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Equidad de Género

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Equidad de Género

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Equidad de género en el Diccionario de Derecho Procesal Constitucional y Convencional

Se expresa el mencionado Diccionario, sobre Equidad de género, en voz escrita por María Vallarta Vázquez, en los siguientes términos: La equidad es un principio de justicia relacionado con la idea de igualdad sustantiva y el reconocimiento de las diferencias sociales. Ambas dimensiones se conjugan para dar origen a un concepto que define la “equidad” como “una igualdad en las diferencias”, entrelazando la referencia a los imperativos éticos que obligan a una sociedad a ocuparse de las circunstancias y los contextos que provocan la desigualdad con el reconocimiento de la diversidad social, de tal forma que las personas puedan realizarse en sus propósitos de vida según sus diferencias (véase equidad).

Género, por su parte, se refiere a la construcción cultural basada en las diferencias biológicas entre los sexos.Entre las Líneas En 1955 el sexólogo John Money introdujo el término gender en inglés, diferenciando sexo biológico de “género”, como una construcción cultural basada en una época y un lugar.

Puntualización

Sin embargo, fue hasta 1968 que Robert Stoller la desarrolló a través de una investigación empírica en la que demostró que lo que determina la identidad y el comportamiento masculino o femenino no es el sexo biológico, sino las expectativas sociales, ritos, costumbres y experiencias que se ciernen sobre el hecho de haber nacido mujeres u hombres. Esta observación permitió concluir que la asignación y adquisición del género es una construcción sociocultural con la que se desnaturalizan las relaciones sociales entre los sexos.Entre las Líneas En los años setentas el movimiento feminista retomó esta teoría, y la desarrolló basándose en la frase célebre de Simone de Beauvoir: “una no nace mujer, se hace mujer”.

En otras palabras, se refiere al conjunto de ideas, creencias y atribuciones sociales, construidas en cada cultura y momento histórico, tomando como base la diferencia sexual. A partir de ello se construyen los conceptos de “masculinidad” y “feminidad”, los cuales determinan el comportamiento, las funciones, oportunidades, valoración y las relaciones entre mujeres y hombres.

Se refiere a los atributos y oportunidades sociales vinculadas con el hecho de ser hombre o mujer y las relaciones entre mujeres y hombres, y niñas y niños, así como a las relaciones entre mujeres y entre hombres. Estos atributos, oportunidades y relaciones se construyen socialmente y se aprenden mediante procesos de socialización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Dependen del contexto y el momento, y pueden cambiar. El género determina qué se espera, permite y valora en una mujer o un hombre en un contexto específico.Entre las Líneas En la mayoría de las sociedades hay diferencias y desigualdades entre hombres y mujeres en cuanto a las responsabilidades que se les asignan, las actividades que realizan, el acceso a los recursos y el control de éstos, así como las oportunidades de adopción de decisiones.

La equidad de género se refiere a la eliminación de la carga de valor desigual que se asigna a los roles culturales asignados de manera diferenciada a cada sexo (véase igualdad de género).

La Historia y la Lucha por la Equidad de Género

Muchos son los nombres que se les han dado a las mujeres que, inconformes con la injusticia sistémica cometida contra su género, han manifestado su disgusto a lo largo de la historia.

Más Información

Las han llamado putas, brujas, histéricas, malcogidas, poseídas, incasables, amargadas, locas. Se les ha desacreditado, marginado y castigado de diversas maneras, pues el contexto sociopolítico heteropatriarcal, caracterizado por privilegiar al hombre, se sostiene a expensas del silencio y de la sumisión de las mujeres y, en consecuencia, su subversión supone una amenaza.
La coacción que ejerce el sistema para disuadir la emancipación femenina tiene, además, dos frentes: no solo existe una persecución real, política, en la que miles de mujeres han sido encarceladas o asesinadas por rebelarse; por ejercer su libertad sexual, negarse al matrimonio o a las labores del hogar, alzar la voz, practicar un aborto o desarrollarse profesionalmente, el sistema también ha intentado mermar la lucha desde adentro al poner en tela de juicio las facultades de estas mujeres, dando por supuesto que toda inconformidad no es sino un desvarío resultado de la debilidad psíquica o el desbordamiento emocional que históricamente se le ha atribuido al género femenino.

