Hay una característica más del nacionalismo oficial que, en todo el planeta, tiende a distinguirlo de otras formas de nacionalismo. Probablemente sea justo decir que todas las sociedades organizadas de antaño dependían (en parte) para su cohesión de visiones del pasado que no fueran demasiado antagónicas entre sí. Estas visiones se transmitían mediante la tradición oral, la poesía popular, las enseñanzas religiosas, las crónicas de la corte, etc. Lo que es muy difícil de encontrar en esas visiones es una intensa preocupación por el futuro. Sin embargo, cuando el nacionalismo entró en el mundo a finales del siglo XVIII, todo esto cambió fundamentalmente. La aceleración del cambio social, cultural, económico y político, impulsado por la revolución industrial y los modernos sistemas de comunicación, hizo de la nación la primera forma político-moral que se basó firmemente en la idea de progreso.