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Vida Cotidiana de los Romanos

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Costumbres y Vida Cotidiana de los Romanos

Este elemento es una profundización de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre la Vida Cotidiana de los Romanos. [aioseo_breadcrumbs]

La vida en la antigua Roma

Aceptación o abandono

El nacimiento de un romano no se limitaba a ser un hecho biológico. Los recién nacidos no vienen al mundo, o mejor dicho, no son aceptados en la sociedad, sino en virtud de una decisión del jefe de familia; la anticoncepción, el aborto, la exposición de niños de origen extraconyugal y el infanticidio del hijo de una esclava eran, pues, prácticas usuales y perfectamente legales. No serían mal vistas, y más tarde ilegales, sino después de la difusión de la nueva moral que, para simplificar, se conoce como estoica.Entre las Líneas En Roma, no puede decirse que un ciudadano “ha tenido” un hijo: lo “toma”, lo “acoge” (tollere); el padre ejerce la prerrogativa, inmediatamente después de nacido su hijo, de levantarlo del suelo, donde lo ha depositado la comadrona, para tomarlo en sus brazos y manifestar así que lo reconoce y rehúsa exponerlo. La madre acaba de dar a luz (sentada, en una butaca especial, lejos de cualquier mirada masculina) o bien ha muerto durante la operación y ha habido que extraer el bebé de su vientre abierto: todo lo cual no sería suficiente para decidir sobre la venida al mundo de un vástago.

La criatura que su padre no ha levantado se verá expuesta ante la puerta del domicilio o en algún basurero público; lo recogerá quien lo desee. Lo expondrán también si el padre, ausente, había ordenado a su mujer encinta que lo hiciera; los griegos y los romanos sabían que una particularidad de egipcios, germanos y judíos consistía en criar a todos sus hijos y no exponer a ninguno.Entre las Líneas En Grecia se exponía con más frecuencia a las hembras que a los varones; el año 1 a.C., un heleno escribía en estos términos a su mujer: “Si [¡toco madera!] llegas a tener un hijo, déjalo vivir, si es un chico; si es una niña, deshazte de ella”.Si, Pero: Pero no es en absoluto cierto que los romanos hayan tenido la misma parcialidad. Exponían o ahogaban a las criaturas malformadas (y no por cólera, sino por razón, como dice Séneca: “Hay que separar lo bueno de lo que no sirve para nada”), así como también a los hijos de una hija suya que hubiera cometido una “falta”.Si, Pero: Pero sobre todo, el abandono de hijos legítimos se debía a la miseria de unos y a la política matrimonial de otros. Los pobres abandonaban a los hijos que no podían criar; sin que faltaran otros “pobres” (en el sentido antiguo de este término, que hoy traduciríamos por “clase media”), que exponían a los suyos “para no verlos echados a perder por una educación mediocre que los iba a hacer inaptos para la dignidad y las cualidades excelentes”, según escribía Plutarco; la clase media, efectivamente, los simples notables, prefería por ambición familiar concentrar sus esfuerzos y sus recursos sobre un número reducido de descendientes.Entre las Líneas En las provincias orientales, los campesinos se repartían amigablemente los vástagos; cierto matrimonio tenía cuatro hijos, y con ellos había llegado al límite de bocas que podía alimentar; le nacieron tres más, y se los pasaron a familias amigas, que gustosamente acogieron a esos futuros trabajadores y los consideraron “hijos suyos”. Por su parte, los juristas no eran capaces de decidir si esos hijos “tomados a cargo” (threptoi) eran libres o habían pasado a ser esclavos de quienes los criaban.Si, Pero: Pero incluso los más ricos podían no querer un vástago no deseado si su nacimiento iba a perturbar disposiciones testamentarias ya adoptadas en lo referente al reparto de la sucesión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Había una norma de derecho que rezaba así: “El nacimiento de un hijo [o de una hija] rompe el testamento” sellado con anterioridad, salvo que el padre se resignara a desheredar de antemano al hijo que pudiera nacerle; tal vez pareciera preferible no oír nunca hablar de él que tenerlo que desheredar.

¿Qué ocurría con los niños expuestos? Era infrecuente que sobrevivieran, escribe el Pseudo Quintiliano, que hace una distinción: los ricos deseaban que la criatura no reapareciera jamás; mientras que los menesterosos, forzados únicamente por la pobreza, hacen cuanto pueden para que el recién nacido pueda verse aceptado.Entre las Líneas En ocasiones, la exposición no era más que un simulacro: la madre, a espaldas de su marido, confiaba su hijo a unos vecinos o a unos subordinados que lo criaban en secreto, más tarde se convertía en un esclavo y eventualmente (finalmente) en un liberto de sus educadores.Entre las Líneas En casos rarísimos, el niño podía andando el tiempo hacer que se reconociera su nacimiento libre; esa fue la historia de la esposa del emperador Vespasiano.

Como decisión legítima y madura, la exposición podía adoptar el aspecto de una manifestación de principios. Un marido que sospeche que su mujer le ha sido infiel expondrá al hijo que cree adulterino; así fue cómo se abandonó “completamente desnuda”, a la puerta del mismo palacio imperial, a la hija de una princesa. También podía ser una manifestación político-religiosa: con ocasión de la muerte de un príncipe muy querido, Germanicus, la plebe se manifestó en contra del gobierno de los dioses, apedreó sus templos y hubo padres que expusieron ostensiblemente a sus hijos como signo de protesta; tras el asesinato de Agripina por su hijo Nerón, un desconocido “expuso en pleno foro a su recién nacido con un cartelón en que había escrito: No quiero criarte, no sea que estrangules a tu madre”. Y si la exposición era una decisión privada, ¿por qué no habría de serlo pública llegada la ocasión? Un rumor corrió en cierta ocasión entre la plebe: el Senado, habiendo sabido por los adivinos que en aquel año iba a nacer un rey, se proponía obligar al pueblo a abandonar a todos los niños que nacieran durante el periodo en cuestión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). ¿Cómo no pensar en este caso en la matanza de los Inocentes (que, dicho sea de paso, es probablemente un hecho auténtico, y no una leyenda)?

La “voz de la sangre” no se dejaba oír demasiado en Roma; la que hablaba más alto era la voz del nombre familiar. Por ejemplo, los bastardos adoptaban el nombre de su madre y no existían ni la legitimación ni el reconocimiento de la paternidad; olvidados por su padre, los bastardos no jugaron prácticamente ningún papel social ni político en la aristocracia romana.Si, Pero: Pero no sucedía lo mismo con los libertos, a veces ricos, poderosos, y capaces en ocasiones de hacer llegar a sus hijos hasta el orden de los caballeros, e incluso hasta el Senado: la oligarquía dirigente se reproducía mediante sus propios hijos legítimos lo mismo que mediante los hijos de sus antiguos esclavos… Porque los libertos tomaban como nombre de familia el del amo que los había liberado de la esclavitud; continuaban su estirpe. Es así cómo se explica en definitiva la frecuencia de las adopciones: el niño adoptado tomaba el nombre de familia de su nuevo padre.

