La Conferencia de Berlín (1884 – 1885) reconoció la soberanía del rey Leopoldo II de Bélgica sobre el Estado Libre del Congo. El rey gobernó el territorio hasta 1908, cuando pasó a manos del Estado belga. Presentándose como un filántropo deseoso de llevar los beneficios del cristianismo, la civilización occidental y el comercio a los nativos africanos -un disfraz que perpetuó durante muchos años-, Leopoldo fue el anfitrión de una conferencia internacional de exploradores y geógrafos en el palacio real de Bruselas en 1876. Varios años después contrató al explorador Henry Morton Stanley para que fuera su hombre en África. Durante cinco años Stanley viajó por las inmensas vías fluviales de la cuenca del río Congo, estableciendo puestos comerciales, construyendo carreteras y persuadiendo a los jefes locales – casi todos ellos analfabetos – para que firmaran tratados con Leopoldo. Los tratados, algunos de los cuales parecen haber sido posteriormente adulterados al gusto de Leopoldo, fueron entonces puestos en uso por el monarca belga. Aunque el gobierno belga pensaba que las colonias serían una extravagancia para un país pequeño sin marina o marina mercante, esa situación le convenía perfectamente a Leopoldo. Persuadió primero a los Estados Unidos y luego a todas las grandes naciones de Europa occidental de que reconocieran una enorme franja de África Central, más o menos el mismo territorio de la actual República Democrática del Congo, como su propiedad personal. Lo llamó Estado Independiente del Congo, el Estado Libre del Congo. Era la única colonia privada del mundo, y Leopoldo se refería a sí mismo como su “propietario”. En 1908, la presión internacional obligó al rey a entregar el Estado Libre del Congo a Bélgica.