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Amor

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El Amor

Este elemento es una profundización de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre el amor.
Nota: téngase en cuenta que el amor también es analizado en el estudio de la teología moral. Véase también el amor cortés, las características del amor, y la información sobre el Poliamor.
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Amor en el Derecho

La investigación del amor tiene raíces muy profundas en la tradición judeo-cristiana. De hecho, las respuestas divergentes a esta pregunta marcan la transición de Judeo a los cristianos. Es destacable, en relación a esas raíces, trazar los giros y vueltas que estas ideas han tomado a medida que se mueven de lo sagrado a lo secular. Esta narración relaciona nuestro modo más importante de organización social, el derecho, con dos de nuestros valores más preciados, el amor y la libertad. [rtbs name=”libertad”] Así, cabe destacar la visión moral que subyace en nuestro ordenamiento jurídico moderno y rastrea nuestras ideas legales seculares (constitucionalismo versus anarquismo) hasta sus orígenes teológicos (monaquismo versus antinomianismo). Es un esbozo de una teología política del orden legal moderno.

La impugnación de los valores del derecho y el amor es tanto una preocupación política como religiosa. La preocupación gira en torno a la cuestión central de lo que se necesita para crear un pueblo, ya sea el pueblo de Dios o el pueblo de una nación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Las palabras iniciales de la Constitución Americana comienzan proclamando un tema transtemporal y transgeneracional llamado’Nosotros el Pueblo’. ¿Cómo se llama esta cosa llamada “el pueblo”?

El Pueblo es singular y elástico: se extiende en el tiempo hasta el momento fundacional, y se proyecta en el futuro indefinido hasta el final de los tiempos. El pueblo es el yo en el autogobierno. El proyecto constitucional transforma a los yoes individuales en un yo colectivo y a las personas dispares en un pueblo. Sin esta transformación afectiva y efectiva, no hay autogobierno. Para que el constitucionalismo funcione, el individuo, ‘yo’, tiene que identificarse con el colectivo ‘nosotros’. Lograr esta hazaña no es tarea fácil. ¿Qué podría transformar a las personas en personas?

En el frente religioso, la respuesta de los antiguos israelitas es el pacto. El pacto crea al pueblo de Israel como un pueblo de Dios. La libertad se logra a través de la membresía en la comunidad del pacto; y la membresía en la comunidad del pacto se logra a través de la observancia de la ley. Parado en la cúspide de la tradición judeo-cristiana, Pablo propuso una respuesta diferente, y por lo tanto esculpió el cristianismo del judaísmo. La respuesta de Pablo marcó la transición de la tradición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En contraste con los antiguos israelitas, Pablo planteó una respuesta diferente: no la ley, sino el amor.Entre las Líneas En lugar de la ley, el amor uniría a la nueva comunidad cristiana en libertad.

En el frente político, uno podría ver un movimiento análogo. Por un lado, se podría decir que la Constitución crea un pueblo. La constitución funda una comunidad política, la inviste de autoridad y crea su trans-temporalidad.

Otros Elementos

Por otro lado, como Pablo, uno podría responder: no la ley, sino el amor. Lo que en última instancia sostiene a la nación y vincula a la persona con la nación es el amor a la nación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Un ciudadano necesita llegar a ser uno con la nación de la manera profunda y afectiva que solo el amor puede sostener.

Revisor: Lawrence

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Amor en Relación a Filosofía

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1]

Diversas acepciones

La palabra amor es susceptible de muchos sentidos. Se puede considerar como un puro movimiento del apetito concupiscible o incluso como la mera atracción sexual en el plano simplemente animal, y se puede considerar como uno de los actos de la voluntad humana, el primero de todos ellos. Dentro de este plano de la voluntad, todavía puede entenderse como una tendencia a adquirir lo que nos falta (amor de dominio, el eros griego) y como un impulso a comunicar lo que se posee y a convivir con el amado (a. de comunión, el agapé cristiano). Podemos hablar también del amor divino, tanto del que es propio de Dios y que es causa de todo lo que existe («el amor de Dios es el que difunde y el que crea la bondad en las cosas», dice Santo Tomás en 1 q20 a2), como del amor divino participado en nosotros de modo sobrenatural (la caridad).

Detalles

Por último, pueden considerarse las distintas manifestaciones típicas del amor humano: el amor conyugal, el paterno, el filial, el fraterno, la amistad, etc. Mas a pesar de esta gama tan variada de las realizaciones del amor, hay algo que es esencial y común a todas ellas, y es la inclinación y adhesión a un bien en sí mismo, es decir, independientemente de que se halle ausente (que así engendra el deseo) o de que se encuentre presente y poseído (que así produce el gozo).Si, Pero: Pero conviene declarar mejor todo esto.

