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Condiciones Sociales de los Obreros en la Revolución Industrial

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Condiciones Sociales, de Vida y Trabajo, de los Obreros en la Revolución Industrial

Este elemento es una profundización de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs] Nota: Consulte asimismo la información acerca de la Revolución Industrial, así como sus consecuencias y la industrialización en general.

Condiciones laborales de los trabajadores durante la Revolución Industrial (Siglo XIX)

En sus visitas a Inglaterra durante la década de 1830 la escritora y revolucionaria Flora Tristán (1803-1844) quedó asombrada al ver las condiciones de vida de los trabajadores de las fábricas:

“La esclavitud ya no es, a mi juicio, el mayor de los infortunios humanos desde que conozco el proletariado (la clase obrera industrial; el término pasó a ser de uso general después de que se popularizara en los escritos de Karl Marx) inglés; el esclavo está seguro de su pan toda su vida y de recibir cuidados cuando está enfermo; en cambio, no existe lazo alguno entre el obrero y el patrono inglés. Si este no tiene trabajo que dar, el obrero muere de hambre; si cae enfermo, sucumbe entre las pajas de su jergón… Si envejece o si a resultas de un accidente queda lisiado, es despedido y tiene que mendigar furtivamente, por miedo a ser detenido.”

Revolución Industrial y Prostitución

Para las mujeres, el desempleo significaba un destino todavía más diabólico, señalaba Flora al observar a las prostitutas que pululaban por las aceras de Waterloo Road. «En Fondres —escribía—, todas las clases están profundamente corrompidas».Entre las Líneas En su afán por descubrir en qué consistía el sistema de gobierno que permitía todos esos horrores, dejó perplejo a un diputado tory al pedirle que le prestara uno de sus trajes para poder asistir a una sesión del Parlamento en la galería pública (el acceso de las mujeres no estaba tolerado). Al final logró entrar vestida de joven turco; aunque el disfraz no engañara a nadie, los ujieres la dejaron pasar. Oyó un discurso del duque de Wellington («frío, soso, cargante»), pero sus palabras no le proporcionaron esclarecimiento alguno. Las máquinas de las nuevas fábricas la impresionaron, pero pensó que el daño que infligían a los seres humanos era espantoso.

El viejo y el nuevo continente

Nacida el 7 de abril de 1803 de madre francesa y padre peruano —la pareja se había conocido en España, donde su madre había llegado «huyendo de los horrores de la revolución»—, Flora Tristán llevó una vida muy azarosa entre el viejo y el nuevo continente. Su padre, un terrateniente amigo de Simón Bolívar que afirmaba ser descendiente de Moctezuma, sirvió en el ejército español, pero murió en 1807, dejando a su viuda y a su hijita en una dificilísima situación financiera. La pareja había celebrado una boda religiosa, que no era reconocida en Francia, donde solo tenían validez las ceremonias civiles, de manera que técnicamente Flora era hija ilegítima. Obligada a vivir en un barrio pobre de París, logró encontrar un trabajo asalariado, coloreando los grabados de un artesano, André Ghazal (1796-1860), propietario de un taller en Montmartre. El grabador se enamoró de la joven y se casó con ella en 1821. Flora tenía diecisiete años y André veinticuatro. El matrimonio fue un fracaso. Ella encontraba a su marido aburrido, inculto e irresponsable, aficionado al juego y siempre cargado de deudas. El pensaba que la joven «se daba demasiados aires».Entre las Líneas En 1825, embarazada de su tercer hijo, Flora abandonó el domicilio conyugal, afirmando que su madre la había obligado a contraer un matrimonio que no había sido más que una «infinita tortura».

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El divorcio era ilegal en Francia; como esposa, Flora era a ojos de la ley una menor carente de derechos y de propiedades.Entre las Líneas En 1828, Ghazal accedió a concederle legalmente la separación de bienes. Tres años después, empezó a perseguirla con la pretensión de recuperar a sus hijos —dos niños y una niña, Aliñe—, sobre los cuales, según la ley, era el único que tenía derecho de tutela. Mientras Flora estaba en Perú, donde había viajado con el fin de recuperar los bienes de su familia, Ghazal localizó a Afine en un internado y la raptó. Además empezó a publicar panfletos difamatorios contra Flora. «No posee ninguna de las virtudes que confieren valor a una hija, a una esposa, a una pariente, o a una mw/fr de calidad —se quejaba Chazal—. Para ella los lazos familiares, las obligaciones de la sociedad y los principios de la religión constituyen un bagaje inútil, del que se deshace con una audacia que por fortuna es bastante rara».

