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Superyó

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Superyó

Este elemento es una expansión del contenido de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs] Alemán: Über-Ich.
Francés: Surmoi (o Sur-moi).
Inglés: Super-ego.
Italiano: super-io.
Portugués: superego.

Superyó

Una de las Instancias de la personalidad, descrita por Freud en su segunda teoría del aparato
psíquico: su función es comparable a la de un juez o censor con respecto al yo (se puede examinar algunos de estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Freud considera
la conciencia moral, la autoobservación, la formación de ideales, como funciones del superyó.
Clásicamente el superyó se define corno el heredero del complejo de Edipo; se forma por
interiorización de las exigencias y prohibiciones parentales.
Algunos psicoanalistas hacen remontarse la formación del superyó a una época más precoz, y
ven actuar esta instancia desde las fases preedípicas (Melanie Klein), o por lo menos buscan
comportamientos y mecanismos psicológicos muy precoces que constituirían precursores del
superyó (por ejemplo, Glover, Spitz).

El término «Über-Ich» fue introducido por Freud en El yo y el ello (Das Ich und das Es,
1923). (El término francés adoptado es surmoi o sur-moi. En ocasiones se encuentra el término «Superego»,
especialmente en R. Laforgue en sus numerosos trabajos sobre el tema.)

Hace resaltar que la función crítica así designada constituye una instancia que se ha
separado del yo y parece dominar a éste, como muestran los estados de duelo patológico o de
melancolía, en los que el sujeto se critica y menosprecia: «Vemos cómo una parte del yo se
opone a la otra, la juzga en forma crítica y, por así decirlo, la toma como objeto».
La noción de superyó forma parte de la segunda tópica freudiana. Pero, ya antes de designarla
y de diferenciarla así, la clínica y la teoría psicoanalítica habían reconocido la parte desempeñada
en el conflicto psíquico por la función que tiende a prohibir la realización y la toma de conciencia
de los deseos: por ejemplo, censura del sueño. Es más, Freud reconoció que esta censura podía
actuar en forma inconsciente (lo cual diferenció desde un principio su concepción de las
opiniones clásicas acerca de la conciencia moral). Asimismo observó que los autorreproches en
la neurosis obsesiva no son necesariamente conscientes: « […] el sujeto que sufre de
compulsiones y de prohibiciones se comporta como si estuviese dominado por un sentimiento de
culpabilidad que, sin embargo, ignora por completo, de forma que podemos denominarlo
sentimiento de culpabilidad inconsciente, a pesar de la aparente contradicción de estos
términos».

Pero fue la consideración de los delirios de autoobservación, de la melancolía y del duelo
patológico lo que condujo a Freud a diferenciar, dentro de la personalidad, como una parte del yo
erigida contra otra, un superyó que adquiere para el sujeto valor de modelo y función de juez.
Esta instancia la distingue Freud primeramente, en los años 1914-1915, como un sistema que
comprende a su vez dos estructuras parciales: el ideal del yo propiamente dicho y una instancia
crítica (véase: Ideal del yo).
Si se toma el concepto de superyó en un sentido amplio y poco diferenciado, como en El yo y el
ello (donde, recordémoslo, el término figura por vez primera), comprende las funciones de
prohibición y de ideal. Si se mantiene, por lo menos como subestructura particular, el ideal del yo,
entonces el superyó aparece principalmente como una instancia que encarna una ley y prohibe
su transgresión.
Según Freud, la formación del superyó es correlativa de la declinación del complejo de Edipo: el
niño, renunciando a la satisfacción de sus deseos edípicos marcados por la prohibición,
transforma su catexis sobre los padres en identificación con los padres, interioriza la
prohibición.
Freud indicó la diferencia existente, a este respecto, entre la evolución del niño y la de la niña: en
el niño, el complejo de Edipo choca inevitablemente con la amenaza de castración: «[…] un
superyó riguroso le sucede». En la niña, por el contrario, «[…] el complejo de castración, en lugar
de destruir el complejo de Edipo, prepara su aparición […]. La niña permanece en este complejo
durante un tiempo indeterminado y sólo lo supera tardíamente y en forma incompleta. El superyó,
cuya formación, en estas condiciones, se halla comprometida, no puede alcanzar la potencia ni
la independencia que, desde un punto de vista cultural, le son necesarias […] ».
La renuncia a los deseos edípicos amorosos y hostiles se encuentra en el origen de la formación
del superyó, el cual se enriquece, según Freud, por las aportaciones ulteriores de las exigencias
sociales y culturales (educación, religión, moralidad). Y a la inversa, se ha sostenido la
existencia, antes del momento clásico de formación del superyó, ora de un superyó precoz, ora
de fases precursoras del superyó. Así, varios autores insisten en el hecho de que la
interiorización de las prohibiciones es muy anterior a la declinación del Edipo: los preceptos
educacionales se adoptan muy pronto, especialmente, como hizo observar Ferenczi en 1925, los
relativos a la educación de esfínteres (Psicoanálisis de los hábitos sexuales [Psychoanalyse
von Sexualgewohpzheiten]). Según la escuela de Melanie Klein, existiría, desde la fase oral, un
superyó que se formaría por introyección de objetos «buenos» y «malos» y que el sadismo
infantil, que entonces se encuentra en su acmé, haría particularmente cruel. Otros autores, sin
querer hablar de superyó preedípico, muestran cómo la formación del superyó es un proceso
que se inicia muy precozmente. Así, por ejemplo, R. Spitz reconoce tres primordia del superyó
en las acciones físicas impuestas, la tentativa de controlar por la identificación con los gestos, o
la identificación con el agresor, siendo este último mecanismo el que desempeña el papel más
importante.
Resulta difícil entre las identificaciones, determinar cuáles son las que intervendrían
específicamente en la constitución del superyó, del ideal del yo, del yo ideal e incluso del yo.
«El establecimiento del superyó puede considerarse como un caso de identificación, lograda con
éxito, con la instancia parental», escribe Freud en la Continuación de las lecciones de
introducción al psicoanálisis (véase sobre el enfoque de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, el psicoanálisis en la filosofía, el modelo de psicoanálisis, la teoría del psicoanálisis, la psicología y la terapia psicoanalítica) (Neue Folge der Vorlesungen zur Einführung in die
Psychoanalyse, 1932). La expresión «instancia parental» indica por sí sola que la identificación
constitutiva del superyó no debe interpretarse como una identificación con personas. En un
pasaje singularmente explícito, Freud precisa esta idea: «El superyó del niño no se forma a
imagen de los padres, sino más bien a imagen del superyó de éstos; se llena del mismo
contenido, se convierte en el representante de la tradición, de todos los juicios de valor, que de
este modo persisten a través de las generaciones».
El antropomorfismo de los conceptos de la segunda tópica freudiana ha sido denunciado casi
siempre a propósito del superyó. Pero, como ha indicado D. Lagache, es ciertamente una
aportación del psicoanálisis (véase sobre el enfoque de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, el psicoanálisis en la filosofía, el modelo de psicoanálisis, la teoría del psicoanálisis, la psicología y la terapia psicoanalítica) el haber puesto en evidencia la presencia del antropomorfismo en el
funcionamiento y la génesis del aparato psíquico y de haber descubierto en él «inclusiones
animistas». También la clínica psicoanalítica muestra que el superyó funciona de un modo
«realista» y como una instancia «autónoma» («objeto malo» interno, «voz potente», etc.);
varios autores han subrayado, después de Freud, que el superyó distaba mucho de las
prohibiciones y preceptos realmente pronunciados por los padres y los educadores, hasta el
punto de que la «severidad» del superyó puede ser inversa a la de ellos.

