Las bioseñales se consideran huellas dactilares de una actividad biológica pasada o presente. En la Tierra, se utilizan numerosos métodos de campo y de laboratorio, algunos de los cuales pueden adaptarse a las misiones espaciales, para verificar la presencia y la actividad de los organismos actualmente vivos. Las rocas, los minerales y los fluidos pueden preservar pruebas de vida en escalas de tiempo de miles de millones de años; los procesos geoquímicos pueden transformar y preservar biomoléculas, células, tejidos, organismos, residuos metabólicos, anomalías de isótopos biogénicos e incluso las huellas y madrigueras hechas por organismos móviles en sustratos viscosos. Incluso un fósil enmohecido que no contenga rastros químicos de vida puede ser una fuerte biofirma si su morfología es lo suficientemente compleja, funcionalmente adaptativa y altamente organizada; la forma de un esqueleto de dinosaurio no puede explicarse por ningún proceso abiótico concebible.