La preocupación de la opinión pública internacional por el daño a la capa protectora de ozono estratosférico, y el trabajo científico coordinado por el PNUMA, condujeron a debates políticos a partir de 1982. El resultado fue un Convenio de Viena para la Protección de la Capa de Ozono, firmado por 20 naciones en 1985. Este documento no era más que una expresión desdichada de esperanzas, pero establecía un marco. El marco se hizo útil cuando el descubrimiento de un “agujero de ozono” sobre la Antártida conmocionó a los funcionarios y al público, demostrando que el problema ya era urgente. En el trascendental Protocolo de Montreal del Convenio de Viena de 1987, los gobiernos se comprometieron formalmente a restringir la emisión de sustancias químicas específicas que dañan la capa de ozono. Este no fue el primer acuerdo internacional para restringir la contaminación en respuesta al asesoramiento científico. Un ejemplo notable fue el Tratado Antártico, que regula las actividades en el continente polar, inspirado en la IGY y firmado en 1959. En 1979, los países de Europa Occidental adoptaron un Convenio sobre la contaminación atmosférica transfronteriza a gran distancia. En él se comprometían a limitar sus emisiones de sulfatos, que los científicos habían demostrado que eran la causa de la destructiva lluvia ácida. El objetivo era restringir la quema de carbón en, por ejemplo, Gran Bretaña, para que no matara los bosques en, por ejemplo, Alemania. Más tarde, se añadieron al acuerdo más naciones y otras sustancias químicas. El convenio dio lugar a la creación de un proyecto científico internacional para estudiar el problema, que se completó con una elaborada modelización informática para relacionar la lluvia ácida con los escenarios económicos de generación de energía. El Protocolo de Montreal estableció una norma aún más estricta de cooperación internacional y autocontrol nacional.