Nota: Freud insistió en la idea de que el superyó comporta esencialmente representaciones de palabras, y que sus
contenidos provienen de las percepciones auditivas, de los preceptos, de la lectura.

Fuente: Diccionario de Psicoanálisis, Daniel Lagache (Francia)

Superyó

Instancia de nuestra personalidad psíquica cuyo papel es juzgar al yo.

El término superyó fue introducido por Freud en 1923 en El yo y el ello. El superyó es la gran
innovación de la segunda tópica. En las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis
(1933), Freud da de él esta descripción: «Tengo ganas de cumplir tal acto apropiado para
satisfacerme, pero renuncio a él a causa de la oposición de mi conciencia. 0, en otro caso, he
cedido a algún gran deseo y, para experimentar cierta alegría, he cometido un acto que mi
conciencia reprueba; una vez cumplido el acto, mi conciencia provoca, con sus reproches, un
arrepentimiento ( … ». El superyó, que inhibe nuestros actos o que produce el remordimiento, es
«la instancia judicial de nuestro psiquismo». Por lo tanto, está en el centro de la cuestión moral.
La censura. En la historia de la teoría freudiana, el superyó apareció primero bajo la forma de la
censura, la censura del sueño, por ejemplo (se puede examinar algunos de estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Freud reconoce que la censura puede actuar de
manera inconciente como el sentimiento de culpa: «El sujeto que sufre de compulsiones y de
interdicciones actúa como si estuviera dominado por un sentimiento de culpa inconciente a pesar
de la aparente contradicción en los términos». Por lo tanto, el superyó forma parte del yo y, sin
embargo, puede ser separado de él. Es que el yo puede tomarse a sí mismo como objeto, puede
escindirse. Esta ruptura, esta escisión, es particularmente nítida, nos dice Freud en las Nuevas
conferencias…, en el delirio de observación. Los enfermos, en este delirio, oyen voces que les
comentan sus hechos y gestos. Este poder de observación, que se parece a una persecución,
los acecha para sorprenderlos y castigarlos. El delirio de observación nos muestra así una
instancia observadora nítidamente separada del yo, alojada en la realidad exterior. Pero puede
encontrarse también en el interior y pertenecer a la estructura misma del yo. Esta instancia, que
en el yo me juzga y me castiga a través de penosos reproches, es lo que llamamos la
«conciencia moral»: la voz de mi conciencia que me hace experimentar el arrepentimiento por mi
acto. A esta instancia, que puede ser reconocida como una entidad separada, Freud la llama
«superyó»: independiente del yo, puede tratarlo con una extrema crueldad, como en la
melancolía.

Papel de la autoridad parental

Esta instancia que se hace oír en el interior se ha manifestado
primero en el exterior, como lo muestra el mecanismo de la formación del superyó. El papel
prohibidor del superyó ha sido desempeñado primeramente por una potencia exterior, por la
autoridad parental. El niño pequeño no posee inhibiciones internas, obedece a sus impulsos y no
aspira más que al placer. La renuncia a las satisfacciones pulsionales será la consecuencia de
la angustia inspirada por esta autoridad externa. Se renuncia a las satisfacciones para no
perder su amor.
A través del mecanismo de la identificación, esta amenaza externa se interioriza. La relación con
los padres, el temor de perder su amor, la amenaza de castigo se trasforman en superyó por
medio del proceso de identificación: absorbemos al otro por incorporación oral. La identificación
es, en efecto, la forma más originaria de la relación con el otro. Pero la identificación con el
objeto debe distinguirse de la elección de objeto: «Si el varoncito se identifica con su padre,
quiere ser como su padre; si quiere hacer de él el objeto de su elección, quiere tenerlo,
poseerlo». Sólo en el primer caso su yo será modificado. Si se ha perdido el objeto o se ha
debido renunciar a él, uno puede, dice Freud, identificarse con él de modo que la elección de
objeto regrese a la identificación. Al renunciar a los investimientos colocados en los padres, a
través del abandono del complejo de Edipo, las identificaciones del niño se ven reforzadas. En el
curso del desarrollo, el superyó deviene impersonal y se aleja de los padres originales. La
angustia ante la autoridad exterior se ha mudado en angustia ante el superyó.
En este estadio, el sentimiento de culpa es absolutamente idéntico a la angustia ante el superyó.
Este último, heredero del complejo de Edipo, adoptará luego las influencias de las figuras de
autoridad y de los educadores que han tomado el lugar de los padres. Se enriquecerá con los
aportes de la cultura. La angustia ante el superyó normalmente no encuentra un término; como
angustia moral, se muestra indispensable en las relaciones sociales. Pero muchos individuos no
pueden superar la angustia ante la pérdida del amor, lo que no deja de tener consecuencias en
nuestra vida social. Si bien el superyó está condicionado por el Edipo, también se explica por un
hecho biológico capital que los liga a ambos: la prolongada dependencia en la que se encuentra
el niño con respecto a sus padres.

El superyó y la cultura

De este modo, el superyó del niño se edifica de acuerdo con el superyó
parental. Se convierte en el vehículo de la tradición. Sin embargo, puede ser distinto de ella, y
hasta de sentido inverso. No siempre el superyó corresponde a la severidad de la educación. En
El malestar en la cultura (1930), Freud escribe: «La severidad original del superyó no representa
o no representa en tal grado la severidad sufrida o esperada de parte del objeto sino que
expresa la agresividad del niño mismo hacia aquel». Para Freud, las cosas se desarrollan así:
primero, renuncia a la pulsión, consecutiva a la angustia ante la agresión de la autoridad exterior,
angustia ligada al miedo de perder el amor, amor que protege de la agresión que el castigo
representa; luego, instauración de la autoridad interior, y renuncia consecutiva a la angustia ante
esta autoridad interior convertida en conciencia moral. En este segundo estadio, mala intención y
mala acción coinciden; el deseo no puede ser disimulado al superyó: de ahí el sentimiento de
culpa y la necesidad de castigo. Se explican así las conductas de las personas asociales en las
que el sentimiento de culpa precede al acto delictivo en lugar de seguirlo. Esta necesidad
inconciente de castigo corresponde a una parte de agresión interiorizada y retomada por el
superyó. Con todo, Freud no confunde superyó y agresividad.
Si bien el superyó es un residuo de las primeras elecciones de objeto, sin embargo reacciona
contra estas elecciones por medio de la coerción, expresándose bajo la forma del imperativo
categórico. No se limita a darle al yo el consejo: «Sé así» (como tu padre), sino que también
prohibe: «No seas así» (como tu padre); dicho de otro modo:- «No hagas todo lo que él hace;
muchas cosas le están reservadas a él solo». De esta manera, el superyó habla. Es «la voz de
la conciencia», «la gran voz». Ligado a la palabra, el superyó es una instancia simbólica. En El yo
y el ello (1923), Freud nos dice que el superyó no puede renegar de sus orígenes acústicos,
que comporta representaciones verbales y que sus contenidos provienen de las percepciones
auditivas, de la enseñanza y de la lectura.
J. Lacan prolonga este análisis. El superyó, para él, constituye una parte de los mandatos
interiorizados por el sujeto. Pero es un enunciado discordante, exorbitante con relación a la ley
pacificadora de lo simbólico. De este modo, el superyó es también el que empuja al sujeto a ir
más allá del principio de placer. Le prescribe más bien el goce. Esto obliga, por otro lado, a
distinguir el superyó del ideal del yo.

