Guadalupanismo
Este elemento es una ampliación de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs] Véase también Tratado de Guadalupe Hidalgo.
Guadalupanismo en las Ciencias Sociales Latinoamericanas
De acuerdo con una antigua tradición popular que data del primer tercio del siglo XVI, se nos dice que entre los días 9 y 12 de diciembre de 1531, la Virgen María se apareció en el cerro llamado del Tepeyac a un indio de nombre Juan Diego, mandándole expusiese, al entonces obispo de México don fray Juan de Zumárraga, su deseo de que ahí se le erigiese un templo. Como prueba del portento, el indio le llevó al franciscano rosas envueltas en su tilma, que al ser abierta mostró una imagen de la Virgen la cual ha sido objeto de culto durante más de cuatro siglos bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe.
En el sitio de la aparición existía desde la época prehispánica un templo donde los indígenas rendían culto a la madre de los dioses, Tonantzin. Ahí fue colocada, después de la conquista una réplica de la imagen de la Virgen de Guadalupe, que se veneraba en Extremadura (España), la cual fue pronto sustituida por la imagen pintada en el manto de Juan Diego, y aunque las dos imágenes son diferentes, la venerada en México conservó el nombre de la española,
La ermita fue desde los primeros años después del portento un lugar de culto frecuentado por los indios. El diligente cronista Sahagún nos narra que en ese sitio el culto cristiano de la Virgen María sustituyó prácticamente al de la Tonantzin. La sustitución se favoreció por el hecho de que los frailes empleaban al catequizar a los indios, la palabra Tonantzin para llamar a la Virgen María.
La difusión del culto y la creencia en el carácter milagroso de la imagen hicieron que en 1550, fray Francisco de Bustamante advirtiera en un sermón contra la “adoración” que los indios tenían por la misma en notable deterioro del verdadero culto que debería estar exento de resabios idolátricos. Las palabras del franciscano le originaron una seria desavenencia con el obispo Montúfar quien ordenó una investigación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). No obstante esto (y a pesar de que ciertos religiosos compartían las ideas de Bustamante), el culto crecía y existen varios y valiosos documentos que nos narran no solo la aparición sino también su gran popularidad “;entre los indios y criollos, como así también entre los españoles. Incluso el cronista Bernal Díaz del Castillo dice que en ese sitio existía hacia mediados del siglo una imagen muy reverenciada y milagrosa. A pesar del silencio en torno a este asunto de cronistas tan cercanos al acontecimiento como lo fue Motolinia, es evidente que abundan los testimonios guadalupanos del siglo XVI que en una forma u otra narran la “realidad” del portento. La crítica histórica, posterior puede haber obtenido resultados que sin duda restan méritos a dichos documentos, pero es un hecho, al menos, que la tradición, sea cual fuere su origen, es inmediata a la conquista.
La sanción definitiva de la realidad del portento vino hacia el siglo XVII. Después de ciertos testimonios de regular valía, aparece en 1648 la obra guadalupana por excelencia debida al bachiller Miguel Sánchez y cuyo título es Imagen de la Virgen María Madre de Dios de Guadalupe celebrada en su historia con la profecía del capítulo doce del Apocalipsis. Esta obra recapitula la lenta y acompasada tradición formada en los decenios anteriores. Aparece ahí, con vigor, su “criollismo” que identificando a la Virgen de Guadalupe con los criollos o españoles americanos como se les llamará en el siglo XVIII, será uno de los más fecundos fermentos de la constitución de la nacionalidad mexicana. La Guadalupana es, pues, una virgen criolla, nacida en esta tierra, y el siglo XVII logrará consagrarla como tal. Las obras de Luis Lasso de la Vega, Luis Becerra Tanco y Francisco de Florencia, todas ellas del XVII, insistirán sobre esta idea y aún la enmendarán. La aparición cuyo origen divino era indiscutible será desde entonces la prueba definitiva de la preferencia no solo de Dios sino principalmente de la Virgen María por México.
Para apoyar esta tesis los apologistas del mencionado siglo recurrirán no solo a los textos antiguos sino inclusive a los cotejos con pasajes bíblicos que apoyarán la realidad del milagro y por ende de la manifiesta predilección de la Guadalupana por México. El guadalupanismo nace como expresión nacional en este siglo. A pesar de todo ello, hacia fines del mismo la duda en cuanto al valor histórico de los textos aparicionistas empieza a hacerse notar. Se dudaba sobre todo de que los documentos del siglo XVI fuesen realmente contemporáneos del prodigio. Se cuestionaba la veracidad de las narraciones, etc. Aparece entonces don Carlos de Sigüenza y Góngora, uno de nuestros más destacados investigadores académicos de ese período, quien garantiza, por medio de un juramento, la antigüedad y veracidad del testimonio guadalupano primitivo, el llamado en náhuatl Nican Mopohua debida según él a un probo y docto escritor y latinista indígena llamado Antonio Valeriano, miembro del colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, testigo casi presencial del fenómeno. Sigüenza logró garantizar así la veracidad de la tradición oral con el apoyo de la palabra escrita debida a un solo autor. Desechaba la posibilidad de variantes en la tradición y caucionaba en definitiva la “realidad del hecho.
Aviso
No obstante, su manifiesta buena fe es indudable que Sigüenza no es ni puede ser garantía de la validez de lo que afirma.Entre las Líneas En otros de sus escritos aparecen contradicciones que nos permiten dudar de la solidez de sus asertos religiosos, más propios de la devoción que de la historia.