Natalidad y anticoncepción

Las adopciones y el ascenso social de algunos libertos compensaban la débil reproducción natural, porque la mentalidad romana era muy poco naturalista. Aborto y anticoncepción eran prácticas usuales, pero lo que falsea el cuadro descrito por los historiadores es que los romanos confundían bajo el nombre de aborto métodos quirúrgicos que nosotros mismos denominamos así y otros métodos que entre nosotros se denominan anticoncepción… Porque en Roma carecía de importancia el momento biológico en que la madre se desembarazaba de un futuro hijo que no deseaba llegar a tener. Los moralistas más severos podían considerar a la madre responsable de la salvaguarda de su fruto: pero nunca pensaron en reconocer el derecho a vivir del feto. El recurso a métodos de anticoncepción está demostrado en todas las clases sociales; san Agustín habla como de algo normal de “las uniones en que se evita la concepción” y las condena, incluso entre esposos legítimos; distingue entre anticoncepción, esterilización por medio de drogas y aborto, y condena los tres por igual. Alfred Sauvy ha tenido la amabilidad de comunicarnos: “De acuerdo con lo que hoy sabemos del poder multiplicador de la especie humana, la población del Imperio tendría que haberse multiplicado mucho más y desbordado sus límites”.

¿Qué procedimiento era el utilizado? Plauto, Cicerón y Ovidio hacen alusión a la costumbre pagana del lavado tras el acto, y un bajorrelieve descubierto en Lyon muestra al portador de una palangana que se acerca a una pareja muy ocupada en el lecho; la costumbre, so color de higiene, podría ser anticonceptiva. Tertuliano, polemista cristiano, considera que el esperma es ya un ser vivo, una vez emitido (y asimila la felación a la antropofagia); en consecuencia, en su Velo de las vírgenes, hace una alusión, oscura a fuerza de obscena truculencia, a las falsas vírgenes cuya preñez equivale a un parto: paradójicamente, lanzan al mundo hijos exactamente iguales a su padre y, al hacerlo así, los matan; alusión a un diafragma o pesario. Y san Jerónimo, en la carta XXII, habla de aquellas muchachas “que experimentan de antemano su esterilidad y matan al ser humano antes incluso de engendrarlo”: alusión a una droga espermaticida.Entre las Líneas En lo referente al ciclo menstrual, el médico Soranos sostenía, sobre la base de reflexiones teóricas, que las mujeres conciben exactamente antes o inmediatamente después de la regla; doctrina que se mantuvo felizmente esotérica. Todos estos procedimientos corren por cuenta de la mujer; no hay ninguna alusión al coitus interruptus.

¿Cuántos hijos tienen? La ley otorgaba a las madres de tres hijos un privilegio por haber cumplido con su deber, y este número parece haberse considerado canónico; es difícil interpretar con seguridad las indicaciones de los epitafios; en cambio, los textos hablan de familias de tres hijos con particular frecuencia. Lo hacen como en un sentido proverbial. ¿Se propone un epigramatista culpar a la mujer que, por avaricia, hace pasar hambre a sus hijos? Pues escribirá: “A sus tres hijos”. Exclamará a su vez un predicador estoico: “¿Se piensa haber hecho ya mucho porque se ha introducido en este mundo, para asegurar la perpetuación de la raza, dos o tres desagradables críos?”. Semejante malthusianismo no era sino una estrategia dinástica; como le dice Plinio a uno de sus corresponsales, en cuanto se tiene más de un hijo hay que pensar en dar con un yerno o una nuera adinerados para el segundo. Porque lo que no se quería era dividir las sucesiones. Aunque también es cierto que la moral tradicional, por su parte, había ignorado semejantes cálculos y seguía siendo aún, en tiempos del propio Plinio, la moral de algunos padres de familia a la antigua usanza, que “no dejaban en barbecho la fecundidad de sus esposas, por más que en nuestra época piense la mayoría que un único hijo constituye ya un pesado lastre y que resulta ventajoso no cargarse de descendencia”. ¿Cambiaron tal vez las cosas a medida que se aproximaba el final del siglo II, cuando se instalaron la moral estoica y la cristiana? El orador Frontón, maestro de Marco Aurelio, había “perdido cinco hijos” a causa de la mortalidad juvenil; debió de tener bastantes más; el mismo Marco Aurelio tuvo nueve, entre hijos e hijas. Después de tres siglos renacía la edad de oro en que Cornelia, madre de los Gracos y mujer ejemplar, había dado a la patria doce hijos.

Educación

Sobre este particular, véase Educación en la Antigua Roma.

Adopción

Nuestro profesor tenía además otra razón para llorar a su hijo predilecto: un gran personaje, un cónsul, acababa de adoptar a éste, lo que le prometía al niño una carrera pública brillante. La frecuencia de las adopciones, en efecto, es otro ejemplo del escaso sentimiento natural de la “familia” romana. Hay dos medios de tener hijos: engendrarlos mediante una boda adecuada o adoptarlos; éste podía ser un medio de impedir la extinción de una estirpe, así como también de adquirir la cualidad de padre de familia, exigida por la ley a los candidatos a los honores públicos y al gobierno de las provincias: del mismo modo que el testador convertía en su continuador al que instituía como heredero, cuando se adoptaba a un muchacho bien escogido, se elegía a un sucesor digno de uno mismo. El futuro emperador Galba se ha quedado viudo, y sus dos hijos están muertos; desde hacía mucho tiempo había reparado en los méritos de un joven noble llamado Pisón; pues bien, en el testamento que redacta lo instituye su heredero, y luego acabará adoptándolo. También era posible, como hizo Herodes Atticus, adoptar aunque se tuviera hijos vivos. Los textos históricos hablan de la existencia de una adopción por testamento, pero no aparecen sus huellas en los textos jurídicos. El caso más sugestivo de herencia combinada con adopción es el de un cierto Octavio, quien, convertido en hijo y heredero de César, acabará siendo un día el emperador Octavio Augusto.Entre las Líneas En otras ocasiones, la adopción era, igual que el matrimonio, un medio para poner en orden el movimiento patrimonial; un suegro que aprecia en su yerno la deferencia de que da pruebas con respecto a él, lo adopta cuando éste, una vez huérfano, entra en posesión de una herencia: he aquí al suegro convertido en dueño de esta herencia, puesto que ha puesto a su yerno bajo su potestad, a título de hijo.Entre las Líneas En contrapartida, ayudará a este hijo adoptivo a hacer una excelente carrera en el Senado: de este modo la adopción regula las carreras.