Naturaleza del amor

El amor propiamente dicho no se da más que en el ámbito de la vida consciente, sea sensitiva, sea intelectual. No se puede llamar amor en sentido propio a la pura atracción física ni a la inclinación natural. Sin prejuzgar ahora si el conocimiento es previo al amor, o viceversa, lo cierto es que el ámbito del conocimiento y el del amor son coextensivos o convertibles. Desde este punto de vista, el amor puede ser provisionalmente definido como la dimensión tendencial de la vida consciente o, por lo menos, como algo incluido en esa dimensión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Esto supuesto, lo primero que debemos hacer para esclarecer el amor es compararlo con el conocimiento. Después vendrá la consideración de si el amor agota todo el ámbito del apetito consciente o si constituye una parte de ese ámbito.

La diferencia fundamental entre el conocimiento y el amor es la siguiente: tanto el conocimiento como el amor entrañan cierta trascendencia, cierta superación de la individualidad o subjetividad, y se constituyen así en sendas fuerzas unitivas por las que el sujeto que conoce o ama se une con lo conocido o amado; pero de muy distinta manera. El conocimiento entraña una posesión puramente representativa o intencional; por el conocimiento el sujeto se une con lo conocido, pero no en el mismo ser real que lo conocido tiene en sí, sino en el ser representativo u objetivo que tiene en el cognoscente.

Indicaciones

En cambio, por el amor el sujeto tiende a la posesión real de lo amado, a unirse con éste según su ser real y no solo en la representación o en la semejanza. Por esta razón escribe Santo Tomás que «el amor es más unitivo que el conocimiento».

Dejemos para más adelante el sacar partido a este rasgo esencialmente distintivo del amor respecto del conocimiento. Preguntemos ahora si el amor agota todo el ámbito de la dimensión tendencial consciente o solo una parte de él. La respuesta tiene que ser que solo abarca una parte. La inclinación a la unión real es propia de toda tendencia, tanto de la consciente como de la inconsciente. Ahora estamos limitados a la consciente.Si, Pero: Pero precisamente porque ésta es una inclinación a la unión real, no entraña de suyo esa unión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

Se puede buscar la unión sin conseguirla, como se puede seguir inclinado a la unión una vez lograda.Entre las Líneas En la inclinación a la unión real se pueden considerar estos tres casos: primero, inclinación a la unión real todavía no lograda, tendencia a un bien ausente o no poseído con la advertencia explícita de su ausencia o no posesión, y esto es lo que se conoce con el nombre de deseo; segundo, inclinación a la unión real ya lograda, adhesión a un bien presente y poseído con la advertencia de su presencia y posesión, y esto es lo que se entiende con el nombre de gozo o fruición; tercero, finalmente, inclinación a la unión real prescindiendo de su logro o no, tendencia a un bien en sí mismo, sin advertencia explícita de su presencia o de su ausencia, de su posesión o dé su falta, y esto es el amor. De este modo el amor nos aparece como la raíz común del deseo y del gozo; sin el amor no son posibles el deseo y la fruición, pero no se confunde con ninguno de ellos.

Y ahora volvamos a la unión real que el amor procura o mantiene. Amor y unión real son dos términos que se implican y se suponen mutuamente. El amor importa la unión real del amado y del amante, y a su vez esta unión real está suponiendo el amor. Y es que éste se halla precedido, constituido y seguido por aquélla. Santo Tomás lo explica así: «La unión implica respecto al amor una triple relación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Hay una primera unión que es causa del amor, y ésta es: la unidad sustancial, por lo que se refiere al amor con que uno se ama a sí mismo, y la unión de semejanza, por lo que toca al amor con que uno ama a otro. Una segunda unión es esencialmente el mismo amor, y ésta es la unión por sintonía de afectos, la cual se asemeja a la unidad sustancial en cuanto, en el amor de persona, el amante se comporta con respecto al amado como consigo mismo, y en el amor de cosa, como con algo suyo. Una última unión es efecto del amor, y ésta es la unión real que el amante busca con el amado; y esta unión es según la conveniencia del amor; y así cita Aristóteles una frase de Aristófanes que dice que los amantes desean de dos hacerse uno; pero toda vez que sucedería que o los dos o por lo menos uno de ellos se destruirían, busca la unión que es conveniente y adecuada, a saber: la convivencia, el coloquio y otras parecidas».

