Este texto de la plataforma se ha clasificado en , , , , ,

Reflexión Filosófica sobre la Belleza

Reflexión Filosófica sobre la Belleza

Véase la entrada sobre la belleza y la belleza en la historia de la filosofia.

Fundamento metafísico de la belleza

A la luz de las experiencias estéticas anteriormente reseñadas, quedan de manifiesto:

Propiedades fundamentales del fenómeno de lo bello

Que podemos sintetizar en los puntos siguientes:

• La belleza no es fruto de una especulación metafísica, sino una cualidad de lo real que brota espontáneamente en el seno de una determinada experiencia.

• No se reduce, por ello, a una impresión subjetiva, antes implica una correlación profunda entre un sujeto contemplador y un objeto contemplado. Por ser complejo y comprometer al sujeto contemplativo y al objeto contemplado, el fenómeno de lo bello ofrece una vertiente subjetiva y otra objetiva. Esta dualidad de vertientes hace posibles dos puntos de vista estéticos distintos, que pueden convertirse en antagónicos y opuestos si se carece de tensión mental analéctica, es decir, de la capacidad de integrar planos complementarios.

• La integración de tales vertientes permite conceder al «juicio de gusto» el carácter reciamente objetivo que requiere para ser un modo de conocimiento riguroso (con la rigurosidad propia de las ciencias del espíritu), ya que, si bien tal juicio es competencia del sentimiento, al nivel de hondura en que se mueve la auténtica experiencia de lo bello el sentir supera el plano de lo meramente emotivo, de la conmoción vital irracional, para entrar en una relación muy fecunda con el entendimiento y la voluntad, es decir, con el conocimiento y el amor. El recto análisis de la experiencia de lo bello nos fuerza a superar desde el principio falsos dilemas y esquemas precarios, así como toda injustificada extrapolación de categorías.

• El estudio de la actividad psicológica que implica la experiencia estética (lo artístico, o lo relacionado con el arte o la belleza) no basta para determinar la naturaleza de lo bello, pues tal experiencia tiene carácter dialogal-inmersivo.

Más Información

Los objetos bellos actúan respecto al sujeto no a modo de «cosas» o meros «objetos», sino de ámbitos, que ofrecen, merced a su carácter atmosférico-envolvente, la posibilidad de que el sujeto se inmerja en ellos con una actitud de participación cocreadora. Esta dialéctica de crear y recibir, perderse y ganarse, queda patente en la experiencia de la interpretación musical. Para clarificar con la debida fidelidad el fenómeno de la belleza deben integrarse los conceptos de subjetividad y objetividad en el de ambitalidad, en el cual potencian su significación y logran su plenitud de sentido sin el riesgo de la unilateralidad extremista.

• La necesidad de esta integración viene postulada por el hecho decisivo de que tanto el sujeto contemplativo como el objeto de contemplación en cuanto tal no limitan, por ser más bien ámbitos que cosas perfectamente delimitadas, de forma que su modo de interacción comunicativa no consiste en un «choque», sino en un entrecruzamiento ambital, acontecimiento de la mayor complejidad y fecundidad que crea un quidnovum entitativo: el ámbito de encuentro que funda el acto de creación y contemplación estética. La contemplación tiene siempre un carácter en alguna medida creador, creador en distensión, por tanto, cocreador.

• Toda entidad, vista con radicalidad genética, constituye un campo de autopatentización en el que la realidad hace acto de presencia por vía de autodespliegue constitutivo. Esta presencialidad creadora se traduce en luminosidad y, por esta vía, en emoción estética. El objeto estéticamente bello constituye en sí mismo un «ámbito» debido a la bipolaridad de vertientes que encierra: la objetiva expresiva y la metaobjetiva expresante.

• La integración expresiva de estas vertientes transfigura los medios expresivos y les confiere una luminosa transparencia, que es fruto del dominio de la diversidad por parte de la unidad. Todo fenómeno expresivo, un gesto, un ademán, una palabra, una obra de arte, etc., implica el alto poder de configurar la multiplicidad de elementos objetivos. Esta forma de dominio por vía de transfiguración es un rasgo fundamental de la belleza que explica las definiciones, aparentemente dispares, que se dan de la misma.

• A esta relación de dominio que se da en el objeto debe corresponder una proporcional penetración intuitiva por parte del sujeto. A través de los elementos sensibles expresivos, el hombre ve y oye las estructuras formales que en ellos se encarnan.