Estos hijos a los que se mueve de un lado para otro como peones sobre el tablero de la riqueza y del poder no son unos pequeños seres a los que se quiere y mima; estos cuidados quedan para el ámbito doméstico. El niño ha aprendido a hablar de labios de su ama de cría; en las casas acomodadas, esta ama era una griega, a fin de que el pequeño aprendiera desde la cuna la lengua de la cultura. El pedagogo, a su vez, es el encargado de enseñarle a leer.

Escuela

Sobre este particular, véase Educación en la Antigua Roma.

Adolescencia

A los doce años, el niño romano de buena familia abandona la enseñanza elemental; a los catorce, deja su indumentaria infantil y adquiere el derecho a hacer lo que todo muchacho anhela; a los dieciséis o diecisiete, puede optar por la carrera pública, o entrar en el ejército, no de otra manera que Stendhal se decidió a los dieciséis por ser húsar. No existe “mayoría de edad” legal, ni edad de la mayoría legal; no se habla de menores, sino solamente de impúberes, que dejan de serlo cuando su padre o su tutor advierten que están ya en edad de usar el atuendo adulto y de afeitarse el bozo incipiente. Aquí tenemos al hijo de un senador; a los dieciséis años cumplidos, es caballero; a los diecisiete, desempeña su primer cargo público: se ocupa de la policía de Roma, hace ejecutar a los condenados a muerte, dirige la Moneda; su carrera ya no se detendrá, llegará a ser general, juez, senador. ¿Dónde lo ha aprendido todo? En el tajo. ¿De sus mayores? De sus subordinados, mejor: tiene la suficiente altivez nobiliaria para que parezca que decide cuando le están haciendo decidir. Cualquier otro joven noble, a los dieciséis años, era oficial, sacerdote del Estado o se había estrenado ya en el foro.

Al aprendizaje sobre el tajo de los asuntos cívicos y profesionales se añade el estudio escolar de la cultura (el pueblo posee una cultura, pero no tiene la ambición de cultivarse); la escuela es el medio para semejante apropiación y, al mismo tiempo, modifica esta misma cultura: es así cómo llega a haber escritores “clásicos”, del mismo modo que de acuerdo con los cánones del turismo va a haber lugares que será preciso haber visitado, y monumentos que habrá que haber visto. La escuela enseña por fuerza a todos los notables actividades prestigiosas para todo el mundo, pero que solo interesan a unos pocos, incluso entre quienes las admiran de lejos. Y, como sucede que una institución cualquiera se convierte enseguida en fin de sí misma, la escuela enseñará sobre todo, y llamará clásico, lo que resulte más fácil de enseñar; desde los tiempos de la Atenas clásica, la retórica había sabido elaborarse como doctrina establecida y dispuesta para ser enseñada. Fue así cómo los jóvenes romanos, entre los doce y los dieciocho o los veinte años, aprendían a leer a sus clásicos y luego estudiaban la retórica. ¿Y qué era la retórica?

Pues exactamente, nada útil, que aportara algo a la “sociedad”. La elocuencia de la tribuna, así como la del foro, desempeñaron un gran papel durante la República romana, pero su prestigio provenía mucho más de su brillo literario que de su función cívica: Cicerón, que no era precisamente hijo de un oligarca, tendrá el raro honor de ser admitido en el Senado porque su relumbre literario de orador no podía por menos de realzar el prestigio de la asamblea. Todavía en tiempos del Imperio, el público seguía los procesos como se sigue entre nosotros la vida literaria, y la gloria de los poetas carecía de la aureola de vasta popularidad que ceñía la frente de los oradores de talento.

Esta popularidad de la elocuencia le valió al arte retórica, o elocuencia en recetas, convertirse, junto al estudio de los clásicos, en la materia capital de la escuela romana; de manera que todos los muchachos aprendían modelos de discursos judiciales o políticos, desarrollos-tipo y efectos catalogados (el equivalente a nuestras “figuras retóricas”). ¿Aprendían, por tanto, el arte de la elocuencia? No, porque muy pronto la retórica, como se la enseñaba en la escuela, se convirtió en un arte aparte, mediante el conocimiento de sus propias reglas. Llegó a haber, por tanto, entre la elocuencia y la enseñanza de la retórica, un verdadero abismo que la Antigüedad no dejó nunca de deplorar, al tiempo que se complacía en él. Los temas de discurso que se les proponían a los niños romanos no tenían nada que ver con el mundo real; al contrario, cuanto más abracadabrante era un tema, más materia proporcionaba a la imaginación; la retórica se había convertido en un juego de sociedad. “Supongamos que una ley ha decidido que una mujer seducida tenga la posibilidad de hacer condenar a muerte a su seductor o de casarse con él; ahora bien, durante una misma noche, un hombre viola a dos mujeres; una de ellas exige su muerte y la otra, contraer matrimonio con él”: un tema como éste ofrecía ancho camino al virtuosismo, al gusto por el melodrama y el sexo, al placer de la paradoja y a las complicidades del humor. Pasada la edad escolar, no faltaban aficionados muy versados que continuaban ejercitándose en semejantes juegos, en su domicilio, ante un auditorio de auténticos expertos. Tal fue la genealogía de la enseñanza antigua: de la cultura a la voluntad de cultura, de ésta a la escuela y de esta última al ejercicio escolar convertido en un fin en sí mismo.

Juventud efímera

Mientras el niño romano, al pie de la cátedra, “le aconseja a Sila que renuncie a la dictadura” o delibera sobre lo que debe decidir la muchacha violada, ha alcanzado la pubertad. Comienzan unos años de indulgencia. Todo el mundo está de acuerdo: en cuanto los jóvenes se visten por primera vez de hombres, su primer cuidado consiste en granjearse los favores de una sirvienta o en precipitarse a Suburra, el barrio de mala fama de Roma: a menos que una dama de la alta sociedad, según se precisa, no ponga los ojos en ellos y tenga el capricho de espabilarlos (la libertad de costumbres de la aristocracia romana corría pareja con la de nuestro siglo XVIII). Para los médicos, como Celso o Rufo de Éfeso, la epilepsia es una enfermedad que se cura por sí misma en la pubertad, o sea, en el momento en que las chicas tienen sus primeras reglas y cuando los chicos mantienen sus primeras relaciones sexuales; lo que equivale a decir que pubertad e iniciación sexual son sinónimas para los muchachos, ya que la virginidad femenina sigue siendo sacrosanta. Entre su pubertad y su matrimonio se extendía, por tanto, para los jóvenes un periodo en que era corriente la indulgencia de los padres; Cicerón y Juvenal, moralistas severos, y el emperador Claudio, en sus funciones de censor, admitían que había que hacer algunas concesiones al ardor de la juventud. Durante cinco o diez años, el muchacho se entregaba al libertinaje, o tenía una amante; o en compañía de una banda de adolescentes podía echar abajo la puerta de una mujer de mala vida y consumar una violación colectiva.