Esta segunda forma de desacreditación es tan letal como la primera, pues no solo trunca la posibilidad de la protesta cotidiana y encierra a las mujeres en una falsa dicotomía (obediente o loca), además amordaza la diferencia, como si la única vía para hacerse escuchar fuera hacerlo en los términos y en las modalidades acreditados por el hombre, bajo sus instituciones, sus elecciones de ejecución del poder y hasta su lenguaje. Es decir, para ser tomada en cuenta como mujer, hace falta simular ser un hombre.

Esta táctica de invalidación se asemeja en su desproporción a la ridícula pseudoenfermedad que el médico Samuel A. Cartwright nombró en el siglo XIX, a propósito de los intentos de huida de los esclavos negros. Para él, dichos esclavos padecían drapetomanía, supuesto mal mental que consistía en unas ansias de libertad anormales para los de su clase, como si el hombre blanco privilegiado no concibiera la posibilidad de que otro en condición de esclavitud pudiera, por propia voluntad, escapar de una vida de abusos y vejaciones; más aún, como si no concibiera que los esclavos también eran hombres y que, por añadidura, tenían las mismas necesidades que ellos.

Siglos después, distancia histórica mediante, la anécdota produce entre vergüenza y risa, pues al cambiar de paradigma (modelo, patrón o marco conceptual, o teoría que sirve de modelo a seguir para resolver alguna situación determinada) político y racial, somos capaces de ver la patente disonancia ideológica que actuaba, de manera invisible, en la idiosincrasia blanca decimonónica.

Se trate de los esclavos, de las mujeres o de cualquier otro tema, el mecanismo es el mismo: los legisladores y propietarios del discurso hegemónico (casi siempre hombres cisgénero, heterosexuales, blancos) suponen su sistema de verdad como el único existente, sin reparar que se trata de un constructo histórico atravesado por intereses políticos y, una vez obviado su propio sesgo, le imponen al resto sus categorías en nombre de la ciencia —aparato productor de verdad— o de la ley —aparato productor de orden.

Por ello, no basta con denunciar ante la autoridad vigente los abusos que se cometen contra las mujeres, sino que es menester desmantelar los dispositivos de poder que el mismo sistema reproduce y que, entre otras cosas, legitiman la marginación o su sometimiento. De la misma forma que existió la drapetomanía en el imaginario del siglo XIX, a lo largo de la historia surgieron innumerables estudios pseudiocientíficos que buscan desacreditar las expresiones de libertad de la mujer, «fundamentando» su rol menor en la sociedad y «comprobando» su incapacidad para ejercer en puestos públicos, soportar la presión de la vida laboral o pensar objetivamente.

El hombre ha monopolizado la verdad y con ello ha garantizado que los discursos que lo refutan pierdan fuerza de entrada, pues carecen de una estructura sociocultural (como puede ser «la ciencia», pero también «las buenas costumbres») que los avale.Entre las Líneas En vista de lo anterior, es menester agudizar la crítica y la atención para darle lugar a todas las otras voces que denuncian las perversiones del heteropatriacado actual.

Escuchar la diferencia es volver a pensarlo todo desde el principio y concebir que tal vez, por más incómodo que nos resulte, las bases de nuestras dinámicas sociales en cuestión de género están mal planteadas. Ejemplo de ello es la distribución del trabajo, que si bien originalmente tenía una finalidad práctica (sociedades de hombres cazadores y mujeres recolectoras), al pasar del tiempo ocurrieron dos fenómenos que desequilibraron el acuerdo de inicio horizontal: primero, se desprestigiaron las tareas que realizaban las mujeres, obviando lo fundamentales que eran para el desarrollo de la cultura; y segundo, se consideró norma, condenando moralmente a cualquiera que quisiera ejercer un rol distinto al designado para su género.

En años recientes, el feminismo (compromiso con una mejora del papel social de la mujer, que suele reflejarse en el sentido de promover la igualdad sexual) ha tomado un nuevo aliento y cada vez desequilibra más el statu quo, haciéndonos cuestionar hasta las más mínimas expresiones de sexismo arraigadas en nuestras conductas más cotidianas.