El ideal y el superyó

Junto con las funciones de autoobservación y de conciencia moral, el
superyó es también portador de la función del ideal. Superyó e ideal del yo son confundidos a
menudo: tan imbricados están los dos aspectos del ideal y de la interdicción. Con este ideal del
yo se coteja el yo, aspirando a un perfeccionamiento cada vez más avanzado. Esta función del
ideal, correlativa, como el superyó, del Edipo, hunde sus raíces en la admiración del niño por las
cualidades que atribuía a sus padres. Pero el superyó, a diferencia del ideal del yo, se sitúa
esencialmente en el plano simbólico de la palabra. El uno es coercitivo; el otro, exaltador. El
superyó es agente de depresión. Pero también llega a atemperar su dureza por medio de la
actitud humorística.

Fuente: Diccionario de Psicoanálisis, Roland Chemama

Superyó

Nada parece más sorprendente que la afirmación de Freud en El malestar en la cultura: «El
superyó es una instancia que hemos descubierto nosotros». En efecto, ¿qué hay más conocido
que la conciencia moral, el interdicto, la culpa, incluso el imperativo categórico? No obstante, la
originalidad de la posición freudiana resulta de las dos tesis siguientes: por un lado, el superyó
está constituido «como una proporción estructural (Strukturverhältnis) que no personifica
simplemente una abstracción como la conciencia moral» (Nuevas conferencias … ); por otra
parte, esa proporción no está dada de entrada, sino que su establecimiento depende de «las
vicisitudes de la relación de alteridad». En otros términos, «no es la conciencia moral la que
produce la renuncia a las pulsiones, sino más bien la renuncia a las pulsiones (inducida por sus
vicisitudes) la que engendra la conciencia moral y la refuerza». Por este hecho, en esa relación
estructural se inscribe la dimensión histórica del sujeto, tanto su desarrollo individual como su
inserción en el proceso de la cultura y la civilización. El «superyó», tal como Freud lo entiende,
en su reflexión incesante, que se prolongó durante casi treinta años, desde «Introducción del
narcisismo» y Tótem y tabú hasta El malestar en la cultura y Moisés y la religión monoteísta,
integra en estas perspectivas las diversas instancias de la psique (yo, ello, ideal del yo) y el
mundo exterior, el individuo y la cultura, los vivos y los muertos, la filogénesis y la ontogénesis,
lo consciente y lo inconsciente, Eros y Tánatos.

Desde otro punto de vista, el de la práctica, el superyó constituirá un modelo ideal para el yo
(«Neurosis y psicosis») y deberá ser tomado en consideración en todas las formas de
enfermedad psíquica. Más aún, la angustia ante esta instancia, por ser la única de la que es
posible formarse un concepto analítico, está en el centro del tratamiento (El yo y el ello). El
superyó aparece así en el centro de la reflexión freudiana, tanto teórica como práctica. La
figurabilidad fácil del superyó, las metáforas y las imágenes que lo describen, no pueden
engañarnos. Hay que tomarlas como objetivos que hay que superar para llegar a la comprensión
de esa proporción estructural psíquica, esa relación que, en efecto, no puede reducirse a
ninguna de sus metáforas. En el seno del movimiento analítico se elevaron vivas críticas, no
contra la existencia de esa instancia, sino contra el modo de concebir su génesis, el momento de
su aparición en la historia, e incluso la prehistoria, del sujeto (Melanie Klein y otros). A pesar de
su importancia, no tomaremos en cuenta esas críticas en nuestra presentación, que discernirá
los rasgos esenciales del superyo siguiendo el orden cronológico de los textos freudianos.

Narcisismo, ideal del yo y facultad de autoobservación

El superyó se constituye en el pensamiento freudiano en la confluencia de dos temas que
aparecen explícitamente en las décadas de 1910 y 1920, bajo la presión de la clínica: el ideal del
yo y una facultad de observación, comparación y crítica.
En 1914, cuando quiere justificar la introducción del narcisismo, Freud plantea la cupla «ideal del
yo»/«instancia observadora y evaluadora». «Lo primero, entonces, es el yo ideal, en tanto que
destinatario del amor a sí mismo, de la estima por sí mismo, de los que gozaba en la infancia el yo
real. Incapaz de renunciar a la satisfacción de la que disfrutó en otro tiempo, el hombre no quiere
prescindir de la perfección narcisista de su infancia… Trata de recuperarla bajo la nueva forma
del ideal del yo. Lo que proyecta ante sí como su ideal es el sustituto del narcisismo perdido de
su infancia: en ese tiempo él mismo era su ideal.» Simultáneamente, Freud introduce una
instancia que garantiza esa satisfacción narcisista, una instancia que proviene del ideal del yo y
observa sin cesar al yo real, comparándolo con el ideal. ¿No es esta instancia la que en el
pasado se reconocía con los rasgos de la conciencia moral? Es ella la que está en el origen de
los delirios de observación. Su autoridad se pone de manifiesto a través de las voces que
hablan del enfermo y le hablan al enfermo en tercera persona. Ya apunta aquí, en el sujeto, el
conflicto de las pulsiones individuales y las representaciones culturales y éticas, que actúan en
primer lugar a través de los padres, y después a través de los semejantes (Mitmenschen).
En 1917, en «Una dificultad del psicoanálisis», la conciencia moral es presentada cómo alojada
en el «núcleo del yo». Concepción rechazada más tarde, incompatible sin duda con la «escisión»
que esta conciencia moral, después del superyó, introduce en el yo.
Pero en 1921, en Psicología de las masas y análisis del yo, se constituirá todavía una instancia
única con el título de «ideal del yo» -ya, anticipadamente, una relación estructural-, con múltiples
funciones, disociada del yo y en conflicto con él. Esas funciones son la autoobservación, la
conciencia moral, la censura onírica y el ejercicio de la influencia esencial en la represión.
Heredera del narcisismo, esta instancia se revela necesaria para dar cuenta de los trastornos
de ese narcisismo (presidente Schreber), de la melancolía y de los delirios de observación.