A lo dicho viene a añadirse un hecho folclórico semioficial; la organización de los jóvenes en una institución exclusiva de ellos (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Bien conocidas en la parte griega del Imperio, las asociaciones de jóvenes (collegia iuvenum) existían también del lado latino, si bien sigue manteniéndose en la oscuridad su papel exacto, sin duda porque era múltiple y desbordaba (a causa de la sangre ardiente de la juventud) las actividades en las que se pretendía confinarlas. Aquellos jóvenes hacían deporte, esgrima y practicaban la caza a caballo; o bien se asociaban en el anfiteatro para la caza de las fieras, con gran admiración de sus compatriotas. Pero, por desgracia, no se contentaban con estas loables actividades físicas, adaptadas de la educación deportiva tan querida de la civilización griega: por el contrario, abusaban de su número y de su estatuto oficial y provocaban desórdenes públicos.Entre las Líneas En Roma, un privilegio reconocido desde siempre a la juventud dorada le permitía recorrer en pandillas las calles, durante la noche, zurrar al burgués, sobar a la burguesa y causar estropicios en las tiendas. Tampoco el joven Nerón se privó de estas prácticas, hasta el punto de que en una ocasión se vio molido a palos por un senador al que la banda había atacado y que no tuvo tiempo de reconocer al emperador entre sus agresores.

Pormenores

Las asociaciones de jóvenes parecen haber reivindicado para sí este derecho folclórico. “Regresa de cenar lo antes posible, porque hay una banda sobreexcitada de muchachos de las mejores familias que saquea la ciudad”, se lee en una novela latina. Eran los mismos jóvenes que hacían de claque y de hinchas de los equipos de gladiadores (véase más sobre esta institución, en el contexto de los juegos en la Antigua Roma) y de cocheros entre los que se repartían las preferencias del público, cuya pasión deportiva podía llegar hasta batallas en toda regla. “Algunos, a quienes usualmente se denomina los Jóvenes”, escribe un jurista, “se dedican, en algunas ciudades, a jalear el griterío turbulento del público; si su falta se reduce a esto, se hará ante todo que los amoneste el gobernador, y, si reinciden, se los hará azotar, y luego se los dejará en libertad”.

Se trata de privilegios de la juventud, así como de privilegios del grupo constituido por los jóvenes. Cuando llega el momento del matrimonio se acaban las amantes y se acaban igualmente las relaciones con los compañeros de fechorías: eso es al menos lo que sostienen los poetas que componen los epitalamios y que, en sus cantos nupciales, no sienten ningún empacho en evocar los pasados desórdenes del joven esposo, al tiempo que aseguran que la novia es tan maravillosa que todo lo pasado ha acabado por completo.

Así fue al menos la primera moral romana. Pero, a lo largo del siglo II de nuestra era se fue difundiendo paulatinamente la moral nueva, que siquiera teóricamente puso fin a aquélla; esta segunda moral, apoyada en leyendas médicas (no hay que olvidar que la medicina antigua tenía más o menos la misma seriedad científica que la de los tiempos de Molière), se propuso encerrar el amor dentro de los confines del matrimonio, incluso para los jóvenes, e incitar a los padres a conservarlos vírgenes hasta el día de sus bodas. El amor no es ciertamente un pecado, sino un placer; solo que los placeres representan un peligro, lo mismo que el alcohol. Es preciso, por tanto, para la salud, limitar su uso, y lo más prudente es incluso abstenerse de ellos por completo. No se trata de puritanismo, sino de higiene. Los placeres conyugales, por su parte, son algo distinto: se identifican con la institución cívica y natural del matrimonio y constituyen, por consiguiente, un deber. Los germanos, descritos por Tácito como Buenos Salvajes, “sólo conocen el amor tardíamente, de manera que sus fuerzas juveniles no se agotan”, como ocurre entre nosotros. Los filósofos, racionalizadores por vocación, apoyaban el movimiento, y uno de ellos escribió: “En lo que a los placeres del amor se refiere, es preciso, en la medida de lo posible, que te conserves puro hasta el matrimonio”; Marco Aurelio, emperador y filósofo a la par, se felicitará “de haber salvaguardado la flor de su juventud, de no haber ejercitado precozmente su virilidad, e incluso de haber retrasado el momento con creces”; de no haber tocado a su esclavo Theodotos ni a su sirvienta Benedicta, por más que lo hubiera deseado. Los médicos ordenan la gimnasia y los estudios filosóficos a fin de sustraerles a los jóvenes su energía venérea. Ha de evitarse la masturbación: no porque debilite propiamente las fuerzas, sino porque favorece la maduración demasiado temprana de una pubertad que se convertirá así en un fruto imperfecto, por precoz.

Matar al padre

A esta nueva moralidad se añaden argumentos extraídos de la moral antigua, cívica y que muestra su solicitud por el patrimonio; razones todas ellas que darán lugar a lo largo de los siglos del Imperio a una idea nueva, que será la de la mayoría. El tránsito a la edad adulta no será ya simplemente un hecho físico reconocido por el derecho consuetudinario, sino una ficción jurídica: se pasa de impúber a menor legal. Civismo: un muchacho que haya abusado de la indulgencia otorgada a sus placeres habrá perdido la ocasión, que ya no volverá a encontrar, de templar su carácter; el severo emperador Tiberio, que además era estoico, se apresuró a enviar a su sobrino Druso al frente de un regimiento “porque le gustaban demasiado los placeres de la capital”; haberse casado joven equivalía, por tanto, a un certificado de juventud honesta. Los juristas se habían preocupado desde siempre mucho más del patrimonio que de la moral; en efecto, un chaval de catorce años, como la herencia paterna se haga esperar, pedirá dinero en préstamo para pagar sus placeres, puesto que tiene capacidad jurídica para ello, y devorará de antemano su patrimonio: los usureros (que en Roma quiere decir todo el mundo) “pondrán gran empeño en hacerse con créditos de jóvenes que acaban de vestirse la toga viril, pero que siguen viviendo aún bajo la ruda autoridad paterna”. Entonces se promulgaron algunas leyes, renovadas con frecuencia, según las cuales quienes prestaran dinero a hijos de familia perderían el derecho de exigir sus créditos, incluso después de la muerte del padre; nadie podría recibir dinero en préstamo antes de haber cumplido veinticinco años.Si, Pero: Pero cabían eventualmente (finalmente) otras soluciones: un abuelo o un tío paterno podían mantener contra su voluntad a un muchacho huérfano bajo la autoridad de su pedagogo, si es que éste daba muestras de ser capaz de ejercerla.Si, Pero: Pero no dejaba de ser válido el principio de que todo joven púber, si era huérfano de padre, se convertía en su propio dueño. Cuenta Quintiliano, sin excesivos aspavientos, que un joven noble de dieciocho años, antes de morir en la flor de la edad, tuvo aún tiempo para nombrar heredera a su amante.