Puntualización

Sin embargo, no somos ni remotamente la primera generación en darse cuenta de esta violencia estructural y, más aún, no somos todavía un sector representativo en la sociedad, pues en la mayoría de ella aún se reproducen estos mecanismos irreflexivamente.

Las luchas del feminismo (compromiso con una mejora del papel social de la mujer, que suele reflejarse en el sentido de promover la igualdad sexual) actual son diversas y abordan desde el tema de los feminicidios y la violencia intrafamiliar, hasta los derechos reproductivos y laborales de las mujeres, pasando por una crítica a los cánones de belleza y a las expectativas impuestas. El gran cambio paradigmático es que ahora la conciencia social y la agenda pública comienzan a abrir espacios para que las mujeres puedan poner límites y tomar elecciones de vida sin ser necesariamente silenciadas y marginadas por ello. La conquista de derechos, no obstante, avanza a mucho menor velocidad de lo requerido y aún toma miles de vidas al año. Apenas estamos en el inicio de la lucha.

En ese tenor, me conmueve sobremanera imaginar el esfuerzo que supuso para mujeres de otra época abrirse paso por el camino de la historia y hacerse escuchar en una sociedad que sistemáticamente les cerraba las puertas. Me conmueve imaginar su coraje para sobreponerse a las negativas, incluso exponer su vida; su lucidez para notar la anomalía en un mundo diseñado para ignorarla; su fe y su perseverancia, pues si aún en la actualidad la lucha social por la equidad de género requiere de todos estos atributos, hace cien años los requería mucho más.
Así pues, esta compilación biográfica de doce mujeres revolucionarias que se abrieron paso en distintos campos de experiencia, resulta más que pertinente en un momento histórico como el nuestro en el que estamos reponderando el lugar de la mujer, no solo en la sociedad actual, sino en el desarrollo mismo de la historia. Todas las protagonistas mencionadas en este libro tuvieron que enfrentarse a algún tipo de desamparo, pues para continuar con su misión, tenían que nadar contracorriente y superar continuamente el desprestigio, la desvalorización y el rechazo.

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El acopio de valentía y de visión que requirieron es extraordinario, y leer sus historias no solo sirve para inspirar las nuevas luchas y dejar registro de la resistencia, sino también para adquirir conciencia del protagonismo que ha tenido la mujer en los distintos eventos sociales, aunque los libros de historia insistan en darle un papel secundario.

Ya fuera como periodistas, escritoras, enfermeras, profesoras, conspiradoras o facilitadores de bienes materiales, la participación de las mujeres fue crucial para el movimiento revolucionario, así como el movimiento revolucionario fue crucial para que las mujeres pudieran irrumpir en la escena pública. La tensión social de la época fue un caldo de cultivo idóneo para que toda la inconformidad acumulada a lo largo de los siglos emergiera para exigir un cambio. Una vez sembrada la semilla de la posibilidad, toda la indignación contenida fungió como un motor para salir del letargo de la resignación.

El ícono femenino por antonomasia durante el periodo de la Revolución Mexicana es el de las soldaderas, mujeres que luchaban o trabajaban como cocineras, enfermeras, madres, y esposas que, con sus cuidados, hacían posible que la lucha armada continuara, pues, como bien menciona Katya Maldonado Tavillo «…sin ellas los soldados no hubieran comido ni dormido ni peleado».

De nuevo, el sesgo machista sobre la interpretación de los hechos sale a la vista, pues a menudo la historia le otorga prominencia a quienes sostuvieron las armas, hombres en su mayoría. Obvian, sin embargo, que estas mujeres eligieron este rol no porque no pudieran pelear, sino por una comprensión intuitiva de que, para que la pelea pudiera ser sostenible, ellas debían ejercer un papel menos protagónico pero igual de fundamental.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

De la misma forma, varias de las mujeres de este libro como Juana B. Gutiérrez, María Arias Bernal —también conocida como María Pistolas—, Eulalia Guzmán o Palma Guillén, se dedicaron a la educación, alfabetizaron niños y dieron clases en diferentes niveles. Había un contexto que lo incentivaba, pues ser normalista era una de las pocas elecciones vocacionales que la sociedad permitía a las mujeres.