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De manera harto inquietante, diseñó una lápida funeraria para Flora, compró un par de pistolas, y empezó a hacer ejercicios de tiro. Se hizo parroquiano de una taberna situada justo enfrente del piso que Flora ocupaba en París. El 10 de septiembre de 1838 la vio pasar por la calle, se acercó a ella por la espalda y le descerrajó un tiro a bocajarro. La bala la alcanzó en el costado izquierdo, pero no la mató. Flora recibió cuidados médicos y aunque logró recuperarse, los doctores no extrajeron nunca la bala de su cuerpo. Chazal fue detenido, hallado culpable de intento de asesinato y condenado a veinte años de trabajos forzados.

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Para Flora Tristán, la situación de una esposa atrapada en un matrimonio desdichado, como la del operario de una fábrica inglesa, no era mejor que la de un esclavo.Entre las Líneas En noviembre de 1837, en su libro Peregrinaciones de una paria, ponía en la picota a su marido y decía a toda mujer casada que se hallara atrapada en un matrimonio desgraciado: «Sopesa la cadena que te hace… esclava [de tu marido] y ve si… la puedes romper». Empezó a reclamar a la Cámara de los Diputados la legalización del divorcio: «Hasta ahora – decía en 1843— la mujer no ha contado para nada en las sociedades humanas… El cura, el legislador, el filósofo, la han tratado como una verdadera paria. La mujer (y hablamos de la mitad de la sociedad) ha sido excluida de la Iglesia, ha sido excluida de la ley, ha sido excluida de la sociedad» (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Buscando ideas con las que justificar su postura cada vez más radical, Flora empezó a leer las obras del socialismo utópico, principalmente de autores franceses como Charles Fourier (1772-1837), que desde la Revolución de 1789 habían intentado dibujar los contornos de la sociedad ideal. No le impresionó demasiado lo que encontró en ellas. «Muchas personas, entre las que me cuento —decía en 1836—, consideran que la ciencia de M. Fourier es muy oscura».

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Además, pensaba, el utopismo «paralizaba toda acción» por parte de los obreros.Entre las Líneas En sus viajes por Francia a menudo contó con la ayuda de los compagnonnages, que llegaron a considerarla su «madre», pero la consternación que le causaron sus divisiones internas y sus disputas se convirtió para ella en un acicate más para crear un movimiento obrero unido. «¡Aislados sois débiles y caéis agobiados bajo el peso de toda clase de miserias! —les decía —. Pues bien, salid de vuestro aislamiento: ¡Unios! La unión hace la fuerza. Tenéis a vuestro favor el número, y el número significa ya mucho».

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A sus críticos los molestaba ya el simple hecho de que se atreviera a desafiar la supremacía masculina mediante sus melodramáticos pronunciamientos y su enérgica independencia. Más chocante incluso resultaba su defensa de la crianza colectiva de los hijos y su aceptación de la creencia de Fourier en que las relaciones sexuales permanentes iban en contra de la naturaleza humana.

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Además, la terrible experiencia que había tenido con su marido la llevaron a rechazar las relaciones con los hombres, y a buscar refugio en las amistades íntimas con otras mujeres, en las que, a su juicio, no entrarían en juego las relaciones de poder. Las mujeres, afirmaba, debían tener derecho a voto, lo mismo que todos los hombres adultos, así como derecho al trabajo y a la educación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La emancipación de la mujer estaba estrechamente ligada a la emancipación de los trabajadores; al final, unas y otros alcanzarían juntos el triunfo. Exhortaba a los obreros a hacer una declaración de los derechos de la mujer, del mismo modo que sus padres habían hecho la declaración de los derechos del hombre en 1791. Si se eliminaban las desigualdades de poder entre hombres y mujeres habría salario igual por trabajo igual. No sería más que el reconocimiento del hecho de que «en todos los oficios en los que se requiere destreza y agilidad de los dedos, las mujeres hacen el doble de tarea que los hombres». Flora no vivió para ver sus ideas puestas en práctica. Cogió el tifus en una visita que efectuó a Burdeos en 1844 y murió poco tiempo después, el 14 de noviembre, con solo cuarenta y un años. Su recuerdo siguió vivo entre los trabajadores y volvió a salir a la superficie en 1848. Su hija, Aliñe, se casó en 1846 con Clovis Gauguin, un periodista republicano que murió tres años después camino del Perú. Su hijo, Paul Gauguin (1848-1903), que permaneció en Perú con Aliñe siete años, gracias a las ayudas de la familia, se convertiría más tarde en un afamado pintor cuyas peregrinaciones por todo el mundo quizá debieran mucho al hecho de haberse criado en dos continentes.