Llegamos así a una cuestión que parece importante, y lo es seguramente: una particularidad del derecho romano, que llamaba la atención a los griegos, era que, púber o no, casado o no, un muchacho permanecía bajo la autoridad de su padre y no se convertía en romano con todos los derechos, “padre de familia” a su vez, más que a la muerte de éste; más aún, su padre era su juez natural y podía condenarlo incluso a muerte mediante sentencia privada. Por otra parte, la capacidad del testador era prácticamente indefinida, y el padre podía desheredar a sus hijos. Consecuencia: un joven de dieciocho años, con tal de ser huérfano, podía instituir heredera a su buena amiga, mientras que un hombre maduro no podía ejercer ningún acto jurídico por propia autoridad si su padre vivía aún: “Cuando se trata de un hijo de familia”, escribe un jurista, “las dignidades públicas no intervienen para nada: aunque fuese cónsul, no tendría derecho a pedir dinero en préstamo”. Ésta era la teoría; ¿y la práctica? Moralmente, era peor.

Es indudable que jurídicamente la potestad paterna resultaba más suave. No todo el mundo deshereda a sus hijos y, para hacerlo, lo primero que se necesita es no morir intestado; el hijo privado de la sucesión puede tratar de conseguir que los tribunales anulen el testamento; en cualquier caso, solo se le puede desheredar en tres cuartos.Entre las Líneas En cuanto a la condena a muerte por sentencia paterna, que juega un papel muy importante en la imaginación romana, los últimos ejemplos datan del tiempo de Augusto y suscitaron la indignación pública. Sigue siendo cierto que un hijo no tiene fortuna propia y que cuanto gane o reciba en herencia pertenece a su padre. Si bien éste puede adjudicarle un determinado capital, el “peculio” del que podrá disponer a su albedrío.

Observación

Además de que el padre puede decidir, simplemente, emanciparlo. El hijo tenía por ello buenas razones para esperar y medios de actuación.

Pero tales medios no son sino expedientes y tales esperanzas representan otros tantos riesgos; psicológicamente, la situación de un adulto cuyo padre viva resulta insoportable. No puede mover un dedo sin el consentimiento paterno, ni cerrar un contrato, ni liberar a un esclavo, ni testar. Sólo es dueño, a título precario, de su peculio, exactamente igual que un esclavo. Y a semejantes humillaciones venía a añadirse el riesgo de verse desheredado, que era muy real. Hojeemos la correspondencia de Plinio: “Fulano ha instituido a su hermano heredero universal, en detrimento de su propia hija”; “Mengana ha desheredado a su hijo”; “Zutano, desheredado por su padre…”. La opinión pública, tan poderosa en su influencia sobre los espíritus de la clase elevada, como puede comprobarse, no reprobaba semejantes comportamientos automáticamente: matizaba. “Tu madre ha tenido una buena razón para desheredarte”, escribía el mismo Plinio. Por lo demás, es cosa bien sabida cómo funcionaba la demografía (el estudio del crecimiento y desarrollo de la población) de cualquier sociedad antes de Pasteur: la mortalidad multiplicaba los viudos, las viudas, el número de las mujeres que morían de parto y las segundas nupcias; y como el padre tenía libertad casi completa para testar, los hijos del primer matrimonio temían a una madrastra.

Una última servidumbre: el hijo no puede hacer carrera sin el consentimiento del padre; podrá desde luego conseguir que lo nombren senador, si es noble, y, si no pasa de notable, llegar a ser al menos senador del Consejo de su ciudad. ¿Pero cómo pagar los considerables gastos a los que obligarán semejantes honores, en unos tiempos en los que un hombre público solo hacia carrera gracias al pan y al Circo? De modo que solo se le ocurrirá tratar de convertirse en senador o en consejero por orden de su padre, que será quien corra con los gastos necesarios a costa del patrimonio familiar. Sobre un edificio público del África romana, construido a sus expensas por determinados consejeros, en nombre de los honores recibidos, se lee una inscripción según la cual había sido el padre quien había sufragado los gastos a favor de su hijo. Como consecuencia de todo ello, era el padre quien decidía soberanamente entre sus hijos; el número de plazas en el Senado y en los Consejos de las ciudades era limitado, y eran pocas las familias que podían aspirar a que ingresara en ellos más de un hijo; y además, los gastos eran considerables. El hijo que fuese a tener el costoso honor de hacer carrera sería el que su padre escogiera; y no se dejaba de exaltar el sacrificio de los otros, felices de dejar el puesto a su hermano. Precisemos que no existía el derecho de primogenitura; en cambio, la costumbre aleccionaba a los más jóvenes a inclinarse ante la prioridad del mayor.

Testamento

La muerte del padre anunciaba, por tanto, a los hijos la herencia, salvo en caso de mala suerte, y, de cualquier manera, el fin de una especie de esclavitud; los hijos se convertían en adultos, y la hija, si no estaba aún casada o se había divorciado, pasaba a ser una heredera, libre de contraer matrimonio con quien quisiera (puesto que su consentimiento para el matrimonio, requerido por el derecho, era a la vez un presupuesto del mismo derecho, por lo que la hija lo único que tenía que hacer era obedecer a su padre).Si, Pero: Pero seguía siendo necesario que la heredera no volviese a caer bajo otra autoridad, la de su tío paterno; este severo personaje pretenderá prohibirle los amantes secretos y la mantendrá ocupada en las labores forzadas de la rueca y del huso. El poeta Horacio la compadecía por ello tiernamente.