También debemos tratar aquí de las relaciones entre el conocimiento y el amor. Mirado desde un ángulo, el amor parece preceder al conocimiento, pues toda actividad consciente (también el conocimiento) arranca del amor. Muchas veces deseamos conocer algo, y aquí es claro que el deseo (o el amor) precede a ese conocimiento que vamos buscando.

Puntualización

Sin embargo, mirado desde otro ángulo, el conocimiento precede siempre al amor, pues éste es un impulso hacia el bien conocido; nada se ama si antes no se conoce. La verdad es que hay una mutua implicación entre el conocimiento y el amor. Si se atiende a la especificación o determinación del acto de amar, quien lleva la primacía es el conocimiento, pero si se atiende al ejercicio de dicho acto, la primacía corresponde al mismo amor, al menos en el nivel de la voluntad, que es libre. Por lo demás, cuando deseamos conocer algo partimos ya de algún conocimiento, pues, como dice Santo Tomás: «el que busca la ciencia no la ignora por completo, sino que la conoce en alguna medida, ya sea en general, ya en algún efecto de ella o porque oye alabarla».

División del amor

Centrándonos aquí en el amor humano (el amor divino será estudiado aparte), la primera división que podemos establecer es en sensible e intelectual. El amor sensible está ligado al conocimiento sensitivo y versa sobre los bienes o valores puramente materiales. Así entendido, el amor es una de las pasiones del apetito concupiscible. Por su parte, el amor intelectual está ligado al conocimiento intelectivo y, dado que éste se extiende tanto a lo sensible como a lo suprasensible, también el amor intelectual se dirige ora a los bienes sensibles, ora a los espirituales. Entendiéndolo así, el amor es un acto de la voluntad. Al amor considerado como acto de la voluntad se le llama dilección, que no es otra cosa que un amor electivo o precedido de elección. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). «La dilección -escribe Santo Tomás- añade sobre el amor una elección precedente, como su nombre indica; por lo cual la dilección no se encuentra en el apetito concupiscible, sino solo en la voluntad y únicamente en la naturaleza racional».

Por su parte, el amor intelectual o la dilección puede presentar dos formas esencialmente distintas, a saber: el amor de dominio y el amor de comunión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Veamos el sentido de esta división en un texto de Santo Tomás: «Dice Aristóteles que amar es querer el bien para alguien; y siendo esto así, el movimiento del amor tiene dos términos: el bien que se quiere para alguien (ya sea uno mismo, ya otra persona), y ese alguien para quien se quiere aquel bien. Al susodicho bien se le tiene amor de concupiscencia (o de dominio), mientras que a la persona para quien se quiere ese bien se le tiene amor de amistad (o de comunión). Por lo demás, esta división es análoga o con orden de prioridad o posterioridad. Pues lo que se ama con amor de amistad es amado de manera absoluta y directa, mientras que lo que se ama con amor de concupiscencia es amado de manera relativa e indirecta, es decir, en orden a otro. El ente propiamente dicho es lo que existe en sí, es decir, la sustancia, mientras que el ente en sentido impropio es lo que existe en otro, o sea, el accidente. De parecida manera, el bien que se identifica con el ente, si se toma en sentido propio, es lo que tiene en sí mismo la bondad, y si se toma impropiamente es lo que tiene la bondad en otro.Entre las Líneas En consecuencia, el amor por el que se ama algo que es en sí mismo bueno es amor en sentido pleno; pero el amor con que se ama algo que solo es bueno en orden a otro es amor en sentido deficiente y derivado».

O sea, que el amor de amistad (o de comunión) va hacia su término -en todo caso una persona- estimándolo como un bien sustantivo o en sí, como algo de suyo valioso y de suyo amable, capaz, por tanto, de finalizar de un modo definitivo el impulso amoroso; mientras que el amor de concupiscencia (o de dominio) se dirige a su término -siempre una cosa o un bien material o al menos un accidente- estimándolo como un bien adjetivo o relativo, como algo que solo es amable por referencia a otro -a una persona- capaz de poseerlo o disfrutarlo. Dicho de otra manera: se ama a las personas por sí mismas, por el valor que en sí mismas tienen, y éste es el amor de comunión; pero a las cosas se las ama en orden a alguna persona -que puede ser la misma que ama u otra- y éste es el amor de dominio. Por lo demás, resulta claro que el amor de persona es amor en sentido más pleno y perfecto que el amor de cosa. Aquél se dirige a un término más noble y elevado, que es valorado por sí mismo; éste se orienta a un término más bajo, que no es estimado por sí mismo, sino en orden a otro. Desde otro punto de vista, el amor de persona es más perfecto, porque procede de una fuente más perfecta: la inclinación a comunicar nuestros propios bienes; mientras que el amor de cosa tiene su origen en la inclinación a adquirir lo que nos falta.