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En gran medida Flora Tristán tenía razón al criticar la falta de realismo de los representantes del socialismo utópico.Si, Pero: Pero eso no significa que no pensaran en la manera de plasmar sus ideas en la realidad. Fundamental para muchos de ellos era la creencia de que mediante el establecimiento de comunidades humanas perfectas, mostrarían el camino hacia el futuro, un camino tan racional y tan armónico que en todas partes la gente optaría rápidamente por seguirlo. Charles Fourier, por ejemplo, en su tratado “El nuevo mundo industrial y societario”, publicado en 1829, proponía la fundación de lo que él llamaba «falansterios» o falanges, en los que debían vivir unas 1.600 personas, hombres, mujeres y niños, llevando una vida en común basada en la compartición de servicios sociales colectivos. Arquitecto, estadístico y rico por su casa, Fourier creó una comunidad de este tipo a las afueras de París en 1832, aunque sus integrantes no tardaron en pelearse y en apartarse cada vez más de las ideas de su fundador. Posteriormente sus discípulos establecerían otras comunidades en Estados Unidos. Irremediablemente tal vez, la mayoría de ellas no duraron más que unos cuantos años, o se convirtieron en colonias más convencionales basadas en principios muy alejados de los de su fundador.

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Ideas similares propuso el abogado y periodista Étienne Gabet (1788-1856), hombre de origen humilde que había tomado parte en la revolución de 1830 y había ejercido como diputado de la oposición a comienzos de la década de 1830. Más decididamente igualitario que Fourier, en su famoso Viaje por Icaria (1840) contemplaba una comunidad en la que todo el mundo trabajaba por igual y recibía por ello las mismas recompensas, todo el mundo podía votar, y todas las propiedades eran poseídas en común.Entre las Líneas En eso consistía el «comunismo», término inventado por él. El inconveniente de su receta utópica (idealista, irreal; el término procede del libro “Utopía” de Sir Thomas More, que imagina una sociedad perfecta pero inalcanzable) era que todo el mundo tenía que obedecer las leyes de la comunidad y que por fuerza solo debía haber un periódico, cuya función era expresar la opinión común de los miembros de la comunidad. El deseo de libertad, advertía, era «un error, un vicio, un mal grave» nacido del «violento odio».Entre las Líneas En 1848, desesperado por no poder poner en práctica sus planes en Europa, partió acompañado de un grupo multinacional de seguidores, en su mayoría menestrales, rumbo a Estados Unidos, donde fundó varias comunas icarianas. Casi todas ellas tuvieron una vida muy corta. Sus normas, entre las cuales estaba la terminante prohibición de fumar, eran demasiado estrictas para muchos de sus miembros; el propio Gabet fue expulsado de una de ellas poco antes de su muerte en 1856. Daba la impresión de que el mero establecimiento de comunidades utópicas no bastaba para convencer a la humanidad de su utilidad. Se necesitaba algo más.

