Conflictos Políticos
Este elemento es un complemento de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre los conflictos políticos. Puede ser de interés la siguiente información más general:
- El Conflicto Social.
- Desigualdad de Oportunidades
- Conflictos Sociales en América Latina
- Desigualdad de Ingresos
- El Conflicto Social en Sociología.
Visualización Jerárquica de Conflicto Social
Asuntos Sociales > Vida social > Vida social
A continuación se examinará el significado.
¿Cómo se define? Concepto de Conflicto social
Véase la definición de conflicto social en el diccionario.
Conflictos Políticos y de Poder
Conflictos de poder
En busca de una definición
Los análisis que acabamos de mencionar, que tienen el gran mérito de reintroducir la existencia del conflicto en el seno de las organizaciones, contienen sin embargo cierta ambigüedad; el uso que se hace del término “poder”, que prácticamente se confunde con el de “influencia”, lo demuestra claramente. La capacidad de un actor para modificar el comportamiento de otro en función de sus propios objetivos define su influencia, y este término se opone claramente al de autoridad, que por el contrario introduce la existencia de una regla central aplicada por delegación. Pero ninguna empresa es un puro mercado de influencia. Ninguna está desprovista de reglas y normas. La influencia sólo puede ejercerse dentro de este orden, y por tanto dentro de un sistema de poder. El poder es la capacidad de imponer modos de relación social y, en particular, relaciones de autoridad. Decide sobre los fines comunes. Los conflictos organizativos son, por una parte, tensiones dentro de un sistema social y, por otra, formas de competencia e influencia. No pueden identificarse con los conflictos cuyo objeto es el poder, la capacidad de imponer fines, y por tanto formas de organización, a toda una comunidad que ocupa un determinado territorio, definido de forma más o menos directa.
Esto nos lleva al meollo del problema: los conflictos sociales no son ni rivalidades entre actores independientes, ni tensiones entre actores definidos por la diferenciación de estatus y papeles dentro de una organización. Si bien es cierto que las organizaciones más modernas son más complejas y, por tanto, albergan más conflictos internos y limitados, también lo es que son sistemas políticos cada vez más poderosos, orientados a una creciente acumulación de recursos y capacidad de decisión en manos de los dirigentes.
Si el cambio social fuera simplemente una cuestión de adaptación a las condiciones cambiantes, habría competencia y rivalidad, además de tensión, y no habría conflicto social. Pero el cambio es ante todo inversión, extracción de recursos consumibles y su utilización al servicio de lo que no existe y que varía en función de los valores de la sociedad. Esta es la primera cara del conflicto social, la lucha entre la inversión -económica o no- y el consumo. Pero este repliegue presupone y crea a la vez el poder del grupo dirigente. Al mismo tiempo que trabaja para el futuro, disfruta de la gestión de los bienes acumulados e identifica su poder con los valores de la comunidad. Esta es la otra cara del conflicto social: la lucha del pueblo contra el privilegio.
El conflicto de clases enfrenta a una “base” de agentes económicos con quienes controlan el uso de los recursos invertidos en un proyecto de desarrollo social. Por un lado, la base social defiende su consumo, su presente particular, frente a la inversión en un futuro, pero también se opone a la apropiación de los recursos acumulados por parte de la clase dominante. Al mismo tiempo, la clase dominante es a la vez un instrumento de “progreso” que actúa en nombre de los valores sociales y lo que los sociólogos llaman un “patrón de gratificación diferida” de un grupo particular que utiliza parte de los recursos acumulados en su propio beneficio, de una forma que no se ajusta a las exigencias de los valores de progreso reconocidos por la sociedad. La lucha de clases está presente en todas las sociedades, ya que surge de la contradicción entre consumo y acumulación.
Sus formas dependen de la naturaleza de la acumulación. En una sociedad mal equipada en la que la principal fuerza de producción es el trabajo humano, lo esencial es la acumulación de personas y, por tanto, de territorio, lo que da a la clase dominante una expresión principalmente política. La acumulación de riqueza es característica de las sociedades en las que el comercio desempeña un papel más importante. Más recientemente, la clase dominante se ha definido por la acumulación de capital, mientras que la clase controlada ha tomado la forma de la clase de los trabajadores cuyo trabajo se ha hecho más productivo gracias a las máquinas y a la organización de las empresas. En las sociedades más productivas de hoy en día, la fuerza motriz de la acumulación de capital ha sido sustituida por el progreso científico y técnico y, por tanto, por la acumulación de conocimientos.
