Psicología del Envejecimiento
Este elemento es una expansión del contenido de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre la psicología del envejecimiento (de la población).
Puede considerarse asimismo:
[aioseo_breadcrumbs]Cognición
Se observa una leve disminución en la precisión general a principios de la década de los 60 que progresa lentamente, pero la atención sostenida es buena en los adultos mayores sanos. La disminución de la función cognitiva y las deficiencias se observan con frecuencia entre los ancianos. Normalmente, estos cambios ocurren como resultado de eventos de vida distales o proximales, donde los eventos distales son experiencias tempranas de vida tales como condiciones culturales, físicas y sociales que influyen en el funcionamiento y el desarrollo cognitivo.
La disminución de la cognición es el resultado de factores proximales (múltiples procesos cognitivos en serie), incluyendo la velocidad de procesamiento, el tamaño de la memoria de trabajo, la inhibición de estímulos ambientales extraños y las pérdidas sensoriales. Esto es una amenaza para la calidad de vida de las personas afectadas y de sus cuidadores.
La alteración de la cognición entre los ancianos se asocia con un mayor riesgo de lesiones a sí mismo o a otros, la disminución de las actividades funcionales de la vida diaria y un mayor riesgo de mortalidad. El deterioro cognitivo leve se reconoce cada vez más como un estado de transición entre el envejecimiento normal y la demencia.
Atención médica y social a las personas que envejecen
Tipos de envejecimiento individual
El envejecimiento de la población se caracteriza por una reducción de la capacidad funcional y un aumento de la incidencia de las enfermedades relacionadas con la edad. Pero aunque el envejecimiento se caracteriza por cambios biológicos ineludibles, debe considerarse sobre todo que está asociado a un mayor riesgo de aparición de determinadas «enfermedades relacionadas con la edad». Por tanto, la probabilidad de padecer estas enfermedades es mayor a una edad determinada, pero esto es sólo una mayor posibilidad, no una inevitabilidad.
Por otra parte, a nivel individual, y aunque debemos tener cuidado de no limitarnos a un enfoque demasiado esquemático, se aceptan comúnmente tres modos evolutivos de envejecimiento, que sustentan diferentes trayectorias vitales:
-el envejecimiento exitoso, con un alto nivel de funcionalidad, o envejecimiento robusto, caracterizado por el mantenimiento de las capacidades funcionales o su deterioro muy moderado ;
-envejecimiento habitual o habitual, que se distingue por una reducción de algunas o todas las capacidades funcionales, sin que sea posible atribuir esta reducción de la función a una enfermedad del órgano en cuestión;
– el envejecimiento con morbilidad, que, como hemos dicho antes, se considera con demasiada frecuencia y erróneamente como la única forma de envejecimiento. Estas morbilidades, que son más a menudo crónicas, y para las que la edad no es más que un factor de riesgo, afectan más concretamente a las esferas emocional (depresión), cognitiva (demencia), locomotriz, sensorial y cardiovascular.
Respecto a esto último, todas tienen en común que se asocian con frecuencia a la desnutrición y exponen a los pacientes a un mayor riesgo de enfermedad aguda, sobre todo infecciosa o traumática. En consecuencia, deben considerarse deficiencias, que conducen a incapacidades funcionales que a veces pueden ser importantes y a auténticas discapacidades. Por tanto, el término discapacidad es más apropiado para describir estas afecciones que el de dependencia.
La reducción de la capacidad funcional que caracteriza a los dos primeros tipos de trayectoria (envejecimiento satisfactorio o normal) puede ser consecuencia de los hábitos de vida o de los efectos de las enfermedades. Varios estudios demuestran claramente la importancia y la influencia negativa de determinados comportamientos a lo largo de la vida sobre el riesgo de desarrollar una discapacidad. Otros estudios demuestran que la principal causa de discapacidad antes de los ochenta y cinco años son las enfermedades crónicas del sistema nervioso, del sistema musculoesquelético o de los órganos de los sentidos. Por último, la edad como tal, es decir, si excluimos el papel de los hábitos de vida y las enfermedades incapacitantes, sólo parece ser un factor de fragilidad, de mayor exposición al riesgo.
Para envejecer con un alto nivel de funcionalidad
El principio de que cada vez vivimos más años con buena salud, o de que debemos centrarnos en ganar años de vida con buena salud, ya se ha impuesto. Sin embargo, aún queda mucho por hacer para convencer a todo el mundo de las ventajas de las medidas preventivas, para que el mayor número posible de personas pueda beneficiarse de un envejecimiento saludable.