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Una forma de causar impacto fue la que desarrolló otro grupo de socialistas utópicos, el de los sansimonianos, fundado por Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint- Simon (1760-1825), que tuvo una carrera bastante más accidentada que la de la mayoría: había estado al servicio de Washington en Yorktown en 1781, se había librado por poco de la guillotina durante la Revolución de 1789, y fue tenido por lunático y encerrado junto con el marqués de Sade (1740-1814) en el asilo de Gharenton. Posteriormente siguió llevando una vida muy ajetreada, intentando incluso quitarse la vida en 1823 por medio de un disparo. Su principal preocupación era desarrollar una forma racional de religión en la que la gente consiguiera la vida eterna «trabajando con todas sus fuerzas por mejorar la situación de sus semejantes». Atrajo a numerosos seguidores, incluidos no solo carbonarios, sino también muchos individuos instruidos, cultos y de talento, en particular gente relacionada con el futuro mundo de la industria, como ingenieros, técnicos, banqueros, etcétera. Entre sus obras cabría citar “Industry” [La industria] (1816-1818) y El sistema industrial (1821-1822). El secretario de Saint-Simon fue Auguste Gomte (1798-1857), posterior fundador de la sociología. También este fue un hombre de vida ajetreada; fue acogido en un asilo para locos durante un breve período e intentó suicidarse en 1827 arrojándose al Sena desde un puente. No tuvo más suerte que su señor a la hora de quitarse la vida y vivió treinta años más; siguió los pasos de Saint-Simon inventando una nueva «religión de la humanidad» y acuñando el término «altruismo». Su obra en seis volúmenes “Curso de filosofía positiva”, publicada entre 1830 y 1842, tendría una repercusión enorme no solo en Francia, sino también en otros países a través de la doctrina sociológica del «positivismo».

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El movimiento creado por Saint-Simon sobrevivió a su muerte, acontecida en 1825. El liderazgo (véase también carisma) del grupo fue asumido por Prosper Enfantin (1796-1864), cajero de banco de profesión, que había capitaneado un grupo de seguidores entusiastas de Napoleón ofreciendo resistencia armada a los aliados cuando estos invadieron París en 1814, para unirse después a los carbonarios. Enfantin afirmaba que la mejora de «la clase más pobre y más numerosa» era voluntad de Dios.Si, Pero: Pero la iniciativa en esta labor debían asumirla los científicos, los ingenieros y los industriales. Posteriormente Enfantin llegó a director del ferrocarril París-Lyon.Entre las Líneas En 1834 otro sansimoniano, el antiguo carbonario y editor Pierre Leroux (1797-1871), introdujo el término «socialismo» en el vocabulario político francés (inventó también la palabra «solidaridad»). Muchos discípulos de Saint-Simon desempeñarían un papel significativo en la vida industrial, económica y académica de Francia durante las décadas de 1850 y 1860. Sus ideas influirían además en los escritos de Louis Blanc (1811-1882), preceptor del hijo del dueño de una fundición de acero.Entre las Líneas En 1839, Blanc publicó un libro enormemente popular, “The Organizaron of Labour” [La organización del trabajo], que proponía la creación de fábricas basadas en el reparto de beneficios entre los trabajadores y financiadas inicialmente mediante préstamos (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Blanc rechazaba los aspectos jerárquicos de la filosofía de Saint-Simon y sustituyó el eslogan de este, «A cada uno según sus obras», por otro nuevo: «A cada uno según sus necesidades».

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Entre los exponentes del socialismo utópico (idealista, irreal; el término procede del libro “Utopía” de Sir Thomas More, que imagina una sociedad perfecta pero inalcanzable) destacó, sobre todo Fourier, que planteaba la identidad de la emancipación de la mujer y la emancipación del ser humano en general, creencia que compartía con Flora Tristán: «Fa extensión de los privilegios a las mujeres – decía— constituye el principio general de todo progreso social». Fourier comparaba también a las mujeres con los esclavos: el matrimonio era para ellas una «esclavitud conyugal».Entre las Líneas En el falansterio, las mujeres debían tener unos derechos plenamente iguales a los de los hombres y debían ser libres de casarse y de divorciarse cuando quisieran. Del mismo modo que Gabet inventó el término «comunismo», Fourier inventó la palabra «feminismo». Esos sansimonianos estaban preocupados asimismo por el lugar que ocupaban las mujeres en la sociedad. Enfantin proclamó que «la emancipación de la mujer» era el objetivo central de la nueva iglesia que pretendía dirigir.

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No obstante, en este concepto incluía la «rehabilitación de la carne», y en 1832 su defensa de la emancipación sexual de la mujer le acarreó una condena por ofender la moralidad pública. Mucho más convencional fue Gabet, que, de manera acaso sorprendente, pensaba que la principal unidad constituyente de la sociedad comunista debía ser no ya el individuo, sino la pareja heterosexual casada y sus hijos, de modo que la crianza colectiva de los hijos no entraba en su visión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Toda mujer debía recibir una educación, pero el objetivo de esa educación debía ser hacer de ella «una buena hija, una buena hermana, una buena esposa, una buena madre, una buena ama de casa y una buena ciudadana».