Causas del amor

Tres causas se pueden asignar al amor, a saber: el bien, el conocimiento y la semejanza.Entre las Líneas En efecto, siendo el amor una tendencia, debe tener un origen y un término, y así se le podrá buscar la causa por ambos extremos. Pues bien, la causa del amor por parte de su término es el bien; mientras que la causa por parte de su origen es la semejanza. A lo que hay que añadir la condición necesariamente requerida para que el bien ejerza su causalidad propia y que es el conocimiento. Con lo que resultan las tres causas apuntadas.

El bien es la causa objetiva del amor, ya como objeto terminativo, ya como objeto motivo. El amor siempre se dirige a un bien, ya sea real, ya sea aparente. Si alguna vez se ama un mal esto no es sino porque se presenta como bien (bien aparente) o porque se halla ligado a un bien.Entre las Líneas En este último caso, lo que se ama verdaderamente siempre es el bien y no el mal que lleva anejo. Se puede decir que el bien es objeto per se del amor, mientras que el mal solo es objeto per accidens. Por lo demás, si el bien es objeto terminativo del amor es porque previamente es objeto motivo. El bien mueve a la tendencia, no por cierto al modo de la causa eficiente (impulsando), sino al modo de la causa final (atrayendo).

El conocimiento es la condición necesaria para que el bien ejerza sobre la tendencia la causalidad que le es propia. Nada es querido si antes no es conocido; ya sea con un conocimiento perfecto, ya sea con un conocimiento imperfecto, confuso, sumario. Por ello «el conocimiento es causa del amor por la misma razón por la que lo es el bien, el cual no puede ser amado si no es conocido» (Santo Tomás).

Por último, la semejanza es causa del amor atendiendo a su origen.Si, Pero: Pero hay que advertir que la semejanza puede ser doble: una perfecta o en acto (que se da cuando dos sujetos convienen en la misma forma), y otra imperfecta o en potencia (que se da cuando un sujeto tiene una forma y el otro no la tiene, pero aspira a tenerla y está capacitado para recibirla). La primera semejanza es causa del amor de comunión (o de amistad), y la segunda, del amor de dominio (o de concupiscencia). Santo Tomás lo expresa así: «La semejanza, propiamente hablando, es causa del amor.Si, Pero: Pero se ha de notar que la semejanza puede entenderse de dos maneras: una cuando los dos semejantes poseen en acto una misma cualidad…; otra, teniendo uno en potencia y con cierta inclinación a ello lo que el otro posee en acto:.; o también en cuanto que la potencia tiene semejanza con el acto, puesto que en la misma potencia está en cierto modo el acto. El primer modo de semejanza produce el amor de amistad o de benevolencia, puesto que, por lo mismo que dos seres son semejantes, al tener en cierto modo la misma forma, son como uno solo en aquella forma…; y por ello el afecto del uno se dirige hacia el otro como hacia sí mismo, y quiere el bien para el otro como para sí mismo. El segundo modo de semejanza produce el amor de concupiscencia…, porque cada ser existente en potencia, en cuanto tal, tiene naturalmente el apetito de su acto, y si posee sensibilidad y conocimiento, se deleita en su consecución».

Efectos del amor

Entre los efectos del amor, unos son propiamente psíquicos, como la unión, la mutua inhesión, el éxtasis y los celos, y otros son fisiológicos (o que se expresan con imágenes tomadas de lo orgánico), como la licuefacción, la fruición, la languidez y el fervor. Examinémoslos brevemente.

La unión acompaña al amor, ya que éste es una fuerza unitiva. Como decíamos más atrás, la unión entre el amante y el amado precede, constituye y sigue al amor. Lo precede, porque el amor se funda en la unión, ya sustancial (en el amor de sí mismo), ya de semejanza (en el amor de otro). Lo constituye, porque el amor es precisamente una unión afectiva o sintonía de afectos. Y finalmente, lo sigue, porque el amor lleva a la unión real del amante y el amado, pide de dos hacerse uno, aunque siempre según la conveniencia del amor.