No hay por ello de qué sorprenderse ante la obsesión por el parricidio y su relativa frecuencia. Era un enorme crimen explicable con buenas razones y no un prodigio freudiano. “Durante las guerras civiles y sus proscripciones”, cuenta Velleio, tiempos en los que abundaban las denuncias, “no hubo lealtad comparable con la de las esposas, la de los libertos fue mediana, la de los esclavos brilló por su ausencia y la de los hijos fue igual a cero, ¡hasta tal punto resulta difícilmente soportable la dilación de una esperanza!”.
Los únicos romanos que son personas con plenos derechos resultan serlo, por tanto, los ciudadanos libres que, huérfanos o emancipados, son “padres de familia”, lo mismo si están casados que si no, y poseen un patrimonio. El puesto de padre de familia es algo aparte en la moral vigente; lo dice Aulo Gelio, que menciona la discusión siguiente: “¿Es preciso obedecer siempre a su padre? Algunos responden: Sí, siempre”. “¿Y si tu padre te ordenara traicionar a la patria?”. Otros responden con sutileza que en realidad no se le obedece nunca, puesto que a quien se obedece es a la moral, cuyas órdenes el padre expresa. Aulio Gelio replica inteligentemente que hay un tercer orden de cosas, que ni el bien las impone ni son inmorales, tales como casarse o permanecer célibe, emprender tal o cual oficio, partir o quedarse, solicitar o no los honores públicos. La autoridad paterna se ejercita precisamente con respecto a este tercer orden de cosas.

Fuente: Paul Veyne

Costumbres y Vida Cotidiana de los Romanos en Gran Bretaña

Lo Esencia de la Vida de los Romanos en Gran Bretaña

Incluye lo siguiente:

Calendario romano

El calendario utilizado por los romanos sufrió muchos cambios antes de que Julio César estableciera el calendario juliano definitivo en el año 46 a.C.. Pero incluso su versión del calendario se copió de una que se había desarrollado en el 279 a.C. A pesar de tanta agitación, con emperadores subdegundos alterando el calendario para sus propios fines, gran parte de la información de nuestro calendario, los nombres de los días, el número de días de un mes, los meses de un año, todo emana de la época romana.

El formato puede resultar familiar al que utilizamos hoy, con 365 días y 12 meses al año, con un día más cada cuatro años. Pero la forma en que los romanos leían su calendario y contaban los días del mes es muy diferente del método actual.

Como es de suponer, los romanos no tenían calendarios para colgar en la pared. Los tallaban en mármol o piedra, o los pintaban directamente en la pared. Como el calendario sólo se cambiaba una vez al año, los calendarios pintados en la pared eran una idea práctica.

Moneda romana

La moneda romana se desarrolló a lo largo de la duración del imperio y estuvo dirigida por los caprichos y deseos de los emperadores unidos a los efectos de la inflación.

La uncia constituyó la base de la moneda romana primitiva, a medida que Roma iba dejando de ser una economía de trueque. Era la duodécima parte de una libra romana de bronce, de ahí que fuera una “onza romana”. Las denominaciones más pequeñas de las monedas sólo desempeñaron un papel en la primera parte del imperio y más tarde quedaron obsoletas debido a la inflación. De ahí la gran variedad de monedas.

Con Augusto, el metal base de las monedas pasó del bronce al latón. En diversas épocas existieron otras acuñaciones, pero las que se enumeran a continuación aparecen como las principales monedas romanas.
La moneda pre-decimal en Gran Bretaña consistía en libras, chelines y peniques. A pesar de la creencia popular, esta moneda no se basaba en el sistema romano. El único vínculo era la denominación “£sd”, que significaba “Librae, Solidi, Denarii”.

Tras el colapso del imperio romano, los sajones invadieron Gran Bretaña e instauraron su propio sistema monetario, que volvió a cambiar cuando los nomanos invadieron Gran Bretaña en 1066 d.C.

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Medidas romanas

Medidas de líquidos
La unidad estándar para medir líquidos era el sextarius, que equivalía aproximadamente a una pinta inglesa (0,568 litros).
4 quartarii = 1 sextarius
6 sextarii = 1 congius
4 congii = 1 urna
2 urnae = 1 ánfora
Medidas romanas de superficie
La medida básica en la agricultura romana era el iugerium, que medía aproximadamente 3000 yardas cuadradas. Se calculaba como la superficie de tierra que una pareja de bueyes podía arar en un día.

2 iugeria = 1 heredium
100 heredia = 1 centuria

La sociedad romana

Incluye lo siguiente:

La lengua latina

El latín se desarrolló alrededor del año 900 a.C. en la zona del Lacio, razón por la cual la lengua se denomina latín y no romano. La lengua no se originó totalmente en Italia, sino que forma parte de la familia de lenguas indoeuropeas que también incluye el celta, el alemán, el griego y el persa. De todas las lenguas que componen este grupo, el latín se inclina más hacia el griego que ninguna de las demás. Dado que Gran Bretaña ya estaba habitada por tribus celtas en la época de la invasión romana, es evidente que las lenguas británica y romana tenían similitudes que facilitaban ligeramente la comunicación. En cualquier caso, los nativos de cualquier país que los romanos invadieran y convirtieran en provincia romana debían aprender y utilizar el latín.

El alfabeto latino
Originalmente, la lengua latina sólo tenía 21 letras, pero en la época del gran escritor Cicerón se añadieron dos letras más, la Y y la Z. La razón de la adición de estas letras radica en la base del latín, que como se ha mencionado anteriormente, era mayoritariamente griego y se necesitaban dos letras más para traducir muchas palabras griegas al latín.

De niño a hombre

Aquí se examina la vida de un niño durante la ocupación romana, desde sus primeros días hasta el momento en que se hace adulto. Esto se ve desde un punto de vista masculino, ya que hay otro contenido en esta plataforma online dedicado a las mujeres. Debe decirse que la mayoría de fuentes al respecto dan la perspectiva de un niño que crece.

Educación básica
Si el niño procedía de una familia acomodada, de pequeño lo cuidaba una nodriza, que estaba en estrecho contacto con su madre durante toda su juventud. A medida que crecía, su padre se encargaba de su educación, no sólo en lo referente a la educación, sino en todo lo relacionado con la cultura romana. Juegos, equitación, caza, lucha, todo lo aprendería de su padre. El niño también aprendería de su familia y cómo alcanzaron su lugar en la sociedad, y cómo él también sería grande algún día.

A los siete años, el niño recibía un esclavo griego, el paedagogus, cuyo propósito era enseñarle griego y responsabilizarse de su comportamiento y apariencia personal. Este esclavo era su asistente constante y le seguía a todas partes. En muchos casos, el esclavo también enseñaba al niño a leer, escribir y realizar operaciones aritméticas sencillas. El niño probablemente iría a una escuela primaria ludus, donde recibiría clases de un maestro de escuela ludi magister. La excepción la constituían los extremadamente ricos, que podían permitirse clases particulares durante los cinco primeros años de la educación de su hijo.

