Desde el punto de vista tradicional, se puede decir que las funciones de un enviado o agente diplomático consisten en representar a su Estado de origen actuando como portavoz de su gobierno y como canal oficial de comunicación entre los gobiernos de los Estados de origen y de destino. Sus funciones también incluirían informar sobre las condiciones y la evolución del Estado en el que ha sido nombrado para residir, así como proteger los intereses de su Estado de origen y de sus nacionales en el Estado receptor. La Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, al establecer las funciones de una misión diplomática, ha seguido a estos jefes generales al tiempo que ha indicado otras funciones, tales como promover las relaciones amistosas entre el Estado de origen y el Estado receptor, y desarrollar sus relaciones económicas, culturales y científicas, las cuales, como consecuencia del establecimiento de las Naciones Unidas y de los acontecimientos actuales, han ido adquiriendo importancia. La información sobre las condiciones y los acontecimientos en el Estado receptor, aunque en un principio se pretendía que se refiriera únicamente a cuestiones políticas, parece incluir en el contexto moderno las actividades culturales, sociales y económicas del país y, en general, todos los aspectos de la vida que pueden ser de interés para el Estado de origen.