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El socialismo utópico (idealista, irreal; el término procede del libro “Utopía” de Sir Thomas More, que imagina una sociedad perfecta pero inalcanzable) no estuvo confinado a los pensadores franceses. El galés Robert Owen (1771-1858), nacido en un hogar humilde, llegó a ser director de una fábrica y se hizo cargo de una empresa textil de New Lanark, cerca de Glasgow, tras casarse con la hija del propietario y crear un consorcio para comprar su parte. Owen consideraba que los obreros llevaban una vida disoluta y degradada, de modo que creó escuelas para los niños y abrió la primera tienda en régimen de cooperativa de la historia, que vendía productos a los trabajadores a precios baratos y repartía los beneficios con ellos. New Lanark se hizo famosa como modelo de comunidad fabril, e indujo a Owen a declarar en 1827 que podía convertirse en una base para el establecimiento de cooperativas en todo el mundo industrializado. Su misión consistía en superar la «individualización» del ser humano que generaba la industria y sustituir esa sociedad atomizada por lo que él denominaba una sociedad «socialista»: aquella fue la primera vez que se utilizó este término en inglés. Owen realizó importantes inversiones en experimentos comunitarios en Estados Unidos, sobre todo en la colonia de New Harmony, que conoció un breve esplendor entre 1824 y 1829. Sus ideas tuvieron una influencia considerable entre los nuevos trabajadores de la industria en Gran Bretaña.Si, Pero: Pero finalmente Owen se retiró para dedicarse a otra obsesión de los impulsores del socialismo utópico, a saber, la fundación de una nueva iglesia. Se convirtió así en el autodenominado «padre social de la sociedad de los religionistas racionales», antes de pasarse al esplritualismo y gozar de conversaciones con las sombras de Benjamin Franklin y Thomas Jefferson hasta que él mismo se fue al más allá en 1858.

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Owen, Fourier, Gabet y otros pensadores utópicos propagaron sus ideas a trabajadores como el sastre alemán Wilhelm Weitling (1808-1871), que en obras tales como Humanity: As it is and as it stould be [Fa humanidad: cómo es y cómo debería ser] (1838) y The Cospel of Poor Sinners [El evangelio de los pobres pecadores] (1845) remontaba el comunismo a las doctrinas del cristianismo primitivo y proponía imponérselo a la fuerza a la sociedad mediante una sublevación milenarista de 40.000 criminales convictos.

Puntualización

Sin embargo, pocos fueron los exponentes del socialismo utópico (idealista, irreal; el término procede del libro “Utopía” de Sir Thomas More, que imagina una sociedad perfecta pero inalcanzable) con raíces en el mundo de los menestrales, por no hablar del mundo de la nueva clase obrera industrial.

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Cuando fue así, como ocurrió con el artesano francés Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), hijo de un tonelero empobrecido, que empezó trabajando como cajista de imprenta, sus ideas fueron muy distintas de las de teóricos como Enfantin. Despedido del trabajo en 1830, Proudhon se embarcó en una carrera como escritor, exponiendo a lo largo de una amplia serie de libros y panfletos lo que él llamaba «una filosofía del pueblo».Entre las Líneas En su obra ¿Qué es la propiedad?, publicada en 1840, respondía a la pregunta planteada en el título con una célebre afirmación: «La propiedad es un robo». Con esta frase no pretendía desdeñar toda la propiedad privada; antes bien, lo que quería era que la sociedad poseyera todas las propiedades, pero arrendarlas para evitar la especulación y la distribución no equitativa.

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No obstante, esa declaración suya resonaría como un eco a lo largo del siglo en los oídos tanto de socialistas, como de comunistas y anarquistas. Proudhon se oponía vehementemente a la igualdad de la mujer. [rtbs name=”estudios-de-la-mujer”] Si la mujer conseguía unos derechos iguales a los de los hombres, sostenía, estos lo considerarían algo «odioso y feo», y significaría «el fin de la institución del matrimonio, la muerte del amor y la ruina del género humano». «Entre la ramera y el ama de casa —concluía— no hay punto medio».