El superyó y el complejo de Edipo

En 1923, en El yo y el ello, Freud retorna la cuestión, en un nuevo esfuerzo, dentro de la
segunda tópica, y teniendo hasta cierto punto en cuenta las adquisiciones de Tótem y tabú
(Freud se refiere por primera vez, en el prefacio y en el propio texto, al imperativo categórico
kantiano). La instancia conserva las mismas funciones, salvo que se le retira la prueba de
realidad, para atribuirla de nuevo al yo. Esta instancia recibe un nombre doble: superyó/ideal del
yo. Por otra parte, y esto es extremadamente importante, esa parte del yo está en una relación
menos estrecha con la conciencia (Bewusstsein). Para justificar este nuevo equilibrio de los
elementos, Freud presenta una primera concepción de la génesis de ese superyó, tomando en
cuenta las oposiciones (o pares contrastados) real/psíquico, ontogénesis/filogénesis,
individuo/especie humana. Como ocurre a menudo en Freud (véase el trabajo sobre el presidente
Schreber), esta presentación se basa en un juego de lenguaje, que expresa aquí los dos
momentos, afirmativo y negativo, del mandato «Tú debes (hacer como tu padre); tú no debes
(hacer como tu padre)». Al primer momento se asocia una genealogía de las identificaciones del
sujeto, sean éstas originarias, anteriores a toda investidura de objeto o «residuos» de las
primeras elecciones de objeto del ello; al segundo momento se asocia «una formación reactiva
enérgica contra esas investiduras de objeto, interdicto, sentimiento de culpa, angustia». El
complejo de Edipo, en su forma más completa, se convierte en el pivote de la formación del
superyó, en la medida en que se expresa como conflicto entre el «tú debes» y el «tú no debes».
El superyó es entonces el heredero del complejo de Edipo (tesis desarrollada en «El
sepultamiento del complejo de Edipo»). Se establece entonces un equilibrio entre los dos
aspectos del «super» (Über): la superioridad se manifiesta a la vez en la aspiración a «ser
como» y en la conciencia moral como instancia judicativa.
El ideal aparece subordinado a la instancia crítica y prohibidora. Este hecho se vincula sin
ninguna duda con la introducción de la nueva teoría de las pulsiones, que pone en juego a Eros y
a las pulsiones agresivas y de destrucción (Tánatos). La crueldad del superyó con respecto al
yo es subrayada por su vínculo con la pulsión de muerte, puesto que además, en la melancolía,
el superyó es, «por así decirlo, el puro cultivo del instinto de muerte». Sólo en El malestar en la
cultura, al relacionar el origen del superyó con el rechazo de la agresividad (siguiendo las
intuiciones de Melanie Klein y otros, integradas a sus propias perspectivas), Freud justifica
indirectamente esa oscilación entre el ideal del yo y el superyó. En las Nuevas conferencias…. el
superyó se convertirá en «el portador del ideal del yo».
De modo que el superyó es el heredero del complejo de Edipo. Por él se inscriben en el psiquismo
del sujeto las huellas de las relaciones objetales, y en consecuencia las huellas de la influencia
del mundo exterior, las vicisitudes de la alteridad. Esos objetos son en primer lugar los padres,
pero desprendidos por Freud de un familiarismo simplista. Por un lado, las huellas o rastros de
los que se trata son el resultado de transformaciones complejas por identificación, proyección,
formación reactiva, etc. Por otra parte, el sujeto pertenece a la especie humana, y esta
pertenencia se expresa en Freud a través de la hipótesis filogenética (se puede examinar algunos de estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Finalmente, los padres no
deben considerarse sólo, ni sin duda en primer lugar, en su individualidad más superficial, como
era el caso del soldado de Schiller (El campo de Wallenstein), sino en su pertenencia a la
especie humana y a la cultura, a la civilización de la que forman parte, y por lo tanto a la historia
de esta especie. Tal pertenencia se reconoce en que el advenimiento del superyó está ligado,
por un lado, al prolongado estado de desamparo y dependencia infantiles del ser humano, y por
el otro, a la instauración difásica de su vida sexual. En efecto, estos dos hechos «biológicos»
instauran las condiciones durables de la interrelación necesaria del individuo y su medio humano,
que favorecen la génesis de los sentimientos morales y el hecho del Edipo y su represión. No
hay que engañarse acerca de la acepción con la que Freud concibe las incidencias de esta
prematuración biológica. «La función cultural de la prematuración biológica no implica sólo el
desamparo biológico del ser humano y la asistencia del adulto -así sea procurada con el
concurso del lenguaje-, sino también la emergencia conjunta de las posiciones del sujeto y del
prójimo a través de las vicisitudes de una comunicación en la que están en juego la credibilidad
del prójimo y la seguridad interior: destino de la pulsión, destinación de la pulsión en su
dependencia de la muerte» (Pierre Kaufmann).

Dependencia del yo con respecto al superyó y sentimiento de culpa

En razón de este origen en el complejo paterno (identificación originaria con el padre y herencia
del complejo de Edipo), el superyó conserva la capacidad de oponerse al yo y dominarlo.
«Monumento recordatorio de la antigua debilidad y dependencia del yo, justifica su dominación
incluso sobre el yo adulto. A la coacción exterior ejercida por los progenitores la sucede la
coacción ejercida por el imperativo categórico del superyó.»
Pero en el carácter de coacción (Zwang) del superyó hay algo más profundo. La relación del
superyó con el complejo paterno resulta de la transformación de las investiduras de objeto del
ello en identificaciones. «El superyó permanece constantemente ligado al ello y podrá
representarlo ante el yo. Se hunde profundamente en el ello y por esta razón está más alejado
de la conciencia que el yo.» Podemos añadir: manifestará entonces toda la violencia coactiva del
caos pulsional que es el ello.
Si bien la dependencia del yo con respecto al superyó se manifiesta de manera evidente en el
sentimiento de culpa consciente, no es esto, según lo que acabamos de decir, lo que constituye
lo esencial de esa dependencia. En el trabajo analítico, nos explica Freud, hay personas que se
comportan de un modo muy extraño. Su situación en la cura se agrava cuando se les demuestra
satisfacción por la evolución del tratamiento. Más allá de los beneficios de la enfermedad a los
que uno se aferra, de la inaccesibilidad narcisista, de la actitud negativa con respecto al médico,
es preciso reconocer en este caso la acción de un sentimiento inconsciente de culpa. Esta
expresión es impropia pues, ¿cómo podría ser inconsciente un sentimiento? Freud propondrá
más tarde la fórmula «necesidad de castigo». El paciente, por otra parte, no se «siente»
culpable, sino enfermo. El sentimiento de culpa se manifiesta sólo en la forma de una resistencia
a la curación que es muy difícil reducir. Contra esa necesidad de punición, insiste Freud, nada se
puede hacer de modo directo. Indirectamente, hay que develar lentamente los fundamentos
inconscientes de esa culpa, de modo que se transforme poco a poco en un sentimiento de culpa
consciente.
El sentimiento inconsciente de culpa está más o menos presente en toda afección neurótica y
determina su gravedad de manera decisiva. En «El problema económico del masoquismo» Freud
le asignará su verdadero lugar, al ligarlo al masoquismo «moral», es decir, al deseo inconsciente
de ser castigado, golpeado por el padre, deseo muy cercano a ese otro deseo de tener
relaciones sexuales pasivas («femeninas») con él. Mientras que en el sentimiento consciente de
culpa el complejo de Edipo está remontado, desexualizado, y aparece la moral, en la necesidad
de castigo inconsciente hay, debido al masoquismo, resexualización de la moral, resexualización
que no es beneficiosa para la moral ni para el individuo.

