La Astronáutica
Este elemento es un complemento de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre la astronáutica. Puede ser de interés revisar también lo siguiente:
- Responsabilidad Astronáutica
- Responsabilidad Aeronáutica
- Esquema de Astronáutica
- Alcance de la Responsabilidad Astronáutica
Visualización Jerárquica de Astronáutica
- Ciencia > Ciencias naturales y aplicadas > Ciencia del espacio
- Transportes > Transporte aéreo y espacial > Transporte espacial > Navegación espacial
A continuación se examinará el significado.
¿Cómo se define? Concepto de Astronáutica
Véase la definición de Astronáutica en el diccionario.
Astronáutica y la Conquista del Espacio
Los pioneros de la astronáutica
En 1883, mientras trabajaba como maestro de escuela en Kaluga, Tsiolkovski publicó un libro titulado Espacio libre, en el que proponía el uso de la propulsión a chorro para los vuelos espaciales. Pero fue su obra de 1903, Exploration of Cosmic Space Using Jet Engines, y sus adiciones en 1911, 1912, 1914 y 1926 las que marcarían la pauta. Tsiolkovsky fue el primero en comprender y poner en ecuación cómo funcionaba el cohete.
Preludio
Cabe señalar que otro ruso, Konstantin Ivanovitch Konstantinov, en su Tratado de Artillería (1857), había identificado el principio fundamental del funcionamiento de los cohetes. Escribió que “la cantidad de movimiento impartida al cohete por la combustión del combustible y el comburente es, en cualquier instante, igual a la cantidad de movimiento de los gases expulsados”. Tsiolkovski se interesó por la propulsión líquida y, más de cincuenta años antes de su aparición, abogó por el uso de hidrógeno y oxígeno líquidos. Preveía refrigerar las paredes de la cámara de combustión y la tobera haciendo circular un ergol (uno de los propulsores utilizados en los cohetes líquidos). Diseñó varios componentes fundamentales, como los deflectores de chorro para el control de los cohetes. Estableció la teoría de los cohetes multietapa y calculó la cantidad de propulsante necesaria para que un cohete se libere de la atracción gravitatoria de la Tierra. También fue el primero en describir el aspecto que podrían tener los satélites artificiales y las estaciones espaciales circunterrestres, e investigó el comportamiento del cuerpo humano durante un viaje prolongado en ingravidez.
En 1918, insistió en la necesidad de la cooperación internacional para explorar el espacio y habló de construir grandes ciudades en el cosmos. Considerado con razón el “padre de la astronáutica”, Tsiolkovsky fue autor de más de seiscientas publicaciones sobre astronáutica, astronomía, biología, psicología, filosofía y sociología. Pero, al igual que Oberth, sus trabajos siguieron siendo esencialmente teóricos, a diferencia de los de Goddard y Esnault-Pelterie, teóricos y fabricantes de cohetes y componentes.
El estadounidense Goddard se interesaba por la navegación espacial desde 1899. En 1906, anunció la posibilidad de utilizar la propulsión eléctrica que, en lugar de expulsar un gas, expulsa electrones o iones acelerados por un campo electrostático. En 1907, imaginó la propulsión nuclear para los viajes interplanetarios y luego, en 1911, demostró también que el hidrógeno y el oxígeno eran los mejores elementos para la propulsión. A continuación, se embarcó en el diseño teórico de cohetes. En 1914, registró patentes de subconjuntos: toberas, cámaras de combustión y sistemas de alimentación de combustible. Sin embargo, en aquella época, sus experimentos se referían principalmente a los cohetes sólidos. En diciembre de 1919, terminó su obra fundamental, A Method of Reaching Extreme Altitudes, que se publicó en enero de 1920.
El 16 de marzo de 1926, en Auburn (Massachusetts), Goddard fue el primero en lanzar un cohete líquido. Es cierto que este cohete, que pesaba 4,6 kilogramos y utilizaba gasolina y oxígeno líquido, sólo se elevó una docena de metros, pero fue esta primicia mundial la que allanó el camino al cohete moderno que funcionaba con “combustibles” líquidos -ergoles- más eficaces que la pólvora.
Tras conocer los trabajos de Tsiolkovski, Hermann Oberth comenzó a estudiar los cohetes en 1917. Propuso al ejército alemán desarrollar misiles con propulsores líquidos. Pero los militares se opusieron a sus ideas, convencidos de que los cohetes nunca tendrían un alcance superior a 7 kilómetros. Oberth se dedicó entonces a la navegación espacial. En 1922, presentó a la Universidad de Heidelberg un proyecto de tesis titulado Die Rakete zu den Planetenräumen (“El cohete al espacio planetario”), que fue rechazado por inverosímil. A pesar de ello, Oberth sería el impulsor del extraordinario entusiasmo que despertó el espacio en Alemania a finales de los años veinte. Sus ideas inspiraron el V2, el primer cohete moderno.
Tras inventar el “palo de escoba”, el motor estelar y el monoplano metálico, el francés Robert Esnault-Pelterie empezó a pensar en los viajes espaciales en 1907-1908. En febrero de 1912, en San Petersburgo, pronunció una conferencia que reprodujo el 15 de noviembre siguiente en París ante la Société française de physique. El título era bastante críptico: “Consideraciones sobre los resultados de un aligeramiento indefinido de los motores”, aunque en un principio había pretendido “Sobre la posibilidad de los viajes siderales”, título que fue rechazado por demasiado atrevido. Esnault-Pelterie demostró que, para viajar a Marte y Venus en poco tiempo -unas decenas de horas-, se necesitarían velocidades considerables y que, por consiguiente, la propulsión nuclear a base de radio que preconizaba era una buena solución. El 8 de junio de 1927 dio un paso muy importante. En la Sorbona, durante la asamblea general de la Société française d’astronomie, pronunció una conferencia con un título inequívoco: “La exploración con cohetes de la altísima atmósfera y la posibilidad de los viajes interplanetarios”. En cuanto a la propulsión, destacó la importancia de la velocidad de eyección de los gases y la relación entre las masas inicial y final del cohete; presentó una teoría de la expansión de los gases de combustión en una tobera convergente-divergente.
Sociedades astronáuticas
Si la conferencia de Esnault-Pelterie del 8 de junio de 1927 marcó un hito en la historia de la astronáutica francesa, un mes más tarde se produjo un acontecimiento importante en Alemania: el 5 de julio de 1927 se fundó en Breslavia la que se convertiría en una de las sociedades científicas más famosas en el ámbito de los viajes espaciales. Oberth sería su presidente en 1929. Se trataba de la famosa Verein für Raumschiffahrt (Sociedad para la Navegación Espacial) o VfR, cuya revista, Die Rakete (“El Cohete”), iba a contribuir en gran medida a su reputación y a la difusión de las ideas sobre la navegación espacial.
En diciembre de 1927, por iniciativa de Esnault-Pelterie, se crea en Francia el Comité de Astronáutica para promover los viajes espaciales. Entre sus miembros figuraban Jean Perrin, Premio Nobel de Física el año anterior, y J.-H. Rosny Aîné, célebre escritor -autor de La Guerre du feu (1911) y otros relatos futuristas- que propuso adoptar la palabra “astronáutica” para designar esta nueva ciencia.
Pero al tiempo que se interesaba por la conquista del espacio, Robert Esnault-Pelterie fue también pionero en la utilización de cohetes con fines militares estratégicos. En 1928, presentó al Ministerio de la Guerra un estudio sobre “las posibilidades de bombardeo a larga distancia mediante cohetes”. Era una visión de lo que se convertiría, unos treinta años más tarde, en las fuerzas de disuasión basadas en misiles estratégicos.
A finales de los años veinte, los viajes interplanetarios y la construcción de cohetes eran objeto de una verdadera locura en muchos países. Se crearon grupos de aficionados y sociedades científicas en Alemania, Austria y la Unión Soviética, seguidos a principios de los años treinta por Estados Unidos, Argentina, Países Bajos y Japón. Pero el entusiasmo era mayor en Alemania, donde la VfR estaba constantemente de actualidad gracias a sus publicaciones y a las pruebas de máquinas realizadas por sus miembros. En Francia no hubo iniciativas similares. Estas pequeñas organizaciones intentan establecer intercambios mutuos de información y organizar visitas recíprocas. Además, libros y artículos informaban al público de las promesas de la astronáutica: el sueño del espacio ayudaba a enmascarar las dificultades económicas y políticas de la época.
A partir de 1927, los acontecimientos se aceleran. Entre abril y junio de ese año se celebró en Moscú la primera exposición mundial sobre los medios de los viajes interplanetarios. Se expusieron maquetas de cohetes.
El 23 de mayo de 1928, en Alemania, a instancias de Max Valier, un automóvil Opel propulsado por 24 cohetes sólidos alcanza los 170 kilómetros por hora en una pista de competición. El 27 de enero de 1929, se prueba un planeador propulsado por dos cohetes en un lago helado de los Alpes. El 10 de abril, el austriaco Friedrich Sander parece haber pilotado en secreto un cohete líquido.
El 15 de octubre de ese mismo año se estrena la película de Fritz Lang Frau im Mond (“Una mujer en la luna”). Para el estreno de la película, Oberth, que se había convertido en el asesor técnico del famoso director, se había comprometido a lanzar un cohete… en vano. Sin embargo, el 23 de julio de 1930, consiguió poner en marcha un pequeño motor cohete, el Kegeldüse (“tobera cónica”), con 7 decanewtons de empuje. Oberth también había expresado su ambición de crear un cohete postal capaz de unir Alemania con Estados Unidos en media hora.
Al otro lado del Atlántico, Goddard, que había asombrado al mundo con el lanzamiento de su primer cohete de propulsión líquida en 1926, buscaba financiación. Ya en 1916 había presentado una solicitud a la Smithsonian Institution, de la que obtuvo modestas subvenciones en los años siguientes. En 1929, por mediación de Charles Lindbergh, vencedor del Atlántico, obtuvo una subvención de 5.000 dólares de la Institución Carnegie de Washington y, en 1930, 100.000 dólares en cuatro años del mecenas Daniel Guggenheim. Goddard pudo así poner en marcha un experimento que incluía pruebas de vuelo.