• Esta intuición bipolar, que ve en lo sensible el trasfondo metasensible que en el mismo toma cuerpo, es fuente de un sentimiento de trascendencia, plenitud y agrado o fruición.

• Esta forma de agrado no se reduce a la superficial sensación acariciante producida por las puras percepciones sensibles: determinados colores, sonidos, líneas, superficies, contrastes, etc., que juegan en la experiencia estética (lo artístico, o lo relacionado con el arte o la belleza) un papel fundamentante, pero elemental, antes bien muestra una proyección espiritual tan vasta como decisiva es la eficiencia de la forma en el proceso genético de un ser. Se trata de un «gozo de plenitud», y la plenitud auténticamente humana debe ganarse a través del autodespliegue creador que tiene lugar en las experiencias de participación cocreadora inmersiva (cfr. A. López Quintás, La verdad y los medios decomunicación social). Sentir agrado estético ante un objeto bello, contemplarlo fruitivamente, implica una intensa actividad cocreadora. Por eso el espectador, el contemplador, el ejecutante están llamados a la gran tarea de cerrar el círculo de la acción creadora iniciada por el autor de la obra de arte. Lo bello es «lo más amable» (Platón), lo que más atrae al hombre por tratarse de una forma de esplendor que surge cuando se crean ámbitos que son una apelación a la cocreación de otros ámbitos. El atractivo no se resuelve en mero agrado, sino en una fecunda actividad creadora. Lo bello atrae no por meramente agradable, sino por «ambital». Todo ámbito es sugestivo por su carácter «envolvente» que invita a la inmersión participativa de la que se sigue la creación subsiguiente de otros ámbitos.

A esta nutricia condición englobante se alude en el fondo cuando se habla de «intimidad», que en los niveles entitativos superiores no indica un reducto contrapuesto a la «exterioridad», sino justo el poder de autoconstituirse cocreando ámbitos con los seres del entorno. Esta prodigiosa vinculación de la apertura y el logro de la mismidad pone de manifiesto que en el plano de la realidad personal los esquemas «dentro-fuera», «interioridad-exterioridad», «inmanencia-trascendencia» deben ser interpretados en un sentido no trivialmente espacial, sino dinámico-genético-ambital. El gran poder expresivo y sugestivo del arte radica justamente en su ambitalidad lúdica, es decir, en su capacidad de crear entramados de sentido que constituyen la nervatura dinámica de la realidad y desbordan, por tanto, con mucho el nivel de lo meramente imaginario. Así, una buena obra teatral constituye una trama de acción quintaesenciada, recia, sobreabundantemente saturada de sentido. Para captar bien esta condición ambital de lo representado en la misma, deben los espectadores inmergirse en la acción escénica, entrecruzando la trama ambital de sus vidas con la trama de la obra.Entre las Líneas En tal cruce creador se alumbra la luz del conocimiento profundo, pues este proceso de «ambitalización» transfigura y potencia a los seres que «no limitan», y toda potenciación transfiguradora es fuente muy alta de luz, de splendor. La belleza es conjurada por todo fenómeno de encabalgamiento y cruce de realidades ambitales.

Por eso surge en la integración orgánica de niveles entitativos dispares, integración que se da en todo fenómeno expresivo, y en la interacción de seres cargados de sentido: convivencia humana, acción lúdica, juego de formas, etc. La proporción, el orden; la medida, la armonía, la integridad y demás cualidades del objeto bello según la Estética clásica aparecen, a la luz de una visión genética, como manifestación reluciente de fecundos entrecruzamientos ambitales. Ello permite comprender por qué se subraya actualmente de modo singular que la belleza no radica ni en el «fondo» (contenido o idea) ni en la «forma» (en el sentido de «figura» sensible), sino en la «aparición» de aquél en ésta, modo de presencialización configuradora que funda un ámbito interaccional. La belleza de una figura geométrica responde al hecho de que en sus características externas sensibles, con su peculiar armonía, proporción, integridad, etc., resplandece transparentemente el proceso interno de gestación de la misma, con lo que ello implica de interacción dinámica de líneas de fuerza y de sentido.