Sentimiento de culpa y angustia de castración

La angustia del yo ante el superyó es la exteriorización de ese masoquismo del yo que exige la
punición para ser así liberado. Esta angustia está estrechamente ligada a la angustia de
castración, sobre todo cuando la intervención del masoquismo es más fuerte y resexualiza la
moral. En caso contrario, se expresa a través de un malestar social, indeterminado: «Así como
en el superyó el padre se convierte en impersonal, la angustia de castración por el padre se
transforma en angustia social o en angustia moral, indeterminada».
La angustia de muerte debe considerarse una elaboración de la angustia de castración a través
de la angustia ante el superyó. En Inhibición, síntoma y angustia, Freud escribe: «Según lo que
sabemos de la estructura de las neurosis de la vida cotidiana, relativamente simples, es muy
poco probable que una neurosis pueda deberse al único hecho objetivo de estar en peligro, sin
que queden implicadas las capas inconscientes más profundas del aparato psíquico. Pero en el
inconsciente no hay nada que pueda darle un contenido a nuestro concepto de aniquilación de la
vida. Se podría decir que la experiencia cotidiana de la separación del contenido intestinal y la
pérdida del seno materno experimentada en el destete permiten dar alguna representación de la
castración, pero nunca se ha vivido una experiencia semejante a la muerte, o bien ella no ha
dejado, como es el caso del desvanecimiento, ninguna huella asignable. Por eso me atengo
firmemente a la idea de que la angustia de muerte tiene que concebirse como análoga a la
angustia de castración, y que la situación a la cual reacciona el yo es el abandono por el
superyó protector (por las potencias del destino), abandono que lo deja sin defensa ante todos
los peligros».

Superyó, modelo ideal del yo

El superyó, en tanto proporción estructural que liga las diversas instancias del aparato psíquico
y el mundo exterior ante el yo, es un modelo ideal para la unidad dinámica del yo: «En esta
situación aparentemente simple (la del conflicto “directo” entre el yo y el ello, entre el yo y el
mundo exterior) se introduce una complicación por la existencia del superyó, el cual reúne en sí,
según un encadenamiento que queda por dilucidar, influencias provenientes del ello y del mundo
exterior, y de alguna manera es un modelo ideal de aquello a lo que apunta toda tendencia del yo,
es decir a la reconciliación de sus múltiples lealtades» («Neurosis y psicosis»). Al mismo tiempo,
el superyó es un punto de paso obligado en todo tratamiento. Si el conflicto entre el yo y el
superyó caracteriza las neurosis narcisistas, entonces no hay neurosis ni psicosis, no hay
conflicto del yo y el ello, no hay conflicto entre el yo y el mundo exterior, en el que no esté
implicado el superyó.

