión parcial» subraya la idea de que la pulsión sexual existe al principio en
estado «polimorfo» y tiende principalmente a la supresión de la tensión a nivel de la fuente
corporal; que, en la historia del sujeto, se liga a representantes que especifican el objeto y el
modo de satisfacción: el empuje interno, al principio indeterminado, experimentará un destino que
le confiere rasgos altamente individualizados. Pero, por otra parte, Freud, lejos de postular, como
fácilmente tienden a hacer los teóricos del instinto, detrás de cada tipo de actividad, la
correspondiente fuerza biológica, introduce el conjunto de las manifestaciones pulsionales
dentro de una sola gran oposición fundamental, tomada de la tradición mítica: oposición entre el
Hambre y el Amor, y más tarde entre el Amor y la Discordia.

Fuente: Diccionario de Psicoanálisis, Daniel Lagache (Francia)

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Definición

Concepto fundamental del psicoanálisis, destinado a dar cuenta, a través de la hipótesis de un montaje específico, de las formas de
relación con el objeto y de la búsqueda de la satisfacción.

Dado que esta búsqueda de la satisfacción tiene múltiples formas, conviene hablar en general más bien de pulsiones que de la pulsión, excepto en el caso en que interese su naturaleza general: las características comunes a todas las pulsiones. Estas características son cuatro: fueron definidas por Freud como la fuente, el empuje, el objeto y el fin. Determinan la naturaleza de la pulsión: ser esencialmente parcial, así como sus diferentes avatares (sus diferentes destinos: inversión, reversión, represión, sublimación, etc.).

Elementos

Historia del concepto en Freud

La pluralidad pulsional supone la noción de oposición o de
dualidad. Para el psicoanálisis, las diferentes pulsiones se reúnen al fin en dos grupos que
fundamentalmente se enfrentan. De esta oposición nace la dinámica que soporta al sujeto, es
decir, la dinámica responsable de su vida. Esta noción de dualidad fue considerada siempre por
Freud como un punto esencial de su teoría y, en buena parte, está en el origen de la divergencia,
y luego ruptura, con Jung, que, por su lado, se mostraba cada vez más partidario de una visión
monista de las cosas.
Una primera dificultad en el abordaje del concepto de pulsión consiste en resistir la tentación
psicologizante, la tentación de comprender rápidamente, que tendería por ejemplo a asimilar la
pulsión al instinto, a darle el nombre de pulsión a lo que quedaría de animal en el ser humano. Las
primeras versiones, en castellano, inglés y francés, de los textos freudianos han favorecido
este malentendido, proponiendo casi sistemáticamente traducir como instinto el término alemán
Trieb.
Una segunda dificultad proviene del hecho de que la noción de pulsión no remite directamente a
un fenómeno clínico tangible. Si el concepto de pulsión da buena cuenta de la clínica, es porque
constituye una construcción teórica forjada a partir de las exigencias de ella, y no porque dé
testimonio de alguna de sus manifestaciones particulares.
Desde un punto de vista epistemológico, el término pulsión aparece bastante pronto en la obra
freudiana, donde viene a dar el rango de concepto a una noción bastante mal definida, la de
energía. A partir de ese momento, este concepto pasa a ocupar enseguida una posición esencial
en la teoría analítica, hasta llegar a ser verdaderamente su clave de bóveda, lugar que ocupará
aun en los últimos textos de Freud. Pero este lugar no se debe sólo al papel fundador de la
metapsicología que tiene este concepto: está motivado también por la dificultad misma del
concepto y por su resistencia intrínseca, en cierto modo, para entregarle a Freud lo que este
espera de él, para develarle ciertos horizontes misteriosos. «La teoría de las pulsiones –escribe
en 1915- es la cuestión más importante pero también la menos acabada de la doctrina
psicoanalítica».
En J. Lacan, la pulsión conserva e incluso acrecienta todavía este lugar teórico. Para él es uno
de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, junto al inconciente, la trasferencia y la
repetición, y justamente el que se muestra más delicado en su elaboración. La pulsión constituye
también el punto límite donde captar la especificidad del deseo del sujeto, del que revela, por su
estructura en bucle, la aporía. Permite además erigir una verdadera topología de los bordes y
aparece, por último, como uno de los principales modos de acceso teórico al campo de lo real,
ese término de la estructura lacaniana que designa lo que para el sujeto es lo imposible.