En 1929, Oberth publicó su segundo libro, Wege zur Raumschiffahrt (“El camino hacia la navegación en el espacio”), una edición ampliada de su obra de 1923. Al año siguiente, Robert Esnault-Pelterie publica su gran obra, L’Astronautique, en la que aborda la mayoría de los problemas de esta novísima disciplina: movimiento de los cohetes en el aire y en el vacío, densidad y composición de la alta atmósfera, aspectos de la propulsión, posibles usos de los cohetes, viajes interplanetarios, etc. En el capítulo “Propulsión”, aborda los cálculos de toberas, los fenómenos de combustión y las velocidades de salida de los gases emitidos por la combustión de distintos combustibles. A continuación aborda el guiado, que es sin duda su aportación más original: preconiza un sistema que dirige el empuje en función de los cálculos de posición efectuados por un sistema de navegación automática que indica al cohete en cada momento “su situación con respecto a su punto de partida”. Se trataba del principio mismo de la navegación inercial, en gestación en Alemania y Estados Unidos desde principios del siglo XX. Sin embargo, a diferencia de los demás pioneros, sus reflexiones se limitaron casi exclusivamente al cohete. Sólo se refirió brevemente a los satélites, las estaciones espaciales y otras aplicaciones espaciales. Sin embargo, explicó que era muy ventajoso lanzar cohetes hacia el este, para aprovechar la velocidad de rotación de la Tierra. Al igual que Goddard y el VfR, en otoño de 1930 Robert Esnault-Pelterie empezó a trabajar en un cohete capaz de alcanzar una altitud de 100 kilómetros.
Ese mismo año se fundó la American Interplanetary Society (A.I.S.). Su objetivo era idéntico al de la VfR: promover los viajes espaciales y construir cohetes.
En la Unión Soviética, en 1929 se había creado en Leningrado el Laboratorio de Dinámica de Gases, donde Valentin Petrovitch Glouchko (1908-1989) comenzó a desarrollar los primeros motores de cohetes soviéticos. Pero no fue hasta 1931 cuando las actividades relacionadas con los cohetes empezaron a tomar forma. Se crearon los G.I.R.D. (Groupa Izoutchénia Reaktivnogo Dvijénia: “Grupos para el estudio de la propulsión de reacción”) en el seno de una organización militar, los Ossoaviakhim. Un joven ingeniero cuyo nombre se haría famoso muchos años después, Sergei Pavlovich Korolev (1906-1966), se unió al G.I.R.D. en Moscú.
La era del cohete moderno había comenzado. Alemanes, estadounidenses, soviéticos, franceses, austriacos y otros compiten entre sí.
La previsión de los militares alemanes
El 2 de febrero de 1931, el austriaco Fritz Schmiedl probó un cohete de pólvora postal, enviando 102 cartas a pocos kilómetros del punto de lanzamiento. El 21 de febrero de 1931, el alemán Johannes Winkler vio cómo su propio cohete de propulsante líquido alcanzaba una altitud de 3 metros, y el 10 de mayo siguiente, el Mirak III (Minimumrakete: “cohete mínimo”) de la VfR, también con propulsante líquido, alcanzó una altitud de 18 metros. En aquella época, la competencia entre cohetes de pólvora y de líquido era feroz. Hoy en día sigue siendo fuerte. El 20 de febrero de 1931, Karl Poggensee lanzó un cohete sólido que se elevó 450 metros sobre el cielo de Berlín. Un mes más tarde, Reinhold Tiling lanzó seis cohetes de pólvora negra, uno de los cuales alcanzó una altura de 9.500 metros.
Entre septiembre de 1930 y mayo de 1932, en la Raketenflugplatz, a las afueras de Berlín, la VfR llevó a cabo 87 pruebas de vuelo, 270 pruebas de banco con motores de cohetes y cohetes, y 23 demostraciones para clubes y sociedades, 9 de las cuales se realizaron únicamente para dar a conocer y promover los vuelos espaciales y la VfR. En 1932, los cohetes Repulsor-IV alcanzaron una autonomía de 5 kilómetros y una altitud de 1.500 metros. En 1933, el alemán Gerhard Zücker experimentó con un cohete postal. Ese mismo año, el profesor Eugen Sänger publicó un libro titulado Raketen-Flugtechnik (“Tecnología de cohetes”).
En Gran Bretaña, el 13 de octubre de 1933 se funda la Sociedad Interplanetaria Británica y, en diciembre de 1937, la Sociedad Interplanetaria de Manchester. En Estados Unidos, el G.A.L.C.I.T. (Guggenheim Aeronautical Laboratory of the California Institute of Technology) inició sus investigaciones en 1936.
En esta época, la astronáutica se hace cada vez más popular entre el público, tanto en Europa como en Estados Unidos. Sólo en Francia, en 1934, se publicaron no menos de treinta artículos y se pronunciaron seis conferencias. Entre los conferenciantes figuraban Auguste Piccard (1884-1962), célebre aeronauta y explorador oceánico, y Alexandre Ananoff (1910-1992), considerado en aquella época como el principal divulgador francés del espacio. Ananoff publicó dos grandes obras: L’Astronautique, en 1950, y Les Mémoires d’un astronaute, ou l’Astronautique française, en 1978. En 1950, impulsó la creación del primer congreso internacional de astronáutica, que se celebraría en París.
El 25 de mayo de 1934, Robert Esnault-Pelterie pronunció otra conferencia. En ella habló de la expansión de los gases en las toberas, de la termodinámica de la combustión, de la propulsión nuclear, incluido el uso del hidrógeno atómico, y de la propulsión fotónica. Fue el primero al que se le ocurrió la idea de utilizar radicales libres para la propulsión. Esta conferencia dio lugar a la publicación de L’Astronautique en 1935. Más.
También en Francia se publicaron 42 artículos y comunicaciones en 1935 y 1936. En julio de 1937, la astronáutica debuta en el Palais de la Découverte de París. Se organizó una exposición sobre el tema de los viajes espaciales en la que participaron países europeos y americanos. Allí se celebraron conferencias diarias.
En Alemania, los avances en la construcción de cohetes fueron meteóricos. Menos de tres meses después de que Wernher von Braun (1912-1977) fuera reclutado por el Reichswehr, a principios de 1933 desarrolló un motor con 103 decanoewtons de empuje, que funcionaba con alcohol y oxígeno líquido. A partir de ese momento pudo concebirse un cohete. Pocos días antes de la Navidad de 1934, dos cohetes A2 (A significa Aggregat: conjunto mecánico), bautizados Max y Moritz, fueron lanzados desde la isla de Borkum, en el Mar del Norte. Los dos vuelos verticales se desarrollaron perfectamente y las altitudes alcanzadas fueron de unos 2.500 metros. En 1935 se estudió un nuevo cohete, el A3, con un peso al despegue de 750 kilogramos y una altura de 7,2 metros. A partir de ese momento, Hitler, partidario del desarrollo de misiles balísticos de largo alcance, aportó importantes fondos, aunque no estaba a favor de este enfoque. En Peenemünde, en la península de Usedom, a orillas del mar Báltico, se creó un nuevo campo de tiro, mayor que el de Kummersdorf-West, en las afueras de Berlín.
Por su parte, los soviéticos habían hecho progresos. El G.I.R.D. de Moscú había lanzado su primer cohete el 17 de agosto de 1933, alcanzando una altura máxima de 400 metros. Pero no fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando la actividad coheteril soviética despegó realmente, con los primeros misiles copiados de las V2 alemanas.
En Estados Unidos, Goddard, ayudado por la Fundación Guggenheim pero sin ninguna subvención pública, prosiguió sus trabajos en Roswell (Nuevo México). El 30 de septiembre de 1930, uno de sus cohetes alcanzó una altura de 600 metros. El 28 de marzo de 1935, alcanzó una altitud de 1.460 metros. El 12 de febrero de 1936, uno de los motores cohete de Goddard alcanzó un empuje de casi 300 decanewtons. Entre 1930 y 1941, realizó un centenar de pruebas estáticas y 50 pruebas de vuelo.
En cuanto a Robert Esnault-Pelterie, uno de los motores que probó con éxito en octubre de 1935 alcanzó un empuje de 130 decanewtons durante un minuto. Aún estaba lejos de su objetivo de 300 decanewtons, pero en enero de 1936 ya alcanzaba velocidades de eyección de gas de 2.400 metros por segundo: uno de sus objetivos se había cumplido. En 1936 también realizó pruebas de motores con diferentes tipos de propulsante, como oxígeno líquido y bencina, oxígeno líquido y metano líquido, y oxígeno líquido e hidrógeno líquido. En la segunda mitad de 1936, estudió la refrigeración de la tobera haciendo circular oxígeno líquido entre las paredes y utilizó materiales refractarios. Finalmente, en vísperas de la guerra, obtuvo 300 decanewtons de empuje con uno de sus motores, pero aún no había lanzado ningún cohete.
El primer cohete moderno
Desde 1937 hasta principios de 1945, en Peenemünde (Alemania) se desarrolló una intensa actividad de investigación militar sobre cohetes. Por un lado, la Luftwaffe construía varios tipos de misiles aire-aire, tierra-aire y tierra-tierra; por otro, la Wehrmacht desarrollaba misiles tierra-tierra de largo alcance. Al final de la guerra trabajaban allí unos 12.000 ingenieros y técnicos, y se habían realizado inversiones considerables para construir túneles aerodinámicos y de tiro, bancos estáticos de pruebas de motores de cohetes y conjuntos de lanzamiento. Fue en Peenemünde donde la mayoría de los problemas de propulsión, guiado y aerodinámica específicos de los misiles -que nunca antes se habían estudiado- encontraron sus soluciones, que aún se utilizan hoy en día. Wernher von Braun se encargó de la dirección técnica de los trabajos propios de la Wehrmacht. Pero, por el momento, la primera tarea era probar en vuelo la versión A3. Los resultados fueron tan satisfactorios que en 1938 los militares expresaron la necesidad de un misil capaz de transportar una tonelada de explosivo a 300 kilómetros. Así nació la versión A4, más conocida a partir de 1944 como V2 (Vergeltungswaffe-2: “arma de represalia 2”). Los primeros cálculos indicaban que el nuevo misil tendría una masa de 12 toneladas y un motor con un empuje de unas 25.000 decanewtons, lo que representaba un salto significativo en prestaciones. Para pasar del A3 al A4, debe completarse una etapa intermedia, la del A5, que debería permitir probar las soluciones previstas. Durante su primer vuelo vertical en el verano de 1939, el A5 alcanzó una altitud de 12.000 metros, una altura considerable para su época. El conflicto mundial que acababa de estallar hacía aún más urgente el desarrollo y la utilización de misiles de diversos tipos, que se estaban estudiando. Los presupuestos y recursos de Peenemünde aumentaban. El 13 de junio de 1942, el primer lanzamiento del A4 fue un fracaso. El 16 de agosto se realizó un segundo lanzamiento. Aunque esta prueba no fue del todo satisfactoria, se había conseguido un logro notable: por primera vez, un artefacto fabricado por el hombre superaba la velocidad del sonido. La tercera prueba, el 3 de octubre de 1942, fue un éxito total: durante un minuto, el motor cohete, alimentado con oxígeno líquido y alcohol etílico, proporcionó el empuje esperado. Se alcanzó una altitud de 80 kilómetros y una autonomía de más de 190 kilómetros. En tan sólo unos años, Alemania estaba muy por delante de las demás naciones. Este logro convirtió a Alemania en el primer país en equiparse con misiles, allanando el camino para la creación de los arsenales de la Guerra Fría y, al mismo tiempo, poniendo a la humanidad en el camino hacia el espacio.