La mutua inhesión resulta de la unión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Es un cierto estar del amado en el amante y de éste en aquél; una presencia constante, así en el conocimiento como en el afecto. Y es que el amor pide reciprocidad. Santo Tomás escribe a este respecto: «Esto es lo primero en la intención del amante: que sea correspondido por el amado. A esto tienden, en efecto, todos los esfuerzos del amante, a atraer hacia sí el amor del amado, y si esto no ocurre, es preciso que el amor se disuelva» (Contra Gentiles, III, 151).

El éxtasis es otro efecto del amor. La unión y la mutua inhesión llevan al amante a salir de sí, a vivir en el amado más que en sí mismo; el amado es como otro yo; se vive de él y para él. Y esto es el éxtasis.

Por su parte, los celos son un movimiento de defensa del amor. Como el amante vive fuera de sí, y toda su vida gira en torno al amado, no puede tolerar que le sea arrebatado o dañado ese centro de su vida; y así cela o defiende el objeto de su amor como si se tratara de sí propio.

En cuanto a los llamados efectos fisiológicos del amor conviene advertir que, si en un aspecto pueden considerarse como las repercusiones orgánicas del impulso psíquico correspondiente, en otro pueden también considerarse como las representaciones metafóricas sensibles de los mismos caracteres psíquicos del amor. Esto supuesto, veamos dichos efectos fisiológicos.

El primero es la licuefacción o reblandecimiento del corazón; pues así como el desamor puede representarse como un endurecimiento del alma, como una cerrazón o hermetismo, así su contrario, que es el amor, puede simbolizarse por esa blandura o licuefacción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La compenetración de los amantes, que es una de las consecuencias del amor, es incompatible con la dureza y reclama el reblandecimiento.

Los otros efectos fisiológicos se enumeran atendiendo a la situación del amante respecto del amado. Si el amado está realmente presente y unido al amante, engendra en éste la fruición, el gozo de la posesión; pero si el amado se halla ausente, entonces esta separación produce en el amante, ya esa especial tristeza que se llama languidez, ya ese impulso vehemente hacia el amado que se llama fervor.

Otras concepciones del amor

En lo expuesto hasta aquí se encuentran recogidas las líneas fundamentales de la concepción clásica del amor humano, tal como ha sido elaborada por Santo Tomás de Aquino.Entre las Líneas En ella se integran las aportaciones de la filosofía griega (principalmente el concepto de eros) y las de la filosofía cristiana precedente (sobre todo el concepto de agapé) en una síntesis original muy lograda.Entre las Líneas En la filosofía posterior hay que destacar algunos nombres importantes por su dedicación al tema del amor.Entre las Líneas En el Renacimiento, a Marsilio Ficino, León Hebreo y Giordano Bruno.Entre las Líneas En la filosofía moderna, a Malebranche y Spinoza.Entre las Líneas En la filosofía contemporánea, a Max Scheler, Gabriel Marcel y Ortega, entre otros muchos. Ante la imposibilidad de detenernos en todos esos autores, fijamos nuestra atención en solo dos de ellos: Max Scheler y Ortega y Gasset.

Max Scheler concede al amor un puesto privilegiado. Puede afirmarse que, junto con el concepto de valor y el de persona, el amor es para Scheler el concepto fundamental de la filosofía.

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Como cuestión previa estudia la diferencia entre el amor y la simpatía. El amor se refiere a un valor, mientras que la simpatía es ciega para los valores; el amor es un acto espiritual, mientras que la simpatía es una función de la sensibilidad; por último, el amor es espontáneo mientras que la simpatía es reactiva.

Puntualización

Sin embargo, existen íntimas relaciones entre ambos. Así, en primer lugar, hay que decir que todo simpatizar está fundado en un amor y no a la inversa, y esto hace comprensible que sea imposible odiar y simpatizar en un mismo acto conjunto, y que, en cambio, sea posible simpatizar con alguien a quien no amamos, aunque en este compadecer sin amor surge en la persona compadecida un sentimiento de vergüenza y de humillación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Y en segundo lugar, hay que decir que el nivel (profundo o superficial) en el que se coloca la simpatía por una persona está determinado por el nivel previamente dado del amor por ella.

Las diferencias que encuentra Scheler entre el eros griego y la agapé cristiana le llevan a perfilar mejor el concepto del amor. Según Scheler, para los griegos la esfera racional es superior a la del amor, pues éste es solo una forma del apetito; pero en el cristianismo la esfera del amor es superior a la del conocimiento.

Otros Elementos

Además, en los griegos, el amor es una aspiración de lo inferior a lo superior: el ser amado es más perfecto que el amante y por eso los dioses no aman; en cambio, en el cristianismo, el amor es descendente, va de lo superior a lo inferior.