La concepción freudiana

Es en 1905, en los Tres ensayos de teoría sexual, donde Freud usa
por primera vez el término pulsión y hace así de él un concepto determinante. Pero, desde la
década de 1890, como lo atestiguan la correspondencia con W (pondere más sobre todos estos aspectos en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Fliess y el Proyecto de
psicología, Freud está muy preocupado por aquello que da al ser humano la fuerza para vivir y
también por lo que le da a los síntomas neuróticos la fuerza para constituirse. Sospecha ya que
esas fuerzas son las mismas y que su desvío es lo que en ciertos casos provoca los síntomas.
En esta época, trata de distinguir entre estas fuerzas dos grupos, a los que refiere la «energía
sexual somática» y la «energía sexual psíquica», y llega a introducir incluso la noción de libido.
Luego, su interés lo lleva ya hacia las teorías del fantasma y de la represión, y descubre las
formaciones del inconciente. En 1905, entonces, habiendo ya explorado debidamente el «cómo»
de la neurosis, vuelve a la cuestión fundamental que se planteaba antes, la del «por qué», la de
las energías operantes en los procesos neuróticos.
El problema, justamente, es que los mecanismos de formación de los síntomas neuróticos
disimulan la naturaleza de las fuerzas sobre las que se ejercen. De este modo, para acceder a la
comprensión de estas últimas, Freud se ve obligado a tomar un camino indirecto. Hay dos
terrenos, piensa, que permiten observar «a cielo abierto» -o sea, suficientemente libre de la
represión- este juego de las pulsiones que constituye el motor de las neurosis y el motor del
sujeto humano. Estos dos terrenos son, respectivamente, el de las perversiones -donde la
represión es apenas eficaz- y el de los niños, esos «perversos polimorfos» -antes de que la
represión haya operado demasiado.
El estudio de las perversiones va a proveerle por lo tanto el medio para asir las características y
los modos de funcionamiento de las pulsiones. Pero, incidentalmente, también le da los
argumentos en apoyo de la tesis sobre la sexualidad infantil -que se juzgará totalmente
inaceptable en la época- y los medios para elaborar una teoría general de la sexualidad.
En Tres ensayos de teoría sexual, Freud precisa en primer lugar la naturaleza de la pulsión
sexual: la libido. Le parece que no hay lugar ya para repartirla entre las vertientes «somática» y
«psíquica». Por el contrario, le parece que se reparte por estas dos vertientes y entre ellas y
que es esta posición fronteriza la que mejor la define, como, finalmente, a toda pulsión. «La
pulsión -escribe- es el representante psíquico de una fuente continua de excitación proveniente
del interior del organismo». Muestra luego que, en el plano sexual, cualquier punto del cuerpo
puede estar tanto en el origen de una pulsión como en su término, como lo muestran las
«perversiones de objeto». En otras palabras, cualquier lugar del cuerpo puede ser o devenir
zona erógena a partir del momento en que una pulsión lo inviste. Esta comprobación tiene varias
implicaciones: en primer lugar, la de la multiplicidad de las pulsiones, puesto que sus orígenes y
sus objetivos son muy numerosos; en segundo lugar, el de su dificultad en tender hacia un fin
común, es decir, en verdad, su casi imposibilidad para unificarse, puesto que pueden
conformarse con objetivos parciales y muy diferentes unos de otros; en tercer lugar, la de la
precariedad de sus avatares, puesto que estos se muestran finalmente tan variados y
movientes como los objetivos mismos.
Por último, propone distinguir bien el grupo de las pulsiones sexuales (que, en ciertas
condiciones, entre otras cuando no son «desviadas» hacia una de las vías que se califican de
perversas, permiten al ser humano reproducirse) de otro grupo de pulsiones, que, por su parte,
tiene por función mantener en vida al individuo. Este segundo grupo engloba las pulsiones que
empujan al sujeto a alimentarse, a defenderse, etc., es decir, las pulsiones de autoconservación
que Freud no tardará en denominar más bien pulsiones del yo, para insistir no tanto en su
función (la supervivencia) como en el objeto de esa función: el individuo mismo.
Freud define así las pulsiones en la interfase de lo somático y de lo psíquico, destaca su
diversidad (y por consiguiente su pluralidad), indica lo frecuente de su carácter inacabado (por
consiguiente su carácter parcial, su falta de unificación y la incertidumbre de sus destinos) y
postula dos tipos principales y opuestos de pulsiones: las pulsiones sexuales y las pulsiones del
yo.
Algunos años después, en 1914, Freud adelanta una nueva noción, la del narcisismo, el amor
que el sujeto dirige a un objeto muy particular: él mismo. Este nuevo concepto le ofrece una clave
suplementaria para abordar una parte del campo de las psicosis (psicosis narcisistas, como las
llama en esa época) pero lo obliga también a reconsiderar esa oposición que tenía por
fundamental entre pulsiones sexuales y pulsiones del yo. En efecto, a partir del momento en que
admite que existe una verdadera relación de amor entre el sujeto y su propio yo, le es necesario
también admitir que hay una libidinización del conjunto de las funciones del yo (que estas no
responden simplemente a la lógica de la autoconservación sino que también están
erogeneizadas), que la preservación del yo no entra únicamente en el registro de la necesidad,
sino además, y en definitiva sobre todo, en el del deseo. Por consiguiente, desde que el yo es
también un objeto sexual, se desprende de ahí que la distinción entre pulsiones sexuales y
pulsiones del yo ya no tiene razón de ser (pondere más sobre todos estos aspectos en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Freud la remplaza entonces por la de pulsiones del yo
y pulsiones de objeto. Muy provisionalmente, porque pronto se le hará evidente que esta
segunda oposición no es sostenible: la desmiente la teoría misma del narcisismo, ya que esta
precisamente muestra que el yo es un verdadero objeto para el sujeto. Por lo tanto, yo y objeto
deben ponerse de hecho en el mismo plano, en todo caso en lo concerniente a las pulsiones.
En otra etapa, casi simultánea, se ve llevado a precisar exactamente las características de las
pulsiones. Esto ocurre con Trabajos sobre metapsicología (1915), recopilación inicial de doce
artículos que se proponen suministrar los fundamentos del psicoanálisis. El artículo princeps
-uno de los cinco que no fue destruido por el mismo Freud- se titula Pulsiones y destinos de
pulsión. En la primera parte, tras una muy bella advertencia epistemológica, define la naturaleza
de la pulsión: una fuerza constante, de origen somático, que representa «una excitación» para lo
psíquico. Luego se enuncian las características de la pulsión: fuente, empuje, objeto y fin. La
fuente, como se acaba de decir, es corporal; procede de la excitación de un órgano, que puede
ser cualquiera. El empuje es la expresión de la energía pulsional misma. El fin es la satisfacción
de la pulsión, dicho de otro modo, la posibilidad de que el organismo alcance una descarga
pulsional, o sea, reconduzca la tensión a su punto más bajo y obtenga así la extinción
(temporaria) de la pulsión. En cuanto al objeto, es todo aquello que permita la satisfacción
pulsional, o sea, alcanzar el fin. De todo esto surge que los objetos pulsionales son innumerables
pero también, y sobre todo, que el fin de la pulsión no puede ser alcanzado sino de manera
provisional, que la satisfacción nunca es completa porque la tensión renace enseguida, y que, al
fin de cuentas, el objeto siempre es en parte inadecuado y su función nunca se cumple
definitivamente.
Queda así reafirmado el carácter múltiple y opuesto entre sí de las pulsiones. Pero Freud es
mucho menos claro sobre la naturaleza de esta oposición, que por otra parte considera poco
importante precisar. La distinción yo/objeto que preconizaba le parece ya mucho menos
pertinente y, si todavía se refiere a la de las pulsiones del yo/pulsiones sexuales, es más para
mostrar que los dos grupos tienen finalmente cada uno por función garantizar la supervivencia
de algo y que este algo es lo que los especifica: supervivencia del individuo para el primero,
supervivencia de la especie para el segundo. Pero, a partir de aquí, la pulsión sexual, que
demuestra la continuidad del germen más allá del individuo, tiene una afinidad esencial con la
muerte.
La segunda parte del artículo se refiere a las vicisitudes de las pulsiones: sus suertes [sortsI,
como propone Lacan traducir el término Triebschicksale [destinos de pulsión], No son suertes
felices; y, por otra parte, sólo existen por el hecho de que las pulsiones no pueden alcanzar su
fin (pondere más sobre todos estos aspectos en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Freud enumera cinco, que son, en cierto modo, cinco maneras, para la pulsión, de organizar
el fiasco [ratage: también falla, pifiada] de la satisfacción. La primera es el proceso más corriente
en el campo de las neurosis, el responsable de la formación de los síntomas: la represión. La
segunda, propia de las pulsiones sexuales, sigue siendo quizá la más misteriosa, también es
ejemplar en cuanto a la distancia que puede separar un origen pulsional de su devenir último: se
trata de la sublimación. Las otras tres (la trasformación en lo contrario, la vuelta contra la
propia persona y el pasaje de la actividad a la pasividad) son de hecho constitutivas de la
gramática que organiza el campo de las perversiones, y más particularmente, de las oscilaciones
que se operan de una posición perversa a otra. Por último, para ser totalmente exhaustivos,
habría que agregar dos maneras más, mencionadas en Introducción del narcisismo (1914), que
parecen más específicas de las psicosis: la introversión y las regresiones libidinales
narcisistas.
En 1920, en Más allá del principio de placer, a partir de los indicios suministrados por la
repetición, Freud termina por forjar la hipótesis de una pulsión de muerte (véase pulsión de vida –
pulsión de muerte). La opone a las pulsiones de vida y hace de esta dualidad la pareja
fundamental en la que reposa toda la teoría pulsional. Las pulsiones sexuales, del yo o de objeto,
vienen entonces a situarse, según su función, en una u otra de estas dos categorías, con la
importante idea de que la supervivencia de la especie puede ser antagónica a la del individuo. A
partir de allí, queda reafirmado el principio general del funcionamiento psíquico, a saber, que el
aparato psíquico tiene como tarea reducir al mínimo la tensión que crece en él, especialmente por
obra de las pulsiones. Pero ahora este funcionamiento está subsumido a la pulsión de muerte, es
decir, a una tendencia general de los organismos no sólo a reducir la excitación vital interna, sino
también, por ese camino, a volver a un estado primitivo inorganizado, o sea, en otros términos, a
la muerte primera. Y en 1924, en El problema económico del masoquismo, Freud corroborará
esta visión de las cosas, viendo allí la expresión del principio de Nirvana.