Pocos meses después comenzó la producción de la V2. En 1943 se trasladó al centro de Alemania, donde casi 30.000 deportados del campo de concentración de Dora Mittelbau, destinados a la producción, perdieron la vida. El 8 de septiembre de 1944, se dispararon las primeras V2 sobre París; después, en 1944 y 1945, fue el turno de Londres, las ciudades del norte de Francia y el puerto de Amberes de ser atacados con V2. Se construyeron más de 5.000 de estos artefactos.
El cohete despegó realmente durante la Segunda Guerra Mundial. En pocos años, Alemania desarrolló numerosos tipos de misiles: V2, Enzian, X-7, Rheintochter, Schmetterling, Rheinbote, Wasserfall, así como el proyecto A9-A10, diseñado para bombardear Nueva York.
En los últimos meses de la guerra, Estados Unidos y la Unión Soviética se enzarzaron en una carrera por recuperar los conocimientos técnicos, los materiales y los ingenieros alemanes. Von Braun y sus principales colaboradores se dirigieron a Estados Unidos. Otros se dirigieron a la URSS, Francia y Gran Bretaña. Estarían en el origen de las actividades espaciales y de misiles de estos países.
En la URSS, la actividad coheteril se redujo algo durante la guerra, concentrándose los soviéticos principalmente en la producción de cohetes militares, los famosos Katyusha, lanzados por los órganos de Stalin. La Francia ocupada, por su parte, no pudo emprender ninguna investigación real. Sin embargo, cabe mencionar el papel desempeñado por el coronel Jean-Jacques Barré, quien, continuando los trabajos de Esnault-Pelterie, construyó en secreto en Lyon un cohete de oxígeno líquido y gasolina, el E.A.-1941 (engin autopropulsé 1941), que no fue probado hasta el 15 de marzo de 1945, en el Polygone de La Renardière, en la península de Saint-Mandrier, cerca de Tolón, tras la liberación de Provenza. El E.A.-1941 fue el primer cohete líquido de Francia.
La era de los arsenales estratégicos
Al iniciarse la Guerra Fría, el objetivo de las dos superpotencias era construir fuerzas de misiles capaces de lanzar armas nucleares a distancias de varios cientos de kilómetros, con el objetivo final del alcance intercontinental.
Por parte soviética, Korolev, que se convertiría en el principal arquitecto de la astronáutica soviética, empezó por adquirir conocimientos alemanes. El 18 de octubre de 1947 se reconstituyó y probó en vuelo un V2 en la base de Kapustin Yar, cerca de Volgogrado. Un año más tarde, el 17 de septiembre de 1948, se lanzó el R1, todavía muy inspirado en el V2; estaba equipado con el motor RD-100 diseñado por Glouchko.
En 1949 se lanzó el R2, con una autonomía de 600 kilómetros, el doble que el R1. El R5 alcanzó una autonomía de 1.200 kilómetros en 1953. Con algunas modificaciones, estos primeros misiles soviéticos también se utilizaron para explorar la alta atmósfera. Ya en 1951 se embarcaron seres vivos, en este caso perros, para estudiar su comportamiento en altitud.
Pero en 1953, el gobierno soviético dio a Korolev otro objetivo: crear un portaaviones intercontinental capaz de transportar el arma termonuclear que la URSS acababa de desarrollar, un año después que Estados Unidos. En aquel momento, el arma pesaba 6 toneladas, lo que requería un misil mucho más pesado y potente que cualquiera de los que se habían desarrollado hasta entonces. La brillante idea de Korolev consistió en disponer dos etapas, no superpuestas sino ensambladas en un haz. Este fue el nacimiento del famoso R7 Semiorka. Tenía un peso al despegue de 267 toneladas y cinco motores, cada uno con cuatro cámaras de combustión, lo que le daba un empuje total de 390.000 decanoewtons. Las pruebas comenzaron el 15 de mayo de 1957, y ese día fracasó. El éxito llegó en el tercer intento, el 21 de agosto siguiente, desde la flamante base de lanzamiento construida en Baikonur (Kazajstán), al abrigo de las instalaciones de observación estadounidenses en Turquía.
De los misiles a los lanzadores
Al mismo tiempo, el 30 de enero de 1956, a sugerencia de Korolev, la Academia de Ciencias de la Unión Soviética decidió lanzar un satélite utilizando este cohete Semiorka. Este paso se dio el 4 de octubre de 1957, cuando se puso en órbita el primer objeto fabricado por el hombre, el Sputnik-1 (sputnik significa “compañero” en ruso). El Sputnik-1, una esfera de aluminio de 58 centímetros de diámetro con cuatro antenas y una masa de 83,6 kilogramos, fue colocado en una órbita a 227 kilómetros del perigeo y 945 kilómetros del apogeo, inclinada 64,3 grados respecto al plano del ecuador y recorrida en 96 minutos y 17 segundos. Durante 21 días, sus dos radiotransmisores emitirían el famoso “bip-bip”, anunciando al mundo el comienzo de la era espacial.
Estados Unidos siguió los pasos de la Unión Soviética. Entre 1945 y 1946 comenzó a reconstruir y probar en vuelo el V2, seguido de misiles de corto alcance como el Redstone -diseñado por el equipo de Wernher von Braun en la Agencia de Misiles Balísticos del Ejército (A.B.M.A.)-, que era una rama del V2. Este misil se disparó por primera vez en 1953. El siguiente paso fueron los Júpiter y Thor, misiles de alcance intermedio desarrollados respectivamente por el Ejército de Tierra y las Fuerzas Aéreas estadounidenses. Estos misiles entraron en servicio en Europa en 1958. Al mismo tiempo, la Marina desarrollaba el misil Polaris de propulsión sólida para sus submarinos estratégicos, que entró en servicio en 1960. La etapa final fue la misma que en la Unión Soviética: el misil intercontinental. Así nació el Atlas, que realizó su vuelo inaugural en noviembre de 1958, quince meses después del R7 soviético.
El final de la década de 1950 fue el periodo de desarrollo de los misiles. Se probaron varios tipos de propulsores: alcohol-oxígeno líquido, queroseno-oxígeno líquido, U.D.M.H.-peróxido de nitrógeno, ácido nítrico-queroseno e hidrógeno-oxígeno líquido. Entre los propulsores de la V2 (etanol-oxígeno líquido) y los de la etapa Centaur (hidrógeno líquido-oxígeno líquido) del lanzador Atlas-Centaur de principios de los años 60, el impulso específico casi se duplicó. Pero este periodo también fue testigo de la irrupción de los propulsores sólidos, con la llegada de los polvos compuestos a base de aluminio, que se adoptaron definitivamente para los misiles en los años 1960. Los avances en el guiado fueron igualmente espectaculares. Estos misiles balísticos utilizaron primero el radioguiado, luego el radioguiado inercial y finalmente el guiado inercial puro, este último garantizando una autonomía total y una gran precisión. Estas tecnologías de propulsión y guiado se encontrarían unos años más tarde en los lanzadores espaciales.
Pero desde 1955, al mismo tiempo que la carrera de los misiles, otra carrera está en marcha. El 29 de julio de ese año, el Presidente Dwight Eisenhower anunció la intención de Estados Unidos de lanzar un satélite durante el Año Geofísico Internacional, previsto para 1957-1958. Al mes siguiente, la Unión Soviética aceptó el reto. La Marina estadounidense fue designada para lanzar el satélite estadounidense. Basándose en la experiencia adquirida con el cohete sonda Viking a principios de los años 50, el 9 de septiembre de 1955 comenzó a trabajar en el programa Vanguard (véase el recuadro Los primeros satélites).
El lanzador Vanguard, con una masa de despegue de diez toneladas, tenía unas prestaciones modestas en comparación con el R7 soviético: sólo podía transportar un satélite de entre uno y dos kilogramos de peso. El primer lanzamiento del Vanguard y de su satélite, el Vanguard-1, tuvo lugar el 6 de diciembre de 1957 y provocó la explosión del lanzador. Fue otra humillación para Estados Unidos. Afortunadamente, el ejército estadounidense y von Braun, que no habían sido autorizados a lanzar el satélite norteamericano, habían hecho sin embargo progresos desarrollando un lanzador, el Juno 1, consistente en un misil Júpiter C rematado por una cuarta etapa de cohete sólido. El 8 de noviembre, un mes después del lanzamiento del Sputnik-1 y al día siguiente del envío al espacio de la perra soviética Laika, el Secretario de Estado de Defensa autorizó el lanzamiento del satélite estadounidense por el Ejército de Estados Unidos. El 31 de enero de 1958, casi cuatro meses después que los soviéticos, Explorer-1, el primer satélite estadounidense, fue puesto en órbita. El honor estadounidense estaba a salvo. Sin embargo, Estados Unidos tendría que esperar muchos años más antes de alcanzar a su adversario.
1957-1966: el prestigio de los grandes estrenos soviéticos
La rivalidad entre las dos superpotencias iniciada con la Guerra Fría iba a encontrar un nuevo foco en la conquista del espacio. La confrontación política, científica, tecnológica y mediática que supondría este nuevo campo era menos arriesgada que la confrontación militar, para la que ambos bandos acumulaban ingentes cantidades de armamento. La conquista del espacio será en cierto modo rehén de este enfrentamiento entre las dos naciones, que dará lugar a una emulación sin precedentes de la investigación. El prestigio era, pues, la primera cuestión en juego en la conquista del espacio.