La belleza de las formas de un tigre en actitud de salto está profundamente vinculada con el «ámbito» de predación que tal figura sugiere.Entre las Líneas En las estilizadas formas de la gacela de Grand, que embellece las llanuras africanas, quedan brillantemente de manifiesto los campos de actividad que ella funda a impulsos de su instinto de conservación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

Pormenores

Las actitudes expresivas: tensión, ternura, temor, ayuda, agresividad, etc., son, vistas con la debida penetración genética, actitudes «ambitales», ya que significan la cofundación de un campo relacional de sentido que, en virtud de las leyes de selectividad y evolución, influye decisivamente, a lo largo de los amplios periodos históricos, en la configuración de los seres vivos. Los mismos colores elementales ejercen una especie de función «ambital» en cuanto colaboran a fundar climas de acogimiento, exaltación, depresión, etc. Para dar razón de la belleza hay que analizar: 1) las condiciones que, según la Estética tradicional, fundan la más fácil y perfecta inteligibilidad del objeto, y 2) las leyes que rigen la cocreación de ámbitos y el mutuo ensamblaje de los mismos.

• La experiencia de la belleza pende de la visión sensible-inteligible que capta los fenómenos de transparencia expresiva. El objeto bello está de tal modo estructurado que su contemplación integral (sensible-inteligible) causa un gozo singular por constituir una operación cocreadora plenificante. El fin de la experiencia estética (lo artístico, o lo relacionado con el arte o la belleza) no es, como queda dicho, el agrado o el gozo, sino la cocreación de una entidad nueva, integrada por un poderoso «juego» de formas.

• Todo proceso creador implica un poder de ordenación y configuración que se traduce en dominio, unidad, jerarquía, proporción, medida, armonía, integridad, poder expresivo, tensión simbólica, coordinación de funcionalidad y economía de medios.Entre las Líneas En la base de todo concepto estéticamente relevante late una idea de «dominio», una poderosidad entitativa de autopatentización por vía de despliegue ambital-constelacional. El fenómeno de la belleza no está integrado solamente ni en primer lugar por las celebradas condiciones de «peso, número y medida» de la materia organizada, sino también por la energía configuradora de la realidad que se expresa a través de la misma, en virtud de una donación libre y amorosa, sin renunciar a su connatural misterio. Antes que un principio de delimitación y oclusión, la forma es fuente de plenitud, plenitud de notas que se complementan constelacionalmente (consonantia) y dan así lugar a un ser sustantivo. «La forma no solo está encarnada, es siempre encarnación» (Focillon).

• Esta transparencia de la realidad autodesplegante en las notas que la integran constituye el género especial de claritas que llamamos belleza. La belleza es, desde esta perspectiva, un acontecimiento creador, no una realidad estática.Entre las Líneas En esta línea se mueven ciertas interpretaciones dinámico-genéticas de la belleza, como la de Urs von Balthasar, G. Nebel y G. Siewerth.

• La «integridad» de notas que responde al autodespliegue de la realidad configurante ostenta una peculiar ordenación (proporción, armonía) que suscita el agrado de las funciones cognoscitivas. La proporción rige las relaciones cuantitativas de dimensión y número que estructuran los objetos bellos. La armonía rige las relaciones cualitativas de semejanza, fusión y contraste.

• Vista la realidad genéticamente, se advierte la común raíz de la transfiguración de los medios expresivos, la proporción y armonía de los mismos y el splendor que irradian al ser objeto de contemplación.

• Si denominamos «bien» a la realidad como principio de su difusiva autoconstitución de tipo constelacional, y «verdad» a la autopatentización de tal realidad que tiene lugar cuando ésta se constituye en su ser por vía de autodespliegue respectivo, por belleza se entenderá, a nivel metafísico trascendental, la luminosidad que desprende esta relucencia de lo real en su manifestación externa. La búsqueda metafísica del fundamento de la no se dirige a precisar la naturaleza última de lo «bello en sí», sino a descubrir la razón honda por la que los «acontecimientos» de la naturaleza (los naturales primarios o cosas, seres vivos y personas; los naturales secundarios o modos de encuentro entre los sujetos y las cosas; los artificiales y artísticos) son experimentados como bellos.

• La belleza no es el Bien (corriente platónica), ni la manifestación sensible de la Idea (corriente hegeliana), sino la transparencia irradiante de la realidad en sus medios expresivos, el acontecimiento transfigurador por el cual la realidad más honda se presencializa en los entes que ella misma crea al autodesplegarse.

• A esta luz, la consideración de la belleza como splendorformae, splendorordinis, luxsplendenssupraformatum, expresiones consagradas de antiguo, y la de las cosas bellas como «las realidades que, vistas, agradan» y «cuya misma aprehensión deleita» (Santo Tomás), cobra un sentido de largo alcance, según el cual lo bello no se contrapone a lo feo, sino a lo malogrado, lo imperfecto, lo que, por no haber alcanzado la plenitud de la sustantividad, no constituye un «mundo» propio y carece de la claritas que irradia toda forma llegada a buen término, entendiendo por tal la configuración definitiva de un ser y su apertura, cocreadora de ámbitos, a los seres de su entorno.