La concepción lacaniana

Lacan, en particular en el Seminario XI, «Los cuatro conceptos
fundamentales del psicoanálisis» (1973), se dedica a radicalizar estas concepciones. El hecho
de que las pulsiones siempre se presentan como pulsiones parciales le parece determinante, en
tanto introduce el lazo necesario entre sexo y muerte y en tanto funda una dinámica de la que el
sujeto es el producto. Este sujeto está en lucha con dos lógicas de tendencias antagónicas: la
que lo hace diferente de cualquier otro ser viviente, y preocupado entonces ante todo por su
propia supervivencia, y la que lo considera uno entre otros, y entonces, aun cuando no se dé
cuenta de ello, lo pone al servicio de su especie. Por otra parte, al volver sobre las
características de las pulsiones, Lacan va a insistir en el hecho de que lo propio del objeto
pulsional es no estar jamás a la altura de lo esperado. Este carácter del objeto tiene toda clase
de consecuencias: en primer lugar, hace que sea imposible realizar directamente el fin pulsional,
y por motivos no contingentes sino estructurales, en segundo lugar, sitúa la razón de la
naturaleza parcial de la pulsión en este carácter inacabado; en tercer lugar, permite también
poder describir el trayecto de la pulsión: al errar su objeto, la pulsión describe una especie de
bucle alrededor de él que la lleva de nuevo a su lugar de origen y la dispone a reactivar su
fuente, es decir, la prepara para iniciar entonces un nuevo trayecto casi idéntico al primero; por
último, permite agregar otros dos objetos pulsionales a la lista establecida por Freud: la voz y la
mirada.
Pero este carácter parcial de la pulsión, este fiasco y este aspecto inacabado incitan a Lacan a
inscribir allí el origen del despedazamiento corporal fundamental del sujeto y a denunciar el
engaño que representa la noción de una genitalidad unificada, o sea, de un estadio subjetivo
donde las pulsiones estarían todas reunidas para responder al unísono a una función global
como la de la procreación. Este estado, dice, sólo puede ser un ideal, en flagrante contradicción
con los principios que rigen a las pulsiones; y esto lo lleva a recusar la noción misma de estadio
entendida en la perspectiva de tina progresión genética.

Fuente: Diccionario de Psicoanálisis, Roland Chemama

Pulsión

Los añadidos sucesivos realizados por Freud al texto inicial de 1905 de los Tres ensayos de
teoría sexual bastan para comentar su reflexión un tanto desengañada de 1924: «La teoría de
las pulsiones es la parte más significativa pero también la más inacabada (unfertigste) de la
teoría psicoanalítica».
Incide en esta indecisión la diversidad de las líneas de pensamiento que se siguieron en la
construcción del concepto: legado antiguo, en primer lugar estoico y de la termodinámica;
referencia sexual de la primera teorización freudiana; repercusión de la crítica junguiana y
elaboración de la segunda tópica; inflexión sociológica e historicista del último pensamiento
freudiano; articulación de la pulsión con el registro del significante (Lacan).
Para dar cuenta de la confusión entre la acepción física y la acepción psicológica del término
Trieb en el uso alemán, habría que remontarse a la elaboración estoica de una energética
general bajo la categoría de la opun. La disociación de ambas acepciones sancionará la
precisión técnica obtenida en el dominio de la termodinámica (en el cual se determina con
Helmholtz la oposición entre energía libre y energía ligada) y en el dominio de la psicología (donde
la noción está llamada a designar un principio de acción independiente de la voluntad). Desde
este último punto de vista se elaboró la distinción trazada por Breuer entre la energía «tónica» y
la energía «libre». No obstante, esta conceptualización no hace ninguna referencia a la
sexualidad. En Freud, el concepto de pulsión presentará el interés de especificar en tanto
«pulsión sexual» la energía propia de la libido, distinta de la pulsión del yo o de conservación.
Esta sexualización de un tipo de pulsión encontrará su primera base en la noción de zona
erógena. De la pulsión (Trieb) proveniente de fuentes no sexuales -simplemente motrices- se
distinguirá, en efecto, bajo la forma de pulsiones parciales, la contribución de los órganos
receptores de excitación (piel, mucosa, órganos de los sentidos), y -escribe Freud- se puede
describir como «zona erógena» al órgano «cuya excitación le presta a la pulsión un carácter
sexual».
El pasaje al punto de vista explicativo favorece después la ampliación del dominio de
investigación: «Podemos llegar a un conocimiento mayor de la pulsión sexual en ciertos sujetos
bastante próximos a lo normal, estudiándolos con la ayuda de un método particular. Sólo hay un
modo de llegar a conclusiones útiles acerca de la pulsión sexual en las neuropsicosis (histeria,
neurosis obsesiva, la llamada neurastenia), y consiste en someterlas a investigaciones
psicoanalíticas, siguiendo el método practicado por primera vez por Breuer y en 1893, y que
entonces denominamos tratamiento “catártico”».
En el centro de la conceptualización aparece entonces el problema de la energía: «Diremos en
primer lugar, repitiendo lo que hemos publicado en otra parte, que estas neuropsicosis, por lo
que hemos podido verificar, deben relacionarse con la fuerza de las pulsiones sexuales.
Con esto no entiendo sólo que la energía de la pulsión sexual constituye una parte de las
fuerzas que sostienen las manifestaciones patológicas, sino también que ese aporte es la fuente
de energía más importante de la neurosis, y la única constante. De manera que la vida sexual de
los enfermos se manifiesta exclusivamente, en gran parte, o parcialmente, por estos síntomas.
Estos no son, como ya lo he dicho en otro lugar, más que la actividad sexual del enfermo. La
prueba de lo que digo está en las observaciones psicoanalíticas realizadas durante veinticinco
años, sobre histéricos y otros neuróticos, observaciones cuyos resultados están consignados
en otros escritos o serán publicados más adelante».
La diferenciación de los síntomas remite entonces a la noción de pulsión parcial: «Entre las
causas de los síntomas de las neuropsicosis es preciso atribuir un rol importante a las pulsiones
parciales, que forman por lo común pares antagónicos y que nosotros conocemos ya como
capaces de constituir nuevas metas: tales son la pulsión de ver y de mostrar en los voyeurs y
los exhibicionistas, la pulsión de crueldad en sus formas activa y pasiva. No se puede
comprender lo que hay de sufrimiento en los síntomas mórbidos si no se tiene en cuenta la
pulsión de crueldad. Ésta, casi siempre, determina una parte de la actitud social del enfermo. Es
este elemento de crueldad en la libido lo que causa la transformación del amor en odio, de
emociones tiernas en movimientos hostiles, que se encuentra en la sintomatología de muchas
neurosis y forma, casi en su totalidad, la sintomatología de la paranoia».
Así tendremos una primera idea de la pulsión, al caracterizar el trabajo del aparato psíquico en
su naturaleza y en su relación con el cuerpo.
Desde el primer punto de vista, La interpretación de los sueños y El chiste sugieren una
dirección: este trabajo deberá estudiarse y comprenderse como reducción del proceso
secundario al proceso primario.
Se observará además que, desde ese momento, Freud tiende a subrayar la relatividad de su
construcción. «He propuesto distinguir dos grupos de estas pulsiones originarias, el de las
pulsiones del yo o de autoconservación, y el de las pulsiones sexuales. Pero esta distinción no
tiene la importancia de un supuesto necesario como lo es, por ejemplo, la hipótesis concerniente
a la tendencia biológica del aparato psíquico; es una simple construcción auxiliar, que sólo
conservaremos mientras resulte útil y que podrá reemplazarse por otra sin que ello cambie
mucho en los resultados de nuestro trabajo de descripción y ordenamiento de los hechos. El
motivo de esta distinción se encuentra en la historia del desarrollo del psicoanálisis, que ha
tomado como primer objeto las neuropsicosis o, más exactamente, entre ellas, el grupo que se
puede denominar “neurosis de transferencia” (histeria y neurosis obsesiva): ellas han permitido
comprender que en la raíz de toda afección de este tipo tiene que encontrarse un conflicto entre
las reivindicaciones de la sexualidad y las del yo. Es siempre posible que un estudio profundo de
las otras afecciones neuróticas (sobre todo de las neuropsicosis narcisistas: las
esquizofrenias) nos obligue a cambiar esta fórmula y, al mismo tiempo, a agrupar de otro modo
las pulsiones originarias.»
Pero la crítica puede tomar una forma más radical. «Finalmente, dudo que algún día sea posible,
sobre la base de la elaboración del material psicológico, recoger indicios decisivos para separar
y clasificar las pulsiones. Para elaborar este material, parece más bien necesario aplicarle
ciertas hipótesis concernientes a la vida pulsional, y sería deseable tomar estas hipótesis de otro
dominio y transferirlas a la psicología. Sobre este punto, lo que nos aporta la biología no
contradice seguramente la separación de las pulsiones del yo y las pulsiones sexuales. La
biología nos enseña que la sexualidad no puede ponerse en el mismo plano que las otras
funciones del individuo, pues sus tendencias superan al individuo y tienen por fin la producción
de nuevos individuos, es decir, la conservación de la especie. La biología nos muestra además
la coexistencia codo a codo de dos concepciones de la relación entre el yo y la sexualidad,
igualmente justificadas; según una, el individuo es lo esencial: la sexualidad se considera una de
sus actividades, y la satisfacción sexual, una de sus necesidades; según la otra concepción, el
individuo es un apéndice temporario y pasajero del plasma germinativo, casi inmortal, que le ha
sido confiado para la generación.»
De hecho, el destino de las pulsiones, es decir, la historia de su desarrollo, se limitará a las
pulsiones sexuales, encaradas según las polaridades sujeto-objeto, placer-displacer y
activo-pasivo.
Además, esta noción del destino de las pulsiones es totalmente modificada cuando Freud
reemplaza la oposición de pulsiones del yo y pulsiones sexuales por la oposición de pulsiones
de vida y pulsiones de muerte.