Detalles

Por último, en los griegos el portador del amor es un acto sensible, un necesitar, y por eso el amor se agota en la realización de lo ansiado; en el cristianismo el amor es un acto del espíritu y crece en la medida de su propio ejercicio. El amor cristiano no nace del resentimiento, como piensa Nietzsche. Viniendo a una caracterización más precisa del amor, Scheler aclara que el amor no se dirige propiamente a un valor, sino al ente que es valioso; además, el amor no es necesariamente social, como la simpatía, pues cabe el amor de uno mismo, que no hay que confundir con el egoísmo. El amor es un movimiento intencional en que, partiendo del valor real que tiene el objeto amado, se realiza la aparición de un valor superior en dicho objeto. No se trata aquí de que el amante lleve a cabo un esfuerzo de mejoramiento de lo amado.

Como dice el propio Scheler: «El amor mismo es quien hace que, con perfecta continuidad, y en el curso mismo de su movimiento, emerja en el objeto el valor más alto en cada caso, como si brotara `de suyo” del objeto amado mismo, sin actitud ninguna de tendencia por parte del amante (ni siquiera un `deseo”)» (Esencia y formas de la simpatía). Y poco después: «El amor es el movimiento en el que todo objeto concretamente individual que porta valores llega a los valores más altos posibles para él con arreglo a su destino ideal; en el que alcanza su esencia axiológica ideal, la que le es peculiar» (op. cit.). El amor no es propiamente amor del bien; el amor del bien es malo, porque conduce al fariseísmo, cuyo precepto fundamental sería éste: «ama al bien o ama a los hombres en cuanto son buenos»; al contrario de esto, el cristianismo ordena amar a todos los hombres, incluso a los malos, pues el amor hace del malo un bueno.

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Ortega y Gasset comienza por caracterizar al amor como un movimiento centrífugo del alma dirigido hacia el objeto amado; este movimiento no es intermitente, sino continuo o fluido, y además está dotado de una cierta temperatura espiritual: frío, tibio, caluroso, abrasador. Este movimiento, por lo demás, lleva a la unión con lo amado, unión que es, más bien que física, espiritual o simbólica; y entraña asimismo, antes que nada, una afirmación de la existencia de lo amado, un estar empeñado en que exista. Ortega resume estas características en el siguiente texto: «El amor es un acto centrífugo del alma que va hacia el objeto en flujo constante y lo envuelve en cálida corroboración, uniéndonos a él y afirmando ejecutivamente su ser» (Estudios sobre el amor).

Ortega, para establecer su propia teoría sobre el amor, lleva a cabo una crítica extensa de la concepción de Stendhal, el cual entiende al amor como una «cristalización» o enriquecimiento imaginario por parte del amante del objeto amado. «Conocida es la metáfora -escribe Ortega- que proporciona a Stendhal el vocablo `cristalización” para denominar su teoría del amor. Si en las minas de Salzburgo se arroja una rama de arbusto y se recoge al día siguiente, aparece transformada. La humilde forma botánica se ha cubierto de irisados cristales que recaman prodigiosamente su aspecto. Según Stendhal, en el alma capaz dé amor acontece un proceso semejante. La imagen real de una mujer cae dentro del alma masculina y poco a poco se va recamando de superposiciones imaginarias, que acumulan sobre la nuda imagen toda posible perfección. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Siempre me ha parecido esta teoría una superlativa falsedad» (op. cit.).

Pormenores

Por el contrario, para Ortega, «el enamoramiento es un fenómeno de la atención, un estado anómalo de ella que en el hombre normal se produce» (op. cit.). Y más adelante: «no se trata, pues, de un enriquecimiento de nuestra vida mental. Todo lo contrario. Hay una progresiva eliminación de las cosas que antes nos ocupaban. La conciencia se angosta y contiene solo un objeto. La atención queda paralítica: no avanza de una cosa a otra. Está fija, rígida, presa de un solo ser» (op. cit.). Por lo demás, esta atención del amor no es pasiva, sino activa. Esta doctrina se corrobora con el examen de la elección en el amor. El amor es una de esas situaciones vitales en las que el hombre revela su ser oculto, su decisiva intimidad. «En la elección de amada, escribe Ortega, revela su fondo esencial el varón; en la elección de amado, la mujer.