La inercia y las reticencias encontradas se deben sin duda a la dificultad de concienciar a las personas más jóvenes o adultas de un proceso que, sin embargo, está en curso, y que verán como su propio envejecimiento cuando entren en la incapacidad o la dependencia. Otros captarán este fenómeno en cuanto aparezcan los primeros estigmas, revelando a la propia persona que el envejecimiento se ha hecho evidente para los demás… La inercia que se observa a menudo en la anticipación de la vejez es sobre todo el resultado de estereotipos socioculturales inadecuados, a partir de los cuales se han construido nuestras representaciones del envejecimiento.
La ventaja del concepto de «envejecimiento altamente funcional» es que proporciona un punto de referencia para el envejecimiento «normal» a nivel de población. En este modelo, sin embargo, hay que tener en cuenta que el individuo es su propio testigo, su propia norma en cuanto al mantenimiento de sus habilidades y capacidades a lo largo del tiempo. Y, por tanto, cualquier desviación, modificación o cambio respecto a esta norma tiene el valor de una advertencia, una señal, ante la aparición de una deficiencia o incapacidad aún no visible.
Para el individuo, la calidad de vida implica la capacidad de realizar determinados actos sencillos o elaborados que requieren el reclutamiento y la coordinación de varias funciones. Por tanto, el enfoque funcional es pertinente para distinguir entre los distintos tipos de envejecimiento. Sobre todo, incorpora la noción de reversibilidad o plasticidad, que refleja la posibilidad de cambiar de trayectoria bajo el efecto de acciones adaptadas. También se acepta, desde que ciertos estudios han seguido a cohortes de individuos, que la mayoría de las principales funciones vitales (cardiaca, renal, etc.) muestran pocos cambios de eficacia con la edad en condiciones normales, con la excepción, claro está, de las víctimas de agresiones o enfermedades susceptibles de alterar la función de los órganos.
Esta conclusión se desprende de las encuestas realizadas a partir de los años 90, en las que se evaluaron los cambios en las principales capacidades funcionales de grupos de individuos de sesenta y cinco años o más (la edad media era de setenta y cinco años), considerados en estado de «envejecimiento normal» en el momento de su observación. Las distintas evaluaciones realizadas a lo largo de periodos de tiempo variables identificaron un perfil de «ausencia de cambios en la capacidad funcional» en proporciones que oscilaban entre más del 10% y más del 30% de los individuos, en función de la duración del seguimiento. Por ejemplo, uno de estos estudios (Mac Arthur) siguió a más de 1.000 sujetos de entre setenta y setenta y nueve años y descubrió que alrededor de un tercio de ellos mantenían sus capacidades físicas y cognitivas. Otro estudio (Alemeda) siguió a casi 500 sujetos de entre sesenta y cinco y noventa y cinco años durante seis años. Demostró que, al final de este periodo, el 26% de ellos mantenían sus capacidades físicas y cognitivas. 100% mantenían sus capacidades, lo que les permitía realizar trece actividades de la vida diaria y cinco actividades físicas comunes de forma independiente.
Ciertos factores asociados al envejecimiento de alto funcionamiento apuntan a posibles acciones preventivas. Los individuos con este estatus son más propensos a realizar actividades físicas como caminar. Se caracterizan por una inversión personal en organizaciones de voluntariado, relaciones más fuertes con su entorno, vínculos estrechos con los hijos y un apoyo social más desarrollado. También tienen menos factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares, una dieta más equilibrada, un menor consumo de alcohol y tabaco, y una menor propensión a utilizar los servicios sanitarios.
Otros factores asociados a este tipo de envejecimiento están relacionados con el estatus social y económico (mayor nivel educativo, nivel sociocultural superior a la media, mayores ingresos) y, por tanto, son más difíciles de corregir.
Algunos factores son más difíciles de interpretar, porque pueden ser predictivos de este tipo de envejecimiento, pero también pueden ser consecuencia de él. Entre ellos están el mantenimiento de la atención, la memoria, la marcha y el equilibrio, una menor incidencia de la depresión, una mayor satisfacción vital y una mejora de la productividad.
Sin embargo, el concepto de envejecimiento satisfactorio no puede abordarse limitándose únicamente a estos aspectos funcionales, sino que debe integrarse en el concepto más amplio de calidad de vida. La calidad de vida implica no sólo la percepción que el individuo tiene de su salud, sino también su satisfacción con los vínculos afectivos que mantiene con quienes le rodean (familia, amigos) y con su papel social. Por tanto, mantener la capacidad funcional es, sin duda, una condición necesaria pero no suficiente para alcanzar las demás dimensiones de la calidad de vida. En consecuencia, cualquier acción preventiva dirigida a mantener un nivel suficiente de capacidad funcional debe estar asociada, o mejor aún, integrada en el desarrollo de la familia y las amistades. También debe estar vinculada al objetivo de mantener o restablecer el papel social y participativo de la persona que envejece.