Aporte de las afecciones narcisistas

Según el propio reconocimiento de Freud, la crisis que se produjo en la concepción de la pulsión
puede atribuirse a la ampliación de la investigación al dominio de las afecciones narcisistas.
Desde la época de sus primeros trabajos, en efecto, Freud había subrayado la parte que en la
paranoia le corresponde a los desplazamientos del yo. No obstante, se abrió una perspectiva
nueva al profundizarse de manera decisiva el análisis del yo bajo la égida del narcisismo: por
este hecho, el «destino de las pulsiones» fue llamado a inscribirse, no sólo en la dimensión
prospectiva del desarrollo, sino también en la dimensión de una «regresión narcisista».
Correlativamente, la puesta en evidencia del conflicto lleva a considerar, en oposición a las
pulsiones sexuales, otro grupo de pulsiones, las pulsiones del yo. La noción es introducida -o
mejor precisada- por Freud en 1910, a propósito del análisis del trastorno psicógeno de la visión.
«Si el trastorno psicógeno de la visión, como lo hemos aprendido, se basa en el hecho de que
ciertas representaciones relacionadas con la visión quedan separadas de la conciencia,
entonces el modo de pensar psicoanalítico obliga a admitir que estas representaciones
sucumben a la represión porque están en oposición a otras que se han vuelto más fuertes y
para las cuales empleamos el concepto colectivo de “yo”, compuesto cada vez de modo
diferente. Pero ¿de dónde puede provenir esta oposición entre el yo y los grupos aislados de
representaciones, que causa la represión? Observarán ustedes que este tipo de interrogante no
era posible antes del psicoanálisis, pues entonces no se sabía nada del conflicto psíquico ni de
la represión. Por nuestras investigaciones estamos ahora en condiciones de dar la respuesta
esperada. Ahora prestamos atención a la importancia de las pulsiones para la vida
representativa; la experiencia nos ha enseñado que cada pulsión trata de imponerse dando vida
a representaciones conformes a sus metas. Estas pulsiones no se concilian siempre entre ellas;
a menudo entran en conflicto de intereses; las oposiciones entre las representaciones no son
más que la expresión de los combates entre diferentes pulsiones. La oposición innegable entre
las pulsiones que sirven a la sexualidad, a la obtención de placer sexual, y las otras, que tienen
por meta la autoconservación del individuo, las pulsiones del yo, tiene una importancia muy
particular para nuestro intento de explicación. Todas las pulsiones orgánicas que actúan en
nuestra alma pueden clasificarse, siguiendo las palabras del poeta, en “hambre” y “amor”.»
Sucede además que esta heterogeneidad se duplica con una estrecha solidaridad entre los
vehículos orgánicos de los que surgen esos dos grupos. «De una manera general, son los
mismos órganos y los mismos sistemas de órganos los que están a disposición de las pulsiones
sexuales y las pulsiones del yo. El placer sexual no está simplemente vinculado a la función de
los órganos genitales; la boca sirve para besar tanto como para comer y comunicar la palabra;
los ojos no perciben sólo las modificaciones del mundo exterior importantes para la conservación
de la vida, sino también las propiedades de los objetos por las cuales éstos son elevados al
rango de objetos de la elección amorosa, y que constituyen sus “encantos”. Se confirma
entonces que no es fácil para nadie servir a dos amos al mismo tiempo. Cuanto más íntima es la
relación que un órgano dotado de esta función bilateral establece con una de las grandes
pulsiones, más se rehúsa a la otra. Este principio conduce necesariamente a consecuencias
patológicas si las dos pulsiones fundamentales se desunen, si el yo mantiene una represión
contra la pulsión sexual parcial interesada.»
Sobre este fundamento se constituyó, hacia 1913 («Pulsiones y destinos de pulsión») una
energética de la pulsión, considerada como un «concepto fundamental» de la metapsicología.

Construcción teórica, apertura crítica

Para especificar el punto de vista propiamente psicoanalítico hay que distinguir tres aspectos de
la noción de pulsión.
a) Aspecto fisiológico: si se considera la pulsión en su generalidad, se distinguirá la excitación
pulsional de la excitación refleja por tres características: origen interno, forma constante,
imposibilidad de escapar de ella mediante acciones de fuga.
b) Aspecto biológico: en ausencia de una eventualidad de fuga, se impondrá la tarea de un
«dominio» de las excitaciones, cuyas fluctuaciones se manifestarán por el automatismo de las
variaciones en la serie placer-displacer.
c) Aspecto psicológico o biopsicológico: «Si, ubicándonos en un punto de vista biológico,
consideramos ahora la vida psíquica, el concepto de “pulsión” se nos aparecerá como un
concepto límite entre lo psíquico y lo somático, como el representante psíquico de las
excitaciones provenientes del interior del cuerpo y que llegan al psiquismo, como una medida de
la exigencia de trabajo que se le impone a lo psíquico como consecuencia de su ligazón con el
cuerpo». Exigencia de trabajo que se pone de manifiesto en la búsqueda de la satisfacción
libidinal.