El tipo de humanidad que en el otro ser preferimos dibuja el perfil de nuestro corazón. Es el amor un ímpetu que surge de lo más subterráneo de nuestra persona» (op. cit.). Lejos, pues, de transferir al ser amado una serie de perfecciones ideales, el amor descubre las perfecciones que ya tiene ese ser, y que son las que riman con el fondo más oculto del ser del amante. Por eso lo elige y lo prefiere entre los demás. «Es, pues, el amor, por su misma esencia, elección. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Y como brota del centro personal, de la profundidad anímica, los principios selectivos que la deciden son a la vez las preferencias más íntimas y arcanas que forman nuestro carácter individual» (op. cit.).

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

NOTA: Salvo cuando se indica otra cosa, todas las citas de Santo Tomás de Aquino están tomadas de su Summa Theologiae.

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(Nota: véase sobre Platón: conocimiento y amor, y el recuerdo).Entre las Líneas En su forma paradigmática, en filosofía, el eros de Platón, que hace del amor como deseo amoroso o pasión -tal como se entendía en el griego clásico, frente a otros sentimientos parecidos, como los designados con los términos philia, amistad, agapè, amor en general, y philantropía, o amor al hombre en general-, expresión de la tendencia fundamental y constante del hombre hacia el bien (ver texto). Como este anhelo de fusión con el bien no es posible más que por vía del conocimiento, el eros es, a la vez, vehículo de paideia o educación del hombre.

Platón dedica al tema del amor dos de sus diálogos: Banquete y Fedro.Entre las Líneas En el Banquete lo identifica inicialmente con el sentimiento de atracción física en que se basa el modelo de educación griega, en el amor del maestro por el discípulo, lo compara a la misma filosofía y lo personifica en la figura de Sócrates: el amor nace del deseo humano de lo bello y lo bueno (kalós kai agathós), del ansia de felicidad e inmortalidad, y en el trato con los hombres; solo los hombres aman (no los dioses) porque Eros es hijo de Poros (recurso) y Penia (pobreza). Es, pues, carencia y deseo. Pero, porque se realiza por hombres y entre los hombres, es creador; solo por la creación/generación, en la belleza, se alcanza la inmortalidad. Es el camino de la dialéctica en el que el conocimiento es amor, porque uno y otro nacen de la carencia y el deseo (ver texto).

En el Fedro, Platón describe el amor como locura o delirio del hombre por el conocimiento, como recuerdo o reminiscencia de un saber ya adquirido por el alma, que el hombre recupera yendo, a través de la multiplicidad de lo percibido por los sentidos, hacia la unidad de la idea o del concepto (ver texto).

Aristóteles se refiere al amor entre los hombres más como philia, amistad (de la que habla en los libros VIII y IX de Ética a Nicómaco), que como eros, aunque atribuye a todo el universo la antigua idea del amor como fuerza cósmica de los presocráticos, de Empédocles, sobre todo, según la cual la naturaleza entera ama al Primer Motor, como se ama lo que es fin y lo que es perfecto.

La filosofía griega, la platónica sobre todo, da al amor una orientación ontológica y epistemológica a la vez, según la cual se tiende al bien subsistente que es, a la vez, conocimiento. Cuando, con los estoicos y los neoplatónicos, lo anteriormente trascendente se vuelve inmanente a la naturaleza, se difunde la idea de un amor universal a todo hombre, en cuanto en todo hombre hay algo de la divinidad.

El cristianismo continúa la perspectiva ontológica del amor, porque, según la fe cristiana, «Dios es amor» (1 Jn 4, 8), pero añade al cosmopolitismo (la creencia de que el mundo constituye una única comunidad moral, y posiblemente política, en la que las personas tienen obligaciones, en general hacia todas las demás personas del mundo) de los estoicos el amor como mandamiento por sucesos acaecidos dentro de la historia, o del tiempo. Para la Ciudad de Dios, de san Agustín, el sentido de la vida humana individual y el de toda la humanidad no es otro que la lucha o antagonismo entre dos amores: el amor a Dios y el amor a sí mismo.

De esta doble dirección del amor surge la distinción medieval, entre los escolásticos, de amor de benevolencia, desinteresado, y amor de concupiscencia, egoísta, que combina la concepción ontológica del amor con un comienzo de planteamiento psicológico, predominando todavía en esta época la comprensión del amor explicado desde la causa última.

La época moderna, dada ya a la investigación de las causa inmediatas de lo que sucede tanto en la experiencia externa como en la interna, entiende que el amor es un fenómeno de la conciencia que se explica desde sus causas psicológicas. Así, para Descartes, el amor es «una emoción del alma» (ver texto) y, para Hobbes, un movimiento voluntario de la misma naturaleza que el deseo (ver texto).