Superyó, agresividad y muerte

En el período que va desde El malestar en la cultura (1929) hasta Moisés y la religión monoteísta
(1938), Freud lleva a su término la reflexión sobre el superyó. Allí reúne y prolonga las
adquisiciones de la segunda tópica y de Tótem y tabú, arraigando el origen del superyó y el
sentimiento de culpa en el asesinato del jefe de la horda. Se establece un vínculo necesario
entre agresividad y sentimiento de culpa, y advenimiento del lenguaje y el pensamiento.
A Freud le resulta inconcebible la existencia de una facultad por así decir natural para distinguir
el bien y el mal. Es necesario suponer una fuente exterior que decida qué es lo que debe
llamarse el bien y el mal. ¿Cuál será entonces la motivación del ser humano para someterse a
ese decreto? ¿Qué sino el miedo a perder el amor de quien enuncia la ley? Este último, ¿no es al
mismo tiempo el que puede socorrer a ese ser humano que se percibe en el desamparo y en una
dependencia total respecto del prójimo? El sentimiento de culpa no es entonces nada más que la
angustia ante esa pérdida de amor, angustia «social». Esta actitud es la del niño pequeño: no
puede ser otra en su caso. Lo mismo ocurre con muchos adultos, para los cuales la sociedad
reemplaza a la pareja parental. En esta perspectiva, no cabe distinguir acción e intención, en el
sentido de que sólo cuenta el hecho de que las cosas sean conocidas por la autoridad; la
renuncia a las pulsiones será el resultado de esa angustia ante la pérdida del amor de quienes
enuncian el bien y el mal, angustia ante la agresividad de la que estos últimos podrían dar prueba
ante el culpable. Para Freud, en este estadio no cabe hablar de conciencia moral ni de superyó.
Se podría decir en rigor que la angustia es la primera forma de la conciencia moral.
Desde el momento en que la autoridad se interioriza en virtud de la instauración de un superyó,
se produce un gran cambio. ¿Por qué y cómo se realiza esa instauración? En El malestar…. a
través de un texto atormentado, Freud hará depender la derivación del sentimiento de culpa y del
superyó de la sofocación [repression] exclusiva de las pulsiones agresivas, y sobre todo de las
del propio sujeto. Pulsiones agresivas que nacen del complejo de Edipo: «Cuando se impide la
satisfacción erótica, esto arrastra cierta agresividad contra la persona que veda esa
satisfacción, y esta agresividad tiene que ser a su vez sofocada». El medio más poderoso de
sofocación es el mecanismo doble de proyección e identificación. El superyó es su resultado. Su
rigor no es, o no es tanto, el que ha sido experimentado como proveniente de la autoridad
exterior y el que se le atribuía, sino que subroga nuestra propia agresividad vuelta contra
aquella. La conciencia (moral) y el sentimiento de culpa son una misma realidad. El sentimiento de
culpa es la percepción que tiene el yo de esa severidad, de la vigilancia de la que es objeto.
Desde esta perspectiva se interpretará la tesis de la conciencia moral como supervivencia de la
severidad de la autoridad exterior, remarcando que «la agresividad vengativa del niño tomará por
medida la agresión primitiva que espera de parte del padre».
Por otra parte, en cada uno de nosotros el estadio infantil de la conciencia (moral), el estadio de
la angustia social, jamás está totalmente integrado en el superyó. Ante la autoridad exterior
siempre subsiste una angustia. Ante los golpes del destino, la adversidad, el «rechazo» que nos
opone el mundo exterior, nos sometemos de nuevo a las exigencias del superyó, exigencias que
desatendemos en la «felicidad».
Si bien el superyó resulta de la interiorización de la agresividad, no ignora nada de nuestras
intenciones; para él la intención vale como acto, y por lo tanto trata con igual salvajismo una y
otro (se puede examinar algunos de estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Finalmente, si el superyó resulta de la vuelta de nuestra propia agresividad contra nosotros
mismos, se entiende que toda sofocación de esa agresividad conducirá a una sofocación cada
vez más fuerte, a una virtud siempre más exigente; toda renuncia de la agresividad se vuelve
una nueva fuente de energía para el superyó.
Pero, ¿no hay en esta génesis del superyó un lugar para el amor, para Eros? El amor por la
madre, como objeto erótico, interviene indirectamente en la formación del superyó, sólo a través
de la reacción que suscita ese amor por parte de la autoridad. Ahora bien, ¿en qué consiste el
amor del niño por esa autoridad? Para comprenderlo, hay que restituir el desarrollo del individuo
al seno del desarrollo de la especie, y volver a la ambivalencia de los sentimientos, al conflicto de
Eros y Tánatos.
En el origen Freud supone, siguiendo el hilo de Tótem y tabú, un asesinato colectivo efectivo del
«padre» por los «hijos», los «hermanos» de la horda. En esta efectuación del odio resurge el
conflicto con el amor. «Los hijos odian al padre, pero también lo aman.» Una vez saciado el odio
por la violencia actuada, reaparece el amor en el remordimiento ligado al crimen. El amor es el
motor más profundo de la constitución del superyó, a través de la identificación con el padre
muerto, al devorarlo (banquete sacrificial, sacrificio de comunión, eucaristía cristiana, etc.), al
encargar a ese superyó que castigue el acto de violencia e impida su retorno. Como dice Freud,
la agresividad, el deseo de violencia, se renuevan sin cesar a través de las generaciones, y el
sentimiento de culpa se mantiene y refuerza por la transferencia al superyó de la energía propia
de cada nueva agresión sofocada. La fuerza de la renuncia procede no sólo del miedo al castigo
posible, sino también del amor bajo la forma de remordimiento. «Se comprende entonces que el
hecho de matar al padre o de abstenerse de ello no es decisivo, puesto que el sentimiento de
culpa es la expresión del conflicto de ambivalencia, de la lucha eterna entre el Eros y el instinto
de destrucción o de muerte», el conflicto que domina toda la vida psíquica del hombre.
A la fórmula del «Proyecto», «la impotencia original del ser humano se convierte en la fuente
primera de todos los motivos morales», responde en «De guerra y muerte. Temas de actualidad»:
«Frente al cadáver de la persona amada han nacido, no sólo la doctrina del alma, la creencia en
la inmortalidad y una de las potentes raíces de la conciencia de culpa del hombre, sino también
los primeros preceptos éticos. El primero y más importante de los mandamientos de la conciencia
que se despertaba enunció: No matarás (se puede examinar algunos de estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Fue adquirido junto al muerto amado, en reacción
contra la satisfacción del odio oculta detrás del duelo, y se extendió progresivamente al extraño
no-amado, y finalmente también al enemigo». Como Freud lo subraya con profundidad (y como lo
sabe perfectamente todo historiador), «Es precisamente el acento puesto en el mandamiento “no
matarás” lo que nos da la certidumbre de que descendemos de un linaje infinitamente largo de
asesinos que llevaban en la sangre el placer del asesinato, igual quizá que nosotros mismos
todavía».
Como dice además Freud, «Nuestro inconsciente no conoce la muerte propia; está lleno de
placer ante el asesinato del extraño, y dividido (ambivalente) con respecto a la persona amada».
Superyó individual y superyó colectivo
La civilización encuentra en la pulsión agresiva su traba más temible, pero esta situación exige
un estudio por sí misma. Las reflexiones relacionadas con el superyó individual no bastan. En
efecto, la civilización es un proceso aparte, que se despliega por encima de la humanidad. Al
lado de este superyó y correlativamente con la culpa individual, Freud emplaza un superyó
colectivo (Kulturüberich). Sin profundizar en las relaciones del psicoanálisis (véase sobre el enfoque de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, el psicoanálisis en la filosofía, el modelo de psicoanálisis, la teoría del psicoanálisis, la psicología y la terapia psicoanalítica) con la teoría de la
cultura, es necesario por lo menos recordar algunos de sus elementos. Este proceso está al
servicio de Eros: las masas humanas tienen que unirse libidinalmente entre ellas; la necesidad
por sí sola, las ventajas del trabajo en común, no les procuran la cohesión deseada. Pero el
impulso agresivo natural de los hombres, la hostilidad de uno contra todos y todos contra uno, se
opone a este programa de la civilización. Esta pulsión agresiva es descendiente y
representación principal de la pulsión de muerte que hemos encontrado en obra junto a Eros, y
que se divide con él el dominio del mundo. La evolución de la civilización pone de manifiesto la
lucha entre Eros y la muerte, entre el instinto de vida y el instinto de destrucción, tal como se
desarrolla en la especie humana.
En este combate es preciso distinguir tres planos: el proceso cultural que se despliega por
encima de la humanidad, el desarrollo del individuo, y el misterio de la vida orgánica en general.
Examinemos aquí las relaciones entre los dos primeros. Por un lado, esos dos procesos, aunque
se aplican a objetos diferentes, son de naturaleza muy semejante. El desarrollo del individuo
persigue la agregación de ese individuo a la masa humana, y el proceso de la cultura apunta a la
constitución de una unidad colectiva. Habrá entonces homogeneidad entre los medios empleados
y los fenómenos suscitados. Por otro lado, esos procesos se distinguen en un aspecto:
-En el desarrollo del hombre aislado, se mantiene como meta principal el programa del principio de
placer, o sea la búsqueda de la felicidad. La agregación o la adaptación a una comunidad
humana aparece sólo como una condición inevitable que hay que llenar precisamente en función
de la procuración de la felicidad.