Aporte de las afecciones narcisistas

Ya hemos dicho que al profundizarse el análisis del yo bajo la égida del narcisismo, el «destino
de las pulsiones» se inscribió también en la dimensión inversa de una «regresión narcisista».
Pero ¿cuál es el resorte de esta regresión? ¿Hay que admitir simplemente que la investidura del
yo prevalece en intensidad sobre la del objeto? El proceso sería entonces regido por el principio
de placer. ¿0 bien el retomo a un estadio anterior del desarrollo pone en juego una relación
esencial del sujeto con el tiempo, a saber: la prevalencia de la anterioridad en tanto que tal? En
Freud, esta última hipótesis se justifica por la analogía entre diferentes procesos, en los que el
desarrollo parece no sólo escapar sino incluso a menudo contradecir la jurisdicción del principio
de placer: por ejemplo, los procesos observables en las neurosis traumáticas, el juego infantil, la
transferencia. En estos casos, la tendencia a la repetición se ejerce a la manera de una
«compulsión» (Zwang). Vayamos más lejos. Esta «compulsión» ¿en qué relación está con lo
«pulsional», tomado en su generalidad?
«Se nos impone la idea de que estamos aquí sobre las huellas de una propiedad general de los
instintos, quizás incluso de la vida orgánica en su conjunto, una propiedad todavía poco
conocida o que, por lo menos, no ha sido aún formulada explícitamente. Un instinto no sería más
que la expresión de una tendencia inherente a todo organismo vivo, que lo empuja a reproducir,
a restablecer un estado anterior al que se vio obligado a renunciar bajo la influencia de fuerzas
perturbadoras exteriores; la expresión de una especie de elasticidad orgánica o, si se lo
prefiere, de la inercia en la vida orgánica.»
«De modo que no haremos más que llevar nuestra hipótesis al límite al postular que la meta (Ziel)
de toda vida debe estar representada por un estado antiguo, un estado de partida que la vida
abandonó otrora y hacia el cual tiende a volver por todos los rodeos de la evolución. Si
admitimos, como hecho experimental sin excepciones, que todo lo que vive vuelve al estado
inorgánico, muere, por razones internas, podemos decir que el fin hacia el que tiende toda vida
es la muerte y, a la inversa, que lo inanimado es anterior a lo animado.»
Se observará además que no por ello la definición en sí de la pulsión se encuentra modificada.
En los términos del artículo «Pulsiones y destinos de pulsión», la pulsión es la medida del trabajo
impuesto al aparato psíquico por el hecho de su dependencia del cuerpo. Al caracterizar más en
general el proceso pulsional por «la elasticidad de la vida orgánica», la concepción de la pulsión
de muerte de 1920 mantiene que la sede de la tensión que el aparato psíquico está llamado a
reducir ya no es el «cuerpo» (en su dependencia en primer lugar de la zona erógena), sino el
«ser vivo orgánico» como tal. En síntesis, a la oposición de la pulsión sexual al yo la sucederá la
oposición de pulsión de muerte y pulsión de vida, en cuanto esta última consagra la tensión
derivada del advenimiento de la organización en su relación retrospectiva con lo inanimado. El
propio Freud confirma que la noción de pulsión de muerte es en última instancia de orden
esencialmente especulativo; subraya que ninguna experiencia nos permite captar su acción en
estado puro, salvo quizá la epilepsia; además su alcance operatorio se manifiesta mejor cuando
se encuentra imbricada con la pulsión de vida, sobre todo bajo la forma de pulsión de agresión.
La pulsión de muerte contribuye así a justificar una noción derivada de Adler, durante mucho
tiempo recusada por Freud. En su nueva versión, la pulsión de agresión conservará un carácter
compuesto. Interiormente, en efecto, en la agresión se oponen dos tendencias: la tendencia a
apropiarse del objeto (que surge del registro de la pulsión de vida, puesto que apunta en primer
lugar a unirse a ese objeto), y la tendencia a destruirlo (que surge de la pulsión de muerte). Pero
la pulsión de agresión (véase qué es, su definición, o concepto jurídico), a su vez, se compone con el Eros: asistimos aquí a la génesis de la culpa
y a su desarrollo a través de los diferentes estratos de la sociabilidad, desde la sociedad
restringida hasta la sociedad extendida. «El hecho de matar al padre, o de abstenerse de
hacerlo, no es decisivo; uno tiene que sentirse necesariamente culpable en ambos casos, pues
ese sentimiento es la expresión del conflicto de la ambivalencia, de la lucha eterna entre el Eros
y la pulsión de destrucción o de muerte.»
«Este conflicto se encendió en el instante en que se impuso a los hombres la tarea de vivir en
común. Mientras esta comunidad conoce sólo la forma familiar, el conflicto se manifiesta
necesariamente en el complejo de Edipo, instituye la conciencia moral y engendra el primer
sentimiento de culpa. Cuando la comunidad tiende a ampliarse, este mismo conflicto persiste
revistiendo formas dependientes del pasado, se intensifica y provoca una acentuación de aquel
primer sentimiento. Como la civilización obedece a un empuje erótico interno que apunta a unir a
los hombres en una masa mantenida por lazos estrechos, sólo puede llegar a hacerlo por un
único medio, reforzando siempre más el sentimiento de culpa.»
Construida por etapas en respuesta al desarrollo progresivo de la experiencia, esta noción de
pulsión encontró el inicio de una sistematización estructural en el pensamiento de Lacan. No es
que no haya sufrido modificaciones desde la época en que aparecía como equivalente de la
«demanda». Pero nunca dejó de conformarse en sus progresos a la interpretación de la
definición freudiana de la pulsión como «medida del trabajo exigido al aparato psíquico por el
hecho de su ligazón con el cuerpo». Simplemente se trata en este caso del hacerse cargo del
organismo por parte del sujeto hablante.
Con este modo de ver podrían en efecto articularse las representaciones freudianas de la
pulsión sexual y la pulsión de muerte; lo esencial de la construcción se encuentra asegurado por
la representación de la cadena significante como «buclada», a fin de contornear el objeto a. En
su noción propia, este objeto o causa del deseo, a, se perfila a través de los intersticios de la
cadena. En cuanto la cadena vuelve sobre sí misma, el campo de ese objeto o causa de deseo
es representable como situado -aunque no localizable- en una zona interior de un bucle. Pero, en
virtud de su dependencia de la palabra, nos es devuelto desde el Otro. Así se comprende el
acoplamiento formulado por Freud en su artículo de 1913; así se comprende también la
fenomenología del proceso pulsional, por ejemplo en la pulsión escópica: «Lo que uno mira, es lo
que no puede verse. Si, gracias a la introducción del Otro, aparece la estructura de la pulsión,
ella sólo se completa en su forma invertida, en su forma de retorno que es la verdadera pulsión
activa. En el exhibicionismo, aquello a lo que apunta el sujeto es lo que se realiza en el Otro. El
objetivo verdadero del deseo es el Otro, en tanto que forzado, más allá de su implicación en la
escena. No es sólo la víctima la interesada en el exhibicionismo, es la víctima en tanto que
referencia a algún otro que la mira».
¿Qué hay entonces de la dependencia del trabajo pulsional frente al cuerpo? La construcción
topológica de Lacan se basa aquí en indicación proporcionada por Freud en El yo y el ello:
«El yo es ante todo una entidad corporal, no sólo una entidad en superficie, sino además una
entidad que corresponde a la proyección de una superficie. Para servirnos de una analogía
anatómica, lo compararíamos de buena gana con el “homúnculo cerebral” de los anatomistas,
ubicado en la corteza cerebral, con la cabeza abajo, los pies arriba, los ojos atrás y la zona del
lenguaje a la izquierda.» «No sólo lo más bajo puede ser inconsciente, sino también lo que hay de
más elevado. Tenemos aquí como una nueva demostración de lo que hemos dicho antes con
respecto al yo, es decir, que es ante todo un ser corpóreo.»
De modo que las zonas erógenas tendrán que figurarse sobre esta «superficie» del cuerpo. La
originalidad de la presentación de Lacan consiste en «abrir» las zonas erógenas -oral, anal-
para caracterizarlas como estructuras «de borde». Entendemos que la excitabilidad descrita por
Freud en Tres ensayos de teoría sexual interesa al borde del tegumento del contorno interno de
un orificio.
Así, en definitiva, queda preservada una conexión entre los aportes respectivos de la segunda y
la primera tópica a la concepción de la pulsión; la primera tópica señala la zona erógena como
fuente de la pulsión sexual, y la segunda tópica somete de manera general la pulsión al principio
de repetición. De un registro al otro, la estructura de borde de la zona erógena se proyecta en el
trayecto en bucle del proceso, consagrado a contornear su objeto sin jamás satisfacerse, lo que
expresa además la pertenencia de este objeto a la esfera del Otro, conforme a la constitución
antitética de los pares pulsionales de Freud.

