Con el decreto del 21 de noviembre de 1806, Napoleón I cerró los puertos de la Europa continental (prácticamente todos bajo dominio francés) al comercio con Inglaterra, prohibiendo la importación de productos manufacturados británicos y mercancías coloniales, así como la exportación de grano. Este bloqueo económico, reforzado en 1810 (pero debilitado por las excepciones y el contrabando) y aplicado hasta 1813, iba a poner de rodillas a Gran Bretaña. Pero Gran Bretaña, que a su vez bloqueaba los puertos franceses y aliados desde 1807, no sufrió gravemente. Uno de los principales efectos políticos del bloqueo fue la invasión de Rusia por Napoleón, que le llevaría a la derrota y al destierro.