En 1957, la URSS había ganado dos batallas, la del primer satélite y la del primer ser vivo en el espacio. Con el Sputnik-3, en mayo de 1958, puso en órbita el primer satélite científico. Luego, a mediados de 1958, comenzó otra competición. Se trataba de uno de los sueños más antiguos de la humanidad: un viaje a la Luna. La conquista de la Luna se realizaría inicialmente con sondas automáticas y en tres etapas: en primer lugar, el impacto de una nave espacial en la superficie lunar, luego la puesta en órbita lunar de un satélite y, por último, un alunizaje suave. En todos estos aspectos, los soviéticos iban por delante de los estadounidenses. En 1959, el Luna-2 hizo impacto y el Luna-3 tomó las primeras fotografías de la cara oculta de la Luna. En 1966, el Luna-10 se convirtió en el primer satélite lunar y el Luna-9 aterrizó suavemente en la superficie de nuestro satélite. Entre 1958 y 1968, la URSS lanzó 31 sondas Luna, y Estados Unidos 29 sondas Pioneer/Able, Ranger, Lunar Orbiter y Surveyor.
El otro ámbito en el que estará en juego el prestigio es, por supuesto, el de los vuelos espaciales tripulados. La URSS dio un golpe importante. El 12 de abril de 1961, a las 9 h 7 min, despegó de la base de Baikonur un cohete Semiorka con la nave Vostok-1, que pesaba 4.700 kg y transportaba a Yuri Alexéievich Gagarin. Catorce minutos más tarde, la nave se encontraba en una órbita elíptica con un perigeo de 181 kilómetros y un apogeo de 327 kilómetros. Gagarin completó una revolución alrededor de la Tierra y, a las 10.55 horas, 108 minutos después del lanzamiento, se lanzó en paracaídas en un campo situado a 25 kilómetros al suroeste de Engels (actual Pokrovsk), en la región de Sarátov. Por primera vez, un hombre había viajado al espacio. El acontecimiento tuvo una repercusión mundial, y la imagen de la Unión Soviética estaba en su apogeo. Se allanaba el camino para misiones tripuladas cada vez más largas y ambiciosas que demostrarían que el hombre podía vivir en el espacio. Estados Unidos fue humillado: no fue hasta el 5 de mayo de 1961 cuando el estadounidense Alan B. Shepard realizó un vuelo balístico de 15 minutos sobre el océano Atlántico -una hazaña, sin embargo, que no logró igualar la de Gagarin- y el 20 de febrero de 1962 John Glenn se convirtió en el primer estadounidense en orbitar la Tierra.
También en este caso, los soviéticos aprovecharon su ventaja. En 1962, realizaron el primer vuelo en grupo de dos naves espaciales, Vostok-3 y Vostok-4, con Andriyan Grigorevitch Nikolaïev y Pavel Romanovitch Popovitch a bordo. Al año siguiente, Valentina Terechkova se convirtió en la primera mujer en el espacio a bordo de la Vostok-6. En 1964, tuvo lugar el primer vuelo de una nave biplaza (Voskhod-1) y, el 18 de marzo de 1965, Alexei Arkhipovitch Leonov se convirtió en el primer hombre en realizar un paseo espacial (desde Voskhod-2). En 1967, la nave Venera-4 realizó el primer impacto en Venus. Mientras tanto, la NSAA -creada en octubre de 1958- desarrollaba su programa Mercury. En 1961, dos astronautas estadounidenses, Alan B. Shepard, Jr. y Virgil Ivan (“Gus”) Grissom, realizaron sucesivamente un salto balístico sobre el Atlántico, seguido de cuatro vuelos orbitales en 1962 y 1963 en el marco del programa Mercury, con Glenn, M. Scott Carpenter, Walter M. Schirra y L. Gordon Cooper, Jr.
De 1957 a 1968, todas las batallas espectaculares fueron ganadas por la URSS, confirmándola como potencia científica de primer orden. Su prestigio en el mundo aumenta considerablemente, y con él el del comunismo.
1969-1972: El hombre en la Luna
Pero los humillados Estados Unidos ya habían reaccionado. El 25 de mayo de 1961, ante el Congreso, el Presidente John Fitzgerald Kennedy declaró: “Creo que esta nación [Estados Unidos] debe fijarse el objetivo de hacer aterrizar un hombre en la Luna y devolverlo sano y salvo a la Tierra antes del final de esta década”. Se puso en marcha el programa Apolo (véase el recuadro El programa Apolo). Era una apuesta enorme porque, hasta entonces, ningún estadounidense había estado realmente en el espacio: sólo Shepard, veinte días antes, había dado un salto sobre el Atlántico en su cabina Mercury-Freedom-7, con un cohete que parecía de juguete comparado con el que se necesitaría para ir a la Luna. Hay que superar muchos retos técnicos. La NSAA empezó a trabajar en el lanzador Saturno V y en las versiones intermedias, Saturno I y Saturno IB. La propulsión y el guiado por sí solos representaban retos considerables. Hubo que adoptar procedimientos de garantía de calidad y fiabilidad que nunca antes se habían utilizado. Había que inventarlo casi todo. Kennedy era muy consciente de ello, declarando el 12 de septiembre de 1962 en un discurso en la Universidad Rice de Houston: “Enviaremos a la Luna, a más de 240.000 millas del centro de Houston, un cohete gigante de más de 100 metros de altura fabricado con nuevos materiales, algunos de los cuales aún no se han inventado, capaz de soportar calor y tensiones varias veces superiores a los encontrados anteriormente, ensamblado con una precisión superior a la de la relojería, llevando todo el equipo necesario para la propulsión, guía, pilotaje, comunicaciones, alimentación y supervivencia para una misión nunca antes intentada a un cuerpo celeste desconocido […]. Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer otras cosas no porque sea fácil, sino porque es difícil.
Otro problema, y no el menos importante, es cómo llegar a la Luna: ¿un vuelo directo, un encuentro en órbita terrestre o en órbita lunar? Tras muchos debates, a mediados de 1962 se optó por la cita lunar. Para resolver todos estos problemas, y en particular los relativos al encuentro y acoplamiento en el espacio, los cambios de órbita y los vuelos de larga duración, la N.A.S.A. lanzó otro programa, Gemini. En 1965 y 1966 se realizaron con éxito diez vuelos tripulados en el marco de este programa.
En Estados Unidos se produjo una movilización general para la batalla final, frente a un adversario que seguía anotándose éxitos. El coste del programa Saturno/Apollo se fijó en 25.000 millones de dólares (de 130.000 a 150.000 millones de dólares en 2008). El presupuesto de la NASA pasó de 500 millones de dólares en 1960 a 5.200 millones de dólares en 1965, es decir, el 5,3% del presupuesto federal. 100% del presupuesto federal. Al mismo tiempo, la plantilla de la NAAA creció considerablemente. Entre 1960 y 1966, el número de empleados de la agencia espacial estadounidense pasó de 10.000 a 36.000. Durante el mismo periodo, la mano de obra de la industria espacial estadounidense pasó de 36.500 a 376.000 trabajadores. Más de 20.000 empresas estadounidenses y extranjeras, representantes de 80 países, participaron en el programa Apolo. Junto a estas 20.000 empresas, participaron 200 universidades. Se calcula que un total de casi 10 millones de personas participaron de alguna manera en el programa Apolo. Al mismo tiempo, se realizaron inversiones considerables en muchas partes de Estados Unidos.
Los resultados fueron tan buenos como el esfuerzo. El 24 de diciembre de 1968, Frank Borman, James A. Lovell, Jr. y William A. Anders, a bordo del Apolo 8, se convirtieron en los primeros hombres en ver la Luna de cerca y en circunnavegarla. Fue un acontecimiento histórico para la humanidad, pero los tres astronautas también sabían que acababan de dar a su país el primer puesto en el espacio arrebatándoselo a la Unión Soviética. El segundo logro, aún más notable, llegó el 21 de julio de 1969 con el Apollo-11: Neil A. Armstrong y Buzz Aldrin se convirtieron en los primeros hombres en pisar la Luna. La famosa frase de Armstrong – “Es un pequeño paso para el hombre, pero un salto de gigante para la humanidad”- resonó en todo el mundo, excepto en unos pocos pequeños. – resonó en todo el mundo, salvo en la URSS, China y la mayoría de los países comunistas, donde no es costumbre celebrar los éxitos del adversario. Sea como fuere, la batalla suprema acaba de ser ganada por Estados Unidos. La afrenta del Sputnik-1 y de Gagarin ha sido borrada. Pero ha costado doce años de esfuerzo.
Para apreciar mejor esta victoria estadounidense, hay que retroceder unos años. En 1962, la URSS no tenía planes de llevar un hombre a la Luna. Basándose en sus éxitos anteriores, los soviéticos no creían en el éxito del programa Apolo. Sin embargo, se dieron cuenta de que se estaban haciendo progresos, cuando los primeros cohetes Saturno I salieron de las fábricas.
Impulsados por Korolev, el jefe de astronáutica, los dirigentes soviéticos decidieron embarcarse en la batalla por la Luna el 3 de agosto de 1964, con tres años de retraso respecto a los estadounidenses. Naturalmente, querían ser los primeros en llegar en 1967. Así que se embarcaron en dos programas. Uno, llamado Zond, tenía como objetivo poner en órbita alrededor de la Luna una nave espacial tripulada, y era responsabilidad de Vladimir Nikolaïevitch Chelomei, rival de Korolev. El otro, hacer aterrizar a un hombre en la propia Luna, fue confiado a Korolev. Este objetivo requería un cohete tan gigantesco como el Saturno V, el N1-L3. Mientras que Estados Unidos se concentraba en un único programa capaz de llevar a cabo ambos tipos de misiones, la Unión Soviética dispersaba sus esfuerzos y, sobre todo, sus recursos. A esta desventaja se sumó otra: el programa espacial soviético fue víctima de la lucha por la influencia, ya que Chelomeï, cuyo adjunto era el hijo de Nikita Jruschov -una ayuda preciosa-, obtuvo algunos de los créditos concedidos anteriormente a Korolev.
En cuanto al programa N1-L3 propiamente dicho, las cosas no iban muy bien. Korolev, que consideraba esencial disponer de motores cohete de hidrógeno y oxígeno líquidos, como en Estados Unidos, vio rechazada esta solución por Glushko, el diseñador de motores, que declaró que “el oxígeno no es, ni de lejos, el mejor agente oxidante, mientras que el hidrógeno simplemente no es adecuado para aplicaciones prácticas y no tiene futuro como ergol”. De hecho, abandonó el oxígeno líquido en 1962… ¡sólo para volver a él en 1974!