Fragilidad
El envejecimiento satisfactorio no protege, sin embargo, contra la fragilidad, que puede definirse en términos generales como una inadaptación de los sistemas homeostáticos. Conduce a un déficit progresivo de las funciones fisiológicas y celulares, al tiempo que limita las capacidades relacionales y sociales de la persona mayor.
Desde el punto de vista médico, el concepto de fragilidad sigue estando relativamente mal definido. Pero presupone que el individuo es capaz de responder adecuadamente al estrés, es decir, de restaurar su reserva funcional a su nivel anterior en un plazo normal. Es fácil ver que este equilibrio dependerá tanto de los recursos del sujeto como de la intensidad del estrés al que esté sometido, y es fácil comprender la importancia de mantener estos recursos en su nivel más alto. Si, como ya hemos mencionado, las condiciones, los hábitos de vida y determinadas afecciones o carencias repercuten en este nivel funcional y, por tanto, exponen a las personas a esta vulnerabilidad, es razonable admitir que la edad como tal entra en juego como factor de debilitamiento a partir de los ochenta y cinco años.
Varios argumentos fundamentales demuestran que el avance de la edad va acompañado de una inadaptación a las situaciones estresantes. Además, numerosos experimentos con animales demuestran que, en comparación con los sujetos jóvenes, los ancianos sometidos a un acontecimiento estresante tienen una capacidad reducida para regular su estrés. Si estos acontecimientos se repiten, los efectos deletéreos de las hormonas del estrés (cortisol) se ejercen sobre el organismo, en particular sobre las funciones inmunitarias, musculares y cognitivas y sobre el capital óseo. La aparición de la fragilidad como consecuencia de tales acontecimientos no perdona a los muy ancianos, que hasta ahora estaban libres de deficiencias graves. Además, el envejecimiento altera la capacidad de las estructuras y funciones para adaptarse a la demanda con el fin de ahorrar energía u optimizar la relación coste/beneficio, así como la capacidad de los sistemas enzimáticos para adaptarse a las necesidades energéticas.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
El inicio y el desarrollo de la fragilidad varían mucho de un individuo a otro. En ausencia de cuidados preventivos específicos, la fragilidad conduce a la pérdida de autonomía y/o al refuerzo de situaciones mórbidas complejas y de poli-patologías. Hoy sabemos que la gestión precoz de la fragilidad reduce el riesgo de pérdida de autonomía, el número de hospitalizaciones, el consumo de medicamentos, etc., y, en última instancia, limita los costes sanitarios. En este sentido, el concepto de fragilidad justifica plenamente la acción preventiva.
Envejecer con éxito a nivel individual
Todos los conceptos desarrollados anteriormente sustentan el principio de que es posible retrasar la pérdida de reservas funcionales y la aparición de la fragilidad.
Pueden considerarse dos estrategias, en función de los papeles respectivos de los factores genéticos y del medio ambiente en las trayectorias vitales. Si predomina el impacto de los factores genéticos, es fácil ver que representan un límite al aumento de la longevidad. Por otro lado, las medidas preventivas dirigidas a los factores ambientales modificables son especialmente interesantes y deben desarrollarse para promover un envejecimiento saludable.
Todas estas acciones tendrán un mayor impacto cuanto antes se emprendan. Si no se inician en las primeras etapas de la vida, deberían ponerse en práctica en cuanto las personas alcancen los cincuenta años. Lo ideal sería que combinara lo siguiente:
– prevenir las enfermedades cardiovasculares y el cáncer, principales causas de mortalidad primaria, controlando sus factores de riesgo ;
– la prevención del desacondicionamiento físico y cognitivo mediante el mantenimiento de una actividad física e intelectual regular;
– la prevención de las deficiencias sensoriales, auditivas y visuales;
– una alimentación adecuada.
Para las sociedades que se enfrentan al envejecimiento demográfico, uno de los retos a superar es, sin duda, la igualdad de acceso a un envejecimiento satisfactorio. Para lograr este objetivo, tenemos que revisar nuestra forma de pensar sobre las personas mayores, e incorporar a nuestras políticas la noción de una «sociedad para todas las edades». Para lograrlo, hay que considerar una serie de medidas. Es imperativo reconocer mejor la contribución y el papel de las personas mayores en la sociedad y crear las condiciones necesarias para que puedan desarrollar todo su potencial, respetando sus derechos y su dignidad.
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Tesauro de Envejecimiento de la población
Asuntos Sociales > Demografía y población > Dinámica de la población > Envejecimiento de la población
Véase También
- Tercera edad
- Asistencia a las personas de edad avanzada
- Discriminación por motivos de edad
- Cartilla sanitaria
- Plan de pensiones
- Transferencia de derechos de pensión
- Acumulación de pensiones
- Persona jubilada
- Asignación por cuidados
- Trabajador de edad avanzada
- Medios para discapacitados
- Gerontología
- Solidaridad familiar
- Envejecimiento demográfico
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