Spinoza acentúa el componente racional del amor con su teoría del amor Dei intellectualis, que también puede entenderse como el amor intelectual a la naturaleza, esto es, el deseo apasionado de conocer la naturaleza: la culminación de la vida ética es la racionalidad. Unos y otros, no obstante, a diferencia de lo que sucede durante el Renacimiento que ve en el amor, por fuerza de las ideas neoplatónicas, una fuerza cósmica, acentúan el planteamiento psicológico: «el amor es una emoción, una acción unitiva de la voluntad», se lee en Las pasiones del alma (1649), de Descartes. La literatura posterior del s. XVIII y XIX construye monumentos perennes a la pasión amorosa.

Dos aportaciones actuales de notable influencia en diversos campos en la cuestión del amor son el psicoanálisis (véase sobre el enfoque de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, el psicoanálisis en la filosofía, el modelo de psicoanálisis, la teoría del psicoanálisis, la psicología y la terapia psicoanalítica) de Freud y el existencialismo de Sartre.

Según Freud, junto a un instinto (pulsión) de vida, el eros, hay un instinto (pulsión) de muerte, que luego se llamó de thanatos. Aunque estos nombres sean, una vez más, simbólicos, metáforas de la vida que es mezcla de amor y muerte, con mayor precisión puede decirse que el amor es, a un tiempo, deseo y sufrimiento -como ilustran, por lo demás, tantas obras de la literatura universal -, y que las pulsiones amorosas aspiran a una eternidad y término absoluto que constantemente les es negado.

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Para Sartre, el amor es una empresa contradictoria condenada de antemano al fracaso. El hombre, que en el sistema de Sartre es el «ser para sí» (conciencia) es también «ser para otro». El otro aparece en el ámbito de la conciencia como alguien que contempla desde fuera nuestra propia subjetividad. La fuerza de su mirada desconcierta y tendemos a hacer del otro un objeto de conciencia, hundiéndolo en la subjetividad, para evitar sentirnos sometidos a su mirada. Como la libertad del otro es irreductible, debemos asumir, como proyecto la idea de hacernos amar por el otro: si deseamos poseer a los demás, no basta poseer el cuerpo, hay que adueñarse de la subjetividad, es decir, del otro sujeto en cuanto ama. «Amar es, en esencia, el proyecto de hacerse amar». La empresa es imposible y siempre condenada al fracaso, porque
hacerse con la subjetividad del otro es hacerse con su libertad, y ofrecerse a la libertad del otro es constituirse en objeto, alienar la propia libertad. Es una empresa de dioses, imposible para el hombre, y por eso «el hombre es una pasión inútil».

Platón: el amor consiste en desear poseer el bien siempre

Pues el amor, Sócrates -dijo-, no es amor de lo bello, como tú crees.

-¿Pues qué es entonces?
-Amor de la generación y procreación en lo bello.
-Sea así -dije yo.

-Por supuesto que es así -dijo. Ahora bien, ¿por qué precisamente de la generación? Porque la generación es algo eterno e inmortal en la medida en que pueda existir en algo mortal. Y es necesario, según lo acordado, desear la inmortalidad junto con el bien, si realmente el amor tiene por objeto la perpetua posesión del bien.

El banquete, 207a (Diálogos, III, Fedón, Banquete, Fedro, Gredos, Madrid 1986, p. 255). (1)
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Recursos

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Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre amor en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
  2. Diccionario de filosofía.

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    1996-99. Empresa Editorial Herder S.A., Barcelona. Autores: Jordi Cortés Morató y Antoni Martínez Riu.

Véase También

Bibliografía

S. TOMÁS, Summa Theologiae, 1-2, q26, 27, 28; I (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). BOFILL, La escala de los seres o el dinamismo de la perfección, Barcelona 1950; 1. DE FINANCE, Ensayo sobre el obrar humano, Madrid 1966; MAx SCHELER, Esencia y formas de la simpatía, Buenos Aires 1957; fD, Amor y conocimiento, Buenos Aires 1960; j. GuiTTON, Ensayos sobre el amor humano, Madrid 1957; j. ORTEGA Y GAssET, Estudios sobre el amor, Madrid 1941; P. ROUSSELOT, Pour i’histoire du problame de Pamour au Moyen Age, Münster 1908; H. D. SimoNiN, Autour de la solution thomiste du probléme de Pamour, París 1932.

Traducción al Inglés

Traducción al inglés de Amor: Love

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