Fallecimiento en la Unidad de Cuidados Intensivos
Este texto se ocupa de la muerte en la unidad de cuidados intensivos (UCI). A principios del siglo XX, morir en un hospital se limitaba a las personas sin recursos económicos o sociales. Los enfermos con recursos suficientes se recuperaban o morían en casa, entre familiares y amigos. En 1994, el 78% de los estadounidenses moría en hospitales, centros médicos o residencias de ancianos; sólo el 17% moría en casa. Aunque las estadísticas sobre las causas de las muertes en los hospitales son fácilmente accesibles, no lo es la información sobre el lugar exacto donde se producen las muertes. Sin embargo, las estadísticas recogidas en 1997 en el Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Virginia muestran que el 18% de las muertes en ese centro médico se produjeron en las unidades de planta, el 27% en la unidad de cuidados paliativos y el 55% en las unidades de cuidados intensivos o en la sala de urgencias. Aunque las palabras “hospital” y “hospicio” se remontan a la misma raíz medieval, la actitud hacia la muerte en los cuidados paliativos es bastante diferente a la que se encuentra en los centros de cuidados intensivos. En los cuidados paliativos, la muerte se anticipa, dado que se requiere una esperanza de vida de 6 meses o menos para que el paciente entre en el programa. Por lo tanto, el objetivo de los cuidados paliativos no es evitar la muerte, ni siquiera retrasarla, sino facilitar la muerte de una persona de una forma que satisfaga sus necesidades específicas. Por el contrario, en un centro de cuidados intensivos la muerte es una aberración, un fracaso de la tecnología y/o de la profesión médica. Así pues, los conceptos contrapuestos de “dejar que la naturaleza siga su curso” y de “intervención agresiva” caracterizan la diferencia fundamental entre los cuidados paliativos y otros tipos de atención sanitaria, en particular la atención sanitaria en centros de agudos.