Pero en octubre de 1964, Jruschov fue destituido y Chelomeï perdió a su protector. Unos meses más tarde, en marzo de 1965, se reorganiza el sector espacial soviético y, en diciembre, Korolev asume el control de los dos programas lunares. Desgraciadamente, en enero de 1966, murió de una hemorragia en la mesa de operaciones. Se desató el infierno. Vasili Pavlovich Mishin, su primer adjunto, ocupó su lugar. Las esperanzas de cumplir los plazos se fueron desvaneciendo a medida que avanzaban los trabajos, que tropezaban con numerosas dificultades. Y sin recursos financieros disponibles, había que superar los bloqueos técnicos. Las pruebas en tierra de la primera etapa del cohete N1-L3 no pudieron llevarse a cabo. Un impasse que resultaría fatal. Y aumentó la tensión entre los responsables políticos y los técnicos.
1967 empezó muy mal para los americanos. El 27 de enero, Grissom, Roger B. Chaffee y Edward H. White, II murieron de monóxido de carbono en la cabina del Apolo-1 durante las pruebas en tierra. El programa Apolo se retrasó varios meses y los estadounidenses empezaron a preguntarse si la apuesta de Kennedy podría mantenerse antes de 1970. Sin embargo, los programas Saturno I, Saturno IB, Saturno V y Apolo progresaron satisfactoriamente. Entre 1961 y 1967 se realizaron 17 vuelos, y los 17 fueron un éxito.
Por parte soviética, los lanzamientos de Zond con el cohete Protón para el sobrevuelo de la Luna comenzaron en marzo de 1967. Ese año se realizaron cuatro lanzamientos, todos ellos fallidos. El programa Zond se retrasó, al igual que el N1-L3. Y, al igual que los estadounidenses, los soviéticos no fueron inmunes a las catástrofes: el 24 de abril, Vladimir Mikhailovich Komarov murió tras el primer vuelo de la Soyuz, que se estrelló contra el suelo. Sin embargo, en octubre, el primer encuentro automático entre dos naves espaciales de este tipo fue un éxito. La industria espacial soviética, inmersa en una frenética competencia con Estados Unidos, combinaba prisas, estancamiento y excesos. Millones de personas trabajan en la URSS en el sector espacial. Sólo la base de Baikonur es un buen ejemplo de este exceso: cubre una superficie de 80 kilómetros por 120 kilómetros, el equivalente a dos departamentos franceses; se han construido allí 15 plataformas de lanzamiento; algunos lanzadores -como el Proton- disponen de cuatro plataformas de lanzamiento; se ha construido una ciudad de más de 100.000 habitantes, Leninsk, en pleno desierto, a 30 kilómetros de Baikonur, únicamente para actividades espaciales…
1968 fue el año del primer gran éxito estadounidense. El 24 de diciembre, el Apolo-8 y su tripulación rodearon la Luna. Por primera vez, Estados Unidos superaba a la URSS en un gran objetivo. Sin embargo, en septiembre, con Zond-5, los soviéticos fueron los primeros en hacer sobrevolar la Luna a seres vivos, en este caso tortugas e insectos, pero la hazaña no estuvo a la altura de la del Apolo-8.
1969 fue un año de triunfo estadounidense y derrota soviética. El 21 de febrero, el primer lanzamiento no tripulado del N1-L3 se saldó con una explosión, al igual que el segundo, el 3 de julio. Conscientes desde hacía tiempo de que sería difícil vencer a los estadounidenses, los soviéticos habían lanzado un programa de reserva con sondas automáticas del tipo Luna. No sólo siguen esperando traer muestras lunares antes del Apollo-11, sino que pretenden dejar claro que no tiene sentido arriesgar la vida de los cosmonautas para conseguirlo. La guerra psicológica continúa.
Para ello, el 13 de julio se lanza el Luna-15 desde Baikonur; tres días después, le toca el turno al Apollo-11 desde Cabo Cañaveral. El 21 de julio, Armstrong y Aldrin estaban en la Luna cuando el Luna-15 se estrelló a unos cientos de kilómetros del Mar de la Tranquilidad, donde habían aterrizado. Las esperanzas soviéticas habían terminado.
Doce estadounidenses pisarán la Luna. Se habían planeado diez misiones lunares, del Apolo-11 al 20. Nos detuvimos en Apolo-17: no quedaba nada por demostrar. Cabe señalar que en abril de 1970, con el Apolo-13, los estadounidenses estuvieron a punto de sufrir un desastre, pero finalmente consiguieron devolver a la tripulación sana y salva a la Tierra, convirtiendo lo que podría haber sido un desastre en un gran éxito.
Para los soviéticos, los resultados fueron bastante condenatorios: las cuatro naves espaciales N1-L3 explotaron, el mayor fiasco de la historia de la astronáutica soviética; y sólo se registraron dos éxitos de los once vuelos no tripulados del programa Zond. Al eliminar la carrera espacial soviética, que había dominado hasta entonces, la NSAA había cumplido la apuesta casi demencial de Kennedy. La imagen de Estados Unidos en el mundo estaba en su cenit, a pesar de la guerra de Vietnam.
No obstante, entre 1970 y 1976, los soviéticos siguieron enviando sondas lunares automáticas y, con el Luna-16, consiguieron traer muestras de roca lunar, demostrando su gran maestría en este campo. Trajeron a la Tierra 330 gramos de roca lunar, frente a los 384 kilogramos de Estados Unidos.
No cabe duda de que el programa Apolo ha permitido conocer mejor la Luna, sus características, su origen y su relación con la Tierra y, por tanto, comprender mejor nuestro planeta. Pero además del prestigio que dio a Estados Unidos, Apolo marcó un paso decisivo en el desarrollo de los cohetes. Enviar hombres a la Luna y, sobre todo, traerlos vivos exigía una fiabilidad impecable del lanzador y de sus subconjuntos. Dos palabras clave quedaron grabadas para siempre en la mente de los ingenieros: métodos y procedimientos. La improvisación ya no era una opción. El Saturno V fue el primer cohete en alcanzar una tasa de éxito en vuelo del 100%. Por último, gracias a Apolo se lograron importantes avances tecnológicos. La navegación lejos de la Tierra, y en particular detrás de la Luna, requería un sistema de guiado autónomo, preciso y fiable, así como ordenadores de alto rendimiento. Apolo revolucionó la tecnología en este campo.
La competición por el prestigio en el espacio continuó hasta la desaparición de la Unión Soviética en 1991, a pesar del vuelo conjunto Soyuz-Apollo de 1975. A finales de los años 80, al igual que los estadounidenses, los soviéticos desarrollaron su propio transbordador, el Buran. Pero el final de la URSS puso fin a este programa tras un solo vuelo.
Pertenecer al “club espacial”
Desde principios de los años sesenta, el prestigio que confería el espacio fue rápidamente comprendido por naciones distintas de la URSS y Estados Unidos. Algunas de ellas lo vieron como un medio de afirmar su nivel tecnológico ante el mundo y, por tanto, de desempeñar un papel en el concierto de las naciones. En aquella época, Francia, que no quería estar supeditada a ninguna de las superpotencias y estaba construyendo su propia fuerza nuclear disuasoria con esta idea en mente, también quería acceder al espacio. El 26 de noviembre de 1965 se convirtió en la tercera potencia espacial al poner en órbita su satélite A1 “Astérix” con el lanzador Diamant A desde Hammaguir (Argelia).
Después de la URSS, Estados Unidos y Francia, otras potencias se unieron al “club espacial”: Japón y China en 1970, el Reino Unido en 1971, Europa en 1979, India en 1980 e Israel en 1988.
Saddam Hussein pensaba en el prestigio y las repercusiones políticas del espacio cuando, en diciembre de 1989, intentó, sin éxito, lanzar un satélite utilizando un lanzador derivado del misil Scud. Al parecer, Corea del Norte realizó un intento similar sin éxito en 1998. Otros países con ambiciones en este campo son Brasil, Corea del Sur, Nigeria e Irán.
El espacio es un problema. Para Estados Unidos es una herramienta fundamental de su supremacía internacional (“Space Dominance”). Por sí solo representa casi el 80% del gasto mundial en el espacio. Pero el espacio es también un vasto ámbito de cooperación internacional. Así que no es de extrañar que los países que buscan una imagen política y científica se embarquen ahora en esta vía. De este modo, el espacio, que durante muchos años fue coto reservado de las grandes naciones, concierne ahora a las más pequeñas y se está globalizando. Además, ya no es un asunto exclusivo de los gobiernos: las empresas industriales y los inversores privados desempeñan un papel cada vez más importante, sobre todo en el mercado del “turismo espacial”.
Tras el programa Apolo, surgió otro objetivo: reducir el coste de acceso a la órbita. En 1972, la NASA decidió optar por lanzadores parcialmente recuperables, es decir, lanzadores en los que algunos componentes podían reutilizarse en varios vuelos. Es cierto que con los lanzadores que habían estado en servicio hasta entonces no se había reutilizado el lanzador, ni siquiera parcialmente. Esto debería reducir los costes. Con esta idea nació en 1972 el transbordador espacial estadounidense (véase el recuadro El transbordador espacial estadounidense). El primer vuelo del Columbia, el primer transbordador, tuvo lugar el 12 de abril de 1981. Fue un tremendo éxito técnico. Sin embargo, las catástrofes de los transbordadores Challenger y Columbia, en 1986 y 2003 respectivamente, empañaron este éxito, sobre todo porque los costes de lanzamiento previstos nunca pudieron alcanzarse, haciendo que los servicios ofrecidos por estas naves espaciales no fueran competitivos con los ofrecidos por un lanzador convencional como Ariane. De ahí la decisión del Presidente Ronald Reagan en 1986 de retirar el Shuttle del mercado comercial.
Comprender el Universo
Desde 1957, las sondas y satélites espaciales nos han permitido dar un paso de gigante en nuestro conocimiento del Universo que no habría sido posible utilizando únicamente telescopios terrestres. Gracias a estos medios espaciales, los científicos pueden liberarse de la atmósfera terrestre, que absorbe gran parte del espectro electromagnético.
En los cincuenta años de la era espacial se han realizado más progresos que en los siglos anteriores. Cerca de 200 satélites y sondas han sido lanzados para observar el Universo o han salido al encuentro de objetos del Sistema Solar. Algunas sondas han aterrizado en la Luna, Marte (véase el recuadro sobre las misiones a Marte), Venus y Titán, el mayor satélite de Saturno (véase el recuadro sobre la Exploración de los planetas gigantes). Otras han salido al encuentro de asteroides y cometas, observándolos o aterrizando sobre ellos para tomar muestras. Otros han recogido partículas en el espacio interplanetario y las han traído de vuelta a la Tierra. Desde las afueras de la Tierra, los satélites han escudriñado los confines del Universo para descubrir sus orígenes, evolución y características. Para ello, se han utilizado telescopios e instrumentos que operan en diversas longitudes de onda -óptica, infrarroja, ultravioleta, X, gamma-. Aunque el sistema solar ha revelado muchos de sus enigmas, los esfuerzos se centran ahora en la búsqueda de posible vida en el Universo y la detección de exoplanetas.