¿Qué es belleza?

Esta unidad de plenitud propia y apertura distensiva hace posible afirmar: 1) que la belleza es un fenómeno eminentemente «objetivo» y, a la par, «ambital», y 2) que la experiencia estética (lo artístico, o lo relacionado con el arte o la belleza) implica una penetración cognoscitiva en el objeto bello. Cuando se dice que un ser es bello en sí mismo, esta expresión no quiere indicar que tal género de belleza se dé con independencia de todo sujeto contemplador, sino justo lo contrario, a saber: que «de suyo», por sí mismo, todo ser está abierto al sujeto en medida directamente proporcional a su mismidad, a su individualidad sustantiva, que, como sabemos. admite diversos grados.

Los trascendentales verdad y bondad indican esta apertura valiosa, y el resplandor específico de esta donación llena de sentido y, por tanto, de valor, es la belleza. Lo específico de la belleza es esta forma de relucencia enraizada en lo más hondo de la realidad. Se da una aparición de lo profundo en la forma estética (lo artístico, o lo relacionado con el arte o la belleza) y la remisión simultánea de ésta a lo profundo. La presencia de una realidad valiosa que no pierde, en su patencia, la hondura que la hace eternamente ausente produce sobre la inteligencia-sentiente del hombre una muy intensa sugestión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La orientación de la Estética clásica parece responder, más bien, a la primera fase de este proceso circular y destaca, por ello, la forma que encarna a lo profundo expresante. La orientación romántica responde a la segunda fase y subraya la forma en cuanto siente nostalgia por lo profundo inexhaurible.

Merced a esta dialéctica de ausencia y presencia, lo bello es «lo más luminoso y amable» (Platón, Fedro) y ejerce una función «anagógica», medial entre la «apariencia» y la «idea» y, como tal, vehículo viviente de la «participación» (mezexis) y la consiguiente presencialización del eidos. El splendor de lo bello es una luminosidad de configuración, porque brota al conjuro del proceso constitutivo que impulsa la forma. De forma se deriva formosus (hermoso).

Dar forma es fundar una trama de realidad y, por tanto, de sentido e inteligibilidad. La luz de la belleza, como la luz física, es creadora de ámbitos. Por eso se conectan tan fecundamente la imagen, la palabra y la belleza. Todo campo de sentido es, de por sí, fuente de luz. La luz de la comprensión, como la de la contemplación estética, surge cuando se crea entre el sujeto y el objeto un ámbito de interacción participativa del cual es portador nato y viviente la palabra. De ahí que cuando se busca el bien, principio de expansión, aparece lo bello (Platón, Filebo) y se hace patente la honorabilidad y apetibilidad de lo perfecto, de aquello que, por «terminado», posibilita un acto de inmersión participativa en el mismo, e invita por ello a realizarlo con una forma de atracción ambital nutricia. Es sintomático que Platón, en el Fedro, ejemplifique la teoría de la «participación» a base de la experiencia estética. Si la inmersión participativa es un modo de experiencia en cuyo seno brota la luz de inteligibilidad (cfr. A. López Quintás, Laverdady los medios de comunicación social) y la belleza es un género de splendor, se comprende que entre la belleza y la participación inmersiva (con su entrecruzamiento de ámbitos) debe mediar una profunda correlación.

Las propiedades trascendentales de la realidad tienen un carácter dialógico-ambital, totocoelo (absolutamente) distinto del meramente relativista. Ello permite afirmar con intención de largo alcance que bello es lo integrado, lo comprometido en comunes tareas creadoras; feo es lo inarticulado, lo que, al sentirse falto de la imprescindible cohesión configuradora, se crispa sobre sí mismo en actitud insolidaria. El desinterés específico de la experiencia estética (lo artístico, o lo relacionado con el arte o la belleza) no indica, por tanto, desarraigo y frialdad afectiva, sino, en aparente paradoja, compromiso con realidades ambitales, grávidas de sentido, y, en consecuencia, envolventes, que exigen para su cabal conocimiento y fruición una actitud de entrega generosa, entrega a una labor de colaboración creadora, opuesta a toda trivial pretensión utilitarista, que reduce los objetos de conocimiento a meros «objetos», haciendo con ello imposible toda experiencia de participación inmersiva cofundadora de ámbitos. «Lo bello es una finalidad sin fin utilitarista» (Kant). Esta consideración genético-ambital de la belleza nos permite advertir su íntima conexión con el bien, entendido como término de una tensión apetitiva, y con el bien moral, pues la actividad ética y la estética (lo artístico, o lo relacionado con el arte o la belleza) consisten radicalmente en la cocreación de ámbitos. El hombre desea, el hombre crea aquellas realidades que, por su amplitud de sentido, hacen posible el despliegue de la personalidad humana por vía de participación ambital-inmersiva. La belleza no «atrae al alma humana» solo por constituir un halago a los sentidos y hacer entrar en conmoción al sentimiento, sino ante todo porque tiene y supera transfiguradoramente el hiato o desnivel (corismós) entre lo sensible y lo metasensible y deja con ello luminosamente patente la existencia de realidades complejas, desbordantes de sentido y, por tanto, de luz.

