Los seres que han vivido a lo largo del tiempo geológico han dejado muchas huellas de su existencia, en formas extremadamente diversas. Éstas se conocen como fósiles. Algunos animales y plantas han sobrevivido incluso hasta nuestros días a través de las vicisitudes de la historia geológica, como los lingulae, los cangrejos herradura, los nautilus, los celacantos, los esfenodontes, los okapis, los ginkgos, etcétera. Los llamamos fósiles vivientes. Sin embargo, son la excepción, y si los geólogos y paleontólogos pueden hoy reconstruir la historia de la Tierra y la evolución de los seres vivos desde su origen, es sobre todo gracias a los restos de especies hoy desaparecidas. Se denomina fosilización a los complejos fenómenos que permitieron la conservación de los organismos tras su muerte, esencialmente mediante modificaciones e intercambios de sustancias minerales con el medio geológico. Por extensión, el término “fosilización” puede referirse a la conservación del relieve, del suelo, etc., o al registro de algún acontecimiento en la corteza terrestre, como una inversión del campo geomagnético.