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Fuente: Elementos para una enciclopedia del psicoanálisis. El aporte Freudiano. Pierre Kaufmann

Pulsión

Término que apareció en Francia en 1625, derivado del latín pulsio para designar la acción de
empujar, impulsar.
Empleado por Sigmund Freud a partir de 1905, se convirtió en un concepto técnico principal de la
doctrina psicoanalítica, como designación de la carga energética que está en la fuente de la
actividad motriz del organismo y del funcionamiento psíquico del inconsciente del hombre.
La elección de la palabra “pulsión” para traducir el alemán Trieb respondió a la preocupación de
evitar cualquier confusión con “instinto” y “tendencia”. Esta opción se correspondía con la de
Sigmund Freud, quien, a fin de señalar la especificidad del psiquismo humano, reservó Instinkt
para las componentes animales. Tanto en alemán como en francés, los términos Trieb y pulsion,
respectivamente, remiten, por su etimología, a la idea de un empuje, independiente de la
orientación y de la meta. En la traducción inglesa, lo que guió la elección por James Strachey de
la palabra instinct, en lugar de drive, parece haber sido la fidelidad a la idea freudiana de una
articulación del psicoanálisis (véase sobre el enfoque de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, el psicoanálisis en la filosofía, el modelo de psicoanálisis, la teoría del psicoanálisis, la psicología y la terapia psicoanalítica) con la biología.
La noción de pulsión (Trieb) estaba ya presente en las concepciones de la enfermedad mental y
su tratamiento desarrolladas por los médicos de la psiquiatría alemana del siglo XIX,
preocupados, lo mismo que sus colegas ingleses y franceses, por la cuestión de la sexualidad.
Autores como Karl Wilhelm Ideler (1795-1860) o Heinrich Wilhelm Neumann (1814-1884)
insistieron en el papel central de las pulsiones sexuales; el segundo consideraba la angustia
como producto de la insatisfacción de las pulsiones.
Se sabe por otra parte que Friedrich Nietzsche (1844-1900) concebía el espíritu humano como
un sistema de pulsiones que podían entrar en colisión o fundirse unas con otras, y que también
él le atribuía un rol esencial a los instintos sexuales, distinguidos de los instintos agresivos y de
autodestrucción.
Freud nunca hizo un misterio de estos antecedentes. En su autobiografía de 1925 se refirió a
Nietzsche, confesando que lo había leído muy tarde por temor a sufrir su influencia.
Sea que se trate de su aparición, de su importancia o de las revisiones de las que sería objeto, el
concepto de la pulsión está estrechamente ligado a los de libido y narcisismo, así como a sus
transformaciones; estos conceptos constituyen tres grandes ejes de la teoría freudiana de la
sexualidad.
En la época prepsicoanalítica de la correspondencia con Wilhelm Fliess y del “Proyecto de
psicología” (1895), Freud desarrolló la idea de una libido psíquica, forma de energía que él
ubicaba en la fuente de la actividad humana. Trazaba ya una distinción entre ese “empuje”, que
por su origen interno el individuo no puede detener, y las excitaciones externas de las que el
sujeto puede huir o que puede evitar. En esa época atribuía la histeria a una causa sexual
traumática, una seducción sufrida en la infancia.
A partir de 1897, cuando abandonó esta teoría, Freud comenzó a revisar su concepción de la
sexualidad, pero conservando la idea de que la represión de las mociones sexuales era la causa
de un conflicto psíquico que llevaba a la neurosis.
En 1898 expuso la concepción de la sexualidad infantil. El texto “La sexualidad en la etiología de
las neurosis” le dio la oportunidad de refutar la tesis de una predisposición neuropática particular
basada en una degeneración general, y de insistir en el hecho de que la etiología de la neurosis
no podía estar más que “en las experiencias vividas de la infancia, y esto de nuevo -y
exclusivamente- en impresiones concernientes a la vida sexual. Se ha cometido un error al
desatender por completo la vida sexual de los niños; por lo que sé, ellos son capaces de todas
las realizaciones sexuales psíquicas, y de numerosas realizaciones somáticas.” Después de
observar que esas experiencias sexuales infantiles sólo desplegaban lo esencial de su acción
en periodos madurativos ulteriores, Freud precisa: “En el intervalo entre la experiencia de estas
impresiones y su reproducción (o más bien el refuerzo de los impulsos libidinales que se
desprenden de ella), no sólo el aparato sexual somático, sino también el aparato psíquico, han
experimentado un desarrollo considerable; por ello, de la influencia de estas experiencias
sexuales precoces resulta entonces una reacción psíquica anormal, y aparecen formaciones
psicopatológicas”.
Más tarde, el material clínico acumulado en sus curas llevó a Freud a constatar que la sexualidad
no siempre aparecía explícitamente en los sueños y los fantasmas, sino a menudo bajo disfraces
que había que saber descifrar. Así se vio llevado a estudiar las aberraciones, las perversiones
sexuales y los orígenes de la sexualidad, es decir, la sexualidad «infantil.
Ése era el propósito de los Tres ensayos de teoría sexual, publicados en 1905. En la versión
inicial del libro, Freud recurrió por primera vez a la palabra pulsión. En un pasaje añadido en 1910
expuso una definición general que, en lo esencial, no sufriría ninguna modificación: “Por pulsión
no podemos designar en primer lugar más que la representación psíquica de una fuente
endosomática de estimulaciones, que fluyen de manera continua, por oposición a la estimulación
producida por excitaciones esporádicas y externas. De modo que la pulsión es uno de los
conceptos de la demarcación entre lo psíquico y lo somático.” Desde la primera edición de los
Tres ensayos, se trató esencialmente de la pulsión sexual, cuya definición da por sí sola la
medida de la revolución que Freud generó en la concepción dominante de la sexualidad, fuera
ella la del sentido común o la de la sexología. Para Freud, la pulsión sexual, diferente del instinto
sexual, no se reducía a las actividades sexuales habitualmente catalogadas con sus metas y
sus objetos, sino que era un empuje al que la libido proveía de energía.
Entre la infancia y la pubertad, la pulsión sexual no existe como tal, sino que toma la forma de un
conjunto de pulsiones parciales, que es importante no confundir con las pulsiones categoriales
(cuya existencia Freud rechazó siempre, como lo atestigua, por ejemplo, su refutación de la idea
de una pulsión gregaria en Psicología de las masas y análisis del yo). El carácter sexual de las
pulsiones parciales, cuya suma constituye el fundamento de la sexualidad infantil, se define en
un primer momento por un proceso de apuntalamiento por otras actividades somáticas, ligadas a
zonas particulares del cuerpo que de esta manera adquieren el estatuto de zonas erógenas.
Así, la satisfacción de la necesidad de nutrirse, que se satisface mediante la succión, es
también una fuente de placer, y los labios se convierten en una zona erógena, origen de una
pulsión parcial. En un segundo momento, esa pulsión parcial, cuyo carácter sexual está de tal
