Fin de la República Romana
El republicanismo romano terminó con un princeps o príncipe gobernante, y el primer gran experimento de una comunidad autogobernada a una escala mayor que la de una tribu o ciudad se derrumbó y fracasó. La esencia de su fracaso fue, en buena parte, que no pudo mantener la unidad. En sus primeras etapas, sus ciudadanos, tanto patricios como plebeyos, tenían una cierta tradición de justicia y buena fe y de la lealtad de todos los ciudadanos a la ley, y de la bondad de la ley para todos los ciudadanos; se aferró a esta idea de la importancia de la ley y del cumplimiento de la ley casi hasta el siglo I a.C. Pero la invención y el desarrollo imprevistos del dinero, las tentaciones y las perturbaciones de la expansión imperial, el enredo de los métodos electorales, debilitaron y anegaron esta tradición presentando las viejas cuestiones con nuevos disfraces bajo los cuales el juicio no las reconocía, y permitiendo a los hombres ser leales a las profesiones de la ciudadanía y desleales a su espíritu. El vínculo del pueblo romano había sido siempre un vínculo moral más que religioso; su religión era sacrificial y supersticiosa; no encarnaba ideas tan grandes de un líder divino y de una misión sagrada como el judaísmo estaba desarrollando. Como la idea de ciudadanía fracasó y se desvaneció ante las nuevas ocasiones, no quedó ninguna unidad interna, es decir, ninguna unidad real en el sistema. Cada hombre tendía cada vez más a hacer lo que era correcto a sus propios ojos.