La jornada escolar
La jornada comenzaba al amanecer, se interrumpía a mediodía y se reanudaba a media tarde. No todas las escuelas eran totalmente cerradas, algunas estaban abiertas por un extremo a la calle. No había pupitres, sino bancos de madera en los que los niños se sentaban y apoyaban en las rodillas las tablillas de cera con las que escribían. Había buenos y malos maestros. Un comentarista, Martial, escribió

Maestro bribón, odiado por las niñas y los niños de tu clase, ¿por qué molestas a tus vecinos? Aunque el gallo aún no ha cantado, rompes el silencio con tus salvajes amenazas y crueles golpes.
Esto era poco amable, ya que los maestros estaban mal pagados. Lo que un maestro de escuela ganaba en un año, alguien, por ejemplo un auriga, lo ganaba en un día.

La escuela superior
Los romanos daban mucha importancia a la educación desde la infancia hasta la edad adulta. Un hijo de una familia adinerada habría recibido una educación de alto nivel en un Grammaticus. La mayoría de los niños no llegaban a esta etapa y se dedicaban a la vida laboral. Pero a los que se quedaban, el Grammaticus les hacía esforzarse en el estudio de la gramática y la literatura. Había numerosas lecturas y análisis de obras griegas y romanas. La capacidad de memorizar largos pasajes y recitarlos de memoria sin ningún tipo de ayuda o indicación se consideraba un gran logro con el que muchos padres se deleitaban.

Las lecciones eran largas y duras, con una disciplina severa que incluía métodos físicos para asegurarse de que las lecciones quedaban bien asentadas. Los romanos creían que los golpes no hacían daño a nadie. Al menos, no moralmente. Pero no todos creían en el uso de tácticas extremas. Uno de esos maestros, Quintiliano, que vivió en el siglo I, escribió

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Creo que un padre debe tener las mayores esperanzas posibles para su hijo, y por eso se preocupará más por su educación desde el principio. Debe asegurarse de que la nodriza del niño hable correctamente, pues aunque es importante que la nodriza sea una buena persona, también debe hablar correctamente, ya que son sus palabras y su dicción lo primero que el niño oye, y tratará de imitar su forma de hablar. Su pedagogo debe ser un hombre totalmente instruido o, al menos, debe ser consciente de sus limitaciones.
Un niño debería empezar su escolarización aprendiendo griego, porque aprenderá latín, que es de uso general, nos guste o no. Poco después, el latín debería ser estudiado, y rápidamente debería llegar a desempeñar un papel igual en sus lecciones.

A continuación, el profesor debe considerar cómo manejar el desarrollo intelectual de su alumno. Hay muchachos que son ociosos a menos que se les empuje, otros a los que no les gusta que les den órdenes; algunos pueden ser controlados por el miedo, otros quedan paralizados por él; algunos necesitan una práctica continua para desarrollar sus mentes, otros mejoran más con breves períodos de intensa concentración. Pero todos los alumnos necesitan algún tipo de relajación, porque nadie puede soportar la tensión de un esfuerzo continuo. En cualquier caso, el aprendizaje depende del entusiasmo del alumno, y éste no puede lograrse por coacción. Así, fresco después de un descanso estará más agudo y enérgico en sus estudios.

Desapruebo firmemente las palizas, aunque sean una práctica común, por las siguientes razones. En primer lugar, porque es una forma incivilizada de castigo, más propia de esclavos, y un insulto. En segundo lugar, si un muchacho está tan arraigado a sus costumbres que las palabras no pueden contenerlo, simplemente se endurecerá a los golpes.

En estos establecimientos se preparaba a los futuros líderes. Se les enseñaba a hablar en público y a influir en los demás con sus conocimientos.

Educación superior
Esta era la etapa final de la educación del niño. Aquí aprendía a hacer de la oratoria un arte. Las lecciones de retórica eran impartidas por un retórico, que era un maestro en hablar en público. También aprendía la forma correcta de investigar, escribir y pronunciar discursos. Cómo enfrentarse a un debate y ganar. Incluso hasta el tono de voz, el énfasis de ciertas palabras y el lenguaje corporal a utilizar mediante gestos y posturas. No había un plazo fijo para aprender todo esto, y muchos estudiantes pasaban años perfeccionando sus habilidades y probando nuevas técnicas que desarrollaban con el tiempo.

El escritor Cicerón hizo este relato de sus comienzos en su última escuela:

“Cuando tenía unos dieciséis años, solía escuchar todos los días con toda la atención que podía a los oradores más distinguidos de Roma, y escribir, leer y componer discursos. Pero tenía otros intereses además de estos ejercicios de oratoria. Al año siguiente estudié derecho civil con Q. Scaevola, que, aunque no era profesor, daba dictámenes jurídicos a quienes le consultaban. A los 18 años escuchaba a diario los discursos del tribuno P. Sulpicio, y llegué a conocer a fondo su estilo, al tiempo que, debido a mi enorme interés por la filosofía, me convertí en un devoto alumno de Filón, jefe de la Academia de Atenas, que había huido a Roma.

Durante los tres años siguientes dediqué días y noches a todo tipo de estudios. Estudié con Diodoto, el estoico, que vino a vivir a mi casa. Pero aunque me concentraba en sus enseñanzas y en todos los temas en los que era una autoridad, nunca dejaba pasar un día sin hacer algunos ejercicios de oratoria, a menudo en latín, pero más frecuentemente en griego.

A los veinticinco años empecé a ocuparme de casos en los tribunales civiles y penales, y también entonces empecé a estudiar con Molo, el famoso orador y maestro de la isla de Rodas, que casualmente vino a Roma como miembro de una delegación de rodios. En aquella época yo era muy delgado y frágil físicamente, el tipo de persona que todo el mundo considera que corre un gran riesgo si trabaja duro y pone a prueba sus pulmones y su voz. Mis amigos y médicos me rogaban que dejara de hablar en los tribunales, pero yo estaba decidido a aceptar cualquier riesgo antes que renunciar a mi ambición de ser un abogado famoso. Pero decidí que una actitud más relajada y un mejor control de la voz reducirían el riesgo para mi salud y me permitirían hablar con más fluidez.

En mi camino, pasé seis meses en Atenas con Antíoco como guía y maestro, y me puse al día en el estudio de la filosofía, pero al mismo tiempo continué mis estudios de oratoria bajo la supervisión de Demetrio. Después viajé por toda Asia Menor visitando a todos los oradores distinguidos de la zona, pero no contento con esto fui a Rodas y estudié con Molo, a quien ya había escuchado en Roma. Así, tras una ausencia de dos años volví a Roma mejor formado y cambiado casi de reconocimiento.

Nunca consideraré un buen informe el que tu tutor se limite a escribir ‘Sigue igual*.”

La entrada en la madurez
Aparte de casarse, el día en que un niño se convierte en hombre es el más importante que vivirá. Como la mayoría de las tradiciones romanas, la entrada en la edad adulta se consideraba un momento de celebración y los romanos celebraban una gran ceremonia para todos los interesados.