El conflicto de clase no es, por tanto, identificable con el conflicto entre las masas y las élites, los dirigentes y los dirigidos, o más generalmente entre los de arriba y los de abajo de la escala de estratificación social. No es un conflicto de intereses, sentimientos y representaciones entre diferentes categorías sociales. Es la expresión misma de la acción histórica, de la acción por la que una sociedad actúa sobre sí misma y constituye el sistema de valores que rige su organización.
La concepción subjetivista
También hay que precaverse contra dos concepciones opuestas: por un lado, la que acabamos de mencionar, que podría denominarse subjetivista, y, por otro, una concepción objetivista.
La primera reduce el conflicto de clase a la conciencia de las diferencias sociales y, por tanto, a las tensiones. No podemos hablar de tensiones “objetivas”; sólo pueden definirse por un determinado estado de las relaciones sociales realmente experimentado. En cambio, el conflicto de clase no es en absoluto un estado de las relaciones sociales. Se basa en la contradicción inherente al propio desarrollo social. Lo que está en juego no es el nivel relativo de participación social de las diferentes categorías, sino el control de la inversión y del cambio.
La definición general que hemos dado demuestra que no se trata de un enfrentamiento entre dos grupos de interés o entre dos concepciones de la sociedad. Empíricamente, no hay ninguna razón para describir dos clases sociales en lugar de tres, cuatro u ocho. No es la noción de clase la que nos permite ir más allá de esta descripción histórica, sino la de conflicto de clases, es decir, el tema de la contradicción central a partir de la cual se constituyen los actores históricos, cuya realidad sociográfica, intereses y representaciones nunca coinciden completamente con uno de los términos de la contradicción. Esto nos lleva a afirmar que el conflicto de clases no es naturalmente consciente. Al definirlo, también hemos subrayado que no es simple, que no coloca a las clases enfrentadas en una situación inequívoca en relación con las demás. La conciencia de clase sólo puede surgir si se unen la voluntad de consumir y la voluntad de controlar el desarrollo, lo que no es en absoluto constante y presupone cierto grado de lucha abierta y, por tanto, determinadas condiciones políticas e ideológicas. Las clases están vinculadas dialécticamente; su oposición expresa las contradicciones de todo desarrollo.
En cierto modo, este tipo de análisis se aproxima al pensamiento freudiano. También éste concede un lugar central, no al yo considerado como un sistema unificado, organizador y regulador de la vida psicológica, sino al conflicto. Es cierto que este último se concibe como el choque de pulsiones opuestas: pulsiones sexuales por un lado, pulsiones yoicas, es decir, de autoconservación, por otro. Más tarde, esta formulación dio paso a otra que opone pulsiones de vida y pulsiones de muerte, lo que se aleja aún más del análisis sociológico que hemos presentado, ya que muchos conflictos se reincorporan a Eros, al tiempo que surge una “tendencia al conflicto”, que manifiesta las contradicciones inherentes a la bisexualidad humana. Muchos de los temas que hemos identificado en la sociología pueden encontrarse en el análisis psicológico. La oposición entre la sexualidad y las necesidades del yo no está muy alejada de la establecida por la escuela de las relaciones humanas entre la organización y las necesidades del individuo o del grupo primario. A la inversa, otras veces, la sexualidad, pulsión de vida, choca con el carácter represivo o sádico del superyó. Pero por qué no aceptar esta ambigüedad y reconocer una doble relación entre los elementos en conflicto: por un lado, la pulsión sexual, el principio del placer, es reprimida por las exigencias de la vida social y su orden, por la reducción de la pulsión a un papel, de la necesidad a las relaciones sociales; por otro lado, esta represión es también la que desvía la pulsión sexual y la sublima. En su estudio sobre Leonardo da Vinci, Freud sostenía que las pulsiones sexuales se sublimaban al apoyarse en las pulsiones de autoconservación.
Tanto en la personalidad como en el sistema social de acción, la consumación debe estar limitada y dominada por un poder de investidura, pero también debe impugnar el papel represivo o destructor de este poder y sublimarse en un movimiento de control del desarrollo de la unidad, personal o social, de acción.