-En el proceso de la civilización, la situación se invierte: lo que era una condición en el primer
caso, pasa a ser la meta principal en éste; lo que era meta principal queda relegado al segundo
plano. Se tiene incluso la impresión de que la creación de una gran comunidad humana -insiste
Freud- sería más fácil si no hubiera que preocuparse por la felicidad del individuo.
Habrá entonces un conflicto entre el proceso de la cultura y el desarrollo del individuo. Este
conflicto no se confunde con el que existe entre Eros y Tánatos, sino que consiste más bien en
una discordia intestina en la economía de la libido, comparable a la lucha por la distribución de
esa libido entre el yo y los objetos.
La posición de Freud es matizada. Como lo observa Kaufmann, «La estructura edípica no es un
patrón universal, sino un sistema singular de referencias, como lo será la sociedad ampliada, en
la diversidad de sus formas». «El conflicto entre Eros y Tánatos -explica Freudse encendió
desde el instante en que se impuso a los hombres la tarea de vivir en común. Mientras esa
comunidad conoce únicamente la forma familiar, el conflicto necesariamente se manifiesta en el
complejo de Edipo, instituye la conciencia y engendra el primer sentimiento de culpa. Cuando la
comunidad tiende a ampliarse, ese mismo conflicto persiste, reviste formas dependientes del
pasado, se intensifica y arrastra una acentuación de ese primer sentimiento. Como la civilización
obedece a un empuje erótico interno que apunta a unir a los hombres en una masa mantenida
por lazos estrechos, no puede llegar a ello más que por un solo medio, reforzando siempre más
el sentimiento de culpa. Lo que comenzó con el padre se consuma con la masa. Si la civilización
es la vía indispensable para evolucionar desde la familia hasta la humanidad, ese refuerzo está
entonces indisolublemente ligado a su curso, como consecuencia del conflicto de ambivalencia
con el que nacemos, y de la eterna querella entre el amor y el deseo de muerte. Y quizás, algún
día, gracias a la civilización, esta tensión del sentimiento de culpa alcanzará un nivel tan elevado
que al individuo le resultará difícil soportarlo.»
No obstante, Freud espera que el conflicto entre la civilización y el individuo encontrará un punto
de equilibrio como el que alcanza el conflicto entre la libido del yo y la libido de objeto para el
individuo.
Pero la analogía entre el proceso de la civilización y la vía seguida por el desarrollo individual
puede llevarse mucho más lejos. También la comunidad desarrolla un superyó cuya influencia
gobierna la evolución cultural, y un sentimiento de culpa correlativo.
Hay dos puntos de similitud, y dos diferencias:
-Así como el superyó individual se basa en la impresión dejada por los progenitores, por el
padre, por las huellas filogenéticas del asesinato del jefe de la horda, del mismo modo el superyó
colectivo enraíza en las impresiones dejadas por grandes personajes. No obstante, hay una
diferencia. Mientras que por lo general los padres no son maltratados, los grandes hombres
conocen a menudo un destino temible, y son escarnecidos, rechazados, incluso eliminados. En
El malestar en la cultura, Freud se refiere a Jesucristo; en Moisés y la religión monoteísta
formulará la hipótesis del asesinato de Moisés por el pueblo hebreo. Pero la diferencia en este
plano destaca una semejanza entre estos hombres excepcionales y el jefe de la horda. Como
éste, muy a menudo son exaltados después de su muerte violenta: «La figura de Cristo, ¿no
sería precisamente el ejemplo más sobrecogedor de este encadenamiento gobernado por el
destino, si después de todo no perteneciera al mito que le dio origen, a la creación surgida bajo el
recuerdo confuso de ese asesinato primitivo?».
-Un segundo punto concordante es que ese superyó colectivo, ese superyó de la comunidad
civilizada, lo mismo que el superyó individual, plantea exigencias ideales severas, cuya no
observancia encuentra también el castigo en una angustia de conciencia social. Pero también en
este punto hay una diferencia con el proceso del superyó individual. «En el individuo -observa
Freud- las agresiones del superyó no levantan la voz de manera ruidosa, en forma de
reproches, más que en caso de tensión psíquica, mientras que las exigencias del superyó
permanecen en el segundo plano y siguen siendo a menudo inconscientes.» Para el superyó
colectivo, esas exigencias ideales son explícitas o fáciles de explicitar. Piénsese en las que
regulan las relaciones de los hombres entre ellos y que se resumen con el nombre de ética.
En Moisés y la religión monoteísta, Freud distingue claramente las exigencias éticas de ese
superyó colectivo, el renunciamiento que es su correlato y la elevación de la conciencia de sí
asociada con el progreso de la vida del espíritu, es decir, con la aparición y el progreso del
lenguaje y el pensamiento. Mientras que, como acabarnos de verlo, Freud percibe una analogía
posible entre las exigencias éticas del superyó individual y las del superyó colectivo, el paso de
la vida sensorial a la vida intelectual, el orgullo que el hombre obtiene de ese paso, le parecen
inexplicables. La dificultad que Freud encuentra aquí, ¿no deriva del hecho de que el asesinato
del padre de la horda, el advenimiento del «padre» y el advenimiento del pensamiento y el
lenguaje son correlativos? Como escribe Kaufmann, «El despojo del omnipotente (el jefe de la
horda) aparecerá como la condición originaria del despliegue del lenguaje humano y el motivo de
su vínculo constitutivo con la culpa, en la que se perpetúa el tormento del sujeto debido a la
dependencia amorosa respecto de su víctima. En otras palabras: lo que es la intensidad de la
cuasi presencia alucinatoria al sueño, lo es el monopolio expresivo del guía soberano de la horda
a la articulación significante, y el grupo humano entró en el lenguaje el día en que le arrebató su
privilegio al omnipotente, en la embriaguez de la omnipotencia de los pensamientos». De este
modo se marca profundamente la diferencia entre la culpabilidad individual y la culpabilidad
colectiva: «A diferencia de la culpa individual, que se aplica incansablemente a la anulación de
una falta inasignable, la culpa colectiva aparece como la condición de la conversión de la pulsión
destructora en actividad de civilización. Además, ligado con el carácter explícito de las
exigencias del superyó colectivo y de la efectuación por el asesinato de la agresividad de la
comunidad humana, se añadirá lo siguiente: «así sustraída a la subjetividad individual, la falta que
motiva en consecuencia la culpa debe surgir de la esfera de la realidad, y sin duda, en la medida
en que su realidad se inscribe en el tiempo, de un estatuto histórico. En otros términos, la culpa
no nos remite sólo a una representación, sino a la experiencia de un acto colectivo» (Kaufmann).
Superyó y sublimación
Para concluir esta recorrida de la invención del superyó, es preciso decir unas palabras sobre
su relación con la sublimación. Cuando se lee El malestar en la cultura, lo que domina, en efecto,
es la inquietud de Freud ante la tendencia inexorable de la civilización y la cultura a restringir la
vida sexual, y por lo tanto a aumentar la desdicha sexual del hombre. Con respecto a la
sublimación, Freud escribe: «Otras pulsiones instintivas serán llevadas a modificar,
desplazándolas, las condiciones necesarias para su satisfacción, y a asignarles otras vías, lo
que en la mayor parte de los casos corresponde a un mecanismo bien conocido por nosotros: la
sublimación (de la meta de las pulsiones), pero que en otros casos se separa de él. La
sublimación de los instintos constituye uno de los rasgos más salientes del desarrollo cultural;
ella es la que permite que en la vida de los seres civilizados desempeñen un papel tan importante
las actividades psíquicas elevadas, científicas, artísticas o ideológicas. A primera vista, uno se
sentiría tentado a ver esencialmente en ella el destino que la civilización impone a los instintos.
Pero es preferible reflexionar más al respecto». En efecto, la sublimación, incluso aunque ataña
a la sexualidad perversa, no escapa a la dura ley común de la civilización. Supone una renuncia
al menos parcial a las pulsiones (Kulturversagung) y en consecuencia se basa en el sentimiento
de culpa colectivo. «El superyó asegura indefinidamente la perpetuación de una culpa no menos
necesaria para el trabajo de la cultura por la coacción que impone a las pulsiones, que lo que fue
en su advenimiento el acto de muerte del que procede» (Kaufmann), Esta coacción, derivada de
la pulsión de muerte, funda la desposesión del sujeto, sin la cual ninguna obra es posible. Al leer
el análisis de las memorias del presidente Schreber se pueden apreciar las dificultades de la
empresa, puesto que en su caso «la suma de agresión que caracteriza la paranoia se mide por
el camino que la libido debió recorrer para volver desde la homosexualidad sublimada hasta el
narcisismo». La catástrofe interior de Schreber en la cual es arrastrado su mundo, el retiro de
sus investiduras del campo de la exterioridad, consagran la ruptura de la mediación entre la
sublimación y el proceso de la cultura, mediación siempre precaria, reservada quizás a una
minoría, por lo menos a juicio de Freud. Desde esta perspectiva, el arte sigue siendo para él una
vía privilegiada de la sublimación, en cuanto es por sí mismo productor de obra, pero también
porque en la presencia/ausencia de esa obra se establece una relación con el prójimo. «En tanto
que realidad aceptada por convención, en la cual, en virtud de la ilusión artística, símbolos y
formaciones sustitutivas pueden provocar efectos verdaderos, el arte constituye un reino
intermedio entre la realidad que se rehúsa al deseo y el mundo imaginario que realiza el deseo,
reino en el cual las aspiraciones de omnipotencia de la humanidad primitiva siguen en vigor.»