Hasta los quince años, se le trataba como a un niño y, como tal, debía vestirse como un menor. La vestimenta habitual para todos los niños romanos y ciudadanos romanos en ocasiones oficiales era una toga blanca ribeteada de púrpura, la “toga de la juventud”, una toga praetexta. Esto significaba que el portador era menor de edad y, como tal, no podía participar en las actividades de los adultos que estaban estrictamente controladas por la ley romana: no podía entrar en bares, votar, etc. La única actividad adulta que se le permitía era casarse, ya que el matrimonio era legal a partir de los catorce años.

La toga de la virilidad
El 17 de marzo de cada año se celebraba la fiesta de Liberalia, el dios de la fertilidad, y todas las instituciones, negocios, etc. permanecían cerrados durante ese día. Cuando un chico cumplía quince años, se celebraba una ceremonia especial en la que recibía su “toga de hombría”, la toga virilis, totalmente blanca.

El día comenzaba con la colocación de la nueva toga y la entrega a los dioses de la toga vieja y de la bulla, su amuleto de la suerte. El amuleto lo llevaba desde que tenía nueve días, cuando los romanos ponían nombre a sus hijos. A continuación, en un gran despliegue, toda su familia desfilaba por la ciudad hacia el Foro, que ese día estaba vacío. A su paso, los habitantes reconocían que era un día especial para el niño y le saludaban. Algunos le hacían el saludo romano y otros le estrechaban la mano, pues ellos también habían vivido ese día y conocían su significado. Esta ceremonia lo inscribió oficialmente en el registro de ciudadanos de pleno derecho y también en el padrón tribal. Desde allí, todo el séquito se trasladó al Capitolio, donde se ofreció un sacrificio de un animal a los dioses. Después, todos regresaron a la casa del muchacho para una larga reunión de celebración. Ahora era reconocido como un hombre.

Matrimonio

Véase acerca del matrimonio romano.

Muerte

Un día romano

La hacienda

Esclavitud

Civilizados y salvajes

Las tablillas de Vindolanda

La familia romana

Nota: Consulte también el contenido sobre la familia en el derecho romano, la cuestión del divorcio en Roma, la información acerca de las matronas y materfamilias en el derecho romano, el “Adulterio en la Antigua Roma“, y el fenómeno de la prostitución en la Roma Republicana e Imperial.

Incluye lo siguiente:

El ocio romano

Incluye lo siguiente:

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  • Actividades de ocio
  • El anfiteatro
  • La cena

Véase en la historia del ocio romano.

Religión romana

Incluye lo siguiente:

La mujer en la época romana

Incluye lo siguiente:

La identidad y el honor de un romano

A diferencia de los pueblos modernos, educados para ser individualistas empedernidos, los romanos estaban básicamente “programados” desde su nacimiento para formar parte del “grupo”, no para estar solos, sino para ser “parte de”. Lo que el hombre romano buscaba era la aprobación de sus semejantes y la confirmación de su capacidad e identidad. Esta confirmación por parte de los demás era realmente buscada, además de requerida. Ya fueran los ancianos de su familia, su patrón o sus clientes, compañeros del ejército, o incluso -en una elección- el pueblo de Roma; ningún romano podía ser su propio juez, sino que sólo podía verse a sí mismo a través de los ojos de los demás. Si los demás le consideraban un “héroe”, ¡lo era! Si un hombre era considerado un cobarde o un perdedor, entonces, “¿qué otra cosa podía ser?”.

La opinión de los demás dictaba la opinión que un romano acababa teniendo de sí mismo. Es útil comprender que los romanos no conocían nada parecido a nuestra psicología moderna y, por tanto, no analizaban sus pensamientos y sentimientos. Los romanos no miraban hacia dentro, sino hacia los demás para comprenderse a sí mismos.

Un espectáculo sin fin

Y así, en Roma, donde la nobleza, el ejército y el liderazgo político estaban entrelazados, no había fin a la jactancia, la ostentación y el suministro ilimitado de rumores halagadores. La jactancia, en lugar de considerarse grosera o de mal gusto, como hoy, se consideraba lo correcto.

Para un romano, ser un “buen hombre” significaba ser considerado digno por los demás, un hombre considerado “honorable”. Pero también, en la mentalidad romana, “honorable” era sólo lo que realmente se honraba. La “gloria” o el “honor” en realidad sólo se medían por el reconocimiento que suscitaban en los demás.

Para nuestros ciudadanos romanos, se podían hacer grandes y nobles actos, pero sin que otras personas los conocieran, no había gloria, ni fama, ni ninguna ventaja que obtener del acto.

Y para los romanos la única ventaja que se podía obtener de la gloria y el honor era utilizarlos para ascender en la escala social. Cualquier crédito entre tus semejantes ganado por tu habilidad, ya fuera en el cargo o en el campo de batalla, debía utilizarse inmediatamente para promover la fortuna política de uno; todo con la esperanza de alcanzar finalmente ese objetivo lejano: un escaño en el Senado romano.

Esto significaba que se alardeaba descaradamente de cualquier logro, para asegurarse de que todo el mundo conocía la hazaña. Y si uno era demasiado digno para alardear por sí mismo, simplemente encontraba a otros que lo hicieran por él.

Caída

muerteTodo este alarde puede sonar un poco “exagerado” para nosotros hoy en día, pero en una sociedad en la que tanto dependía de la luz bajo la que te veían los demás, su visión no sólo podía elevarte, sino que también podía destruirte rápidamente.

Cualquier noticia, buena o mala, corría como la pólvora en una sociedad que pasaba gran parte del día cotilleando en los baños públicos o mezclándose en el foro. En las paredes se garabateaban grafitis, y en las posadas, canciones de borrachos ridiculizaban a los poderosos. En los teatros, los actores alababan o ridiculizaban a los personajes públicos del momento.

Y así Roma era una ciudad de rumores, para entretenimiento de muchos y para el progreso de aquellos cuyo peor destino podía ser, que no se hablara de ellos.

Todo esto fue llevado a Gran Bretaña en la Invasión…

Nobleza

La nobleza no se otorgaba simplemente a un individuo. En su lugar, la nobleza era gradualmente construida o derribada por toda una familia. “Tres padres” era la duración requerida para establecer la nobleza de un hombre. El padre, el abuelo y el bisabuelo debían haber ejercido cada uno una magistratura superior. En otras palabras, para que un niño fuera noble, era esencial que hubiera estado sometido únicamente a la autoridad de parientes que fueran magistrados. Incluso se puso en duda la nobleza de Octavio, cuyo bisabuelo había sido un simple liberto. Poco importaba que la familia de un hombre hubiera sido noble en el pasado, bastaba una interrupción de las tres generaciones para privarle de su condición de noble. Era duro, pero era lo que sabían, lo que consideraban correcto.

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