Originalmente coto exclusivo de Estados Unidos y la Unión Soviética, esta exploración del sistema solar y del Universo ha visto la llegada de Europa desde finales de los años 60, ya sea en solitario o en cooperación con cada una de las dos superpotencias. Tras alcanzar el cometa Halley en 1986, Europa se acercó a la Luna, Marte y Venus entre 2003 y 2006, y logró el aterrizaje de una nave espacial -Huygens- en Titán en 2005. También se ha interesado por el Sol, sobre todo con el Observatorio Solar y Heliosférico (Soho). Japón también ha desempeñado un papel importante en esta exploración. India y China se suman ahora a esta iniciativa.
La Luna
El desciframiento del Universo por el espacio se inició en 1958, pocos meses después del lanzamiento del Sputnik-1. El primer objetivo fue la Luna, el planeta más grande del mundo. El primer objetivo fue la Luna, el cuerpo celeste más cercano a la Tierra. Con las sondas automáticas enviadas y los logros científicos del Apolo, se comprendieron mejor las características de nuestro satélite natural, su origen y las particularidades del sistema Tierra-Luna. En 1994 y 1998, dos nuevas sondas estadounidenses, Clementine y Lunar Prospector, detectaron hidrógeno en la superficie lunar, señal de la presencia de agua, lo que reavivó el interés por su exploración. En 2003, Europa envió su primera sonda, Smart-1 (Small Mission for Advanced Research in Technology-1), para estudiar la mineralogía de la Luna y la composición de su superficie, y buscar agua en el Polo Sur. El objetivo es también validar la propulsión eléctrica para una misión de este tipo. Este método de propulsión proporciona muy poco empuje -unos 8 gramos de fuerza, frente a las 1.200 toneladas necesarias para el despegue del Ariane 5- y lo llevará desde los suburbios de la Tierra hasta un sobrevuelo de la Luna en poco más de un año, tras completar 300 revoluciones alrededor de la Tierra y más de 100 millones de kilómetros. Smart-1 alcanzó la órbita lunar en noviembre de 2004. Era la primera vez que Europa enviaba una sonda a la Luna, y fue todo un éxito.
Marte
De 1960 a 2005, se enviaron 37 sondas a Marte, 18 de ellas soviéticas o rusas (un éxito), 17 estadounidenses (12 éxitos), una japonesa (un fracaso) y una europea (un éxito), lo que da un total de 14 éxitos de 37, es decir, una tasa de éxito de sólo el 38%. 100. Las misiones de estas sondas han cambiado fundamentalmente la idea que los científicos tienen de Marte, en particular al poner de relieve el papel decisivo que desempeñó en su día el agua.
Las primeras sondas no tuvieron mucho éxito. No fue hasta 1971 y el Mariner-9 cuando Marte fue realmente descubierto. La Mariner-9 fue también la primera sonda en orbitar un planeta distinto de la Tierra y en realizar la primera cartografía de Marte. También reveló enormes volcanes extintos, ríos desecados y valles gigantescos, como el Valles Marineris, de más de 5.000 kilómetros de largo, 100 kilómetros de ancho y 8 kilómetros de profundidad.
Pero el gran éxito estadounidense en Marte llegó con las dos sondas Viking-1 y Viking-2, que aterrizaron suavemente en su suelo en 1976, en los lugares de Chryse Planitia y Utopia Planitia respectivamente. Las primeras imágenes utilizables del suelo marciano llegaron a la Tierra, mostrando un paisaje similar al de desiertos pedregosos como el de Hoggar. Los primeros análisis del suelo in situ llevaron a la decepción: no había vida en Marte. La esperanza de varios siglos se esfumó de un plumazo. Sin embargo, los logros científicos de Viking fueron considerables. Por encima de todo, produjeron los primeros panoramas marcianos extraordinarios, mostrando que el planeta era extremadamente árido.
En cuanto a los soviéticos, fueron de revés en revés. Tras haber abandonado Marte entre 1964 y 1969, se lanzaron de nuevo a la conquista del Planeta Rojo con la sonda Marte 1969-A. El resultado fue el mismo que el de todos los años. El resultado fue el mismo que el de todas las misiones anteriores: el fracaso. Entre 1969 y 1996, enviaron doce sondas sin lograr ningún éxito real. Sólo tres de ellas, Mars-3, Mars-5 y Fobos-2, consiguieron poner de manifiesto las grandes variaciones de temperatura de la superficie, detectar una capa de ozono a 30 kilómetros de altura y transmitir información sobre el satélite Fobos.
A principios de los años 90, la búsqueda de posible vida en Marte se convirtió en uno de los principales objetivos de las misiones a Marte. Nuevas sondas partieron hacia el Planeta Rojo: Mars Observer (1993), Mars Global Surveyor (1996), Mars Pathfinder (1997), Mars Climate Orbiter (1998), Mars Polar Lander (1999), Mars Odyssey (2001) y Mars Reconnaissance Orbiter (2005). Mars Pathfinder forma parte de la nueva estrategia de la NSAA, que puede resumirse en tres palabras: más rápido, mejor, más barato. Pilotado desde la Tierra, el micro-rover Sojourner escanea la superficie marciana en la región de Ares Vallis a una distancia de unos cien metros, transmitiendo vistas panorámicas del terreno a la Tierra en directo a través de Internet, una primicia en la historia de la exploración espacial.
En diciembre de 2003, la nave Mars Express de la Agencia Espacial Europea orbitó Marte y tomó imágenes extraordinarias de su superficie. Era la primera vez que Europa lanzaba una sonda hacia un planeta del Sistema Solar.
A partir de 2004, dos robots exploradores, Spirit y Opportunity, recorrieron la superficie marciana en busca de vida. Estos dos robots han recogido una cosecha considerable: han encontrado rocas y lechos de ríos que indican que en Marte abundaba el agua hace entre 3.000 y 4.000 millones de años.
Venus y Mercurio
Entre 1961 y 1990, 34 sondas estadounidenses y soviéticas fueron enviadas a Venus. En 1962, la Mariner-2 fue la primera sonda en acercarse a la Estrella de Shepherd, revelando una temperatura superficial de 470°C y una presión atmosférica igual a 90 veces la de la Tierra a nivel del suelo. Venus resultó inhóspito. A partir de 1961, Venus fue atacado por las sondas soviéticas Venera y Vega. Venera-7 fue la primera en posarse en la superficie, desde donde transmitió datos durante 23 minutos tras el aterrizaje. También fue la primera sonda activa en posarse en la superficie de otro planeta.
La sonda estadounidense Magellan, lanzada por el transbordador espacial en 1989, realizó cartografía de alta resolución de 1990 a 1994. En 2005, Europa lanzó Venus Express, su primera sonda a Venus. El objetivo principal era observar la estructura, la química y la dinámica de la atmósfera del planeta, comprender su funcionamiento y determinar su composición, sus características térmicas y la circulación de las gruesas capas de nubes. También se pretende comprender el gigantesco efecto invernadero que caracteriza a Venus.
Mercurio, el planeta más cercano al Sol, con una temperatura superficial que oscila entre – 180°C y + 420°C, fue visitado en 1973 por la sonda Mariner-10, que ya había estudiado anteriormente Venus. Esta sonda demostró que la superficie de Mercurio está salpicada de cráteres de meteoritos y se asemeja a la de la Luna. Veinte años después del sobrevuelo de Mariner-10, la NASA decidió reanudar el estudio de Mercurio lanzando en agosto de 2004 la sonda Messenger (MErcury Surface ENvironment GEochemistry and Ranging).
Los planetas gigantes
La exploración de los planetas gigantes Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno se confió primero a las sondas Pioneer-10 y Pioneer-11, lanzadas respectivamente en 1972 y 1973, seguidas en 1977 por las Voyager-1 y Voyager-2, en un viaje conocido como el “Grand Tour”. La Voyager-1 sobrevoló Júpiter en 1979, a una distancia mínima de 206.700 kilómetros, y descubrió anillos demasiado finos para ser vistos desde la Tierra. En 1980, pasó junto a Saturno y, en 2003, alcanzó los límites del sistema solar.
La Voyager-2 pasó por Júpiter en 1979 y por Saturno en 1981, revelando vientos de 1.800 kilómetros por hora en la superficie del planeta anillado. Pasó por Urano en 1986, fotografiando sus anillos, y logró la misma hazaña con Neptuno en 1989, doce años después de su lanzamiento y tras haber recorrido casi 5.000 millones de kilómetros.
Durante sus doce años de servicio, Voyager-1 y Voyager-2 observaron cuatro planetas y 48 lunas, incluidos 22 planetas gigantes en órbita. También desvelaron las primeras imágenes de Io, uno de los satélites galileanos de Júpiter, revelando un vulcanismo muy activo. La Voyager-1 mostró que Titán, el mayor satélite de Saturno, tiene una atmósfera tenue y una temperatura del suelo de -184 °C. En 1998, Voyager-1 se convirtió en el objeto artificial más alejado del Sol, superando a Pioneer-10: el 15 de agosto de 2006, la sonda se encontraba a 100 unidades astronómicas -o 15.000 millones de kilómetros- del Sol, es decir, cien veces más lejos del Sol que la Tierra.
La sonda estadounidense Galileo, lanzada en 1989 por el transbordador Atlantis, tiene por misión estudiar la atmósfera y la magnetosfera de Júpiter colocándose en órbita joviana y dejando caer una cápsula en su atmósfera superior. Su segunda misión consiste en examinar la superficie de los cuatro satélites Io, Ganímedes, Europa y Calisto. Llevará a cabo estas misiones a la perfección. Galileo también ha proporcionado información sobre el cometa Shoemaker-Levy 9, que colisionó con Júpiter el 18 de julio de 1994. Aunque la posibilidad de vida en Júpiter parece muy remota, aún hay esperanza para Europa: las imágenes de su superficie revelan enormes bloques de hielo a la deriva sobre una superficie líquida que podría ser agua. En cuanto a Ganímedes, también tiene hielo bajo una atmósfera tenue y un campo magnético. Calisto tiene una superficie de roca y hielo, y una “cáscara” de hielo seco de 350 kilómetros de espesor. Al igual que Europa, se cree que Ganímedes y Calisto tienen agua líquida bajo su superficie; Europa, Io y Ganímedes tienen un núcleo metálico.