También en estos dos casos, el sistema organizado, yo o sistema social, es a la vez una falsa unidad, un sistema de mediación, un sistema político, más que un poder, y un actor central cuyo dinamismo permite sustituir el choque de pulsiones o fuerzas opuestas por su conexión dialéctica. El campo del conflicto es el sujeto, no un mercado o un campo de batalla. Precisamente porque el sujeto es el conflicto, los términos del conflicto, como las clases, no pueden definirse por su subjetividad.
La concepción objetivista
La otra concepción, de la que parte nuestro análisis, puede denominarse objetivista. Define el conflicto de clases únicamente en función del funcionamiento de un sistema económico, lo que es efectivamente indispensable para comprender los mecanismos de la dominación de clase y analizar las relaciones sociales del trabajo, pero que disocia completamente las relaciones de clase y la acción de clase. Se trata de un problema central y no resuelto en el análisis marxista. Ni el comportamiento del empresario ni la razón de ser del movimiento obrero pueden explicarse mediante el análisis de las relaciones de clase. Si el análisis económico no se somete desde el principio a un análisis sociológico de las relaciones de clase, ¿cómo pasar de la comprensión de la dominación y la explotación a la comprensión de los movimientos sociales? ¿Puede entenderse el conflicto al margen del significado que tiene para los actores, un significado que no se reduce a su conciencia, sino que presupone que cada actor aspira a controlar el movimiento global de la sociedad, es decir, a no identificarse con uno de los términos del conflicto, sino a hacerse cargo del movimiento que se consigue a través del conflicto.
Cada actor en conflicto es portador de una utopía y de una ideología, sobre todo de una utopía, es decir, de una visión de la sociedad a través de la cual se identifica con el conjunto. También una ideología, es decir, una representación que reduce el movimiento de la sociedad a un conflicto entre actores opuestos. Un análisis puramente ideológico olvida la cuestión común; la utopía olvida el choque de adversarios y, por tanto, las limitaciones del propio actor.
El conflicto social siempre está dominado por este choque de utopías e ideologías. La utopía de la clase dominante es la afirmación de que el crecimiento económico garantiza por sí mismo la resolución de los problemas sociales; la utopía de la clase dominada es la identificación del desarrollo con la satisfacción de las necesidades de la comunidad.
El choque de ideologías es un choque de clases que sólo puede entenderse en términos de su antagonismo. Los conflictos abiertos, cuyo ejemplo más visible es la huelga, están cargados de ideologías, porque son la ruptura abierta entre los adversarios. Pero ésta es también la razón por la que su significado es oscuro. No es una paradoja decir que cuanto más una huelga es una ruptura, una lucha con el adversario, menos evidente es su contenido de clase, y más puede reducirse a una búsqueda limitada de ventajas económicas. Por el contrario, lo que caracteriza a un conflicto cargado de lucha de clases es que va más allá de la lucha con el adversario, y esto en dos sentidos. Por un lado, es la afirmación de un actor histórico, la creación de una conciencia colectiva, el sentido de una misión histórica; por otro, es la afirmación de un nuevo modelo de sociedad. Los conflictos más profundos son los más alejados de cualquier estrategia. Esto nos lleva a una tipología de los conflictos laborales, y de las huelgas en particular. Más allá del tipo básico que acabamos de mencionar: conflicto entre adversarios económicos en un mercado, conflicto tanto más visible cuanto que la patronal y los sindicatos están más fuertemente organizados y ejercen un mayor control sobre la demanda de trabajo y la oferta de mano de obra, existen movimientos más complejos en los que al menos uno de los adversarios se afirma como actor histórico (y no sólo como portador de intereses económicos), y actúa en nombre de una comunidad, de la historia, de principios generales de organización de la vida social.
Los conflictos más completos son aquellos en los que confluyen todos estos elementos y en los que existe la conciencia de que el futuro está marcado por el conflicto de las fuerzas sociales. No necesariamente los conflictos más graves son los más profundos, y a menudo una huelga limitada es más importante históricamente que una huelga general. Sin embargo, cuanto más económica es una huelga, más corta es la distancia entre la ruptura y la negociación. Por tanto, la importancia de un conflicto social se mide sobre todo por la medida en que los objetivos económicos se ven superados por los “sentimientos”, y en primer lugar por la conciencia de clase. Knowles, basándose en datos estadísticos, ha demostrado que, sobre todo en Gran Bretaña, la institucionalización de los conflictos condujo generalmente a una reducción de la duración de las huelgas. Hay excepciones a esta regla, sobre todo en Estados Unidos, donde, en industrias importantes como la siderurgia, el automóvil y el transporte, las huelgas de carácter fundamentalmente económico pueden durar mucho tiempo. Pero estas excepciones son más aparentes que reales, porque incluso en estos casos, la distancia entre la ruptura y la negociación es corta, y es la propia negociación la que es larga, mientras que en las grandes huelgas de principios de siglo, era la dificultad de iniciar la negociación lo que dominaba. Del mismo modo, en la primavera de 1968 en Francia, las huelgas estudiantiles y obreras no fueron largas porque la negociación fuera lenta y difícil, sino porque, durante mucho tiempo, fueron la autoafirmación y el deseo de transformar la sociedad más que una estrategia de negociación lo que impulsó el movimiento.