La luz de la belleza brota al hacerse patente la realidad en su trama de interrelaciones. Por eso la experiencia estética (lo artístico, o lo relacionado con el arte o la belleza) contemplativa solo se da cuando el sujeto establece con el objeto bello vínculos de comunicación cocreadora. La belleza es un acontecimiento lúdico ineludiblemente creador, y, por ello, eminentemente real. No se identifique sin más «inteligible» con «ideal», en sentido de «no-real», pues la inteligibilidad que brota en la actividad contemplativa ostenta un singular poder configurador de realidad. Con ello se abre una vía fecunda para la integración de la concepción metafísica y la axiológica de la belleza, ya que el concepto de ámbito desborda el carácter fixista de ciertos conceptos ontológicos y metafísicos, y ostenta la movilidad que aporta el moderno concepto de valor. Al ser tan reales como valiosos, tan firmes como flexibles, tan robustos como relacionales, los ámbitos ofrecen una base excelente para vencer la proclividad de muchos pensadores modernos al relativismo o, por otro lado, al absolutismo (siglos XVII y XVIII en Europa; véase también la información respecto a la historia del derecho natural) monista.

Según todo lo antedicho, la teoría de la belleza compromete la teoría de la realidad (su constitución por vía de auto-despliegue respectivo), de la verdad, la bondad y el hombre (la sensibilidad, la imaginación, la inteligencia, la voluntad; su constitutiva ambitalidad, su capacidad intuitiva, su expresividad, etc.).

Fuente: Alfonso López Quintás, Gran Enciclopedia Rialp (GER), Tomo IV, páginas 6 a 12

Véase También

Estética
Arte
Filosofía

La invasión rusa de Ucrania

La invasión rusa de Ucrania ha transformado bruscamente el mundo. Millones de personas ya han huido. Un nuevo Telón de Acero se está imponiendo. Una guerra económica se profundiza, mientras el conflicto militar se intensifica, las víctimas civiles aumentan y las pruebas de horribles crímenes de guerra se acumulan. Nuestro trabajo en ayudar a descifrar un panorama que cambia rápidamente, sobre todo cuando se trata de una creciente crisis de refugiados y el riesgo de una escalada impensable.

En el contexto de la Guerra de Ucrania, puede interesar a los lectores la consulta de la Enciclopedia de Rusia y nuestro contenido sobre la historia de Ucrania, que proporciona un análisis exhaustivo del pueblo, la política, la economía, la religión, la seguridad nacional, las relaciones internacionales y los sistemas y cuestiones sociales de Rusia y Ucrania. Estos recursos están diseñados para complementar el estudio de la política comparada, la historia mundial, la geografía, la literatura, las artes y la cultura y las culturas del mundo. Los artículos abarcan desde los primeros inicios de la nación rusa hasta la Rusia actual, pasando por el ascenso y la caída de la Unión Soviética y la anexión de Crimea.

Respecto a la Revolución rusa, se examinan los antecedentes y el progreso de la Revolución. Empezando por los movimientos radicales de mediados del siglo XIX, la Enciclopedia abarca el desarrollo del movimiento revolucionario creado por la intelectualidad; la condición de los campesinos, la de la clase obrera y la del ejército; el papel de la policía secreta zarista; los "agentes provocadores"; la propia clandestinidad de los revolucionarios. Se dedica una sección importante a la aparición de movimientos de liberación entre las minorías nacionales de las zonas fronterizas. La Enciclopedia también considera la formación de las instituciones soviéticas y la aparición de la cultura revolucionaria mucho antes de 1917, así como la política y estrategia de seguridad rusa, y sus relaciones con la OTAN y occidente.