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En este y en otros aspectos, las ideas de Proudhon eran muy distintas de las de la mayoría de los socialistas utópicos. Lo que tenían en común con ellos, sin embargo, era la determinación de abordar el nuevo mundo político creado por la Revolución Francesa de 1789 y el nuevo mundo económico y social que estaban creando en toda Europa los avances de la industrialización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Esa determinación era compartida por algunas variantes del hegelianismo, una tradición distinta, más académica, de pensamiento radical, de la primera mitad del siglo xix. Georg Friedrich Hegel (1770-1831), que creció en el suroeste de Alemania bajo la influencia de la Ilustración, fue un admirador de la Revolución Francesa y de Napoleón, de cuya entrada en Jena al término de la batalla fue testigo en 1806. Tras ocupar varios puestos docentes, en 1818 Hegel fue nombrado catedrático de Filosofía de la Universidad de Berlín, donde permanecería hasta su muerte, víctima del cólera, en 1831. Ateo como era, sustituyó el concepto de Dios por la idea de «Espíritu Universal» de racionalidad, que, según él, llevaba a cabo sus fines a lo largo de la historia mediante un proceso que él denominaba «dialéctico», en el que una determinada situación histórica era sustituida por su antítesis, y luego ambas se combinaban para crear una síntesis final. A medida que fue haciéndose más conservador, Hegel empezó a considerar el estado de Prusia posterior a 1815 como una «síntesis» que no necesitaba ninguna alteración más. No es de extrañar que no tardara en ser llamado el «filósofo del estado prusiano».

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

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Pero su idea fundamental de progreso histórico ineludible tuvo un atractivo considerable para los radicales de muchos países de Europa.Entre las Líneas En Polonia, el historiador del arte Józef Kremer (1806-1875) propagó las ideas de Hegel en sus Letters jrom Cracow [Cartas desde Cracovia], el primer volumen de las cuales fue publicado en 1843. El filósofo francés Victor Cousin (1792-1867) fue en peregrinación a visitar a Hegel en 1817. «Hegel, dígame la verdad —le rogó —. Quiero trasladar a mi país todo lo que esté en condiciones de entender». El gran filósofo, después de meterse entre pecho y espalda buena parte de los Philosophicalfragments [Fragmentos filosóficos] de Cousin, no quedó demasiado bien impresionado. «M. Cousin comentó con desdén— tomó prestado de mí un poco de pescado, pero luego lo ahogó en su propia salsa».

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En el ámbito emergente de la intelligentsia de Rusia durante las décadas de 1830 y 1840, como luego recordaría Aleksandr Herzen, autor de ¿Quién es culpable? (1845-1846), una de las primeras novelas sociales rusas, los escritos de Hegel eran discutidos hasta altas horas de la madrugada. «Cualquier folleto insignificante… en el que simplemente se hiciera mención de Hegel era encargado y leído hasta que quedaba hecho trizas, descolorido y se caía a pedazos en unos cuantos días». La dialéctica de Hegel acentuaba las vagas percepciones existentes de las diferencias entre Oriente y Occidente y obligaba a los intelectuales rusos a tomar postura. El crítico literario Iván Kiréyevski (1806- 1856), cuyo religioso padre era tan vehementemente hostil al ateísmo de Voltaire que compraba múltiples copias de los libros del escritor francés con el único fin de quemarlas en grandes montones en su jardín, asistió a las clases de Hegel en Berlín y llegó a la conclusión de que Rusia estaba destinada a pertenecer a Oriente, fundamentando su sociedad en el colectivismo y no en el individualismo, y edificando su carácter moral sobre las doctrinas de la Iglesia ortodoxa.

Puntualización

Sin embargo, la filosofía de la historia de Hegel convenció a otros de que Rusia se encontraba en una trayectoria predeterminada hacia un futuro liberado mediante la adquisición de las libertades habituales en Occidente. El joven crítico literario Visarión Belinski (1811-1848) empezó a poner la etiqueta de «chino» a todo aquello que consideraba atrasado en la cultura y la política de su tierra natal. Herzen extrajo unas consecuencias similares de la lectura de Hegel, pero no llegó a defender la revolución por métodos violentos para conseguirlas.