D. Bell resumió estas observaciones en The End of Ideology, distinguiendo entre dos orientaciones diferentes en el sindicalismo: el sindicalismo de mercado, que es duro y agresivo pero negocia, y lo que llamaremos sindicalismo de clase, que cuestiona las relaciones sociales de trabajo y, por tanto, el poder económico y social.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Conflictos y categorías sociales
Los distintos tipos de conflictos económicos afectan a menudo a diferentes categorías sociales. En la industria, existen tres grandes tipos de conflictos.
El primero es el de los trabajadores muy dependientes de la organización industrial, trabajadores no cualificados sometidos a las normas de producción de las industrias racionalizadas. Por formar parte de la organización, son los más sometidos a fuertes tensiones, pero a menudo son también los menos situados para oponer a la empresa un principio de reivindicación que vaya más allá de su funcionamiento. Son los trabajadores más tentados por el “economicismo”, es decir, la búsqueda de beneficios materiales para compensar unas condiciones de trabajo muy restrictivas.
En segundo lugar, está el caso de los obreros o empleados que se incorporan a la economía industrial procedentes de medios socioprofesionales pre o paraindustriales, como la agricultura, el pequeño comercio y la artesanía. Su conflicto con la empresa no puede separarse del choque cultural y social que acompaña su entrada en la vida industrial. Les resultaba difícil entrar en conflicto, pero también eran los más propensos a romper por completo. A finales del siglo XIX y principios del XX se desarrolló en estos medios un sindicalismo revolucionario, más orientado hacia el rechazo general de la economía industrial que hacia la transformación de su gestión. Los conflictos obreros de este tipo eran relativamente raros, pero fuertes, largos y difíciles de negociar y resolver.
Por último, estaba el caso de los trabajadores cualificados, estrechamente integrados en la organización industrial, pero que se oponían a su gestión con la fuerza de su oficio. Era el caso de los obreros cualificados; lo es cada vez más el de los técnicos y responsables técnicos, definidos más por su profesión que por su posición de autoridad. En general, es esta categoría la que ha protagonizado los grandes conflictos sociales, los más cargados de conciencia de clase y de voluntad de transformación general de la sociedad.
Esta tipología expresa concretamente el tema central de nuestro análisis. El conflicto es, entre ruptura y tensión, la puesta en cuestión por los actores del campo de sus relaciones. Para que surja un conflicto, debe existir una fuerte interdependencia entre los adversarios, y éstos no deben ser sólo competidores o rivales, sino que deben compartir ciertos objetivos fundamentales, como el desarrollo económico. Pero para que el conflicto sea algo más que un estallido de tensión, los adversarios deben definirse no por su estatus en un sistema social, sino por una oposición que subyace a todo sistema de organización social, que aparece así no como un marco o un conjunto de reglas, sino como la transcripción más o menos directa de relaciones de poder.
Revisor de hechos: EJ
Algunas Voces relacionadas con Conflicto en la Plataforma
- Conflicto Internacional (en esta referencia legal)
- Conflictos Laborales Internacionales (en esta referencia legal)
- Conflictos Comerciales Internacionales (en esta referencia legal)
Recursos
Traducción de Conflicto social
Inglés: Social conflict
Francés: Conflit social
Alemán: Sozialer Konflikt
Italiano: Conflitto sociale
Portugués: Conflito social
Polaco: Konflikt społeczny
Tesauro de Conflicto social
Asuntos Sociales > Vida social > Vida social > Conflicto social
Véase También
Cambio Social, Guía de Justicia Criminal y Política Pública, Guía Esencial del Conflicto Social en Sociología, Problemas Sociales, Psicología social, Relaciones sociales,
Ciencias sociales
Sociología
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2 comentarios en «Conflictos Políticos»