En 1997, el ingenio Cassini-Huygens, construido en cooperación entre la N.A.S.A., la E.S.A. y la A.S.I. (Agencia Espacial Italiana), partió de Cabo Cañaveral rumbo a Saturno. En 2002, Cassini tomó imágenes extraordinarias de Saturno y Titán, seguidas en 2004 por imágenes igualmente extraordinarias de los satélites de Saturno Rea, Dione, Encélado, Tetis, Mimas e Hiperión. En enero de 2005, Cassini liberó la cápsula europea Huygens en la atmósfera de Titán. Este fue el aterrizaje más lejano jamás intentado, y logrado con éxito, en el Sistema Solar. Durante el descenso se tomaron 350 fotografías de la superficie de Titán, que muestran canales y zonas oscuras que probablemente sean lagos de metano.
Cuerpos pequeños
En 2006, la primera misión a Plutón fue confiada a la sonda New Horizons de la NSAA, que sobrevoló Júpiter en febrero de 2007 pero no llegó a los alrededores de Plutón hasta julio de 2015, tras haber recorrido más de 5.000 millones de kilómetros.
No fue hasta la sonda Galileo, en 1991, cuando se pudieron obtener datos precisos sobre los asteroides, y más concretamente sobre dos de ellos, Ida y Gaspra. A finales de los años 90, la NASA comenzó a enviar sondas específicamente para estudiar asteroides. Deep Space-1, lanzada en 1998, sobrevoló el asteroide Braille en 1999. Nunca antes una nave espacial se había acercado tanto a un cuerpo celeste de estas características. En 1996, la sonda NEAR-Shoemaker (Near Earth Asteroid Rendezvous-Shoemaker) fue lanzada hacia el asteroide Eros, alrededor del cual entró en órbita en 2000, antes de aterrizar allí en 2001: por primera vez, una sonda se posaba en un pequeño cuerpo celeste cuya gravedad es una milésima parte de la gravedad terrestre. La información obtenida permitió a los científicos hacerse una idea más clara de la formación y evolución del sistema solar. En 2003, la sonda japonesa Hayabusa se posó en el asteroide Itokawa y tomó muestras.
Los cometas, testigos aún más fieles de los orígenes del sistema solar, han sido objeto de observaciones específicas. Al pasar a 600 kilómetros del cometa Halley en 1986, la sonda europea Giotto reveló su núcleo de hielo y roca de 12 kilómetros de largo, confirmando la hipótesis propuesta por el astrónomo estadounidense Fred L. Whipple en 1950. Lanzada en 1999, la sonda Stardust de la NSAA cruzó la cola del cometa Wild-2 en enero de 2004, pasando a menos de 240 kilómetros del núcleo y tomando imágenes que revelaron un paisaje dramáticamente alterado con escarpes de 100 metros de altura. Recogió partículas de la cabellera del cometa, que fueron traídas a la Tierra en una cápsula en enero de 2006. Otro éxito en este campo lo obtuvo la NASA en julio de 2005, cuando la sonda Deep Impact liberó un impactador que colisionó con el cometa Tempel-1. El experimento confirmó la presencia de un aglomerado de hielo y roca. Era la primera vez que un artefacto fabricado por el hombre impactaba contra el núcleo de un cometa. La sonda europea Rosetta partió en 2004 hacia el cometa 67 P Chourioumov-Guerassimenko, al que llegará en 2014; orbitará el núcleo del cometa y realizará una cartografía completa. A continuación, un módulo se desprenderá de la sonda y aterrizará en el núcleo. Será la primera vez que una nave espacial aterrice en la superficie de un cometa.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
El Sol
Los estudios del Sol con naves espaciales comenzaron en la década de 1960 en Estados Unidos, la Unión Soviética y Europa. Uno de los principales objetivos era comprender los efectos de la actividad solar sobre la Tierra. Una de las misiones más exitosas fue la de la sonda europea Ulysses, que partió de la Tierra en 1990 a bordo del transbordador espacial estadounidense para sobrevolar dos veces los polos del Sol -otra primicia- y explorar la heliosfera, la inmensa burbuja creada por las partículas del viento solar expulsadas constantemente por nuestra estrella. Soho (SOlar Heliospheric Observatory), fruto de la cooperación entre la ESA y la NASA, partió de la Tierra en 1995 para estudiar las relaciones Tierra-Sol, el propio Sol, desde su estructura interna hasta su corona exterior, y el viento solar.
Génesis, la sonda estadounidense lanzada en 2001, que recogió partículas del viento solar en torno al punto de Lagrange L1, regresó a la Tierra en septiembre de 2004. El análisis de estas partículas debería permitir comprender mejor la génesis del sistema solar y, en particular, la composición de la nebulosa primitiva de la que surgió.
Cosmología y astrometría
El resto del Universo también ha recibido una gran atención. Se ha observado en todas las longitudes de onda. En 1989, el satélite estadounidense Cobe (Cosmic Background Explorer) reforzó la teoría del Big Bang midiendo la radiación fósil del Universo. Su sucesor, el satélite NSAA Wilkinson Microwave Anisotropy Probe (W.M.A.P.), fue lanzado en 2001. Su objetivo es captar la luz residual emitida durante los primeros 300.000 años tras el big bang. W.M.A.P. proporcionó imágenes asombrosas del Universo cuando sólo tenía 380.000 años. Los astrónomos han descubierto que la primera generación de galaxias se formó unos 200 millones de años después del big bang, es decir, antes de lo que se pensaba. Los datos aportados por el W.M.A.P. han permitido a los astrofísicos estimar la edad del Universo en 13.700 millones de años, compuesto por un 4% de átomos ordinarios, un 23% de hidrógeno y un 12% de oxígeno. 100% de átomos ordinarios, 23% de materia oscura y 100 de materia oscura y 73 El telescopio espacial Hubble, el primero de su clase en el Universo, ha contribuido significativamente a esta estimación.
El telescopio espacial Hubble, lanzado en 1990, ha contribuido a dar respuestas sobre el nacimiento de las galaxias y las estrellas y, sobre todo, ha proporcionado imágenes extraordinarias y nunca vistas del Universo. Ha proporcionado pruebas de la existencia de agujeros negros dentro de ciertas galaxias, ha ayudado a evaluar el tamaño del Universo, ha detectado “guarderías” de estrellas, ha visto la muerte o colisión de otras estrellas, ha confirmado la existencia de enanas marrones… Reveló que las galaxias eran mucho más numerosas de lo que se había imaginado.
De 1989 a 1993, el satélite europeo Hipparcos (HIgh Precision PARallax COllecting Satellite) se encargó de cartografiar el cielo con la máxima precisión. Se identificaron 118.000 estrellas -la mayoría con una magnitud de entre 8 y 9- con una precisión de 0,001 de segundo de ángulo, y un millón de estrellas con menos precisión. Antes de Hipparcos, sólo se conocían con precisión las distancias de 5.000 estrellas. Gracias a este satélite, esa cifra se ha elevado a 20.000.
La presencia humana en el espacio
La presencia del hombre en el espacio -es decir, los vuelos espaciales tripulados- es el aspecto más simbólico y destacado de las actividades espaciales. Comenzó el 12 de abril de 1961, con la vuelta a la Tierra del astronauta soviético Yuri Gagarin. Durante la década de 1960, los vuelos espaciales tripulados tenían varios objetivos: aprender a vivir en el espacio aumentando gradualmente la duración de los vuelos, realizar caminatas espaciales, perfeccionar las técnicas de encuentro y cambio de órbita y acumular conocimientos sobre los vuelos espaciales tripulados. Todas estas operaciones tendrán lugar en órbita terrestre, a una altitud de entre 200 y 400 kilómetros. La última etapa de los vuelos espaciales tripulados a finales de los años 60 fue la llegada del hombre a la Luna el 21 de julio de 1969.
A partir de 1971, fueron los soviéticos, que habían sido derrotados en la Luna, quienes realizaron los mayores esfuerzos en el campo de los vuelos espaciales tripulados. La estrategia de la URSS consistía ante todo en olvidar su derrota en la Luna y recuperar el prestigio perdido. Por ello, los soviéticos se concentraron en los vuelos tripulados circunterrestres, lanzando varias generaciones de estaciones orbitales, Salyut-1 a Salyut-7, con fines civiles y militares, que permitirían a los cosmonautas pasar más tiempo en órbita que en las naves espaciales anteriores. El objetivo es que haya personas viviendo permanentemente en el espacio, pero también producir materiales, nuevas aleaciones y cristales, que la ausencia de gravedad debería hacer de mejor calidad que los producidos en la Tierra. Los astronautas también deben adquirir el comportamiento y los conocimientos necesarios para vivir y trabajar en el espacio. Para ello, había que permitirles moverse libremente fuera de su nave espacial. El primer paso se dio en 1965 con el astronauta soviético Leonov, que salió al vacío del espacio conectado a su nave espacial por un cordón umbilical. La libertad total la consiguió el estadounidense Bruce MacCandless en 1984, cuando le equiparon con un traje espacial que le permitía moverse libremente por el espacio. Desde 1971, se han llevado a cabo diversas tareas en el espacio: reabastecimiento de las estaciones mediante naves de carga con la Progress soviética (entonces rusa), relevo de tripulaciones con la Soyuz, montaje y mantenimiento de infraestructuras orbitales (véase ESTACIONES ORBITALES), reparaciones -como la del telescopio Hubble- y también, tras la caída de la Unión Soviética, el acoplamiento de los transbordadores estadounidenses a la estación Mir.
A bordo de las estaciones, los astronautas no sólo disponían de más espacio para moverse y trabajar, sino que también tenían acceso a equipos diseñados para mantenerlos en forma. Por parte soviética, la estación Mir, que estará operativa entre 1986 y 2001, será la obra cumbre. Estará formada por seis módulos con un volumen de 380 metros cúbicos. La Mir albergó a 137 astronautas de una docena de países. En 1994 y 1995, el ruso Valeri Vladimirovitch Poliakov batió el récord de días consecutivos en el espacio, pasando 437.