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Ese fue el paso que dio el más radical de los hegelianos rusos, Mijaíl Bakunin (1814-1876), que se empapó de las obras del filósofo alemán en su época de estudiante en Moscú (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Bakunin era un hombre de carácter violento, volcánico, calificado por su amigo Belinski de «naturaleza profunda, primitiva, leonina», aunque también destacaba por «sus exigencias, su infantilismo, su petulancia, su falta de escrúpulos y su insinceridad».Entre las Líneas En 1842, a la sazón en París, Bakunin publicó un extenso artículo exhortando a la «realización de la libertad» y atacando «los restos marchitos y podridos de la convencionalidad». El artículo exhalaba un espíritu hegeliano tan abstracto que muchas de sus secciones resultaban casi incomprensibles.Si, Pero: Pero concluía con una escalofriante profecía del extremismo anarquista violento cuyo padre fundador fue el propio Bakunin: «La pasión por la destrucción es también una pasión creadora». Esos sentimientos expresaban la influencia de un grupo de filósofos alemanes llamados los Jóvenes Hegelianos, cuyo ateísmo dio lugar a su expulsión por orden del piadoso rey Federico Guillermo IV de Prusia (1795-1861), poco tiempo después de su ascensión al trono en 1840 (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Bakunin los conoció en París y publicó su artículo en una de las efímeras revistas que fundaron, concretamente en una cuyo editor era Arnold Ruge (1802-1880). Fue también en París donde Bakunin conoció a otro hegeliano, Karl Marx (1818-1883), que se convertiría en su gran rival en el pequeño y apasionado mundo de los activistas y pensadores revolucionarios durante casi el resto de su vida.

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Informaciones

Los dos se cayeron mal a primera vista. Marx, como recordaría más tarde Bakunin, «dijo que yo era un idealista sentimental, y tenía razón. Yo le dije que él era un tipo siniestro, vanidoso y traicionero; y también tenía razón».

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A la larga, sería Marx el que acabaría por tener más influencia. Nacido en el extremo occidental de Alemania, en la ciudad provinciana de Tréveris, pequeña y decadente, en Renania, Karl Marx empezó a gravitar en torno a los Jóvenes Hegelianos de la universidad de Berlín, uno de los cuales, Ludwig Feuerbach (1804-1872), fue la fuente de su famosa afirmación: «Hasta ahora los filósofos solo han interpretado el mundo; pero de lo que se trata es de cambiarlo». Marx se dedicó a escribir por cuenta propia, componiendo artículos para un periódico radical recientemente fundado, con sede en Colonia, el Rheinische Zjzitung. El periódico no tardó en ser cerrado por las autoridades en abril de 1843, y tres meses después Marx se trasladó a París. La lectura de las obras de economía política inglesa agudizó su pesimismo en lo referente a las perspectivas económicas de la clase obrera. Y la lectura de las obras de los socialistas franceses lo llevaron a ver en la abolición (nota: el abolicionismo es una doctrina contra la norma o costumbre que atenta a principios morales o humanos; véase también movimiento abolicionista y la abolición de la esclavitud en el derecho internacional) de la propiedad privada y en el establecimiento de formas colectivas y comunales de trabajo el camino para superar la alienación del trabajo de los obreros mediante la apropiación de su producción por parte de los patronos. El trato con los radicales de París puso además a Marx por primera vez en contacto con Friedrich Engels (1820-1895), que se convertiría en su colaborador de por vida. Marx escribió a lo largo de la década de 1840 varias polémicas que reflejaban el talante intratable de los círculos de emigrados en los que se movía.Si, Pero: Pero eran los socialistas como Proudhon los que llevaban la iniciativa, situación que la vehemente crítica de las ideas del francés escrita por Marx, La miseria de la filosofía (1847), no tendría la menor oportunidad de cambiar.

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No obstante, todas esas ideas, basadas en el legado de la Ilustración (movimiento intelectual del siglo XVIII, que también recibe el nombre de Siglo de las Luces; véase sus características) del siglo XVIII y de la Revolución Francesa, desempeñarían un papel importante en los acontecimientos revolucionarios que iban a poner fin a la década.

Fuente: la lucha por el poder, distribuido en archive.org

Revolución Industrial e Industrialización

Véase también la entrada sobre el impacto y las consecuencias de la industrialización.

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