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Fuente: Elementos para una enciclopedia del psicoanálisis. El aporte Freudiano. Obra dirigida por Pierre Kaufmann.

Superyó

Concepto creado por Sigmund Freud para designar una de las tres instancias de la segunda
tópica, junto con el yo y el ello. El superyó hunde sus raíces en el ello y, de un modo despiadado,
actúa como juez y censor del yo.
En su texto de 1924 sobre la economía del masoquismo, Freud declara: “El imperativo categórico
de Kant es [ … ] el heredero directo del complejo de Edipo”. No se podría ceñir de mejor modo el
concepto de superyó, que apareció en 1923 en El yo y el ello, producto de una prolongada
elaboración iniciada en 1914 en el artículo “Introducción del narcisismo” (se puede examinar algunos de estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Freud construyó
entonces la noción de ideal, sustituto del narcisismo infantil: lo suponía el instrumento de medida
utilizado por el yo para observarse a sí mismo.
La transformación de la concepción del yo a partir del examen clínico de la patología del duelo y
la melancolía llevó a Freud a abandonar progresivamente la idea de una equivalencia entre el yo
y el consciente, en beneficio de un yo en gran parte inconsciente. Se trataba por lo tanto de un
yo dividido, una de cuyas partes parecía desprenderse para observar y después juzgar a la
parte restante (se puede examinar algunos de estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Freud reemplazó esta idea de clivaje por la de componente estructural, instancia
de vigilancia y juicio que se convertía en un elemento del yo cuyas características y funciones
había que estudiar.
En El yo y el ello el superyó aparece todavía mal diferenciado del ideal del yo, pero es
considerado inconsciente, como una gran parte del yo (se puede examinar algunos de estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Freud se ve llevado después a precisar
la naturaleza de estas relaciones del superyó con el yo: “Mientras que el yo es esencialmente el
representante del mundo externo, de la realidad, el superyó se presenta frente a él como
mandatario del mundo interior, del ello. Los conflictos entre el yo y el ideal reflejarán en último
análisis -ahora estamos dispuestos a admitirlo- la oposición entre lo real y lo psíquico, entre el
mundo exterior y el mundo interior.” No obstante, en la medida en que el superyó es aún sinónimo
del ideal del yo, sus funciones siguen siendo ambiguas. A veces derivan del ideal y de la
prohibición, y en otros momentos, de la función represiva.
En 1933, en la trigésimo primera conferencia de introducción al psicoanálisis, Freud, después de
presentar la instancia superyoica (sobre todo en El malestar en la cultura) como un censor
delegado por las instancias sociales ante el yo, despliega el cuadro exhaustivo de la formación
del superyó y sus funciones.
La formación del superyó es correlativa al sepultamiento de la estructura edípica. En un primer
momento, el superyó es representado por la autoridad parental que ritma la evolución infantil
alternando las pruebas de amor y los castigos, generadores de angustia. En un segundo
momento, cuando el niño renuncia a la satisfacción edípica, interioriza las prohibiciones
externas. Entonces el superyó reemplaza a la instancia parental por medio de una identificación.
Freud distingue bien el proceso de identificación respecto de la elección de objeto, pero se
confiesa insatisfecho con su explicación, y retiene la idea de una institución del superyó “como
un caso logrado de identificación con la instancia parental”.
En cuanto el superyó es concebido como heredero de la instancia parental y del Edipo, como
“representante de las exigencias éticas del hombre”, su desarrollo es distinto en el varón y en la
niña. Mientras que en el primero reviste un carácter riguroso, a veces feroz, que resulta de la
amenaza de castración vivida en el período edípico, en la niña el itinerario es diferente: el
complejo de castración se ha instalado mucho antes que el Edipo. En consecuencia, el superyó
femenino será menos opresivo y menos despiadado.
Aunque Freud recurrió a menudo a las metáforas de la herencia y la descendencia para
caracterizar la formación del superyó (desde El yo y el ello hasta el Esquema del psicoanálisis,
pasando por el texto de 1924 sobre la economía del masoquismo), esta concepción y las
representaciones que puede inducir deben ser matizadas por dos consideraciones importantes.
La severidad y el carácter represivo del superyó no deben concebirse como pura y simple
repetición de las características parentales. En efecto, la severidad y la tendencia represiva del
superyó se manifiestan con igual fuerza en los casos en que el sujeto ha recibido una educación
benévola que excluyó cualquier forma de brutalidad; esas características son el producto de la
precoz puesta en vereda de las pulsiones sexuales y agresivas, por un superyó al servicio de
las exigencias de la cultura.
Freud subraya también que el superyó no sigue el modelo de los progenitores, sino el constituido
por el superyó de ellos. La transmisión de los valores y las tradiciones se perpetúa entonces por
intermedio de los superyoes, de generación en generación. El superyó es particularmente
importante en el ejercicio de funciones educativas. En este sentido, Freud les reprocha a las
“concepciones de la historia llamadas materialistas” que ignoren la dimensión del superyó,
vehículo de la cultura en diversos aspectos, en beneficio de una explicación basada
exclusivamente en la determinación económica.
De tal modo queda completado el emplazamiento del concepto del superyó: la nueva instancia es
en adelante la sede de la autoobservación, la depositaria de la conciencia moral; el superyó es,
finalmente, “el portador del ideal del yo, con el cual éste se mide, al que aspira, cuya
reivindicación de un perfeccionamiento cada vez mayor se esfuerza en satisfacer”. Si bien el
ideal del yo no queda completamente borrado del equipo conceptual freudiano, pasa a ser
secundario, al punto de desaparecer en algunos casos en beneficio del superyó. Lo atestigua la
modificación (introducida en la Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis) de la
concepción del proceso de constitución de la masa: en 1921 se trataba de individuos que habían
puesto “un solo y mismo objeto en el lugar de su ideal del yo”, mientras que el texto de 1933
habla de “una reunión de individuos que han introducido la misma persona en su superyó”.
La concepción freudiana del superyó no tuvo el consenso unánime de los psicoanalistas. En
1925 Sandor Ferenczi insistió en la interiorización de ciertas prohibiciones muy anteriores al
sepultamiento del Edipo, particularmente las relacionadas con la educación de esfínteres: “La
identificación anal y uretral con los padres, que hemos señalado anteriormente, parece constituir
una especie de precursora fisiológica del ideal del yo o del superyó en el psiquismo del niño”.
Melanie Klein sitúa los “primeros estadios del superyó” en el momento de las “primeras
identificaciones del niño”, cuando, muy pequeño aún, “comienza a introyectar sus objetos”; el
miedo que les tiene gobierna los procesos de rechazo y proyección cuya interacción parece
tener “una importancia fundamental, no sólo para la formación del superyó, sino también para las
relaciones con las personas y para la adaptación a la realidad”.
En la obra de Jacques Lacan el concepto de superyó ha sido objeto de múltiples elaboraciones,
relacionadas con la teorización de la pareja ideal del yo-yo ideal. Desde esta perspectiva, el
superyó sigue siendo dominante, pero, a diferencia de Freud, Lacan lo concibe como la
inscripción arcaica de una imagen materna todopoderosa, que marca el fracaso o el límite del
proceso de simbolización. En tal carácter, el superyó encarna el desfallecimiento de la función
paterna, que es entonces ubicada del lado del ideal del yo.

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Fuente: Diccionario de Psicoanálisis, Elisabeth Roudinesco y Michel Plon

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