No obstante, creo que habla también de la idiosincrasia femenina: si bien no faltaron mujeres que estuvieron en la lucha activa oponiéndose al gobierno en turno (…), muchas otras trabajaron tras bambalinas, en sus comunidades y desde el aula, para reconstruir el tejido social o fomentar la justicia trabajando directamente con poblaciones poco favorecidas.

Las soldaderas, las maestras y las madres tienen eso en común: eligen un rol que no les otorga gloria personal pero que contribuye de manera esencial a la reconstrucción de la comunidad y a la lucha por el cambio. Si se busca en los registros, no es fácil encontrar hombres que, en un momento álgido de la historia, se abocaran a dichas profesiones por un honesto compromiso político y como una alternativa igual de digna que la vía de las armas.
Es momento de desinvisibilizar estos caminos y dejar de asumir que la única forma de hacer historia es hacerla a la manera en la que los hombres, atravesados por la lógica de la conquista y la fama, lo han hecho. Las mujeres han sido un motor importantísimo, y si no han ocupado los reflectores ha sido en gran medida por el machismo inherente a nuestra sociedad pero también por elección, pues sus intereses se han enfocado mayormente en el cuidado y el desarrollo de su comunidad. (…)

La invisibilización de la labor femenina tiene también otra razón, observable en este último caso expuesto: mientras que el varón promedio podía impulsarse con ayuda de las plataformas e instituciones creadas para ellos, las mujeres tenían que empezar desde mucho más atrás: tenían que crear sus propias bases.

Para que el voto de la mujer tuviera lugar, por ejemplo, se requirió que mujeres (…) fueran perseguidas y encarceladas por expresar sus ideas, también fue decisivo el trabajo de mujeres como Hermila Galindo, quien envió un documento al Congreso Constituyente para proponer el derecho al voto de la mujer, no como una concesión sino como un acto de estricta justicia.

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Dicho de otra forma, la lucha por la equidad ha necesitado que cientos de mujeres dediquen su vida completa a ella, lo que, por supuesto, ha retrasado el proceso para que estas mismas tengan el lugar social requerido para influir en otros menesteres de la forma en la que los hombres, solo por el género al que pertenecen, han podido hacerlo desde el principio.

Cabe destacar que en las vidas de estas valerosas mujeres se encuentra casi siempre un hombre que decidió apoyarlas. Palma Guillén intercambiaba correspondencia con Alfonso Reyes y eso de cierta forma le dio un lugar privilegiado en la sociedad; Hermila Galindo contaba con el apoyo de Carranza; y aunque Matilde Montoya fue presionada por distintas autoridades varones para que desistiera en su empeño por convertirse en la primera mujer médica cirujana, el apoyo de Porfirio Díaz sin duda facilitó el proceso.

A dichos hombres se les puede agradecer por haber creído que estas mujeres tenían algo que aportar, pero, más allá de eso, es importante notar cómo la emancipación femenina ha ocurrido, en la mayoría de los casos, gracias al permiso de algún hombre. El siguiente paso es prescindir de este protocolo de pleitesías y empezar a ponderar las propuestas femeninas, sin que se tengan que mediar por el apoyo o falta de apoyo masculino.

Fuente: Ángel /Gilberto

Equidad de Género en Derecho Electoral

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Noción de Equidad de género en relación con las Políticas de Género y Desarrollo

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1 comentario en «Equidad de Género»

  1. Por último, añadiría yo sobre este tema de la igualdad de la mujer, no deja de ser alarmante la autoridad con la que los hombres sienten que pueden opinar y normar la vida íntima de las mujeres. Esto le preocupaba activamente, por ejemplo, en México, a Hermila Galindo, quien manifestó su disconformidad con el hecho de que el matrimonio se considerara una vocación para la mujer que, de no cumplirse, la condenaría a la marginación. Hermila abogó, en su obra titulada La mujer moderna, contra el agrado del público, por una educación que permitiera la exploración de la sexualidad femenina libre de tabúes.

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