modo ligado al proceso de erotización de la zona corporal considerada, se separa del objeto
inicial de apuntalamiento, y se vuelve autónoma (pondere más sobre todos estos aspectos en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Funciona entonces de manera autoerótica. Este
registro del autoerotismo constituye la fase preparatoria del emplazamiento de lo que Freud,
algunos años después, denominará narcisismo primario, a su vez resultado de la convergencia
de las pulsiones parciales sobre la totalidad del yo, y ya no sólo sobre una zona corporal
particular. Ulteriormente, la pulsión sexual podrá encontrar su unidad mediante la satisfacción
genital y la función procreativa.
En los Tres ensayos Freud bosqueja una distinción entre las pulsiones sexuales y las otras,
ligadas a la satisfacción de necesidades primarias. Cinco años más tarde, en “La perturbación
psicógena de la visión según el psicoanálisis”, enunció su primer dualismo pulsional, oponiendo
las pulsiones sexuales, cuya energía es de tipo libidinal, a las pulsiones de autoconservación,
que tienen por fin la conservación del individuo: “Todas las pulsiones orgánicas que actúan en
nuestra alma pueden clasificarse, como ha dicho el poeta, en hambre y amor”. Esta clasificación
no debe eclipsar lo que opone a estos dos tipos de pulsiones entre sí, puesto que las pulsiones
de autoconservación, también llamadas pulsiones del yo, participan de la defensa del yo contra
su invasión por las pulsiones sexuales.
En un texto de 1911, “Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico”, Freud
distribuyó esos dos grupos pulsionales según las modalidades de funcionamiento del aparato
psíquico: las pulsiones sexuales son gobernadas por el principio de placer, y las de
autoconservación están al servicio del desarrollo psíquico determinado por el principio de
realidad.
En 1914, el desarrollo del concepto de narcisismo trastornó ese dualismo. A partir de sus
propias observaciones sobre las psicosis, y de la lectura de los trabajos de Eugen Bleuler, Karl
Abraham y Emil Kraepelin, Freud llegó a la conclusión de que en esas formas patológicas se está
en presencia de un retiro de la libido de los objetos externos, y de una vuelta de esa libido hacia
el yo, que se convierte en tal caso en objeto de amor. Esta revisión teórica consistió entonces en
una distribución nueva de las pulsiones sexuales, asignadas por una parte al yo (de allí la
denominación de libido del yo, o libido narcisista), y por la otra a los objetos exteriores (de allí la
denominación de libido de objeto u objetal).
Poco a poco se fue imponiendo esta nueva concepción. En “Introducción del narcisismo” Freud
indicó explícitamente que “la distinción en la libido de una parte propia del yo y otra que se apega
a los objetos es la consecuencia inevitable de una primera hipótesis que separaba entre sí las
pulsiones sexuales y las pulsiones del yo”.
Aparentemente, en 1914 Freud intentó abandonar la concepción dualista para volver a una
perspectiva monista, lo que, lo habría acercado a la idea junguiana de la libido originaria. Jean
Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis han señalado que el propio Freud no tomó nota de esa
deriva hasta después de haber emplazado, en 1920, un nuevo dualismo, que opuso las
pulsiones de vida a las pulsiones de muerte. De hecho, sólo en 1923, en “Dos artículos de
enciclopedia”, Freud se refirió a ese momento de duda entre la hipótesis dualista y la concepción
monista.
En 1915, con el marco de su gran proyecto de metapsicología, Freud, en “Pulsiones y destinos
de pulsión”, procedió a una recapitulación de los conocimientos adquiridos acerca del concepto
de pulsión, del cual precisa que no por ser “todavía bastante confuso” es menos indispensable
“en psicología”. Recuerda en primer término el carácter limítrofe (entre lo psíquico y lo somático)
de la pulsión, representante psíquico de las excitaciones provenientes del cuerpo que llegan al
psiquismo. A continuación enumera y define las cuatro características de la pulsión. El “empuje”
constituye su esencia, y la ubica como motor de la actividad psíquica. El “Fin”, es decir la
satisfacción, supone la supresión de la excitación que está en el origen; este proceso puede
implicar “fines intermedios- o incluso fracasos, ilustrados por las pulsiones denominadas
“inhibidas en su fin”, que se han apartado parcialmente de su trayectoria. “El objeto” de la
pulsión, es el medio por el cual la pulsión alcanza su fin, y no siempre estuvo ligado originalmente
a ella. (Alfred Adler, citado por Freud, lo había observado al hablar de “intrincación” o
“entrecruzamiento de las pulsiones”: un mismo objeto puede servir simultáneamente para la
satisfacción de varias pulsiones.) Finalmente, la “fuente” de las pulsiones es el proceso
somático localizado en una parte del cuerpo o en un órgano, cuya excitación es representada en
el psiquismo por la pulsión.
Pero ese texto de 1915 dio también la oportunidad para un nuevo desarrollo sobre el “devenir de
las pulsiones sexuales” (pondere más sobre todos estos aspectos en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Freud conserva el dispositivo teórico basado en el dualismo, pero no
advierte aún la magnitud del cambio que está realizando, y que llevará a la oposición de libido del
yo/libido de objeto. Escribe entonces: “Es siempre posible que un estudio profundizado de las
otras afecciones neuróticas (sobre todo las psiconeurosis narcisistas: las esquizofrenias) nos
obligue a cambiar esta fórmula y, al mismo tiempo, a agrupar de otro modo las pulsiones
originarias. Pero por el momento no conocemos esa nueva fórmula, ni tenemos ningún argumento
que contradiga nuestra oposición entre pulsiones del yo y pulsiones sexuales.”
Las pulsiones sexuales pueden tener cuatro destinos: transformación en lo contrario, la vuelta
sobre la propia persona, represión y sublimación. En este marco, Freud aborda los dos primeros
destinos, y deja de lado la sublimación. En cuanto a la represión, le dedicó un texto específico en
su compilación de metapsicología.
Al tratar de la transformación de la pulsión en su contrario, distingue dos casos típicos. En el
primero, ilustrado por la oposición sadismo /masoquismo y voyeurismo/ exhibicionismo, hay una
inversión del fin. El segundo caso, ilustrado por la transformación del amor en odio, se
caracteriza por la inversión del contenido. Este último ejemplo permite observar que el odio no
puede reducirse a una figura invertida del amor. Sin duda hay que postular en tal sentido la
existencia de una configuración más antigua que el amor, “arquetipo” de lo que en la pluma de
Freud será más tarde la pulsión de muerte. El análisis de la vuelta de la pulsión sobre la propia
persona le permite a Freud ceñir la relación entre el sadismo y el masoquismo, visualizado
entonces como la vuelta sobre la propia persona de un sadismo originario. En 1924 Freud
transformaría radicalmente esta concepción en un texto titulado “E] problema económico del
masoquismo”.
En 1920, con la publicación de Más allá del principio de placer, Freud formuló un nuevo