En 1973, los estadounidenses pusieron en servicio su primera estación espacial, Skylab, pero tras tres misiones a bordo de la estación, abandonaron los vuelos espaciales tripulados hasta la entrada en servicio del transbordador en 1981. La NASA invirtió casi el 50% de su presupuesto en esta actividad. Cada uno de los cinco transbordadores es capaz de transportar una tripulación de siete astronautas a una altitud de 400 kilómetros, con una masa de carga de unas 28 toneladas. Con una media de seis a siete vuelos al año, esto significa que cerca de 50 astronautas estadounidenses estarán en el espacio cada año. Algunos de estos vuelos incluirán el módulo europeo Spacelab para experimentos científicos. Desde hace más de treinta años, se llevan a cabo decenas de miles de experimentos científicos a bordo de las estaciones espaciales y los transbordadores, en los campos de la biología, la medicina, la astrofísica, la geofísica, la observación de la Tierra, las ciencias del Universo, la física, la tecnología, el estudio de los materiales, la protección contra las radiaciones y otros. Aunque estos experimentos no han conducido a ningún descubrimiento fundamental, han permitido sobre todo comprender ciertos aspectos del funcionamiento del cuerpo humano en un entorno de microgravedad, lo que resultará útil para futuros viajes de muy larga duración, en particular a Marte. Los estudios se han centrado en la atrofia muscular, los trastornos neurosensoriales y neurofisiológicos del comportamiento, las alteraciones del sistema cardiovascular, los efectos sobre los huesos, etc. Aunque los resultados obtenidos no hayan sido decisivos, la medicina espacial puede enorgullecerse de haber contribuido a la mejora de los conocimientos en el campo de la medicina terrestre: tratamiento de la osteoporosis, estudio de la calcificación, profundización de los conocimientos en neurociencia, mejor comprensión del papel funcional del sistema venoso de los miembros inferiores, investigación de los trastornos del equilibrio…
La historia de los vuelos espaciales tripulados ha estado marcada por varias tragedias. En 1967, los tres astronautas del Apolo-1, Grissom, Chaffee y White, murieron calcinados en su nave durante las pruebas en tierra. Unos meses más tarde, Komarov murió al estrellarse en tierra su nave Soyuz-1. En 1971, Georgi Timofeyevich Dobrovolsky, Viktor Ivanovich Patsayev y Vladislav Nikolayevich Volkov murieron en su Soyuz, que se había despresurizado tras abandonar la Salyut-1. Pero las dos mayores tragedias se produjeron con las catástrofes de los transbordadores Challenger y Columbia, en 1986 y 2003 respectivamente, que causaron la muerte de catorce astronautas. En total, 21 astronautas, 17 de ellos estadounidenses, perdieron la vida en el espacio y en tierra.
En 2003, un tercer país se unió al selecto club de naciones que han enviado a un hombre al espacio por su cuenta. Fue China, con su “taikonauta” Yang Liwei. En 2005, China repitió la hazaña lanzando una nave espacial biplaza. En cuanto a Europa, que a mediados de los años 80 expresó la ambición de unirse a este club con su avión espacial Hermès, abandonó este objetivo en 1992 por falta de una voluntad política real y de medios financieros ambiciosos. Decidió dejar en manos de estadounidenses y rusos el lanzamiento de sus propios astronautas, al igual que muchos otros países.
Entre el 12 de abril de 1961 y el 31 de diciembre de 2006, cerca de 460 astronautas diferentes de una quincena de países -la gran mayoría estadounidenses y rusos- surcaron las estrellas, de los cuales sólo un 10% eran mujeres. Desde 1982, año del primer vuelo de un astronauta francés, Jean-Loup Chrétien, hasta 2007, Francia participó en dieciséis misiones tripuladas con los soviéticos -entonces rusos- y los estadounidenses. Estos astronautas fueron reclutados inicialmente en las filas de los pilotos de pruebas y luego, poco a poco, científicos, ingenieros e incluso políticos y profesores -estas dos últimas categorías más destinadas a satisfacer los objetivos de comunicación de la NSAA- viajaron al espacio.
Sin embargo, hacia finales de los años 80 surgieron dudas sobre la utilidad de las estaciones. Decidida en el momento del colapso de la URSS, más por razones políticas y para evitar que los ingenieros ex soviéticos comerciaran con sus conocimientos en países indeseables que por motivos científicos, la Estación Espacial Internacional (ISS), cuya construcción comenzó en 1998, parece ahora más una reliquia de la Guerra Fría que un proyecto prometedor. Es cierto que, al reunir a dieciséis países, se trata del mayor programa de cooperación espacial internacional de la historia. Como tal, tiene un valor simbólico, sobre todo después de la Guerra Fría, cuando la rivalidad estaba a la orden del día, pero la inversión parece excesiva dada su incierta finalidad. A los interrogantes planteados por el I.S.S. hay que añadir los problemas del transbordador. Sus contratiempos, como el desastre del Columbia en 2003 y el vuelo del Discovery en 2005, han restado credibilidad al sistema. También hay que recordar que el transbordador sigue siendo un medio de acceso al espacio muy caro. En cualquier caso, su destino quedó sellado en enero de 2004 con el discurso del Presidente George Bush en el que expuso su visión del espacio estadounidense: dijo que veía la retirada del transbordador en 2010 y la finalización de la construcción del I.S.S., lo que llevaría al fin del servicio en 2016. Al mismo tiempo, dio una nueva orientación a los vuelos espaciales tripulados, dando prioridad al regreso del hombre a la Luna antes de 2020.
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Revisor de hechos: EJ
Cronología de la Conquista de los Grandes Planetas
Enero de 1610 Galileo descubre los cuatro satélites más grandes de Júpiter, a los que denomina “estrellas mediceas” y que hoy llamamos satélites galileanos: Io, Europa, Ganímedes y Calisto.
1656 Christiaan Huygens presenta su descubrimiento del mayor de los satélites de Saturno, Titán, en De Saturni luna observatio nova, publicado en La Haya.
1659 Christiaan Huygens describe con precisión los anillos de Saturno en su Systema Saturnium, sive de causis mirandorum Saturni phænomenôn, et comite ejus planeta nova, publicado en La Haya.
3 de diciembre de 1973 La sonda espacial estadounidense Pioneer-10, lanzada el 3 de marzo de 1972, pasa lo más cerca posible de Júpiter (130.000 km por encima de las nubes): por primera vez se observa de cerca el planeta gigante. A continuación, la sonda se dirigió hacia los confines del Sistema Solar.
4 de diciembre de 1974 La sonda espacial estadounidense Pioneer-11, lanzada el 6 de abril de 1973, pasó lo más cerca posible de Júpiter (43.000 km por encima de las nubes) antes de dirigirse a Saturno, al que llegó el 1 de septiembre de 1979. A continuación, la sonda se dirigió hacia los confines del Sistema Solar.
1977 El 20 de agosto y el 5 de septiembre de 1977, dos lanzadores Titan-Centaur despegan de Cabo Cañaveral, Florida, transportando las sondas espaciales Voyager-2 y Voyager-1 de la NASA, diseñadas para observar los planetas gigantes Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
5 de marzo de 1979 La Voyager-1 pasa muy cerca de Júpiter (a 206.700 km de la cima de las nubes) y de cinco de sus satélites, Amaltea, Io, Europa, Ganímedes y Calisto.
9 de julio de 1979 Voyager-2 pasa muy cerca de Júpiter (a 570.000 km del tope de las nubes) y de cinco de sus satélites, Calisto, Ganímedes, Europa, Amaltea e Io.
12 de noviembre de 1980 La Voyager-1 pasa lo más cerca posible de Saturno (a 124.000 km del tope de las nubes) y de siete de sus satélites: Titán, Tetis, Mimas, Encélado, Dione, Rea e Hiperión. La sonda inicia su viaje hacia los confines del Sistema Solar.
25 de agosto de 1981 Voyager-2 pasa lo más cerca posible de Saturno (a 100.800 km de la cima de las nubes) y de seis de sus satélites, Titán, Dione, Mimas, Encélado, Tetis y Rea.
24 de enero de 1986 Voyager-2 pasa cerca de Urano (a 81.500 km de la cima de las nubes).
25 de agosto de 1989 Voyager-2 pasa lo más cerca posible de Neptuno (a 5.000 km del tope de las nubes) y de su satélite Tritón. La sonda inicia su viaje hacia los confines del sistema solar.
18 de octubre de 1989 La sonda Galileo de la NASA es lanzada hacia Júpiter por el transbordador espacial estadounidense Atlantis.
29 de octubre de 1991 La sonda Galileo pasa a 1.600 kilómetros del asteroide 951 Gaspra: por primera vez, un asteroide es observado de cerca por una sonda espacial.
7 de diciembre de 1995 La sonda Galileo, cuyo rendimiento se ve reducido por el despliegue incompleto de su antena principal, llega a las proximidades del sistema joviano, deja caer una sonda en la atmósfera de Júpiter y se coloca en órbita alrededor del planeta gigante.
24 de noviembre de 1995 Fin de las comunicaciones con Pioneer-11.
15 de octubre de 1997 El módulo Huygens de la Agencia Espacial Europea y la sonda Cassini de la NASA que lo transporta son lanzados hacia Saturno por un lanzador Titán IVB/Centauro.
17 de febrero de 1998 Al “adelantar” a Pioneer-10, Voyager-1 se convierte en el objeto artificial más alejado de la Tierra.
23 de enero de 2003 Fin de las comunicaciones con Pioneer-10.
21 de septiembre de 2003 La sonda Galileo es lanzada deliberadamente a la atmósfera de Júpiter, donde se desintegra.
1 de julio de 2004 La nave espacial Cassini/Huygens alcanza las proximidades de Saturno. La sonda Cassini se coloca entonces en órbita alrededor del planeta gigante.
14 de enero de 2005 El módulo Huygens aterriza en la superficie del mayor satélite de Saturno, Titán.
28 de febrero de 2007 La sonda New Horizons de la NASA, lanzada el 19 de enero de 2006 hacia Plutón y los objetos del cinturón de Edgeworth-Kuiper, sobrevuela Júpiter a una distancia mínima de 2,3 millones de kilómetros.
5 de agosto de 2011 La sonda Juno de la NASA es lanzada hacia Júpiter por un cohete Atlas.
25 de agosto de 2012 La sonda Voyager-1, situada a unos 18.000 millones de kilómetros de la Tierra, abandona el sistema solar, adentrándose ahora en el medio interestelar. Voyager-2, en una trayectoria diferente, hará lo mismo en 2017.
Julio de 2016 La sonda Juno inicia una serie de órbitas muy excéntricas alrededor de Júpiter, enviando algunas bellas imágenes, en particular de la aurora polar.
26 de abril de 2017 La sonda Cassini inicia la fase final de su misión, conocida como Grand Finale. Se trata de una serie de veintidós órbitas cada vez más cercanas a Saturno, que llevarán a Cassini a una inmersión final en la atmósfera del planeta, donde acabará quemándose.
15 de septiembre de 2017 Fin de la misión Cassini-Huygens.
Características y Ámbitos de Astronáutica
Ambitos de la Exploración Espacial
Los principales ámbitos son los siguientes:
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