A medida que se desarrollaba la crisis de la eurozona, quedó claro que había problemas sistemáticos y de larga duración en la economía griega. Esto hizo temer que Grecia dejara de pagar su deuda externa (gran parte de la cual estaba denominada en euros). Otros países de la eurozona y el FMI organizaron una serie de préstamos para rescatar a la maltrecha economía griega con la condición de que Grecia modificara radicalmente sus disposiciones económicas internas. Esto incluía una austeridad forzosa (una reducción del gasto público) que afectó a un público griego ya asediado y provocó un malestar civil continuo. Los críticos han cuestionado la conveniencia de permitir que poderosas organizaciones intergubernamentales como el FMI, así como poderosos prestamistas europeos como Alemania, impongan decisiones políticas a las naciones endeudadas (Alemania pareció reconocer esto muchos años más tarde). Como demostró la crisis económica griega, el mercado de la deuda externa puede ser extremadamente peligroso tanto para los deudores como para los acreedores y los contribuyentes.