Pero el portento había quedado garantizado por un docto anticuario y los sermones, las homilías y muchos otros documentos piadosos de la primera mitad del siglo XVIII no hicieron sino acrecentar el guadalupanismo. La obra llamada Escudo de Armas de México de Cayetano Cabrera y Quintero, era un homenaje a la Guadalupana por haber librado a la ciudad de México de la peste que padeció en 1736 y 1737. Otras obras como la Maravilla Americana del pintor Miguel Cabrera aseguraban que la pintura de la tilma de Juan Diego no había sido hecha por pincel humano. Menudearon en esta primera mitad del siglo los documentos marianos que estimulaban el sentimiento patrio por la contraposición de lo genuinamente americano, con lo español; de lo nacido aquí, la Virgen de Guadalupe, con lo extranjero y ajeno. Los expulsos jesuitas fueron en muchos casos los portavoces de esta actitud.Si, Pero: Pero aparecieron también los detractores. El médico Bartolache se opuso en su Manifiesto Satisfactorio al origen divino de la imagen y en España el historiador Juan Bautista Muñoz rechazó la realidad de las apariciones. Contra éste último se lanzaron varios eméritos criollos que al refutar las tesis de Muñoz afirmaban nuestro sentimiento nacionalista centrado en el culto guadalupano. La apología de Fray Servando Teresa de Mier que hace remontar la imagen a los tiempos prehispánicos con la evidente intención de sustraerla a la posible influencia española, o las descabelladas tesis de Borunda en un sentido similar al de Mier, nos dan la tónica guadalupana que desembocará en la Independencia.
Una íntima necesidad de afirmación exacerbó los ánimos a favor de un guadalupanismo que sirviese primero como “estandarte” de la lucha contra España y luego como sostén de la nueva nacionalidad.
Incluso sociedades secretas de los primeros años de la Independencia tomaron su nombre de la imagen. Nuestro primer presidente trocó su nombre original por el de Guadalupe, etc. Los primeros años de vida independiente de la joven nación lograron la apoteosis casi deificación de la imagen. Panegiristas como don Carlos María de Bustamante no dudarán incluso en considerarla el centro de la nacionalidad mexicana y la insignia misma de la patria.
Su culto, pues, permaneció intocado e intocable en medio de las luchas de conservadores y liberales. Podían éstos tener hondas diferencias ideológicas pero, en general, en lo referente a la Guadalupana el consenso era unánime en cuanto a su valor.
En el último cuarto del siglo XIX se intentó que la Santa Sede “coronara” la imagen. Con tal motivo menudearon las obras que insistían sobre la validez de las. tradiciones guadalupanas. A la tarea se pusieron investigadores e historiadores, entre los que cabe mencionar a Nicolás León con su Album de la Coronación o al P. José A. González Esteves con su obra Santa María de Guadalupe, patrona de los Mexicanos (Guadalajara, 1884). Este último libro fue el origen de la famosa Carta acerca del origen de la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México, debida al por muchos conceptos eminente, don Joaquín García Icazbalceta, quien negaba la unidad de la tradición guadalupana y en suma ponía en entredicho la veracidad del milagro. La polémica no se hizo esperar y fue posiblemente la única ocasión donde el tema guadalupano fue sujeto de una verdadera controversia. Los impugnadores de la aparición (entre los que se encontraban clérigos como Vicente de P. Andrade, quien paradójicamente fue canónigo de la Colegiata de la Virgen de Guadalupe) recurrieron al análisis de textos y a la crítica histórica más rigurosa, aunque, como en el caso del padre Andrade, sus métodos no fuesen muy ortodoxos. El debate casi impidió la Coronación, pero los aparicionistas ganaron la partida, pues con ellos estaba la necesidad vital de creer en el singular acontecimiento de la aparición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). De esa época (fines del siglo XIX) hasta nuestros días, ninguna otra controversia de la importancia de aquélla ha surgido; solo leves y esporádicos alegatos intrascendentes. El guadalupanismo, en cuanto atañe al espíritu mismo de la nacionalidad es sin duda intocable y por ello mismo invulnerable a la crítica histórica ya que las trasciende. [1]
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[rtbs name=”informes-jurídicos-y-sectoriales”][rtbs name=”quieres-escribir-tu-libro”]Notas y Referencias
- Elías Trabulse (autor original), adaptado y corregido (por Lawi) de los términos latinoamericanos que debían formar parte del Diccionario de Ciencias Sociales en español de la UNESCO, publicado en 1975 bajo la dirección de Salustiano del Campo y al amparo del Instituto de Estudios Políticos. Es el resultado de la postura crítica y disidente del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) frente al diccionario de la UNESCO y su respuesta con la obra colectiva “Términos latinoamericanos para el Diccionario de Ciencias Sociales”, publicada en 1976.
Véase También
Bibliografía
DE LA MAZA, Francisco, El Guadalupanismo Mexicano, México, Porrúa y Obregón, 1963.
VERA, Fortino H. Tésoro Guadalupano, Amecameca, Imprenta del Colegio Católico, 1887,
VERA, Fortino H. Informaciones Guadalupanas, Amecameca, Imprenta Católica, 1889.
VELAZQUEZ, Primo Feliciano. La Aparición de Santa María de Guadalupe, México, 193L
O’GOUNAN, Edmundo. Seis Estudios Históricos de Tema Mexicano, México, Universidad Veracruzana, 1960.
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