dualismo pulsional que oponía pulsiones de vida y pulsiones de muerte: la repercusión iba a ser
inmensa, tanto por sus efectos sobre el pensamiento filosófico del siglo XX, como por las
polémicas y rechazos que esta tesis suscitaría en el seno mismo del movimiento psicoanalítico.
La particularidad de esta nueva elaboración conceptual residía en su carácter especulativo, a
menudo denunciado como una debilidad grave por sus adversarios. No obstante, Freud pensó
en teorizar lo que denominó pulsión de muerte a partir de la observación de la compulsión de
repetición. De origen inconsciente, y por lo tanto difícilmente controlable, esa compulsión lleva al
sujeto a situarse de manera repetitiva en situaciones dolorosas, réplicas de experiencias
antiguas. Aunque en este proceso existe siempre alguna huella de satisfacción libidinal (lo que
contribuye a hacerlo difícilmente observable en estado puro), el principio de placer no basta por
sí solo para explicarlo.
De modo que Freud reconocía un carácter “demoníaco” en esta compulsión de repetición, que él
comparó con la tendencia a la agresión identificada por Adler en 1908. Sin embargo, en esa
época Freud se había negado a tomarla en cuenta, aunque el análisis de Juanito (Herbert Graf)
le había demostrado su existencia. También la relacionó con la tendencia destructiva y
autodestructiva que había advertido en sus estudios sobre el masoquismo. La vinculación de
estas observaciones con la constatación filosófica de que la vida es inevitablemente precedida
por un estado de no-vida condujo a Freud a la hipótesis de que existe una pulsión cuya finalidad,
tal como la expresó en el Esquema de psicoanálisis, “es llevar lo que vive al estado inorgánico”.
La pulsión de muerte se convierte entonces en prototipo de la pulsión, cuya especificidad reside
precisamente en ese movimiento regresivo de retorno al estado anterior. Pero la pulsión de
muerte es imposible de localizar o incluso aislar, salvo tal vez, como se precisa en El yo y el ello,
en la experiencia de la melancolía. Por otra parte, Freud subrayó en 1933, en las Nuevas
conferencias de introducción al psicoanálisis, que la pulsión de muerte no puede “estar
ausente de ningún proceso de la vida”: enfrenta permanentemente al eros, las pulsiones de vida,
agrupamiento de las pulsiones sexuales y de las reunidas hasta entonces bajo el rótulo de
pulsiones del yo. “De la acción conjugada y opuesta” de los dos grupos de pulsiones -las
pulsiones de muerte y las pulsiones de vida-, “proceden las manifestaciones de la vida, a las que
la muerte pone término”.
A pesar de las objeciones y la oposición, Freud nunca se dejó impresionar. Perfectamente
consciente de que “la doctrina de las pulsiones es un dominio oscuro incluso para el
psicoanálisis” (según escribió en 1926 en el artículo de la enciclopedia titulado “Psicoanálisis”),
reivindica esa opacidad como una característica de la pulsión. “La teoría de las pulsiones es, por
así decirlo, nuestra mitología -afirmó en 1933- Las pulsiones son seres míticos, formidables en
su imprecisión.” Se comprende entonces que las críticas, basadas sobre todo en la ausencia de
pruebas empíricas que validaran la existencia de una pulsión de muerte, le parecieran
inconsistentes, y que lo hayan llevado a sostener, en El malestar en la cultura: “No comprendo
que podamos seguir personas con discapacidad visual a la ubicuidad de la agresión y la destrucción no erotizadas, y dejar
de asignarles el lugar que merecen en la interpretación de los fenómenos de la vida”. En 1937
reafirmó una vez mas, en Análisis terminable e interminable, que basta evocar el masoquismo,
las resistencias terapéuticas y la culpa neurótica para sostener la existencia en la vida del alma
de un poder que por sus fines denominamos pulsión de agresión o destrucción, y que derivamos
de la pulsión originaria de muerte de la materia animada”.
Los descendientes de Freud no han sido unánimes en el rechazo de la última elaboración de la
teoría de las pulsiones. Por ejemplo, Melanie Klein realizó una inversión total M segundo dualismo
pulsional, considerando que las pulsiones de muerte participan del origen de la vida, tanto en la
vertiente de la relación de objeto como en la del organismo. En el organismo, las pulsiones de
muerte, a través de la angustia, contribuyen a instalar al sujeto en la posición depresiva, hecha
de miedo y destrucción.
En su seminario de 1964, Jacques Lacan consideró la pulsión como uno de los cuatro conceptos
fundamentales del psicoanálisis. Guiado por una lectura exigente del texto freudiano de 1915,
cuyo título cambió por “Las pulsiones y sus vicisitudes”, Lacan desprendió la conceptualización
freudiana de sus cimientos biológicos, e insistió en el carácter constante del movimiento de la
pulsión, un movimiento arrítmico, que la distingue de todas las concepciones funcionales. La
pulsión tal como la ve Lacan se inscribe en un enfoque del inconsciente en términos de
manifestación de la falta y de lo no-realizado. En tal carácter, la pulsión es vista bajo la categoría
de lo real. Recordando lo que había dicho Freud acerca de la independencia del objeto, y en
cuanto a que cualquier objeto puede ser llevado a llenar la función de otro por la pulsión, Lacan
subrayó que el objeto de la pulsión no puede ser asimilado a ningún objeto concreto. Para captar
la esencia del funcionamiento pulsional hay que concebir el objeto como del orden de un hueco,
un vacío, dibujado de manera abstracta y no representable: el objeto (pequeño) a.
Para Lacan, la pulsión es por lo tanto un montaje caracterizado por la discontinuidad y la
ausencia de lógica racional, por medio del cual la sexualidad participa de la vida psíquica al
conformarse a la “hiancia” del inconsciente.
En realidad, Lacan desarrolla la idea de que la pulsión es siempre parcial. Hay que entender el
término en un sentido más general que el pensado por Freud. Al adoptar la expresión “objeto
parcial”, proveniente de Karl Abraham y los kleinianos, Lacan introdujo dos nuevos objetos
pulsionales, además de las heces y el pecho: la voz y la mirada. Los denominó objetos del
deseo.

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Fuente: Diccionario de Psicoanálisis, Elisabeth Roudinesco y Michel Plon

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Definición de Pulsión en Psicología

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  • Una referencia para el profesional
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  • Los problemas de conducta en la infancia
  • La humildad
  • Psicología infantil
  • Psicología árabe-americana
Pulsión es una palabra clave en psicología. Se puede señalar lo siguiente sobre su concepto: Motivo que surge de satisfacer necesidades fisiológicas básicas. (Véase algunos tecnicismos de psicología en esta plataforma)

Fuente: Autor desconocido

Recursos

Véase También

Psicoanálisis, Psicología, Psicología Clínica, Psicología Forense, Psicología Social, Salud Mental, Sociología Cultural, Trastornos Psicológicos, Vocabulario Básico de Psicología

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