Durante miles de años, los habitantes de Egipto, China, Grecia, Roma y otras partes del mundo se han sentido fascinados por las estrellas fugaces, que son los fenómenos luminosos y sonoros comúnmente asociados a los impactos de meteoritos. El primer registro escrito de la caída de un meteorito es el que realizaron los cronistas chinos en el año 687 a.C. Sin embargo, siglos antes, los egipcios ya utilizaban el “hierro celeste” para fabricar sus primeras herramientas de hierro, como una daga encontrada en la tumba del rey Tutankamón que data del siglo XIV a.C. Aunque los seres humanos tienen una larga historia de observación de meteoros y utilización de los mismos, no empezamos a reconocer su verdadero origen celeste hasta el Siglo de las Luces. En 1794, el físico y músico alemán Ernst Chladni fue el primero en resumir las pruebas científicas y demostrar que estos objetos únicos proceden efectivamente del exterior de la Tierra. Tras más de dos siglos de esfuerzos conjuntos de innumerables coleccionistas aficionados, académicos, institucionales y comerciales, se han catalogado y clasificado más de 60.000 meteoritos. Después de 200 años, la meteorología (la ciencia de los meteoritos) ha salido de su infancia y se ha convertido en un área vibrante de investigación en la actualidad. Las direcciones generales de los estudios meteoríticos son (1) mineralogía, identificando nuevos minerales o fases minerales que rara vez se encuentran en la Tierra; (2) petrología, estudiando las texturas ígneas y acuosas que dan a los meteoritos una apariencia única, y proporcionando información sobre los procesos geológicos en los cuerpos en los que se originan los meteoritos; (3) geoquímica, caracterizando sus composiciones principales, de oligoelementos e isotópicas, y llevando a cabo comparaciones interplanetarias; y (4) cronología, datando las edades de la cristalización inicial y de las posteriores perturbaciones por impacto. Los meteoritos son las únicas muestras extraterrestres, aparte de las rocas lunares del Apolo y las muestras de asteroides de Hayabusa, que podemos analizar directamente en los laboratorios.