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Secularismo

Religión y cultura

El secularismo político puede definirse como la separación de las actividades religiosas de las del estado, habitualmente denominada “la separación de la iglesia y el estado” en Occidente. El estado en su capacidad de gobierno no promoverá ninguna religión o grupo religioso, ni se involucrará en asuntos religiosos. La libertad de creencia y práctica religiosa está confinada al dominio privado.

Significado de Escepticismo

Hay un conocido pasaje de Voluntad de poder de Nietzsche en el que se queja de los filósofos de que “han confiado en los conceptos tan completamente como han desconfiado de los sentidos: no se han parado a considerar que los conceptos y las palabras son nuestra herencia de épocas en las que el pensamiento era muy modesto y poco claro”. “Lo que se necesita sobre todo”, continúa Nietzsche, “es un escepticismo absoluto hacia todos los conceptos heredados”. Este escepticismo es necesario no sólo porque los conceptos se vuelven anticuados y poco fiables, lo que nos obliga a crear otros nuevos, sino también porque los filósofos, al aferrarse a sus conceptos, han demostrado tener, en opinión de Nietzsche, “prejuicios contra la apariencia, el cambio, el dolor, la muerte, lo corpóreo, los sentidos, el destino y la esclavitud, lo que no tiene rumbo”. Nietzsche evoca los principales temas interconectados de uno de sus escritores favoritos, el poeta italiano Giacomo Leopardi, cuyo nombre ya era sinónimo de un escepticismo radical, y cuyo pensamiento sobre el escepticismo es analizado en este texto.

Jürgen Habermas

La democracia, para Habermas, es un sistema en el que la comunicación no forzada triunfa sobre el poder desnudo, en el que el argumento racional entre ciudadanos iguales constituye la base de la legitimidad política. Cuando nos dirigimos a otro ser humano a través del lenguaje, argumenta Habermas, asumimos la posibilidad de una inteligibilidad mutua y una persuasión racional. Reconoce que la mayor parte de la comunicación está lejos de este ideal. La herencia judeocristiana de Occidente no fue una fase pasajera en el surgimiento del pensamiento y la política modernos, argumenta Habermas, sino que contribuyó -y tal vez siga contribuyendo- a su núcleo esencial. Habermas reconstruye las interacciones de la fe cristiana y el conocimiento mundano como un proceso no de conflicto, sino de aprendizaje y traducción mutuos. Para Habermas, las constituciones modernas crean el marco institucional para una esfera pública participativa, el corazón de la vida democrática. Los ciudadanos sólo están vinculados por la fuerza del mejor argumento y pueden llegar a un acuerdo por encima de las divisiones culturales. Persiste una tensión entre los ideales políticos de Habermas y su marco histórico. El origen europeo de su historia choca con su intención universal.

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