La historia de la Revolución, al menos en Francia, ha sido más una cuestión de conmemoración que de análisis académico. El bicentenario en 1989 lanzó un torrente de publicaciones vituperantes, la mayoría de ellas denunciando un aspecto u otro de la Revolución y su legado. Durante gran parte del siglo XX, la historiografía de la Revolución Francesa estuvo dominada por las perspectivas marxistas. El histórico texto de François Furet Interpretación de la Revolución Francesa trató de abordar este desequilibrio. Furet refutó la teoría marxista y resucitó la idea de que la Revolución Francesa podría haber sido impulsada tanto por objetivos políticos como por las condiciones sociales o la insatisfacción de clase.
Desde la década de 1960 hasta su muerte en 1997, Furet desarrolló una interpretación muy crítica de la Revolución Francesa que enfureció a sus oponentes de la izquierda en Francia. Para ellos, la Revolución sigue siendo fundamental para comprender la relación entre el pasado, el presente y el futuro del país. La herejía de Furet fue desafiar la idea de que la Revolución sigue siendo una fuente de alternativas políticas y sociales viables al statu quo. Él creía que como ahora había una aceptación universal de la República Francesa, ya no era necesario seguir librando las viejas batallas revolucionarias.